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Libros

LA ESPADACHINA – ROBERT E. HOWARD PART – 4 DE 4

4

Sus hermanas se encorvan para tejer

Y roen unas migajas de pan,

Pero ella lanza su caballo al galope, vestida con seda y acero,

Y sigue los tambores de sus sueños.

La Balada de Agnès la Negra

 

Una semana después del combate que se desarrolló en la alcoba de Etienne, Guiscard de Clisson y yo abandonamos la taberna El Jabalí Rojo para tomar la ruta que conducía hacia el este. Montaba un brioso alazán e iba ataviada como correspondía a un compañero de Giscard de Clisson. Llevaba un jubón de terciopelo y calzas de seda, con altas botas españolas; bajo el jubón, una fina cota de mallas de acero protegía mi cuerpo y un capacete pulido colgaba tras mi roja melena. Llevaba dos pistolas cruzadas a la cintura, y una espada colgaba envainada en una funda ricamente trabajada. Una gran capa de seda escarlata flotaba sobre mis hombros. Guiscard había comprado todo aquello, riendo al verme protestar ante su generosidad.

–Me lo devolverás todo con el botín que nos espera en Italia –replicó–. De todos modos, un compañero de Guiscard de Clisson debe partir a la guerra elegantemente ataviado.

A veces me preguntaba si la aceptación de Guiscard por considerarme como a un hombre era tan sincera como pretendía hacerme creer. Quizá alimentaba, secretamente, su primera idea… ¡pero poco importaba!

Aquella semana había sido completa. Cada día, durante varias horas, Giscard me había enseñado el arte de la esgrima. El mismo era considerado como una de las mejores espadas de Francia, y afirmaba que nunca había tenido un alumno tan aventajado como yo. Aprendí todas las delicadezas y las trampas de aquel arte, como si hubiera nacido para ello; mi rapidez de movimientos y mis ataques relampagueantes sacaban frecuentes juramentos de sorpresa de sus labios. En cuanto a lo demás, había aprendido a disparar, tanto con pistola como con arcabuz, y descubierto muchas artimañas mortales y asaltos muy eficaces para el combate cuerpo a cuerpo. Nunca un principiante tuvo un maestro tan eficiente, ni nunca un maestro tuvo un estudiante tan deseoso de aprender todo lo que tenía aquel oficio. Ardía en deseos de aprender. Tenía la impresión de haber nacido por segunda vez y descubrir un mundo totalmente nuevo…, sin embargo, yo estaba hecha para aquel mundo, desde que nací. Mi vida anterior parecía un sueño lejano que no tardaría en olvidar.

Así, muy temprano, aquella misma mañana, antes de que el sol naciera, montamos, en el patio de El Jabalí Rojo, mientras Perducas nos deseaba buen viaje. Cuando nos íbamos, alguien gritó mi nombre; vi un rostro muy pálido asomando de una de las ventanas del piso superior.

–¡Agnès! –gritó Etienne–. ¿Te vas sin decirme adiós?

–¿Por qué debía haber tanta ceremonia entre nosotros? –le pregunté–. Ninguno de los dos le debe nada al otro. Ni tenemos mucha amistad, que yo sepa. Estás lo bastante recuperado como para ocuparte de ti mismo; en consecuencia, ya no necesitas mis cuidados.

Y, sin decir nada más, sacudí las riendas del caballo y me lancé al lado de Giscard en la ruta que serpenteaba a través de los bosques. Me miró de soslayo y enarcó las cejas.

–Eres una mujer muy rara, Agnès la Negra –dijo finalmente–. Pareces ir por la vida como una de las Parcas, insensible, inmutable, llevando la tragedia y el destino. Creo que los hombres que te acompañen no se harán muy viejos.

No respondí y seguimos atravesando el bosque. El sol se alzó, inundando de oro las hojas de los árboles; las ramas se agitaban suavemente con la brisa del amanecer. Un ciervo atravesó con paso vivo el sendero ante nosotros y los pájaros cantaban llenos de la alegría de vivir.

Seguimos el camino que había seguido tras el combate en Los Dedos del Pícaro, sosteniendo a Etienne entre mis brazos. Pero, casi al mediodía, tomamos otro camino, más ancho, que derivaba hacia el sudeste. Habíamos recorrido muy poco trecho cuando Guiscard exclamó:

–¡Qué tranquilidad! ¿Por qué no será el hombre tan apacible como la naturaleza?

Poco después, añadió:

–¡Hola! ¿Quién anda ahí?

Un bribón que dormía bajo un árbol se despertó sobresaltado. Se incorporó, nos miró fijamente y, acto seguido, dándose la vuelta, echó a correr entre los enormes robles que bordeaban el camino y desapareció.

Apenas tuve tiempo para verle: era, aparentemente, un ladronzuelo con las ropas encapuchadas de un leñador.

–Nuestra apariencia marcial le ha atemorizado –dijo Guiscard riendo.

Sin embargo, una extraña inquietud se apoderó de mí, haciéndome mirar nerviosamente las verdes murallas que nos rodeaban.

–No hay ladrones en este bosque –murmuré–. No tenía razón alguna para huir así, sólo con vernos. No me gusta esto. ¡Escucha!

Un silbido agudo y estridente se elevó súbitamente en el aire, saliendo de entre los árboles. Algunos instantes más tarde, otro silbido respondió al primero, más lejano, hacia el este, apagado por la distancia. Prestando oídos, me pareció escuchar un tercer silbido, todavía más lejano.

–No me gusta esto –repetí.

–Un pájaro llamando a su compañera –se burló.

–Nací y me crié en los bosques –respondí, impaciente. No se trata de pájaros. Son hombres intercambiando señales, ocultos entre los árboles. No sé decir por qué, pero estoy segura de que se relaciona con ese rufián que huyó nada más acercarnos.

–Tienes el instinto de un viejo soldado –dijo Guiscard riendo. Se quitó el casco, pues hacía mucho calor, y lo ató al arzón de la silla–. Desconfiada… Siempre en vela…, muy bien. Pero no malgastes tanta reserva en estos bosques, es inútil, Agnès. Yo no tengo enemigos en esta región. Soy muy conocido por aquí y sólo cuento con amigos. Y, como no hay forajidos en el bosque, no hay nada que debamos temer.

–Te aseguro –protesté, mientras seguíamos nuestro camino– que tengo el funesto presentimiento de que se está preparando algo. ¿Por qué ha huido ante nosotros ese ladronzuelo y ha avisado a sus compañeros ocultos de que estábamos llegando? No sigamos por esta ruta, tomemos un camino forestal.

Nos alejábamos del lugar en que oímos el primer silbido y entrábamos en un valle de terreno accidentado, cruzado por un río poco profundo. La ruta se ensanchaba ligeramente, aunque sin dejar de estar rodeada por los árboles y una tupida espesura. Al lado izquierdo, muy cerca del camino, los arbustos eran muy abundantes. A la derecha estaban más diseminados, bordeando un arroyuelo cuya orilla opuesta se hallaba a los pies de abruptos acantilados. El espacio invadido por las ramas, entre el camino y el arroyo, podía tener cien pasos de ancho.

–Agnès, hija mía –decía Guiscard–, te repito que estamos tan seguros como…

¡Craac! Con el sonido de un trueno una salva retumbó en la espesura a nuestra izquierda, cubriendo el camino con un humo espeso. Mi caballo lanzó un gemido de dolor y tropezó. Vi a Guiscard de Clisson alzar las manos y caer hacia atrás sobre su silla. Acto seguido, su montura se encabritó y cayó sobre él. Vi todo aquello en un instante fugitivo, pues mi caballo se lanzó con una velocidad frenética a través de la fragosidad del monte por la parte derecha de la ruta. Una rama me golpeó violentamente y me derribó por tierra, donde quedé tendida, medio desmayada, oculta por la espesura.

Al estar en el suelo no podía ver el camino por lo espeso de la vegetación, pero pude escuchar unas voces brutales y exclamaciones groseras; a continuación, el ruido de unos pasos precipitados, como de hombres que salieran de sus escondrijos y corrieran por el sendero.

–¡Tan muerto como Judas Iscariote! –bramó uno de ellos–. ¿Qué ha sido de la chica?

–Tu caballo se ha ido hacia allí. ¡Mirad, está cruzando el arroyo, chorreando sangre! ¡La chica no lo monta! Ha debido caerse entre los arbustos.

–Lástima que no tengamos que capturaría viva –dijo un tercero–. Nos habría divertido un poco. Pero el duque nos ha dicho que no corramos ningún riesgo. ¡Ah, ahí llega el capitán de Valence!

Un retumbar de cascos se escuchó al otro lado del camino y el jinete observó:

–He escuchado el disparo. ¿Dónde está la chica?

–Muerta, entre la espesura –le respondieron–. E] hombre está aquí.

Un breve silencio. A continuación:

–¡Abortos del Infierno! –rugió el capitán–. ¡Imbéciles! ¡Desgraciados! ¡Perros! ¡Éste no es Etienne Villiers! ¡Habéis asesinado a Guiscard de Clisson!

Confusas protestas se dejaron oír, al igual que maldiciones, acusaciones y negaciones, dominadas por la voz de aquél a quien llamaban de Valence.

–Estoy seguro, ¡reconocería a de Clisson incluso en el Infierno! Es él, seguro, aunque su cabeza no sea más que un amasijo sanguinolento, ¡Malditos imbéciles!

–No hemos hecho más que obedecer las órdenes –rezongó otro–. Cuando oísteis la señal, nos apostasteis en emboscada y nos ordenasteis abatir a quienes avanzaran por el camino. ¿Cómo podíamos reconocer al que debíamos matar? Nunca dijisteis su nombre; nuestro trabajo no consistía más que en abatir al hombre que nos dijeseis. ¿Por qué no os quedasteis con nosotros para certificar el trabajo?

–¡Porque así sirvo mejor los intereses del duque, imbécil! –aulló duramente de Valence–. Soy demasiado conocido. No podía correr el riesgo de que alguien me viera y me reconociese… si es que la emboscada fracasaba.

Empezaron a echarse la culpa unos a otros. Oí un golpe violento y un gemido de dolor.

–¡Perro! –juró de Valence–. ¿No diste tú la señal de que Etienne venía en esta dirección?

–¡No es culpa mía! –aulló el pobre diablo, un campesino a juzgar por su acento–. No le conocía. El tabernero de Los Dedos del Pícaro me dijo que estuviese atento al hombre que viajaba acompañado por una muchacha vestida con ropas masculinas. Así que, cuando la vi con el soldado, pensé que era Etienne Villiers sin lugar a dudas… ¡Aaaah…, no, piedad!

Retumbó una detonación seguida de un grito estrangulado y el ruido de un cuerpo al caer al suelo.

–Si el duque se entera de esto, nos colgará –se le oyó decir al capitán–. Guiscard gozaba del favor del vizconde de Lautrec, gobernador de Milán. D’Alençon nos ahorcará para congraciarse con el vizconde. Debemos salvar la piel. Arrojemos los cuerpos al arroyo y así nadie sabrá nada. Dispersaos y buscad el cuerpo de la chica. Si todavía está viva, debemos hacerla callar para siempre.

Al oír aquellas palabras empecé a arrastrarme, alejándome y abriéndome paso hacia la corriente de agua. Mirando hacia el otro lado del arroyo, vi que la orilla opuesta era poco elevada y lisa, cubierta por la espesura y rodeada de acantilados como ya he dicho, donde me pareció ver la entrada de un desfiladero. Quizá pudiera escapar por allí. Reptando hasta el borde del agua, me levanté rápidamente y corrí sin hacer ruido hacia la corriente: el arroyo se desplazaba sobre un lecho rocoso y era poco profundo. El agua apenas me llegaba a las rodillas. Los rufianes se habían dispersado, formando un arco, y daban una batida por la espesura. Les oía a mis espaldas y a ambos lados de mí. Súbitamente, uno de ellos empezó a gritar, como un perro que encuentra su presa.

–¡Allí, está huyendo! ¡Deténte, maldita seas! Retumbó una detonación y una bala de arcabuz pasó silbando junto a mi oreja, pero seguí corriendo tan deprisa como podía. Se lanzaron en mi persecución corriendo entre los arbustos y lanzando alaridos…, eran una docena, con mallas y armadura, con la espada en la mano.

Uno de ellos salió de entre la espesura, muy cerca del arroyo, mientras yo avanzaba a duras penas por el agua. Temiendo una estocada en la espalda, me di media vuelta y le esperé en medio de la corriente. Entró impetuosamente en las aguas, chapoteando como un toro. Era un rufián enorme, con espesas patillas; me lanzó una estocada y un alarido.

Cruzamos nuestros aceros, lanzando estocadas y fintas, atacando, contraatacando y deteniendo golpes con el agua hasta las rodillas. Yo estaba en desventaja, pues la corriente entorpecía mis movimientos, de ordinario relampagueantes. Su espada golpeó violentamente en mi casco, produciendo chispas delante de mis ojos. Al ver que los otros llegaban en su auxilio, puse todas mis fuerzas en un ataque feroz y hundí la espada entre sus dientes tan ferozmente que la punta apareció por su nunca y tintineó al chocar contra su casco.

Saqué la hoja con un vivo giro al tiempo que se derrumbaba, tiñendo de púrpura las aguas del arroyo. En el mismo instante, una bala de pistola me alcanzó en el muslo. Tropecé y recuperé el equilibrio, consiguiendo salir a trompicones del agua. Me arrastré sobre la orilla. Los espadachines se lanzaron al agua, profiriendo amenazas y blandiendo las espadas. Algunos me dispararon, pero apuntaron mal y conseguí llegar hasta el acantilado, arrastrando la pierna herida. Tenía la bota llena de sangre y apenas sentía la pierna.

Me hundí entre la espesura, hacia la entrada de la cañada; luego, me inmovilicé. Una helada desesperanza hizo presa en mi corazón. Estaba cogida en una trampa. No era de un desfiladero de lo que había visto la entrada, sino una simple grieta, aunque bastante ancha; la grieta seguía apenas unos pasos, para luego irse estrechando y convertirse en una angosta fisura en la pared rocosa. Formaba casi un triángulo cuyas paredes eran demasiado altas y abruptas para que pudiera escalar por ellas, con la pierna herida o no.

Los espadachines se dieron cuenta de mi desesperada situación y se acercaron lanzando gritos de triunfo. Dejándome caer sobre la rodilla indemne, detrás de las matas de la entrada de la grieta, alcé la pistola y abatí al primero de aquellos rufianes de un balazo en la cabeza. Aquello detuvo momentáneamente su asalto y se dispersaron para ponerse a cubierto. Los que todavía se hallaban en la otra orilla se retiraron hacia los árboles, mientras que los que habían cruzado el río se protegían entre las matas cerca de la orilla.

Recargué la pistola y quedé a la espera, mientras se insultaban entre ellos y empezaban a disparar los arcabuces hacia el lugar donde me había refugiado. Pero las pesadas balas silbaron al pasar por encima de mi cabeza, o se aplastaron en la pared rocosa. Vi a uno de aquellos rufianes correr a la descubierta, encogido, hacia un matojo más cerca de mi escondrijo, y le alojé una bala en el cuerpo; sus compañeros empezaron a gritar invectivas sanguinarias y dispararon a discreción. Pero la distancia era demasiado grande para los que se encontraban en la orilla opuesta, y los otros no podían apuntar con precisión, por miedo a descubrirse.

Uno de ellos gritó al poco:

–¡Malditos bastardos! ¡Seguid algunos de vosotros el curso de agua! Buscad un lugar por el que se pueda trepar el acantilado… ¡así podréis disparar contra ella desde arriba!

–¡Eso no servirá de nada! ¡No podemos cruzar sin descubrirnos! –respondió de Valence desde su escondite–. ¡Y dispara con una precisión diabólica! ¡Esperemos! ¡La noche está a punto de caer! En la oscuridad, no podrá apuntar. De todos modos, esta cogida como una rata. Cuando esté tan oscuro que no pueda vernos, atacaremos y acabaremos con este asunto. La muy zorra está herida, lo sé. ¡Esperemos el momento adecuado!

Disparé al azar un tiro lejano, apuntando a los arbustos de donde provenía la voz del capitán. Por la sarta de blasfemias que llegó hasta mí, pude averiguar que la bala había pasado lo bastante cerca como para darle más miedo que mil diablos. Siguió un período de espera, marcado ocasionalmente por el disparo de un arcabuz desde los árboles. La pierna me dolía atrozmente y me rodeaba una nube de moscas. Al principio, el sol impactaba violentamente en mi refugio; luego, se retiró y pude disfrutar de una sombra muy agradable. Pero el hambre me atenazaba; la sed se hizo tan ardiente que me hizo olvidar el hambre. El hecho de tener el arroyo a pocos pasos y oír el suave chapoteo del agua estaba a punto de volverme loca. Y la bala en el muslo me dolía de un modo tan atroz que me decidí a extraería con ayuda de mi daga. Una vez hecho, taponé la herida con un amasijo de hojas.

No veía ninguna salida. Aparentemente, iba a morir allí…, y conmigo desaparecían todos mis sueños de gloria, de magnificencia, de aventuras brillantes y exultantes. Los tambores cuyo retumbar había pretendido seguir parecían apagarse e irse cada vez más lejos, como un clamoreo lejano, sin dejar tras ellos más que las cenizas moribundas de la muerte y el olvido.

Sin embargo, cuando me enfrenté con mi alma en busca del miedo, no lo encontré, y sí en cambio hallé resentimiento y una cierta tristeza. Más valía morir así que vivir y envejecer como todas las mujeres a las que había conocido. Pensé en Guiscard de Clisson, yaciendo junto al cadáver de su caballo, con la cabeza bañada en sangre. Lamenté amargamente que la muerte le hubiera sorprendido de un modo tan lamentable y que su muerte no llegara como a él le hubiese gustado…, en un campo de batalla, con la bandera de su rey ondeando por encima de su cabeza y las fanfarrias de las trompetas atronando en sus oídos.

Las horas pasaban lentamente. En un momento dado me pareció escuchar el galope de un caballo, pero no tardó en desaparecer. Cambié de lugar mi cuerpo dolorido y maldije contra los mosquitos, deseando que mis enemigos se lanzaran al asalto mientras todavía había algo de luz que me permitiera apuntar.

Luego, en el momento en que les escuchaba empezar a preguntarse, en la noche creciente, una voz –por encima de mí y a mis espaldas– me hizo volverme vivamente, alzando las pistolas. Creí que al fin habían escalado el acantilado para pillarme por la retaguardia.

–¡Agnès! –La voz era apenas un susurro e insinuaba una plegaria–. ¡No dispares, por amor de Dios! ¡Soy yo, Etienne!

Los arbustos se abrieron y un rostro pálido me miró por encima del borde del acantilado.

–¡Ocúltate, loco! –exclame–. ¡Van a matarte como a un pichón!

–No pueden verme desde donde están –me confirmó–. Habla en voz baja, muchacha. Mira, voy a dejar caer una cuerda. Tiene nudos. ¿Puedes, trepar? Con un único brazo indemne, no podré serte de mucha ayuda.

Me inflamó una súbita esperanza.

–¡Sí! –silbe–. Deja caer la cuerda y átala fuerte. Les estoy oyendo cruzar el arroyo.

En el seno de las cada vez más profundas tinieblas, vi una cuerda reptilesca que bajaba por el acantilado; la así con impaciencia. Enrollando la rodilla sana alrededor de la cuerda, subí lentamente a pulso. Era un esfuerzo penoso; el extremo inferior de la cuerda colgaba libremente y yo no dejaba de dar vueltas como si fuera un péndulo. Además, todo el trabajo debía realizarlo sólo con las manos, pues la pierna herida estaba tan tiesa como la vaina de una espada. De todos modos, mis botas españolas no eran lo más adecuado para aquel tipo de escalada.

Sin embargo, conseguí llegar hasta lo alto y me asomé por el borde de la pared rocosa. En aquel momento el prudente crujido del cuero sobre la arena y los chasquidos del acero me hicieron saber que los espadachines se reunían para acercarse a la entrada de la grieta, preparándose para el asalto final.

Etienne subió la cuerda velozmente y me hizo un gesto para que le siguiera. Me señalaba un camino entre la espesura y me hablaba en voz baja y rápida y con un tono excitado:

–Oí los disparos cuando seguía el camino; dejé mi caballo atado a un árbol, en el bosque, y seguí a pie, acercándome sin hacer ruido para ver lo que pasaba. Vi a Guiscard, tirado en el camino, muerto. Comprendí, por los gritos de los espadachines, que estabas rodeada y que tu situación era bastante comprometida. Volví al camino sin pérdida de tiempo; seguí, a caballo, el arroyo, buscando un lugar desde el que pudiera llegar a lo alto del acantilado. Encontré un vado, Con mi capa, hice una cuerda, desgarrándola y entrelazándola con el cinturón, las riendas y las bridas. ¡Escucha!

A nuestras espaldas y por debajo de nosotros se alzó un clamor enloquecido…, un furioso concierto de aullidos y juramentos.

–¡D’Alençon no se contentará si no es con mi cabeza! –murmuró Etienne–. Pude escuchar a esos rufianes mientras estaba escondido entre los árboles. Cada ruta de los alrededores de Alençon está siendo vigilada por bandas como ésta desde que el maldito posadero le reveló al duque que había vuelto a esta parte del reino de Francia. Ahora también te perseguirán a ti con el mismo encarnizamiento. Conozco a Renault de Valence, el capitán de esos soldados. Mientras esté con vida, la tuya estará amenazada, pues intentará con todas sus fuerzas hacerte desaparecer…, pues tú eres la única prueba de que sus esbirros asesinaron a Guiscard de Clisson. ¡Ah, ahí está mi caballo! Deprisa…, ¡es inútil que nos retrasemos!

–¿Por qué me has seguido? –le pregunté.

Se volvió y me miró a la cara, con la suya ensombrecida y pálida en la noche cerrada.

–Te equivocaste al declarar que no quedaba ninguna deuda entre nosotros –me dijo–. Te debo la vida. Por mí luchaste contra Tristan Pelligny y sus matones. ¿Por qué sigues odiándome? Lograste una justa venganza por mi infamia. Consentiste en que Guiscard de Clisson fuese tu compañero. ¿Puedo ahora ir contigo y luchar a tu lado?

–Como compañero, sea, pero nada más –repliqué–. Acuérdate de una cosa…: ya no soy una mujer.

–Seremos hermanos de armas –aceptó.

Extendí la mano, él la suya, y nuestros dedos se fundieron por un instante.

–Una vez más, debemos contentarnos con un solo caballo –dijo, riendo, recuperando la labia y la alegría de otros momentos–. Vayámonos antes de que esos perros encuentren el modo de llegar hasta aquí. D’Alençon hace vigilar todos los caminos que conducen a Chartres, París y Orleans, ¡pero el mundo nos pertenece! Estoy convencido de que nos esperan horas gloriosas, aventuras, guerras y botín hasta hartarnos! ¡Vayamos a Italia y lancemos un grito de victoria por las aventuras intrépidas!

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LA ESPADACHINA – ROBERT E. HOWARD PART -3 DE 4

3

Más allá de las vigas roídas por los ratas, las sórdidas cabañas de los campos:

Por encima del lamento de las ruedas de la carreta arrastrada por los bueyes sobre el suelo endurecido, escucho el retumbar de tambores lejanos que me llaman noche y día.

Hacia rutas por las que cabalgan capitanes envueltos en hierro y cubiertos de rosas, Con banderas que ondean en el aire, teñidas dc escarlata…

¡Al otro lado del mundo!

Tambores en mis oídos

Una mañana entré en la sala comunal tras haber paseado desde muy temprano en el bosque y me inmovilicé al ver a un desconocido instalado en una mesa, dedicado a roer a dentelladas un grueso hueso de buey. El hombre dejó de comer y me miró fijamente. Era un hombre grande y fuerte, de hombros cuadrados. Una larga cicatriz señalaba sus demacradas facciones y sus ojos grises tenían la misma frialdad del acero. A decir verdad, era un hombre envuelto en acero; llevaba coraza, quijotes y perneras metálicas. Su gran espada estaba cruzada sobre sus rodillas, el capacete sobre el banco a su lado.

–¡Por Dios! –exclamó–. ¿Eres un hombre o una mujer?

–¿Tú qué crees? –repliqué, apoyando las manos sobre la mesa y bajando la mirada hacia él.

–Sólo un imbécil haría la pregunta que acabo de hacerte –dijo con un movimiento de cabeza–. Tienes todos los atributos de la mujer; sin embargo, esa ropa parece adecuada…, en cierto modo extraño. Lo mismo que la pistola que llevas al cinto. Me recuerdas a una mujer que conocí hace tiempo; andaba y luchaba como un hombre; murió en un campo de batalla, atravesada por la bala de una pistola. Sin embargo, no era atractiva; tú eres bella y seductora; pero hay algo en ti, sin embargo, que te hace parecida a ella, algo en tu silueta, en tu aspecto…, no, no sé… Siéntate y hablemos un poco. Me llamo Guiscard de Clisson. ¿Has oído hablar de mí?

–Más de una vez –respondí sentándome–. En mi aldea natal se cuentan muchas historias sobre ti. Eres el jefe de los mercenarios y de los Compañeros Francos.

–Cuando los hombres tienen estómago como para seguirme –dijo, volviendo a comer y señalando la jarra de vino–. ¡Ah, por las tripas de Judas, bebes como un hombre! ¡Quizá las mujeres se estén convirtiendo en hombres en estos tiempos, pues ya hay muchos hombres que se han convertido en mujeres! Todavía no he enrolado a nadie en esta provincia, mientras que antes, todavía lo recuerdo, los hombres peleaban para tener el honor de seguir a un capitán de mercenarios. ¡Muerte de Satanás! Ahora que el Emperador reúne a sus malditos lansquenetes para atacar a de Lautrec y echarle de Milán, cuando el rey más necesita soldados, sin hablar del rico botín que espera en Italia, todo francés robusto debía ponerse en marcha hacia el sur, ¡por Dios! ¡Ah, el valor y la fuerza de los hombres de antaño!

Mientras examinaba a aquel veterano de rostro marcado por las guerras y oía sus palabras, los latidos de mi corazón se aceleraron, llenándome de un extraño deseo. Tuve la impresión de escuchar, como había escuchado tan a menudo en mis sueños, el lejano retumbar de los tambores.

–¡Iré contigo! –grité–. Estoy cansada de ser una mujer. ¡Formaré parte de la compañía!

Se echó a reír y dio una sonora palmada en la mesa, como si hubiera oído una buena broma.

–¡Por San Denis, muchacha –exclamó–, tienes el ardor necesario, pero hacen falta algo más que un par de pantalones para ser un hombre!

–Si esa mujer de la que hablabas era capaz de ir al combate, ¡yo también! –exclamé a mi vez.

–No. –Sacudió la cabeza–. Margot la Oscura de Avignon era un caso único, una entre un millón. Olvida esas fantásticas ideas, hija mía. Vuelve a ponerte faldas y conviértete en una mujer como las demás. Cuando hayas alcanzado el puesto que te corresponde, con lo guapa que eres, a fe mía… ¡que me encantará que vengas conmigo!

Dejando escapar un juramento que le hizo sobresaltarse, me levanté de un salto, echando el banco hacia atrás, derribándolo sonoramente. Me planté en pie ante él, apretando y levantando los puños, sintiendo que la rabia me invadía.

–¡Siempre el hombre en un mundo de hombres! –siseé entre dientes–. Una mujer debe saber cuál es su puesto: ordeñar vacas, hilar lana, coser, cocer el pan y tener hijos. Sobre todo, no debe mirar más allá del umbral de su casa, ni apartarse de las órdenes de su amo y señor. ¡Bah! ¡Escupo sobre todos vosotros! ¡No hay un hombre vivo que pueda enfrentarse a mí con las armas en la mano y sobre–vivir! Y antes de morir se lo demostraré al mundo entero. ¡Mujeres! ¡Vacas! ¡Esclavas! Siervas temerosas que gimen y se arrastran… que inclinan la espalda bajo los golpes y se vengan… matándose con sus propias manos, como mi hermana me proponía que hiciera yo misma. ¡Ja! ¿Me niegas un sitio entre tus hombres? Por Dios, viviré como quieras y moriré como el Señor lo desee, pero si no soy digna de ser la camarada de un hombre, menos lo soy de ser su amante. ¡Así que vete al infierno, Guiscard de Clisson, y que el diablo te arranque el corazón!

Con aquellas palabras, di media vuelta y me fui a toda marcha, dejándole con la boca abierta a mis espaldas.

Subí la escalera y entré en la alcoba de Etienne; le encontré tendido en la cama, casi curado, aunque todavía pálido y débil. Sin duda, aún le quedaban varias semanas de convalecimiento.

–¿Cómo te sientes? –le pregunté.

–Bastante bien –respondió. Tras considerarme durante un instante, añadió–: Agnès, ¿por qué me perdonaste la vida cuando estabas dispuesta a matarme?

–Lo hizo la mujer que hay en mí –le contesté de mala gana–, que no puede soportar que un ser indefenso pida perdón.

–Merecía la muerte –murmuró– más que Thibault. ¿Por qué me has cuidado, por qué te has ocupado de mi?

–No quería que cayeras en manos del duque por mi culpa –le contesté–, pues fui yo quien, involuntariamente, te traicionó. Ahora que me has preguntado todo lo que querías, te preguntaré una sola cosa: ¿por qué eres tan canalla?

–Sólo Dios lo sabe –me dijo, cerrando los ojos–. Nunca he sido otra cosa, por lo menos hasta dónde recuerdo. Me acuerdo perfectamente de los vertederos de las calles de Poitiers donde, de niño, robaba mendrugos de pan y mendigaba unas monedas; allí aprendí a desenvolverme y a vivir. He sido soldado, contrabandista, chulo, matón, ladrón… siempre un oscuro canalla. Por San Denis…, algunas de mis acciones son tan negras que no te las puedo revelar. Y sin embargo, en alguna parte, de cierto modo, siempre ha habido un Etienne Villiers, oculto en lo más profundo del ser que soy, que no ha sido afectado por mi otra naturaleza. Ahí adentro subsisten los remordimientos y el miedo, las cosas que me hacen sufrir. Por eso te supliqué que me perdonaras cuando debía recibir la muerte con alegría…, y ahora, entendido esto, estoy diciéndote la verdad cuando lo que debía hacer es contarte mentiras para seducirte. ¡Ojalá el Cielo quisiera que sólo fuese un santo o un canalla!

En aquel instante, un ruido de pasos pesados retumbó en la escalera, junto con el sonido de unas voces brutales. Salté para echar el cerrojo de la puerta al escuchar el nombre de Etienne junto con un alarido. Me detuvo con un gesto de la mano, con el oído atento; se dejó caer hacia atrás con un suspiro de alivio.

–No; he reconocido la voz. ¡Entrad, compañeros! –gritó.

Una banda de rufianes de mala cara irrumpió en la habitación; aquellos hombres eran conducidos por un canalla de vientre inmenso, con unas botas gigantescas. A sus espaldas, avanzaban cuatro hombres, vestidos con harapos, cubiertos de cicatrices, con las orejas cortadas, los ojos cubiertos por parches y las narices aplastadas. Me miraron amenazadoramente y luego lanzaron furibundas miradas al hombre postrado en la cama.

–Vamos, Etienne Villiers –dijo el hombre tripudo–, ¡al fin te encontramos! Es menos fácil escapar de nosotros que del duque de Alençon, ¿no es verdad?

–¿Qué dices, Tristán Pelligny? –preguntó Etienne, con una sorpresa apenas disimulada–. ¿Habéis venido a saludar al compañero herido o…?

–¡Hemos venido a pedirle cuentas a una rata! –rugió Pelligny. Se volvió y señaló con un gesto teatral a su banda de miserables, señalando con un índice mugriento a cada uno de ellos–. ¿Ves quién está aquí, Etienne Villiers? Jacques el Verrugas, Gastón el Lobo, Jehan el Desojerado y Conrad el Germano. Y yo mismo, con lo que sumamos cinco. Hombres de bien, cierto; antiguos compañeros… ¡venidos a juzgar a un infame asesino!

–¡Estáis locos! –exclamó Etienne, apoyándose sobre los codos–. Cuando estaba con vosotros, ¿acaso no soporté siempre la parte que me tocaba, aceptando el penoso trabajo y los peligros de la vida del ladrón, compartiendo lealmente el botín con vosotros?

–¡No se trata del botín! –bramó Tristán–. Hablamos de nuestro compañero Thibault Bazas, cobardemente asesinado por ti en la taberna Los Dedos del Pícaro.

Etienne abrió la boca; dudó, me lanzó una mirada sorprendida y cerró la boca. Yo di un paso hacia adelante.

–¡Idiotas! –exclamé–. Él no asesinó a ese puerco de Thibault. ¡Yo fui quien lo hizo!

–¡San Denis! –dijo Tristán lanzando una risotada . ¡Eres la chica disfrazada de hombre de la que nos habló la fregona! ¿Que tú mataste a Thibault? ¡Ja! Una buena mentira, pero nada convincente para alguien que conociera a Thibault. La criada nos dijo que oyó los ruidos de la pelea; aterrada, huyó hacia el bosque. Cuando se atrevió a volver, Thibault estaba tirado en el suelo, muerto; Etienne y la chica que iba con él se habían ido juntos al galope. No, esto está claro, Etienne mató a Thibault, sin duda por esta zorra, precisamente. Cuando hayamos arreglado cuentas con Etienne, nos ocuparemos de su amante, ¿no os parece, camaradas?

Gritos de aprobación y bromas obscenas le respondieron.

–Agnès –dijo Etienne–, llama a Perducas.

–¡Hazlo y te mando al Infierno! –exclamó Tristán–. De todos modos, Perducas y todos sus criados están fuera, en los establos; están curando al jamelgo de Guiscard de Clisson. Habremos terminado cuando vuelvan. Vamos, coged a ese traidor y echadle sobre ese banco. Antes de rebanarle la garganta voy a cortarle con el cuchillo algunas otras partes de su cuerpo.

Me echó hacia un lado con desprecio y avanzo con pasos largos hacia el lecho de Etienne, seguido por los demás. Etienne intentó levantarse; Tristán le asestó un puñetazo, haciéndole caer de nuevo sobre la cama. En aquel momento, la habitación se tiñó de rojo para mis ojos y todo dio vueltas a mi alrededor. De un salto, sostuve la espada de Etienne en mis manos; al contacto de su empuñadura, una fuerza y seguridad desconocida corrieron como fuego por mis venas.

Lanzado un grito de feroz alegría, me lancé sobre Tristán. Se volvió vivamente, boqueando y buscando torpemente su propia espada. Puse fin a sus balidos hundiendo la espada en su cuello y destrozándole los músculos. Cayó a tierra, escupiendo un río de sangre; su cabeza se unía a su cuerpo por unos pocos jirones de carne. Los otros rufianes empezaron a aullar, como si fueran una jauría de perros, y se lanzaron sobre mí, impulsados por el miedo y la cólera. Recordando bruscamente la pistola que llevaba a la cintura, la saqué velozmente y disparé a bocajarro en la cara de Jacques, haciendo saltar su cráneo y transforman–do sus facciones en un amasijo sanguinolento. Entre el humo que llenó súbitamente la habitación, los otros se lanzaron sobre mí, bramando obscenos juramentos.

Las cosas para las que hemos nacido…, las hacemos con naturalidad, con talento, y no hace falta ninguna enseñanza. Yo, que nunca antes había tenido una espada entre las manos, la manejaba con un instinto que no había conocido hasta entonces, como si tuviera algo vivo entre mis dedos. Me di cuenta de nuevo que mi agudeza visual y mi rapidez de movimientos –tanto de las manos como de los pies– no podían ser igualados por la de aquellos estúpidos rufianes. Lanzaban aullidos y golpeaban el aire al azar, malgastando la energía de sus movimientos, como si sus espadas fueran navajas. Por mi parte, golpeaba observando un silencio mortal, con una precisión e infalibilidad igualmente mortales.

No conservo muchos recuerdos de aquel combate; todo pasó en medio de una bruma escarlata y de ello me quedan sólo algunos detalles. El curso de mis ideas era demasiado rápido para que mi cerebro pudiera registrarlo; no sé nada realmente, salvo algunos saltos, algunos movimientos de la cabeza, y contraataques, pero evité las hojas que cortaban el aire. Sólo sé que abrí en dos la cabeza de Conrad el Germano, como si fuera un melón; su cerebro chorreó por la hoja de mi espada de un modo aterrador. Y recuerdo que el que se llamaba Gastón el Lobo, confiando en la cota de malla que llevaba bajo los harapos, se mostró imprudente: bajo mis golpes furiosos, las apretadas mallas cedieron y se derrumbó, esparciendo sus entrañas por el suelo. Luego, como en medio de una bruma rojiza, sólo quedó Jehan: se lanzó sobre mi, alzando la espada y abatiéndola ferozmente.

Detuve la muñeca mientras descendía y se la corté con la espada. La mano que sostenía la espada voló de la muñeca y describió un círculo inmenso y escarlata en el aire. Mientras miraba estúpidamente el muñón que chorreaba sangre, le atravesé el cuerpo con tal ferocidad que la guarda en forma de cruz golpeó violentamente contra su pecho; llevada por el impulso, caí con él al suelo.

No recuerdo cómo hice para levantarme y sacar la hoja. Con las piernas tensas y separadas, apoyando la espada en el suelo, me tambaleaba rodeada de cadáveres hasta que fin dominada por unas náuseas horribles. Conseguí llegar hasta la ventana, donde, inclinando la cabeza, vomité abundantemente. Me di cuenta entonces de que sangraba por una herida en el hombro; tenía la camisa hecha jirones. La habitación daba vueltas a mi alrededor y el olor a sangre fresca, manando de las entrañas de los que había reventado, me reanimó. Como en medio de la niebla vi el pálido rostro de Etienne.

Entonces, un ruido de rápidos pasos resonó en la escalera y Guiscard de Clisson irrumpió en la habitación, empuñando la espada, seguido de Perducas. Abrieron los ojos desmesuradamente y me miraron fijamente, como impactados por un rayo. De Clisson lanzó un juramento terrible.

–¿No te lo había dicho? –exclamó Perducas–. ¡Es el demonio en persona! ¡San Denis, que matanza!

–¿Es obra tuya, hija mía? –preguntó Guiscard con una voz extrañamente aflautada. Eché hacia atrás mis empapados cabellos y me incorporé titubeante, luchando contra el vértigo.

–Sí. Era una deuda que debía pagar.

–Por Dios –murmuró, lanzándome inflamadas mirada–. Hay algo oscuro y raro en ti, pese a tu juventud y belleza.

–¡Es en verdad Agnès la Negra! –dijo Etienne, apoyándose en un codo–. Una estrella tenebrosa brilla desde que nació…, una estrella hecha de tinieblas y tumulto. Por donde quiera que vaya, habrá sangre derramada y hombres muertos. Lo comprendí en cuanto la vi, recortándose contra el sol que transformaba en sangre la daga que llevaba en la mano.

–He pagado mi deuda contigo –dije–. Si, algún día, puse tu vida en peligro, he rehecho mi error con toda esta sangre.

Lanzando a sus pies su propia espada manchada de sangre, me volví hacia la puerta.

Guiscard se había quedado inmóvil, asombrado, estupefacto. Sacudió la cabeza como si saliera de un trance y se unió a mí con pasos largos.

–¡Por las garras del Demonio! –dijo–. Lo que acaba de pasar hace que cambie radicalmente de opinión. ¡Eres la nueva Margot la Oscura de Avignon! Una verdadera guerrera, con una buena espada, vale por una veintena de hombres. ¿Sigues queriendo venir conmigo?

–Como compañera de armas –le respondí–. No soy amante de nadie.

–De nadie, salvo de la Muerte –replicó, mirando los cadáveres.

 


LA ESPADACHINA – ROBERT E. HOWARD PART – 2 DE 4

Estaba de vuelta antes de que me hubiera puesto la ropa recién traída y le oí hablar a través de los arbustos que nos separaban.

–Tu venerado padre busca una hija –dijo, riendo–, y no un chico. Cuando pregunte a los lugareños si han visto a una chica alta y de cabellos rojos, negarán moviendo sus redondas cabezas. ¡Ja, ja, ja! ¡Buena broma le vamos a gastar al viejo tunante!.

Salí de los arbustos y me lanzó una singular mirada al verme aparecer con jubón, calzas y gorro de hombre. Aquella ropa me hacía sentirme rara, pero me daba una sensación de libertad que no había conocido cuando llevaba falda.

–¡Zeus! –exclamó–. Ese disfraz es menos perfecto de lo que había esperado. El más ciego paleto del campo se dará cuenta de que esas ropas no van encima de un hombre. Espera; deja que te corte esas mechas rojas con mi daga; quizá con eso se arreglen un poco las cosas.

Cuando me hubo recortado el cabello, de modo que me llegara apenas por los hombros, alzó las cejas.

–Incluso así eres toda una mujer –declaró–. Con suerte, puede que si nos cruzamos con algún desconocido, a paso de marcha, le engañemos con el disfraz. Vamos, probemos fortuna.

–¿Por qué te ocupas de mí? –pregunté con curiosidad; no estaba acostumbrada a tantos miramientos.

–¿Por qué? ¡Por Dios! –exclamó–. ¿Dejaría un hombre digno de tal apelativo que una joven corriera la aventura de morir de hambre en un bosque?. Mi bolsa contiene más cobre que plata, y mi jubón de terciopelo está un poco raspado, pero Etienne Villiers sabe lo que es el sentido del honor, ¡como si fuera un caballero errante o el barón de un castillo!. Y no consentirá ninguna injusticia en tanto su bolsa contenga un escudo o su vaina una espada.

Al oír aquellas palabras me sentí humilde y extrañamente confundida, pues yo era una persona iletrada y sin educación, y no tenía palabras que pudieran expresar la gratitud que sentía hacia él. Farfullé sin sentido; sonrió y me hizo callar gentilmente, añadiendo que no necesitaba ningún tipo de agradecimiento, pues la bondad ya tenía su propia recompensa.

Luego montó a caballo y me tendió la mano. Salté a la silla, a sus espaldas, y partimos al galope por el sendero. Me agarré a su cinturón, medio cubierta por la capa que flotaba a sus espaldas, agitada por la brisa de la mañana. Tuve la certidumbre de que cualquiera que nos viera pasar a la carrera pensaría de nosotros que éramos un hombre y un muchacho, y no un hombre y una jovencilla.

Mi hambre iba en aumento mientras el sol subía en el cielo, pero aquella sensación no era ninguna novedad para mí, y no dejé escapar la menor queja. La ruta que seguíamos conducía hacia el sudeste; tuve la impresión de que a medida que avanzábamos, un extraño nerviosismo se apoderaba de Etienne. Hablaba poco y nunca salía de las rutas menos frecuentadas, siguiendo a menudo caminos de tierra o simples senderos de leñadores que serpenteaban entre los árboles, entrando y saliendo de los bosques. Encontramos muy poca gente…, sólo aldeanos, con el hacha o manojos de leña al hombro; se quedaban con la boca abierta y se quitaban la gorra hecha jirones al vernos pasar.

El mediodía estaba cercano cuando nos detuvimos ante una taberna… un albergue en medio del bosque, solitario y apartado, cuyo emblema era de muy pobre calidad y estaba casi borrado. Pero Etienne me dijo su nombre: Los Dedos del Pícaro. El posadero salió –un zopenco de espalda jorobada y marchar renqueante, con una malvada mirada de soslayo, se limpió las manos en el mandil de cuero grasiento y balanceó la redonda cabeza.

–Queremos comer algo y una habitación –dijo Etienne con voz recia–. Soy Gérard de Bretaña, nacido en Montauban, y este es mi hermano pequeño. Venimos de Caen y nos dirigimos a Tours. Ocúpate de mi caballo y prepáranos un capón asado, tabernero.

El hombre movió la cabeza y murmuró entre dientes. Tomó las riendas del semental, pero se entretuvo mientras Etienne me tomaba en sus brazos y me ayudaba a saltar a tierra; estaba fatigada del largo viaje y mi disfraz era menos perfecto de lo que habíamos esperado; la larga mirada que me dedicó el posadero no era la que un hombre dedica a un muchacho.

Según entrábamos en la taberna, no vimos más que a un hombre .., sentado en un banco, bebiendo vino de un odre de cuero. Era un hombre gordo y grande, con una panza enorme que sobresalía de su cinturón de cuero. Alzó los ojos cuando entramos y empezó a abrir la boca como si fuese a decir algo. Etienne no pronunció una sola palabra, pero le miró fijamente a los ojos; vi o percibí una viva centella de connivencia saltar entre los dos hombres. El hombre gordo volvió a su odre, en silencio. Etienne y yo nos dirigimos hacia una mesa, en la que una sucia criada servía el capón encargado al tabernero, junto con unos guisantes, unas rebanadas de pan, un plato grande lleno de tripas de Caen y dos jarros de vino.

Me lancé con avidez sobre la comida, ayudándome con la daga; Etienne, por su parte, comía poco. Roía la comida con la punta de los dientes; dirigía su mirada hacia el hombre tripudo sentado en el banco, que parecía amodorrado; luego me miraba a mí, luego las ventanas grasientas de formas romboidales, o alzaba la vista hacia las vigas del techo ennegrecidas por el humo. Por el contrario, bebía mucho, llenando continuamente su vaso; finalmente, me pregunto por qué no había probado mi jarra.

–Estaba demasiado ocupada en comer como para pensar en beber –reconocí, alzando mi copa con cierta desconfianza, pues nunca antes había bebido vino. Todo el alcohol que, por el mayor de los azares, llegaba a nuestra cabaña era engullido en su totalidad por mi padre. Me lo bebí de un trago, como había visto hacer a otros, me sofoqué y me atraganté, aunque reconozco que el sabor era muy agradable al paladar.

Etienne juró en voz baja.

–¡Por San Miguel, en mi vida había visto a una mujer beber de ese modo, vaciando una copa hasta la última gota de un solo trago! ¡Vas a emborracharte, chica!

–Te olvidas que no soy una chica –le reprendí, también en voz baja.–. ¿Vamos a reemprender el camino?

Sacudió la cabeza.

–Nos quedaremos aquí hasta mañana. Debes estar cansada y necesitas descansar.

–Mis miembros están tensos porque no tengo costumbre de montar a caballo –respondí–. Pero no estoy fatigada.

–Sin embargo –replicó el hombre con ligera impaciencia–, nos quedaremos hasta mañana por la mañana. Creo que es lo más seguro.

–Como quieras –dije–. Haré lo que quieras y mi único deseo es seguir tus consejos en todo.

–Perfecto –aclaró–, no hay nada que le siente mejor a una joven que una obediencia libremente consentida.

Alzando la voz, llamo al posadero; éste había vuelto de las caballerizas y estaba al fondo de la sala.

–Posadero, mi hermano está muy cansado. Conducidle a una alcoba donde pueda dormir. Hemos recorrido un largo camino.

–¡Seguro, su Señoría! –rezongó el patrón, moviendo la cabeza y frotándose las manos; Etienne causaba una honda impresión en aquel hombre. A juzgar por su confianza y sus modales, podría ser considerado, al menos, como conde. Pero ya hablaremos de ello.

El posadero atravesó, arrastrando el paso, una sala contigua a la comunal, también en la planta baja, que daba a otra, más espaciosa, en la planta de arriba. Estaba atestada y pobremente amueblada; con todo, me pareció más lujosa que todo cuanto había conocido hasta entonces. Vi –de un cierto modo había empezado a percibir instintivamente aquel tipo de detalles– que la única entrada o salida era la puerta que daba a la escala por la que habíamos subido. No había más que una ventana, y era tan pequeña que ni siquiera yo podría deslizar por ella mi delgada figura. No había cerrojo por dentro. Miré hacia Etienne, que ceñudo y desconfiado observaba al posadero; el patán no parecía darse cuenta. Frotándose las manos, siguió charloteando y alabando la infecta madriguera a la que nos había conducido.

–Duerme, hermano –dijo Etienne, para que lo oyera el posadero. Al volverse, me susurré al oído–: No me inspira confianza; nos iremos al caer la noche. Descansa, mientras tanto. Vendré a buscarte al crepúsculo.

Si fue por el vino o por un inesperado cansancio, no sabría decirlo; en todo caso, apenas me hube tendido sobre el lecho de paja, sin desvestirme, me sumí en un profundo sueño, antes incluso de que me diera cuenta de lo que me pasaba. Dormí durante mucho tiempo.

2

Me despertó el ruido de la puerta que se abría suavemente. Me encontré en la oscuridad; la habitación estaba débilmente iluminada por la luz de las estrellas filtrándose a través de la pequeña ventana. Nadie habló; algo se desplazaba por el seno de las tinieblas. Oí que el suelo crujía y creí detectar el sonido de una pesada respiración.

–¿Eres tú, Etienne? –pregunté. No hubo respuesta, y pregunté de nuevo, esta vez un poco mas alto: ¡Etienne! ¿Eres tú, Etienne Villiers?

Me pareció escuchar una respiración silbando suavemente entre dientes; luego, el suelo volvió a crujir. Un paso renqueante y furtivo se alejo de mí. Detecté que la puerta se abría y se cerraba con sigilo y comprendí que estaba otra vez sola en la alcoba. Me levanté de un salto, sacando el puñal.

No era Etienne que viniera a buscarme como había prometido; yo deseaba saber quién se había deslizado hacia mí amparado por la oscuridad.

Me acerqué sin hacer ruido a la puerta, la abrí y miré a la planta de abajo. Sólo vi las tinieblas, como si estuviera mirando al fondo de un pozo; oí que alguien se movía por abajo, tanteando para abrir la puerta que daba a la sala común. Tomando mi daga entre los dientes, bajé la escala con seguridad y discreción tales que yo fui la primera sorprendida. Cuando mis pies llegaron al suelo, cogí la daga con las manos y me acurruqué en las tinieblas. Vi abrirse la puerta rápidamente y recortarse en su umbral una silueta. Reconocí en ella al pesado y cheposo posadero. Respiraba tan fuerte que sería incapaz de oír los ligeros ruidos que yo misma hacía. Corrió desgarbada pero rápidamente, atravesando el patio situado detrás de la taberna. Le vi desaparecer en el interior de las caballerizas. Esperé, escrutando las tinieblas atentamente; no tardó en volver, sujetando un caballo por las riendas. Se dirigió con el animal hacia el bosque; evidentemente, su intención era actuar en silencio y en secreto, pues no montó. Poco tiempo después, desapareció, y oí el sordo galope de un caballo. Sin duda alguna, nuestro posadero había esperado para montar a encontrarse lo suficiente–mente lejos del albergue. En aquel momento se dirigía al galope hacia algún destino desconocido.

Pensé que, de un modo u otro, me había reconocido: sabia quién era yo e iba a advertir a mi padre. Di media vuelta y entreabrí ligeramente la puerta, mirando discretamente en la sala comunal. No había nadie, salvo la criada, durmiendo en el suelo. Una vela estaba encendida encima de una mesa y las polillas nocturnas revoloteaban a su alrededor.

Desde alguna parte me llegó un indistinto murmullo de voces.

Me deslicé por la puerta del fondo y rodeé silenciosamente la taberna. El silencio cubría el bosque negro, invadido por las tinieblas; sólo se oía el chillido lejano y sordo de algún pájaro nocturno y el resoplar inquieto del gran semental que se encontraba en el establo.

La luz de una vela se filtraba por la ventana de una habitación pequeña, a espaldas de la taberna, separada de la sala comunal por un pequeño corredor. Cuando avanzaba a la sombra del muro y pasé ante la ventana, me detuve bruscamente. Acababan de pronunciar mi nombre. Me pegué a la pared y escuché atentamente. Olla voz rápida y clara, ligeramente en sordina, de Etienne y los gruñidos de otra persona.

–Agnès de Chastillon, dice llamarse así. ¿Y luego? El nombre de un pueblo que no tiene la más mínima importancia. ¿No es una preciosidad de chica?

–Las he visto más guapas en París, sí, y en Chartres –respondió el otro roncamente. Entendí que se trataba del hombre grueso que ocupaba el banco cuando llegamos a la posada.

–¡Guapa! –Había desprecio en la voz de Etienne–. Esa chica es más que guapa. Hay en ella algo salvaje e indomable. Ya te digo, está llena de frescura y vitalidad. Cualquier noble pagaría una fortuna por poseerla; es capaz de hacer recobrar la juventud y el ardor del más decrépito anciano. Escucha, Thibault, no te propondría esto si el riesgo no filera tan grande para mí… de otro modo iría a Chartres con ella. Además, desconfío de ese perro de posadero.

–Si ha reconocido en ti al hombre cuya cabeza desea el duque de Alençon… –murmuró Thibault.

–¡Calla, imbécil! –silbó Etienne–. Hay otra razón que me obliga a desembarazarme de esa chica. Por descuido le he confiado mi verdadero nombre. Pero, por todos los santos, ¡mi encuentro con ella habría bastado para hacer perder la serenidad a un ermitaño! Me la encontré en un recodo del camino, alta y erguida, recortándose contra los árboles del bosque, vestida con un traje de novia hecho pedazos. Había llamaradas en el fondo de sus ojos azules; el sol rodeaba con una aureola dorada sus rojos cabellos y transformaba la daga que tenía en su mano en un rayo de sangre. Por un instante, me pregunté si era realmente humana y un extraño escalofrío, casi de terror, recorrió mi cuerpo.

–¡Una campesina en un sendero del bosque haciendo temblar a Etienne Villiers, el más conocido de los bandidos! –rezongó Thibault, vaciando su vaso de vino con un sonoro ruido de succión.

–Era más que eso –replicó Etienne–. Había algo fatídico en ella, como en un personaje de tragedia antigua, algo aterrador. Es bella y pura; no obstante, hay en ella algo extraño y sombrío. Soy incapaz de explicarlo o comprenderlo.

–¡Oh, basta de charla! –bostezó Thibault–. ¡Estás haciendo todo un romance a costa de una maldita normanda! Vayamos a lo que nos interesa.

–Es lo que iba a hacer –respondió Etienne secamente–. Tenía intención de llevarla a Chartres y venderla al propietario de un burdel a quien conozco; pero ahora creo que eso es una locura. Tendría que pasar cerca de las tierras de Alençon; si el duque se entera de que paso por allí…

–No te ha olvidado –añadió Thibault–. Está dispuesto a pagar cualquier precio por la información que le lleve hasta ti. No se atreverá a detenerte abiertamente; será una daga saliendo de las sombras, un disparo de arcabuz saliendo de los matojos… Le gustaría hacerte callar para siempre, pero con la mayor discreción y silencio posible.

–Lo sé –gruñó Etienne, estremeciéndose–. He sido un estúpido al aventurarme tan hacia el este. Al alba me encontraré lejos de aquí. Pero tú puedes llevarte a la chica a Chartres, o a París, como quieras. Dame lo que te pido y es tuya.

–Tu precio es demasiado elevado –protestó Thibault–. ¡Y si se debate como una gata salvaje!

–Eso es cosa tuya –respondió duramente Etienne– . Ya has domado a demasiadas como para que te cause problemas. Pero te prevengo: esta chica es tan peligrosa como el fuego. Bah, después de todo, es cosa tuya. Me has dicho que tus compañeros te esperan en una aldea no lejos de aquí. Ve a buscarles y pídeles ayuda. Si no sacas un buen beneficio en Chartres, en Orleans o incluso en París, es que eres todavía más estúpido que yo.

–Está bien, está bien –rezongó Thibault–. Correré el riesgo; es una de las reglas de los hombres de negocios, ¿no?

Oí cómo las monedas de plata tintineaban sobre la mesa; el sonido fue para mí como el de una campana fúnebre.

Y era realmente así. Mientras me apoyaba contra el muro de la taberna, ciega y dominada por las náuseas, la joven que había sido murió en aquel mismo instante; en su lugar surgió la mujer en que me he convertido. Las náuseas desaparecieron y una cólera fría nació en mí interior, haciéndome tan frágil como el acero y tan ligera como las llamas.

–Bebamos para cerrar el trato –le oí decir a Etienne–, luego me pondré en camino. Cuando vayas a buscar a la chica…

Abrí violentamente la puerta; la mano de Etienne se inmovilizó mientras se llevaba la copa a la boca. Los ojos de Thibault se abrieron exageradamente al verme por encima del borde de su copa. Una palabra de bienvenida murió en los labios de Etienne y palideció bruscamente al ver la muerte reflejándose en mis ojos.

–¡Agnès! –exclamó levantándose. Entré en la habitación y mi hoja se hundió en el corazón de Thibault antes de que pudiera levantarse. Un gruñido de agonía salió a borbotones de entre sus gruesos labios y se derrumbó sobre su asiento, escupiendo sangre. ¡Agnès! –gritó de nuevo Etienne, abriendo los brazos como pretendiendo apartar mis golpes–. ¡Espera un poco, muchacha…!

–¡Perro inmundo! –bramé, dominada por una furia demencial–. ¡Cerdo… cerdo… cerdo!

Sólo mi rabia ciega le salvó cuando me lancé sobre él y empecé a golpearle.

Estaba sobre él antes de que pudiera ponerse a la defensiva; mi acero se hundió locamente en sus costillas. Tres veces le golpeé, silenciosa y malignamente; sin embargo, consiguió evitar que la hoja le traspasara el corazón. La sangre le corría entre las manos, por sus brazos y hombros. Agarró mi muñeca con desesperación e intentó romperla. Estrechamente abrazados, caímos, golpeando en la mesa. Me puso bajo su cuerpo e intentó estrangularme. Pero, para agarrarme la garganta tuvo que asirme la muñeca con una sola mano. Me libré fácilmente de ella y le lancé un golpe mortal. La punta de mi daga golpeó en un adorno metálico, rompiéndose; el fragmento atravesó jubón y camisa, rasgando su pecho.

La sangre brotó de él y un gemido escapó de sus labios. Por efecto del dolor, su presa se debilitó; me retorcí, aún bajo él, me libré y le asesté un puñetazo que hizo que su cabeza se proyectara hacia atrás al tiempo que un río de sangre nacía de sus narices. Buscándome a ciegas, consiguió atraparme; mientras apuntaba hacia sus ojos con las uñas, me echó hacia atrás, con tanta violencia que recorrí de espaldas toda la habitación para ir a golpear contra el muro. Caí al suelo.

Estaba medio desvanecida; sin embargo, me levanté lanzando un gruñido y cogí una pata rota de la mesa. Con una mano, se limpiaba la sangre que le enturbiaba los ojos y buscaba, con la otra, a tientas, la espada; de nuevo, subestimó la rapidez de mi ataque. La pata de la mesa golpeó violentamente en su cráneo, desgarrándole profundamente el cuero cabelludo y haciendo aparecer un torrente de sangre. Alzó los brazos para detener los golpes. Golpeé de nuevo, sobre sus brazos y su cabeza, obligándole a recular, medio encogido, ciego y titubeante. Al fin, se derrumbó entre los restos de la mesa. –¡Señor! –gimió–. ¿Realmente quieres matarme, chica?

–¡Con el corazón contento de hacerlo! –dije, soltando una risotada, como nunca antes había reído, y golpeándole en la oreja. Se derrumbo de nuevo entre los restos de la mesa de los que intentaba salir.

Un largo lamento, al borde de los sollozos, escapó de sus labios sanguinolentos.

–En el nombre de Dios, muchacha –gimió, tendiendo las manos hacia mí y sin poder ver nada–, ¡ten piedad! ¡Detente, por todos los santos! ¡No estoy listo para morir!

Se puso de rodillas; la sangre chorreaba por las heridas de la cabeza, tiñendo su ropa de escarlata.

–¡Detén tus golpes, Agnès! –gimió–. ¡Piedad, en nombre del Señor!

Dudé, mirándole sombríamente. Luego arrojé la daga a un rincón.

–Guarda tu preciosa vida –dije con un desprecio cargado de amargura–. Eres demasiado vil para que tu sangre manche mis manos. ¡Está bien, puedes irte!

Intentó incorporarse, pero volvió a caer al suelo.

–No puedo levantarme –gimoteo–. La habitación da vueltas, las tinieblas me rodean. ¡Oh, Agnès, ha sido un beso muy amargo el que me has dado! ¡Que Dios se apiade de mí, porque muero en pecado! He reído ante la muerte, cuando la he tenido ante los ojos, y ahora tengo miedo. ¡Oh, Dios, cuánto miedo tengo! ¡No me abandones, Agnès! ¡No dejes que muera como un perro!

–¿Por qué no? –pregunté con rudeza–. Confiaba en ti y te creía más noble que el común de los mortales, creyendo en todas tus mentiras sobre el honor y la conducta caballerosa. ¡Bah! ¡Ibas a venderme y a condenarme a una esclavitud más vil que la de las destinadas al harén del Turco!

–Lo sé –gimió–. Mi alma es más negra que la noche que se me avecina. Llama al posadero y dile que avise a un sacerdote.

–Se ha ido hacia un destino que sólo él conoce –respondí–. Salió por la puerta trasera furtivamente y lanzó al galope su caballo hacia el corazón del bosque.

–Ha ido a denunciarme al duque de Alençon –murmuró Etienne–. Me ha reconocido… Estoy perdido, esa es la verdad.

Recordé entonces que si el posadero había reconocido la personalidad de mi falso amigo era porque yo había pronunciado el nombre de Etienne en la alcoba del piso de arriba. Así que si el duque arrojaba a Etienne a sus mazmorras, podría decirse que mi involuntaria traición era la que le había causado la desgracia. Y como la mayor parte de la gente pueblerina, yo también sentía odio y desconfianza, y sólo eso, por la nobleza.

–Te sacaré de aquí –dije–. Ni si quiera un perro caería entre las manos de la ley por mi culpa.

Salí rápidamente de la taberna y me dirigí hacia las caballerizas. De la fregona no se veía ni rastro. O bien había huido a los bosques o estaba demasiado borracha para darse cuenta de la situación. Ensillé y embridé el semental de Etienne, aunque el animal intentó morderme y cocearme, y le llevé hasta la puerta. Entré y me dirigí a Etienne; la verdad es que ofrecía un espectáculo atroz, herido y derrumbado, totalmente cubierto de sangre, con el justillo y el jubón hechos jirones.

–He traído tu caballo –le dije.

–No puedo levantarme –murmuró.

–Aprieta los dientes –le ordené–. Te llevaré yo.

–No lo conseguirás, muchacha –protestó.

Pero mientras decía aquellas palabras, le levanté, me le eché a los hombros y avancé hacia la puerta. Era un peso totalmente muerto y sus piernas se arrastraban por el suelo como las de un cadáver. Alzarle a lomos del caballo fue una tarea agotadora, pues todas sus fuerzas le habían abandonado; pero finalmente lo conseguí. Acto seguido, salté a la silla y le sujeté.

Pero yo no sabía qué ruta tomar; Etienne, al ver mi indecisión, murmuró:

–Hacia el oeste, hasta Saint Girault. Allí hay una taberna, a una legua de la aldea, El Jabah Rojo: el posadero es amigo mío.

De la galopada a través de la noche hablaré muy brevemente. No encontramos a nadie siguiendo un camino iluminado por la claridad estelar, flanqueados a ambos lados por los árboles de un bosque sumido en las tinieblas. Mi mano estaba resbaladiza, manchada por la sangre de Etienne; durante el trayecto, sus numerosas heridas se habían abierto de nuevo y sangraban abundantemente. No tardó en delirar y hablar de un modo incoherente, citando hechos y personas desconocidos para mí. A veces, mencionaba nombres que conocía por su reputación: señores, damas, soldados, forajidos y piratas; divagaba a propósito de oscuros negocios, crímenes sórdidos y hechos heroicos. Otras veces, entonaba canciones de marcha, de taberna, soeces tonadas o canciones de amor, o divagaba en idiomas extranjeros que resultaban incomprensibles. Ah…, desde aquella noche he seguido mucho caminos, fértiles en intrigas y violencia, pero nunca he realizado una galopada tan fantástica como la que nos llevó a Saint Girault, a través de aquel bosque cubierto por la noche.

El alba apuntaba por el este atravesando las ramas de los árboles cuando detuve el caballo ante una taberna que correspondía con la descripción que me había hecho Etienne. El dibujo de la su enseña probaba que el sitio era aquél, por lo que llamé a grandes voces al posadero. Apareció un joven muchacho, vestido con una simple camisa, bostezando hasta casi desencajarse la mandíbula y restregándose los ojos hinchados por el sueño con los puños. Cuando vio el semental y a los que lo montaban, empapados en sangre, lanzó un gemido de temor y volvió precipitadamente al interior de la taberna, con los faldones de la camisa flotando a su espalda. Al poco se abrió cuidadosamente una ventana del piso superior, y una cabeza cubierta con un gorro de noche se asomó por ella, detrás de la enorme bocacha de un arcabuz.

–Seguid vuestro camino –dijo el del gorro de noche–, no alojamos ladrones ni asesinos cubiertos de sangre.

–No somos ladrones –respondí irritada, agotada y sin paciencia–. Este hombre ha sido atacado y está gravemente herido. Si eres el posadero del Jabalí Rojo, este hombre es amigo tuyo… Etienne Villiers, de Aquitania.

–¡Etienne! –exclamó el posadero–. Bajo ahora mismo. En un momento. ¿Por qué no me dijiste que era Etienne?

La ventana se cerró violentamente y oí que alguien bajaba a toda prisa una escalera. Salté a tierra y recibí en mis brazos el cuerpo de Etienne cuando cayó de la silla. Le deposité en el suelo al tiempo que el posadero llegaba a la carrera, con unos criados llevando antorchas.

Etienne yacía en el suelo, como si estuviera muerto; su rostro estaba lívido allí donde no se encontraba cubierto de sangre, pero su corazón latía con fuerza y supe que estaba medio consciente.

–¿Quién ha hecho esto, en nombre de Dios? –preguntó el posadero, horrorizado.

–Yo –respondí lacónicamente.

Se apartó de mí vivamente, pálido bajo la luz de las antorchas.

–¡Que Dios se apiade de nosotros! Un joven… ¡Que San Denis nos proteja! ¡Eres una mujer!

–¡Basta de charla! –exclamé encolerizada–. Levantadle y llevadle a la mejor alcoba de la taberna.

–Pe… pero… –empezó el posadero, absorto, mientras sus criados retrocedían asustados.

Di una patada en el suelo y juré, costumbre bastante frecuente en mí.

–¡Por la muerte del Demonio y de Judas Iscariote! –blasfeme–. ¡Vas a conseguir que muera tu amigo si no haces otra cosa que seguir ahí con la boca abierta mirándome estúpidamente! ¡Ocúpate de él!

Puse la mano en la daga de Etienne, que me había pasado por el cinturón. Se apresuraron a obedecerme, lanzándome miradas aterradas, como si fuera la hija de Satanás.

–Etienne siempre es bienvenido –balbuceó nuestro anfitrión–, pero una diablesa…

–Vivirás más si hablas menos y trabajas más –le vaticiné, arrancando una pistola de boca ancha de la cintura de uno de sus criados. Este estaba tan asustado que era incapaz de recordar que se encontraba armado–. Haz lo que digo y no habrá más heridos esta noche.

Todo cuanto me había ocurrido aquella noche me había madurado. Aunque todavía no era una mujer por completo, faltaba ya muy poco.

Llevaron a Etienne hasta lo que el posadero –que se llamaba Perducas– juró ser la mejor habitación de la taberna. A decir verdad, era mucho más espaciosa que todo lo que habíamos visto de Los Dedos del Pícaro. Era una habitación en la planta alta que daba al descansillo de una escalera de caracol; tenía ventanas de dimensiones adecuadas, aunque con una única puerta.

Perducas juró que era tan buen médico como cualquiera, por lo que desvestimos a Etienne y procuramos devolverle la salud. La verdad es que había sido muy maltratado –¡su cuerpo era la prueba!– y yo no había visto antes a nadie en tan mal estado…. pero si estaba gravemente herido, era algo que había que descubrir lo antes posible. Felizmente, tras haber limpiado la sangre y lavado su cuerpo, averiguamos que ningún órgano vital había sido alcanzado por mi daga. No tenía fractura alguna en el cráneo, aunque su cuero cabelludo estuviera desgarrado en varios sitios. Su brazo derecho estaba roto y el izquierdo negro por las contusiones; arreglamos la fractura. Yo podía ayudar a Perducas con cierta seguridad, pues los accidentes y las heridas eran cosa frecuente en La Fère.

Una vez hubimos vendado las heridas de Etienne, le acostamos en una cama limpia. Recuperó el sentido, lo bastante como para beber unos cuantos tragos de vino y preguntar dónde estaba. Cuando se lo dije, murmuró:

–No me dejes, Agnès; Perducas es un hombre excelente, pero yo necesito los cuidados atentos y delicados de una mujer.

–¡Que San Denis nos libre de la delicada atención de esta gata del infierno! –dijo Perducas en voz baja.

–Me quedaré hasta que te encuentres totalmente restablecido –le contesté a Etienne.

Aquella respuesta pareció satisfacerle y se durmió apaciblemente.

Pedí entonces una habitación para mí misma. Perducas, tras enviar a un muchacho a ocuparse del semental, me enseñó una alcoba, vecina a la de Etienne, aunque ni siquiera estaban comunicadas por una puerta interior. Me acostaba cuando el sol empezaba a asomar por el horizonte. Era el primer colchón de plumas que veía en mi vida –¡inútil decir que era el primero en el que me acostaba!– y dormí varias horas.

Cuando volví junto a Etienne le encontré en plena posesión de sus facultades y ya no deliraba. A decir verdad, en aquel tiempo los hombres eran de hierro; si sus heridas no eran mortales en el acto, se recuperaban rápidamente, a menos que sus llagas se infectasen como resultado de la negligencia o ignorancia de los médicos. Perducas no utilizaba ninguno de los remedios estúpidos e inoperantes tan queridos por los médicos, sino diversas hierbas y plantas que él mismo recogía en la profundidad de los bosques. Me reveló que había aprendido su arte junto a los hakims sarracenos, pues había viajado mucho en su juventud y recorrido muchos países lejanos. Perducas era un hombre sorprendente.

Entre los dos curamos a Etienne, se que restableció rápidamente. Intercambiamos pocas palabras. Perducas y Etienne hablaban mucho más, pero la mayor parte del tiempo Etienne estaba acostado en su cama mirándome en silencio.

Perducas me hablaba poco, pues parecía tenerme miedo. Cuando abordé la cuestión de mi parte en los gastos de hospedaje, me respondió que no le debía nada; mientras Etienne desease mi compañía, ni comida ni cama tenían que preocuparme. Pero Perducas deseaba vivamente que no conversase con la gente de la aldea, pues su curiosidad podía ser la perdición de Etienne. Podía confiar en sus lacayos –me explicó–; no dirían nada. Nunca le pregunté por qué razón el duque de Alençon odiaba a Etienne; sin embargo, un día me dijo:

–El rencor del duque no es nada extraordinario. Hace tiempo, Etienne Villiers formaba parte del séquito del noble, y fue tan imprudente como para ejecutar para él una misión muy delicada. D’Alençon es un hombre ambicioso; se murmura que aspiraba al título de Condestable de Francia. En aquel tiempo, gozaba del favor del rey; aquel favor no habría brillado con tanto lustre si se hubiera conocido el hecho de que entre el duque y Carlos de Germania se estaban intercambiando cartas, ese mismo Carlos que ahora es conocido bajo el nombre de emperador del Santo Imperio Romano.

“Etienne es el único en saber el alcance completo de la traición. Por eso d’Alençon desea tan ardientemente la muerte de Etienne. Sin embargo, no se atreve a golpear abiertamente, por temor a que su victima, con el último suspiro, le denuncie y pierda para siempre. Prefiere actuar de un modo más sigiloso, en secreto, recurriendo a la daga de un asesino, al veneno o a una emboscada. Mientras Etienne se encuentre aquí, su única oportunidad de salir bien librado es el secreto absoluto.

–¿Y si hay más hombres como ese perro de Thibault? –pregunté.

–No – me aseguró –. Es cierto que hay más,

pero los conozco a todos. Su honor se basa en no traicionar a sus compañeros. En otro tiempo, Etienne formó parte de su banda… saqueadores, raptores de mujeres, pícaros y asesinos, eso es lo que son.

Sacudí la cabeza, meditando sobre la singularidad de los hombres. Perducas, un hombre honesto, era amigo de un canalla como Etienne, incluso estando al corriente de sus villanías. Estoy segura de que más de un hombre honrado admira en secreto a un bandido, pues ve en él lo que le gustaría ser, si tuviera coraje para serlo.

Seguí al pie de la letra los consejos de Perducas y los días pasaron lentamente. Salía raramente de la taberna, salvo por la noche, para pasear por el bosque, evitando a los campesinos y a los habitantes de la aldea. Un nerviosismo y una agitación creciente se apoderaron de mí; tenía el presentimiento de que iba a ocurrir algo…, sin saber qué, sentía que pronto había que pasar a la acción y hacer…, qué era, lo ignoraba. Así pasó una semana, y luego conocí a Guiscard de Clisson.


LA ESPADACHINA – ROBERT E. HOWARD PART -1DE 4

LA ESPADACHINA

(AGNÈS LA NEGRA)

Robert E. Howard

  1. Res Adventura

 

–¡Agnès! Pelirroja del Infierno, ¿dónde estás?

Era mi padre, llamándome de la forma habitual. Eché hacia atrás los cabellos empapados en sudor que me caían sobre los ojos y volví a apoyarme las gavillas en el hombro. En mi vida había pocos momentos de descanso.

Mi padre apartó los arbustos y avanzó por el claro…

Era un hombre alto, de rostro demacrado, moreno por los soles de muchas campiñas, marcado por cicatrices recibidas al servicio de reyes codiciosos y duques ladrones. Me miró irritado y debo reconocer que no le habría reconocido si hubiera tenido otra expresión.

–¿Qué hacías?–rugió.

–Me enviaste a recoger madera al bosque –respondí amorosamente.

–¿Te dije que te ausentaras todo un día? –rugió, al tiempo que intentaba darme un golpe en la cabeza, cosa que evité sin esfuerzo gracias a la larga práctica–. ¿Has olvidado que es el día de tu boda?

Al oír aquellas palabras, mis dedos quedaron sin fuerza y soltaron la cuerda; las ramas cayeron y se esparcieron al golpear contra el suelo. El color dorado desapareció del sol y la alegría se alejó de los trinos de los pájaros.

–Lo había olvidado –murmuré, con los labios súbitamente secos.

–Bien, recoge las ramas y sígueme –rezongó mi padre–. El sol se pone por el oeste. Hija ingrata… desvergonzada… ¡que obligas a tu padre a seguirte por todo el bosque para llevarte junto a tu marido!

–¡Mi marido! –murmuré–. ¡François! ¡Por las pezuñas del diablo!

–¿Y juras, maldita? –siseó mi padre–. ¿Debo darte una nueva lección? ¿Te burlas del hombre que he elegido para ti? François es el muchacho más apuesto que puedes encontrar en toda Normandía.

–Un buen cerdo –alegué–, un puerco de grasa rancia que no piensa más que en atiborrarse, en hincharse, en emborracharse y en correr detrás de las faldas.

–¡Cállate! –aulló–. Será el apoyo de mi vejez, el bastón donde pueda apoyarme. Ya no puedo guiar la reja del arado. Las viejas heridas me martirizan. El marido de tu hermana Isabel es un perro; no me servirá de ayuda. François actuará de otro modo. El sabrá domarte, respondo de ello. No se doblegará ante tus caprichos como he hecho yo. Probarás el bastón en su mano.

Al oír aquellas palabras, una bruma rojiza flotó ante mis ojos. Siempre me ocurría cuando mi padre hablaba de doblegarme. Arrojé al suelo las ramas que había recogido maquinalmente y todo el fuego que corría por mis venas acudió a mis labios.

–¡Puede quemarse en el infierno, y tú con él! –exclamé–. No me casaré con él. ¡Pégame…, mátame! ¡Haz de mí lo que quieras! ¡Pero nunca compartiré el lecho de François!

Al oír aquellas palabras el infierno se reflejó en los ojos de mi padre y yo misma, a decir verdad, me habría estremecido si la locura no se hubiera apoderado de mí. Vi, reflejadas en sus ojos, toda la furia, la violencia y la pasión que le dominaron mientras saqueaba, mataba y violaba como Compañero Franco. Lanzando un rugido inarticulado, se lanzó sobre mí y, con su puño derecho, me golpeó en la cabeza. Evité el golpe y él me lanzó un nuevo puñetazo con la mano izquierda. De nuevo, su puño no encontró más que el vacío, pues yo me había apartado a tiempo. Entonces, con un grito que más parecía el aullido de un lobo, me asió por los cabellos, enrollando mis largas trenzas alrededor de su mano y tirando de mi cabeza hacia atrás. Creí que iba a romperme la nuca. En aquel instante, me golpeó en la barbilla con el puno derecho y la luz del día desapareció tragada por las tinieblas.

 

Permanecí desvanecida durante un largo rato…. lo bastante para que mi padre me arrastrase del cabello a través del bosque y me llevara a la aldea. El recobrar el conocimiento tras haber recibido una paliza no era una experiencia nueva para mí, pero tenía náuseas, me sentía débil y la cabeza me daba vueltas. Me dolía todo el cuerpo. Permanecí tendida en el suelo de nuestra miserable cabaña; cuando me puse en pie, vacilante, para sentarme, me di cuenta que alguien me había quitado la burda túnica de lana que vestía. En su lugar, llevaba un hermoso traje de novia. Por San Denis, el contacto de aquella ropa era todavía más repugnante que tocar una viscosa serpiente; un vivo temor se apoderó de mí, hasta tal punto que hubiera arrancado el traje de buen grado, pero el vértigo y las náuseas me dominaron y caí de nuevo al suelo con un gemido. Tinieblas más espesas que las producidas por un golpe me rodearon… me veía en un trampa y luché en vano para salir de ella. Toda la fuerza me abandonó y habría llorado si hubiera podido hacerlo. Pero nunca he sabido llorar y estaba demasiado dolorida y vencida para maldecir. Me quedé tendida en el suelo, mirando fijamente las vigas de la cabaña, roídas por las ratas.

Poco después, fui consciente de que alguien entraba en la habitación en que me encontraba. De fuera me llegaron ecos de voces y risas de la gente que se iba reuniendo. La persona que había entrado no era otra que mi hermana, Isabel, con su hijo más pequeño apoyado en la cadera. Bajo sus ojos hacia mí; noté cuánto se había arrugado y encorvado, lo nudosas que el duro trabajo había hecho sus manos y hasta qué punto sus facciones estaban marcadas por la fatiga y los sufrimientos. La ropa de fiesta que llevaba destacaba aún más todo aquello; no detecté su estado cuando llevaba la ropa de diario.

–Están terminando los preparativos de la boda, Agnès –me dijo con su titubeante forma de hablar.

No respondí. Dejó al niño en el suelo y se arrodilló a mi lado, contemplando mi rostro con un extraño desencanto.

–Eres joven, robusta y fresca, Agnès –me dijo. Sin embargo, parecía hablar más consigo misma que conmigo–. Estás casi bella con ese atavío. ¿No te sientes feliz?

Cerré los ojos con cansancio.

–Deberías reír y estar alegre –suspiró…. pero, de hecho, más parecía gemir–. Esto sólo ocurre una vez en la vida. Es cierto que no amas a François. Pero yo tampoco amaba a Guillaume. La vida es algo difícil para una mujer. Tu cuerpo esbelto y ligero se arrugará y se encorvará como el mío, será arrasado por los sucesivos embarazos; tus manos se deformarán…. tu mente se convertirá en algo raro y melancólico…. con tanto trabajo, tantas penas…. y el rostro de un hombre al que odias siempre al alcance de tu vista…

Al oír aquellas palabras, abrí los ojos y la miré fijamente.

–Soy sólo unos años mayor que tú, Agnès –murmuró–. Sin embargo, mírame. ¿Te gustaría verte como me ves a mí?

–¿Qué puede hacer una chica? –pregunté desesperada.

Sus ojos se clavaron en los míos de forma abrasadora; tenían algo de la violencia que tan a menudo viera en los de mi padre.

–¡Una cosa! –susurró–. La única cosa que una mujer puede hacer para ser libre. No te aferres a la vida para convertirte en lo mismo que es nuestra madre y en lo mismo que es tu hermana; no intentes vivir así, pues no tardarías en parecerte a mí. Vete ahora que eres fuerte, esbelta y hermosa. ¡Deprisa!

Se inclinó vivamente, deslizó algo entre mis dedos, cogió a su hijo y se marchó. Me quedé tendida en el suelo, mirando fijamente la daga de hoja afilada que tenía en la mano.

Alcé la vista hacia el techo ennegrecido y grasiento; comprendí lo que quería decirme. Tendida, con los dedos crispados en torno a la fina empuñadura de la daga, pensamientos extraños y desconocidos invadieron mi mente. El contacto del puñal produjo en mí una intensa quemazón que irradiaba a través de las venas de mi brazo…, una curiosa sensación de familiaridad, como si liberase una serie de ideas todavía oscuras, que era incapaz de comprender pero que percibía claramente de un modo misterioso. Nunca había tenido un arma en la mano, ni ningún objeto punzante que no fuera un hacha de leñador o un cuchillo de cocina. Aquella hoja fina y mortal, brillando en mi mano, parecía, en cierta manera, un viejo amigo al que se vuelve a ver después de un larga ausencia.

Fuera, las voces sonaron más altas, así como el ruido de pasos pesados; oculté la daga entre mi ropa, apoyada en mi seno. La puerta se abrió; unos dedos se asieron al batiente y unos rostros me espiaron. Vi a mi madre, flemática, con el rostro ajado, una bestia de carga con las mismas emociones que una bestia de carga; y, por encima de su rostro, el de mi hermana. Una decepción brutal, una tristeza abrumadora, ensombrecieron sus rasgos al verme aún con vida. Luego se apartó.

Los demás invadieron la cabaña, levantándome a la fuerza, tirando de mí, arrastrándome, riendo y gritando con alegría campesina. Si achacaban mi resistencia a la timidez virginal o a mi conocida aversión hacia François parecía importarles bien poco. El puño de hierro de mi padre aprisionaba una de mis muñecas, y una especie de jumento, una mujer de aspecto recio, asía la otra. Me sacaron a tirones de la cabeza y me condujeron hacia un círculo de gente que reía y gritaba; todos estaban ya medio borrachos, hombres y mujeres. Sus bromas groseras y sus obscenos comentarios no llegaron a mis oídos, incapaces de entender nada. Me debatía como un animal salvaje, ciego y privado de razón. Mis raptores necesitaban de todas sus fuerzas para poder conmigo. Oí que mi padre maldecía sordamente; me retorcía la muñeca como si quisiera rompérmela. Sin embargo todo lo que arrancó de mí fue un juramento en el que le deseaba que ardiese en el infierno como merecía.

Vi que el cura se acercaba; era un viejo imbécil, encogido, parpadeando estúpidamente; le odiaba a él tanto como a todos. Luego llegó François a mi lado… François, con calzas y jubón nuevo, con una corona de flores alrededor de su cuello rojo e hinchado, y aquella sonrisa afectada en sus labios carnosos y blandos que me ponían la piel de gallina. Se puso a mi lado sonriendo como un mono sin cerebro; sin embargo, en sus pequeños ojos de cerdo brillaba un reflejo triunfal y libidinoso.

Al verle, dejé de debatirme, como alguien que es privado repentinamente de la capacidad de movimiento. Mis raptores me soltaron y se hicieron a un lado; por un instante, me quedé frente a él, inmóvil, casi agazapada, con la mirada brillante y sin decir una palabra.

–¡Bésala, chico! – bramó un paleto completamente borracho.

Entonces, como un muelle en tensión que se libera de golpe, saqué vivamente la daga de mi seno y salté sobre François. Mi gesto fue tan rápido para aquellos campesinos obtusos que ni se dieron cuenta de lo que pasaba y, menos aún, pudieron impedirlo. Mi daga atravesó su corazón de puerco antes incluso de que comprendiera que le había apuñalado. Lancé un alarido de alegría insensata al ver la expresión aterrada de incrédula sorpresa y dolor atroz que invadió sus rubicundas facciones. Aparté la daga con un movimiento brutal. La sangre chorreó entre mis dedos, manchando de púrpura los pétalos de su corona nupcial.

 

He necesitado un largo párrafo para contar todos mis movimientos, pero…. de hecho, todo aquello pasó en un instante. Salté, golpeé, saqué la daga y huí. Mi padre, como viejo soldado que era, fue más vivo de pensamiento que los demás. Reaccionó en seguida, lanzó un aullido y se arrojó en mi pos, pero sus manos sin destreza se cerraron sólo en el vacío. Me lancé como una flecha a través de la asombrada multitud y corrí hacia el bosque. Cuando llegaba a la sombra de los primeros árboles, mi padre tomó un arco y me disparó una flecha. Me eché a un lado y el perverso dardo se clavó en un tronco.

–¡Borracho estúpido! –grité, riendo salvajemente–. ¡No vales para alcanzar un blanco como yo!

–¡Vuelve, zorra! –gritaba, loco de rabia.

–¡Que las llamas del infierno te devoren! –repliqué–. ¡Que el demonio te arranque el negro corazón!

Aquella fue la despedida que le dediqué a mi padre. Luego, di la vuelta y huí corriendo a través del bosque.

Durante cuánto tiempo corrí, lo ignoro. A mis espaldas oía los aullidos de los campesinos y el ruido de su precipitada persecución de avanzar ciego y torpe. No tardé en oír sólo sus aullidos, cada vez más lejos y apagados. Al fin, cesaron por completo. Muy pocos de aquellos valerosos aldeanos tenían estómago para seguirme en la profundidad del bosque, donde las sombras de la noche empezaban a deslizarse furtivamente. Corrí hasta que mi aliento se transformó en jadeos roncos e indeciblemente dolorosos y mis piernas se negaron a seguir moviéndose. Mis rodillas cedieron y caí a tierra violentamente, tendiéndome cuan larga era sobre la suave alfombra vegetal, cuajada de hojas. Estaba medio desvanecida. La luna no tardó en aparecer en el cielo, cubriendo las ramas más altas con una escarcha plateada y dando vida a nuevas sombras, cada vez más profundas. A mi alrededor oía crujidos y movimientos furtivos que traicionaban la presencia de las bestias salvajes…, y quizá cosas peores: por lo que sabía, hombres lobos, trasgos y vampiros. Pese a todo, no tenía miedo. Había dormido en el bosque antes, muy a menudo, cuando la noche me sorprendía lejos de la aldea con mi cargamento de ramas, o cuando mi padre, lleno de bebida, me echaba de la cabaña familiar.

Me levanté y reemprendí el camino, avanzando bajo la claridad de la luna, a través de las sombras, sin apenas atender a la dirección que llevaba. Sólo deseaba poner la mayor distancia posible entre la aldea y yo. En las tinieblas que preceden al alba, la fatiga se apoderó de mí; dejándome caer de nuevo al suelo mullido por las hojas, me sumí en un profundo sueño, sin que me importara nada saber si una bestia salvaje o algo peor me devoraría antes de la llegada del día.

Cuando el alba se alzó por encima del bosque, todavía estaba con vida, sana y salva, y dominada por un hambre de lobo. Me incorporé, preguntándome por un instante sobre el lugar en que me encontraba. Al ver mi traje de boda totalmente rasgado y la daga manchada de sangre pasada por mi cintura, los sucesos del día anterior volvieron a mi mente. Reí al recordar la expresión de François al caer al suelo y una oleada de salvaje libertad invadió mi mente, hasta tal punto que ardí en deseos de bailar y cantar como si me hubiera vuelto loca. En lugar de hacerlo, limpié la daga en las hojas caídas y, pasándomela de nuevo por la cintura, me dirigí hacia el sol que se alzaba.

No tardé en alcanzar un camino que serpenteaba a través del bosque, cosa que me alegró, pues mis zapatos de novia, un saldo de pacotilla, estaban ya hechos pedazos. Tenía por costumbre andar descalza, pero, con todo, las espinas y ramas del bosque me habían hecho sangrar los pies.

El sol aún no estaba alto en el cielo cuando llegué a un recodo del camino –que no era más que un sendero en medio del bosque– y oí los ruidos producidos por el galopar de un caballo. El instinto me dijo que me ocultara en la espesura. Pero otro instinto me impidió hacerlo. Sondeé mi alma, esperando encontrar un miedo aterrador; pero no fue el caso. Así que estaba en medio del camino, inmóvil, con la daga en la mano, cuando el jinete apareció por el recodo de la senda. Tiró violentamente de las riendas de su montura y exclamó un sorprendido juramento.

Me miró atentamente y le devolví la mirada. Era atractivo, aunque de una belleza tenebrosa, de una estatura ligeramente superior a la mía y mucho más delgado. Su caballo era un magnífico semental negro, con arnés de cuero rojo y brillante metal. El hombre iba vestido con medias de seda y un jubón de terciopelo, aunque un poco ajado, con una capa escarlata cayendo sobre sus hombros; una pluma adornando su tocado. No portaba talabarte, pero una espada colgaba de su cinturón, envainada en una funda de cuero viejo.

–¡Por San Denis! –exclamó–. ¿Eres un trasgo o una diosa del alba, joven?

–¡Quién eres tú para preguntarlo? –repliqué, sin sentir miedo ni timidez alguna.

–Por Dios, soy Etienne Villiers, en otro tiempo de Aquitania –respondió.

Un instante más tarde, se mordía el labio y sacudía la cabeza, como lamentando haber dicho más de lo que quería. A continuación, me examinó atentamente, de la cabeza a los pies y de abajo hacia arriba, y lanzó una carcajada.

–¿De qué loca historia sales? –preguntó–. ¡Una joven pelirroja, con un traje de novia hecho jirones, con una daga en la mano, en el corazón del viejo bosque, justo al salir el sol! ¡Es todavía mejor que un romance! Vamos, chica, explícame la broma.

–No es ninguna broma –murmuré seriamente.

–¿Quién eres? –insistió.

–Me llamo Agnès de Chastillon –respondí.

–¡Una noble dama disfrazada! –se burló–. Por Santiago, la historia es aún más intrigante! ¿De qué rincón escondido –que será un castillo guardado por un gigante, a no dudar– habéis escapado, ataviada como una campesina, gentil dama?

Se quitó el tocado haciendo una irónica reverencia.

–Tengo tanto derecho como la que más a llevar ese nombre, como las personas que se atribuyen títulos importantes –repliqué encolerizada–. Mi padre es hijo bastardo de una campesina y del duque de Chastillon. Siempre ha llevado su nombre, y sus hijas tras él. Si no te gusta mi nombre, sigue tu camino. No te he pedido que parases para burlarte de mí.

–Querida, no tenía intención de burlarme de ti –se excusó, al tiempo que recorría mi cuerpo con una ávida mirada–. Por San Trignant, eres digna de portar un nombre grande y noble…, a diferencia de muchas damas de noble cuna que he visto remilgar y languidecer a causa de su nobleza. ¡Por Zeus y Apolo, tú eres una chica guapa de cuerpo hermoso…, por mi honor, toda una hembra normanda!. Me gustaría ser tu amigo; dime por qué estás sola en el bosque a estas horas, con un traje de novia hecho pedazos y con el calzado en el mismo triste estado.

Saltó a tierra ágilmente y se plantó ante mí, con el gorro en la mano. Sus labios ya no sonreían y sus ojos no se burlaban de mí; sin embargo, tuve la impresión de que brillaban con algún fuego interior y fantástico. Sus palabras me recordaron brutalmente mi situación: estaba sola y sin apoyo, sin nadie a quien dirigirme. De un modo natural… quería desahogarme ante aquel desconocido que me brindaba su confianza…, además, Etienne Villiers tenía algo que hacía que las mujeres siempre confiasen en él.

–La pasada noche huí de la aldea de La Fére –le dije–. Querían casarme a la fuerza con un hombre al que detestaba.

–¿Y has pasado la noche sola en el bosque?

–¿Por qué no?

Sacudió la cabeza como si le costase trabajo creerme.

–¿Qué piensas hacer ahora? –preguntó–. ¿Tienes amigos en esta región?

–No tengo amigos –contesté–. Seguiré andando hasta que me muera de hambre…, o me pase alguna otra cosa. Reflexionó durante un momento, pasándose la mano por el mentón. En tres ocasiones, alzó la cabeza y me recorrió entera con la mirada; por un momento, creí ver que una sombra atravesaba furtivamente sus facciones, haciendo que durante un instante pareciese otro hombre. Al fin, sacudió la cabeza y declaró:

–Eres demasiado bonita para perecer en el bosque o ser presa de los bandidos. Si lo deseas, puedo llevarte a Chartres, donde encontrarás fácilmente trabajo como criada y te podrás ganar la vida. ¿Eres capaz de trabajar?

–En La Fére, ningún hombre trabajaba más que yo –apostillé.

–Por Santiago, te creo –dijo con un movimiento de admiración de la cabeza–. Con ese porte y ese atractivo que tienes, hay algo en ti que es casi pagano. Bien, ¿confías en mí?

–No quiero causarte problemas –le contesté–. Los hombres de La Fére empezaran a buscarme.

–¡Bah! –exclamó con desprecio–. ¿Quién ha oído hablar de un campesino que se aleje más de una legua de su aldea? No corres ningún riesgo.

–Con mi padre, sí –objeté ferozmente–. No es un simple campesino. Fue soldado. Seguirá mi pista hasta el fin del mundo y, cuando me encuentre, me matará.

–En ese caso –murmuró Etienne–, debemos pensar en cómo librarnos de él. ¡Ah! ¡Lo he encontrado! Acabo de recordar que apenas a una legua de distancia he dejado a un adolescente cuya ropa te sentaría bien. No te muevas de aquí hasta que vuelva. ¡Vamos a convertirte en muchacho!

Con estas palabras, dio medio vuelta, saltó a la silla y se alejó al galope. Le miré mientras se alejaba, preguntándome si le volvería a ver o si se habría burlado de mí. Escuché y percibí que los cascos del caballo se apagaban a lo lejos. El silencio volvió a invadir el bosque y de nuevo me di cuenta del hambre atroz que me atenazaba. Luego, tras lo que me pareció un tiempo infinito, un ruido de cascos retumbó de nuevo a través del bosque. Etienne Villiers surgió al galope, riendo alegremente y agitando en el aire un montón de ropa.

–¿Le has asesinado? –pregunté.

–¡Claro que no! –replicó Etienne riendo–. Pero le he obligado a seguir su camino… llorando y tan desnudo como Adán en el Paraíso. Toma, chica, vete detrás de esa breña y ponte esta ropa lo más deprisa que puedas. Debemos seguir nuestro camino y hay muchas leguas hasta Chartres. Échame cuando puedas tu traje de novia y lo llevaré junto al río que corre no lejos de aquí y los dejaré junto a la orilla. Quizá los encuentren y piensen que te has ahogado.

 


LA GALLINA DEGOLLADA – HORACIO QUIROGA

LA GALLINA DEGOLLADA.

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal. Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación? Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres. Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre. —¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito. El padre, desolado, acompañó al médico afuera. —A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá. —¡Sí!… ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?… —En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien. Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad. Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo.

Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota. Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos! Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores. Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad. No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores. Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba. —Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos. Berta continuó leyendo como si no hubiera oído. —Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos. Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada: —De nuestros hijos, ¿me parece? —Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos. Esta vez Mazzini se expresó claramente: —¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no? —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!… ¡No faltaba más!… —murmuró. —¿Qué, no faltaba más? —¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir. Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos. —Como quieras; pero si quieres decir… —¡Berta! —¡Como quieras! Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza. Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga. Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini. —¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . . —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito. Ella se sonrió, desdeñosa. —¡No, no te creo tanto! —Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a tí. . . ¡tisiquilla! —¡Qué! ¿Qué dijiste?… —¡Nada! —¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú! Mazzini se puso pálido. —¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías! —¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez. —¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora! Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios. Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra. A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina. El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación… Rojo… rojo… —¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina. Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos. —¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo! Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco. Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa. Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca. De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo. —¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída. —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó. —Mamá, ¡ay! Ma… —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo. Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija. —Me parece que te llama—le dijo a Berta. Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio. —¡Bertita! Nadie respondió. —¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada. Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento. —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror. Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola: —¡No entres! ¡No entres! Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.


LA TORRE DEL ELEFANTE – ROBERT E. HOWARD PART 4 de 4x

He aquí, entonces, el motivo del nombre —la Torre del Elefante—, ya que la cabeza de la cosa se parecía mucho a la de los animales descritos por el shemita errante. Aquél era el dios de Yara. Pero, ¿dónde podía estar la gema sino escondida en el interior del ídolo, puesto que la piedra se llamaba Corazón de Elefante?

A medida que Conan avanzaba, con los ojos fijos en el inmóvil ídolo, ¡éste abrió súbitamente los ojos! El cimmerio se quedó paralizado por la sorpresa. ¡No era una imagen, sino una cosa viva, y él estaba atrapado en su habitación!

Un indicio del terror que lo paralizaba es el hecho que no reaccionara al instante en un arrebato de frenesí, dejando libres sus instintos homicidas. Un hombre civilizado en su situación sin duda habría buscado refugio creyendo que estaba loco, pero a Conan no se le ocurrió dudar de sus sentidos. Sabía que se encontraba cara a cara con un demonio del antiguo mundo, y esa seguridad lo privó de todas sus facultades, salvo la de la vista. La trompa de esa cosa horrorosa se alzó como buscando algo, y los ojos de topacio miraban sin ver. Entonces Conan se dio cuenta que el monstruo era ciego. Este pensamiento calmó sus tensos nervios, y comenzó a retroceder en silencio en dirección a la puerta. Pero el engendro oía. La trompa sensible se estiró hacia él y el muchacho quedó nuevamente helado de espanto cuando el extraño ser habló con una voz extraña y entrecortada, siempre en el mismo tono. El Cimmerian comprendió que aquella boca no fue creada para hablar un lenguaje humano.

—¿Quién está ahí? —preguntó—. ¿Has venido a torturarme de nuevo, Yara? ¿No te vas a cansar nunca? ¡Oh, Yag-kosha! ¿No tendrá fin esta agonía?

Las lágrimas rodaron por sus mejillas, y Conan observó las extremidades extendidas sobre el lecho de mármol. Sabía que el monstruo no podría levantarse para atacarlo. Conocía las marcas del tormento y las quemaduras del fuego, y por más duro que fuera, no podía evitar estar impresionado por las deformidades de lo que parecía haber sido un cuerpo tan bien constituido como el suyo. Y súbitamente todo el miedo y el asco se convirtieron en una profunda compasión. Conan no sabía quién era ese monstruo, pero era tan evidente su terrible y patético sufrimiento que, sin saber por qué, le embargó una abrumadora tristeza. Sintió que estaba presenciando una tragedia cósmica y sintió vergüenza, como si la culpa de toda una raza hubiera caído sobre él.

—No soy Yara —dijo—. Soy solamente un ladrón. No te haré daño.

—Acércate para que pueda tocarte —dijo la criatura con un titubeo, y Conan se aproximó sin miedo, con la espada olvidada en su mano.

La trompa sensible se alzó y palpó su rostro y sus hombros, como hacen los ciegos. El contacto era tan suave como el de la mano de una muchacha.

—Tú no perteneces a la raza maligna de Yara —suspiró la criatura—. Llevas la marca de la fiereza pura y esbelta de las tierras desérticas. Conozco a tu gente desde antiguo. Los conocí con otro nombre hace mucho, mucho tiempo, cuando un mundo distinto alzaba sus brillantes torres hacia las estrellas. Pero… hay sangre en tus manos.

—Es de la araña que había en la habitación de arriba y de uno de los leones del jardín —musitó Conan.

—También has matado a un hombre esta noche — respondió el otro—. Y hay muerte arriba en la torre. Lo siento; lo sé.

—Sí —admitió el cimmerio—. El príncipe de los ladrones yace allí sin vida, víctima de la picadura de un bicho.

—¡Así es! —dijo con una extraña voz inhumana en una especie de canto monótono—. Un muerto en la taberna y un muerto en la terraza; lo sé; lo siento. Y el tercero producirá un efecto mágico que ni el mismo Yara imagina. ¡Oh, hechizo de la liberación, dioses verdes de Yag!

Las lágrimas rodaron nuevamente por sus mejillas mientras el torturado ser se estremecía presa de las más variadas emociones. Conan seguía mirándolo perplejo. Entonces cesaron las convulsiones, los suaves ojos ciegos se volvieron hacia el cimmerio y le hizo una seña con la trompa.

—Escucha, hombre —dijo el extraño ser—. Te parezco repugnante y monstruoso, ¿no es cierto? No, no contestes; lo sé. Pero tú me parecerías igual de extraño si pudiera verte. Existen muchos mundos además de esta tierra, y la vida adopta diferentes formas. No soy ni un dios ni un demonio, sino que soy de carne y hueso como tú, aunque la sustancia sea en parte distinta y la forma esté creada con modelos diferentes. Soy muy viejo, hombre de la selva; he venido a este planeta hace mucho, mucho tiempo, con otros seres de mi mundo, el planeta verde Yag, que da vueltas eternamente en el límite de este universo.

»Viajamos por el espacio con poderosas alas que nos transportaron por el cosmos a mayor velocidad que la luz, porque habíamos luchado contra los reyes de Yag y fuimos derrotados y desterrados. Y jamás pudimos regresar, porque en la tierra nuestras alas se marchitaron. Aquí vivimos alejados de la vida terrenal, luchamos contra los extraños y terribles seres que en ese entonces poblaban la tierra, y por ello fuimos temidos y nadie nos molestó en las sombrías selvas del este, donde teníamos nuestra morada.

»Hemos visto cómo los monos se transformaban en hombres y los vimos construir las rutilantes ciudades de Valusia, Kamelia, Commoria y otras. Los hemos visto tambalearse ante los ataques de los paganos atlantes, pictos y lemurios. Hemos visto cómo los océanos se levantaban y sumergían a la Atlántida y Lemuria, las islas de los pictos y las brillantes ciudades de la civilización. También vimos cómo los sobrevivientes de los reinos pictos y los atlantes construían su imperio de la Edad de Piedra y luego cayeron en la ruina, enzarzados en sangrientas batallas. Hemos visto cómo los pictos se hundían en los abismos del salvajismo y cómo los atlantes volvían a descender al nivel del mono. Hemos visto cómo los nuevos salvajes se dirigían hacia el sur desde el Círculo Ártico, en oleadas conquistadoras, para construir una nueva civilización con los nuevos reinos llamados Nemedia, Koth, Aquilonia y otros.

»Vimos cómo tu pueblo surgía con un nuevo nombre de las selvas de los monos que habían sido los atlantes. Hemos visto a los descendientes de los lemurios que habían sobrevivido al Cataclismo levantarse una vez más superando el salvajismo y dirigirse hacia el oeste convertidos en hirkanios. Y hemos visto cómo esta raza de seres malignos, sobrevivientes de la antigua civilización que existía antes delnhundimiento de la Atlántida, volvía a tener cultura y poder: se trata de este maldito reino de Zamora. Hemos visto todo esto, que sin ayudar ni entorpecer las inmutables leyes del cosmos, y nos fuimos muriendo uno tras otro; porque nosotros, los hombres de Yag, no somos inmortales, si bien nuestras vidas son como las vidas de los planetas y de las constelaciones.

Finalmente quedo yo solo, soñando con los tiempos pasados entre los ruinosos templos perdidos en la selva de Khitai, venerado como un dios por una antigua raza de piel amarilla.

Después llegó Yara, versado en oscuros conocimientos transmitidos a través de los años de barbarie, antes del hundimiento de la Atlántida. Al principio Yara se sentó a mis pies para que yo le transmitiera mi sabiduría. Pero no estaba satisfecho con lo que yo le enseñaba, porque se trataba de magia blanca y él deseaba conocer la ciencia del mal, a fin de esclavizar a los reyes y saciar su ambición demoníaca. Yo no estaba dispuesto a enseñarle ninguno de los secretos de la magia negra que había adquirido, a pesar mío, a través de los siglos. Pero su inteligencia era mayor de lo que yo había creído; con argucias aprendidas entre las polvorientas tumbas de Estigia, me engañó y me obligó a revelarle un secreto que yo nunca quise contar a nadie, y volviendo mi propio poder en contra mío, me convirtió en su esclavo. ¡Oh, dioses de Yag, qué amarga ha sido mi vida desde aquel día! Me trajo desdenlas remotas selvas de Khitai, donde los monos bailan al compás de la flautas de los sacerdotes amarillos y donde las ofrendas de frutos y vinos atestaban mis rotos altares. Nunca volví a ser el dios de las buenas gentes de la selva, sino que me convertí en el esclavo de un demonio con forma humana. Sus ojos ciegos se volvieron a inundar de lágrimas.

—Me recluyó en esta torre, que construí para él por orden suya en una sola noche. Me dominó por medio del fuego y de la tortura, así como por medio de extraños tormentos sobrenaturales que tú no podrías comprender. Si pudiera, hace mucho tiempo hubiera puesto fin a esta larga agonía, quitándome la vida. Pero él me mantuvo vivo (deforme, ciego y destrozado), para que realizara sus asquerosos deseos. Y durante trescientos años he hecho su voluntad, desde este lecho de mármol, ensuciando mi alma con pecados cósmicos y mancillando mi sabiduría con crímenes, porque no podía hacer otra cosa. Pero no he revelado todos mis antiguos secretos y mi último don será el hechizo de la Sangre y la Joya porquebpresiento que se acerca el fin. Tú eres la mano del Destino. Te ruego que tomes la piedra preciosa que hallarás en aquel altar.

Conan se volvió hacia el altar de oro y marfil que le había señalado el extraño ser y tomó una enorme joya redonda, clara como un cristal carmesí, y en ese momento descubrió que era el Corazón del Elefante.

—Y ahora la gran magia, la poderosa magia, que nadie ha visto ni verá jamás en millones de milenios. Por mi alma y mi sangre lanzo el conjuro; por la sangre del pecho verde de Yag, que sueña a lo lejos en el inmenso y vasto Espacio Azul. Toma tu espada, hombre, y corta mi corazón, luego estrújalo de modo que la sangre fluya sobre la piedra roja. Después baja por esa escalera y entra en la habitación de ébano en la que está sentado Yara envuelto en sueños malignos. Pronuncia su nombre y despertará. En ese momento has de colocar esta gema delante de él y repetir estas palabras: «Yag-kosha te ofrece su último don y su último encantamiento». Después márchate de la torre rápidamente. No temas, que no habrá obstáculos en tu camino. La vida del hombre no es la vida de Yag, ni la muerte humana es la muerte de Yag. Libérame de esta prisión de carne ciega y volveré a ser Yogah de Yag, coronado y rutilante, con alas para volar, pies para danzar, ojos para ver y manos para tocar.

Conan se acercó con gesto vacilante y Yag-kosha, o Yogah, como si notara su indecisión, le indicó dónde debía clavar la hoja afilada. El joven apretó los dientes y hundió profundamente la espada. La sangre fluyó abundante empapando la hoja de la espada y su mano, y la extraña criatura se agitó convulsivamente y luego quedó completamente inmóvil. Cuando estuvo seguro que ya no estaba vivo, al menos en el sentido que él entendía la vida, Conan se aplicó a la espantosa tarea y en seguida extrajo algo que él supuso que sería el corazón de aquel ser extraño, aunque curiosamente era distinto de cualquier corazón que él había visto. Sosteniendo la víscera, que aún latía, sobre la deslumbrante joya, la apretó con ambas manos y un río de sangre cayó sobre la piedra. Para su sorpresa, la sangre no se derramó, sino que fue absorbida por la gema, como si fuera una esponja. Sosteniendo la joya con todo cuidado, el muchacho salió del fantástico recinto y se dirigió hacia la escalera de plata. No miró hacia atrás, pero supo instintivamente que el cuerpo que reposaba sobre el lecho de mármol estaba sufriendo algún tipo de transmutación, y también tuvo la sensación que era algo que no debía ser presenciado por ningún ser humano.

Cerró tras de sí la puerta de marfil y bajó la escalera de plata sin vacilar. No se le ocurrió desobedecer las instrucciones que había recibido. Se detuvo ante la puerta de ébano, en cuyo centro había una sonriente calavera de plata, y la abrió. Su mirada recorrió la habitación de ébano y azabache y vio, reclinada sobre un lecho de seda negra, una figura alta y delgada. Delante de él estaba Yara, el sacerdote y brujo, con los ojos abiertos y dilatados por los vapores del loto amarillo, mirando a lo lejos, como sumido en abismos nocturnos que están más allá de la percepción humana.

—¡Yara! —exclamó Conan, como un juez que pronuncia una condena—. ¡Despierta!

Los ojos se abrieron al instante y se volvieron fríos y crueles como los de un buitre. La negra figura vestida de seda se irguió lúgubre sobre el cimmerio.

—¡Perro! —dijo con voz sibilante como la de una cobra —. ¿Qué haces aquí?

Conan depositó la joya sobre la enorme mesa de ébano.

—El que envía esta gema me mandó decir: «Yag-kosha te

ofrece su último don y su último encantamiento».

Yara retrocedió; su rostro era oscuro y ceniciento. La joya ya no era cristalina y pura; su turbio centro palpitaba y vibraba, y en su superficie flotaban curiosas volutas de humo de colores cambiantes. Como atraído hipnóticamente, Yara se inclinó sobre la mesa y tomó entre sus manos la gema, mirando fijamente su sombrío interior, como si se tratara de un imán que le fuera a extraer su convulsiva alma del cuerpo.

Cuando Conan miró, pensó que sus ojos lo engañaban porque cuando Yara se había levantado del lecho, el sacerdote le había parecido gigantesco, y ahora vio que la cabeza de Yara apenas le llegaba al hombro. El joven parpadeó desconcertado y por primera vez en toda la noche dudó de sus sentidos.

Luego, conmocionado, se dio cuenta que el sacerdote se hacía cada vez más pequeño delante de sus propios ojos. Conan observó con indiferencia, como quien ve una representación. Abrumado por la sensación de irrealidad, el cimmerio ya no estaba seguro de su propia identidad; sólo sabía que estaba contemplando las manifestaciones externas de un juego invisible de colosales fuerzas exteriores que estaban más allá de su comprensión.

Ahora Yara tenía el tamaño de un niño, y luego se tumbó sobre la mesa como un bebé, pero todavía aferraba la joya. De pronto el hechicero se dio cuenta de cuál era su destino y dando un brinco soltó la gema. Pero se hizo más pequeño aún, y Conan lo vio convertido en un cuerpo minúsculo que corría frenéticamente sobre la mesa de ébano, agitando los diminutos brazos y chillando como una rata. Ya era tan insignificante que la gran joya parecía una montaña a su lado; Conan vio que se cubría los ojos con las manos como si quisiera protegerse del fulgor, mientras se tambaleaba como un poseído. El muchacho sintió que una fuerza magnética invisible atraía a Yara hacia la gema. Dio tres vueltas como un loco alrededor de la piedra, e intentó volverse tres veces y escapar a través de la mesa. Entonces el sacerdote lanzó un grito que sonó apagado, alzó los brazos y corrió directamente hacia la resplandeciente bola.

Inclinándose más aún, Conan vio cómo Yara trepaba por la superficie lisa y redondeada con grandes esfuerzos, como un hombre que asciende por una montaña de hielo. Por fin el sacerdote llegó a la parte superior agitando los brazos, e invocó los nombres de seres terribles que sólo los dioses conocen. Y de repente se hundió en el centro mismo de la joya, como un hombre que se hunde en el mar, y Conan vio cómo las volutas de humo se cerraban sobre su cabeza.

Luego la divisó en el centro carmesí de la gema, que se volvió transparente y cristalino, como quien contempla una imagen lejana en el tiempo y en el espacio. Entonces apareció en el mismo centro otra figura de color verde, brillante y halada, con cuerpo de hombre y cabeza de elefante, que ya no era ciego ni deforme. Yara extendió sus brazos y corrió como un loco, pero el vengador fue tras él. En ese momento la enorme joya desapareció, estallando como si fuera una pompa de jabón en medio de fulgores iridiscentes, y la mesa de ébano quedó vacía al igual —intuyó Conan— que el lecho de mármol de la habitación de arriba en el que había estado el cuerpo del extraño ser transcósmico llamado Yag-kosha o Yogan.

El cimmerio se volvió y huyó de la habitación descendiendo por la escalera de plata. Estaba tan perplejo que no se le ocurrió escapar de la torre por donde había entrado. Bajó corriendo por el sinuoso y sombrío agujero plateado hasta llegar a una habitación más grande al pie de la resplandeciente escalera. Allí se detuvo un instante; había llegado al cuarto de los soldados. Vio el brillo de sus plateadasncorazas y de las enjoyadas empuñaduras de sus espadas. Se habían desplomado sobre la mesa de banquetes, con las plumas oscuras ondeando sobriamente sobre los cascos de las cabezas caídas; yacían entre los dados y entre las copas caídas, cuyo vino manchaba el suelo de color lapislázuli.

Conan no sabía si se trataba de brujería o de magia o de la oculta influencia de las enormes alas verdes, pero su camino estaba libre de obstáculos. Había una puerta de plata abierta, recortada contra la claridad del alba. El cimmerio salió a los verdes jardines y cuando la brisa del alba sopló inundándolo de la fresca fragancia de exuberantes plantas, se estremeció como si se despertara de un sueño. Se volvió con un gesto vacilante para mirar fijamente la enigmática torre en la que había estado hace un momento. ¿Estaba embrujado y preso de un encantamiento? ¿Había soñado todo lo que creía haber vivido? Mientras se hacía estas preguntas, vio de repente que la rutilante torre, recortada contra el cielo escarlata del alba, y la cúpula incrustada de relucientes joyas que brillaban cada vez con más intensidad por los primeros rayos del sol, se tambaleó y cayó estrepitosamente desintegrándose en minúsculas partículas resplandecientes.

F I N

Título Original:

The Tower of the Elefant © 1933

 


LA TORRE DEL ELEFANTE – ROBERT E. HOWARD PART 2 DE 4

El cimmerio, enfrascado en estos pensamientos, corrió rápidamente hacia la muralla. Oyó unos pasos quedos dentro del jardín y un sonido metálico de acero y se dijo que, a pesar de lo que afirmaban, un guardián rondaba por aquellos jardines. Conan esperó para ver si lo oía pasar nuevamente, pero el silencio era total en aquellos misteriosos jardines.
Finalmente la curiosidad pudo más que él. Dio un ligero salto, apoyó una mano en la muralla y de un impulso saltó hacia arriba. Se tendió de bruces sobre el ancho borde y miró hacia abajo para observar el amplio espacio que había entre las murallas. No había ningún arbusto, pero vio unas matas cuidadosamente recortadas cerca de la muralla interior. La luz de las estrellas alumbraba el cuidado césped y se oía el rumor de una fuente.
El cimmerio se dejó caer sigilosamente hacia el interior y desenvainó la espada mirando en todas direcciones. Se estremeció de miedo como todos los salvajes cuando se ven sin protección bajo la desnuda luz de las estrellas, y avanzó con paso ligero hacia la curva de la muralla, pegado a su sombra, hasta que se encontró frente al matorral que había visto antes. Entonces corrió velozmente hacia allí y casi tropezó contra un bulto que había en el suelo entre los arbustos.
Una rápida mirada en todas direcciones le aseguró que no había ningún enemigo a la vista; entonces se agachó para investigar. Sus agudos ojos le permitieron descubrir, aun en la semioscuridad, a un hombre corpulento que llevaba una armadura plateada y el casco con penacho de la guardia real zamoria. Junto a él había un escudo y una lanza y se dio cuenta de inmediato que el hombre había sido estrangulado.
El bárbaro miró preocupado a su alrededor. Supo en seguida que aquel hombre debía de ser el guardia que había oído pasar desde su escondite. En ese breve intervalo de tiempo unas manos anónimas habían emergido de la oscuridad para quitarle hasta el último hálito de vida al soldado.
Aguzando la vista en la penumbra, vio que alguien se movía entre los arbustos próximos a la muralla. Se dirigió hacia allí empuñando la espada. No hizo más ruido que el que hubiera hecho una pantera acechando furtivamente en la noche, pero a pesar de ello el hombre al que seguía lo oyó. El cimmerio alcanzó a ver un enorme cuerpo cerca de la muralla y se sintió aliviado al comprobar que al menos era una figura humana; entonces el individuo giró rápidamente sobre sus talones y lanzó un grito de asombro que denotaba pánico, hizo ademán de dar un salto hacia adelante, con las manos extendidas, pero retrocedió al ver el brillo de la espada de Conan. Durante unos segundos llenos de tensión ninguno dijo una palabra, sino que esperaron atentos a lo que pudiera ocurrir.
—Tú no eres soldado —dijo finalmente el extraño en voz muy baja—. Tú eres un ladrón igual que yo.
—¿Y quién eres tú? —preguntó el cimmerio con un susurro receloso.
—Soy Taurus de Nemedia.
El joven bárbaro bajó su espada y dijo: —He oído hablar de ti. Todos te llaman el príncipe de los ladrones.
El extraño le contestó con una risa contenida. Taurus era tan alto como el cimmerio, pero más corpulento; aunque tenía un voluminoso vientre y era gordo, cada uno de sus movimientos denotaba un magnetismo dinámico y sutil, que se reflejaba en sus penetrantes ojos que brillaban como centellas, llenos de vida, aun a la luz de las estrellas. Iba descalzo y llevaba algo que parecía una cuerda fuerte y delgada enrollada, con nudos distribuidos en forma regular.
—¿Quién eres? —susurró.
—Soy Conan el cimmerio —contestó el joven—. He venido a ver si podía robar la gema de Yara, que todos llaman Corazón de Elefante.

Conan notó que el enorme vientre se sacudía por las risas contenidas del nemedio, pero se dio cuenta que no eran despectivas.
—¡Por Bel, dios de los ladrones! —dijo Taurus entre dientes—. Yo había pensado que era el único con valor suficiente para intentar este robo. Estos zamorios se consideran ladrones. ¡Bah! Conan, me gusta tu osadía. Nunca he compartido una aventura con nadie, pero por Bel que vamos a intentar esto juntos, si estás de acuerdo.
—Entonces, ¿tú también estás en busca de la gema?
—¿Qué otra cosa podía buscar? He estado trazando mis planes durante meses, pero me parece que tú, en cambio, has actuado en forma impulsiva, amigo.
—¿Eres tú quien ha matado al soldado?
—Por supuesto. Me arrastré por la muralla cuando él estaba en el otro extremo del jardín. Cuando me escondí entre los matorrales me oyó, o creyó haber oído algo. En el momento en que cometió el error de venir hacia mí, fue muy fácil ponerme detrás de él y apretarle el cuello por sorpresa, asfixiándolo hasta que exhalara el último suspiro de su necia vida. Era, como casi todos los hombres, medio ciego en la oscuridad.
—Pero has cometido un error —dijo Conan.
Los ojos de Taurus se encendieron de cólera cuando dijo:
—¿Un error, yo? ¡Imposible!
—Deberías haber ocultado el cadáver entre los arbustos.
—El novato pretende enseñar su arte al maestro. Debes saber que no cambian la guardia hasta pasada la medianoche. Si alguien viene a buscarlo ahora y encuentra su cuerpo, irá a comunicarle inmediatamente la noticia a Yara, lo que nos daría tiempo para escapar. Pero si no lo hallaran, rastrearán los arbustos y nos atraparán como a ratas en una trampa.
—Tienes razón —admitió Conan.
—Así es. Ahora escucha. Estamos perdiendo tiempo con esta maldita discusión. No hay guardianes en el jardín interior, quiero decir guardianes humanos, aunque hay centinelas que son mucho más peligrosos aún. Es su presencia la que me ha detenido durante tanto tiempo, pero finalmente he descubierto una forma de burlarlos.
—¿Y qué me dices de los soldados que vigilan en la parte inferior de la torre?
—El viejo Yara vive en las habitaciones superiores. Por ese camino entraremos… y saldremos, espero. No me preguntes cómo. He planeado una forma de hacerlo. Nos introduciremos furtivamente por la parte superior de la torre y estrangularemos al viejo Yara antes que nos pueda hechizar con alguno de sus condenados maleficios. Al menos lo intentaremos; corremos el riesgo que nos convierta en arañas o en sapos asquerosos, pero por otro lado tenemos la posibilidad de obtener toda la riqueza y el poder del mundo. Un buen ladrón debe saber correr riesgos.
—Iré hasta donde sea —dijo Conan, quitándose las sandalias.
—Entonces, sígueme.
Taurus terminó de decir esto y se volvió, tomó impulso, se aferró a la muralla y saltó. La agilidad de aquel hombre era asombrosa, teniendo en cuenta su tamaño; parecía casi deslizarse hacia el borde del muro. Conan lo siguió y cuando estaban de bruces sobre el ancho paredón, hablaron en voz baja.
—No veo ninguna luz —dijo Conan entre dientes.

La parte inferior de la torre se parecía mucho a la parteque se veía desde fuera del jardín: un cilindro perfecto y brillante, que no parecía tener ninguna abertura.
—Hay puertas y ventanas hábilmente construidas — respondió Taurus—. Pero están cerradas. Los soldados respiran el aire que viene de arriba.
El jardín era un vago conjunto de sombras cubiertas de pequeños árboles donde se balanceaban sobriamente en la oscuridad ligeros arbustos. El cauto espíritu de Conan sintió el aura amenazadora que se cernía sobre aquel lugar. Percibió la mirada ardiente de unos ojos invisibles y sintió un aroma sutil que le erizó instintivamente el pelo de la nuca como a los sabuesos cuando huelen la presencia de su antiguo enemigo.
—Sígueme —susurró Taurus—. Ven detrás de mí, si aprecias en algo tu vida. Extrayendo de su cinto lo que parecía ser un tubo de cobre, el nemedio se dejó caer nuevamente encima del césped interior. Conan lo seguía de cerca con la espada preparada, pero Taurus lo empujó hacia atrás, contra la pared, y se quedó inmóvil. Estaba en una actitud de tensa expectación y su mirada, al igual que la de Conan, estaba fija en las sombras de los arbustos que había cerca de allí. La mata se movía a pesar que la brisa había dejado de soplar. En ese momento vieron dos enormes ojos resplandecientes entre las ondulantes sombras y detrás de estos pudieron ver otros destellos de fuego que centelleaban en la oscuridad.
—¡Leones! —musitó Conan.
—Sí. De día los encierran en unas cavernas subterráneas que hay debajo de la torre. Por eso no hay guardianes en este jardín. Conan contó rápidamente los ojos y dijo: —Yo veo cinco, pero quizá haya más en los matorrales. Nos atacarán de un momento a otro.

—¡Silencio! —dijo Taurus en voz muy baja apartándose del muro con prudencia, como si estuviera caminando sobre cuchillas, y alzando el delgado tubo. Se oían ruidos sordos provenientes de las sombras y se veía avanzar los ojos resplandecientes. Conan percibió las inmensas mandíbulas babeantes y las colas que azotaban el aire en todas direcciones. La tensión era insoportable. El cimmerio empuñó la espada, a la espera del inevitable ataque de los gigantescos cuerpos. Entonces Taurus se llevó el extremo del tubo a los labios y sopló con fuerza. Un gran chorro de polvo dorado salió por el otro extremo y se extendió instantáneamente formando una densa nube de color verde amarillento que cubrió los arbustos, ocultando los resplandecientes ojos.
Taurus corrió apresuradamente hacia el muro. Conan lo miró sin comprender. La densa nube ocultaba los matorrales y no se oía nada.
—¿Qué es ese polvo? —preguntó el joven, preocupado.
—¡Es la muerte! —dijo el nemedio con tono sibilante—. Si se levantara viento y soplara en nuestra dirección, tendríamos que huir saltando la muralla. Pero no, no se ha levantado viento y la nube se está disipando. Espera hasta que desaparezca del todo. Respirar ese polvo supone la muerte.
Finalmente quedaron flotando sólo unas tenues nubecillas amarillentas en el aire; cuando desaparecieron, Taurus indicó a su compañero con la mano que avanzara. Se dirigieron sigilosamente hacia los arbustos y Conan se quedó boquiabierto. Tendidos en el suelo entre las sombras yacían cinco cuerpos de color pardo cuya mirada feroz se había extinguido para siempre. Un olor dulzón y empalagoso persistía en el aire.
—¡Murieron sin lanzar un solo rugido! —murmuró el cimmerio—. Taurus, ¿qué era ese polvo?

—Estaba hecho con flores de loto negro, que crecen en las selvas remotas de Khitai, en la que sólo habitan los monjes de cráneo amarillo de Yun. Esas flores causan la muerte al que las huele.
Conan se arrodilló al lado de los enormes animales muertos, asegurándose que no podían hacerle daño. Movió la cabeza pensando que la magia de las tierras exóticas era terrible y misteriosa a los ojos de los bárbaros del norte.
—¿Por qué no matamos a los soldados de la torre de la misma manera? —preguntó el muchacho.
—Porque ése era todo el polvo que tenía. Su obtención fue una hazaña que por sí sola hubiera bastado para hacerme famoso entre todos los ladrones del mundo. Lo robé de una caravana que se dirigía a Estigia, y me apoderé de él, con su bolsa tejida con hilos de oro, tomándola entre los anillos de la inmensa serpiente que lo cuidaba, sin siquiera despertarla.
¡Pero, vamos ya, por Bel! ¿Vamos a pasar toda la noche hablando?
Entonces se arrastraron entre los arbustos hasta llegar a la fulgurante base de la torre, y allí, imponiendo silencio con un gesto, Taurus desenrolló la cuerda de nudos, en uno de cuyos extremos había un fuerte gancho de acero. Conan intuyó cuál era su plan y no hizo ninguna pregunta. Entre tanto, el nemedio tomó la soga a corta distancia del gancho y comenzó a hacerlo girar sobre su cabeza. Conan apoyó su oreja sobre la lisa superficie del muro para ver si escuchaba algo, pero no oyó nada. Evidentemente, los soldados que estaban dentro no sospechaban la presencia de los intrusos, que habían hecho menos ruido que el viento de la noche soplando entre los árboles. Sin embargo, el bárbaro sentía un extraño nerviosismo. Tal vez fuera por el olor de los leones, que se percibía en todas partes.
Taurus lanzó la cuerda con un movimiento uniforme y ondulante de su fuerte brazo. El gancho trazó una extraña curva, difícil de describir, y desapareció por encima del enjoyado borde. Aparentemente quedó bien sujeto, pues los cuidadosos tirones del hombre no consiguieron aflojarlo.
—Suerte al primer intento —murmuró Taurus—. Ahora…
El salvaje instinto de Conan hizo que se volviera súbitamente, porque la muerte que estaba encima de ellos era silenciosa. Un vistazo bastó para que el cimmerio viera la gigantesca sombra parda, erguida bajo el firmamento, preparándose para el ataque mortal. Ningún hombre civilizado se habría movido con la rapidez del bárbaro. Su espada centelleó helada bajo la luz de las estrellas, impulsada por la fuerza y el valor desesperado del joven, y en ese momento el hombre y la bestia rodaron juntos por el suelo.
Maldiciendo de modo incoherente para sus adentros, Taurus se agachó para observar los cuerpos y vio que las extremidades de su compañero se movían tratando de quitarse de encima el enorme peso fláccido que tenía sobre su cuerpo. El nemedio miró y vio asombrado que el león estaba muerto, con el cráneo partido en dos. Taurus sujetó el cuerpo del animal muerto y; con su ayuda, Conan lo empujó a un lado y se levantó aferrando aún su espada manchada de sangre.
—¿Estás herido, amigo? —preguntó boquiabierto Taurus, todavía perplejo por la pasmosa rapidez con la que había ocurrido todo.
—¡Por Crom, no! —respondió el bárbaro—. Pero me he librado por poco. ¿Por qué esa maldita bestia no rugió en el momento de atacar?