Just another WordPress.com site

LA ESPADACHINA – ROBERT E. HOWARD PART – 4 DE 4

4

Sus hermanas se encorvan para tejer

Y roen unas migajas de pan,

Pero ella lanza su caballo al galope, vestida con seda y acero,

Y sigue los tambores de sus sueños.

La Balada de Agnès la Negra

 

Una semana después del combate que se desarrolló en la alcoba de Etienne, Guiscard de Clisson y yo abandonamos la taberna El Jabalí Rojo para tomar la ruta que conducía hacia el este. Montaba un brioso alazán e iba ataviada como correspondía a un compañero de Giscard de Clisson. Llevaba un jubón de terciopelo y calzas de seda, con altas botas españolas; bajo el jubón, una fina cota de mallas de acero protegía mi cuerpo y un capacete pulido colgaba tras mi roja melena. Llevaba dos pistolas cruzadas a la cintura, y una espada colgaba envainada en una funda ricamente trabajada. Una gran capa de seda escarlata flotaba sobre mis hombros. Guiscard había comprado todo aquello, riendo al verme protestar ante su generosidad.

–Me lo devolverás todo con el botín que nos espera en Italia –replicó–. De todos modos, un compañero de Guiscard de Clisson debe partir a la guerra elegantemente ataviado.

A veces me preguntaba si la aceptación de Guiscard por considerarme como a un hombre era tan sincera como pretendía hacerme creer. Quizá alimentaba, secretamente, su primera idea… ¡pero poco importaba!

Aquella semana había sido completa. Cada día, durante varias horas, Giscard me había enseñado el arte de la esgrima. El mismo era considerado como una de las mejores espadas de Francia, y afirmaba que nunca había tenido un alumno tan aventajado como yo. Aprendí todas las delicadezas y las trampas de aquel arte, como si hubiera nacido para ello; mi rapidez de movimientos y mis ataques relampagueantes sacaban frecuentes juramentos de sorpresa de sus labios. En cuanto a lo demás, había aprendido a disparar, tanto con pistola como con arcabuz, y descubierto muchas artimañas mortales y asaltos muy eficaces para el combate cuerpo a cuerpo. Nunca un principiante tuvo un maestro tan eficiente, ni nunca un maestro tuvo un estudiante tan deseoso de aprender todo lo que tenía aquel oficio. Ardía en deseos de aprender. Tenía la impresión de haber nacido por segunda vez y descubrir un mundo totalmente nuevo…, sin embargo, yo estaba hecha para aquel mundo, desde que nací. Mi vida anterior parecía un sueño lejano que no tardaría en olvidar.

Así, muy temprano, aquella misma mañana, antes de que el sol naciera, montamos, en el patio de El Jabalí Rojo, mientras Perducas nos deseaba buen viaje. Cuando nos íbamos, alguien gritó mi nombre; vi un rostro muy pálido asomando de una de las ventanas del piso superior.

–¡Agnès! –gritó Etienne–. ¿Te vas sin decirme adiós?

–¿Por qué debía haber tanta ceremonia entre nosotros? –le pregunté–. Ninguno de los dos le debe nada al otro. Ni tenemos mucha amistad, que yo sepa. Estás lo bastante recuperado como para ocuparte de ti mismo; en consecuencia, ya no necesitas mis cuidados.

Y, sin decir nada más, sacudí las riendas del caballo y me lancé al lado de Giscard en la ruta que serpenteaba a través de los bosques. Me miró de soslayo y enarcó las cejas.

–Eres una mujer muy rara, Agnès la Negra –dijo finalmente–. Pareces ir por la vida como una de las Parcas, insensible, inmutable, llevando la tragedia y el destino. Creo que los hombres que te acompañen no se harán muy viejos.

No respondí y seguimos atravesando el bosque. El sol se alzó, inundando de oro las hojas de los árboles; las ramas se agitaban suavemente con la brisa del amanecer. Un ciervo atravesó con paso vivo el sendero ante nosotros y los pájaros cantaban llenos de la alegría de vivir.

Seguimos el camino que había seguido tras el combate en Los Dedos del Pícaro, sosteniendo a Etienne entre mis brazos. Pero, casi al mediodía, tomamos otro camino, más ancho, que derivaba hacia el sudeste. Habíamos recorrido muy poco trecho cuando Guiscard exclamó:

–¡Qué tranquilidad! ¿Por qué no será el hombre tan apacible como la naturaleza?

Poco después, añadió:

–¡Hola! ¿Quién anda ahí?

Un bribón que dormía bajo un árbol se despertó sobresaltado. Se incorporó, nos miró fijamente y, acto seguido, dándose la vuelta, echó a correr entre los enormes robles que bordeaban el camino y desapareció.

Apenas tuve tiempo para verle: era, aparentemente, un ladronzuelo con las ropas encapuchadas de un leñador.

–Nuestra apariencia marcial le ha atemorizado –dijo Guiscard riendo.

Sin embargo, una extraña inquietud se apoderó de mí, haciéndome mirar nerviosamente las verdes murallas que nos rodeaban.

–No hay ladrones en este bosque –murmuré–. No tenía razón alguna para huir así, sólo con vernos. No me gusta esto. ¡Escucha!

Un silbido agudo y estridente se elevó súbitamente en el aire, saliendo de entre los árboles. Algunos instantes más tarde, otro silbido respondió al primero, más lejano, hacia el este, apagado por la distancia. Prestando oídos, me pareció escuchar un tercer silbido, todavía más lejano.

–No me gusta esto –repetí.

–Un pájaro llamando a su compañera –se burló.

–Nací y me crié en los bosques –respondí, impaciente. No se trata de pájaros. Son hombres intercambiando señales, ocultos entre los árboles. No sé decir por qué, pero estoy segura de que se relaciona con ese rufián que huyó nada más acercarnos.

–Tienes el instinto de un viejo soldado –dijo Guiscard riendo. Se quitó el casco, pues hacía mucho calor, y lo ató al arzón de la silla–. Desconfiada… Siempre en vela…, muy bien. Pero no malgastes tanta reserva en estos bosques, es inútil, Agnès. Yo no tengo enemigos en esta región. Soy muy conocido por aquí y sólo cuento con amigos. Y, como no hay forajidos en el bosque, no hay nada que debamos temer.

–Te aseguro –protesté, mientras seguíamos nuestro camino– que tengo el funesto presentimiento de que se está preparando algo. ¿Por qué ha huido ante nosotros ese ladronzuelo y ha avisado a sus compañeros ocultos de que estábamos llegando? No sigamos por esta ruta, tomemos un camino forestal.

Nos alejábamos del lugar en que oímos el primer silbido y entrábamos en un valle de terreno accidentado, cruzado por un río poco profundo. La ruta se ensanchaba ligeramente, aunque sin dejar de estar rodeada por los árboles y una tupida espesura. Al lado izquierdo, muy cerca del camino, los arbustos eran muy abundantes. A la derecha estaban más diseminados, bordeando un arroyuelo cuya orilla opuesta se hallaba a los pies de abruptos acantilados. El espacio invadido por las ramas, entre el camino y el arroyo, podía tener cien pasos de ancho.

–Agnès, hija mía –decía Guiscard–, te repito que estamos tan seguros como…

¡Craac! Con el sonido de un trueno una salva retumbó en la espesura a nuestra izquierda, cubriendo el camino con un humo espeso. Mi caballo lanzó un gemido de dolor y tropezó. Vi a Guiscard de Clisson alzar las manos y caer hacia atrás sobre su silla. Acto seguido, su montura se encabritó y cayó sobre él. Vi todo aquello en un instante fugitivo, pues mi caballo se lanzó con una velocidad frenética a través de la fragosidad del monte por la parte derecha de la ruta. Una rama me golpeó violentamente y me derribó por tierra, donde quedé tendida, medio desmayada, oculta por la espesura.

Al estar en el suelo no podía ver el camino por lo espeso de la vegetación, pero pude escuchar unas voces brutales y exclamaciones groseras; a continuación, el ruido de unos pasos precipitados, como de hombres que salieran de sus escondrijos y corrieran por el sendero.

–¡Tan muerto como Judas Iscariote! –bramó uno de ellos–. ¿Qué ha sido de la chica?

–Tu caballo se ha ido hacia allí. ¡Mirad, está cruzando el arroyo, chorreando sangre! ¡La chica no lo monta! Ha debido caerse entre los arbustos.

–Lástima que no tengamos que capturaría viva –dijo un tercero–. Nos habría divertido un poco. Pero el duque nos ha dicho que no corramos ningún riesgo. ¡Ah, ahí llega el capitán de Valence!

Un retumbar de cascos se escuchó al otro lado del camino y el jinete observó:

–He escuchado el disparo. ¿Dónde está la chica?

–Muerta, entre la espesura –le respondieron–. E] hombre está aquí.

Un breve silencio. A continuación:

–¡Abortos del Infierno! –rugió el capitán–. ¡Imbéciles! ¡Desgraciados! ¡Perros! ¡Éste no es Etienne Villiers! ¡Habéis asesinado a Guiscard de Clisson!

Confusas protestas se dejaron oír, al igual que maldiciones, acusaciones y negaciones, dominadas por la voz de aquél a quien llamaban de Valence.

–Estoy seguro, ¡reconocería a de Clisson incluso en el Infierno! Es él, seguro, aunque su cabeza no sea más que un amasijo sanguinolento, ¡Malditos imbéciles!

–No hemos hecho más que obedecer las órdenes –rezongó otro–. Cuando oísteis la señal, nos apostasteis en emboscada y nos ordenasteis abatir a quienes avanzaran por el camino. ¿Cómo podíamos reconocer al que debíamos matar? Nunca dijisteis su nombre; nuestro trabajo no consistía más que en abatir al hombre que nos dijeseis. ¿Por qué no os quedasteis con nosotros para certificar el trabajo?

–¡Porque así sirvo mejor los intereses del duque, imbécil! –aulló duramente de Valence–. Soy demasiado conocido. No podía correr el riesgo de que alguien me viera y me reconociese… si es que la emboscada fracasaba.

Empezaron a echarse la culpa unos a otros. Oí un golpe violento y un gemido de dolor.

–¡Perro! –juró de Valence–. ¿No diste tú la señal de que Etienne venía en esta dirección?

–¡No es culpa mía! –aulló el pobre diablo, un campesino a juzgar por su acento–. No le conocía. El tabernero de Los Dedos del Pícaro me dijo que estuviese atento al hombre que viajaba acompañado por una muchacha vestida con ropas masculinas. Así que, cuando la vi con el soldado, pensé que era Etienne Villiers sin lugar a dudas… ¡Aaaah…, no, piedad!

Retumbó una detonación seguida de un grito estrangulado y el ruido de un cuerpo al caer al suelo.

–Si el duque se entera de esto, nos colgará –se le oyó decir al capitán–. Guiscard gozaba del favor del vizconde de Lautrec, gobernador de Milán. D’Alençon nos ahorcará para congraciarse con el vizconde. Debemos salvar la piel. Arrojemos los cuerpos al arroyo y así nadie sabrá nada. Dispersaos y buscad el cuerpo de la chica. Si todavía está viva, debemos hacerla callar para siempre.

Al oír aquellas palabras empecé a arrastrarme, alejándome y abriéndome paso hacia la corriente de agua. Mirando hacia el otro lado del arroyo, vi que la orilla opuesta era poco elevada y lisa, cubierta por la espesura y rodeada de acantilados como ya he dicho, donde me pareció ver la entrada de un desfiladero. Quizá pudiera escapar por allí. Reptando hasta el borde del agua, me levanté rápidamente y corrí sin hacer ruido hacia la corriente: el arroyo se desplazaba sobre un lecho rocoso y era poco profundo. El agua apenas me llegaba a las rodillas. Los rufianes se habían dispersado, formando un arco, y daban una batida por la espesura. Les oía a mis espaldas y a ambos lados de mí. Súbitamente, uno de ellos empezó a gritar, como un perro que encuentra su presa.

–¡Allí, está huyendo! ¡Deténte, maldita seas! Retumbó una detonación y una bala de arcabuz pasó silbando junto a mi oreja, pero seguí corriendo tan deprisa como podía. Se lanzaron en mi persecución corriendo entre los arbustos y lanzando alaridos…, eran una docena, con mallas y armadura, con la espada en la mano.

Uno de ellos salió de entre la espesura, muy cerca del arroyo, mientras yo avanzaba a duras penas por el agua. Temiendo una estocada en la espalda, me di media vuelta y le esperé en medio de la corriente. Entró impetuosamente en las aguas, chapoteando como un toro. Era un rufián enorme, con espesas patillas; me lanzó una estocada y un alarido.

Cruzamos nuestros aceros, lanzando estocadas y fintas, atacando, contraatacando y deteniendo golpes con el agua hasta las rodillas. Yo estaba en desventaja, pues la corriente entorpecía mis movimientos, de ordinario relampagueantes. Su espada golpeó violentamente en mi casco, produciendo chispas delante de mis ojos. Al ver que los otros llegaban en su auxilio, puse todas mis fuerzas en un ataque feroz y hundí la espada entre sus dientes tan ferozmente que la punta apareció por su nunca y tintineó al chocar contra su casco.

Saqué la hoja con un vivo giro al tiempo que se derrumbaba, tiñendo de púrpura las aguas del arroyo. En el mismo instante, una bala de pistola me alcanzó en el muslo. Tropecé y recuperé el equilibrio, consiguiendo salir a trompicones del agua. Me arrastré sobre la orilla. Los espadachines se lanzaron al agua, profiriendo amenazas y blandiendo las espadas. Algunos me dispararon, pero apuntaron mal y conseguí llegar hasta el acantilado, arrastrando la pierna herida. Tenía la bota llena de sangre y apenas sentía la pierna.

Me hundí entre la espesura, hacia la entrada de la cañada; luego, me inmovilicé. Una helada desesperanza hizo presa en mi corazón. Estaba cogida en una trampa. No era de un desfiladero de lo que había visto la entrada, sino una simple grieta, aunque bastante ancha; la grieta seguía apenas unos pasos, para luego irse estrechando y convertirse en una angosta fisura en la pared rocosa. Formaba casi un triángulo cuyas paredes eran demasiado altas y abruptas para que pudiera escalar por ellas, con la pierna herida o no.

Los espadachines se dieron cuenta de mi desesperada situación y se acercaron lanzando gritos de triunfo. Dejándome caer sobre la rodilla indemne, detrás de las matas de la entrada de la grieta, alcé la pistola y abatí al primero de aquellos rufianes de un balazo en la cabeza. Aquello detuvo momentáneamente su asalto y se dispersaron para ponerse a cubierto. Los que todavía se hallaban en la otra orilla se retiraron hacia los árboles, mientras que los que habían cruzado el río se protegían entre las matas cerca de la orilla.

Recargué la pistola y quedé a la espera, mientras se insultaban entre ellos y empezaban a disparar los arcabuces hacia el lugar donde me había refugiado. Pero las pesadas balas silbaron al pasar por encima de mi cabeza, o se aplastaron en la pared rocosa. Vi a uno de aquellos rufianes correr a la descubierta, encogido, hacia un matojo más cerca de mi escondrijo, y le alojé una bala en el cuerpo; sus compañeros empezaron a gritar invectivas sanguinarias y dispararon a discreción. Pero la distancia era demasiado grande para los que se encontraban en la orilla opuesta, y los otros no podían apuntar con precisión, por miedo a descubrirse.

Uno de ellos gritó al poco:

–¡Malditos bastardos! ¡Seguid algunos de vosotros el curso de agua! Buscad un lugar por el que se pueda trepar el acantilado… ¡así podréis disparar contra ella desde arriba!

–¡Eso no servirá de nada! ¡No podemos cruzar sin descubrirnos! –respondió de Valence desde su escondite–. ¡Y dispara con una precisión diabólica! ¡Esperemos! ¡La noche está a punto de caer! En la oscuridad, no podrá apuntar. De todos modos, esta cogida como una rata. Cuando esté tan oscuro que no pueda vernos, atacaremos y acabaremos con este asunto. La muy zorra está herida, lo sé. ¡Esperemos el momento adecuado!

Disparé al azar un tiro lejano, apuntando a los arbustos de donde provenía la voz del capitán. Por la sarta de blasfemias que llegó hasta mí, pude averiguar que la bala había pasado lo bastante cerca como para darle más miedo que mil diablos. Siguió un período de espera, marcado ocasionalmente por el disparo de un arcabuz desde los árboles. La pierna me dolía atrozmente y me rodeaba una nube de moscas. Al principio, el sol impactaba violentamente en mi refugio; luego, se retiró y pude disfrutar de una sombra muy agradable. Pero el hambre me atenazaba; la sed se hizo tan ardiente que me hizo olvidar el hambre. El hecho de tener el arroyo a pocos pasos y oír el suave chapoteo del agua estaba a punto de volverme loca. Y la bala en el muslo me dolía de un modo tan atroz que me decidí a extraería con ayuda de mi daga. Una vez hecho, taponé la herida con un amasijo de hojas.

No veía ninguna salida. Aparentemente, iba a morir allí…, y conmigo desaparecían todos mis sueños de gloria, de magnificencia, de aventuras brillantes y exultantes. Los tambores cuyo retumbar había pretendido seguir parecían apagarse e irse cada vez más lejos, como un clamoreo lejano, sin dejar tras ellos más que las cenizas moribundas de la muerte y el olvido.

Sin embargo, cuando me enfrenté con mi alma en busca del miedo, no lo encontré, y sí en cambio hallé resentimiento y una cierta tristeza. Más valía morir así que vivir y envejecer como todas las mujeres a las que había conocido. Pensé en Guiscard de Clisson, yaciendo junto al cadáver de su caballo, con la cabeza bañada en sangre. Lamenté amargamente que la muerte le hubiera sorprendido de un modo tan lamentable y que su muerte no llegara como a él le hubiese gustado…, en un campo de batalla, con la bandera de su rey ondeando por encima de su cabeza y las fanfarrias de las trompetas atronando en sus oídos.

Las horas pasaban lentamente. En un momento dado me pareció escuchar el galope de un caballo, pero no tardó en desaparecer. Cambié de lugar mi cuerpo dolorido y maldije contra los mosquitos, deseando que mis enemigos se lanzaran al asalto mientras todavía había algo de luz que me permitiera apuntar.

Luego, en el momento en que les escuchaba empezar a preguntarse, en la noche creciente, una voz –por encima de mí y a mis espaldas– me hizo volverme vivamente, alzando las pistolas. Creí que al fin habían escalado el acantilado para pillarme por la retaguardia.

–¡Agnès! –La voz era apenas un susurro e insinuaba una plegaria–. ¡No dispares, por amor de Dios! ¡Soy yo, Etienne!

Los arbustos se abrieron y un rostro pálido me miró por encima del borde del acantilado.

–¡Ocúltate, loco! –exclame–. ¡Van a matarte como a un pichón!

–No pueden verme desde donde están –me confirmó–. Habla en voz baja, muchacha. Mira, voy a dejar caer una cuerda. Tiene nudos. ¿Puedes, trepar? Con un único brazo indemne, no podré serte de mucha ayuda.

Me inflamó una súbita esperanza.

–¡Sí! –silbe–. Deja caer la cuerda y átala fuerte. Les estoy oyendo cruzar el arroyo.

En el seno de las cada vez más profundas tinieblas, vi una cuerda reptilesca que bajaba por el acantilado; la así con impaciencia. Enrollando la rodilla sana alrededor de la cuerda, subí lentamente a pulso. Era un esfuerzo penoso; el extremo inferior de la cuerda colgaba libremente y yo no dejaba de dar vueltas como si fuera un péndulo. Además, todo el trabajo debía realizarlo sólo con las manos, pues la pierna herida estaba tan tiesa como la vaina de una espada. De todos modos, mis botas españolas no eran lo más adecuado para aquel tipo de escalada.

Sin embargo, conseguí llegar hasta lo alto y me asomé por el borde de la pared rocosa. En aquel momento el prudente crujido del cuero sobre la arena y los chasquidos del acero me hicieron saber que los espadachines se reunían para acercarse a la entrada de la grieta, preparándose para el asalto final.

Etienne subió la cuerda velozmente y me hizo un gesto para que le siguiera. Me señalaba un camino entre la espesura y me hablaba en voz baja y rápida y con un tono excitado:

–Oí los disparos cuando seguía el camino; dejé mi caballo atado a un árbol, en el bosque, y seguí a pie, acercándome sin hacer ruido para ver lo que pasaba. Vi a Guiscard, tirado en el camino, muerto. Comprendí, por los gritos de los espadachines, que estabas rodeada y que tu situación era bastante comprometida. Volví al camino sin pérdida de tiempo; seguí, a caballo, el arroyo, buscando un lugar desde el que pudiera llegar a lo alto del acantilado. Encontré un vado, Con mi capa, hice una cuerda, desgarrándola y entrelazándola con el cinturón, las riendas y las bridas. ¡Escucha!

A nuestras espaldas y por debajo de nosotros se alzó un clamor enloquecido…, un furioso concierto de aullidos y juramentos.

–¡D’Alençon no se contentará si no es con mi cabeza! –murmuró Etienne–. Pude escuchar a esos rufianes mientras estaba escondido entre los árboles. Cada ruta de los alrededores de Alençon está siendo vigilada por bandas como ésta desde que el maldito posadero le reveló al duque que había vuelto a esta parte del reino de Francia. Ahora también te perseguirán a ti con el mismo encarnizamiento. Conozco a Renault de Valence, el capitán de esos soldados. Mientras esté con vida, la tuya estará amenazada, pues intentará con todas sus fuerzas hacerte desaparecer…, pues tú eres la única prueba de que sus esbirros asesinaron a Guiscard de Clisson. ¡Ah, ahí está mi caballo! Deprisa…, ¡es inútil que nos retrasemos!

–¿Por qué me has seguido? –le pregunté.

Se volvió y me miró a la cara, con la suya ensombrecida y pálida en la noche cerrada.

–Te equivocaste al declarar que no quedaba ninguna deuda entre nosotros –me dijo–. Te debo la vida. Por mí luchaste contra Tristan Pelligny y sus matones. ¿Por qué sigues odiándome? Lograste una justa venganza por mi infamia. Consentiste en que Guiscard de Clisson fuese tu compañero. ¿Puedo ahora ir contigo y luchar a tu lado?

–Como compañero, sea, pero nada más –repliqué–. Acuérdate de una cosa…: ya no soy una mujer.

–Seremos hermanos de armas –aceptó.

Extendí la mano, él la suya, y nuestros dedos se fundieron por un instante.

–Una vez más, debemos contentarnos con un solo caballo –dijo, riendo, recuperando la labia y la alegría de otros momentos–. Vayámonos antes de que esos perros encuentren el modo de llegar hasta aquí. D’Alençon hace vigilar todos los caminos que conducen a Chartres, París y Orleans, ¡pero el mundo nos pertenece! Estoy convencido de que nos esperan horas gloriosas, aventuras, guerras y botín hasta hartarnos! ¡Vayamos a Italia y lancemos un grito de victoria por las aventuras intrépidas!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s