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LA ESPADACHINA – ROBERT E. HOWARD PART -1DE 4

LA ESPADACHINA

(AGNÈS LA NEGRA)

Robert E. Howard

  1. Res Adventura

 

–¡Agnès! Pelirroja del Infierno, ¿dónde estás?

Era mi padre, llamándome de la forma habitual. Eché hacia atrás los cabellos empapados en sudor que me caían sobre los ojos y volví a apoyarme las gavillas en el hombro. En mi vida había pocos momentos de descanso.

Mi padre apartó los arbustos y avanzó por el claro…

Era un hombre alto, de rostro demacrado, moreno por los soles de muchas campiñas, marcado por cicatrices recibidas al servicio de reyes codiciosos y duques ladrones. Me miró irritado y debo reconocer que no le habría reconocido si hubiera tenido otra expresión.

–¿Qué hacías?–rugió.

–Me enviaste a recoger madera al bosque –respondí amorosamente.

–¿Te dije que te ausentaras todo un día? –rugió, al tiempo que intentaba darme un golpe en la cabeza, cosa que evité sin esfuerzo gracias a la larga práctica–. ¿Has olvidado que es el día de tu boda?

Al oír aquellas palabras, mis dedos quedaron sin fuerza y soltaron la cuerda; las ramas cayeron y se esparcieron al golpear contra el suelo. El color dorado desapareció del sol y la alegría se alejó de los trinos de los pájaros.

–Lo había olvidado –murmuré, con los labios súbitamente secos.

–Bien, recoge las ramas y sígueme –rezongó mi padre–. El sol se pone por el oeste. Hija ingrata… desvergonzada… ¡que obligas a tu padre a seguirte por todo el bosque para llevarte junto a tu marido!

–¡Mi marido! –murmuré–. ¡François! ¡Por las pezuñas del diablo!

–¿Y juras, maldita? –siseó mi padre–. ¿Debo darte una nueva lección? ¿Te burlas del hombre que he elegido para ti? François es el muchacho más apuesto que puedes encontrar en toda Normandía.

–Un buen cerdo –alegué–, un puerco de grasa rancia que no piensa más que en atiborrarse, en hincharse, en emborracharse y en correr detrás de las faldas.

–¡Cállate! –aulló–. Será el apoyo de mi vejez, el bastón donde pueda apoyarme. Ya no puedo guiar la reja del arado. Las viejas heridas me martirizan. El marido de tu hermana Isabel es un perro; no me servirá de ayuda. François actuará de otro modo. El sabrá domarte, respondo de ello. No se doblegará ante tus caprichos como he hecho yo. Probarás el bastón en su mano.

Al oír aquellas palabras, una bruma rojiza flotó ante mis ojos. Siempre me ocurría cuando mi padre hablaba de doblegarme. Arrojé al suelo las ramas que había recogido maquinalmente y todo el fuego que corría por mis venas acudió a mis labios.

–¡Puede quemarse en el infierno, y tú con él! –exclamé–. No me casaré con él. ¡Pégame…, mátame! ¡Haz de mí lo que quieras! ¡Pero nunca compartiré el lecho de François!

Al oír aquellas palabras el infierno se reflejó en los ojos de mi padre y yo misma, a decir verdad, me habría estremecido si la locura no se hubiera apoderado de mí. Vi, reflejadas en sus ojos, toda la furia, la violencia y la pasión que le dominaron mientras saqueaba, mataba y violaba como Compañero Franco. Lanzando un rugido inarticulado, se lanzó sobre mí y, con su puño derecho, me golpeó en la cabeza. Evité el golpe y él me lanzó un nuevo puñetazo con la mano izquierda. De nuevo, su puño no encontró más que el vacío, pues yo me había apartado a tiempo. Entonces, con un grito que más parecía el aullido de un lobo, me asió por los cabellos, enrollando mis largas trenzas alrededor de su mano y tirando de mi cabeza hacia atrás. Creí que iba a romperme la nuca. En aquel instante, me golpeó en la barbilla con el puno derecho y la luz del día desapareció tragada por las tinieblas.

 

Permanecí desvanecida durante un largo rato…. lo bastante para que mi padre me arrastrase del cabello a través del bosque y me llevara a la aldea. El recobrar el conocimiento tras haber recibido una paliza no era una experiencia nueva para mí, pero tenía náuseas, me sentía débil y la cabeza me daba vueltas. Me dolía todo el cuerpo. Permanecí tendida en el suelo de nuestra miserable cabaña; cuando me puse en pie, vacilante, para sentarme, me di cuenta que alguien me había quitado la burda túnica de lana que vestía. En su lugar, llevaba un hermoso traje de novia. Por San Denis, el contacto de aquella ropa era todavía más repugnante que tocar una viscosa serpiente; un vivo temor se apoderó de mí, hasta tal punto que hubiera arrancado el traje de buen grado, pero el vértigo y las náuseas me dominaron y caí de nuevo al suelo con un gemido. Tinieblas más espesas que las producidas por un golpe me rodearon… me veía en un trampa y luché en vano para salir de ella. Toda la fuerza me abandonó y habría llorado si hubiera podido hacerlo. Pero nunca he sabido llorar y estaba demasiado dolorida y vencida para maldecir. Me quedé tendida en el suelo, mirando fijamente las vigas de la cabaña, roídas por las ratas.

Poco después, fui consciente de que alguien entraba en la habitación en que me encontraba. De fuera me llegaron ecos de voces y risas de la gente que se iba reuniendo. La persona que había entrado no era otra que mi hermana, Isabel, con su hijo más pequeño apoyado en la cadera. Bajo sus ojos hacia mí; noté cuánto se había arrugado y encorvado, lo nudosas que el duro trabajo había hecho sus manos y hasta qué punto sus facciones estaban marcadas por la fatiga y los sufrimientos. La ropa de fiesta que llevaba destacaba aún más todo aquello; no detecté su estado cuando llevaba la ropa de diario.

–Están terminando los preparativos de la boda, Agnès –me dijo con su titubeante forma de hablar.

No respondí. Dejó al niño en el suelo y se arrodilló a mi lado, contemplando mi rostro con un extraño desencanto.

–Eres joven, robusta y fresca, Agnès –me dijo. Sin embargo, parecía hablar más consigo misma que conmigo–. Estás casi bella con ese atavío. ¿No te sientes feliz?

Cerré los ojos con cansancio.

–Deberías reír y estar alegre –suspiró…. pero, de hecho, más parecía gemir–. Esto sólo ocurre una vez en la vida. Es cierto que no amas a François. Pero yo tampoco amaba a Guillaume. La vida es algo difícil para una mujer. Tu cuerpo esbelto y ligero se arrugará y se encorvará como el mío, será arrasado por los sucesivos embarazos; tus manos se deformarán…. tu mente se convertirá en algo raro y melancólico…. con tanto trabajo, tantas penas…. y el rostro de un hombre al que odias siempre al alcance de tu vista…

Al oír aquellas palabras, abrí los ojos y la miré fijamente.

–Soy sólo unos años mayor que tú, Agnès –murmuró–. Sin embargo, mírame. ¿Te gustaría verte como me ves a mí?

–¿Qué puede hacer una chica? –pregunté desesperada.

Sus ojos se clavaron en los míos de forma abrasadora; tenían algo de la violencia que tan a menudo viera en los de mi padre.

–¡Una cosa! –susurró–. La única cosa que una mujer puede hacer para ser libre. No te aferres a la vida para convertirte en lo mismo que es nuestra madre y en lo mismo que es tu hermana; no intentes vivir así, pues no tardarías en parecerte a mí. Vete ahora que eres fuerte, esbelta y hermosa. ¡Deprisa!

Se inclinó vivamente, deslizó algo entre mis dedos, cogió a su hijo y se marchó. Me quedé tendida en el suelo, mirando fijamente la daga de hoja afilada que tenía en la mano.

Alcé la vista hacia el techo ennegrecido y grasiento; comprendí lo que quería decirme. Tendida, con los dedos crispados en torno a la fina empuñadura de la daga, pensamientos extraños y desconocidos invadieron mi mente. El contacto del puñal produjo en mí una intensa quemazón que irradiaba a través de las venas de mi brazo…, una curiosa sensación de familiaridad, como si liberase una serie de ideas todavía oscuras, que era incapaz de comprender pero que percibía claramente de un modo misterioso. Nunca había tenido un arma en la mano, ni ningún objeto punzante que no fuera un hacha de leñador o un cuchillo de cocina. Aquella hoja fina y mortal, brillando en mi mano, parecía, en cierta manera, un viejo amigo al que se vuelve a ver después de un larga ausencia.

Fuera, las voces sonaron más altas, así como el ruido de pasos pesados; oculté la daga entre mi ropa, apoyada en mi seno. La puerta se abrió; unos dedos se asieron al batiente y unos rostros me espiaron. Vi a mi madre, flemática, con el rostro ajado, una bestia de carga con las mismas emociones que una bestia de carga; y, por encima de su rostro, el de mi hermana. Una decepción brutal, una tristeza abrumadora, ensombrecieron sus rasgos al verme aún con vida. Luego se apartó.

Los demás invadieron la cabaña, levantándome a la fuerza, tirando de mí, arrastrándome, riendo y gritando con alegría campesina. Si achacaban mi resistencia a la timidez virginal o a mi conocida aversión hacia François parecía importarles bien poco. El puño de hierro de mi padre aprisionaba una de mis muñecas, y una especie de jumento, una mujer de aspecto recio, asía la otra. Me sacaron a tirones de la cabeza y me condujeron hacia un círculo de gente que reía y gritaba; todos estaban ya medio borrachos, hombres y mujeres. Sus bromas groseras y sus obscenos comentarios no llegaron a mis oídos, incapaces de entender nada. Me debatía como un animal salvaje, ciego y privado de razón. Mis raptores necesitaban de todas sus fuerzas para poder conmigo. Oí que mi padre maldecía sordamente; me retorcía la muñeca como si quisiera rompérmela. Sin embargo todo lo que arrancó de mí fue un juramento en el que le deseaba que ardiese en el infierno como merecía.

Vi que el cura se acercaba; era un viejo imbécil, encogido, parpadeando estúpidamente; le odiaba a él tanto como a todos. Luego llegó François a mi lado… François, con calzas y jubón nuevo, con una corona de flores alrededor de su cuello rojo e hinchado, y aquella sonrisa afectada en sus labios carnosos y blandos que me ponían la piel de gallina. Se puso a mi lado sonriendo como un mono sin cerebro; sin embargo, en sus pequeños ojos de cerdo brillaba un reflejo triunfal y libidinoso.

Al verle, dejé de debatirme, como alguien que es privado repentinamente de la capacidad de movimiento. Mis raptores me soltaron y se hicieron a un lado; por un instante, me quedé frente a él, inmóvil, casi agazapada, con la mirada brillante y sin decir una palabra.

–¡Bésala, chico! – bramó un paleto completamente borracho.

Entonces, como un muelle en tensión que se libera de golpe, saqué vivamente la daga de mi seno y salté sobre François. Mi gesto fue tan rápido para aquellos campesinos obtusos que ni se dieron cuenta de lo que pasaba y, menos aún, pudieron impedirlo. Mi daga atravesó su corazón de puerco antes incluso de que comprendiera que le había apuñalado. Lancé un alarido de alegría insensata al ver la expresión aterrada de incrédula sorpresa y dolor atroz que invadió sus rubicundas facciones. Aparté la daga con un movimiento brutal. La sangre chorreó entre mis dedos, manchando de púrpura los pétalos de su corona nupcial.

 

He necesitado un largo párrafo para contar todos mis movimientos, pero…. de hecho, todo aquello pasó en un instante. Salté, golpeé, saqué la daga y huí. Mi padre, como viejo soldado que era, fue más vivo de pensamiento que los demás. Reaccionó en seguida, lanzó un aullido y se arrojó en mi pos, pero sus manos sin destreza se cerraron sólo en el vacío. Me lancé como una flecha a través de la asombrada multitud y corrí hacia el bosque. Cuando llegaba a la sombra de los primeros árboles, mi padre tomó un arco y me disparó una flecha. Me eché a un lado y el perverso dardo se clavó en un tronco.

–¡Borracho estúpido! –grité, riendo salvajemente–. ¡No vales para alcanzar un blanco como yo!

–¡Vuelve, zorra! –gritaba, loco de rabia.

–¡Que las llamas del infierno te devoren! –repliqué–. ¡Que el demonio te arranque el negro corazón!

Aquella fue la despedida que le dediqué a mi padre. Luego, di la vuelta y huí corriendo a través del bosque.

Durante cuánto tiempo corrí, lo ignoro. A mis espaldas oía los aullidos de los campesinos y el ruido de su precipitada persecución de avanzar ciego y torpe. No tardé en oír sólo sus aullidos, cada vez más lejos y apagados. Al fin, cesaron por completo. Muy pocos de aquellos valerosos aldeanos tenían estómago para seguirme en la profundidad del bosque, donde las sombras de la noche empezaban a deslizarse furtivamente. Corrí hasta que mi aliento se transformó en jadeos roncos e indeciblemente dolorosos y mis piernas se negaron a seguir moviéndose. Mis rodillas cedieron y caí a tierra violentamente, tendiéndome cuan larga era sobre la suave alfombra vegetal, cuajada de hojas. Estaba medio desvanecida. La luna no tardó en aparecer en el cielo, cubriendo las ramas más altas con una escarcha plateada y dando vida a nuevas sombras, cada vez más profundas. A mi alrededor oía crujidos y movimientos furtivos que traicionaban la presencia de las bestias salvajes…, y quizá cosas peores: por lo que sabía, hombres lobos, trasgos y vampiros. Pese a todo, no tenía miedo. Había dormido en el bosque antes, muy a menudo, cuando la noche me sorprendía lejos de la aldea con mi cargamento de ramas, o cuando mi padre, lleno de bebida, me echaba de la cabaña familiar.

Me levanté y reemprendí el camino, avanzando bajo la claridad de la luna, a través de las sombras, sin apenas atender a la dirección que llevaba. Sólo deseaba poner la mayor distancia posible entre la aldea y yo. En las tinieblas que preceden al alba, la fatiga se apoderó de mí; dejándome caer de nuevo al suelo mullido por las hojas, me sumí en un profundo sueño, sin que me importara nada saber si una bestia salvaje o algo peor me devoraría antes de la llegada del día.

Cuando el alba se alzó por encima del bosque, todavía estaba con vida, sana y salva, y dominada por un hambre de lobo. Me incorporé, preguntándome por un instante sobre el lugar en que me encontraba. Al ver mi traje de boda totalmente rasgado y la daga manchada de sangre pasada por mi cintura, los sucesos del día anterior volvieron a mi mente. Reí al recordar la expresión de François al caer al suelo y una oleada de salvaje libertad invadió mi mente, hasta tal punto que ardí en deseos de bailar y cantar como si me hubiera vuelto loca. En lugar de hacerlo, limpié la daga en las hojas caídas y, pasándomela de nuevo por la cintura, me dirigí hacia el sol que se alzaba.

No tardé en alcanzar un camino que serpenteaba a través del bosque, cosa que me alegró, pues mis zapatos de novia, un saldo de pacotilla, estaban ya hechos pedazos. Tenía por costumbre andar descalza, pero, con todo, las espinas y ramas del bosque me habían hecho sangrar los pies.

El sol aún no estaba alto en el cielo cuando llegué a un recodo del camino –que no era más que un sendero en medio del bosque– y oí los ruidos producidos por el galopar de un caballo. El instinto me dijo que me ocultara en la espesura. Pero otro instinto me impidió hacerlo. Sondeé mi alma, esperando encontrar un miedo aterrador; pero no fue el caso. Así que estaba en medio del camino, inmóvil, con la daga en la mano, cuando el jinete apareció por el recodo de la senda. Tiró violentamente de las riendas de su montura y exclamó un sorprendido juramento.

Me miró atentamente y le devolví la mirada. Era atractivo, aunque de una belleza tenebrosa, de una estatura ligeramente superior a la mía y mucho más delgado. Su caballo era un magnífico semental negro, con arnés de cuero rojo y brillante metal. El hombre iba vestido con medias de seda y un jubón de terciopelo, aunque un poco ajado, con una capa escarlata cayendo sobre sus hombros; una pluma adornando su tocado. No portaba talabarte, pero una espada colgaba de su cinturón, envainada en una funda de cuero viejo.

–¡Por San Denis! –exclamó–. ¿Eres un trasgo o una diosa del alba, joven?

–¡Quién eres tú para preguntarlo? –repliqué, sin sentir miedo ni timidez alguna.

–Por Dios, soy Etienne Villiers, en otro tiempo de Aquitania –respondió.

Un instante más tarde, se mordía el labio y sacudía la cabeza, como lamentando haber dicho más de lo que quería. A continuación, me examinó atentamente, de la cabeza a los pies y de abajo hacia arriba, y lanzó una carcajada.

–¿De qué loca historia sales? –preguntó–. ¡Una joven pelirroja, con un traje de novia hecho jirones, con una daga en la mano, en el corazón del viejo bosque, justo al salir el sol! ¡Es todavía mejor que un romance! Vamos, chica, explícame la broma.

–No es ninguna broma –murmuré seriamente.

–¿Quién eres? –insistió.

–Me llamo Agnès de Chastillon –respondí.

–¡Una noble dama disfrazada! –se burló–. Por Santiago, la historia es aún más intrigante! ¿De qué rincón escondido –que será un castillo guardado por un gigante, a no dudar– habéis escapado, ataviada como una campesina, gentil dama?

Se quitó el tocado haciendo una irónica reverencia.

–Tengo tanto derecho como la que más a llevar ese nombre, como las personas que se atribuyen títulos importantes –repliqué encolerizada–. Mi padre es hijo bastardo de una campesina y del duque de Chastillon. Siempre ha llevado su nombre, y sus hijas tras él. Si no te gusta mi nombre, sigue tu camino. No te he pedido que parases para burlarte de mí.

–Querida, no tenía intención de burlarme de ti –se excusó, al tiempo que recorría mi cuerpo con una ávida mirada–. Por San Trignant, eres digna de portar un nombre grande y noble…, a diferencia de muchas damas de noble cuna que he visto remilgar y languidecer a causa de su nobleza. ¡Por Zeus y Apolo, tú eres una chica guapa de cuerpo hermoso…, por mi honor, toda una hembra normanda!. Me gustaría ser tu amigo; dime por qué estás sola en el bosque a estas horas, con un traje de novia hecho pedazos y con el calzado en el mismo triste estado.

Saltó a tierra ágilmente y se plantó ante mí, con el gorro en la mano. Sus labios ya no sonreían y sus ojos no se burlaban de mí; sin embargo, tuve la impresión de que brillaban con algún fuego interior y fantástico. Sus palabras me recordaron brutalmente mi situación: estaba sola y sin apoyo, sin nadie a quien dirigirme. De un modo natural… quería desahogarme ante aquel desconocido que me brindaba su confianza…, además, Etienne Villiers tenía algo que hacía que las mujeres siempre confiasen en él.

–La pasada noche huí de la aldea de La Fére –le dije–. Querían casarme a la fuerza con un hombre al que detestaba.

–¿Y has pasado la noche sola en el bosque?

–¿Por qué no?

Sacudió la cabeza como si le costase trabajo creerme.

–¿Qué piensas hacer ahora? –preguntó–. ¿Tienes amigos en esta región?

–No tengo amigos –contesté–. Seguiré andando hasta que me muera de hambre…, o me pase alguna otra cosa. Reflexionó durante un momento, pasándose la mano por el mentón. En tres ocasiones, alzó la cabeza y me recorrió entera con la mirada; por un momento, creí ver que una sombra atravesaba furtivamente sus facciones, haciendo que durante un instante pareciese otro hombre. Al fin, sacudió la cabeza y declaró:

–Eres demasiado bonita para perecer en el bosque o ser presa de los bandidos. Si lo deseas, puedo llevarte a Chartres, donde encontrarás fácilmente trabajo como criada y te podrás ganar la vida. ¿Eres capaz de trabajar?

–En La Fére, ningún hombre trabajaba más que yo –apostillé.

–Por Santiago, te creo –dijo con un movimiento de admiración de la cabeza–. Con ese porte y ese atractivo que tienes, hay algo en ti que es casi pagano. Bien, ¿confías en mí?

–No quiero causarte problemas –le contesté–. Los hombres de La Fére empezaran a buscarme.

–¡Bah! –exclamó con desprecio–. ¿Quién ha oído hablar de un campesino que se aleje más de una legua de su aldea? No corres ningún riesgo.

–Con mi padre, sí –objeté ferozmente–. No es un simple campesino. Fue soldado. Seguirá mi pista hasta el fin del mundo y, cuando me encuentre, me matará.

–En ese caso –murmuró Etienne–, debemos pensar en cómo librarnos de él. ¡Ah! ¡Lo he encontrado! Acabo de recordar que apenas a una legua de distancia he dejado a un adolescente cuya ropa te sentaría bien. No te muevas de aquí hasta que vuelva. ¡Vamos a convertirte en muchacho!

Con estas palabras, dio medio vuelta, saltó a la silla y se alejó al galope. Le miré mientras se alejaba, preguntándome si le volvería a ver o si se habría burlado de mí. Escuché y percibí que los cascos del caballo se apagaban a lo lejos. El silencio volvió a invadir el bosque y de nuevo me di cuenta del hambre atroz que me atenazaba. Luego, tras lo que me pareció un tiempo infinito, un ruido de cascos retumbó de nuevo a través del bosque. Etienne Villiers surgió al galope, riendo alegremente y agitando en el aire un montón de ropa.

–¿Le has asesinado? –pregunté.

–¡Claro que no! –replicó Etienne riendo–. Pero le he obligado a seguir su camino… llorando y tan desnudo como Adán en el Paraíso. Toma, chica, vete detrás de esa breña y ponte esta ropa lo más deprisa que puedas. Debemos seguir nuestro camino y hay muchas leguas hasta Chartres. Échame cuando puedas tu traje de novia y lo llevaré junto al río que corre no lejos de aquí y los dejaré junto a la orilla. Quizá los encuentren y piensen que te has ahogado.

 

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