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LA PIEDRA NEGRA – ROBERT E. HOWARD PART 2 DE 2

Espada 24 - 46¡Hacia cosa de una semana que estaba ya en Stregoicavar cuando, una noche, al volver de una visita al maestro, me quedé impresionado de pronto al recordar que… ¡estábamos a 24 de junio! Era, pues, la noche en que, según las leyendas, sucedían cosas misteriosas en relación con la Piedra Negra. En vez de meterme en la taberna, crucé el pueblo a buen paso. Stregoicavar estaba en silencio; los vecinos solían retirarse temprano. No vi a nadie en mi camino. Me interné entre los abetos que ocultaban las  faldas de las montañas en una susurrante oscuridad. Una gran luna plateada parecía suspendida encima del valle, inundado los pequeños y pendientes con una luz inquietante y perfilando negras sombras en el suelo. No soplaba aire por entre los abetos, y no obstante, se oía elevarse un murmullo fantasmal y misterioso. Mi fantasía evocaba quimeras. Seguramente en una noche como ésta, hacía siglos, volaban por el valle las brujas desnudas, a horcajas en sus escobas, perseguidas por sus burlescos demonios familiares.

Encaminé mis pasos hacia las escarpas. Me sentía algo inquieto al notar que la engañosa luz de la luna les presta un aspecto artificioso que no había notado antes; bajo aquella luz fantástica, habían perdido su apariencia de escarpadas naturales para convertirse en ruinas de gigantescas murallas que sobresalían de la ladera.

Esforzándome por apartar de mí esa ilusión extraña, subí hasta la meseta y dudé un momento antes de sumergirme en la tremenda oscuridad de los bosques. Una especie de tensión mortal se cernía sobre las sombras, como si un monstruo invisible contuviera su aliento para no ahuyentar su presa.

Deseché este sentimiento –perfectamente natural, considerando el carácter imponente del lugar y su infame reputación- y me abrí paso a través del bosque, experimentando la desagradable sensación de que me seguían. Tuve que detenerme una vez, seguro de que algo pegajoso y vacilante me había rozado en la cara, en la oscuridad.

Salí al claro y vi el alto monolito alzando su silueta desnuda sobre la yerba. En la linde del bosque, en dirección a la escarpa, había una piedra que formaba como una especie del asiento natural. Me senté en ella, pensando que probablemente fue allí donde el poeta loco, Justin Geoffrey, había escrito su fantástico Pueblo del Monolito. El tabernero pensaba que la Piedra lo que había provocado la locura de Geoffrey, pero la semilla de la locura estaba sembrada en el cerebro del poeta mucho antes de haber visitando Stregoicavar.

Eché una mirada al reloj. Eran casi los doce, me recosté en espera de cualquier manifestación espectral que pudiese aparecer. Comenzaba a levantarse una brisa suave entre las ramas de los abetos y su música me recordó la de unas gaitas invisibles y lánguidas susurrando una melodía pavorosa y maligna. La monotonía del sonido y mi mirada, invariablemente fija en el monolito, me produjeron una especie de auto hipnosis; me estaba quedando amodorrado. Luché contra esta sensación, pero  el sueño pudo conmigo. El monolito parecía ladearse, danzar extrañamente, retorcerse. Entonces me dormí.

Abrí los ojos y traté de levantarme, pero no me fue posible; parecía como si una mano helada me agarrara sin que yo pudiera hacer nada. Un frío terrorEspada 24 - 47 se apoderó de mí. El claro del bosque ya no estaba desierto. Se veía atestado de una silenciosa multitud de gentes extrañas. Mis ojos dilatados repararon en los raros y bárbaros detalles de sus atuendos. Mi entendimiento me decía que eran remotísimos, olvidados incluso en esta tierra atrasada. Seguramente, pensé, son gente del pueblo que ha venido a quí para celebrar algún cónclave grotesco… Pero otra mirada me hizo comprender que aquellas gentes no eran de Stregoicavar. Eran más bajos de estatura, más rechonchos, tenía la frente mas deprimida, la cara más ancha y abotagada. Algunos poseían rasgos eslavos y magiares, pero dicho rasgo, se veían degradados por la mezcla con alguna raza extranjera más baja que no era posible clasificar. Muchos de ellos vestían con pieles de bestias feroces, y todo su aspecto, tanto el de los hombres como el de las mujeres, era de una brutal sensualidad. Aquellas gentes me horrorizaban y me repugnaban, aunque no me prestasen atención alguna. Habían formado un inmenso semicírculo delante del monolito. Empezaron una especie de canto extendiendo los brazos al unísono y balanceando sus cuerpos rítmicamente de cintura para arriba. Todos los ojos estaban fijos en la cúspide de la Piedra, a la que parecían estar invocando. Pero lo más lo más extraño de todo era el tono apagado de sus voces; a menos de cincuenta metros de donde yo estaba, centenar de hombres y mujeres levantaban sus voces en una melodía salvaje, y, sin embargo, aquellas voces me llegaban como un murmullo débil, confuso, como si viniera de muy lejos, a través del espacio… o el tiempo.

Delante del monolito había como un brasero, del que se elevaban vaharadas de humo amarillo, repugnante, nauseabundo, que se enroscaba formando una extraña espiral, como una serpiente inmensa y borrosa, en torno al monumento.

A un lado de este bracero yacían dos figuras: una muchacha, completamente desnuda, atada de pies y manos, y un niño que tendría tan solo unos meses. Al otro lado, se acuclillaba una vieja hechicera con un extraño tambor en su regazo. Tocaba con las manos abiertas, con golpes pausados y leves; pero yo no lo oía.

El ritmo de los cuerpos balanceantes empezó a adquirir mayor rapidez. Entonces saltó una mujer desnuda al espacio que quedaba libre entre la multitud y el monolito; llameaban sus ojos, su larga cabellera flotaba alborotada mientras danzaba vertiginosamente sobre la punta de los pies, dando vueltas por todo el espacio libre, hasta que cayó postrada ante la Piedra, y allí quedó inmóvil. Inmediatamente la siguió una figura fantástica, un hombre vestido tan sólo con una piel de macho cabrío colgando de la cintura, y cuyas facciones estaban totalmente ocultas por una máscara fabricada con una enorme cabeza de lobo, de tal manera que daba la impresión de ser un monstruoso, pesadillesco, mezcla horrible de elementos humanos y bestiales. Sostenía en la amno un haz de varas de abeto, atado por los extremos más gruesos. La luz de la luna brillaba en una pesada cadena de oro que llevaba enlazada en el cuello. Prendida a esta cadena, llevaba otra de cuyo extremo debería haber colgado algún objeto que, sin embargo, faltaba.

Espada 24 - 48La multitud agitaba los brazos con violencia y redoblaban sus gritos, mientras esa grotesca criatura galopaba por el espacio abierto dando muchos saltos y cabriolas. Se acercó a la mujer que yacía al pie del monolito y comenzó a azotarla con las varas; entonces ella se levantó de un salto y se entregó a la danza más salvaje e increíble que había visto en mi vida. Su atormentador bailó con ella manteniendo el mismo ritmo, colocándose a su altura en cada giro y cada salto, al tiempo que descargaba unos golpes despiadados sobre su cuerpo desnudo. Y a cada golpe que le daba gritaba una palabra extraña; y así una y otra vez, y toda la gente le coreaba. Podía verles mover los labios. Ahora el débil murmullo de sus voces se fundió y se hizo un solo grito, distante y lejano, repetido continuamente en un éxtasis frenético. Pero no logre entender lo que gritaban.

Los danzantes gritaban en vertiginosas vueltas, mientras los espectadores, de pie todavía en su sitios, seguían el ritmo de la danza con el balanceo de sus cuerpos y los brazos entrelazados. La locura aumento en los ojos de la mujer que cumplía aquel rito violento, y se reflejaba en la mirada de los demás. Se hizo más salvaje y extravagante el frenético girar de aquella danza enloquecedora… Se convirtió en un cuadro bestial y obsceno, en tanto que la vieja hechicera aullaba y batía el tambor como una enajenada, y las varas componían una canción demoniaca.

La sangre le corría goteante por los miembros pero ella parecía no sentir la flagelación sino como un acicate para continuar el salvajismo de sus movimientos desenfrenados. Al saltar en medio del humo amarillento que empezaba a extender sus tenues tentáculos para abrazar a las dos figuras danzantes se hundió en aquella niebla hedionda y desapareció de la vista. Volvió a surgir otra vez seguida inmediatamente de aquel individuo bestial que la había flagelado y prorrumpió en un indescriptible furor de  movimientos enloquecedores hasta que en el colmo del delirio cayó de pronto sobre la yerba temblando y jadeando completamente vencida por el frenético esfuerzo. Siguió la flagelación con inalterable violencia y ella comenzó a arrastrarse boca abajo haía el monolito. El sacerdote –por llamarlo así- continuó azotando su cuerpo indefenso con todas sus fuerzas mientras ella se retorcía dejando un pegajoso rastro de sangre sobre la tierra pisoteada. Llegó por fin al monolito y boqueando sin resuello le echó sus brazos en torno y cubrió la fría piedra de besos feroces como en una adoración delirante y profana.

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El grotesco sacerdote saltaba en el aire había arrojado las varas salpicadas de sangre. Los adoradores comenzaron a aullar y a echar espuma por la boca y de pronto se volvieron unos contra otros y se atacaron con uñas y dientes desgarrándose las vestiduras y la carne en una ciega pasión de bestialidad. El sacerdote se acercó al pequeñoelo que lloraba desconsolado lo levantó con su largo brazo y gritando una vez más ese Nombre. lo hizo girar en el aire y lo estrelló contra el monolito en cuya superficie quedó una mancha espantosa. Muerto de terror vi cómo abría en canal el cuerpecillo con sus dedos brutales y arrojaba sobre la columna la sangre que recogía en el hueco de sus manos. Luego tiró el cuerpo rojo y desgarrado al brasero extinguiendo las llamas y el humo en una lluvia de chispas en tanto que detrás los brutos enloquecidos aullaban una y otra vez ese nombre. Después de repente todo el mundo cayó prosternado sin dejar de retorcerse al tiempo que el sacerdote extendía sus manos con gesto amplio y triunfal. Abrí la boca y quise gritar horrorizado pero únicamente pude articular un ruido seco. ¡Un animal enorme monstruoso como un sapo se hallaba agazapado en la cima del monolito!

Contemplé su hinchada y repulsiva silueta recortada contra la luz de la luna y en el sitio en que una criatura normal hubiera tenido rostro vi sus tremendos ojos parpadeantes en los que se reflejaba toda la lujuria toda la insondable concupiscencia la obscena crueldad y la perversidad monstruosa que ha atemorizado a los hijos de los hombres desde que sus antepasados se ocultaban ciegos y sin pelo en la copa de los árboles. En aquellos ojos espantosos se reflejaban todas las cosas sacrílegas y todos los malignos secretos que duermen en las ciudades sumergidas que se ocultan de la luz en las tinieblas de las cavernas primordiales. Y así aquella cosa repulsiva que el sacrílego ritual de crueldad de sadismo y de sangre había despertado del silencio de los cerros parpadeaba y miraba de soslayo a sus brutales adoradores que arrastraban ante él en una repugnante humillación.

Ahora el sacerdote disfrazado de bestia levantó a la débil muchacha maniatada y la mantuvo levantada con sus manos brutales ante el monolito. Y cuando aquella monstruosidad lujuriosa y babeante comenzó a succionar en su pecho algo estallo en mi cerebro y me hundí en un piadoso desvanecimiento.

Abrí los ojos sobre una claridad lechosa. Todos los acontecimientos de la noche me vinieron de golpe a la memoria y me levanté de un salto. Entonces miré a mi alrededor con asombro. El monolito se alzaba descarnado y mudo sobre la yerba ondulante verde intacta bajo la brisa matinal. Atravesé el claro con paso rápido. Aquí habían saltado y brincado tantas veces que la llerba debería haber desaparecido y aquí la mujer del ritual se arrastró en su doloroso camino hacia la Piedra derramando su sangre sobre la tierra. Sin embargo ni una sola gota de sangre se veía en el césped intacto.. Mire temblando de horror la cara del monolito contra la que el brutal sacerdote estampó a la criatura robada… pero no había ninguna mancha nada.

¡Un sueño! Había sido un espantosa pesadilla… o qué sé yo… Me encogí de hombros. Que intensa claridad para ser un sueño! Regresé tranquilamente al pueblo y entré en la posada sin ser visto. Una vez allí me senté a meditar sobre los acontecimientos de la noche. Cada vez me sentía más inclinado a descartar la teoría de un sueño. Era evidente que lo que había visto era una ilusión inconsistente. Pero estaba convencido de que aquello era la sobre el reflejo de un acto espantoso perpetrado realmente en tiempos lejanos. Pero cómo podía saberse Qué prueba podría confirmar que había sido la visión de una asamblea de espectros más que una mera pesadilla forjada por mi propio cerebro

Como una respuesta a este mar de dudas me vino un nombre a la cabeza. ¡Selim Bahadur! Según la leyenda este hombre que había sido tanto soldado como cronista mandó el cuerpo del ejército de Solimán que había devastado Stregoicavar. Parecía lógico y si así había marchado directamente de este lugar arrastrando al sangriento campo de Schomvaal y a su destino final.

No pude contener una exclamación de sorpresa: aquel manuscrito que encontraron en el cuerpo del turco y que hizo temblar al conde Boris… ¿no podría contener alguna indicación de lo que los conquistadores turcos habían encontrado en Stregoicavar? Qué otra cosa pudo hacer temblar los nervios de hierro del poderoso guerrero y puesto que los restos mortales del conde no fueron rescatados jamás que duda cabía sino que el estuche de laca y su misterioso contenido permanecía aún bajo las ruinas que cubrían a Boris Vladiniff Me puse a recoger mis cosas con agitada precipitación.

Tres días más tarde me encontraba en una aldea a pocas millas del viejo campo de batalla. Cuando salió la luna ya estaba yo trabajando febrilmente en un gran túmulo de piedras desmoronadas que coronaban la colina. Fue un trabajo agotador… pensándolo ahora no comprendo como pude llevar a cabo esa tarea: y no obstante trabajé sin descanso desde la salida de la luna hasta que empezó a clarear el día. Justamente estaba yo apartando las últimas piedras cuando el sol asomó por el horizonte. Allí estaba todo lo que había quedado de Boris Vladinoff –unos pocos fragmenteos de hueso-  y entre ellos totalmente aplastada el estuche cuya superficie de laca había preservado el contenido a través de los siglos.

Lo recogí con ansiedad y después de apilar unas piedras sobre aquellos huesos me marche precipitadamente. No deseaba que me descubriese ningún viajero suspicaz en aquella acción aparentemente profanadora.

De nuevo otra vez en mi cuarto de la taberna abrí el estuche y encontré el pergamino relativamente intacto. Y había algo más: un objeto pequeño y chato envuelto en un trozo de seda. Estaba ansioso por descifrar los secretos de aquellas hojas amarillentas pero no podía más de cansancio. Apenas había dormido desde que salí de Stregoicavar y los terribles esfuerzos de la noche anterior acabaron de vencerme. A pesar de mi excitación no tuve más remedio que echarme un poco pero ya no me desperté hasta que empezaba a anochecer. Cené rápidamente y después a la luz de una vela me senté a leer los limpios caracteres turcos que cubrían el pergamino. Representaba penoso para mí por que mis nociones de turco no son ni mucho menos profundas y el estilo arcaico del texto me desorientaba. Pero luchando afanosamente conseguí descifrar una palabra aquí otra allá encontrar sentido en alguna frase y una vaga impresión de horror me oprimió el corazón. Me apliqué con todas mis fuerzas a la tarea de traducir y cuando el relato se hizo más claro y asequible la sangre se me heló en las venas se me pusieron los pelos de punta y hasta la lengua se me endureció. Todas las cosas externas participaron de la espantosa locura de aquel manuscrito infernal incluso los ruidos de los insectos y pisadas furtivas de seres espantosos y los quejidos del viento en la noche se tornaron en la risa obscena y perversa de las fuerzas del mal que dominan el espíritu de los hombres.

A lo último cuando la claridad gris se filtraba ya entre las rejas de la ventana dejé a un lado el manuscrito. La cosa envuelta en el trapo de seda estaba allí. Alargué la mano y la desenvolví. Me quedé petrificado porque comprendí que aun poniendo en duda la veracidad de lo que decía el manuscrito aquello era la prueba de que todo había sido real.

Volví a meter esas dos cosas repulsivas en el estuche y no descansé ni probé bocado hasta haberlo arrojado lastrándolo con una piedra en lo más profundo de la corriente del Danubio el cual –quiera Dios que así sea- se lo llevó al Infierno de donde debió venir.

No fue un sueño lo que tuve la noche del 24 de junio en los montes de Stregoicavar. De haber presenciado el horrible ceremonial Justin Geoffrey que sólo estuvo allí a la luz del sol y despues siguió su camino habría enloquecido mucho antes. Por lo que a mí respecta no sé cómo no llegué a perder el juicio.

No… no fue un sueño… Yo había presenciado el rito inmundo de unos adoradores desaparecidos hace siglos surgidos del Infierno para celebrar sus ceremonias como lo hicieron en otros tiempos yo vi a unos espectros postrarse ante otro espectro. Porque hace tiempo que el Infierno reclamó a ese dios horrendo. Hace mucho muchísimos años habitó entre las montañas como reliquia viva de una edad ya extinguida pero sus garras asquerosas ya no atrapan a los espíritus de los seres humanos de este mundo y su reino es un reino muerto poblado tan sólo por los fantasmas de aquellos que le sirvieron en vida.

Por qué alquimia perversa por qué impío sortilegio se abren las puertas del Infierno en esa noche pavorosa no lo sé pero mis propios ojos lo han visto yo sé que no vieron ningún ser viviente aquella noche pues en el manuscrito que redactó la cuidadosa mano de Selim Bahadur se explica detalladamente lo que él y sus compañeros de armas descubrieron en el valle de Stregoicavar. Y leí descritas con todo detalle las abominables obscenidades que la tortura arrancaba de los labios de los aullantes adoradores  y también leí lo que contaba sobre cierta caverna perdida tenebrosa arriba en las montañas donde los turcos horrorizados habían encerrado un ser monstruoso hinchado viscoso como un sapo dándole muerte con el fuego y el acero antiguo bendecido siglos antes por Mahoma y mediante conjuros que ya eran viejos cuando Arabia era joven. Y aun así la mano firme del anciano Selim temblaba al evocar el cataclismo las sacudidas de la tierra los aullidos agónicos de aquella monstruosidad que no murió sola pues hizo perecer consigo –en forma que Selim no quiso o no pudo describir- a diez de los hombres encargados de darle muerte.

Y aquel ídolo chato fundido en oro y envuelto en seda era la imagen de ese mismo ser que Selim había arrancado de la cadena que rodeaba el cuello del cadáver del gran sacerdote-lobo.

¡Bien está que los turcos barrieran  ese valle impuro con el fuego y con la espada! Visiones como las que han contemplado estas montañas desoladas deben pertenecer a las tinieblas y a los abismos de edades perdidas. No no hay que temer que esa especie de sapo me haga temblar de horror en la noche. Está encadenado en el Infierno junto con su horda nauseabunda y sólo es liberado con ellos una hora en la noche más espantosa que he visto jamás. En cuanto a sus adoradores ninguno queda ya en este mundo.

Pero al pensar que tales cosas dominaron una vez el espíritu de los hombres  me siento invadido por un sudor frío. Tengo miedo de leer las páginas abominables de von Junzt porque ahora comprendo lo que significa esa expresión que tanto repite: ¡Las llaves!…

¡Ah! Las llaves de las puertas Exteriores enlaces con un pasado aborrecible y quién sabe con aborrecibles esferas del presente. Y comprendo por qué las escarpas parecían murallas almendradas bajo la luz de la luna y por que el sobrino del tabernero acosado por las pesadillas vio en sueños la Piedra Negra surgiendo como remanente de un castillo negro y gigantesco. Si los hombres excavaran entre esas montañas puede quehallarn cosas increíbles bajo las laderas que las enmascaran. En cuanto a la caverna dodnde los turcos encerraron aquella… bestia no era propiamente una caverna. Me estremecí al imaginar el insondable abismo de tiempo que se abre entre el presente y aquella época en que la tierra se estremeció levantando como una ola aquellas montañas azules que cubrieron cosas inconcebibles. ¡Ojalá ningún hombre cave al pie de ese remate horrible que se llama Piedra Negra!

¡Una llave! ¡Ah la Piedra Negra es una Llave símbolo de un horror olvidado! Ese horror se ha diluido en el limbo del que surgió como una pesadilla durante el nebuloso amanecer de la tierra. ¿Pero qué hay de las otras posibilidades diabólicas que insinúa von Junzt..? ¿De quién era esa mano monstruosa que estranguló su vida? Desde que leí el manuscrito de Selim Bahadur ya no he albergado ninguna duda sobre la Piedra Negra. No ha sido siempre el hombre señor de la tierra… ¿Pero lo es ahora?

Y obsesivamente, me vuelve un solo pensamiento: si un ser monstruoso como el Señor del Monilito hubiera logrado sobrevivir de algún modo a su propia era incalculablemente lejana ¿que formas sin nombre podrían acechar aún en los lugares tenebrosos del mundo?

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