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LA ESPADACHINA – ROBERT E. HOWARD PART – 2 DE 4

Estaba de vuelta antes de que me hubiera puesto la ropa recién traída y le oí hablar a través de los arbustos que nos separaban.

–Tu venerado padre busca una hija –dijo, riendo–, y no un chico. Cuando pregunte a los lugareños si han visto a una chica alta y de cabellos rojos, negarán moviendo sus redondas cabezas. ¡Ja, ja, ja! ¡Buena broma le vamos a gastar al viejo tunante!.

Salí de los arbustos y me lanzó una singular mirada al verme aparecer con jubón, calzas y gorro de hombre. Aquella ropa me hacía sentirme rara, pero me daba una sensación de libertad que no había conocido cuando llevaba falda.

–¡Zeus! –exclamó–. Ese disfraz es menos perfecto de lo que había esperado. El más ciego paleto del campo se dará cuenta de que esas ropas no van encima de un hombre. Espera; deja que te corte esas mechas rojas con mi daga; quizá con eso se arreglen un poco las cosas.

Cuando me hubo recortado el cabello, de modo que me llegara apenas por los hombros, alzó las cejas.

–Incluso así eres toda una mujer –declaró–. Con suerte, puede que si nos cruzamos con algún desconocido, a paso de marcha, le engañemos con el disfraz. Vamos, probemos fortuna.

–¿Por qué te ocupas de mí? –pregunté con curiosidad; no estaba acostumbrada a tantos miramientos.

–¿Por qué? ¡Por Dios! –exclamó–. ¿Dejaría un hombre digno de tal apelativo que una joven corriera la aventura de morir de hambre en un bosque?. Mi bolsa contiene más cobre que plata, y mi jubón de terciopelo está un poco raspado, pero Etienne Villiers sabe lo que es el sentido del honor, ¡como si fuera un caballero errante o el barón de un castillo!. Y no consentirá ninguna injusticia en tanto su bolsa contenga un escudo o su vaina una espada.

Al oír aquellas palabras me sentí humilde y extrañamente confundida, pues yo era una persona iletrada y sin educación, y no tenía palabras que pudieran expresar la gratitud que sentía hacia él. Farfullé sin sentido; sonrió y me hizo callar gentilmente, añadiendo que no necesitaba ningún tipo de agradecimiento, pues la bondad ya tenía su propia recompensa.

Luego montó a caballo y me tendió la mano. Salté a la silla, a sus espaldas, y partimos al galope por el sendero. Me agarré a su cinturón, medio cubierta por la capa que flotaba a sus espaldas, agitada por la brisa de la mañana. Tuve la certidumbre de que cualquiera que nos viera pasar a la carrera pensaría de nosotros que éramos un hombre y un muchacho, y no un hombre y una jovencilla.

Mi hambre iba en aumento mientras el sol subía en el cielo, pero aquella sensación no era ninguna novedad para mí, y no dejé escapar la menor queja. La ruta que seguíamos conducía hacia el sudeste; tuve la impresión de que a medida que avanzábamos, un extraño nerviosismo se apoderaba de Etienne. Hablaba poco y nunca salía de las rutas menos frecuentadas, siguiendo a menudo caminos de tierra o simples senderos de leñadores que serpenteaban entre los árboles, entrando y saliendo de los bosques. Encontramos muy poca gente…, sólo aldeanos, con el hacha o manojos de leña al hombro; se quedaban con la boca abierta y se quitaban la gorra hecha jirones al vernos pasar.

El mediodía estaba cercano cuando nos detuvimos ante una taberna… un albergue en medio del bosque, solitario y apartado, cuyo emblema era de muy pobre calidad y estaba casi borrado. Pero Etienne me dijo su nombre: Los Dedos del Pícaro. El posadero salió –un zopenco de espalda jorobada y marchar renqueante, con una malvada mirada de soslayo, se limpió las manos en el mandil de cuero grasiento y balanceó la redonda cabeza.

–Queremos comer algo y una habitación –dijo Etienne con voz recia–. Soy Gérard de Bretaña, nacido en Montauban, y este es mi hermano pequeño. Venimos de Caen y nos dirigimos a Tours. Ocúpate de mi caballo y prepáranos un capón asado, tabernero.

El hombre movió la cabeza y murmuró entre dientes. Tomó las riendas del semental, pero se entretuvo mientras Etienne me tomaba en sus brazos y me ayudaba a saltar a tierra; estaba fatigada del largo viaje y mi disfraz era menos perfecto de lo que habíamos esperado; la larga mirada que me dedicó el posadero no era la que un hombre dedica a un muchacho.

Según entrábamos en la taberna, no vimos más que a un hombre .., sentado en un banco, bebiendo vino de un odre de cuero. Era un hombre gordo y grande, con una panza enorme que sobresalía de su cinturón de cuero. Alzó los ojos cuando entramos y empezó a abrir la boca como si fuese a decir algo. Etienne no pronunció una sola palabra, pero le miró fijamente a los ojos; vi o percibí una viva centella de connivencia saltar entre los dos hombres. El hombre gordo volvió a su odre, en silencio. Etienne y yo nos dirigimos hacia una mesa, en la que una sucia criada servía el capón encargado al tabernero, junto con unos guisantes, unas rebanadas de pan, un plato grande lleno de tripas de Caen y dos jarros de vino.

Me lancé con avidez sobre la comida, ayudándome con la daga; Etienne, por su parte, comía poco. Roía la comida con la punta de los dientes; dirigía su mirada hacia el hombre tripudo sentado en el banco, que parecía amodorrado; luego me miraba a mí, luego las ventanas grasientas de formas romboidales, o alzaba la vista hacia las vigas del techo ennegrecidas por el humo. Por el contrario, bebía mucho, llenando continuamente su vaso; finalmente, me pregunto por qué no había probado mi jarra.

–Estaba demasiado ocupada en comer como para pensar en beber –reconocí, alzando mi copa con cierta desconfianza, pues nunca antes había bebido vino. Todo el alcohol que, por el mayor de los azares, llegaba a nuestra cabaña era engullido en su totalidad por mi padre. Me lo bebí de un trago, como había visto hacer a otros, me sofoqué y me atraganté, aunque reconozco que el sabor era muy agradable al paladar.

Etienne juró en voz baja.

–¡Por San Miguel, en mi vida había visto a una mujer beber de ese modo, vaciando una copa hasta la última gota de un solo trago! ¡Vas a emborracharte, chica!

–Te olvidas que no soy una chica –le reprendí, también en voz baja.–. ¿Vamos a reemprender el camino?

Sacudió la cabeza.

–Nos quedaremos aquí hasta mañana. Debes estar cansada y necesitas descansar.

–Mis miembros están tensos porque no tengo costumbre de montar a caballo –respondí–. Pero no estoy fatigada.

–Sin embargo –replicó el hombre con ligera impaciencia–, nos quedaremos hasta mañana por la mañana. Creo que es lo más seguro.

–Como quieras –dije–. Haré lo que quieras y mi único deseo es seguir tus consejos en todo.

–Perfecto –aclaró–, no hay nada que le siente mejor a una joven que una obediencia libremente consentida.

Alzando la voz, llamo al posadero; éste había vuelto de las caballerizas y estaba al fondo de la sala.

–Posadero, mi hermano está muy cansado. Conducidle a una alcoba donde pueda dormir. Hemos recorrido un largo camino.

–¡Seguro, su Señoría! –rezongó el patrón, moviendo la cabeza y frotándose las manos; Etienne causaba una honda impresión en aquel hombre. A juzgar por su confianza y sus modales, podría ser considerado, al menos, como conde. Pero ya hablaremos de ello.

El posadero atravesó, arrastrando el paso, una sala contigua a la comunal, también en la planta baja, que daba a otra, más espaciosa, en la planta de arriba. Estaba atestada y pobremente amueblada; con todo, me pareció más lujosa que todo cuanto había conocido hasta entonces. Vi –de un cierto modo había empezado a percibir instintivamente aquel tipo de detalles– que la única entrada o salida era la puerta que daba a la escala por la que habíamos subido. No había más que una ventana, y era tan pequeña que ni siquiera yo podría deslizar por ella mi delgada figura. No había cerrojo por dentro. Miré hacia Etienne, que ceñudo y desconfiado observaba al posadero; el patán no parecía darse cuenta. Frotándose las manos, siguió charloteando y alabando la infecta madriguera a la que nos había conducido.

–Duerme, hermano –dijo Etienne, para que lo oyera el posadero. Al volverse, me susurré al oído–: No me inspira confianza; nos iremos al caer la noche. Descansa, mientras tanto. Vendré a buscarte al crepúsculo.

Si fue por el vino o por un inesperado cansancio, no sabría decirlo; en todo caso, apenas me hube tendido sobre el lecho de paja, sin desvestirme, me sumí en un profundo sueño, antes incluso de que me diera cuenta de lo que me pasaba. Dormí durante mucho tiempo.

2

Me despertó el ruido de la puerta que se abría suavemente. Me encontré en la oscuridad; la habitación estaba débilmente iluminada por la luz de las estrellas filtrándose a través de la pequeña ventana. Nadie habló; algo se desplazaba por el seno de las tinieblas. Oí que el suelo crujía y creí detectar el sonido de una pesada respiración.

–¿Eres tú, Etienne? –pregunté. No hubo respuesta, y pregunté de nuevo, esta vez un poco mas alto: ¡Etienne! ¿Eres tú, Etienne Villiers?

Me pareció escuchar una respiración silbando suavemente entre dientes; luego, el suelo volvió a crujir. Un paso renqueante y furtivo se alejo de mí. Detecté que la puerta se abría y se cerraba con sigilo y comprendí que estaba otra vez sola en la alcoba. Me levanté de un salto, sacando el puñal.

No era Etienne que viniera a buscarme como había prometido; yo deseaba saber quién se había deslizado hacia mí amparado por la oscuridad.

Me acerqué sin hacer ruido a la puerta, la abrí y miré a la planta de abajo. Sólo vi las tinieblas, como si estuviera mirando al fondo de un pozo; oí que alguien se movía por abajo, tanteando para abrir la puerta que daba a la sala común. Tomando mi daga entre los dientes, bajé la escala con seguridad y discreción tales que yo fui la primera sorprendida. Cuando mis pies llegaron al suelo, cogí la daga con las manos y me acurruqué en las tinieblas. Vi abrirse la puerta rápidamente y recortarse en su umbral una silueta. Reconocí en ella al pesado y cheposo posadero. Respiraba tan fuerte que sería incapaz de oír los ligeros ruidos que yo misma hacía. Corrió desgarbada pero rápidamente, atravesando el patio situado detrás de la taberna. Le vi desaparecer en el interior de las caballerizas. Esperé, escrutando las tinieblas atentamente; no tardó en volver, sujetando un caballo por las riendas. Se dirigió con el animal hacia el bosque; evidentemente, su intención era actuar en silencio y en secreto, pues no montó. Poco tiempo después, desapareció, y oí el sordo galope de un caballo. Sin duda alguna, nuestro posadero había esperado para montar a encontrarse lo suficiente–mente lejos del albergue. En aquel momento se dirigía al galope hacia algún destino desconocido.

Pensé que, de un modo u otro, me había reconocido: sabia quién era yo e iba a advertir a mi padre. Di media vuelta y entreabrí ligeramente la puerta, mirando discretamente en la sala comunal. No había nadie, salvo la criada, durmiendo en el suelo. Una vela estaba encendida encima de una mesa y las polillas nocturnas revoloteaban a su alrededor.

Desde alguna parte me llegó un indistinto murmullo de voces.

Me deslicé por la puerta del fondo y rodeé silenciosamente la taberna. El silencio cubría el bosque negro, invadido por las tinieblas; sólo se oía el chillido lejano y sordo de algún pájaro nocturno y el resoplar inquieto del gran semental que se encontraba en el establo.

La luz de una vela se filtraba por la ventana de una habitación pequeña, a espaldas de la taberna, separada de la sala comunal por un pequeño corredor. Cuando avanzaba a la sombra del muro y pasé ante la ventana, me detuve bruscamente. Acababan de pronunciar mi nombre. Me pegué a la pared y escuché atentamente. Olla voz rápida y clara, ligeramente en sordina, de Etienne y los gruñidos de otra persona.

–Agnès de Chastillon, dice llamarse así. ¿Y luego? El nombre de un pueblo que no tiene la más mínima importancia. ¿No es una preciosidad de chica?

–Las he visto más guapas en París, sí, y en Chartres –respondió el otro roncamente. Entendí que se trataba del hombre grueso que ocupaba el banco cuando llegamos a la posada.

–¡Guapa! –Había desprecio en la voz de Etienne–. Esa chica es más que guapa. Hay en ella algo salvaje e indomable. Ya te digo, está llena de frescura y vitalidad. Cualquier noble pagaría una fortuna por poseerla; es capaz de hacer recobrar la juventud y el ardor del más decrépito anciano. Escucha, Thibault, no te propondría esto si el riesgo no filera tan grande para mí… de otro modo iría a Chartres con ella. Además, desconfío de ese perro de posadero.

–Si ha reconocido en ti al hombre cuya cabeza desea el duque de Alençon… –murmuró Thibault.

–¡Calla, imbécil! –silbó Etienne–. Hay otra razón que me obliga a desembarazarme de esa chica. Por descuido le he confiado mi verdadero nombre. Pero, por todos los santos, ¡mi encuentro con ella habría bastado para hacer perder la serenidad a un ermitaño! Me la encontré en un recodo del camino, alta y erguida, recortándose contra los árboles del bosque, vestida con un traje de novia hecho pedazos. Había llamaradas en el fondo de sus ojos azules; el sol rodeaba con una aureola dorada sus rojos cabellos y transformaba la daga que tenía en su mano en un rayo de sangre. Por un instante, me pregunté si era realmente humana y un extraño escalofrío, casi de terror, recorrió mi cuerpo.

–¡Una campesina en un sendero del bosque haciendo temblar a Etienne Villiers, el más conocido de los bandidos! –rezongó Thibault, vaciando su vaso de vino con un sonoro ruido de succión.

–Era más que eso –replicó Etienne–. Había algo fatídico en ella, como en un personaje de tragedia antigua, algo aterrador. Es bella y pura; no obstante, hay en ella algo extraño y sombrío. Soy incapaz de explicarlo o comprenderlo.

–¡Oh, basta de charla! –bostezó Thibault–. ¡Estás haciendo todo un romance a costa de una maldita normanda! Vayamos a lo que nos interesa.

–Es lo que iba a hacer –respondió Etienne secamente–. Tenía intención de llevarla a Chartres y venderla al propietario de un burdel a quien conozco; pero ahora creo que eso es una locura. Tendría que pasar cerca de las tierras de Alençon; si el duque se entera de que paso por allí…

–No te ha olvidado –añadió Thibault–. Está dispuesto a pagar cualquier precio por la información que le lleve hasta ti. No se atreverá a detenerte abiertamente; será una daga saliendo de las sombras, un disparo de arcabuz saliendo de los matojos… Le gustaría hacerte callar para siempre, pero con la mayor discreción y silencio posible.

–Lo sé –gruñó Etienne, estremeciéndose–. He sido un estúpido al aventurarme tan hacia el este. Al alba me encontraré lejos de aquí. Pero tú puedes llevarte a la chica a Chartres, o a París, como quieras. Dame lo que te pido y es tuya.

–Tu precio es demasiado elevado –protestó Thibault–. ¡Y si se debate como una gata salvaje!

–Eso es cosa tuya –respondió duramente Etienne– . Ya has domado a demasiadas como para que te cause problemas. Pero te prevengo: esta chica es tan peligrosa como el fuego. Bah, después de todo, es cosa tuya. Me has dicho que tus compañeros te esperan en una aldea no lejos de aquí. Ve a buscarles y pídeles ayuda. Si no sacas un buen beneficio en Chartres, en Orleans o incluso en París, es que eres todavía más estúpido que yo.

–Está bien, está bien –rezongó Thibault–. Correré el riesgo; es una de las reglas de los hombres de negocios, ¿no?

Oí cómo las monedas de plata tintineaban sobre la mesa; el sonido fue para mí como el de una campana fúnebre.

Y era realmente así. Mientras me apoyaba contra el muro de la taberna, ciega y dominada por las náuseas, la joven que había sido murió en aquel mismo instante; en su lugar surgió la mujer en que me he convertido. Las náuseas desaparecieron y una cólera fría nació en mí interior, haciéndome tan frágil como el acero y tan ligera como las llamas.

–Bebamos para cerrar el trato –le oí decir a Etienne–, luego me pondré en camino. Cuando vayas a buscar a la chica…

Abrí violentamente la puerta; la mano de Etienne se inmovilizó mientras se llevaba la copa a la boca. Los ojos de Thibault se abrieron exageradamente al verme por encima del borde de su copa. Una palabra de bienvenida murió en los labios de Etienne y palideció bruscamente al ver la muerte reflejándose en mis ojos.

–¡Agnès! –exclamó levantándose. Entré en la habitación y mi hoja se hundió en el corazón de Thibault antes de que pudiera levantarse. Un gruñido de agonía salió a borbotones de entre sus gruesos labios y se derrumbó sobre su asiento, escupiendo sangre. ¡Agnès! –gritó de nuevo Etienne, abriendo los brazos como pretendiendo apartar mis golpes–. ¡Espera un poco, muchacha…!

–¡Perro inmundo! –bramé, dominada por una furia demencial–. ¡Cerdo… cerdo… cerdo!

Sólo mi rabia ciega le salvó cuando me lancé sobre él y empecé a golpearle.

Estaba sobre él antes de que pudiera ponerse a la defensiva; mi acero se hundió locamente en sus costillas. Tres veces le golpeé, silenciosa y malignamente; sin embargo, consiguió evitar que la hoja le traspasara el corazón. La sangre le corría entre las manos, por sus brazos y hombros. Agarró mi muñeca con desesperación e intentó romperla. Estrechamente abrazados, caímos, golpeando en la mesa. Me puso bajo su cuerpo e intentó estrangularme. Pero, para agarrarme la garganta tuvo que asirme la muñeca con una sola mano. Me libré fácilmente de ella y le lancé un golpe mortal. La punta de mi daga golpeó en un adorno metálico, rompiéndose; el fragmento atravesó jubón y camisa, rasgando su pecho.

La sangre brotó de él y un gemido escapó de sus labios. Por efecto del dolor, su presa se debilitó; me retorcí, aún bajo él, me libré y le asesté un puñetazo que hizo que su cabeza se proyectara hacia atrás al tiempo que un río de sangre nacía de sus narices. Buscándome a ciegas, consiguió atraparme; mientras apuntaba hacia sus ojos con las uñas, me echó hacia atrás, con tanta violencia que recorrí de espaldas toda la habitación para ir a golpear contra el muro. Caí al suelo.

Estaba medio desvanecida; sin embargo, me levanté lanzando un gruñido y cogí una pata rota de la mesa. Con una mano, se limpiaba la sangre que le enturbiaba los ojos y buscaba, con la otra, a tientas, la espada; de nuevo, subestimó la rapidez de mi ataque. La pata de la mesa golpeó violentamente en su cráneo, desgarrándole profundamente el cuero cabelludo y haciendo aparecer un torrente de sangre. Alzó los brazos para detener los golpes. Golpeé de nuevo, sobre sus brazos y su cabeza, obligándole a recular, medio encogido, ciego y titubeante. Al fin, se derrumbó entre los restos de la mesa. –¡Señor! –gimió–. ¿Realmente quieres matarme, chica?

–¡Con el corazón contento de hacerlo! –dije, soltando una risotada, como nunca antes había reído, y golpeándole en la oreja. Se derrumbo de nuevo entre los restos de la mesa de los que intentaba salir.

Un largo lamento, al borde de los sollozos, escapó de sus labios sanguinolentos.

–En el nombre de Dios, muchacha –gimió, tendiendo las manos hacia mí y sin poder ver nada–, ¡ten piedad! ¡Detente, por todos los santos! ¡No estoy listo para morir!

Se puso de rodillas; la sangre chorreaba por las heridas de la cabeza, tiñendo su ropa de escarlata.

–¡Detén tus golpes, Agnès! –gimió–. ¡Piedad, en nombre del Señor!

Dudé, mirándole sombríamente. Luego arrojé la daga a un rincón.

–Guarda tu preciosa vida –dije con un desprecio cargado de amargura–. Eres demasiado vil para que tu sangre manche mis manos. ¡Está bien, puedes irte!

Intentó incorporarse, pero volvió a caer al suelo.

–No puedo levantarme –gimoteo–. La habitación da vueltas, las tinieblas me rodean. ¡Oh, Agnès, ha sido un beso muy amargo el que me has dado! ¡Que Dios se apiade de mí, porque muero en pecado! He reído ante la muerte, cuando la he tenido ante los ojos, y ahora tengo miedo. ¡Oh, Dios, cuánto miedo tengo! ¡No me abandones, Agnès! ¡No dejes que muera como un perro!

–¿Por qué no? –pregunté con rudeza–. Confiaba en ti y te creía más noble que el común de los mortales, creyendo en todas tus mentiras sobre el honor y la conducta caballerosa. ¡Bah! ¡Ibas a venderme y a condenarme a una esclavitud más vil que la de las destinadas al harén del Turco!

–Lo sé –gimió–. Mi alma es más negra que la noche que se me avecina. Llama al posadero y dile que avise a un sacerdote.

–Se ha ido hacia un destino que sólo él conoce –respondí–. Salió por la puerta trasera furtivamente y lanzó al galope su caballo hacia el corazón del bosque.

–Ha ido a denunciarme al duque de Alençon –murmuró Etienne–. Me ha reconocido… Estoy perdido, esa es la verdad.

Recordé entonces que si el posadero había reconocido la personalidad de mi falso amigo era porque yo había pronunciado el nombre de Etienne en la alcoba del piso de arriba. Así que si el duque arrojaba a Etienne a sus mazmorras, podría decirse que mi involuntaria traición era la que le había causado la desgracia. Y como la mayor parte de la gente pueblerina, yo también sentía odio y desconfianza, y sólo eso, por la nobleza.

–Te sacaré de aquí –dije–. Ni si quiera un perro caería entre las manos de la ley por mi culpa.

Salí rápidamente de la taberna y me dirigí hacia las caballerizas. De la fregona no se veía ni rastro. O bien había huido a los bosques o estaba demasiado borracha para darse cuenta de la situación. Ensillé y embridé el semental de Etienne, aunque el animal intentó morderme y cocearme, y le llevé hasta la puerta. Entré y me dirigí a Etienne; la verdad es que ofrecía un espectáculo atroz, herido y derrumbado, totalmente cubierto de sangre, con el justillo y el jubón hechos jirones.

–He traído tu caballo –le dije.

–No puedo levantarme –murmuró.

–Aprieta los dientes –le ordené–. Te llevaré yo.

–No lo conseguirás, muchacha –protestó.

Pero mientras decía aquellas palabras, le levanté, me le eché a los hombros y avancé hacia la puerta. Era un peso totalmente muerto y sus piernas se arrastraban por el suelo como las de un cadáver. Alzarle a lomos del caballo fue una tarea agotadora, pues todas sus fuerzas le habían abandonado; pero finalmente lo conseguí. Acto seguido, salté a la silla y le sujeté.

Pero yo no sabía qué ruta tomar; Etienne, al ver mi indecisión, murmuró:

–Hacia el oeste, hasta Saint Girault. Allí hay una taberna, a una legua de la aldea, El Jabah Rojo: el posadero es amigo mío.

De la galopada a través de la noche hablaré muy brevemente. No encontramos a nadie siguiendo un camino iluminado por la claridad estelar, flanqueados a ambos lados por los árboles de un bosque sumido en las tinieblas. Mi mano estaba resbaladiza, manchada por la sangre de Etienne; durante el trayecto, sus numerosas heridas se habían abierto de nuevo y sangraban abundantemente. No tardó en delirar y hablar de un modo incoherente, citando hechos y personas desconocidos para mí. A veces, mencionaba nombres que conocía por su reputación: señores, damas, soldados, forajidos y piratas; divagaba a propósito de oscuros negocios, crímenes sórdidos y hechos heroicos. Otras veces, entonaba canciones de marcha, de taberna, soeces tonadas o canciones de amor, o divagaba en idiomas extranjeros que resultaban incomprensibles. Ah…, desde aquella noche he seguido mucho caminos, fértiles en intrigas y violencia, pero nunca he realizado una galopada tan fantástica como la que nos llevó a Saint Girault, a través de aquel bosque cubierto por la noche.

El alba apuntaba por el este atravesando las ramas de los árboles cuando detuve el caballo ante una taberna que correspondía con la descripción que me había hecho Etienne. El dibujo de la su enseña probaba que el sitio era aquél, por lo que llamé a grandes voces al posadero. Apareció un joven muchacho, vestido con una simple camisa, bostezando hasta casi desencajarse la mandíbula y restregándose los ojos hinchados por el sueño con los puños. Cuando vio el semental y a los que lo montaban, empapados en sangre, lanzó un gemido de temor y volvió precipitadamente al interior de la taberna, con los faldones de la camisa flotando a su espalda. Al poco se abrió cuidadosamente una ventana del piso superior, y una cabeza cubierta con un gorro de noche se asomó por ella, detrás de la enorme bocacha de un arcabuz.

–Seguid vuestro camino –dijo el del gorro de noche–, no alojamos ladrones ni asesinos cubiertos de sangre.

–No somos ladrones –respondí irritada, agotada y sin paciencia–. Este hombre ha sido atacado y está gravemente herido. Si eres el posadero del Jabalí Rojo, este hombre es amigo tuyo… Etienne Villiers, de Aquitania.

–¡Etienne! –exclamó el posadero–. Bajo ahora mismo. En un momento. ¿Por qué no me dijiste que era Etienne?

La ventana se cerró violentamente y oí que alguien bajaba a toda prisa una escalera. Salté a tierra y recibí en mis brazos el cuerpo de Etienne cuando cayó de la silla. Le deposité en el suelo al tiempo que el posadero llegaba a la carrera, con unos criados llevando antorchas.

Etienne yacía en el suelo, como si estuviera muerto; su rostro estaba lívido allí donde no se encontraba cubierto de sangre, pero su corazón latía con fuerza y supe que estaba medio consciente.

–¿Quién ha hecho esto, en nombre de Dios? –preguntó el posadero, horrorizado.

–Yo –respondí lacónicamente.

Se apartó de mí vivamente, pálido bajo la luz de las antorchas.

–¡Que Dios se apiade de nosotros! Un joven… ¡Que San Denis nos proteja! ¡Eres una mujer!

–¡Basta de charla! –exclamé encolerizada–. Levantadle y llevadle a la mejor alcoba de la taberna.

–Pe… pero… –empezó el posadero, absorto, mientras sus criados retrocedían asustados.

Di una patada en el suelo y juré, costumbre bastante frecuente en mí.

–¡Por la muerte del Demonio y de Judas Iscariote! –blasfeme–. ¡Vas a conseguir que muera tu amigo si no haces otra cosa que seguir ahí con la boca abierta mirándome estúpidamente! ¡Ocúpate de él!

Puse la mano en la daga de Etienne, que me había pasado por el cinturón. Se apresuraron a obedecerme, lanzándome miradas aterradas, como si fuera la hija de Satanás.

–Etienne siempre es bienvenido –balbuceó nuestro anfitrión–, pero una diablesa…

–Vivirás más si hablas menos y trabajas más –le vaticiné, arrancando una pistola de boca ancha de la cintura de uno de sus criados. Este estaba tan asustado que era incapaz de recordar que se encontraba armado–. Haz lo que digo y no habrá más heridos esta noche.

Todo cuanto me había ocurrido aquella noche me había madurado. Aunque todavía no era una mujer por completo, faltaba ya muy poco.

Llevaron a Etienne hasta lo que el posadero –que se llamaba Perducas– juró ser la mejor habitación de la taberna. A decir verdad, era mucho más espaciosa que todo lo que habíamos visto de Los Dedos del Pícaro. Era una habitación en la planta alta que daba al descansillo de una escalera de caracol; tenía ventanas de dimensiones adecuadas, aunque con una única puerta.

Perducas juró que era tan buen médico como cualquiera, por lo que desvestimos a Etienne y procuramos devolverle la salud. La verdad es que había sido muy maltratado –¡su cuerpo era la prueba!– y yo no había visto antes a nadie en tan mal estado…. pero si estaba gravemente herido, era algo que había que descubrir lo antes posible. Felizmente, tras haber limpiado la sangre y lavado su cuerpo, averiguamos que ningún órgano vital había sido alcanzado por mi daga. No tenía fractura alguna en el cráneo, aunque su cuero cabelludo estuviera desgarrado en varios sitios. Su brazo derecho estaba roto y el izquierdo negro por las contusiones; arreglamos la fractura. Yo podía ayudar a Perducas con cierta seguridad, pues los accidentes y las heridas eran cosa frecuente en La Fère.

Una vez hubimos vendado las heridas de Etienne, le acostamos en una cama limpia. Recuperó el sentido, lo bastante como para beber unos cuantos tragos de vino y preguntar dónde estaba. Cuando se lo dije, murmuró:

–No me dejes, Agnès; Perducas es un hombre excelente, pero yo necesito los cuidados atentos y delicados de una mujer.

–¡Que San Denis nos libre de la delicada atención de esta gata del infierno! –dijo Perducas en voz baja.

–Me quedaré hasta que te encuentres totalmente restablecido –le contesté a Etienne.

Aquella respuesta pareció satisfacerle y se durmió apaciblemente.

Pedí entonces una habitación para mí misma. Perducas, tras enviar a un muchacho a ocuparse del semental, me enseñó una alcoba, vecina a la de Etienne, aunque ni siquiera estaban comunicadas por una puerta interior. Me acostaba cuando el sol empezaba a asomar por el horizonte. Era el primer colchón de plumas que veía en mi vida –¡inútil decir que era el primero en el que me acostaba!– y dormí varias horas.

Cuando volví junto a Etienne le encontré en plena posesión de sus facultades y ya no deliraba. A decir verdad, en aquel tiempo los hombres eran de hierro; si sus heridas no eran mortales en el acto, se recuperaban rápidamente, a menos que sus llagas se infectasen como resultado de la negligencia o ignorancia de los médicos. Perducas no utilizaba ninguno de los remedios estúpidos e inoperantes tan queridos por los médicos, sino diversas hierbas y plantas que él mismo recogía en la profundidad de los bosques. Me reveló que había aprendido su arte junto a los hakims sarracenos, pues había viajado mucho en su juventud y recorrido muchos países lejanos. Perducas era un hombre sorprendente.

Entre los dos curamos a Etienne, se que restableció rápidamente. Intercambiamos pocas palabras. Perducas y Etienne hablaban mucho más, pero la mayor parte del tiempo Etienne estaba acostado en su cama mirándome en silencio.

Perducas me hablaba poco, pues parecía tenerme miedo. Cuando abordé la cuestión de mi parte en los gastos de hospedaje, me respondió que no le debía nada; mientras Etienne desease mi compañía, ni comida ni cama tenían que preocuparme. Pero Perducas deseaba vivamente que no conversase con la gente de la aldea, pues su curiosidad podía ser la perdición de Etienne. Podía confiar en sus lacayos –me explicó–; no dirían nada. Nunca le pregunté por qué razón el duque de Alençon odiaba a Etienne; sin embargo, un día me dijo:

–El rencor del duque no es nada extraordinario. Hace tiempo, Etienne Villiers formaba parte del séquito del noble, y fue tan imprudente como para ejecutar para él una misión muy delicada. D’Alençon es un hombre ambicioso; se murmura que aspiraba al título de Condestable de Francia. En aquel tiempo, gozaba del favor del rey; aquel favor no habría brillado con tanto lustre si se hubiera conocido el hecho de que entre el duque y Carlos de Germania se estaban intercambiando cartas, ese mismo Carlos que ahora es conocido bajo el nombre de emperador del Santo Imperio Romano.

“Etienne es el único en saber el alcance completo de la traición. Por eso d’Alençon desea tan ardientemente la muerte de Etienne. Sin embargo, no se atreve a golpear abiertamente, por temor a que su victima, con el último suspiro, le denuncie y pierda para siempre. Prefiere actuar de un modo más sigiloso, en secreto, recurriendo a la daga de un asesino, al veneno o a una emboscada. Mientras Etienne se encuentre aquí, su única oportunidad de salir bien librado es el secreto absoluto.

–¿Y si hay más hombres como ese perro de Thibault? –pregunté.

–No – me aseguró –. Es cierto que hay más,

pero los conozco a todos. Su honor se basa en no traicionar a sus compañeros. En otro tiempo, Etienne formó parte de su banda… saqueadores, raptores de mujeres, pícaros y asesinos, eso es lo que son.

Sacudí la cabeza, meditando sobre la singularidad de los hombres. Perducas, un hombre honesto, era amigo de un canalla como Etienne, incluso estando al corriente de sus villanías. Estoy segura de que más de un hombre honrado admira en secreto a un bandido, pues ve en él lo que le gustaría ser, si tuviera coraje para serlo.

Seguí al pie de la letra los consejos de Perducas y los días pasaron lentamente. Salía raramente de la taberna, salvo por la noche, para pasear por el bosque, evitando a los campesinos y a los habitantes de la aldea. Un nerviosismo y una agitación creciente se apoderaron de mí; tenía el presentimiento de que iba a ocurrir algo…, sin saber qué, sentía que pronto había que pasar a la acción y hacer…, qué era, lo ignoraba. Así pasó una semana, y luego conocí a Guiscard de Clisson.

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