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EL FUEGO DE ASURBANIPAL – ROBERT E. HOWARD – PART 2 de 3

EL FUEGO DE ASURBANIPAL – ROBERT E. HOWARD

Fue durante el terrible calor del medio día en el desierto cuando alcanzaron las ruinas, y, atravesando el derruido muro por un agujero bastante grande, pudieron fijar su vista en la ciudad muerta. La arena había bloqueado las viejas calles y había dado una forma fantástica a aquellas enormes columnas, que quedaban tumbadas y medio ocultas. Estaba todo tan destrozado y tan cubierto de arena que los dos exploradores apenas pudieron identificar un poco del plano original de la ciudad. La ciudad ahora no era más que una inmensidad de montones de arena y de piedras que se caían a trozos sobre las que flotaban, como una nube invisible, un aura de inexpresable antigüedad.

Justo delante de ellos discurría una avenida ancha cuya configuración no había conseguido borrar la destructiva fuerza ni de la arena ni del viento. A cada uno de los lados del amplio camino había alineadas unas columnas enormes, no especialmente altas, incluso teniendo en cuenta la arena que no dejaba ver la base, pero increíblemente anchas. Encima de cada columna había una figura esculpida en la fuerte piedra; eran imágenes sombrías y enormes, mitad humana y mitad bestia, que contribuía así a la irracionalidad que flotaba en toda la ciudad. Steve profirió un grito de sorpresa.

-¡Los toros alados de Nínive! ¡Los toros con cabeza de hombre! ¡Por todos los santos, Alí, aquellas viejas historias eran ciertas! ¡La leyenda entera es cierta! Debieron de venir aquí cuando los babilonios destruyeron Asiria, ya que todo esto es idéntico a las imágenes que he visto, reconstruye escenas de la vieja Nínive ¡Mira Allí!

Señalo el inmenso edificio que estaba al otro extremo de la calle ancha. Era un edificio colosal, muy solido, cuyas columnas y paredes, hechas con resistentes bloques de piedra negra, había resistido contra la arena y el viento, contra el paso del tiempo. Aquel ondulante y destructivo mar de arena que se había adueñado de la ciudad se extendía por sus bases, penetrando por puertas y pasillos, pero hubiesen sido necesarios miles de años para inundar toda la estructura.

-La morada de los demonios -musito Yar Alí con desagrado-.

-¡El templo de Baal! -exclamo Steve-. ¡Vamos! Temía que hubiésemos tenido que dar con todos los templos escondidos por la arena y cavar para encontrar la preciosa gema.

-Poco bien nos hará -murmuro Yar Alí-. Moriremos en este sitio.

-Podemos contar con eso, seguro. -Steve desenroscó el tapón de su cantimplora-. Tomemos nuestro último trago. En cualquier caso, aquí estamos a salvo de los árabes. Nunca se atreverán a venir hasta aquí a causa de sus supersticiones. Beberemos y después moriremos, eso está claro, pero primero encontraremos la joya. Quiero tenerla en mi mano en el momento en que desfallezca. Tal vez dentro de unos poco siglos algún aventurero afortunado encuentre nuestros esqueletos y la gema. ¡Aquí está, para él, sea quien sea!

Con esta mueca irónica Clarney agoto su cantimplora al tiempo que Yar Alí hizo lo propio. Se habían jugado su último as, el rsto quedaba a la merced de Alá.

Mientras  caminaban por aquella avenida. Yar Alí, que jamás había temblado ante un enemigo humano, miraba a derecha e izquierda nerviosamente, como si esperase descubrir un rostro fantástico y con cuernos espiándole desde detrás de una columna. El mismo Steve sentía la inquietante antigüedad de aquel sitio y temía encontrarse con un inminente ataque a cargo de cuadrigas de bronce que corrían por las calles desiertas, u oír de repente el amenazante son de trompetas de guerra. Se dio cuenta de que el silencio de las ciudades muertas era mucho más intenso que el silencio del desierto.

Finalmente, llegaron a las puertas del gran templo. Hileras de columnas inmensas flanqueaban la amplia entrada, llena de arena que llegaba hasta los tobillos, desde donde pendían grandes marcos de bronce que en algún tiempo albergaron fuertes puertas cuya cuidada madera se había podrido hacía siglos. Entraron en un gran salón en penumbras que tenía un sombrío techo de piedra sostenido por columnas que parecía los troncos de un bosque. El efecto de toda la construcción era de un esplendor enmudecedor y de tal magnitud que parecía un templo construido por gigantes para albergar a los dioses más sombríos y enigmáticos.

Yar Alí caminaba temeroso, como si fuese a despertar a los dioses que estaban dormidos, y Steve, a pesar de estar libre de las supersticiones del afridi, sentía como si la impenetrable majestuosidad de aquel sitio le abrazase el alma con sus oscuras manos. No había resto de ninguna huella en el polvo que reposaba en el suelo; había pasado más de medio siglo desde que aquel turco huyese de aquellos salones despavorido, como si se lo llevasen los demonios. Respecto a los beduinos, era fácil ver por que esos supersticiosos hijos del desierto evitaban esta ciudad encantada, y realmente estaba encantada, pero no por fantasmas, sino, probablemente, por las sombras del esplendor perdido.

A medida que avanzaban a través de la arena del salón, que parecía no tener fin, Steve se planteó muchas preguntas. ¿Cómo pudieron aquellos fugitivos de la ira de unos rebeldes violentísimos construir esta ciudad? ¿Cómo cruzaron el país de sus propios enemigos (ya que Babilonia esta entre Asiria y el desierto arábigo)? De hecho, no tenían otro sitio donde ir: al oeste está Siria y el mar, y el norte y el este estaban ocupados por los <<peligrosos medas>>, aquellos terribles arios cuya ayuda fortaleció el brazo de Babilonia en el momento de pulverizar a su enemigo.

Posiblemente, pensó Steve, Kara-Shehr -o como se llamase en aquellos tiempos remotos- se construyó como una ciudad fronteriza antes de la caída del imperio asirio. ¿Con que propósito huirían los supervivientes de aquella destrucción? En cualquier caso, era posible que Kara-Shehr hubiese sobrevivido a Nínive unos cuantos siglos. Era una ciudad extraña, sin duda, como un ermitaño, apartada del resto del mundo.

Seguramente, como dijo Yar Alí, hubo un tiempo en que esta tierra era un país fértil, regado por oasis y manantiales; y en la zona accidentada que habían cruzado la noche anterior habrían habido canteras que proporcionaron la piedra necesaria para construir la ciudad.

¿Qué causo entonces la decadencia de la ciudad? ¿Fue el avance  de las arenas del desierto y el agotamiento de los manantiales lo que indujo a la gente a abandonarla? ¿O era Kara-Shehr una ciudad silenciosa antes de que la arena superara las murallas? la ruina de la ciudad, ¿fue provocada por el exterior o se debió a causas internas? ¿fue una guerra civil lo que diezmo a sus habitantes o, por el contrario, fueron exterminados por un poderoso enemigo procedente del desierto? Clarney movió la cabeza en un gesto lleno de perplejidad y preocupación. Las respuestas a todas estas preguntas se perdían en el laberinto de los tiempos inmemoriales.

-¡Allaho akbar!

Habían cruzado aquel enorme y sombrío salón y al final de todo se encontraron con un terrorífico altar de piedra negra detrás del cual se asomaba amenazante la figura de una antigua divinidad, una imagen salvaje y horrible. Steve se encogió de hombros cuando identificó aquella imagen monstruosa; se trataba de Baal, en cuyo altar negro se le ofrecía, en otros tiempos, el alma inocente de una víctima indefensa retorciéndose y gritando de desesperación. Este ídolo encarnaba  por completo en su profundísima y hostil bestialidad el alma de esta ciudad endemoniada. Seguramente, pensó Steve, los creadores de Nínive y de Kara-Shehr estaban hechos  de una pasta muy diferente a la gente de hoy. Su arte y su cultura eran demasiado siniestros, demasiado secos respecto a los aspectos más ligeros de la humanidad, como para ser enteramente humanos; por lo menos, en el sentido en que el hombre moderno concibe la humanidad. La arquitectura intimidaba; mostraban un alto nivel técnico, pero resultaba demasiado hosca, grande y basta para alcanzar la compresión por parte del mundo moderno.

Los dos aventureros cruzaron una puerta estrecha que se abría al final del salón, justo al lado del ídolo, y que conducía hacía una serie de habitaciones amplias, sombrías y llenas de polvo, y conectadas entre si por pasillos flanqueados de columnas. Avanzaron por ellos envueltos en una luz gris, fantasmagórica, y llegaron a una escalera ancha cuyos enormes escalones de piedra ascendían y se perdían en la oscuridad. En este momento, Yar Alí se detuvo.

-Nos hemos atrevido demasiado, sahib -murmuró-. ¿Es sensato arriesgarnos más?

Steve, que ardía de impaciencia, capto la intención del afgano.

-¿Quieres decir que no deberíamos subir estas escaleras?

-Tienen un aspecto terrible. ¿Hacia que cámaras de silencio y horror deben de llevar? Cuando  un fantasma habita una casa desierto, siempre acecha en las habitaciones de arriba. Un demonio puede arrancarnos la cabeza en cualquier momento.

-Sea como sea, ya somos hombres muertos -gruño Steve-. Si quieres, puedes volver atrás y vigilar si vienen los árabes mientras yo voy a la parte de arriba.

-Eso es como tratar de ver el aire en el horizonte respondió el afgano con desgana, al tiempo que cogía el rifle y desenfundaba su largo cuchillo-. Ningún beduino llega hasta aquí. Vamos, sahib. Estás loco igual que todos los occidentales, pero no dejaré que te enfrentes a los fantasmas tú solo.

Los dos compañeros empezaron a subir las escaleras. A cada paso, los pies se les hundían en el polvo acumulado a lo largo de los siglos. Fueron subiendo y subiendo hasta una altura tal que el suelo se perdía en una oscuridad incierta.

-Nos dirigimos a ciegas hacia nuestro destino fatal, sahib -musito Yar Alí-. ¡Allah il Allah, y Mahoma es su profeta! Siento la presencia de un mal dormido durante mucho tiempo y presiento que nunca volveré a oír cómo silva el viento en el Khyber Pass.

Steve no respondió. No le gustaba el silencio mortal que se extendía por todo el templo ni tampoco la  inquietante luz gris que se filtraba desde algún sitio escondido.

Ahora, por encima de sus cabezas, la penumbra se aclaro un poco y vieron que estaban en una habitación circular enorme, iluminada tristemente por la luz que se filtraba a través de un techo alto y  agujereado. De repente, otro haz de luz contribuyó a la iluminación de la sala. Un fuerte gritó se escapo de los labios de Steve y de Yar Alí.

De pie en el último peldaño de la escalera de piedra, los dos miraban a través de aquella gran habitación, con las baldosas cubiertas de polvo y las paredes de piedra negra completamente desnudas. Desde el centro de la habitación, unos enormes escalones llevaban hacía un podio de piedra, y sobre este podio se erigía un trono de mármol. Alrededor del trono brillaba y relucía una luz extraña. Los dos  aventureros se maravillaron cuando vieron su origen. En el trono yacía un esqueleto humano, un conjunto casi deforme de huesos que se desmenuzaban. Una mano sin carne se apoyaba sobre  el amplio brazo del trono de mármol, y en esta horrible garra latía, como si estuviese viva una enorme piedra de un rojo muy intenso.

¡El Fuego de Asurbanipal! Incluso después de haber encontrado la ciudad perdida Steve no pensó que realmente fuesen a dar con la gema, incluso dudaba acerca de su existencia. Pero ahora no podía dudar, tenía la evidencia ante sus ojos, deslumbrándole con ese increíble, maligno, brillo. Con un fuerte grito de emoción saltó rápidamente por la habitación y por los escalones que conducían al trono. Yar Alí estaba a sus pies, pero cuando Steve estaba a punto de coger la gema, el afgano le cogió el brazo.

-¡Espere! -exclamo-. ¡No la toque todavía, sahib! Sobre las cosas antiguas siempre recae una maldición, y seguro que esta es tres veces maldita. ¿Por qué si no ha permanecido intacta durante siglos, aquí, en una tierra de ladrones? No es bueno tocar las posesiones de los muertos.

-¡Bah! -bufóel americano-, ¡Supersticiones! Los beduinos asustados a causa de las historias que les contaban sus antepasados. Teniendo como tienen el desierto por morada, sistemáticamente recelan de las ciudades, aunque no hay duda de que ésta tenía una mala reputación ya en sus mejores tiempos. Además, nadie excepto los beduinos habían visto antes este sitio, aparte de aquel turco, que probablemente estaba medio loco como consecuencia del sufrimiento.

-Estos huesos pueden ser los del rey del que hablaba la leyenda, el aire seco del desierto conserva este tipo de cosas indefinidamente, pero lo dudo. Puede ser de un asirio o, más probablemente, de un árabe, algún pobre diablo que se hizo con la gema y después murió en el trono por alguna u otra razón.

El afgano apenas le oía. Estaba mirando a la enorme piedra con ojos de fascinación y de terror, de la misma manera que un pájaro mira hipnotizado los ojos de una serpiente.

-¡Mírelo, sahib! -susurró-. ¿Qué es? Una gema como ésta no puede haber sido tallada por manos mortales. Mire cómo palpita… ¡como el corazón de una cobra!

Steve la estaba mirando y sintió una sensación extraña, indefinida, como de ansiedad y desasosiego. Perfecto conocedor de las piedras preciosas, nunca había visto una que fuese como ésta. A primera vista, se suponía que era un rubí enorme, como decían las leyendas. Pero ahora ya no estaba tan seguro, y tenía la inquietante sensación de que Yar Alí estaba en lo cierto y que no era una gema normal. No podía clasificarla en un estilo detallado concreto, y la intensidad de su brillo era tal que no podía mirarla con detalle durante mucho rato. Por otro lado, el decorado global no era el más adecuado para atemperar los nervios: la gran cantidad de polvo en el suelo sugería una antigüedad decadente; la luz gris evocaba una cierta irrealidad; las grandes paredes negras se alzaban siniestras y amenazadoras, sugiriendo la existencia de algo escondido.

-¡Cojamos la piedra y vayámonos! -murmuro Steve, que sentía un inusitado terror en el interior del pecho.

-¡Espere!-Los ojos de Yar Alí brillaban y fijo la mirada, pero no en la gema, sino en las sombrías paredes de piedra-. ¡Somos moscas que han caído en la tela de araña! Sahib, tan cierto como que Alá existe que es algo más que los fantasmas de viejos temores lo que acecha en esta ciudad de horror. Siento el peligro como lo he sentido otras veces, como lo sentí en el templo de Thuggee donde estranguladores de Shiva se nos abalanzaron encima desde sus escondites, como lo siento ahora mismo, sólo que diez veces más intenso.

A Steve se le erizó el pelo. Sabía que Yar Alí era un auténtico veterano en estas cosas, y que no era presa de un temor estúpido absurdo. Recordaba muy bien los incidentes a los que había aludido el afgano, igual que recordaba otras ocasiones en las que el instinto telepático de Yar Alí le había advertido del peligro antes de poder ver u oír.

-¿Qué es, Yar Alí? -dijo en voz baja.

El afgano moviola cabeza, tenía los ojos llenos de una luz misteriosa y extraña mientras escuchaba en la oscuridad las sugerencias ocultas de su subconsciente.

-No lo sé, sé que está cerca y que es muy viejo y muy peligroso, creo -De repente se detuvo y se giró, el brillo de sus ojos desapareció y fue sustituido por una mirada intensa de temor y recelo, como la de un lobo-. ¡Escuche, escuche, sahib! -dijo atropelladamente- ¡Los espíritus están subiendo por la escalera!

Steve se quedo inmóvil cuando oyó que unas pisadas sigilosas sobre la piedra se acercaban.

-¡Por Judas, Alí! -exclamo-. ¡Hay algo ahí fuera!

Las viejas paredes resonaron con un coro de gritos salvajes al tiempo que una horda de siluetas feroces se extendía por toda la sala. Durante unos segundos de asombro y de locura Steve creyó realmente que estaba siendo atacado por guerreros reencarnados procedentes de un tiempo olvidado. Pero el alevoso zumbido de una bala que le pasó rozando y el desagradable olor a pólvora le indicaron que sus enemigos eran suficientemente materiales. Steve maldijo su suerte, amparados en una seguridad imaginaria, habían caído como ratas en una trampa en que ahora les tenían los árabes. Incluso después de que el americano tirase de rabia su rifle, Yar Alí, apoyando el suyo en la caderas, disparo rápidamente y con un efecto letal a aquellas dianas, arrojo con fuerza su rifle vacío sobre la horda que le acosaba y bajó las escaleras como un huracán, con su cuchillo de Khyber de tres pies brillando en su fuerte mano. En su gusto por la batalla se percibía un cierto alivio al darse cuenta de que sus enemigos eran humanos. Una bala le quito el turbante de la cabeza, pero un árabe cayó partido en dos ante el primer y demoledor golpe de ese hombre de las montañas.

Un beduino alto llegó a apoyar el cañón de su pistola en el costado el afgano, pero antes de que pudiese apretar el gatillo una certera bala disparada por Clarney le atravesó el cerebro. El alto numero de agresores dificultaba el ataque al gran afridi, cuya rapidez de movimientos, similar a la de un tigre, hacía que dispararle fuese tan peligroso para él como para ellos mismos. La mayoría fue a rodearle, golpeando con cimitarras y rifles, mientras que otros cargaron escalera arriba contra Steve. Aquí no había pérdida; el americano simplemente sostenía su rifle y lo disparaba hacía una ruina fantasmagórica. Los otros llegaron rugiendo como panteras.

Ahora que estaba dispuesto a gastar su último cartucho, Clarney vio dos coas en un brevísimo instante, un guerrero salvaje, con la barba llena de saliva y con la cimitarra alzada, que estaba prácticamente encima suyo, y otro que, con las rodillas en el suelo apuntaba su rifle hacía Yar Alí. En un segundo, Steve eligió disparar por encima del hombro del de la cimitarra, matando al del rifle y ofreciendo voluntariamente su vida a cambio de la del amigo, ya que aquel largo cuchillo se dirigía a su propio cuello. Pero justo cuando el árabe se acercaba más, gruñendo con todas sus fuerzas, su sandalia resbalo sobre el escalón de mármol y la afilada hoja se desvió de su arco y golpeo el cañón del rifle de Steve, Rápidamente, el americano se apoyó en el rifle y tan pronto como el beduino recobró el equilibrio y alzaba de nuevo su cimitarra le golpeó con todas sus fuerzas, le agarro y cayeron los dos juntos.

Entonces una bala le golpeó fuertemente el hombro dejándolo medio aturdido.

Mientras se tambaleaba, un beduino le rodeo los pies con la tela de un turbante y se reía cruelmente. Clarney se dejó caer por las escaleras para contraatacar con más fuerza. Una pistola le apunto dispuesto a volarle el cerebro, pero una orden determinante la detuvo.

-No lo mates, pero átalo de pies y manos.

Al revolverse entre el montón de manos que lo zarandeaban, a Steve le pareció que ya había oído esa voz en algún sitio.

En realidad, la cuestión de reducir al americano fue tarea de pocos segundos para los árabes. Incluso después del segundo disparo de Steve, Yar Alí le había cortado un brazo a uno de los asaltantes, y había recibido un terrible golpe de rifle en su hombro izquierdo. La chaqueta de piel de carnero, que llevaba a pesar de la calor del desierto, le había salvado de media docena de cuchillos afiladísimos. Un rifle disparo tan cerca de su cara que la pólvora le quemo y le hizo enfurecerse aún más y lanzar un fuerte grito sediento de sangre. Al tiempo que Yar Alí movía su cuchillo envuelto en sangre, el del rifle levantó su arma por encima de la cabeza, sosteniéndola con las dos manos y dispuesto a golpearle definitivamente; pero el afridi, con un feroz aullido, se movió rápido como un gato en la jungla y le hundió su largo cuchillo en la barriga,. Sin embargo, en ese momento la culata de un rifle, empuñada con toda la fuerza y toda la maldad de su portador, golpeó violentamente la cabeza del gigante, ensangrentando y haciéndolo caer de rodillas.

De acuerdo con la tenacidad y ferocidad de su raza, Yar Alí se levantó de nuevo, tambaleándose como un ciego, y empezó z golpear a adversarios que apenas podía ver, pero una lluvia de golpes lo derribó de nuevo, y a pesar de que yacía en el suelo los atacantes no cesaban de golpearlo. Hubiesen acabado con él en poco rato de no haber sido por otra orden perentoria de su jefe. Una vez que lo ataron, a pesar de estar inconsciente, lo arrastraron hasta donde se encontraba Steve, que había recobrado completamente el sentido y se había dado cuenta de que tenía una herida de bala en el hombro.

Steve miro con rabia al árabe alto que estaba enfrente de él y que, a su vez lo miraba con suficiencia.

-Bien, sahib -dijo, y Steve se dio cuenta entonces de que no era un beduino, 3/4 ¿no te acuerdas de mi?

Steve frunció el  ceño; una herida de bala no contribuye precisamente a la concentración.

-Me resultas familiar, ¡por Judas! ¡Tú eres Nureddin El Mekru!

-¡Cuanto honor! ¡El sahib me recuerda! -Nureddin saludó burlescamente al estilo árabe-. Y también recordaras, sin duda, la ocasión en que me hiciste este regalo, ¿no?

Sus oscuros ojos se ensombrecieron envolviendo una amenaza y el sheik se señalo una cicatriz fina en la mandíbula.

-Lo recuerdo -gruño Steve, a quien el dolor y la ira no le hacían precisamente muy dócil-. Fue en tierras de Somalia, hace ya varios años. Tu te dedicabas al tráfico de esclavos entonces. Un pobre negro se te escapó y acudió a mí a pedir refugio. Viniste a mi campamento y con tu estilo belicoso empezaste una pelea; durante la refriega te encontraste con un cuchillo de carnicero que te cruzo la cara. ¡Ojalá te hubiera cortado tu asqueroso cuello entonces!

-Tuviste tu oportunidad – respondió el árabe-. Ahora se han cambiado las cosas.

-Pensaba que tu radio de acción estaba más hacia el oeste -continuó Steve-, En Yemen y Somalia.

-Deje el trafico de esclavos hace tiempo -respondió el sheik-. Es un juego que desgasta demasiado. Encabecé una banda de ladrones en El Yemen durante algún tiempo, pero de nuevo me vi forzado a cambiar de sitio. Vine para acá con un puñado de seguidores fieles y, por Alá, esos salvajes casi me cortan el cuello la primera vez que nos encontramos, pero vencí sus recelos y ahora lidero muchos más hombres de los que me han seguido durante años. Los hombres contra los que pelearon ayer estaban  a mis órdenes, eran exploradores que yo había mandado por delante. Mi oasis se encuentra bastante lejos, hacia el oeste. Hemos cabalgado durante varios días, ya que iba de camino hacia esta ciudad. Cuando mis exploradores volvieron y me dijeron que se habían topado con dos aventureros, no cambie mi rumbo, pues antes tenia que ir a Beled-el Djinn por cuestión de negocios. Nos hemos acercado a la ciudad desde el este y hemos encontrado sus pisadas en la arena. Las hemos seguido y nos hemos encontrado con que son como búfalos ciegos que no se daban cuenta de que nos acercábamos.

Steve amenazó:

-No nos hubieras atrapado tan fácil si no fuese por que pensábamos que ningún beduino se atrevería a penetrar en Kara-Shehr.

Nureddin se mostro de acuerdo:

-Pero yo no soy un beduino. He viajado lejos y he visto muchas tierras y muchas razas diferentes, y también he leído muchos libros. Se perfectamente que el temor es humo, que los muertos son muertos, y que los djinn, los fantasmas y las maldiciones son bruma que se van con el viento. Es precisamente a causa de las historias acerca de la piedra colorada por lo que he venido hasta este desierto perdido. Pero me ha llevado meses persuadir a mis hombres para que me acompañasen hasta aquí.

-¡Pero finalmente estoy aquí! Y tu presencia es una sorpresa deliciosa. Sin duda, ya habrás adivinado por que te he atrapado con vida; tengo planeado un entretenimiento bastante elaborado para ti y para ese pathan salvaje. Ahora tomaré el Fuego de Asurbanipal y nos iremos,

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