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Filosofía

ANTON SZANDOR LaVEY

 
 
Anton Szandor LaVey.
(1930 – 1997)
 

Acompañado por tétricos acordes aparece Anton LaVey, sumo sacerdote de la Iglesia de Satán. Ataviado con una holgada capa carmesí, y cubriendo su calva con un capuchón oscuro con dos afilados cuernos esculpidos a partir de la osamenta de algún animal, parecía que el mismísimo personaje de Bram Stoker hubiera cobrado vida. Con el privilegio que le concede su ministerio infernal, desenvaina su espada mientras recita la invocación litúrgica para el “bautizo” de la criatura. Tiene cuatro años y su nombre es Zeena LaVey:

“Damos la bienvenida a una nueva criatura que nos hará compañía en el Sendero de la Oscuridad. No tengas miedo…”

 

 

Anton Szandor LaVey nació la noche del 11 de abril de 1930 en la ciudad de Chicago, aunque a muy temprana edad su familia se trasladaría hasta San Francisco. Sus seguidores mencionan que, como todo personaje excepcional que se precie, nació sentenciado bajo el signo astrológico de Aries, señal profética inequívoca de sus inclinaciones al macho cabrío… por aquello de los cuernos.

El pequeño Tony muestra una precoz curiosidad por todo lo relacionado con el mundo del ocultismo, algo que, según él, acabaría convirtiéndose en su principal obsesión. Es su abuela materna, Luba Kolton, quien le introduciría en el mundo de la superstición y de la magia, narrándole viejas leyendas de la tierra natal de sus ancestros: Transilvania.

Ávido por aprender, más que por deleitarse, con apenas doce años no sólo había leído los clásicos de terror como Drácula o Frankenstein, sino que estaba familiarizado con los rituales de algunos libros de magia. Sin embargo, afirma haber aprendido más con la lectura de aquellos relatos de fantasía que con cualquier obra esotérica. Su experiencia con los textos clásicos del Ocultismo sería muy negativa: “Leí todo cuanto caía en mis manos –recuerda- y a medida que iba leyendo iba desechando lo que leía”.

Siendo un muchacho enfermizo que no encontraba hueco en los juegos de equipo de sus compañeros, LaVey posee un magnetismo especial que logra atraer a los demás chicos. Es así como comienza a asumir el liderato de una pequeña pandilla, en la que él establece una serie de normas y contraseñas de juego parodiando a las sociedades secretas de los Templarios.

 

TOTEM Y TABÚ

 

Influido quizá por algunos de sus predecesores, como Aleister Crowley, cautivado por el sendero de lo prohibido, la atracción por el sexo y el ocultismo han estado íntimamente ligadas a las inquietudes de LaVey desde su más tierna infancia. La imagen arquetípica de la mujer, que desde los primeros capítulos del culebrón bíblico se convierte en musa de la insurrección frente al orden beatífico del Paraíso celestial, ejercerá una especial fascinación en la estética del Satanismo.

No es de extrañar que en los ceremoniales del culto satánico, LaVey sustituyese cirios y velones por hermosas mujeres desnudas que, convertidas en el mejor anzuelo para atraer clientela entre el gremio masculino, posibilitarían una fuente de ingresos nada despreciable vendiendo sus fotografías entre revistas “para hombres” en los años setenta. Aún hoy se comercializan algunas de estas imágenes en el mercado satánico.

Como toda neurosis obsesiva, la fascinación de LaVey por los encantos femeninos encuentra su origen en el jardín de la infancia: “Es muy interesante –escribe Freud en

sus Ensayos sobre teoría sexual – comprobar que bajo la influencia de la seducción puede el niño hacerse perverso; es decir, ser inducido a toda clase de exceso sexual.”

En el diván, LaVey rescata su primer devaneo con el sexo femenino. A la tierna edad de cinco años recuerda haber sido engatusado, con el señuelo de su ropa interior, por una niña de su misma edad hasta el interior de su alcoba. Antes de que el pequeño Tony tuviese oportunidad de renunciar a su inocencia infantil, la madre entró en el dormitorio y reprendió a su hija por tan precoces conductas de insinuación. Desde aquel día, LaVey reconoce su inclinación sexual fetichista.

Freud continúa argumentando que bajo la influencia de la seducción, y “tras la represión de estas tendencias, el niño conserva la curiosidad (perversa) de ver los genitales de otras personas como una compulsión que, más adelante, desencadenará su neurosis”.

Apenas cumplidos los once, LaVey acabará rememorando una segunda experiencia traumática.

Mientras recogía las botellas de leche vacías en la entrada de un edificio adyacente a un pabellón de baile cubierto (su padre trabajaba como repartidor de licores), descubre un pequeño boquete que alguien había perforado de forma tan precisa como para permitir atisbar el interior de los vestuarios femeninos. Al otro lado del tabique, una mujer que LaVey definiría como “interesante”, podía permitirse el lujo de contonear sus sinuosas curvas deleitando, sin saberlo, la indiscreción malsana del fisgón en turno. Y parece que aquella ocasión consiguió lago más: quebrantar la inocencia de aquel proyecto de hombre, sustituyéndola quizá por el temido complejo de castración.

Los primero años del la juventud del futuro Papa Negro no fueron fáciles. Marginado durante la pubertad, incapaz de encontrar compañeras con las que satisfacer sus concupiscencia adolescente, el joven LaVey recoge una copiosa cosecha de desengaños amorosos que acabarán arrastrándole hasta un amargo y dolorosa aislamiento.

 

El señor de las Bestias.

 

Conversando con un forastero que había llegado a la ciudad junto con la compañía circense en la que trabajaba, LaVey se siente cautivado por el estilo de vida bohemio que rodea a la trashumancia del mundo del espectáculo. En la primavera de 1947, Tony abandona su hogar e inicia un periplo de aventuras a bordo de una de las carretas del circo Clyde Beatty.

El joven LaVey comenzaría asumiendo su primera faena como cuidador de animales con los que, casi de inmediato, parece “sintonizar” de una manera especial. Afirma sentirse más reconfortado compartiendo su espacio vital con estos “gatos”, como él los llamaba, que con cualquier de sus congéneres, hasta el punto de que come y duerme con ellos compartiendo el estrecho recinto de sus jaulas. “Cuando estas tendido en el suelo junto a los leones –reflexiona LaVey-, notas su respiración en tu rostro, y no puedes dejar de olvidar que tu piel es tierna y que el instinto natural de la bestia es hincar sus dientes para desgarrarte la carne”.

De su experiencia conviviendo con las bestias del circo, LaVey acabaría adoptando a Tagore, un cachorro de león que se convertiría con el tiempo en un inseparable amigo.

Durante su etapa como domador de leones en el Clyde Beatty, LaVey tiene la oportunidad de conocer a Robert B. Johnson, redactor de la revista Weird Tales, con la que colaboraría asiduamente escribiendo relatos de terror.

Su travesía en la caravana circense apenas duraría medio año; lo suficiente como para que aquellos meses le reportara una dilatada experiencia en los ambientes marginales californianos de la época. En octubre de  1947, LaVey decide continuar sus andanzas

por los circuitos marginales, uniéndose a una barraca de feriantes instalados en Long Beach (California).

 

La contracultura Freak

 

Allí conocería a gente distinta que, excluida del resto de la colectividad social por sus “rarezas”, no habían tenido más remedio que ganarse la vida sacándole partido a sus defectos físicos, convirtiéndose en comediantes de su propia realidad. Los personajes más granados de la contracultura freak se daban cita en aquellas casetas de feria: el hombre con cabeza de alfiler, la mujer con cara de mula…

Contrariamente el resto de la sociedad, en la que una serie de cánones les excluye del sistema, el mundo feriante brinda una oportunidad a aquel colectivo de “gente rara”, donde son aceptados como parte de una “elite” que no necesita realizar el esfuerzo de desarrollar ningún tipo de habilidad artística para ganarse la vida. Su imagen les basta.

Quizá ese mundo feriante contribuyera alentando ese espíritu de insolencia y rebeldía frente al sistema establecido que profeso LaVey a través de su heterodoxia satánica. La inversión de la simbología y liturgia cristiana, que de desempeño un papel protagonista en las ceremonias de su Iglesia durante su primera época, pudo haber sido tan solo un pretexto para “provocar” a la masa social. En el prologo de la Biblia Satánica, Burton Wolfe reconoce una anécdota que invita especialmente a la reflexión y que resume una gran parte de los pilares básico de su filosofía: “Los sábados por la noche –recuerda La Vey de su pasado como organista – podías ver a cantidad de hombres contemplando con lujuria a aquellas muchachas semi desnudas que bailaban en la feria. Cuando al día siguiente, por la mañana, tocaba el órgano en el servicio dominical de los Evangelistas, volvía a ver a esos mismos hombres, ahora convertidos en padres de familia, acompañados junto con sus esposas e hijos. Descubrí entonces que la Iglesia cristiana se asienta en la hipocresía”.

El talento musical de LaVey gana popularidad entre propietarios de bares y clubes de alterne, lo que le permite pagarse sus estudios en la Universidad. En otoño de 1949, inicia la carrera de Criminología en el City College de San Francisco, colaborando como fotógrafo con el Departamento de Policía de la ciudad. Mujeres maltratadas, jóvenes muertos en accidentes de carretera, niños brutalmente asesinados… sitúan el nuevo contexto para sus reflexiones:

“Dios no existe –piensa LaVey tras contemplar el lado más oscuro de la naturaleza humana-. En el cielo no hay nadie que se preocupe por cuidar de las vidas de los seres humanos. El hombre es su único dios, y debería aprender a responder de sus acciones”. Quizá esta etapa como fotógrafo de homicidios surja en la mente de LaVey el tercero de sus cinco puntos doctrinales, según el cual debería volver a instaurarse la vieja Ley del Talión, en la que el criminal debe pagar por sus actos sin conciderar ningún tipo de indulgencia.

A mediados de la década de los cincuenta, LaVey entra en contacto con Madam Pleasant, dueña de conocida casa de citas californiana. Adquiere el local para convertirlo en la “Casa Negra” (Black House), el primer templo consagrado a Belcebú. Poco a poco, los conocimientos de Magia y Ocultismo de LaVey alcanzan cierta notoriedad entre las altas esferas del la burguesía norteamericana y la “Casa Negra” se convierte en un centro de reunión para excéntricos iconoclastas, en quienes el afán trasgresor y la rebeldía satánica se mezclaban a partes iguales.

Es así como en torno a la figura de LaVey comienza a gestarse una pequeña sociedad secreta, que centra su interés en el estudio del esoterismo y que sería conocida como el  “Circulo Mágico”. Más tarde, este grupo de intelectuales, en el que se daban cita

escritores, médicos y abogados, abraza la herética de LaVey integrando una nueva Iglesia.

 

Comienza el espectáculo…

 

Coincidiendo con la festividad de Walpurgis, la noche del 30 de abril al 1 de mayo de 1966, se inaugura la primera sede de la Iglesia de Satán, la Casa Negra de San Francisco. Engalanado para la ocasión, LaVey aparece con el cráneo afeitado y arropado por una voluminosa túnica que, junto a su siniestra mirada, contribuían a insuflar su histriónica habilidad para convertirse en embajador del infierno.

“Hemos levantado la primera Iglesia de Satán –declararía a la prensa de la época-, algo que va a romper el clásico concepto de lo que se ha entendido hasta ahora como una iglesia. La Casa Negra aspira a convertirse en un templo para la indulgencia, algo totalmente distinto a las iglesias que se han construido hasta ahora y que se han levantado con el propósito de convertirlo en templos para la abstinencia”.

Su singularidad acapararía la curiosidad de los medios de comunicación de todo el mundo. LaVey no los defraudo: el 1 de febrero de 1967 varios canales de televisión trasmitirían las primeras imágenes de una boda oficiada en la Casa Negra. El periodista John Raymond y su esposa Judith Case, pertenecientes a una familia de la alta burguesía norteamericana, fueron la primera pareja del mundo en contraer públicamente satánico matrimonio tras recibir la “bendición” del primer vicario de Satán.

En un principio, cuando comenzaron a aflorar los primeros análisis sobre este grupo, la liturgia ceremonial de la Iglesia de Satán fue concebida como una parodia blasfema de los ritos de la Iglesia Católica, proyectando un satanismo cuya razón de ser principal sería su rechazo visceral al “mensaje para débiles” que se recoge en los Evangelios. “¡Malditos sean los virtuosamente débiles – exclama LaVey en su particular interpretación de las ‘Bienaventuranzas’- pues ellos serán aplastados bajo las pezuñas del Diablo!”.

De este modo, y caricaturizando a la religión oficial, la parafernalia del satanismo se convierte en una parodia escénica que invierte el significado de los sacramentos que se ofician en la liturgia cristiana.

“En el bautismo satánico –explica LaVey-, en lugar de limpiar al niño del pecado original, nosotros preferimos ensalzar sus instintos naturales, glorificando su futura inclinación hacia la lujuria”.

A finales de ese mismo año, se celebraría el primer funeral satánico de la historia. La viuda de Edward Olse, un militar de la Marina norteamericana muerto en un accidente de tráfico, acudió a LaVey para que oficiase un funeral en memoria de su esposo. Nada pudo evitar la ceremonia; ni siquiera una carta enviada por el arzobispo de la capital al mismísimo presidente Nixon. Y es que la escena debió de ser bien curiosa, digna de formar parte del guión de uno de los largometrajes en los que se mezcla la comedia con el genero de terror. Mientras los oficiales de la Marina extendían la bandera estadounidense sobre el ataúd, el Papa Negro pronunciaba una parrafada elogiando al finado militar por haber escogido el “sendero del Diablo”. El sepelio finalizó con la habitual salva castrense de fusiles y al singular grito de ¡Hail Satán!

Sin embargo, en los siguientes años de la década de los setenta, la Iglesia de Satán se hace más selectiva a la hora de abrir sus puertas a los medios de comunicación y conceder entrevistas. LaVey reduce sus apariciones públicas hasta tal punto que circula el rumor de que ha muerto.

Iniciando una segunda etapa. El satanismo no se limitaría tan sólo a recrearse parodiando la liturgia cristiana: “Ya no había necesidad de hacer espectáculos ultrajando los símbolos de la religión católica –argumenta LaVey-. El cristianismo se debitaba día a día, era como un caballo muerto batiendo sus alas”. El satanismo de LaVey evoluciona nutriéndose de nuevos elementos, cuyo ceremoniales configurarían un psicodrama catártico. El altar del macho cabrío se convertiría en bandeja para anhelos y plegarias de los acólitos al “gran cabrón” que encontraran en el satanismo una válvula de escape para sus frustraciones.

A finales de los ochenta, LaVey cose algunos remiendos y sorprende a sus seguidores acotando la parcela del libre albedrío que predicaba su filosofía en sus inicios. Como cualquier otro sistema religioso, el paraíso satánico también tiene su fruto prohibido aunque en este caso, y a diferencia del cristianismo en el que se condenan inclinaciones humanas que son inevitables, la noción del “pecado” en el satanismo adopta un significado distinto. Se consideran “viciosas” actitudes como dejarse arrastrar por la estupidez cultivada por los medios publicitarios, la falta de perspectivas o de estética.

 

Un rebaño sin cabrón

 

Debido a una enfermedad que contrajo durante uno de sus viajes a Europa, LaVey sufre un paro cardíaco y fallece la mañana del 29 de octubre de 1997, sin que los médicos pudieran hacer nada por salvar su vida. “Sólo lamento las veces que he sido demasiado amable” fueron sus últimas palabras, inmortalizadas sobre la lápida de su sepultura.

 

 

 

 

 

                                                                        LAS NUEVE DECLARACIONES SATÁNICAS
 
  1. ¡Satán representa complacencia, en lugar de abstinencia!
  2. ¡Satán representa la existencia vital, en lugar de sueños espirituales!
  3. ¡Satán representa la sabiduría perfecta, en lugar de auto engaño hipócrita!
  4. ¡Satán representa amabilidad hacia quienes la merecen, en lugar de amor malgastado en ingratos!
  5. ¡Satán representa la venganza, en lugar de ofrecer la otra mejilla!
  6. ¡Satán representa responsabilidad para el responsable, en lugar de preocuparse por vampiros psíquicos!
  7. ¡Satán representa al hombre como otro animal, algunas veces mejor, la moyoría de las veces peor que aquellos que caminan en cuatro patas, el cual, por causas de su “divino desarrollo intelectual” se ha combertido en el animal más vicioso de todos!
  8. ¡Satán representa todos los llamados “pecados”, mientras lleven a la gratificación física, mental o emocional!
  9. ¡Satán ha sido el mejor amigo que la Iglesia siempre ha tenido, ya que la ha mantenido en el negocio todos estos años! 
 
 

HERMES

HERMES, EL MENSAJERO DE LOS DIOSES.

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HERMES~1 Hermes evoca la mitología, pero también la filosofía, la religión, el esoterismo, la literatura y el arte. Su imagen no es sólo la del mensajero alado de los dioses del Olimpo homérico, sino también la de la deidad de la Sabiduría, que ejerce como mediador entre los hombres y las esfera sobrenatural, asumiendo distintas funciones: padre de la alquimia y patrón de los interpretes de los textos sagrados, pero también de los ladrones, los tramposos y los comerciantes. Por otro lado aparece como poseedor de una ciencia secreta y <<psicopompo>> que guía las almas de los difuntos. Por lo tanto es un personaje complejo y ambiguo: una figura mítica y extraordinaria, a la que se le atribuye la autoría de obras literarias y filosóficas.

La evolución de la figura de Hermes-Mercurio responde al pensamiento filosófico antiguo, siempre atento a las correspondencias entre los distintos planos o niveles de realidad. Por ejemplo, no es casual que lo veamos como el protector de los viajeros, ya que el mismo es <<el eterno vagabundo>>, como lo define el estudioso Karol Kenényi. Esta versatilidad y movilidad están relacionadas con la fugacidad de su correspondencia astral. Como cuerpo celeste, Mercurio es uno de los planetas mas difícilmente observables. Al permanecer constantemente en las proximidades del sol, sólo se le ´puede ver en el crepúsculo o con el cielo ligeramente nublado. Su naturaleza mutable se halla en la base de las características simbólicas del propio dios: ambigüedad, volubilidad, elocuencia, destreza e inestabilidad.

Desde Virgilio a Bocaccio, lo vemos como el <<Señor de los vientos>>. Botticelli lo representó dirigiendo a las nubes en su obra “La primavera”, pero también como el guía de las Gracias, evocando un complejo conjunto de significados herméticos.

Los múltiples y cambiantes aspectos de Hermes encuentran un denominador común en dos características fundamentales: la primera es su función de guía y la segunda se refiere al dominio del lenguaje y de la interpretación, relacionada no sólo con la hermenéutica (el arte de descifrar textos), sino también con la habilidad para el engaño. Por eso, Platón afirma en Cratilo: <<El nombre de Hermes se asocia con la palabra, con el discurso; él es interprete y mensajero, aquel que roba con destreza, que engaña con discursos, que negocia en los mercados; en resumen, el maestro de todas las actividades basadas en la palabra>>.

DE LA LEYENDA A LA HISTORIA

El mito a destacado el rostro lunar de Hermes, conectado con el lado crepuscular del planeta Mercurio. Bajo este aspecto es <<Hijo de la oscuridad>>, que se opone al Prometeo solar. Si Hermes representa a la Sofía gnóstica (sabiduría), Prometeo simboliza la tecne (técnica). Pero estos opuestos se complementan. Prometeo enseña al hombre el uso del fuego, o la capacidad metalúrgica de modificar la materia (el lado práctico de la alquimia y la función del hombre como Homo faber), mientras que Hermes le desvela el mundo oculto y espiritual que trasciende al material, a través de la dimensión mística de la misma alquimia.

En la mitología griega, aparece como hijo de Zeus y Maya, la más joven de las Pléyades. Los relatos sobre su infancia describen cómo logró engañar y robar una manada de bueyes a Apolo, cómo invento la lira valiéndose de un caparazón de tortuga y también, obteniendo el perdón de Apolo a cambio de dicho instrumento musical, aprendió de éste el arte de la adivinación, convirtiéndose así en mensajero de Zeus. En el resto de las leyendas aparece como heraldo de los dioses, ejecutor de la voluntad divina o protector de los héroes.

El nombre de Hermes fue asignado por los griegos al egipcio Thot, el divino escriba de los dioses, mago y depositario de la sabiduría arcana, que ayudo a Isis a resucitar a Osiris. Y la fusión de Hermes con Thot dio a luz la figura de Hermes Trimegisto, el <<Tres veces grande>> de los latinos, que lo asimilaron también como al Mercurio romano.thot1

En su De natura deorum (Sobre la naturaleza de los dioses), Cicerón sostiene que existieron cinco Mercurios y que el último de ellos, desterrado del país del Nilo  después de haber matado a Argos, <<dio a los egipcios leyes y letras>> y tomó el nombre de Thot. La asimilación de éste con Hermes se hace oficial en el siglo III a. C. y es confirmada por un decreto de los sacerdotes en el año 196 a. C. Después de este decreto, los autores judíos identificaron a Thot-Hermes con Moisés, dando lugar a una tradición que se mantendría viva en Europa hasta el Renacimiento.

Thot-Hermes habría enseñado a los egipcios <<a navegar, a levantar piedras con grúas, a fabricar armas, bombas de desagüe y máquinas de guerra>>. A esta lista hay que añadir la enseñanza de la filosofía y astronomía, la música, la lira de tres cuerdas y el arte de la interpretación. A su vez, la identificación-fusión de Hermes con Thot, y la consiguiente atribución a Hermes Trimegisto de un vasta literatura de astrología, ciencias ocultas y filosofía gnóstica se remonta a Evemero (siglo III a. C.), para quien los personajes mitológicos habían sido seres humanos divinizados después de su muerte por la grandeza de sus actos heroicos.

Así nació la creencia de que Hermes era un personaje histórico real, acreditado y reforzado por el cristianismo, quien lo consideró un profeta, un ángel o un demonio, según las distintas corrientes. Bajo dicha influencia se le atribuyeron en lengua griega, que serian reagrupados bajo el nombre de “Corpus Hermeticum” y pondría los cimientos de la tradición denominada <<hermética>>.

TRES VECES GRANDE

La genealogía clasíca de este Herme-Thot-Mercurio se remonta al periodo helenístico y comienza con Thot. Según la leyenda, un hijo de este dios egipcio fue el padre del segundo Hermes, el Trimegisto, cuyo hijo fue Tat. Apolonio de Rodas lo convirtio en un antepasado de Pitágoras, Según otra tradición recogida por Plutarco, tambien la diosa Isis era hija de Hermes.

En cambio, en sus Instituciones divinas, el cristiano Lactancio sostiene en el siglo III d. C. que Hermes egipcio, <aunque solo fuese un hombre, tenía no obstante una gran antigüedad y estaba perfectamente dotado de toda clase de conocimiento; de manera que la sabiduria sobre muchos asuntos y artes le procuró el nombre de Trimegisto. Escribio gran cantidad de libros, referidos al conocimiento de las cosas divinas donde reivindica la majestad del supremo y único dios y hace mención de ello recurriendo a los mismos nombres que utilizamos nosotros: Dios y Padre>>.

clip_image001[11]Las numerosas referencias a Hermes contenidas en las obras de Lactancio se explican por el hecho de que lo consideraba un aliado en la lucha contra la cultura pagana. En el siglo IV, San Agustín afirmó que Hermes era sobrino segundo de un contemporáneo de Moisés. Pero condenó obras suyas como el Asclepius, tachándolas de idolátricas.

En cualquier caso, no deja de reconocer la antigüedad de Trimegisto, afirmando en su De Civitate Dei que había vivido << mucho antes que los sabios y filósofos griegos>> y que <<se hiso famoso como experto en muchas artes, que enseño también a los hombres, los cuales, por este motivo, creyeron que después de su muerte se habría convertido en un dios>>.

Otra tradición diferencia entre tres Hermes e identifica al primero con el patriarca Enoch, al segundo con Noé y al tercero con Hermes-Thot, que habría vivido en Egipto después del Diluvio. Según ésta, el apelativo de <<triple>> o de <<Tres veces grande>> se debería a que estaba en posesión de las <<Tres dignidades que Dios confería: Rey, Filósofo y Profeta>>. El propio Hermes la atribuye al hecho de que posee las tres partes de la sabiduría del mundo.

Si los testimonios de los Padres de la Iglesia servían para acreditar la existencia y la antigüedad de Hermes-Thot-Mercurio, en el Medievo se asiste a un doble proceso, por una parte dirigido a ridiculizar y demonizar su figura, pero por otra a admitirlo como modelo de virtudes cristianas, hasta el extremo de asociarlo a la imagen de Cristo.

La identificación con el Cristo-Logos es temprana. Si en la mitología griega aparecía a veces como dios de los pastores, los autores cristianos lo vieron como una prefigura profética del Buen Pastor. Su función de guía de las almas de los difuntos permitió también presentarlo como un arcángel y un equivalente del dios egipcio Anubis, la deidad-cánido que <<abre y muestra los caminos>>.

Otros autores cristianos lo retratan, en cambio, como un diablo. En el siglo IV, Sulpicio Severo narra como dos demonios se acercan a San Martín para atormentarlo: <<Uno de ellos era Júpiter, el otro Mercurio>>. Y Mercurio era el más peligroso para este autor, según el cual ¡el propio Satanás disfrutaba apareciéndose bajo esta identidad!

La tradición atribuye a Hermes una cantidad increíble de libros, estrellas y sellos. Clemente de Alejandría hablaba de 42 libros. El sacerdote egipcio Manetón le atribuyó 36,525 y Seleuco 20,000. Uno de los más misteriosos de este conjunto legendario sería el Libro de Thot, supuestamente redactado en época antediluviana, que contendría un ritual mágico capaz de trasformar al hombre en <<rey de la creación>>.

Un tema apreciado por la tradición alquímica, sobre todo árabe, explica como el primer Hermes o Thot, que vivió antes del diluvio, habría hecho construir las pirámides (y la Esfinge) para depositar allí los secretos de la Sabiduría. Esta tradición árabe distingue un primer Idris-Thot, iniciador de los misterios de la Sabiduría que grabó los principios de la Ciencia Sagrada en los jeroglíficos; un segundo Hermes, que habría vivido en Babilonia después del Diluvio e iniciado a Pitágoras; y el tercero, padre de la alquimia.

A esta basta literatura atribuida a Hermes pertenece la célebre Tabla Esmeralda, llamada así porque la leyenda sostiene que fue grabada por él mismo con una punta de diamante sobre una lamina de esmeralda. Dicha leyenda refiere que esta Tabla, escrita en árabe, habría sido descubierta por Alejandro Magno cuando consultó el oráculo de Amon en el oasis de Siwa, descubriendo allí la tumba de Hermes y en su interior dicha Tabla. Según otra versión del relato, el mismo texto habría sido descubierto en las cavidades de la Gran Piramida de Giza.

UNIFICADOR DE LOS CONTRARIOS

imagesCAUG7TJP El simbolismo de Hermes significa así tanto la dualidad como la unidad que la concilia y es, al mismo tiempo, lo material y lo espiritual, la fase de la formación del Andrógino hermético, compuesto de Azufre y Mercurio, macho y hembra, hermano y hermana, como nos recuerda las dos serpientes del caduceo de este dios, que se enroscan unificándose en torno a dicho cetro.

<<Cuando el alquimista habla de Mercurio>>, explica C. Jung en Psicología y Alquimia, <<se refiere exteriormente a la plata viva, pero interiormente al espíritu aprisionado en la materia, creador del mundo (…). Mercurio es la materia prima, el nigredo; como dragón se devora así mismo y también muere para resurgir como Lapis (Piedra Filosofal). Es el juego de colores de la cauda pavonis del Pavo Real y los cuatro elementos. Es el ser inicial hermafrodita, que después se escinde en la clásica pareja de hermano y hermana, para parecer en la figura radiante de lumen novum del Lapis. Es metal y no obstante liquido, materia y espíritu, frío y ardiente, veneno y bebida saludable, un <<símbolo unificador de los contrarios>>.