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EL TUMULO EN EL PROMOTORIO – ROBERT E. HOWARD – Part. 2 de 2

Algo cayo de mi bolsillo y lo recogí. Era el pedazo de piedra afilada que había tomado del túmulo. Contemplándolo meditabundo, me pregunté qué manos extrañas lo habían tocado en tiempos antiguos, y qué oscuro secreto había ayudado a esconder en el desnudo promontorio de Grimmin. Apagué la luz y me tendí en la oscuridad, con la piedra en mi mano, olvidada, ocupado con mi propios y oscuros pensamientos. Y me deslicé gradualmente a un profundo letargo.
Primero fui consciente de que soñaba, como lo es a menudo la gente. Todo era tenue y borroso y estaba conectado de algún modo extraño, lo notaba, con el pedazo de piedra aferrado aún en mi mano dormida. Escenas gigantescas y caóticas, paisajes y acontecimientos se deslizaban ante mí, como nubes que ruedan y corren delante del vendaval. Lentamente se asentaron y cristalizaron en un paisaje claro, familiar pero, con todo, salvajemente extraño. Vi una gran llanura desnuda, limitada a un lado por el mar grisáceo y al otro por un bosque oscuro y susurrante; esta llanura se hallaba cortada por un río serpenteante y más allá del río vi una ciudad… una ciudad como nunca habían visto mis ojos estando despiertos: austera, sin adornos, enorme, con la severa arquitectura de una era más salvaje y antigua. En la llanura vi, como entre una niebla, un feroz combate. Apretadas filas se movían atrás y adelante, el acero centelleaba como un mar soleado; y los hombres caían como grano maduro bajo las hojas. Vi hombres en pieles de lobo, salvajes y con rostros trastornados, blandiendo hachas goteantes, y hombres altos con yelmos cornudos y destelleantes cotas de malla, cuyos ojos eran fríos y azules como el mar. Y me vi a mí mismo.
Sí, en mi sueño me vi y me reconocí a mí mismo, de un modo casi indiferente. Era alto, enérgico y fuerte; la cabellera revuelta y andaba desnudo salvo por un faldellín de piel de lobo alrededor de la cintura. Corría entre las filas gritando y golpeando con un hacha enrojecida, y la sangre corría por mis costados de heridas que apenas sentía. Tenía los ojos de un frío azul y la barba y el cabello revueltos eran rojizos.
Por un instante fui consciente de mi doble personalidad, consciente de que era a la vez el salvaje que corría y mataba con su hacha ensangrentada, y el hombre que dormía y soñaba a través de los siglos. Pero tal sensación se desvaneció rápidamente. Ya no era consciente de ninguna otra personalidad salvo la del bárbaro que corría y golpeaba. James O’Brien carecía de existencia; yo era Cumal el Rojo, kern de Brian Boru, y de mi hacha goteaba la sangre de mis enemigos.
El rugir del conflicto moría a lo lejos, aunque aquí y allá  nudos de guerreros en combate se distinguían en la llanura. A lo largo del río, semidesnudos hombres de las tribus, el agua enrojecida hasta la cintura, se herían y desgarraban con guerreros de yelmo cuyas cotas no podían salvarles del golpe del hacha dalcasiana. A través del río una horda ensangrentada se tambaleaba en desorden hacia las puertas de Dublín.
El sol se hundía hacia el horizonte. Todo el día había combatido junto a los jefes. Había visto a Jarl Sigurd caer bajo la espada del príncipe Murrogh. Había visto al propio Murrogh morir en el momento de la victoria a manos de un inexorable gigante con cota de malla cuyo nombre nadie conocía. Había visto, en la desbandada del enemigo, caer juntos a Brodir y al rey Brian a la puerta de la tienda del gran rey.
Sí, había sido un festín de cuervos, una roja inundación de matanza, y sabía que las flotas de proa de dragón no volverían a barrernos desde el azul norte con la antorcha y la destrucción. En grandes números yacían los vikingos con sus destellantes cotas, como yace el grano maduro después de la siega. Entre ellos yacían miles de cadáveres ataviados con las pieles de lobo de las tribus, pero los muertos del pueblo del norte superaban en mucho a los muertos de Erin. Estaba cansado y enfermo por la pestilencia de la sangre derramada. Había saciado mi alma con la masacre; ahora buscaba el saqueo. Y lo encontré… en el cadáver de un jefe nórdico ricamente ataviado que yacía cerca de la costa. Le arranqué el peto de malla de plata, el casco de cuernos. Parecían hechos para mí, y me abrí paso entre los muertos, llamando a mis feroces camaradas para que admiraran mi aspecto, aunque el arnés lo notaba extraño, pues los gaélicos despreciaban la armadura y luchaban medio desnudos.
En mi busca de botín me había adentrado mucho en la llanura, alejándome del río, pero los cuerpos vestidos con cotas de malla yacían aún abundantes, pues al romperse las filas los fugitivos y los perseguidores se habían esparcido por todo el terreno, desde el oscuro y ondulante bosque de Tomar hasta el río y la costa. Y en la ladera que daba al mar del promontorio de Druma, lejos de la ciudad de la llanura de Clontarf, di súbitamente con un guerrero agonizante. Era alto y corpulento, ataviado con una cota gris. Yacía parcialmente escondido por los pliegues de una gran capa oscura, y junto a su poderosa mano derecha descansaba su espada rota. El casco de cuernos había caído de su cabeza y el viento que soplaba del Oeste hacía volar sus finos rizos.
Donde debía hallarse un ojo había una cuenca vacía y el otro ojo brillaba frío y severo como el Mar del Norte, aunque ya lo vidriaba la llegada de la muerte. La sangre brotaba de una herida en su peto. Me acerqué a él cautelosamente, un miedo frío y extraño que no podía entender haciendo presa en mí. Con el hacha lista para romperle la cabeza, me incliné sobre él y le reconocí como el jefe que había matado al príncipe Murrogh, y que había segado a los guerreros gaélicos como si los cosechara. Allí donde había luchado, los nórdicos habían prevalecido, pero en todas las demás partes del campo de batalla los gaélicos habían sido irresistibles.
Y ahora me hablaba en nórdico y le entendí pues, ¿acaso no había trabajado como esclavo entre el pueblo del mar durante largos y amargos años?

-Los cristianos han vencido -jadeó en una voz cuyo timbre, aunque apagado, hizo que me recorriera un curioso estremecimiento de pavor; había en ella el tono escondido de las olas heladas barriendo una costa del Norte, como vientos gélidos susurrando entre los pinares-. La muerte y las sombras caminan sobre Asgard y aquí ha caído Ragnarok. No podía estar en todos los lugares del campo a la vez, y ahora estoy herido de muerte. Una lanza… una lanza con una cruz tallada en la hoja; ninguna otra arma podía herirme.

Me di cuenta de que el jefe, viendo borrosamente mi barba roja y la armadura nórdica que llevaba, me suponía uno de su propia raza. Pero el horror nacía oscuro en las profundidades de mi alma.
-Cristo Blanco, aún no has vencido -musitó como en delirio-. Levántame, hombre, y deja que te hable.
Le obedecí por alguna razón y mientras le alzaba hasta dejarle sentado, me estremecí y al tocarle se me puso la piel de gallina, pues su carne era como marfil… más suave y dura que lo natural en la carne humana, y más fría de lo que debería estar incluso la de un moribundo.
-Muero como mueren los hombres -murmuró-. Que estupidez, asumir los atributos de la humanidad, incluso para ayudar al pueblo que me hizo dios. Los dioses son inmortales, pero la carne puede perecer, hasta cuando la viste un dios. Apresúrate y trae un brote de la planta mágica, aunque sea acebo, y déjalo en mi pecho. Sí, aunque no sea más grande que la punta de una daga, me liberará de esta prisión carnal que revestí cuando vine a luchar por los hombres con sus propias armas. Y me desprenderé de esta carne y volveré a caminar una vez más entre las nubes cargadas de truenos. ¡Ay, entonces, de todos los hombres que no se arrodillen ante mí! Apresúrate; aguardaré tu regreso.
Su leonina cabeza cayó hacia atrás y, tanteando temblorosamente bajo su armadura, no distinguí latido alguno. Estaba muerto, como mueren los hombres, pero yo sabía que encerrado en esa imitación de un cuerpo humano no hacía sino dormitar el espíritu de un demonio del granizo y la oscuridad.
Sí, le conocía: Odín el Hombre Gris, el Tuerto, el dios del Norte que había tomado la forma de un guerrero para luchar por su pueblo. Asumiendo la forma de un ser humano estaba sujeto a muchas de las limitaciones de la humanidad. Todos los hombres sabían esto de los dioses que a menudo caminaban sobre la tierra disfrazados de hombres. Odín, ataviado con el aspecto humano, podía ser herido por ciertas armas, y hasta muerto, pero el contacto del misterioso acebo le haría alzarse en horrenda resurrección. Esta tarea me había impuesto, no sabiéndome enemigo; en forma humana sólo podía usar facultades humanas, y éstas se hallaban mermadas por la muerte inminente.

Se me erizó el cabello y la piel se me puso de gallina. Arranqué de mi cuerpo la armadura nórdica y luché con un pánico salvaje que me impulsaba a correr ciegamente y gritar de terror por la llanura. Enfermo de miedo, reuní rocas y las amontoné formando un tosco lecho y sobre él, temblando de horror, puse el cuerno del dios nórdico. Y a medida que el sol se ocultaba y las estrellas salían en silencio, yo trabajaba con feroz energía, apilando enormes rocas encima del cadáver. Otros tribeños se acercaron y les conté lo que estaba encerrando… para siempre, esperaba. Y ellos, temblando de horror, se pusieron a ayudarme. Ningún brote de acebo mágico debía ser puesto en el terrible pecho de Odín. Bajo esas toscas piedras el demonio del Norte dormiría hasta el trueno del Día del Juicio, olvidado del mundo que una vez había gritado bajo su talón. Pero no completamente olvidado pues, mientras nos afanábamos, uno de mis camaradas dijo:

-Este no será más el Promontorio de Drumna, sino el promontorio del Hombre Gris.
Esa frase estableció una conexión entre mi yo que soñaba y mi yo del sueño.
Emergí sobresaltado del sueño exclamando:
-¡El Promontorio del Hombre Gris!
Contemplé aturdido lo que me rodeaba, los muebles del cuarto, débilmente iluminado por la luz de las estrellas en las ventanas, pareciéndome extraño y poco familiar hasta que lentamente me orienté en el tiempo y el espacio.
-El Promontorio del Hombre Gris -repetí-, Hombre Gris… Graymin… Grimmin… ¡el Promontorio de Grimmin![2] ¡Santo Dios, la cosa bajo el túmulo!
Me levanté de un salto, estremecido, y me di cuenta de que todavía agarraba el pedazo de piedra del túmulo. Es bien sabido que los objetos inanimados resisten asociaciones psíquicas. Un guijarro de la llanura de Jericó fue puesto en la mano de una medium hipnotizada y ella reconstruyó de inmediato en su mente la batalla y el asedio de la ciudad, y el derrumbamiento de los muros. No dudaba de que ese pedazo de piedra había actuado como un imán para atraer mi mente moderna a través de las nieblas de los siglos a una vida que había conocido antes.
Me hallaba más conmovido de lo que puedo describir, pues todo el fantástico asunto encajaba demasiado bien con ciertas sensaciones vagas e informes concernientes al túmulo que ya habían estado acechando en el fondo de mi mente, para que yo lo considerara sólo un sueño desacostumbradamente vívido. Sentí la necesidad de un vaso de vino y recordé que Ortali tenía siempre vino en su cuarto. Me vestí apresuradamente, abrí mi puerta, crucé el corredor y estaba a punto de llamar a la puerta de Ortali cuando me di cuenta de que estaba parcialmente abierta, como si alguien hubiera descuidado el cerrarla con cuidado. Entré, dando la luz. El cuarto estaba vacío.
Me di cuenta de lo sucedido. Ortali no se fiaba de mí; temía ponerse en peligro estando solo conmigo en un lugar solitario a medianoche. Había pospuesto la visita al túmulo sólo para engañarme, para darle una oportunidad de marcharse en solitario.
Mi odio por Ortali estaba, por el momento, completamente sumergido por un salvaje frenesí de horror al pensar en lo que podía resultar de abrir el túmulo. Pues no dudaba de la autenticidad de mi sueño. No era un sueño; era un fragmento de memoria, en el cual había revivido otra vida mía. El Promontorio del Hombre Gris… el Promontorio de Grimmin, y bajo esas toscas piedras ese cadáver horrible en su apariencia humana… no podía esperar que, imbuido con la esencia imperecedera de un espíritu elemental, ese cadáver se hubiera hecho polvo con las eras.
De mi carrera fuera de la ciudad y hacia esas extensiones semidesoladas, poco recuerdo. La noche era un manto de horror a través del cual atisbaban las rojas estrellas como los ojos ávidos de bestias increíbles, y mis pisadas resonaban huecamente de tal modo que más de una vez pensé que algún monstruo me pisaba los talones.
Las luces dispersas quedaron atrás y penetré en la región del misterio y el horror. No era de extrañar que el progreso hubiera pasado de largo de aquel lugar, dejándolo intacto, una ciega bolsa perdida y entregada a sueños de duendes y recuerdos de pesadilla. Bueno era que tan pocos sospecharan su propia existencia.
Divisé tenuemente el promontorio, pero el miedo me dominó y me mantuvo alejado. Tenía la vaga e incoherente idea de encontrar a la anciana, Meve MacDonnal. Había llegado a vieja entre los misterios y tradiciones de aquel país misterioso. Podía ayudarme, si en realidad la estúpida ceguera de Ortali iba a soltar sobre el mundo el demonio olvidado que los hombres adoraron en tiempos en el Norte. Una figura apareció de pronto bajo las estrellas y yo tropecé con ella, casi derribándola. Una lengua espesa y tartamudeante protestó con la petulancia de la intoxicación. Era un fornido pescador de altura regresando a su cabaña, sin duda, de alguna tardía diversión en una taberna. Le agarré y le sacudí, mis ojos ardiendo a la luz de las estrellas.
-¡Busco a Meve MacDonnal! ¿La conoce? ¡Dígamelo, idiota! ¿Conoce a la vieja Meve MacDonnal?
Fue como si mis palabras le devolvieran la sobriedad tan repentinamente como un cubo de agua helada en la cara. A la luz de las estrellas vi su rostro volverse blanco y su garganta enmudecer de miedo. Intentó santiguarse con una mano insegura.
-¿Meve MacDonnal? ¿Está usted loco? ¿Qué iba a tener yo que ver con ella?
-¡Dígamelo! -aullé, sacudiéndole ferozmente-. ¿Dónde está Meve MacDonnal?
-¡Ahí! -jadeó, señalando con una mano temblorosa hacia la noche donde algo se recortaba tenuemente contra las sombras-. ¡En nombre de todos los santos, seas loco o demonio, vete y deja en paz a un hombre honrado. ¡Ahí… ahí encontrarás a Meve MacDonnal… donde la enterraron, hace más de trescientos años!
Escuchando a medias sus palabras le arrojé a un lado con una feroz exclamación y, mientras corría a través de la llanura sembrada de arbustos, oí los ruidos de su tambaleante huida. Medio cegado por el pánico, llegué a la baja edificación que el hombre había señalado. Y adentrándome entre los arbustos, mis pies hundiéndose en el húmedo moho, me di cuenta de que me hallaba en el viejo cementerio, en el lado que daba al interior del promontorio de Grimmin, en el cual había visto desaparecer a Meve MacDonnal la tarde anterior. Estaba cerca de la lápida de la tumba más grande y con una fantasmal premonición me incliné más, buscando distinguir la inscripción profundamente tallada. En parte gracias a la tenue luz de las estrellas y en parte tanteando con los dedos, distinguí las palabras y las cifras, en el gaélico medio olvidado de tres siglos antes: “Meve MacDonnal – 1565-1640”.

Retrocedí con un grito de horror y, sacando el crucifijo que me había dado, esbocé el gesto de lanzarlo hacia las tinieblas… pero fue como si una mano invisible me aferrara la muñeca. Locura, delirio… pero no podía dudarlo: Meve Mac-Donnal había vuelto a mí desde la tumba donde había permanecido descansando durante trescientos años parad darmela vieja, vieja reliquia que le había sido confiada hacía tanto tiempo por su pariente, el sacerdote. El recuerdo de sus palabras regresó a mí, y el de Ortali y el Hombre Gris. Me aparte decididamente de un horror pequeño para volverme hacia uno más grande, y corrí hacia el promontorio que se recortaba borroso contra las estrellas en dirección del mar.

Mientras cruzaba el risco vi, a la luz de las estrellas, el túmulo y la figura que, semejante a un gnomo, se afanaba sobre él. Ortali, con su acostumbrada y casi sobrehumana energía, había movido muchas de las piedras; al acercarme, temblando con horrorizada anticipación, le vi apartar la última capa y oí su salvaje grito de triunfo que me dejó helado a unas cuantas yardas de distancia detrás de él, mirando desde la ladera. Un resplandor maligno se alzó del túmulo y vi, al norte, inflamarse repentinamente la aurora boreal con una terrible belleza, haciendo palidecer a las estrellas. Alrededor del túmulo latía una luz extraña, convirtiendo las ásperas piedras en plata que centelleaba fríamente, y a este resplandor vi a Ortali, despreocupado, arrojar a un lado su pico e inclinarse ávidamente sobre la abertura que había creado… y vi allí la cabeza con el yelmo, reposando sobre la capa de piedras donde yo, Cumal el Rojo, la había colocado tanto tiempo atrás. Vi el terror inhumano y la belleza de ese asombroso rostro esculpido en el que no había ninguna debilidad humana, ni piedad o compasión. Vi el resplandor de un único ojo que helaba el alma, abierto en una temible semblanza de vida. Por toda la figura ataviada con cota de malla centelleaban y chispeaban fríos dardos de luz helada, como las luces del Norte que ardían en los cielos convulsos. Sí, el Hombre Gris yacía como yo le había dejado más de novecientos años atrás, sin rastro de óxido, podredumbre o decadencia.
Y cuando Ortali se inclinó hacia adelante para examinar su hallazgo, un grito ahogado brotó de mis labios… pues la rama de acebo, que llevaba en la solapa en desafío a la «superstición nórdica» resbaló de su sitio y, al extraño resplandor, la vi caer claramente sobre el poderoso pecho acorazado de la figura, donde ardió de pronto con una brillantez demasiado fuerte para los ojos humanos. A mi grito le hizo eco el de Ortali. La figura se movió; los poderosos miembros se flexionaron, apartando a un lado las piedras resplandecientes. Un brillo nuevo iluminó el terrible ojo y una marea de vida fluyó y animó los pétreos rasgos.
Se levantó, saliendo del túmulo, y las luces del Norte jugaron de modo terrible sobre él. Y el Hombre Gris cambió y se alteró en horrenda transmutación. Los rasgos humanos se desvanecieron como una mascara que se borra; la armadura cayó de su cuerpo y se hizo polvo al caer; y el demoniaco espíritu del hielo y el granizo y la oscuridad que los hijos del Norte deificaron como Odín, se alzó desnudo y terrible bajo las estrellas. Alrededor de su espantosa cabeza se movían los relámpagos y los convulsos resplandores de la aurora. Su colosal forma antropomorfa era tan oscura como la sombra y tan brillante como el hielo; su horrible cima llegaba a colosales alturas, hasta la bóveda del cielo.
Ortali se acurrucó, gritando sin palabras, cuando las deformes manos ganchudas se tendieron hacia él. En los rasgos sombríos e indescriptibles de la Cosa no había rastro alguno de gratitud hacia el hombre que la había liberado… sólo una avidez y un odio demoniacos hacia todos los hijos del hombre. Vi los brazos sombríos lanzarse y golpear. Oí a Ortali gritar una vez… un alarido único e insoportable que se alzó hasta el más agudo de los tonos. Por un sólo instante un cegador relampagueo azul ardió a su alrededor, iluminó sus rasgos convulsos y sus ojos que rodaban en sus órbitas; después, su cuerpo fue lanzado hacia el suelo como por una sacudida eléctrica, tan salvajemente que oí con claridad el romperse de los huesos. Pero Ortali estaba muerto antes de tocar el suelo… muerto, encogido y ennegrecido, exactamente como un hombre alcanzado por el rayo, a cuya causa, en realidad, atribuyeron su muerte luego los hombres.
El monstruo feroz que le había matado se inclinó luego hacia mí, brazos de sombra como tentáculos extendidos, la pálida luz de las estrellas convirtiendo su único ojo en un lago luminoso, sus temibles garras goteando con no sé qué fuerzas elementales para reventar los cuerpos y las almas de los hombres.
Pero no me acobardé, y en ese instante no le tuve miedo, ni ante el horror de su aspecto ni ante la amenaza de sus rayos mortales. Pues en una cegadora llama blanca había entendido el por qué Meve MacDonnal había vuelto de su tumba para traerme la vieja cruz que había descansado en su seno durante trescientos años, acumulando en sí misma las fuerzas invisibles del bien y la luz que guerrean eternamente contra las formas de la locura y la sombra.
Mientras sacaba de mis ropas la vieja cruz, sentí desplegarse a mi alrededor gigantescas fuerzas invisibles en el aire. No era sino un peón en el juego… meramente la mano que sostenía la reliquia de santidad que era el símbolo de los poderes opuestos para siempre a los demonios de la oscuridad. Mientras la sostenía en alto, de ella saltó un solo dardo de luz blanca, insoportablemente pura, intolerablemente blanca, como si todas las temibles fuerzas de la Luz se hubieran combinado en el símbolo y se liberaran en una concentrada y única flecha de ira contra el monstruo de la oscuridad. Y con horrendo alarido el demonio retrocedió, encogiéndose ante mis ojos. Luego, con un gran batir de alas como de buitres, se lanzo hacia las estrellas, encogiéndose, encogiéndose entre el despliegue de los fuegos que ardían de los cielos atormentados, huyendo de vuelta al oscuro limbo que le hizo nacer, ¡sólo Dios sabe cuántos terribles eones antes!

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