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LA PIEDRA NEGRA – ROBERT E. HOWARD PART 1 DE 2

LA PIEDRA NEGRA.

Dicen que los seres inmundos de los Viejos Tiempos acechan

En los oscuros rincones olvidados de la tierra,

Y que aún se abren las Puertas que liberan, ciertas noches,

A unas formas prisioneras del Infierno.

Justin Geoffrey.

Espada 24 - 46La primera vez que leí algo sobre esta cuestión fue en el extraño libro de von Junzt, aquel extravagante alemán que vivió tan singularmente, y murió en circunstancias tan misteriosas y terribles. Fue una suerte para mi que cayese en mis manos su obra Cultos sin Nombre, llamada también el Libro Negro, en su edición original publicada en Düsseldorf en 1839 poco antes de que el autor lo sorprendiese su terrible destino. Los bibliógrafos suelen conocer los Cultos sin Nombre a través de la edición barata y mal traducida que publicó Bridewell en Londres, en el año 1845, o de la edición cuidadosamente  expurgada que puso a la luz la Golden Goblin Press de Nueva York en 1909. Pero el volumen con el que yo me tropecé era uno de los ejemplares alemanes de la edición completa, encuadernada con pesadas cubiertas de piel y cierres de hierro herrumbroso. Dudo mucho que haya más de media docena de estos ejemplares en todo el mundo, hoy en día; primero, por que no se imprimieron muchos, y además, por que cuando corrió la voz de cómo había encontrado la muerte su autor, muchos de los que poseían el libro lo quemaron asustados.

Von Junzt (1795 – 1840) pasó toda su vida buceando en temas prohibidos. Viajo por todo el mundo, consiguió ingresar en innumerables sociedades secretas, y llegó a leer un un sinfín de libros y manuscritos esotéricos. En los densos capítulos del Libro Negro, que oscilan entre una sobrecogedora claridad de exposición y la oscuridad más ambigua, hay detalles y alusiones que helarían la sangre del hombre más equilibrado. Leer lo que von Junzt se atrevió a poner en letra de molde, suscita conjeturas inquietantes sobre lo que no se atrevió a decir. De que tenebrosas cuestiones, por ejemplo, trataban aquellas páginas, escritas con apretadas letra, del manuscrito en que trabajaba infatigablemente pocos meses antes de morir, y que se encontro destrozado y esparcido por el suelo de su habitación cerrada con llave, donde von Junzt fue hallado muerto con señales de garras en el cuello Eso nunca se sabrá, porque el amigo más allegado del autor, el francés Alexis Landeau, después de una noche de recomponer los fragmentos y leer el contenido, lo quemo todo y se corto el cuello con una navaja de afeitar.

Pero el contenido del volumen publicado es ya suficientemente estremecedor, aun admitiendo la opinión general de que tan sólo representa una serie de desvaríos de un enajenado. Entre multitud de cosas extrañas encontré una alusión a la Piedra Negre, ese monolito siniestro que se cobija en las montañas de Hungría y en torno al cual giran tantas leyendas tenebrosas. Von Junzt no le dedico mucho espacio. La mayor parte de su horrendo trabajo se refirió a los cultos y objetos de adoración satánica que; según el, existen todavía; y esa Piedra Negra representaría  algún orden  o algún ser perdido, olvidado hace ya cientos de años. No obstante, al mencionarla, se refiere a ella como a una de las claves. Esta expresión se repite muchas veces en su obra, en diversos pasajes, y constituye uno de los elementos oscuros de su trabajo. Insinúa brevemente haber visto escenas singulares en torno a un monolito, en la noche del 24 de junio. Cita la teoría de Otto Dostmann, según la cual este monolito sería un vestigio de la invasión de los de los hunos, erigido para conmemorar una victoria de Atila sobre los godos. Von Junzt rechaza esta hipótesis sin exponer ningún argumento para rebatirla; únicamente advierte que atribuir el origen de la Piedra Negra a los hunos es tan lógico  como suponer que Stonehenge fue erigido por Guillermo el Conquistador. 

La enorme antigüedad que esto daba a entender, excito mi interes extraordinariamente y, tras haber salvado algunas dificultades, conseguí localizar un ejemplar, roído de ratas, de Los restos arqueológicos de los Imperios Perdidos (Berlín, 1809, Edit. <<Der Drachenhaus>>), de Dostmann. Me decepcionó el comprobar que la referencia que hacía Dostmann sobre la Piedra Negra era más breve que la de von Junzt, despachándola en pocas líneas como monumento relativamente moderno comparado con las ruinas grecorromanas de Asia Menor, que eran su tema favorito. Admitía, eso sí, su incapacidad para descifrar los deteriorados caracteres grabados en el monolito, pero declaraba que eran inequívocamente mongólicos. Sin embargo, entre los pocos datos de interés que sunibistraba Dostmann, figguraba su referencia al pueblo vecino a la Piedra Negra: Stregoicavar, nombre nefasto que significa algo así como Pueblo Embrujado. No logre más información, a pesar de la minuciosa revisión de guías y artículos de viajes que llevé a cabo: Stregoicavar, que no venía en ninguno de los mapas que cayó en mis manos, está situado en una región agreste, poco frecuentada, lejos de la ruta de cualquier viajero casual. En cambio, encontré motivos de meditación en las Tradiciones y costumbres populares de los magiares, de Dornly. En el capítulo que se refiere a Mitos sobre los sueños cita la Piedra Negra y cuenta extrañas supersticiones a este respecto. Una de ellas es la creencia de que, si alguien duerme en las proximidades del monolito, se vera perseguido para siempre por monstruosas pesadillas; y cita relatos de aldeanos que hablaban de gentes demasiado curiosas que se aventuraban a visitar la Piedra Negra en la noche del 24 de junio, y que morían en un loco desvarío a causa de algo que habían visto allí.

Eso fue todo lo que saqué en claro en Dornly, pero mi interes había aumentado muchisimo al presentir que en torno a esa Piedra había algo claramente siniestro. La idea de una antigüedad tenebrosa, las repetidas alusiones a acontecimientos monstruosos en la noche del 24 de junio, despertaron algún instinto dormido de mi ser, de la misma forma que se siente, más que se oye, la corriente de algún oscuro río sunterráneo en la noche.

Y de pronto me di cuenta de que existía una relación entre esta Piedra y cierto poema fantástico y terrible escrito por el poeta loco Justin Geoffrey: El Pueblo del Monolito. La indagación que realicé me confirmaron que, en efecto. Geoffrey había escrito este poema durante un viaje por Hungría; por consiguiente, no cabía duda que el monolito a que se refería en sus versos extraños era la misma Piedra Negra. Leyendo nuevamente sus estrofas sentí, una vez más, las extrañas y confusas agitaciones de los mandatos del subconsciente que había observado la primera vez que tuve conocimiento de la Piedra.

Había estado pensando qué sitio elegir para pasar unas cortas vacaciones, hasta que me decidí. Me fui a Stregoicavar. Un tren anticuado me llevó de Temesvar hasta una distancia todavía respetable de mi punto de destino; luego, en tres días de viaje en un coche traqiueteante, llegué al pueblecito, situado en un fértil valle encajonado entre montañas cubiertas de abetos. El viaje transcurrió sin incidencias. Durante el primer día, pasamos por el viejo campo de batalla de Schomvaal, donde un bravo caballero polaco-hungaro, el conde Boris Vladinoff, presentara una valerosa e inútil resistencia frente a las victoriosas huestes de Solimán el Magnífico cuando, en 1526, el Gran Turco se lanzo a la invasión de la Europa oriental.

El cochero me señalo un gran túmulo de piedras desmoronadas en una colina próxima, bajo el cual descansaban, según dijo, los huesos del valeroso conde. Recorde entonces un pasaje de las Guerras turcas, de Larson: <<Después de la escaramuza (en la que el conde había rechazado la vanguardia de los turcos con un reducido ejercito), el conde permaneció al pie de la muralla del viejo castillo de la colina para disponer el orden de sus fuerzas. Un ayudante le trajo una cajita laqueada que había encontrado en el cuerpo del famoso escriba e historiador Selim Bahadur, caído en la refriega. El conde extrajo de ella un rollo de pergamino y comenzó a leer. No había terminado las primeras líneas, cuando palideció intensamente y, sin pronunciar una palabra, guardo el documento en la caja y se la guardó bajo su capa. En ese preciso momento abría fuego un cañón turco, y los proyectiles dieron contra el viejo castillo ante el espanto de los hungaros que vieron derrumbarse las murallas sobre el esforzado conde. Sin caudillo, el valiente ejercito se desbarató, y en los años de guerra asoladora que siguieron, no llegaron a recuperarse los restos mortales del noble caballero. Hoy, los naturales  del país muestran un inmenso montón de ruinas cerca de Schomvaal, bajo las cuales, según dicen, todavía descansa lo que los siglos hayan respetado de Boris Vladinoff.>>

Stregoicavar me dio la sensación de un pueblecito dormido que desmentía su nombre siniestro, un remanso de paz respetado por el progreso. Los singulares edificios, y los trajes y costumbres aún más extraños de sus gentes, pertenecían a otra época. Eran amables, algo curiosos, sin ser preguntones, a pesar de que los visitantes extranjeros eran sumamente escasos.

-Hace diez años, llegó otro americano: Estuvo pocos días en el pueblo –dijo el dueño de la taberna donde me había hospedado-. Era un muchacho bastante raro –murmuró para sí-, un poeta, me parece.

Comprendí que debía referirse a Justin Geoffrey.

-Si, era poeta –contesté-, y escribió un poema sobre un paraje próximo a este mismo pueblo.

-Deveras –mi patrón se sintió interesado-. Entonces, siendo así que todos los grandes poetas son raros en su manera de hablar y de comportarse, él debe haber alcanzado gran fama, porque las cosas que hacía y las conversaciones suyas eran lo más extraño que he visto en ningún hombre.

-Eso le ocurre a casi todos los artistas –contesté-. La mayor parte de su merito se le ha reconocido después de muerto.

-Ha muerto, entonces

-Murió, gritando en un manicomio; hace cinco años.

-Lastima, lastima –suspiro con simpatía-. Pobre muchacho… Miró demasiado la Piedra Negra.

Me dio un vuelco  el corazón. No obstante, disimulé mi enorme interes y dije como por casualidad:

-He oído algo sobre la piedra Negra. Creo que está´por aquí cerca, ¿no?

-Más cerca de lo que la gente cristiana desea –contestó-. ¡Mire!

Me condujo a una ventana enrejada y me señaló las laderas, pobladas de abetos, de as acogedoras montañas azules.

-Allá, al otro lado de la gran cara desnuda de ese risco tan saliente que ve usted, ahí se levanta esa Piedra maldita. Ojalá se convirtiese en polvo, y el polvo se lo llevara el Danubio hasta lo más profundo del océano! Una vez, los hombres quisieron destruirla, pero todo el que levantaba el pico o el martillo contra ella moría de una manera espantosa. Ahora la rehuyen.

-¿Que maldición hay en ella? –pregunté interesado.

-El demonio, el demonio que la está rondando siempre –contestó con un estremecimiento-. En mi niñez conocí a un hombre que subió de allá abajo y se reía de nuestras tradiciones… tuvo la temeridad de visitar la Piedra en la noche del 24 de junio, y al amanecer entró de nuevo al pueblo como borracho, enajenado, sin habla. Algo le había destrozado el cerebro y le había sellado los labios, pues hasta el momento de su muerte, que ocurrió poco después, tan sólo abrio la boca para proferir blasfemias o babear una jerigonza incomprensible.

>>Mi sobrino, de pequeñito, se perdió en las montañas y durmió en los bosques inmediatos a la Piedra, y ahora en su madurez se ve atormentado por sueños enloquecedores, de tal manera que, a veces, te hace pasar una noche espantosa con sus alaridos, y luego despierta empapado de un sudor frío.

<< Pero cambiemos de tema, Herr. Es mejor no insistir en esas cosas.>>

Yo hice un comentario sobre la manifiesta antigüedad de la taberna, y me contestó argulloso:

-Los cimientos tienen más de cuatrocientos años. El edificio primitivo fue la única casa del pueblo que no  destruyó el incendio, cuando los demonios de Solimán cruzaron las montañas. Aquí, en la casa que había sobre estos mismos cimientos, se dice que tenía el escriba Selim Bahadur su cuartel general durante la guerra que asoló toda esta comarca.

Luego supe que los habitantes de Stregoicavar no son descendientes de los que vivieron allí antes de la invasión de 1526. Los victoriosos musulmanes no dejaron con vida a ningún ser humano –ni en el pueblo ni en su entorno- cuando atravesaron este territorio. Los hombres, las mujeres y los niños fueron exterminados en un rojo holocausto, dejando una vasta extensión del país silenciosa y desierta. Los actuales habitantes de Stregoicavar descienden de los duros colonizadores que llegaron de las tierras bajas y reconstruyeron el pueblo en ruinas, una vez que los turcos fueron expulsados.

Mi patrón no hablo con ningún resentimiento de la matanza de los primitivos habitantes. Me enteré que sus antecesores de las tierras bajas miraban a los montañeses incluso con más odio y aversión que a los propios turcos. Habló con vaguedad respecto a las causas de esta enemistad, pero dijo que los anteriores vecinos de Stregoicavar tenían la costumbre de hacer furtivas excursiones en las tierras bajas, robando muchachas y niños. Además contó que no eran exactamente de la misma sangre que su pueblo; el vigoroso y original tronco eslavo-magiar se había mezclado, cruzándose con la degradada raza aborigen hasta fundirse en la descendencia y dar lugar a una infame amalgama. El no tenía la más ligera idea de quiénes fueron esos aborígenes; únicamente sostenía que eran <<paganos>>, y que habitaban en las montañas desde tiempo inmemorial , antes de la llegada de los pueblos conquistadores.

Le di poca importancia a esta historia. En ella no veía más que una leyenda semejante a la que dieron origen la fusión de las tribus celtas y los aborígenes mediterráneos de las montañas de Escocia, y las razas mestizas resultantes que, como los pictos, tanta importancia  tienen en las leyendas escocesas. El tiempo produce un curioso efecto de perspectiva en el folklore. Los relatos de los pictos se entremezclaron con ciertas leyendas sobre una raza mongólica anterior, hasta el punto de que, con el tiempo, se llegó a atribuir a los pictos los repulsivos caracteres del chaparrado hombre primitivo. cuya individualidad fue absorbida por las leyendas pictas, perdiendoce en ellas. Del mismo modo, pensaba yo, podría seguirse la pista de los supuestos rasgos inhumanos de los primeros pobladores de Stregoicavar hasta sus orígenes en los más viejos y gastados mitos de los pueblos invasores, los mongoles y los hunos.

A la mañana siguiente de mi llegada pedí instrucciones a mi patrón –que por cierto me las dio de muy mala gana-, y me puse en camino, en busca de la Piedra Negra. Despúes  de una caminata de varias horas cuesta arriba, por entre los abetos de las laderas, llegué a la cara abrupta de la escarpada que sobresalía poderosamente del costado de la montaña. De allí ascendí un estrecho sendero que separaba hasta coronarla. Subí por él, y desde arriba contemple el tranquilo valle de Stregoicavar, que parecía dormir protegido a uno y otro lado por las grandes montañas azules. Entre la escarpada donde estaba yo y el pueblo no se veían cabañas ni signo alguno de vida humana. Había bastantes granjas desperdigadas por el valle, pero todas estaban situadas al otro lado de Stregoicavar. El pueblo mismo parecía huir de los ásperos riscos que ocultaban la Piedra Negra.

La cima de las escarpas formaban como una especie de meseta cubierta de espeso bosque. Caminé por la espesura y en seguida llegué a un claro muy grande, y en el centro de ese claro se alzaba un descarnado monolito de piedra negra.

Era la sección octagonal, y tendría unos cuatro metros o cinco de altura y medio metro aproximadamente de espesor. Se veía bien que había sido perfectamente pulido en su tiempo, pero ahora la superficie de la piedra mostraba numerosas mellas como si hubieran llevado salvajes esfuerzos por demolerla. Pero los picos apenas habían conseguido descascarillarla y mutilar los caracteres que la ornaban en espiral hasta arriba, en torno del fuste. Hasta una altura de dos metros y medio o poco más, los caracteres estaba casi totalmente destruidos, de tal manera que resultaba muy difícil averiguar sus características. Más arriba se veían mucho mejor conservados, y yo me las arregle para trepar por la columna y examinarlos de cerca. Todos estaban deteriorados en mayor o menor grado, pero era evidente que no pertenecían a ninguna lengua que yo pudiera recordar en ese momento sobre la faz de la tierra. Lo que más llegaba a parecérsele, de todo lo que había visto en mi vida, eran unos toscos garabatos trazados sobre cierta roca gigante, extrañamente simétrica, de un valle perdido del Yucatán. Recuerdo que al señalarle aquellos trazos a mi compañero, que era arqueólogo, el sostuvo que eran efectos naturales de la erosión, o el inútil garabateo de un indio, yo le expuse mi teoría de que la roca era realmente la base de una columna desaparecida, pero él se limitó  a reír, y me dijo que reparase en las proporciones que suponía; de haberse levantado una columna allí de acuerdo con las normas ordinarias de la simetría arquitectónica habría tenido lo menos trescientos metros de altura. Pero no me dejó convencido.

No quiero decir que los caracteres grabados sobre la Piedra Negra fuesen semejantes s a los de la descomunal roca de Yucatán, sino que me los sugerían. En cuanto a la materia del monolito, también me desconcertó. La piedra que habían empleado para tallarla era de un color negro y tenía un brillo mate; y en su superficie, allí donde había sido raspada o desconchada, producía un curioso efecto de semitransparencia.

Pasé en aquel lugar la mayor parte de la mañana y regresé perplejo. La piedra no me sugería ninguna relación con ningún otro monumento del mundo. Era como si el monolito hubiese sido erigido por manos extrañas en una edad remota y ajena a la humanidad

Regrese al Pueblo. De ninguna manera había disminuido mi interés. Ahora que había visto aquella piedra tan singular, sentía mucho más apremiante deseo de investigar el asunto con mayor amplitud e intentar descubrir que extrañas manos y con que extraños propósitos fue levantada la Piedra Negra en lejanos tiempos.

Busque al sobrino del tabernero y le pregunte sobre sus sueños, pero estuvo muy confuso, aun cuando lo hizo lo posible por complacerme. No le importaba hablar de ellos, pero era incapaz de describirlos con la más mínima claridad. Aunque tenía siempre los mismos sueños, y a pesar de que se le presentaban espantosamente vívidos, no le dejaban huellas claras en la conciencia. Los recordaba como un caos de pesadilla en las que inmensos remolinos de fuego arrojaban tremendas llamaradas y retumbaba incesantemente un tambor. Sólo recordaba con claridad que una noche había visto en sueños la Piedra Negra, no en la falda de la montaña, sino rematando la cima de un castillo negro y gigantesco.

En cuanto al resto de los vecinos observe que no les gustaba hablar de la Piedra, excepto al maestro, hombre de una instrucción sorprendente, que había pasado mucho más tiempo fuera, por el mundo, que ningún otro de sus vecinos.

Se intereso muchísimo en lo que le conté sobre las observaciones de von Junzt relativas a la Piedra Negra, y manifestó vivamente que estaba de acuerdo con el autor alemán en cuanto a la edad que atribuía al monolito. Estaba convencido de que alguna vez existió en las proximidades una sociedad satánica, y que posiblemente todos los antiguos vecinos habían sido miembros de ese culto a la fertilidad que amenazó con  socavar la civilización europea y dio origen a tantas historias de brujeria. Cito el mismo nombre del pueblo para probar su punto de vista. Originalmente no se llamaba Stregoicavar, dijo; de acuerdo con la leyendas, los que fundaron el pueblo lo llamaron Xuthltan, que era el primitivo nombre del lugar sobre el que asentaron sus casas, hace ya muchos siglos.

Este hecho me produjo otra vez un indescriptible sentimiento de desazón. El nombre bárbaro no me sugería relación alguna con las razas escitas, eslavas o mongolas a las que debería haber pertenecido los habitantes de estas montañas.

Los magiares y los eslavos de las tierras bajas creían sin duda que los primitivos habitantes del pueblo eran miembros de un culto maléfico, como se demostraba, a juicio del maestro, por el nombre que dieron al pueblo y que continuaron empleando aun después de ser aniquilados los antiguos pobladores por los turcos y haber reconstruido una raza más pura.

No creía él que fueran los iniciados en ese culto quienes erigieron el monolito, aunque opinaba que lo emplearon como centro de sus actividades; y, basándose en vagas leyendas que se venían transmitiendo desde antes de la invasión turca, expuso una teoría según la cual los degenerados pobladores antiguos lo habían usado como una especie de altar sobre el cual ofrecieron sacrificios humanos, empleado como víctimas a las muchachas y a los niños robados a los propios antepasados de los actuales pobladores, que a la sazón vivían en las tierras bajas.

Desestimaba el mito de los horripilantes sucesos de la noche del 24 de junio, así como la leyenda de una deidad extraña que el pueblo hechicero invocaba por medio de  cantos salvajes rituales de flagelación y sadismo, como se decía.

No había visitado la Piedra en la noche del 24 de junio, según confesó, pero no le daría miedo hacerlo; lo que había existido o lo que sucedió allí en otra época, fuera lo que fuese, se había sumido en la niebla del tiempo y del olvido. La Piedra Negra había perdido su significado salvo el de ser el nexo de unión con un pasado muerto y polvoriento.

Espada 24 - 50

 

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