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LA ESPADACHINA – ROBERT E. HOWARD PART -3 DE 4

3

Más allá de las vigas roídas por los ratas, las sórdidas cabañas de los campos:

Por encima del lamento de las ruedas de la carreta arrastrada por los bueyes sobre el suelo endurecido, escucho el retumbar de tambores lejanos que me llaman noche y día.

Hacia rutas por las que cabalgan capitanes envueltos en hierro y cubiertos de rosas, Con banderas que ondean en el aire, teñidas dc escarlata…

¡Al otro lado del mundo!

Tambores en mis oídos

Una mañana entré en la sala comunal tras haber paseado desde muy temprano en el bosque y me inmovilicé al ver a un desconocido instalado en una mesa, dedicado a roer a dentelladas un grueso hueso de buey. El hombre dejó de comer y me miró fijamente. Era un hombre grande y fuerte, de hombros cuadrados. Una larga cicatriz señalaba sus demacradas facciones y sus ojos grises tenían la misma frialdad del acero. A decir verdad, era un hombre envuelto en acero; llevaba coraza, quijotes y perneras metálicas. Su gran espada estaba cruzada sobre sus rodillas, el capacete sobre el banco a su lado.

–¡Por Dios! –exclamó–. ¿Eres un hombre o una mujer?

–¿Tú qué crees? –repliqué, apoyando las manos sobre la mesa y bajando la mirada hacia él.

–Sólo un imbécil haría la pregunta que acabo de hacerte –dijo con un movimiento de cabeza–. Tienes todos los atributos de la mujer; sin embargo, esa ropa parece adecuada…, en cierto modo extraño. Lo mismo que la pistola que llevas al cinto. Me recuerdas a una mujer que conocí hace tiempo; andaba y luchaba como un hombre; murió en un campo de batalla, atravesada por la bala de una pistola. Sin embargo, no era atractiva; tú eres bella y seductora; pero hay algo en ti, sin embargo, que te hace parecida a ella, algo en tu silueta, en tu aspecto…, no, no sé… Siéntate y hablemos un poco. Me llamo Guiscard de Clisson. ¿Has oído hablar de mí?

–Más de una vez –respondí sentándome–. En mi aldea natal se cuentan muchas historias sobre ti. Eres el jefe de los mercenarios y de los Compañeros Francos.

–Cuando los hombres tienen estómago como para seguirme –dijo, volviendo a comer y señalando la jarra de vino–. ¡Ah, por las tripas de Judas, bebes como un hombre! ¡Quizá las mujeres se estén convirtiendo en hombres en estos tiempos, pues ya hay muchos hombres que se han convertido en mujeres! Todavía no he enrolado a nadie en esta provincia, mientras que antes, todavía lo recuerdo, los hombres peleaban para tener el honor de seguir a un capitán de mercenarios. ¡Muerte de Satanás! Ahora que el Emperador reúne a sus malditos lansquenetes para atacar a de Lautrec y echarle de Milán, cuando el rey más necesita soldados, sin hablar del rico botín que espera en Italia, todo francés robusto debía ponerse en marcha hacia el sur, ¡por Dios! ¡Ah, el valor y la fuerza de los hombres de antaño!

Mientras examinaba a aquel veterano de rostro marcado por las guerras y oía sus palabras, los latidos de mi corazón se aceleraron, llenándome de un extraño deseo. Tuve la impresión de escuchar, como había escuchado tan a menudo en mis sueños, el lejano retumbar de los tambores.

–¡Iré contigo! –grité–. Estoy cansada de ser una mujer. ¡Formaré parte de la compañía!

Se echó a reír y dio una sonora palmada en la mesa, como si hubiera oído una buena broma.

–¡Por San Denis, muchacha –exclamó–, tienes el ardor necesario, pero hacen falta algo más que un par de pantalones para ser un hombre!

–Si esa mujer de la que hablabas era capaz de ir al combate, ¡yo también! –exclamé a mi vez.

–No. –Sacudió la cabeza–. Margot la Oscura de Avignon era un caso único, una entre un millón. Olvida esas fantásticas ideas, hija mía. Vuelve a ponerte faldas y conviértete en una mujer como las demás. Cuando hayas alcanzado el puesto que te corresponde, con lo guapa que eres, a fe mía… ¡que me encantará que vengas conmigo!

Dejando escapar un juramento que le hizo sobresaltarse, me levanté de un salto, echando el banco hacia atrás, derribándolo sonoramente. Me planté en pie ante él, apretando y levantando los puños, sintiendo que la rabia me invadía.

–¡Siempre el hombre en un mundo de hombres! –siseé entre dientes–. Una mujer debe saber cuál es su puesto: ordeñar vacas, hilar lana, coser, cocer el pan y tener hijos. Sobre todo, no debe mirar más allá del umbral de su casa, ni apartarse de las órdenes de su amo y señor. ¡Bah! ¡Escupo sobre todos vosotros! ¡No hay un hombre vivo que pueda enfrentarse a mí con las armas en la mano y sobre–vivir! Y antes de morir se lo demostraré al mundo entero. ¡Mujeres! ¡Vacas! ¡Esclavas! Siervas temerosas que gimen y se arrastran… que inclinan la espalda bajo los golpes y se vengan… matándose con sus propias manos, como mi hermana me proponía que hiciera yo misma. ¡Ja! ¿Me niegas un sitio entre tus hombres? Por Dios, viviré como quieras y moriré como el Señor lo desee, pero si no soy digna de ser la camarada de un hombre, menos lo soy de ser su amante. ¡Así que vete al infierno, Guiscard de Clisson, y que el diablo te arranque el corazón!

Con aquellas palabras, di media vuelta y me fui a toda marcha, dejándole con la boca abierta a mis espaldas.

Subí la escalera y entré en la alcoba de Etienne; le encontré tendido en la cama, casi curado, aunque todavía pálido y débil. Sin duda, aún le quedaban varias semanas de convalecimiento.

–¿Cómo te sientes? –le pregunté.

–Bastante bien –respondió. Tras considerarme durante un instante, añadió–: Agnès, ¿por qué me perdonaste la vida cuando estabas dispuesta a matarme?

–Lo hizo la mujer que hay en mí –le contesté de mala gana–, que no puede soportar que un ser indefenso pida perdón.

–Merecía la muerte –murmuró– más que Thibault. ¿Por qué me has cuidado, por qué te has ocupado de mi?

–No quería que cayeras en manos del duque por mi culpa –le contesté–, pues fui yo quien, involuntariamente, te traicionó. Ahora que me has preguntado todo lo que querías, te preguntaré una sola cosa: ¿por qué eres tan canalla?

–Sólo Dios lo sabe –me dijo, cerrando los ojos–. Nunca he sido otra cosa, por lo menos hasta dónde recuerdo. Me acuerdo perfectamente de los vertederos de las calles de Poitiers donde, de niño, robaba mendrugos de pan y mendigaba unas monedas; allí aprendí a desenvolverme y a vivir. He sido soldado, contrabandista, chulo, matón, ladrón… siempre un oscuro canalla. Por San Denis…, algunas de mis acciones son tan negras que no te las puedo revelar. Y sin embargo, en alguna parte, de cierto modo, siempre ha habido un Etienne Villiers, oculto en lo más profundo del ser que soy, que no ha sido afectado por mi otra naturaleza. Ahí adentro subsisten los remordimientos y el miedo, las cosas que me hacen sufrir. Por eso te supliqué que me perdonaras cuando debía recibir la muerte con alegría…, y ahora, entendido esto, estoy diciéndote la verdad cuando lo que debía hacer es contarte mentiras para seducirte. ¡Ojalá el Cielo quisiera que sólo fuese un santo o un canalla!

En aquel instante, un ruido de pasos pesados retumbó en la escalera, junto con el sonido de unas voces brutales. Salté para echar el cerrojo de la puerta al escuchar el nombre de Etienne junto con un alarido. Me detuvo con un gesto de la mano, con el oído atento; se dejó caer hacia atrás con un suspiro de alivio.

–No; he reconocido la voz. ¡Entrad, compañeros! –gritó.

Una banda de rufianes de mala cara irrumpió en la habitación; aquellos hombres eran conducidos por un canalla de vientre inmenso, con unas botas gigantescas. A sus espaldas, avanzaban cuatro hombres, vestidos con harapos, cubiertos de cicatrices, con las orejas cortadas, los ojos cubiertos por parches y las narices aplastadas. Me miraron amenazadoramente y luego lanzaron furibundas miradas al hombre postrado en la cama.

–Vamos, Etienne Villiers –dijo el hombre tripudo–, ¡al fin te encontramos! Es menos fácil escapar de nosotros que del duque de Alençon, ¿no es verdad?

–¿Qué dices, Tristán Pelligny? –preguntó Etienne, con una sorpresa apenas disimulada–. ¿Habéis venido a saludar al compañero herido o…?

–¡Hemos venido a pedirle cuentas a una rata! –rugió Pelligny. Se volvió y señaló con un gesto teatral a su banda de miserables, señalando con un índice mugriento a cada uno de ellos–. ¿Ves quién está aquí, Etienne Villiers? Jacques el Verrugas, Gastón el Lobo, Jehan el Desojerado y Conrad el Germano. Y yo mismo, con lo que sumamos cinco. Hombres de bien, cierto; antiguos compañeros… ¡venidos a juzgar a un infame asesino!

–¡Estáis locos! –exclamó Etienne, apoyándose sobre los codos–. Cuando estaba con vosotros, ¿acaso no soporté siempre la parte que me tocaba, aceptando el penoso trabajo y los peligros de la vida del ladrón, compartiendo lealmente el botín con vosotros?

–¡No se trata del botín! –bramó Tristán–. Hablamos de nuestro compañero Thibault Bazas, cobardemente asesinado por ti en la taberna Los Dedos del Pícaro.

Etienne abrió la boca; dudó, me lanzó una mirada sorprendida y cerró la boca. Yo di un paso hacia adelante.

–¡Idiotas! –exclamé–. Él no asesinó a ese puerco de Thibault. ¡Yo fui quien lo hizo!

–¡San Denis! –dijo Tristán lanzando una risotada . ¡Eres la chica disfrazada de hombre de la que nos habló la fregona! ¿Que tú mataste a Thibault? ¡Ja! Una buena mentira, pero nada convincente para alguien que conociera a Thibault. La criada nos dijo que oyó los ruidos de la pelea; aterrada, huyó hacia el bosque. Cuando se atrevió a volver, Thibault estaba tirado en el suelo, muerto; Etienne y la chica que iba con él se habían ido juntos al galope. No, esto está claro, Etienne mató a Thibault, sin duda por esta zorra, precisamente. Cuando hayamos arreglado cuentas con Etienne, nos ocuparemos de su amante, ¿no os parece, camaradas?

Gritos de aprobación y bromas obscenas le respondieron.

–Agnès –dijo Etienne–, llama a Perducas.

–¡Hazlo y te mando al Infierno! –exclamó Tristán–. De todos modos, Perducas y todos sus criados están fuera, en los establos; están curando al jamelgo de Guiscard de Clisson. Habremos terminado cuando vuelvan. Vamos, coged a ese traidor y echadle sobre ese banco. Antes de rebanarle la garganta voy a cortarle con el cuchillo algunas otras partes de su cuerpo.

Me echó hacia un lado con desprecio y avanzo con pasos largos hacia el lecho de Etienne, seguido por los demás. Etienne intentó levantarse; Tristán le asestó un puñetazo, haciéndole caer de nuevo sobre la cama. En aquel momento, la habitación se tiñó de rojo para mis ojos y todo dio vueltas a mi alrededor. De un salto, sostuve la espada de Etienne en mis manos; al contacto de su empuñadura, una fuerza y seguridad desconocida corrieron como fuego por mis venas.

Lanzado un grito de feroz alegría, me lancé sobre Tristán. Se volvió vivamente, boqueando y buscando torpemente su propia espada. Puse fin a sus balidos hundiendo la espada en su cuello y destrozándole los músculos. Cayó a tierra, escupiendo un río de sangre; su cabeza se unía a su cuerpo por unos pocos jirones de carne. Los otros rufianes empezaron a aullar, como si fueran una jauría de perros, y se lanzaron sobre mí, impulsados por el miedo y la cólera. Recordando bruscamente la pistola que llevaba a la cintura, la saqué velozmente y disparé a bocajarro en la cara de Jacques, haciendo saltar su cráneo y transforman–do sus facciones en un amasijo sanguinolento. Entre el humo que llenó súbitamente la habitación, los otros se lanzaron sobre mí, bramando obscenos juramentos.

Las cosas para las que hemos nacido…, las hacemos con naturalidad, con talento, y no hace falta ninguna enseñanza. Yo, que nunca antes había tenido una espada entre las manos, la manejaba con un instinto que no había conocido hasta entonces, como si tuviera algo vivo entre mis dedos. Me di cuenta de nuevo que mi agudeza visual y mi rapidez de movimientos –tanto de las manos como de los pies– no podían ser igualados por la de aquellos estúpidos rufianes. Lanzaban aullidos y golpeaban el aire al azar, malgastando la energía de sus movimientos, como si sus espadas fueran navajas. Por mi parte, golpeaba observando un silencio mortal, con una precisión e infalibilidad igualmente mortales.

No conservo muchos recuerdos de aquel combate; todo pasó en medio de una bruma escarlata y de ello me quedan sólo algunos detalles. El curso de mis ideas era demasiado rápido para que mi cerebro pudiera registrarlo; no sé nada realmente, salvo algunos saltos, algunos movimientos de la cabeza, y contraataques, pero evité las hojas que cortaban el aire. Sólo sé que abrí en dos la cabeza de Conrad el Germano, como si fuera un melón; su cerebro chorreó por la hoja de mi espada de un modo aterrador. Y recuerdo que el que se llamaba Gastón el Lobo, confiando en la cota de malla que llevaba bajo los harapos, se mostró imprudente: bajo mis golpes furiosos, las apretadas mallas cedieron y se derrumbó, esparciendo sus entrañas por el suelo. Luego, como en medio de una bruma rojiza, sólo quedó Jehan: se lanzó sobre mi, alzando la espada y abatiéndola ferozmente.

Detuve la muñeca mientras descendía y se la corté con la espada. La mano que sostenía la espada voló de la muñeca y describió un círculo inmenso y escarlata en el aire. Mientras miraba estúpidamente el muñón que chorreaba sangre, le atravesé el cuerpo con tal ferocidad que la guarda en forma de cruz golpeó violentamente contra su pecho; llevada por el impulso, caí con él al suelo.

No recuerdo cómo hice para levantarme y sacar la hoja. Con las piernas tensas y separadas, apoyando la espada en el suelo, me tambaleaba rodeada de cadáveres hasta que fin dominada por unas náuseas horribles. Conseguí llegar hasta la ventana, donde, inclinando la cabeza, vomité abundantemente. Me di cuenta entonces de que sangraba por una herida en el hombro; tenía la camisa hecha jirones. La habitación daba vueltas a mi alrededor y el olor a sangre fresca, manando de las entrañas de los que había reventado, me reanimó. Como en medio de la niebla vi el pálido rostro de Etienne.

Entonces, un ruido de rápidos pasos resonó en la escalera y Guiscard de Clisson irrumpió en la habitación, empuñando la espada, seguido de Perducas. Abrieron los ojos desmesuradamente y me miraron fijamente, como impactados por un rayo. De Clisson lanzó un juramento terrible.

–¿No te lo había dicho? –exclamó Perducas–. ¡Es el demonio en persona! ¡San Denis, que matanza!

–¿Es obra tuya, hija mía? –preguntó Guiscard con una voz extrañamente aflautada. Eché hacia atrás mis empapados cabellos y me incorporé titubeante, luchando contra el vértigo.

–Sí. Era una deuda que debía pagar.

–Por Dios –murmuró, lanzándome inflamadas mirada–. Hay algo oscuro y raro en ti, pese a tu juventud y belleza.

–¡Es en verdad Agnès la Negra! –dijo Etienne, apoyándose en un codo–. Una estrella tenebrosa brilla desde que nació…, una estrella hecha de tinieblas y tumulto. Por donde quiera que vaya, habrá sangre derramada y hombres muertos. Lo comprendí en cuanto la vi, recortándose contra el sol que transformaba en sangre la daga que llevaba en la mano.

–He pagado mi deuda contigo –dije–. Si, algún día, puse tu vida en peligro, he rehecho mi error con toda esta sangre.

Lanzando a sus pies su propia espada manchada de sangre, me volví hacia la puerta.

Guiscard se había quedado inmóvil, asombrado, estupefacto. Sacudió la cabeza como si saliera de un trance y se unió a mí con pasos largos.

–¡Por las garras del Demonio! –dijo–. Lo que acaba de pasar hace que cambie radicalmente de opinión. ¡Eres la nueva Margot la Oscura de Avignon! Una verdadera guerrera, con una buena espada, vale por una veintena de hombres. ¿Sigues queriendo venir conmigo?

–Como compañera de armas –le respondí–. No soy amante de nadie.

–De nadie, salvo de la Muerte –replicó, mirando los cadáveres.

 

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