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EL FUEGO DE ASURBANIPAL – ROBERT E, HOWARD Part 1 de 3

EL FUEGO DE ASURBANIPAL

ROBERT E. HOWARD.

Yar Alí deslizó cuidadosamente su mirada a lo largo del cañón azul de su Lee Enfield, se encomendó a Alá y atravesó con una bala el cerebro de uno de aquellos jinetes.

-¡Alloho akbar! -El gran afgano grito de alegría, al tiempo que agitaba su arma por encima de la cabeza-. ¡Dios es grande! Por Alá, sahib, acabo de enviar al infierno a otro de esos perros.

Su compañero miró a lo lejos asomándose cautelosamente por encima del borde del agujero que, con sus propias manos, había excavado en la arena. Era un americano delgado y fuerte llamado Steve Clarney.

-Buen trabajo, viejo colega -dijo-. Quedan cuatro. Mira: se retiran.

Los jinetes, ataviados de blanco, cabalgaban curiosamente los cuatro juntos, como si estuvieran en un conciliábulo, manteniéndose fuera del alcance de las balas. Eran siete cuando se encontraron por primera vez con los dos camaradas, pero las balas de los rifles que asomaban por el agujero de arena resultaron mortales.

-Mire, sahib: abandonan la lucha.

Yar Alí se levanto y grito insultándolos y burlándose de ellos. Uno de los jinetes dio la vuelta y disparo. La bala levanto la arena a unos treinta pies del agujero.

disparan como traidores – dijo Yar Alí con complaciente autoestima-. Por Alá. ¿vio cómo ese cerdo se revolvió en la silla en cuanto asomé la cabeza? ¡Vamos, corramos tras ellos y acabemos con ellos!

Sin prestar a esta insensata y violenta propuesta -sabía que era una de las reacciones propias de la naturaleza afgana- Steve se levanto, se sacudió el polvo de sus ropas, miro hacia los jinetes, que ahora no eran más que pequeñas manchas blancas en el horizonte y dijo pensativo:

-Esos tipos cabalgan como si tramasen algo, no como gente que huye del combate.

-Ya -corroboró Yar Alí sin pensarlo, y sin ver ninguna inconsistencia entre esta actitud de ahora y su anterior sugerencia de sangre-. seguramente buscan reencontrarse con algunos camaradas más, son bandidos que no dejan su presa fácilmente, Haríamos bien yéndose de aquí rápidamente, sahib Steve. Volverán, puede que en algunas horas, o tal vez en unos días, todo depende de lo lejos que este el oasis de su tribu, pero volverán. Quieren nuestras armas y nuestras vidas.

El afgano sacó el casquillo vacío e introdujo un único cartucho en el cargador del rifle.

-Mire, es mi última bala, sahib.

Steve levanto la cabeza y asintió.

-A mi me quedan tres.

Los asaltantes que habían abatido fueron despojados  de las armas y de cualquier cosa de valor por sus propios compañeros. No tenía ningún sentido registrar los cuerpos en busca de más munición. Steve cogió su cantimplora y la sacudió. No quedaba demasiada agua. Sabía perfectamente que Yar Alí tenía un poco más que él, a pesar que el gran afridi, criado entierra árida y estéril, estaba acostumbrado a este clima y necesitaba menos agua que el americano. Y eso que Steve era, desde el punto de vista el hombre blanco, fuerte y resistente como un lobo. Mientras inclinaba la cantimplora y bebía un poco, Steve repaso mentalmente la sucesión de circunstancias que los habían conducido hasta esta situación.

Viajeros sin rumbo fijo, soldados de la fortuna unidos por la casualidad y por una admiración mutua, él y Yar Alí habían vagado desde la India hasta el Turquestán y Persia. Formaban una curiosa y sorprendente pareja, pero con unas grandes posibilidades. Guiados por su incansable e innata necesidad de viajar, el único objetivo para el cual se habían conjurado, y en ocasiones hasta llegaron a creérselo, era hacerse con algún tesoro tan desconocido como impreciso, una especie de olla de oro al final del arcoíris que todavía no se había formado.

Fue entonces, en la antigua Shiraz, cuando oyeron hablar del Fuego de Asurbanipal. La historia les vino por boca de un viejo mercader persa que apenas creía la mitad de lo que les estaba contando. Oía la historia que él a su vez había oído, de joven, entre las vacilaciones propias del delirio. Cincuenta años antes, había estado en una caravana que viajaba   por la costa sur del Golfo Pérsico, la ruta del comercio de perlas, y que persiguió la leyenda de una extraña perla que estaba lejos, en medio del desierto.

La perla, que se rumoraba que fue hallada por un buceador y robada por sheik del interior, no la encontraron, pero se tropezaron con un turco que agonizaba a causa del hambre, la sed y una herida de bala en el muslo. Antes de morir habló, de manera poco inteligible, acerca de la historia de una lejana ciudad muerta, construida con piedra negra entre las perdidas arenas del desierto en dirección al oeste, y de una resplandeciente gema guardada entre los dedos de un esqueleto sentado n un viejo trono.

No se había atrevido a traerla consigo a causa del todopoderoso horror que dominaba aquel sitio, y la sed le llevo de nuevo hacía el desierto, donde los beduinos le persiguieron e hirieron. Aun así  , consiguió escapar, cabalgando hasta que su caballo desfalleció. El turco murió, sin llegar a decir cómo había conseguido llegar a la mítica ciudad  pero el viejo mercader pensaba que debía venir del noroeste; seguramente se trataría de un desertor del ejército turco que intentaba desesperada mente alcanzar el Golfo.

Los hombres de la caravana ni siquiera intentaron adentrarse más en el desierto en busca de la ciudad. Según las palabras del viejo mercader, todos pensaban que esa ciudad no era otra que la antigua Ciudad del Mal de que hablaba el Necronomicon del árabe loco Alhazred; la ciudad de los muertos sobre la cual pesaba una vieja maldición. Había varias leyendas que se referían a esta ciudad con nombres diferentes: los árabes la llamaban Beled-el Djinn, la Ciudad de los Demonios, y los turcos la conocían como Kara-Shehr, la Ciudad Negra. Así mismo, la fabulosa gema no era otra que una piedra preciosa que perteneció a un rey hace ya mucho tiempo, un rey que para los griegos era Sardapápalo y para los pueblos semíticos Asurbanipañ.

La historia fascino inmediatamente a Steve. A pesar de que él mismo reconocía que sería, sin duda, uno de los miles de mitos falsos creados en Oriente, aún debía haber alguna posibilidad de que él y Yar Alí diesen con una pista que los condujese hasta esa olla llena de oro que habían estado buscando toda su vida. A demás, Yar Alí ya había oído antes algunos rumores a cerca de una ciudad escondida entre las arenas. Eran historias que habían seguido a las caravanas que se dirigían al este, a través de las tierras altas del norte de Persia y de las arenas de Turquestán, y que se habían adentrado en el país de las montañas e incluso más allá. Pero siempre eran historias muy vagas, leves rumores sobre una ciudad negra de los djinn oculta entre las neblinas de un desierto poblado de fantasmas.

Entonces, siguiendo el camino de la leyenda, los dos compañeros llegaron desde Shiraz hasta un pueblo de la costa árabe del Golfo Pérsico. Allí tuvieron conocimiento de mas  detalles gracias a un viejo que de joven había sido pescador de perlas. La vejez le hacía ser extremadamente locuas y explicó historias que le había llegado por boca de viajeros de otras tribus, que, a su vez, las había sacado de los terribles nómadas de las profundas tierras del nterior. Y de nuevo Steve y Yar Alí oyeron hablar de la ciudades esculpidas en la piedra. y con el esqueleto de un sultán que agarraba la fabulosa gema.

 Y así, sin dejar de tenerse un poco a si mismo por un pobre tonto engañado, Steve se involucró de pies a cabeza en la increíble historia, Y Yar Alí, convencido de que el conocimiento de todas lascoas está en el regazo de Alá, se fue con él. El poco dinero que tenían apenas les basto para conseguir un par de camellos y provisiones para una audaz y rápida incursión en lo desconocido. Su único mapa se limitaba a los vagos rumores a cerca de la supuesta situación de Kar.Sehr.

Fueron varios días de viaje muy duro, espoleando a los animales y racionando el agua y la comida. Cuando penetraron profundamente en el desierto, se encontraron con una cegadora tormenta de arena durante la cual perdieron los camellos. Después de esto vinieron larguísimas milla de andar dando tumbos a través de las arenas, expuestos al sol que quemaba todo lo que tocaba y subsistiendo gracias a la cada vez más exigua agua que les quedaba en las cantimploras y a la comida que Yar Alí guardaba en una pequeña bolsa. Ya ni se les pasaba por l cabeza encontrar la mítica ciudad. Continuaron  a ciegas, con la esperanza de dar con un manantial por casualidad; sabían que detrás de ellos no había ningún oasis que pudiesen alcanzar a pie. Era una opción desesperada, pero era la única que tenían.

Fue entonces cuando se les echo encima un grupo de guerreros ataviados de blanco. Confundiéndose con el horizonte del desierto y desde una trinchera poco profunda y excavada con prisa, los dos aventureros intercambiaron disparos con aquellos jinetes salvajes que consiguieron rodearlos en muy pocos minutos. Las balas de los beduinos saltaban a través de su improvisada fortificación, echándoles arena en los ojos y rozando partes de sus ropas, pero por suerte ninguna les dio.

Ése fue el único poco de suerte que tuvieron, pensó Clarney mientras se veía a sí mismo como un loco estúpido. ¡Era todo tan descabellado! ¡Pensar que dos hombres podían desafiar al desierto y sobrevivir, y encima arrancarle de sus profundidades los secretos del tiempo! ¡Y esa loca historia del esqueleto que agarra con la mano una fabulosa joya en medio de una ciudad muerta! ¡Vaya mierda! Debía de estar completamente loco para darle crédito a una cosa así, decidió el americano con la lucidez que da el sufrimiento y el peligro.

-Bueno, viejo, -dijo Steve levantando su rifle vámonos. Es puro azar ver si moriremos de sed o bien decapitados por los hermanos del desierto. En cualquier caso, aquí no hacemos nada.

-Dios proveerá -confirmó Yar Alí alegremente-. El sol se está ocultando. Pronto tendremos encima el frio de la noche. Tal vez aún encontremos agua, sahib. Mire, el terreno cambia hacia el sur.

Clarney miró protegiéndose los ojos de los últimos rayos del sol. Más allá de una llanura, una explanada inerte de varias millas de ancho, la tierra aparecía más escarpada y se evidenciaban unas colinas desiguales y rotas. El americano se echo el rifle al hombro y suspiró.

-Vamos hacia allá; de todas maneras no somos más que comida para los buitres.

El sol desapareció y salió la luna, inundando el desierto de esa extraña luz plateada, una luz que cae desigual y débilmente formando largas ondulaciones, como si un mar se hubiese congelado de repente y apareciese completamente inmóvil. Steve, angustiado salvajemente por una sed que él mismo no había osado aplacar del todo, murmuraba por debajo de su propio aliento. El desierto era maravilloso bajo la luna, tenia la belleza de una Lorelei de mármol que atraía a los hombres hacia su propia destrucción. ¡Que locura! su cerebro lo repetia una y otra vez; el Fuego de Asurbanipal desaparecía entre los laberintos de lo irreal a cada paso que se hundía en la arena. El desierto no ra ya simplemente inmensidad material de tierra, sino la grises brumas de los eones pasados, en cuyas profundidades dormían obsesiones, historias y objetos perdidos.

Clarney tropezó y maldijo su suerte; ¿estaba desfalleciendo por fin? Yar Alí se balanceaba rítmicamente con el aparente fácil e incansable paso del hombre criado en la montaña, mientras Steve apretaba los dientes animándose a sí mismo para esforzarse más y más. Estaban llegando a la zona escarpada y el camino era cada vez más duro. Barrancos no muy  profundos y estrechos desfiladeros cortaban caprichosamente la tierra. La mayoría estaban casi llenos de arena y no había ni el más mínimo rastro de agua.

-Hubo un tiempo en que esta tierra fue un oasis -comento Yar Alí-. Sólo Alá sabe cuántos siglos hace que la arena se apodero de ella, de la misma manera que se ha apoderado de muchas ciudades del Turquestán.

Se movía de un lado a otro como cuerpos sin vida en un oscuro paisaje de muerte. La luna se había tornado roja y siniestra mientras se ocultaba en el horizonte, y las sombras de la oscuridad se asentaron en el desierto antes de que llegasen a un lugar desde donde pudiesen ver qué había más allá de aquella zona tan accidentada. Ahora incluso los pies del afgano empezaban a arrastrarse por el camino, y Steve se mantenía en pie sólo gracias a una indomable fuerza de voluntad. Finalmente, consiguieron llegar hasta una especie de cresta desde donde la tierra empezaba a descender en dirección sur.

-Descansemos -dijo Steve-. No hay agua, en esta tierra infernal. Es inútil estar andando todo el rato. Tengo las piernas tiesas como el cañón de un rifle. Soy incapaz de dar otro paso para salvar el cuello. Aquí hay una roca pelada, más o menos igual de alta que el hombro de una persona, orientada hacia al sur. Dormiremos aquí, a refugio del viento.

-¿Y no haremos guardias, sahid Steve?

-No – respondió Steve-. Si los árabes nos cortan el cuello mientras. dormimos, eso que ganamos. No somos ,más que un par de moribundo!..

Con esta optimista observación, Clarney se dejó caer caer redondo en la arena. Sin embargo, Ya Alí se quedo d pie, inclinándose hacia adelante, escrutando con los ojos la oscuridad que sustituía el horizonte en que brillaban las estrellas por impenetrables agujeros de sombras.

-Hay algo en el horizonte, allá, hacia el sur – murmuro con dificultad-. ¿Una colina? No sabría decirlo pero estoy seguro de que hay algo.

-Ya estas viendo espejismos -dijo Steve irritado-. Acuéstate y duerme.

Y, diciendo esto, Steve cayó en poder del sueño. Le despertó el sol que le daba en los ojos. Se incorporó bostezando, y su primera sensación fue la sed. Cogió la cantimplora y se humedeció los labios; sólo le quedaba un trago. Yar Alí todavía dormía. Los ojos de Steve inspeccionaron el horizonte en dirección al sur y, de repente, se levantó de un brinco. Empezó a golpear al afgano, que aún estaba reclinado.

El afridi se despertó de una manera salvaje: instantáneamente y con todos sus sentidos, con la mano saltando hacia su largo cuchillo como si estuviese ante el enemigo. Dirigió la mirada hacia lo que señalaban los dedos de Steve y se le agrandaron los ojos.

-¡Por Alá y por Alá!-exclamo-. ¡Hemos llegado a la tierra de los espíritus! ¡No es ninguna montaña, es la ciudad de piedra rodeada por las arenas del desierto!

Steve salto locamente a sus pies. Al tiempo que miraba fijamente y con respiración violenta, un grito salvaje se escapó de sus labios. A sus pies, la pendiente desde la cresta donde estaban descendían hasta una amplia llanura de arena que se extendía hacia el sur, y, lejos, a través de las arenas, hacia donde llegaba la vista, la <<colina>> tomaba forma lentamente, como un espejismo que crecía de las arenas ondulantes.

Vio grandes muros desiguales, murallas imponentes; parecía que todo junto se arrastrase por la arena como una criatura con vida, ondulante por la parte superior de los muros, vacilante en la estructura global. Desde luego, no era sorprendente que a primera vista pareciese una una colina.

-¡Kara-Shehr! -exclamó Clarney con fuerza-. ¡Beled-el Djinn! ¡La ciudad de los muertos! ¡Después de todo no era una alucinación!¡La hemos encontrado! ¡Cielos, la hemos encontrado! ¡Venga, vamos!

Yar Alí movió la cabeza vacilando y musitó algo acerca de espíritus malignos, pero siguió adelante. La visión de los restos de la ciudad se había llevado de la cabeza de Steve la sed y el hambre, e incluso la fatiga, que unas horas de sueño no habían podido reparar del todo. Andaba con dificultad pero ansiosamente, sin preocuparse por el calor que iba en aumento, los ojos le brillaban con la lujuria del explorador. En estos momentos se daba cuenta de que no era sólo la codicia por la fabulosa gema lo que  había inducido a Steve Clarney a arriesgar su vida en esa naturaleza salvaje y cruel, si no que en el fondo de su alma acechaba ese viejo e innato sentimiento del hombre blanco: la necesidad de buscar y explorar los rincones más escondidos del mundo, y esa necesidad había sido despertada de un profundo sueño por todas aquellas  viejas historias.

A medida que cruzaba la vasta llanura que separaba aquel terreno escarpado de la ciudad, veía como las murallas rotas iban adoptando una forma más clara, como si estuviesen creciendo en el cielo de la mañana. La ciudad parecía  construida a base de enormes bloques de piedra negra, pero era imposible saber cuál  había sido la altura inicial de los muros, ya que la arena se había amontonado desde la base hasta una altura considerable. En algunas partes los muros se habían derribado y la arena los cubría completamente.

El sol alcanzó su cénit y la sed irrumpió con fuerza a pesar del entusiasmo, pero Steve controló intensamente su sufrimiento. Tenía los labios resecos e hinchados, pero no tomaría el último trago hasta que no hubiesen alcanzado la ciudad en ruinas. Yar Alí se mojo los labios con el contenido de su cantimplora y quiso compartir lo poco que le quedaba con su amigo. Steve negó con la cabeza y siguió andando.

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