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LA ERA HIBORIANA (Part 3) – ROBERT E. HOWARD

LA ERA HIBORIANA

Capitulo 3: Los reinos Hiborianos.

Circa 14000 – 10000 A.C.

1500 Años después del cataclismo que creó el mar interior, las tribus hiborianas han ido de norte a sur conquistando y destruyendo muchos de los clanes no clasificados, sin embargo, estos conquistadores no han hecho contacto con las tribus mas antiguas.

36

Por el sureste, los descendientes de los Zhemri han empezado a revivir las sombras de su antigua cultura.

Por el occidente los Apish de la Atlántida iniciaron el ascenso hacia la verdadera humanidad.

Mientras que, al sur de ellos, los Pictos permanecen salvajes, desafiando las leyes de la naturaleza al no progresar ni retroceder.

Y en el lejano sur, permanece dormido el misterioso reino de Estigia.

Sobre la frontera oriental, clanes de nómadas salvajes son conocidos como Los Hijos de Shem. 

Y cerca de los Pictos, en el extenso valle de Zingg, protegido por enorme montañas, una banda de primitivos sin nombre crearon un avanzado sistema de vida.38

Mientras, el primero de los reinos hiborianos surgía a la existencia… El rudo y bárbaro reino de Hiperborea, el cual tuvo sus inicios en un tosco fuerte, de rocas  amontonadas para repeler los ataques. Existen  mas eventos dramáticos en la historia del surgimiento de este feroz reino cuya gente cambió abruptamente su condición de nómada para establecerse en moradas fijas.

Por esa época, los Lemurios evolucionaban en una forma semi civilizada y así se recuperaban del naufragio que tanto los había hecho retroceder.

Los hiborianos,  mientras tanto fundaron el reino de Koth en las fronteras de las pastorales tierras de Shem. Los salvajes de las tierras de Shem hicieron contacto con los Hiborianos y los Estigianos emergían lentamente de su bárbara condición.

Hacia el norte, el primer reino de Hiperborea es derribado por otra tribu la cual conservó su antiguo nombre.

Al sureste de Hiperborea, el reino de los Zhemri se llamó Zamora.

Por el suroeste, los Pictos invasores se mezclaron con los agricultores moradores del fértil valle de Zingg. Esta raza mezclada, sería conquistada por una tribu de Hyedat y con estos revueltos elementos surgió el reino de Zingara.

500 años después, los reinos del mundo quedaban claramente definidos. Los reinos de los Hiborianos: Aquilonia, Nemedia, Britunia, Hiperborea, Koth, Ofir, Argos, Corintia y el Reino Fronterizo denominado mundo occidental. 44

Zamora queda al este, Zingara al suroeste de ésta. 

46 Más al sur, duerme Estigia, intocable para los invasores extranjeros, mediante la gente de Shem cambio el yugo estigiano por el amargo de Koth. Los estigianos marcharon por el sur del rio Styx, el cual desemboca en el mar occidental.

Al norte de Aquilonia están los cimerianos, furiosos salvajes que nadie ha sometido. Descendientes de la antigua Atlántida, ellos progresaban más rápidamente que sus viejos enemigos los Pictos, quienes habitaron el salvaje oeste de Aquilonia.

Otros cinco siglos y la gente Hibori fue la poseedora de una viril civilización, cuyo reino más poderoso es el de Aquilonia. Donde otros compiten con él en cuanto a esplendor y fuerza. Son supremos en el mundo occidental.

En el norte, sin embargo, los barbaros de ojos azules y doradas cabellos, ahuyentaron a las restantes tribus hiborianas, excepto a las de Hiperborea. Su tierra es Nordeheim y se divide entre los Vanir de cabellos rojos y los Aesir, de cabellos amarillo.

Los lemurianos entran de nuevo a la historia como Hirkarianos. Presionando hacia el oeste, una tribu estableció el reino de Turan en la playa del mar interior de Vilayet. Luego, otros clanes hirkarianos presionaron alrededor de dicho mar.

Conozcamos a la gente de aquella época:

Los dominantes hiborianos ya no son de cabello y ojos oscuros, se han mezclado con otras razas, ´pero sin que esta unión los haya debilitado.

Los semitas son hombres de estatura media, de ojos oscuros y de barba espesa y negra. 50

La clase dominante de Estigia, son de hombres altos y fuertes.

La gente de Nordheim conservan su piel clara, ojos azules y pelo rubio.

Los cimerianos son altos, poderosos, de pelo negro y ojos azules o verdes.

Los pictos guardan el mismo tipo de siempre, bajos de estatura, morenos y de ojos y pelo negro.

Al sur de Estigia, se encuentran los vastos reinos negros: De Los Amazonas, Los Kushitos de la Atlántida y el imperio de Zembabwei.

Entre Aquilonia y la salvaje población de los Pictos, descansan los Bosonianos, descendientes de aborígenes y mezclados con hiborianos. Ellos son testarudos guerreros y grandes arqueros, lo que les ayudó para sobrevivir durante los siglos de guerra contra los bárbaros del norte y del oeste.

Esta, por lo tanto fue una “época soñada”… cuando los reinos se esparcieron por el mundo y bajo las estrellas.

Fue la era de Conan…


EL CORAZON CONDENADO (PART IV) – CLIVE BARKER

Ocho

1

Hubo truenos toda la noche. Una tormenta sin lluvia que inundaba el aire de un olor a acero. Kirsty nunca había dormido bien. Ni siquiera cuando era niña: aunque su madre sabia muchas canciones de cuna, suficientes para apaciguar a naciones enteras, nunca le había sido fácil dormir. No era que tuviera pesadillas; en todo caso, si las tenia, ninguna se prolongaba hasta la mañana. Era que el sueño mismo, el acto de cerrar los ojos y renunciar al control de la conciencia, era algo para lo que resultaba inadecuada por temperamento.
Esta noche, con los truenos tan fuertes y los rayos tan brillantes, estaba feliz. Tenía una excusa para abandonar su lecho revuelto, tomar té y contemplar el espectáculo desde la ventana. También le daba tiempo para pensar, tiempo para darle vueltas al problema que la acosaba desde que abandonara la casa de la calle Ludovico. Pero aún no estaba cerca
de encontrar una respuesta. Una duda en particular la hostigaba. ¿Y si estaba equivocada sobre lo que había visto? ¿Si había interpretado mal las evidencias y Julia podía ofrecer una explicación perfectamente aceptable? Perdería a Rory de un plumazo. Y sin embargo, ¿cómo podía callar? No soportaba pensar en esa mujer, riéndose a espaldas de Rory, explotando su amabilidad, su ingenuidad. La idea le hacía hervir la sangre. La única alternativa era esperar y observar, ver si podía encontrar evidencias incontrovertibles. Si sus peores suposiciones quedaban confirmadas, no tendría otra opción que contarle a Rory todo lo que había visto. Sí. Esa era la respuesta. Esperar y observar; observar y esperar. Los truenos retumbaron durante largas horas, negándole el sueño hasta casi las cuatro. Cuando por fin se durmió, fue con el sueño de alguien que observa y espera. Ligero, y lleno de suspiros.

2

La tormenta convertía la casa en un tren fantasma. Julia estaba sentada en la planta baja y contaba los segundos que transcurrían entre cada relámpago y la furia que le pisaba los talones. Nunca le habían gustado los truenos. A ella, una asesina; a ella, la consorte del muerto vivo. Era otra paradoja que se agregaba a las miles que, como
venia descubriendo últimamente, operaban en su persona. Más de una vez, pensó en ir arriba y extraer algún bienestar del prodigio, pero sabía que no era muy prudente hacer tal cosa. Rory podía regresar en cualquier momento de la fiesta de la oficina. Estaría ebrio, según le dictaban las experiencias pasadas, y rebosante de un cariño que ella no deseaba. Lentamente, la tormenta se iba acercando. Encendió la televisión para tapar el ruido, pero apenas lo logró. Rory llegó a las once, deshaciéndose en sonrisas. Tenía buenas noticias. En medio de la fiesta, su supervisor lo había llevado aparte para alabarlo por su excelente labor y hablarle de grandes cosas para el futuro. Julia escucho el relato de la conversación, esperando que la borrachera impidiera que Rory notara su indiferencia. Por fin, transmitida la noticia, éste se quito la chaqueta a los tirones y se sentó en el sofá junto a ella.

—Pobrecita —le dijo—. No te gustan los truenos.

—Estoy bien —dijo ella.

—¿Segura?

—Sí, bien.

Él se inclinó hacia ella y le frotó la oreja con la nariz.

—Estás transpirado —le dijo ella como al pasar. Pero él no suspendió las insinuaciones; no estaba dispuesto a bajar la batuta ahora que había comenzado.

—Rory, por favor —dijo ella—. No quiero.

—¿Por qué no? ¿Qué hice?

—Nada —dijo ella, fingiendo estar interesada en la televisión—. Todo está bien contigo.

—Ah, ¿en serio? —dijo él—. Tú estas bien. Yo estoy bien. Mierda, estamos todos bien.

Julia miraba fijamente la pantalla fluctuante. Acababa de comenzar el noticiero de la noche: la habitual copa de tristezas, llena hasta el borde. Rory siguió hablando, ahogando la voz del locutor del noticiero con su diatriba. A ella no le importaban mucho las noticias. ¿Qué tenia el mundo para contarle? Bastante poco. Mientras que ella, ella, podía contarle al mundo algunas noticias que lo harían tambalear. Noticias sobre la condición de los malditos, sobre el amor perdido y luego encontrado, sobre lo que
tenían en común la desesperación y el deseo.

—…por favor, Julia…—estaba diciendo Rory— háblame…

Las súplicas exigían su atención. Él la miraba, pensó ella, igual que el niño de las fotografías: el cuerpo hirsuto y, mas grande, las ropas de un adulto, pero aun así, en
esencia, un niño, con la mirada perpleja y la boca malhumorada. Recordó la pregunta de Frank. ¿Cómo pudiste casarte con semejante estúpido? Pensando en eso, una
marga sonrisa le partió los labios. Él la miró, profundizando su perplejidad.

—¿Qué es lo que te parece tan gracioso, maldita seas?

—Nada.

Rory meneó la cabeza, reemplazando el malhumor con una sorda furia. El retumbar del trueno sucedió al relámpago con apenas un segundo de diferencia. Al mismo tiempo, se oyó un ruido desde el piso de arriba. Julia volvió su atención al televisor para distraer el interés de Rory. Pero fue una tentativa vana: él lo había escuchado.

—¿Qué carajo es eso?

—Truenos.

Rory se levantó.

—No —dijo—. Otra cosa. —Ya estaba en la puerta.

Por la cabeza de Julia corrieron vertiginosamente una docena de alternativas, pero ninguna era práctica. Rory, bajo la influencia de la borrachera, se puso a luchar con el
picaporte.

Tal vez dejé una ventana abierta —dijo ella, y se levantó—. Iré a ver.

—Puedo hacerlo yo —respondió él—. No soy totalmente inepto.

—Nadie dijo que… —comenzó ella, pero él no la escuchaba. Cuando avanzaba por el pasillo, un relámpago y un trueno llegaron juntos, fuerte el uno y brillante el otro.
Inmediatamente después vino otro relámpago, acompañado por un estruendo que revolvía las tripas, al tiempo que Julia salía en persecución de Rory que ya estaba en
mitad de la escalera.

—¡No fue nada! —le gritó ella. Él no contestó, sino que siguió subiendo hasta llegar arriba. Ella lo siguió.

—No… —le dijo, en un momento de calma entre un trueno y el siguiente. Cuando llegó arriba, él la estaba esperando.

—¿Pasa algo? —le dijo.

Julia escondió la ansiedad detrás de un encogimiento de hombros.

—Te estás portando como un tonto —contestó suavemente.

—¿De veraz?

—Fue sólo un trueno.

La expresión de Rory, iluminada por la luz del pasillo de abajo, de pronto se suavizó.

—¿Por qué me tratas como la mierda? —pregunto él.

—Estás cansado, eso es todo.

—¿Por qué, insisto? —persistió él, como un niño—. ¿Qué te hice?

—Todo está bien —dijo ella—. En serio, Rory. Todo está bien. —Las mismas banalidades hipnóticas, una y otra vez.

Nuevamente, un trueno. Y debajo del estruendo, otro sonido. Julia maldijo la falta de discreción de Frank. Rory se dio vuelta y miró el oscuro pasillo.

—¿Oíste eso? —preguntó.

—No.

Bamboleando los brazos y las piernas por la borrachera, se alejó de ella. Lo vio desaparecer en las sombras. El destello de un relámpago, colándose por la puerta
abierta del dormitorio, lo iluminó; después, otra vez la oscuridad. Iba hacia el dormitorio húmedo. Hacia Frank.

—Espera… —dijo ella, y fue tras él.
Rory no se detuvo, sino que terminó de recorrer los pocos metros que lo separaban de la puerta. Al tiempo que ella lo alcanzaba, su mano se cerró sobre el picaporte.
Inspirada por el pánico, Julia extendió el brazo y le tocó la mejilla.

—Tengo miedo… —dijo.

Él la miró ofuscado.

—¿De qué? —le preguntó.

Ella movió la mano hasta tocarle los labios, dejándolo saborear el miedo que tenía en los dedos.

—La tormenta —dijo ella.

En la penumbra, Julia veía la humead de sus ojos y muy poco más. ¿Rory estaba tragándose el anzuelo o escupiéndolo? Entonces:

—Pobrecita —dijo él.

Se lo tragó, pensó ella; bajando el brazo, puso su mano en la de él y lo alejo de la puerta. Si Frank respiraba siquiera, todo estaba perdido.

—Pobrecita dijo él otra vez, y la envolvió con su brazo. No tenía muy buena estabilidad; era un peso muerto colgado de Julia.

—Vamos —dijo ella, para instarlo a alejarse de la puerta. Caminaron juntos un par de pasos vacilantes y luego Rory perdió el equilibrio. Ella lo soltó y buscó apoyo en la
pared. Hubo otro relámpago y, gracias a él, Julia vio que los ojos de Rory, centelleantes, estaban fijos en los de ella.

—Te amo —dijo él, avanzando por el pasillo. Se apretó contra Julia tan pesadamente que no había forma de apartarlo. Inclinó la cabeza hacia la curva de su cuello,
mascullando palabras dulces contra su piel; ahora la besaba. Julia quería quitárselo de encima. Más todavía, quería tomarlo de la mano pegajosa y llevarlo a ver al monstruo
que desafiaba la muerte, el que Rory había estado tan cerca de encontrar. Pero Frank no estaba preparado para esa confrontación; todavía no. Lo único que Julia podía hacer era soportar las caricias de Rory y desear que el agotamiento lo venciera pronto.

—¿Por qué no bajamos? —propuso.

Él murmuro algo contra su cuello y no se movió. Le había puesto la mano izquierda en el seno izquierdo; con la otra la aferraba de la cintura. Ella lo dejó deslizar los dedos por debajo de la blusa. Si se resistía a esta exigencia no lograría otra cosa que enardecerlo más.

—Te necesito —dijo él, poniéndole la boca contra la oreja. Una vez, hacia media vida, a Julia le había parecido que su corazón brincaba al oír tales manifestaciones. Ahora
tenía más experiencia. Su corazón no era un acróbata; no sentía ningún hormigueo en los vericuetos del abdomen. Sólo existían los quehaceres continuos del cuerpo: ingresaba aire, circulaba la sangre, la comida se hacia pulpa y excremento. Descubrió que era más fácil dejar que él le quitara la blusa y le apoyara la cara en los senos si
pensaba en su propio organismo como en un simple conjunto de imperativos naturales alojados en el músculo y el hueso. Sus terminaciones nerviosas respondieron
obedientemente a la lengua de Rory, pero, una vez más, no fue otra cosa que una mera lección de anatomía. Julia estaba encerrada en la cúpula de su cráneo y permanecía
inmutable. Rory se desprendió los botones. Julia entrevió la jactanciosa golosina que él le frotaba contra el muslo. Él le abrió las piernas y la bajó la ropa interior sólo lo suficiente para lograr el acceso. Ella no opuso objeciones, ni emitió sonido alguno, mientras él la penetraba. Casi de inmediato, Rory comenzó a parlotear: débiles alegatos de amor y lujuria, desesperadamente enredados. Julia lo escucho a medias y lo dejó hacer a su antojo, mientras Rory enterraba la cara en su pelo. Cerrando los ojos, Julia trató de rememorar épocas mejores, pero los relámpagos echaban a perder sus sueños. Cuando el sonido llegó antes que el fogonazo, abrió los ojos otra vez y vio que la puerta del dormitorio húmedo se había abierto cinco o diez centímetros. En el estrecho espacio entre la puerta y el marco, pudo distinguir una figura resplandeciente que los observaba.

No podía ver los ojos de Frank, pero los sentía, mucho mas filosos que puñales por la envidia y la furia. Tampoco aparto la mirada, sino que contemplo fijamente a la sombra mientras aumentaban los gemidos de Rory. Y, por fin, una cosa llevo a la otra y se imaginó acostada en la cama, sobre el vestido de novia arrugado, mientras una bestia negra y escarlata ascendía lentamente entre sus piernas para entregarle una muestra de su Amor.

—Pobrecita —fue lo último que dijo Rory antes de que el sueño se apoderara de él.

Estaba acostado en la cama, todavía con la ropa puesta. Julia no hizo ningún intento por desvestirlo. Cuando los ronquidos se hicieron uniformes, lo dejó solo con ellos y
regresó a la otra habitación. Frank estaba de pie junto a la ventana, mirando la tormenta que se desplazaba hacia el sudeste. Había arrancado la persiana. La luz de un farol de la calle bañaba las paredes.

—Te oyó —dijo ella.

—Tenía que ver la tormenta —respondió él con sencillez—. Lo necesitaba.

—Casi te descubre, maldición.

Frank meneó la cabeza.

—No existen los “casi” —dijo, sin dejar de mirar por la ventana. Después de una pausa

—: Quiero ir allá afuera. Quiero tenerlo todo otra vez.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes —le dijo—. No puedes concebir el hambre que me domina.

—Mañana, entonces —dijo ella—. Mañana conseguiré otro cuerpo.

—Sí. Hazlo. Y quiero otras cosas. Por empezar una radio. Quiero saber que esta ocurriendo afuera. Y comida, comida de verdad. Pan recién hecho…

—Lo que necesites.

—…y jengibre. Del que viene en conserva, ¿sabes? En almíbar.

—Ya sé.

Él giro la cabeza y la miró brevemente, pero sin verla. Esta noche había demasiado mundo que conocer de nuevo.

—No me había dado cuenta de que estábamos en otoño —dijo, y volvió a mirar la tormenta.

Nueve

1

Lo primero que advirtió Kirsty cuando doblo la esquina de la calle Ludovico, al día siguiente, fue que había desaparecido la ventana de la persiana de arriba. En su lugar,
habían pegado hojas de diarios en el vidrio. Descubrió un sitio de observación ventajoso, bajo la protección de un ligustro, desde el
cual podía vigilar la casa con la esperanza de no ser vista. Así las cosas, se acomodó para la vigilia. Su recompensa no llego pronto. Pasaron más de dos horas hasta que vio a Julia salir de la casa; otra hora y cuarto hasta que volvió. A esas alturas, los pies de Kirsty estaban insensibles de frió. Julia no había regresado sola. Kirsty no conocía al hombre que la acompañaba;
tampoco parecía probable que perteneciera al círculo de amistades de Julia. A la distancia, se veía maduro, fornido, de calva incipiente. Antes de seguir a Julia al interior
de la casa, el hombre hecho un rápido vistazo hacia atrás, como temeroso de que alguien estuviera espiándolos. Kirsty espero en su escondite un cuarto de hora más, sin estar segura de que hacer a continuación. ¿Debía quedarse allí hasta que el hombre saliera, para luego encararlo? ¿O ir a la casa y tratar de convencer a Julia de que la dejara entrar? Ninguna de las dos alternativas era demasiado atractiva. Optó por no decidirse. En vez de eso, se acercaría mas a la casa y, en su momento, vería que le dictaba la inspiración. Lo que le dicto fue muy poco. Mientras avanzaba por el sendero, sus pies deseaban con todas sus fuerzas dar la vuelta y llevársela lejos. A decir verdad, estaba a un tris de hacer exactamente eso cuando oyó un grito proveniente de adentro. El hombre se llamaba Sykes, Stanley Sykes. No era sólo eso lo que le había dicho a Julia cuando venían del bar. Ya sabía el nombre de su esposa (Maudie) y su ocupación (asistente de pedicuro); había visto fotos de sus hijos (Rebecca y Ethan), que él le había enseñado para que ella hiciera comentarios tiernos. Como si la desafiara a continuar con la seducción. Julia había sonreído apenas, diciéndole que era un hombre muy afortunado. Pero, una vez en la casa, las cosas comenzaron a salirse de cauce. De pronto, a mitad de la escalera, el amigo Sykes le anuncio que lo que estaban haciendo estaba mal… que Dios los veía, que conocía sus corazones y los había descubierto en falta. Ella hizo lo mejor posible por calmarlo, pero él no quiso aceptar que lo alejara del Señor. En vez de eso, se enojo con Julia y la golpeó. Pudo haberle hecho algo peor, en medio de su ataque de ira virtuosa, si no hubiese sido por la voz que lo llamó desde el pasillo de arriba. Instantáneamente, dejó de pegarle y se puso tan pálido como si creyera que era el mismísimo Dios quien lo llamaba. Entonces, en la cima de la escalera, apareció Frank en toda su gloria. Sykes dejó escapar un alarido y trató de correr. Pero Julia actuó con velocidad. Lo detuvo con la mano el tiempo suficiente para que Frank descendiera esos pocos escalones y asestara un golpe definitivo. Recién al oír el crujido y el chasquido de los huesos cuando Frank se apodero de la presa, Julia se percato de lo fuerte que se había vuelto en los últimos tiempos,
seguramente más fuerte que cualquier hombre normal. Al sentir el contacto de Frank, Sykes volvió a gritar. Para silenciarlo, Frank le dislocó la mandíbula. El segundo grito que oyó Kirsty terminó abruptamente, pero en su tono llegó a percibir tanto pánico que fue corriendo hasta la puerta y estuvo a punto de golpear. Recién entonces lo pensó mejor. En vez de golpear, avanzó silenciosamente por el
costado de la casa, dudando con cada paso que daba de la prudencia de sus actos, pero igualmente segura de que un asalto frontal no la conduciría a ningún lado. El portón que daba acceso al jardín trasero no tenía pestillo. Pasó, con los oídos pendientes de cualquier sonido, especialmente el de sus propios pies. Desde la casa, nada. Ni siquiera un gemido. Dejando el portón abierto por si necesitaba una pronta retirada, se apresuró a llegar a la puerta trasera. Esta vez, permitió que la duda aminorara la velocidad de sus pasos. Quizás debía llamar a Rory, hacerlo venir a la casa. Pero para entonces cualquier cosa que estuviera sucediendo ahí dentro habría terminado y ella sabía perfectamente bien que Julia lograría escabullirse de cualquier acusación, a menos que pudiera atraparla con las manos en la masa. No, esta era la única manera. Entró. La casa seguía en completo silencio. Ni siquiera se oían pasos que le permitieran ubicar a los actores que había venido a ver. Avanzó hasta la puerta de la cocina y desde allí hasta el comedor. Se le crispó el estomago; de pronto tenia la garganta tan seca que apenas podía tragar. Del comedor al vestíbulo, y de allí al pasillo. Todavía nada: ni murmullos ni suspiros. El único sitio donde podían estar Julia y su compañero era arriba, lo que le sugería que se había equivocado al suponer que los gritos eran de miedo. Quizás lo que había oído eran gritos de placer. Un estertor orgásmico, no de terror como había interpretado. Era un error muy fácil de cometer. La puerta delantera estaba a su derecha, a pocos metros de distancia. La tentó la cobardía: todavía podía deslizarse afuera y escapar, y nadie se enteraría de nada. Pero una feroz curiosidad se había apoderado de ella, un deseo de descubrir (de ver) los misterios que guardaban la casa y acabar con ellos. Mientras subía por la escalera, la curiosidad fue aumentando hasta convertirse en una especie de alborozo. Llego arriba y comenzó a caminar por el pasillo. Se le ocurrió la idea de que los tortolos habían volado, que se habían ido por adelante mientras ella entraba subrepticiamente por la parte trasera. La primera puerta a la izquierda era el dormitorio; si Julia y su amante estaban apareándose, seguramente seria allí. Pero no. La puerta estaba entreabierta y ella espió. La colcha no tenia arrugas. Entonces, oyó un alarido deforme. Tan cercano, tan fuerte, que los latidos de su corazón perdieron el ritmo. Se aparto del dormitorio, agachándose, y vio surgir una figura tambaleante de uno de los cuartos que daban al pasillo, más adelante. Demoró un momento en reconocer al hombre impaciente que había llegado con Julia…y sólo logro reconocerlo por la ropa. El resto estaba cambiado, horriblemente cambiado. En los minutos transcurridos desde que lo viera en el escalón de la entrada, una devastadora enfermedad se había
apoderado de él, marchitándole la carne sobre los huesos. Al ver a Kirsty, el hombre se lanzó en su dirección, buscando la frágil protección que ella podía ofrecerle. Sin embargo, no se había alejado más de un paso de la puerta cuando una forma apareció lentamente detrás de él. También parecía enfermo: tenía el cuerpo vendado de pies a cabeza… y los vendajes estaban manchados de sangre y de pus. No obstante, en la velocidad y la ferocidad de su ataque subsiguiente no hubo nada que sugiriera enfermedad. Todo lo contrario. Estiró los brazos hacia el hombre que huía y lo agarró del cuello. Kirsty soltó un alarido mientras el captor atraía a la presa hacia su abrazo. La victima exhalo únicamente el breve quejido del que su rostro era capaz. Después, su antagonista apretó más el abrazo. El cuerpo tembló y se sacudió, las piernas se encorvaron. Le salió sangre de los ojos, la nariz y la boca. Las gotas invadieron el aire, cayendo como el granizo, estrellándose contra la frente de Kirsty. La sensación la arrancó de la inercia. No era momento de esperar y observar. Corrió. El monstruo no intentó perseguirla. Alcanzó la escalera sin ser atrapada. Pero mientras sus pies empezaban a descender, el monstruo se dirigió a ella. Su voz era… familiar.

—Allí estás —dijo.

Hablaba en un tono tranquilizador, como si la conociera. Se detuvo.

—Kirsty —le dijo—. Espera un poco.

Su cabeza le decía que corriera. Sin embargo, sus entrañas se resistían a seguir el buen consejo. Quería recordar de quién era esa voz que hablaba desde los vendajes.
Todavía podía escaparse perfectamente bien, razonó; tenia una ventaja de siete metros. Se dio vuelta y miró la figura. El cuerpo que ésta tenía en los brazos estaba doblado, en posición fetal, pecho contra piernas. La bestia lo dejó caer.

—Lo mataste… —dijo ella.

La cosa asintió. Aparentemente, no pensaba disculparse, ni ante la victima ni ante la testigo.

—Lo lloraremos más tarde —le dijo y avanzó un paso hacia ella.

—¿Dónde está Julia? —exigió Kirsty.

—No te inquietes. Todo está bien… —dijo la voz. Kirsty estaba a punto de de recordar de quién era. Mientras ella seguía atónita, la cosa avanzó otro paso apoyando una mano en la pared, como si le faltara equilibrio.

—Te vi… —continuó—. Y creo que tú me viste. En la ventana… —El desconcierto de Kirsty aumentó. ¿Tanto hacia que esa cosa estaba en la casa? Si no era así, Rory
debía… Y entonces reconoció la voz.

—Sí. Te acuerdas. Veo que te acuerdas…

Era la voz de Rory, o mejor dicho, una voz muy aproximada a la de él. Más gutural, más engreída, pero de una semejanza tan pavorosa que la mantuvo clavada en su lugar mientras la bestia avanzaba con paso vacilante, hasta que estuvo lo bastante cerca para apresarla. Finalmente, Kirsty reaccionó de su fascinación y se dio vuelta para escapar, pero la batalla ya estaba perdida. Lo oyó caminar a un paso de ella y luego sintió sus dedos en el cuello. Los labios de Kirsty dejaron escapar un grito, pero éste apenas había comenzado a elevarse curando la cosa le tapó la boca con la corrugada palma de su mano, suprimiendo tanto el grito como el aliento que con él salía.
La arrastró hacia arriba y la hizo desandar el camino por donde había venido. En vano trató Kirsty de zafarse de sus brazos; aparentemente, las pequeñas heridas que sus dedos abrían en el cuerpo del monstruo…no lo afectaban en absoluto. Por un espantoso momento, los talones de Kirsty rozaron el cadáver tirado en el piso. Después, sintió que la llevaban en vilo hasta la habitación de donde antes habían emergido el vivo y el muerto. Había olor a leche cortada y a carne fresca. Cuando la arrojaron contra el piso, notó que la madera estaba mojada y tibia.
Sintió nauseas. No luchó contra el instinto, sino que vomitó todo lo que contenía su estómago. En la confusión provocada por el malestar real y el terror presentido, no pudo estar segura de lo que ocurrió después. ¿Entrevió a otra persona (a Julia) en el pasillo, al tiempo que la puerta se cerraba de golpe, o era una sombra? Fuese una cosa o la otra, era demasiado tarde para recurrir a ella. Estaba a solas con la pesadilla.
Limpiándose la bilis de la boca, se puso de pie. La luz del día perforaba los diarios de la ventana en distintos lugares, como el sol entre las ramas, salpicando la habitación. En medio de esta escena pastoral, la cosa se le acercó resollando.

—Ven con papá —dijo.

En sus veintiséis años de vida, nunca había oído una invitación más sencilla de rechazar.

—No me toques —dijo Kirsty.

Él inclinó un poco la cabeza, como si estuviera encantado con esa demostración de pudor. Después acercó la cara, toda pus, risas y —que Dios la ayudara— deseo. Kirsty retrocedió unos pocos centímetros desesperados hasta llegar a un rincón, hasta que no tuvo otro lugar adonde ir.

—¿No te acuerdas de mí? —dijo él.

Ella meneó la cabeza.

—Frank —fue la respuesta—. Soy el hermano Frank…

Había visto a Frank una sola vez, en la calle Alexandra. Había venido de visita una tarde, justo antes de la boda; no podía recordar más. Excepto que lo había odiado a primera vista.

—Déjame en paz —dijo, mientras él extendía las manos. Sus dedos manchados le tocaron los senos con vil delicadeza.

—¡No! —chilló ella—. De lo contrario…

—¿Que? —dijo la voz de Rory—. ¿Qué vas a hacer?

La respuesta era nada, por supuesto. Estaba indefensa, como sólo lo había estado en sus sueños, esos sueños de persecución y violación que su psiquis siempre representaba en una calle marginal, eternamente nocturna. Nunca —ni siquiera en sus más necias fantasías— había previsto que el escenario donde se harían realidad esos sueños seria una habitación por la que había pasado decenas de veces, en una casa donde había sido feliz, mientras el día, afuera, continuaba igual que siempre, gris sobre gris. Con un fútil gesto de disgusto, empujó hacia atrás la mano investigadora.

—No seas cruel —dijo la cosa, y sus dedos volvieron a buscar su piel, tan insistentes como avispas en octubre—. ¿A que le temes?

—Afuera…—comenzó ella, pensando en el horror del pasillo.

—Uno tiene que comer —respondió Frank—. Podrás perdonarme eso seguramente.

¿Por qué sentía su contacto, se pregunto Kirsty? ¿Por qué sus nervios no compartían su disgusto y perecían bajo las caricias?

—Esto no está sucediendo —se dijo en voz alta, pero la bestia se limito a reír.

—Yo también solía decirme lo mismo —dijo él—. Día tras día. Trataba de alejar las agonías a fuerza de soñar. Pero no se puede. Te doy mi palabra. No se puede. Hay que soportarlas.

Sabía que él le decía la verdad, la clase de verdad desagradable que sólo los monstruos tenían la libertad de decir. Él no tenia necesidad de halagar ni de lisonjear, no tenía una filosofía que debatir ni un sermón que endilgar. Su horrenda desnudez era una especie de sofisticación. Estaba más allá de las mentiras de la fe e ingresaba en reinos más puros. Kirsty sabía también que no lo soportaría. Que cuando sus suplicas flaquearan y Frank la reclamara para sí, para cualquier vileza que tuviera en mente, ella lanzaría tal alarido que su propio cuerpo se haría añicos. Aquí estaba en juego su cordura; no tenia otra alternativa que luchar, y rápido. Antes de que Frank tuviera oportunidad de apremiarla más enérgicamente, Kirsty elevó las manos hasta el rostro de él y le hundió los dedos en los ojos y la boca. La carne que estaba debajo de las vendas tenía la consistencia de la gelatina: se desprendía en
glóbulos y, al hacerlo, despedía un calor húmedo. La bestia gritó y relajó las manos que la sujetaban. Aprovechando el momento, Kirsty saltó, apartándose de él; el impulso la llevó a chocar contra la pared con tanta fuerza
que se lastimó seriamente. Frank rugió otra vez. Kirsty no perdió el tiempo en disfrutar de su malestar, sino que se deslizó por la pared —sin tener la suficiente confianza en sus piernas como para moverse hacia territorio abierto—, hacia la puerta. Mientras avanzaba, sus pies patearon un frasco destapado de jengibre en conserva que rodó por la habitación,
derramando almíbar y frutas por igual. Frank se volvió para enfrentarla; las vendas que ella le había roto colgaban en rizos alrededor de su rostro. En varios lugares se le veía el hueso. Seguía recorriéndose las heridas con las manos y lanzando rugidos de horror, mientras trataba de evaluar la magnitud de su mutilación. ¿Kirsty lo había cegado? No estaba segura. Aunque así fuera, sólo era cuestión de tiempo que la localizara en esta reducida habitación, y cuando lo hiciera su furia no conocería límites. Tenia que llegar a la puerta antes de que
él volviera a orientarse. ¡Débil esperanza! No tuvo oportunidad de dar un solo paso antes de que él dejara de caer sus manos de la cara y recorriera la habitación con la mirada. La vio, sin duda. Un segundo después se precipito hacia ella con renovada violencia. A los pies de Kirsty había un reguero de elementos domésticos. El más pesado era una caja de superficie lisa. Se agachó y la levantó. Mientras se enderezaba, él se le vino encima. Kirsty dejo escapar un grito desafiante y lanzó el mismo puño con que sostenía la caja contra su cabeza. La caja lo golpeó con tanta fuerza que se le astilló el hueso. La bestia tambaleo hacia atrás y Kirsty corrió hacia la puerta, pero, antes de que lograra
llegar, la otra sombra la hizo zozobrar nuevamente, empujándola hacia el lado opuesto de la habitación. Frank se lanzó en furiosa persecución.
Esta vez, Frank no tenía otra intención que el asesinato. Sus zarpazos estaban destinados a matarla; que no lo hiciera obedecía más a la velocidad de ella que a la imprecisión de su ira. No obstante, uno de cada tres golpes acertaba en Kirsty. Se le abrieron heridas en el rostro y en la parte superior del pecho; no sabia que hacer para no desmayarse. Mientras se iba hundiendo bajo el ataque, volvió a acordarse del arma que había encontrado. Todavía tenía la caja en la mano. La levantó para asestar otro golpe, pero el ataque se interrumpió abruptamente cuando los ojos de Frank se posaron en la caja. Se produjo una tregua jadeante que le dio a Kirsty la oportunidad de preguntarse si no seria más fácil morir que seguir peleando. Entonces, Frank extendió un brazo hacia ella, abrió el puño y dijo:

—Dámela…

Parecía que quería el souvenir. Pero ella no tenia intenciones de renunciar a su única arma.

—No… —dijo ella.

Él se la exigió por segunda vez y ella percibió una ligera angustia en su tono de voz. Aparentemente, la caja era tan valiosa para él que no quería arriesgarse a arrebatársela por la fuerza.

—Por última vez —le dijo él—. Si no, te mato. Dame la caja.

Ella sopeso las alternativas. ¿Qué tenia que perder?

—Di “por favor” —le contestó.

Él la estudió con aire burlón; su garganta emitió un suave gruñido. Después, amable como un niño interesado, dijo:

—Por favor.

Esas palabras le dieron el pie. Kirsty lanzó la caja hacia la ventana con toda la fuerza que poseía su brazo tembloroso. La caja pasó volando junto a la cabeza de Frank, rompió el vidrio y desapareció de la vista.

—¡No! —chilló él, y en un instante llegó a la ventana—. ¡No! ¡No! ¡No!

Kirsty corrió a la puerta, mientras sus piernas amenazaban fallarle a cada paso. Después salió al pasillo. La escalera estuvo a punto de derrotarla, pero se aferró de la barandilla como una anciana y logró llegar al pasillo de abajo sin caerse. Arriba seguían los ruidos, Frank la estaba llamando de nuevo. Pero esta vez no la atraparía. Huyó por el pasillo, llegó a la puerta principal y la abrió de golpe. Después de que ella entrara en la casa había salido el sol: un desafiante estallido de luz, antes de que cayera la noche. Entrecerrando los ojos para protegerse del reflejo, comenzó a caminar por el sendero. A sus pies había trozos de vidrio y, entre ellos, el arma.
La levanto —era un recuerdo de su coraje— y se echó a correr. Cuando alcanzo la calle, comenzaron a surgirle palabras… balbuceos vanos, fragmentos de cosas que había visto y oído. Pero la calle Ludovico estaba desierta, de modo que comenzó a correr y siguió corriendo hasta poner una buena distancia entre ella y la bestia vendada. En algún momento, mientras vagaba por una calle que no reconocía, alguien le pregunto si necesitaba ayuda. Ese pequeño gesto de amabilidad la venció, pues era demasiado esfuerzo elaborar una respuesta coherente para esa pregunta, y su mente exhausta se hundió en la oscuridad.

Diez

1

Despertó en medio de una nevisca, o esa fue su primera impresión. Encima de ella, una blancura perfecta, nieve sobre nieve. Tenía mantas de nieve, almohada de nieve. La blancura era enfermante. Parecía llenarle la garganta y los ojos.
Elevó las manos frente a su cara; olían a un jabón desconocido, de perfume tosco. Luego comenzó a enfocar: las paredes, las prístinas sabanas, la medicación junto a la cama. Un hospital. Llamó pidiendo auxilio. Horas o minutos después, no estaba segura, el auxilio llegó, adoptando la forma de una enfermera que simplemente le dijo:

—Ya está despierta —y fue a buscar a sus superiores.

Cuando vinieron, Kirsty no les dijo nada. Durante el tiempo transcurrido entre la desaparición de la enfermera y su reaparición con los médicos, había decidido que esta no era una historia que quisiera contar. Mañana (tal vez) podría encontrar palabras que los convencieran de lo que había visto. ¿Pero hoy? Si trataba de explicarles, le acariciarían la frente y le dirían que callara esas tonterías, serían condescendientes y tratarían de convencerla de que estaba alucinando. Si insistía, seguramente acabarían por sedarla, lo que empeoraría las cosas. Lo que necesitaba era tiempo para pensar. Todo eso había cavilado antes de que llegaran; por lo tanto, cuando ellos le preguntaron que le había ocurrido, ya tenia las mentiras preparadas. Todo era una niebla, les dijo; apenas recordaba su propio nombre. Volverá a la normalidad a su debido tiempo, la tranquilizaron, y ella respondió dócilmente que suponía que sí. Ahora
duerma, le dijeron, y ella contestó que se sentiría muy contenta de hacerlo y bostezó. Entonces se retiraron.

—Ah, sí… —dijo uno de ellos cuando estaba por irse—. Me olvidaba…

Extrajo la caja de Frank de un bolsillo.

—Cuando la encontraron —dijo— usted tenia esto. Nos costó muchísimo trabajo quitársela de la mano. ¿Le dice algo?

Ella respondió que no.

—La policía la examinó. Había sangre en la superficie, ¿sabe? Quizás la suya. Quizás no.

Se aproximó a la cama.

—¿La quiere? —le pregunto, agregando—: Ya la limpiaron.

—Sí —replicó ella—. Sí, por favor.

—Puede que estimula su memoria —le dijo él, y la colocó en la mesa de luz.

2

– ¿Qué vamos a hacer? —exigió Julia por centésima vez. El hombre del rincón no dijo nada; en la ruina que era su rostro tampoco apareció ningún gesto interpretable—. ¿Qué querías de ella, al final? —preguntó Julia—. Echaste todo a perder.

—¿Echar a perder? —dijo el monstruo—. No conoces el significado de las palabras echar a perder…

Ella se tragó la furia. Los devaneos de él le calmaban los nervios. Tenemos que irnos, Frank —dijo, suavizando el tono.

Él le lanzó una mirada desde la otra punta de la habitación: hielo al rojo blanco.

—Vendrán a ver —dijo ella—. Les contará todo…

—Quizás…

—¿No te importa? —exigió Julia.

El bulto vendado se encogió de hombros.

—Sí —dijo—. Claro. Pero no podemos irnos, dulce. —Dulce. La palabra era una burla a ellos dos, un soplo de sentimiento en una habitación que solo conocía el dolor—. No puedo enfrentar al mundo con esta facha. —Hizo un ademán, señalándose la cara—. ¿No? —dijo, clavándole los ojos—. Mírame. —Ella lo miró—. ¿No?

—No.

—No. —Frank volvió a bajar la vista al suelo—. Necesito una piel, Julia.

—¿Una piel?

—Y después, tal vez… tal vez podamos ir a bailar. ¿No es eso lo que quieres?

Hablaba del baile y de la muerte con igual indiferencia, como si una cosa fuese tan insignificante como la otra. Ella se calmaba al oírlo hablar así.

—¿Cómo? —dijo Julia por fin. Y con eso quiso decir “¿Cómo se puede robar una piel?”, pero también “¿Cómo conservaremos la cordura?”.

—Hay maneras —dijo el rostro desollado, y le sopló un beso.

3

Si no hubiese sido por las paredes blancas, acaso nunca habría tomado la caja. Si hubiese existido algún cuadro que mirar —de un jarrón con girasoles o de una imagen de las pirámides—, cualquier cosa que quebrara la monotonía de la habitación, se habría contentado con mirar eso y pensar. Pero la blancura era exagerada; no le ofrecía a su cordura un solo lugar donde aferrarse. De modo que estiro la mano hacia la mesa que estaba junto a la cama y tomó la caja.
No la recordaba tan pesada. Tuvo que incorporarse en su lecho para examinarla. Había bastante poco para ver. No encontraba ninguna tapa. Ninguna cerradura. Ninguna bisagra. Girarla una vez era lo mismo que girarla medio centenar de veces, sin encontrar nunca una sola pista de cómo podría abrirse. No era maciza, de eso estaba segura. De modo que la lógica exigía que hubiera una manera de llegar al interior. ¿Pro por dónde? La golpeteó, la sacudió, tiró de ella y la apretó, todo sin resultado. No fue hasta que rodó en la cama y la examinó bajo la luz directa de la lámpara que descubrió algunas pistas en cuanto a la forma en que había sido construida. En los laterales de la caja, allí donde cada pieza del rompecabezas se unía con su vecina, había unas ranuras infinitesimales. Habrían resultado invisibles de no ser porque aun alojaban residuos de sangre que delineaban la compleja relación de sus partes. Metódicamente, comenzó a tantear los lados, volviendo a apretar y tirar para poner a prueba su hipótesis. Las ranuras le daban una idea de la geografía general del juguete; sin ellas, podría haber recorrido sus seis lados eternamente. Pero los indicios que había descubierto reducían significativamente las opciones: sólo podían existir otras tantas maneras de hacer que la caja se abriera. Pasado un rato, su paciencia fue recompensada. Oyó un clic y de pronto uno de los
compartimientos se deslizó hacia fuera, separándose de sus laqueados vecinos.
Adentro había belleza. Superficies lustradas que destellaban como el nácar más fino, sombras coloreadas que parecían desplazarse por la satinada superficie. Y también había música. De la caja brotaba una melodía simple, ejecutada por un mecanismo que Kirsty aun no podía ver. Fascinada, siguió sondeándola. Aunque una de las piezas ya se había separado, las demás no hicieron lo propio de buena gana. Cada segmento presentaba un nuevo desafío para los dedos y la mente; las victorias eran recompensadas con filigranas que se iban agregando a la melodía. Kirsty estaba obligando a la cuarta sección a separarse, por medio de una elaborada serie de giros y contragiros, cuando oyó la campana. Abandonó la tarea y levantó la vista.
Algo andaba mal. O sus agotados ojos le estaban jugando una mala pasada, o las paredes blancas como la nevisca se habían desplazado sutilmente fuera de la realidad. Dejó la caja y se levantó de la cama para acercarse a la ventana. La campana seguía sonando, con tañidos solemnes. Corrió las cortinas unos centímetros. Era de noche y había viento. Las hojas migraban por el césped del hospital; las mariposas nocturnas se congregaban a la luz de un farol. Por más improbable que pareciera, el sonido de la campana no provenía de afuera. Estaba detrás de ella. Dejó caer la cortina y se volvió para mirar la habitación. Al hacerlo, la luz de la lámpara que estaba junto a la cama vacilo como una llama. Instintivamente, Kirsty buscó las piezas de la caja; de algún modo, éstas estaban relacionadas con los extraños acontecimientos. Cuando su mano encontró los fragmentos, la luz se apagó. Sin embargo, no quedó en la oscuridad, y tampoco estaba sola. Había una suave fosforescencia a los pies de la cama y, entre sus pliegues, una figura. La condición en que se encontraban sus carnes desafiaba a la imaginación: los anzuelos, las cicatrices. Sin embargo, cuando habló no lo hizo con la voz de una criatura que estuviera sufriendo dolor.

—Se llama Configuración de Lemarchand —dijo, señalando la caja.

Ella la miró; ya no tenía las piezas en la mano, sino que éstas flotaban en el aire, a unos centímetros de la palma. Milagrosamente, la caja se estaba reensamblando sin ayuda visible; las piezas se iban deslizando a sus lugares, al tiempo que toda la construcción giraba sin cesar. Mientras esto ocurría, Kirsty vislumbro nuevas facetas del interior lustrado y le pareció ver rostros de fantasmas —retorcidos como si sufrieran o como si estuvieran detrás de un vidrio de mala calidad— que aullaban al mirarla. Entonces, se sellaron todos los segmentos, menos uno, y el visitante volvió a reclamar su atención.

—La caja es un medio para atravesar la superficie de lo real —dijo—. Una especie de invocación, por medio de la cual nosotros, los Cenobitas, podemos ser notificados de…

—Lo hiciste sin saber —dijo el visitante—. ¿Tengo razón?

—Sí.

—No es la primera vez que ocurre —fue la respuesta—. Pero no hay remedio. No hay manera de sellar el Cisma hasta que nos hayamos llevado lo que es nuestro…

—Esto es un error…

—No trates de luchar. Está totalmente fuera de tu control. Debes acompañarme.

Ella meneó la cabeza. Las pesadillas intimidatorias que ya había tenido le alcanzaban para toda una vida.

—No iré contigo —le dijo—. Maldito seas, no…

Mientras hablaba, se abrió la puerta. Una enfermera que no reconoció —perteneciente al turno noche, supuso— se quedó ahí parada.

—¿Usted llamó? —preguntó.

Kirsty miró al Cenobita y otra vez a la enfermera. No los separaba más de un metro.

—Ella no me ve —le dijo él—. Ni me oye. Te pertenezco Kirsty. Y tú a mí.

—No —dijo ella.

—¿Esta segura? —dijo la enfermera—. Pensé que había oído…

Kirsty negó con la cabeza. Era una locura, todo una locura.

—Debería estar acostada —la increpó la enfermera—. Está arriesgando la vida.

El Cenobita rió entre dientes.

—Volveré en cinco minutos —dijo la enfermera—. Por favor, vuelva a dormir.

Y desapareció otra vez.

—Será mejor que nos vayamos —dijo él—. Déjalas solas con sus cubrecamas, ¿quieres? Que lugares deprimentes.

—No puedes hacer esto —insistió Kirsty.

No obstante, la criatura avanzo hacia ella. Al tiempo que se aproximaba, se oía el tintineo de las diminutas campanillas que le colgaban en hilera de la flaca carne del cuello. Al percibir el hedor que despedía, Kirsty tuvo ganas de vomitar.

—Espera —dijo.

—Sin lágrimas, por favor. Son un desperdicio de buen sufrimiento.

—La caja —dijo ella desesperada—. ¿No quieres saber dónde conseguí la caja?

—No especialmente.

Frank Cotton —continúo ella—. ¿Ese nombre te dice algo? Frank Cotton.

El Cenobita sonrió.

—Ah, sí. Conocemos a Frank.

—Él también resolvió la caja, ¿no es cierto?

—Quería placer, hasta que nosotros se lo dimos. Entonces se retorció.

—Si yo te llevara hasta él…

—¿De modo que está vivo?

—Bastante vivo.

—¿Y que propones? ¿Qué me lo lleve a él en tu lugar?

—Sí. Sí. ¿Por qué no? Sí.

El Cenobita se fue alejando de ella. La habitación suspiro.

—Es tentador —dijo, y luego—: Pero puede que me estés engañando. ¿No será una mentira para ganar tiempo?

—Sé donde está, por Dios —dijo ella—. ¡Él me hizo esto! —Le mostró los tajos que tenia en los brazos, sometiéndolos a su escrutinio.

—Si estás mintiendo —dijo él—, si estas tratando de escabullirte de esto…

—No.

—Entonces, entrégamelo vivo…

Kirsty sintió deseos de llorar de alivio.

—…oblígalo a confesar. Y puede que decidamos no despedazarte el alma.

Once

1

Rory estaba en el pasillo y miraba fijamente a Julia, a su Julia, la mujer que una vez había jurado amar y respetar hasta que la muerte los separara. En aquel momento, no le había parecido una promesa muy difícil de cumplir. Ya no recordaba durante cuanto tiempo la había idolatrado, soñando con ella por las noches y pasándose días enteros componiéndole poemas de amor de fogosa ineptitud. Pero las cosas habían cambiado y él había aprendido, mientras las observaba cambiar, que los mayores tormentos a menudo eran los más sutiles. Últimamente, en ciertas ocasiones hubiera preferido morir aplastado por caballos salvajes antes que sentir ese escozor de sospecha que había
degradado tanto su alegría. Ahora, mientras la miraba, parada al pie de la escalera, le resultaba imposible siquiera recordar como habían sido los buenos tiempos. Todo era duda y suciedad. Por una cosa estaba contento: se la veía preocupada. Tal vez eso significaba que estaba a punto de hacerle una confesión: indiscreciones que ella dejaría escapar y que él le perdonaría en un mar de lágrimas y comprensión.

—Pareces triste —dijo él.

Ella vaciló y luego dijo:

—Es difícil, Rory.

—¿Qué cosa?

—Tengo tanto que contarte…

Su mano, vio él, se aferraba de la barandilla con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos como la leche.

—Te escucho —dijo él—. Cuéntame.

—Creo que quizás… quizás seria más fácil si te lo mostrara… —respondió ella y, después de esas palabras, lo llevó arriba.

El viento que asolaba las calles no era calido, a juzgar por la forma en que los transeúntes se levantaban los cuellos y bajaban el rostro. Pero Kirsty no sentía el frió. ¿Era su compañero invisible el que no permitía que el frió se le acercara, encapuchándola con ese fuego que los antiguos habían conjurado para quemar a los pecadores? Era eso, o era que estaba demasiado asustada para sentir nada. Pero no se sentía así; no estaba asustada. Lo que sentía en sus entrañas era mucho más ambiguo. Había abierto una puerta —la misma puerta que el hermano de Rory— y ahora caminaba con los demonios. Y, al final del viaje, tendría su venganza. Encontraría al que la había desgarrado y atormentado, y le haría sentir la misma impotencia que ella había debido soportar. Lo observaría retorcerse. Más aún: lo disfrutaría. El dolor la había convertido en una sádica. A medida que avanzaba por la calle Ludovico, miraba a todos lados, buscando señales del Cenobita, pero no estaba en ninguna parte. Intrépida, se aproximo a la casa. No había ideado ningún plan; se barajaban demasiadas variables. Por empezar, Julia podía estar ahí adentro. Y, si así era, ¿hasta dónde estaba implicada en todo este asunto? Era imposible creer que pudiera ser una observadora inocente, pero tal vez había actuado por terror a Frank; los minutos siguientes podrían proporcionarle la respuesta.
Tocó el timbre y esperó. Julia abrió la puerta. Tenía una tira de encaje blanco en la mano.

—Kirsty —dijo, en nada perturbada por su aparición, aparentemente—. Es tarde…

—¿Dónde está Rory? —fueron las primeras palabras de Kirsty. No eran las que había tenido intención de pronunciar, pero le brotaron espontáneamente.

—Está aquí —replicó Julia con calma, como si buscara apaciguar a una niña maniática

— ¿Pasa algo?

—Me gustaría verlo —contestó Kirsty.

—¿A Rory?

—Sí…

Puso un pie en el umbral sin esperar que la invitaran. Julia no opuso objeción, pero cerró la puerta a sus espaldas. Recién ahora, Kirsty sintió frió. Se quedó parada en el pasillo, tiritando.

—Te ves horrible —dijo Julia sin rodeos.

—Estuve aquí esta tarde —exploto Kirsty—. Vi lo que sucedió, Julia. Vi.

—¿Qué había que ver? —fue la respuesta; su seguridad era inexpugnable.

—Ya sabes.

—No sé, en serio.

—Quiero hablar con Rory…

—Por supuesto —contestó—. Pero ten cuidado con él, ¿quieres? No se siente muy bien.

Llevó a Kirsty al comedor. Rory estaba sentado a la mesa; tenía un vaso con alguna bebida alcohólica en la mano, una botella a su lado. Extendido en la silla adyacente, estaba el vestido de bodas de Julia. Al verlo, Kirsty reconoció la tira de encaje que Julia llevaba en la mano: era del velo de novia. Rory tenía una apariencia mucho más que desmejorada. Tenía sangre seca en la cara y en el borde del cuero cabelludo. La sonrisa que le dedicó era cálida, pero fatigada.

—¿Qué pasó…? —le preguntó Kirsty.

—Ya está todo solucionado, Kirsty —dijo él. Su voz apenas llegaba a ser susurro—. Julia me contó todo… y está todo solucionado.

—No —dijo ella, sabiendo que no era posible que conociera toda la historia.

—Viniste esta tarde.

—Así es.

—Fue algo inoportuno.

—Tú…tú me pediste…—Echó un vistazo a Julia, que estaba parada en la puerta, y luego volvió a mirar a Rory—. Hice lo que pensé que tú querías que hiciera.

—Sí. Lo sé. Lo sé. Lo único que lamento es que te hayamos metido en este asunto terrible…

—¿Sabes lo que hizo tú hermano? —dijo ella—. ¿Sabes a quien invocó?

—Sé lo suficiente —replicó Rory—. Lo importante es que ya terminó.

—¿Qué quieres decir?

—Te resarciré de cualquier cosa que él te haya hecho.

—¿Qué quieres decir con “ya terminó”?

—está muerto, Kirsty.

(…entrégamelo vivo, y puede que decidamos no despedazarte el alma.)

—Lo destruimos, Julia y yo. No fue muy difícil. Pensó que podía confiar en mí, ¿sabes?; pensó que podía creer en alguien de su misma sangre. Bueno, no podía. Yo no soportaría que un hombre así continuara viviendo…  Kirsty sintió que algo se le retorcía en el vientre. ¿Los Cenobitas ya habían clavado sus garras en ella, desgajándole los intestinos?

—Has sido muy buena, Kirsty. Corriendo un riesgo tan grande, volviendo aquí…

(Había algo junto al hombro de Kirsty.

—Dame tu alma —le dijo.)

—Iré a las autoridades cuando me sienta más fuerte. Trataré de encontrar el modo de hacerles entender…

—¿Lo mataste tú? —dijo ella.

—Sí.

—No te creo…—masculló ella.

—Llévala arriba —le dijo Rory a Julia— y muéstrale.

—¿Quieres ir a ver? —inquirió Julia.

Kirsty asintió y la siguió. En el pasillo de arriba hacia mas calor que abajo y el aire era grasoso y gris, como el agua mugrienta después de lavar los platos. La puerta de la habitación de Frank estaba entreabierta. La cosa que estaba en el piso de madera, en medio de un revoltijo de vendas rotas, aún humeaba. Era evidente que tenía el cuello roto: la cabeza estaba caída oblicuamente sobre los hombros. Lo habían desollado de la cabeza a los pies. Kirsty apartó la mirada, sintiendo náuseas.

—¿Satisfecha? —preguntó Julia.

Kirsty no respondió, sino que abandonó la habitación y salió al pasillo. Junto a su hombro, el aire estaba inquieto. (—Perdiste —dijo algo, cerca de ella.)

—Ya lo sé —murmuró ella.

La campana había comenzado a sonar —llamándola, seguramente— y se oía un alboroto de alas cercanas, un carnaval de aves de carroña. Se apresuró a bajar por la escalera, rezando por que no la alcanzaran antes de que llegara a la puerta. Si le arrancaban el corazón, que Rory no tuviera que verlo. Que la recordara fuerte, con una sonrisa en los labios, no con una súplica.
Detrás, Julia le dijo:

—¿Dónde vas? —Cuando no oyó respuesta, continuó hablando—. No le cuentes nada a nadie, Kirsty —insistió—. Rory y yo podemos manejar esto…

Su voz hizo que Rory abandonara el vaso. Apareció en el pasillo. Las heridas que Frank le había infligido parecían mas graves de lo que Kirsty había pensado. Tenia el rostro amoratado en una decena de lugares y la piel del cuello llena de surcos. Cuando Kirsty se le acercó, él estiró la mano y la tomó del brazo.

—Julia tiene razón —dijo él—. Deja que nosotros informemos, ¿si?

Había muchas cosas que quería decirle en ese momento, pero el tiempo no dejaba espacio para ninguna de ellas. En su cabeza, la campana sonaba cada vez más fuerte. Alguien le había enroscado los intestinos alrededor del cuello y tiraba para ajustar el nudo.

—Es demasiado tarde…—le murmuró a Rory, y le apartó la mano.

—¿Qué quieres decir? —preguntó él, mientras ella cubría los pocos metros que la separaban de la puerta—. No te vayas Kirsty. Todavía no. Dime qué quisiste decir.

Ella no pudo evitar ofrecerle una mirada, girando la cabeza, esperando que él no viera en su rostro toda la pena que sentía.

—Está bien —dijo él dulcemente, aún esperando consolarla—. En serio. —Abrió los brazos—. Ven con papá —dijo.

La frase no sonaba bien en boca de Rory. Algunos hombres nunca llegaban a madurar lo suficiente como para ser papás, por más niños que engendraran. Kirsty apoyó una mano en la pared para no perder el equilibrio. No era Rory el que le hablaba. Era Frank. De algún modo era Frank… Se aferró a la idea, a pesar del estruendo de las campanadas, cada vez más fuertes,tan fuertes que su cráneo parecía a punto de partirse en dos. Rory seguía sonriéndole, con los brazos extendidos. También estaba hablando, pero ella ya no podía oír lo que le decía. La tierna carne de su rostro formaba las palabras, pero las campanadas las ahogaban. Estaba agradecida de que así fuera: de ese modo era más fácil desafiar a la evidencia de lo que le decían sus ojos.

—Sé quién eres… —dijo de pronto, sin estar segura de si sus palabras eran audibles o no, pero segura hasta la médula de que eran ciertas. Lo que estaba arriba era el cadáver de Rory, tirado sobre las vendas desechadas de Frank.

Ahora, la piel usurpada estaba casada con el cuerpo del hermano, después de celebradas las bodas de sangre. ¡Sí! Eso era. Los lazos que le rodeaban el cuello se estaban cerrando; quizás solo disponía de unos momentos antes de que se la llevaran. Desesperada, comenzó a volver sobre sus pasos, atravesando el pasillo en dirección a la cosa que tenía la cara de Rory.

—Eres tú… —dijo ella.

El rostro le sonrió, sin perder el ánimo. Ella estiro la mano y le lanzó un zarpazo. Perplejo, Frank retrocedió un paso, pero se las ingenio para evitar que lo tocara. Las campanadas eran intolerables: le hacían papilla las ideas, convirtiendo su cerebro en polvo a fuerza de sonar. Al borde de la locura, volvió a buscarlo con las manos, y esta vez él no pudo esquivarla. Le rasgó la mejilla con las uñas, y la piel, tan recientemente injertada, cayó como si fuera de seda.
La carne inundada de sangre que estaba debajo se dejó ver en todo su espanto. Detrás de ella, Julia gritó.
Y, de repente, las campanadas ya no se oían en la cabeza de Kirsty. Se oían en toda la casa, en todo el mundo. Las luces del pasillo intensificaron su brillo hasta encandilarla y luego —al sobrecargarse los filamentos— se apagaron. Hubo un breve periodo de total oscuridad en el qué oyó un quejido que pudo haber salido de sus propios labios, o no. Después, fue como si en las paredes y el piso comenzara a chisporrotear unos fuegos artificiales. El pasillo bailaba. En un momento parecía un matadero (las paredes se volvían de color escarlata), en el siguiente parecía un tocador de señora (celeste pólvora, amarillo canario), en el siguiente parecía el túnel de un tren fantasma, todo velocidad y fuegos repentinos. Gracias a una luz fulgurante, vio que Frank se le acercaba, con el rostro descartado de Rory colgándole de la mandíbula. Esquivó su brazo extendido y, agachándose, corrió hasta la sala. Advirtió que lo que le apretaba el cuello había aflojado un poco la presión. Aparentemente, los Cenobitas se habían dado cuenta del error cometido. Pronto intervendrían, seguro, y acabarían con toda esta comedia de confusión de identidades. No se quedaría a ver cómo se llevaban a Frank, tal como había pensado hacerlo; ya había tenido bastante. En vez de quedarse, huiría de la casa por la puerta trasera y lo dejaría en manos de los Cenobitas.
Su optimismo duró poco. Los fuegos artificiales del pasillo iluminaron brevemente el comedor, delante de ella, y fue suficiente para que pudiera advertir que ya estaba embrujado. Algo se movía en el suelo, como las cenizas antes del viento, y las sillas corcoveaban en el aire. Kirsty podía ser inocente, pero las fuerzas que se habían desatado aquí eran indiferentes a tal trivialidad; percibió que avanzar un paso más seria como tentar a las atrocidades. Su vacilación volvió a ponerla al alcance de Frank, pero cuando estaba por atraparla los fuegos artificiales del pasillo se apagaron y ella logró escabullirse, escudándose en la oscuridad. La tregua fue demasiado breve. En el pasillo ya florecían nuevas luces y Frank ya se lanzaba otra vez tras ella, cortándole el paso hacia la puerta del frente. ¿Por qué no se lo llevaban, por Dios? ¿No los había traído hasta aquí, como les había prometido, y lo había desenmascarado? Frank se abrió la chaqueta. En el cinturón tenia un cuchillo ensangrentado…sin duda, el instrumento de desollar. Lo sacó y apuntó hacia Kirsty.

—De ahora en más —dijo Frank, mientras la acechaba— soy Rory… —Ella no tenia más remedio que retroceder; a cada paso que daba, se alejaba cada vez más de la puerta (de la escapatoria, de la cordura)—. ¿Me entiendes? Ahora soy Rory. Y nadie se va a enterar de la verdad, nunca.

Los talones de Kirsty aterrizaron al pie de la escalera; de pronto, sintió otras manos sobre ella, manos surgidas de entre los barrotes de la barandilla que se apoderaron de puñados de su pelo. Giró la cabeza y miró hacia arriba. Era Julia, por supuesto, con el rostro laxo, pleno de pasión consumada. Le retorció la cabeza, exponiendo su cuello al cuchillo de Frank que ya se acercaba, destellando. A último momento, Kirsty estiró los brazos por encima de la cabeza, aferró a Julia del brazo y, de un tirón, la arranco de su puesto en el tercer o cuarto escalón. Ambas perdieron el equilibrio y el control de sus respectivas victimas. Julia lanzó un grito y cayó; su cuerpo quedó entre Kirsty y la embestida de Frank. El filo del cuchillo estaba demasiado cerca para que Julia pudiera esquivarlo: la hoja penetró en su costado hasta el mango. Julia gimió y luego salio corriendo por el pasillo, con el cuchillo aún clavado. Frank apenas pareció darse cuenta. Sus ojos, una vez más, estaban pendientes de Kirsty y brillaban de horrendo apetito. Ella no tenia a dónde ir, salvo arriba. Mientras los fuegos artificiales seguían explotando y las campanadas seguían sonando, comenzó a ascender los escalones. El torturador no salio en su búsqueda inmediatamente, según pudo apreciar. Las súplicas de auxilio de Julia lo habían desviado hacia el sitio donde ella se encontraba, a medio camino entre la escalera y de la puerta principal. Le sacó el cuchillo del cuerpo. Julia grito de dolor y Frank se acuclilló junto a su cuerpo, como si fuera a atenderla. Ella levantó un brazo hacia él, buscando ternura. Como respuesta, él le levantó la cabeza,
pasándole una mano por debajo. Cuando sus rostros estaban a unos centímetros de distancia, Julia pareció darse cuenta de que las intenciones de Frank estaban muy lejos
de ser honorables. Abrió la boca para gritar, pero él le selló los labios con los suyos y comenzó a alimentarse. Julia dio puntapiés y manotazos en el aire. Todo fue en vano. Apartando la mirada de ese espectáculo de depravación, Kirsty ascendió en cuatro patas hasta la cima de la escalera. El primer piso no ofrecía ningún escondite que se preciar de tal, por supuesto, y tampoco había una ruta de escape, salvo que saltara por alguna ventana. Después de haber visto el magro consuelo que Frank acababa de ofrecerle a su amante, quedaba claro que el salto era la alternativa más favorable. Podía romperse todos los huesos del cuerpo al caer, pero al menos privaría al monstruo de más alimento. Al parecer, los fuegos artificiales se estaban apagando; el pasillo estaba sumergido en una humeante oscuridad. Más que caminar, avanzó a los tropezones, tanteando la pared con la punta de los dedos. Abajo, oyó que Frank volvía a ponerse en movimiento. Había terminado con Julia.
A medida que subía por la escalera, repitió la misma invitación incestuosa:

—Ven con papá.

A Kirsty se le ocurrió que la persecución estaría proporcionando no poco divertimento a los Cenobitas, que probablemente la estaban observando y que no actuarían hasta que quedara una sola presa: Frank. Ella no era más que un juguete que usaban para su placer.

—Bastardos… —resopló, y esperó que la oyeran.

Ya casi había llegado al final del pasillo. Más adelante estaba la habitación que usaban de depósito. ¿Tendría una ventana accesible, como para que ella saliera? Si así era, saltaría, y al caer los maldeciría a todos ellos… a todos, A Dios y al Diablo, y a todo lo que existiera entre uno y el otro, los maldeciría y no albergaría ninguna esperanza, salvo la de que el cemento le diera una muerte rápida. Frank estaba llamándola de nuevo, casi en la cima de la escalera. Kirsty giró la llave en la cerradura, abrió la puerta del depósito y entró. Sí, había una ventana. No tenía cortinas y la luz de la luna se derramaba a través de ella en un haz de belleza indecente, iluminando el caos de muebles y cajas. Avanzó trabajosamente entre el desorden, hasta llegar a la ventana. Estaba abierta cinco o diez centímetros y trabada con una cuña, para airear la habitación. Puso los dedos debajo del marco y trató de levantarla sólo lo suficiente para poder salir, pero el marco estaba podrido y sus brazos no estaban a la altura de la tarea. Rápidamente, se puso a buscar algo que sirviera de improvisada palanca, mientras una parte de su mente calculaba con frialdad el número de pasos que le faltaban a su perseguidor para atravesar el pasillo. Menos de veinte, concluyó, mientras sacaba una sábana de una de las cajas de madera, descubriendo en su interior a un hombre muerto que la miraba con ojos desorbitados. Estaba roto en una decena de lugares: los brazos destrozados y doblados sobre si mismos; las piernas plegadas, tocándole la barbilla. Cuando estaba a punto de gritar, oyó a Frank en la puerta.

—¿Dónde estas? —inquirió éste.

Kirsty se apretó la cara con la mano para detener el alarido de repulsión. Al mismo tiempo, el picaporte se movió. Se agachó y se escondió detrás de un sillón tumbado de lado, tragándose el grito. Se abrió la puerta. Oyó la respiración de Frank, levemente dificultosa; oyó el hueco ruido de sus pasos en el piso de madera. Después, el sonido de la puerta cerrándose de nuevo. Un clic. Silencio. Contó hasta trece y luego espió desde el escondite, esperando a medias todavía verlo ahí dentro, a la espera de que ella saliera a la luz. Pero no, se había ido. El haberse tragado el aire que había acumulado para el grito provoco un desafortunado efecto colateral: hipo. El primero, tan inesperado que no tuvo tiempo de sofocarlo, sonó fuerte como el chasquido de una pistola. Pero no oyó que los pasos volvieran por el pasillo. Al parecer, Frank ya estaba fuera del alcance auditivo. Al volver a la ventana, rodeando la caja que servia de ataúd, el segundo hipo la sobresaltó. En silencio, regaño a su estomago, pero fue en vano. Llegó un tercero y un cuarto, inesperadamente, mientras ella luchaba otra vez por abrir la ventana. Ese también era un esfuerzo inútil: la ventana
no tenía intenciones de ser complaciente. Brevemente, consideró la posibilidad de romper el vidrio y de gritar auxilio, pero pronto descartó la idea. Antes de que los vecinos se hubieran despertado, Frank ya estaría comiéndole los ojos. De modo que retrocedió hasta la puerta crujiente y la abrió una fracción. Hasta donde sus ojos podían interpretar las sombras, no había señales de Frank. Con cautela, abrió la puerta un poco más e ingresó nuevamente en el pasillo.
La oscuridad era algo vivo que la asfixio con sus lóbregos besos. Avanzó tres pasos sin incidentes, luego cuatro. En el quinto (su número de la suerte), su cuerpo asumió una actitud suicida: se le escapo un hipo. Su mano, demasiado lenta, no logró llegar a la boca antes de que saliera el ruido. Esta vez no pasó desapercibida.

—Ahí estás —dijo una sombra, y Frank salió del dormitorio para impedirle el paso.

Gracias a lo que había comido parecía más vasto, tan ancho como el pasillo, y despedía un fuerte olor a carne. Sin nada que perder, Kirsty gritó hasta ponerse azul, al tiempo que él se acercaba. Su terror no amedrento a Frank. Cuando sólo unos pocos centímetros separaban su cuerpo del cuchillo de él, Kirsty saltó a un costado y descubrió que el quinto paso la había dejado justo delante de la habitación de Frank. Entró por la puerta abierta, tropezando. Como un rayo, él la siguió, graznando su deleite. Kirsty sabía que en este cuarto había una ventana; ella misma la había roto, apenas unas horas antes. Pero la oscuridad era tan profunda que era lo mismo que tener los ojos vendados, no había un solo vislumbre de luna que alimentara la vista. Frank estaba igualmente perdido, según parecía. La llamaba, buscándola en esa boca de lobo; hendía el cuchillo en el aire y el gemido de la hoja acompañaba sus gritos. Atrás y adelante, atrás y adelante. Alejándose paso a paso del sonido, los pies de Kirsty se enredaron en el revoltijo de vendas que estaba en el suelo. Al minuto siguiente, se cayó. Pero no se desplomó sobre el piso de madera, sino sobre el grasoso bulto del cadáver de Rory. Lanzó un aullido de terror.

—Ahí estás —dijo Frank. De pronto, sintió que las cuchilladas estaban más cerca, a centímetros de su cabeza. Pero no las oía. Tenía los brazos alrededor del cuerpo que había debajo suyo y la proximidad de la muerte no era nada comparada con el dolor que ahora sentía, tocándolo.

—Rory —gimió, contenta de tener ese nombre en los labios cuando llegara la puñalada.

—Exacto —dijo Frank—. Rory…

De algún modo, el robo del nombre de Rory era tan imperdonable como el robo de su piel, o eso le dictaba su aflicción. Una piel no era nada. Los cerdos tenían piel, las serpientes tenían piel. La piel era un tejido de células muertas que se caían, crecían y volvían a caerse. Pero el nombre… El nombre era un hechizo que conjuraba recuerdos. No permitiría que Frank lo usurpara.

—Rory está muerto —dijo ella. Las palabras la aguijonearon, pero con esa sensación punzante surgió el fantasma de una idea…

—Silencio, nena… —le dijo él.

Supongamos que los Cenobitas estuvieran esperando que Frank pronunciara su propio nombre. ¿Acaso el visitante del hospital no había dicho algo sobre una confesión de Frank?

—Tú no eres Rory… —dijo ella.

—Nosotros lo sabemos —fue la respuesta—, pero nadie más lo sabe…

—¿Quién eres, entonces?

—Pobre chica. ¿Ya estás perdiendo la razón, no? Que bien…

—¿Quién, entonces?

—…porque así es más seguro.

—¿Quién?

—Silencio, nena —dijo él. Se arrojó hacia ella en la oscuridad, acercando la cara a pocos centímetros—. Todo saldrá mejor que mejor…

—¿Sí?

—Sí. Aquí está Frank, nena.

—¿Frank?

—Exacto. Soy Frank.

Y después de decirlo descargó el golpe asesino, pero ella lo oyó venir en la oscuridad y lo esquivó. Un segundo después, la campana comenzó a sonar de nuevo y la lámpara desnuda que colgaba en medio del cuarto parpadeó y se encendió. Con la luz, vio a Frank junto a su hermano; el cuchillo estaba clavado en la nalga del muerto. Mientrastrataba de extraerlo, Frank volvió a posar sus ojos en Kirsty. Sonó otra campanada, Frank se levantó y se habría abalanzado sobre ella… de no haber sido por la voz. Pronunció su nombre con ligereza, como llamando a un niño para ir a jugar.

—Frank.

El rostro de Frank cayó por segunda vez en la misma noche. Un gesto de estupor recorrió rápidamente su semblante y luego, pisándole los talones, llegó el horror. Lentamente, se dio vuelta para mirar al que había hablado. Era el Cenobita de los anzuelos centelleantes. Detrás de él, Kirsty vio otras tres figuras cuyas anatomías eran verdaderos catálogos de la desfiguración. Frank miró brevemente a Kirsty.

—Tú hiciste esto —dijo.

Ella asintió.

—Vete de aquí —le dijo uno de los recién llegados—. Esto ya no es asunto tuyo.

—¡Puta! —chilló Frank—. ¡Perra! ¡Tramposa, puta de mierda!

La descarga de furia la siguió mientras caminaba hacia la puerta. Cuando su palma se cerró sobre el picaporte, oyó que él se le venia encima, se dio vuelta y descubrió que lo tenia a menos de treinta centímetros de distancia, que el cuchillo estaba a un pelo de su cuerpo. Pero Frank estaba inmovilizado, era incapaz de avanzar otro milímetro. Le habían clavado garfios en la carne de los brazos y las piernas; otros se le hundían en la carne del rostro. Adosadas a los garfios, unas cadenas, que ellos mantenían bien tirantes. Se oía el sonido suave que producían los ganchos al atravesar cada vez más los músculos de Frank gracias a la resistencia que éste oponía. Tenía la boca abierta de tan estirada, surcos abiertos en el cuello y el pecho. Se le cayó el cuchillo de entre los dedos. Expulsó un último insulto incoherente dedicado a Kirsty y su cuerpo comenzó a temblar, perdida la batalla contra aquellos que lo reclamaban para sí. Centímetro a centímetro, tiraron de él hasta llevarlo de vuelta al centro de la habitación.

—Vete —dijo la voz del Cenobita. Ella ya no podía verlos; ya habían desaparecido detrás del aire moteado de sangre. Aceptando la invitación, abrió la puerta, mientras Frank, a sus espaldas comenzaba a gritar.

Al ingresar al pasillo, vio que desde el cielorraso caían cascadas de polvo y yeso. La casa gruñía desde el sótano hasta las tejas. Tenia que irse pronto, lo sabía, antes de que los demonios se liberaran y empezaran a sacudir ese lugar hasta hacerlo pedazos. Pero, aunque disponía de poco tiempo, no pudo evitar echarle un rápido vistazo a Frank para asegurarse de que ya no la perseguiría más. Había llegado al límite: tenía garfios clavados en una decena de lugares o más; Kirsty vio con sus propios ojos que en su cuerpo se abrían en canal nuevas heridas. Exageradamente extendido, bajo la solitaria lámpara, con el cuerpo estirado al máximo de su resistencia y aun más, lanzaba agudos gritos que podrían haberle inspirado lástima si no lo hubiera conocido mejor. Súbitamente, los alaridos se interrumpieron. Hubo una pausa. Y luego, en un último acto de desafío, Frank volteó su pesada cabeza y la miró fijamente, clavándole unos ojos de los que había desaparecido toda frustración y toda malicia. Posados en ella, resplandecían como perlas en medio de la carne podrida. Como respuesta, las cadenas se estiraron un centímetro más, pero los Cenobitas no consiguieron arrancarle más alaridos. En vez de gritar, Frank le mostró la lengua a Kirsty y luego se la pasó por los dientes, en un gesto de impenitente lascivia. Entonces se abrieron las costuras. Las extremidades se le separaron del torso y la cabeza de los hombros, en medio de una oleada de calor y de astillas de hueso. Kirsty cerró la puerta de golpe, al mismo tiempo que algo chocaba contra ésta del otro lado. La cabeza, supuso. Acto seguido, bajó la escalera con paso vacilante, y había lobos que aullaban desde las paredes, y un estruendo de campanadas, y en todos lados —espesando el aire como una humareda— fantasmas de pájaros heridos, cosidos entre si por las puntas de las
alas, para siempre incapaces de volar. Llegó al final de la escalera y comenzó a caminar por el pasillo, rumbo a la puerta delantera, pero cuando estaba a un tris de alcanzar la libertad oyó que alguien la llamaba. Era Julia. Había sangre en el piso del pasillo, marcando un rastro que partía del sitio donde Frank la había abandonado y que conducía al comedor.

—Kirsty… —volvió a llamarla. Era un sonido tan lastimero que, a pesar del aire ahogado de alas, no pudo evitar ir hacia él, atravesando la puerta del comedor.

Los muebles eran rescoldos humeantes; las cenizas que había entrevisto formaban una alfombra de olor pestilente. Y allí, en medio de esa devastación doméstica, estaba sentada la novia. Gracias a una extraordinaria fuerza de voluntad, Julia se las había ingeniado para ponerse el vestido de bodas y ajustarse el velo en la cabeza. Estaba en medio de la mugre, con el vestido sucio. Pero igual se la veía radiante; más hermosa, por cierto, por el contraste con las ruinas que la rodeaban.

—Ayúdame —dijo, y recién entonces Kirsty se dio cuenta de que la voz que había oído no provenía de debajo del profuso velo, sino del regazo de la novia.

Y ahora los copiosos pliegues del vestido se estaban apartando, y ahí estaba la cabeza de Julia: descansando sobre un almohadón de seda teñido de escarlata y enmarcada por una cascada de cabello castaño rojizo. Privada de pulmones, ¿Cómo podía hablar? Y, sin embargo, hablaba…

—Kirsty —dijo, suplicó y suspiró, y luego se puso a rodar en el regazo de la novia, como si quisiera desalojar a la razón.

Kirsty pudo haberla auxiliado, pudo haberse apoderado de la cabeza para arrancarle los sesos, si no hubiese sido porque el velo de la novia comenzó a convulsionarse y luegoa levantarse, como tironeado por dedos invisibles. Debajo del velo, una luz parpadeó y se hizo más brillante, y más brillante todavía, y con esa luz, una voz:

—Soy el ingeniero —suspiró. Nada más.

Después, los rizados pliegues se elevaron más y la cabeza que estaba debajo del velo adquirió el brillo de un pequeño sol. Kirsty no esperó a que el resplandor la cegara, sino que retrocedió hasta el pasillo —los pájaros ya eran casi sólidos, los lobos ya estaban casi dementes— y se arrojó por la puerta delantera al mismo tiempo que el cielorraso del pasillo comenzaba a ceder. La noche vino a su encuentro… una oscuridad limpia. Respiró, tomando ávidas
bocanadas de aire, al tiempo que abandonaba la casa a la carrera. Era la segunda vez que partía de esa manera. Que Dios la ayudara a conservar la cordura si alguna vez existía una tercera. En la esquina de la calle Ludovico, miró hacia atrás. La casa no había capitulado ante las fuerzas desatadas en su interior. Ahora estaba silenciosa como una tumba. No, más silenciosa. Al darle la espalda, se chocó con alguien. Exhaló un grito de sorpresa, pero el apresurado transeúnte ya estaba alejándose a paso vivo en la angustiosa media luz que precedía a la mañana. Cuando la figura estaba por trascender las fronteras de la solidez, miró hacia atrás y su cabeza fulguró en la penumbra: un cono de fuego blanco. Era el Ingeniero. Kirsty no tuvo tiempo de apartar la vista: una vez más, la figura desapareció instantáneamente, dejándole una imagen residual en los ojos. Recién entonces, Kirsty se dio cuenta del propósito de la colisión. Le había vuelto a entregar la caja de Lemarchand, que ahora descansaba en su mano. Sus superficies habían sido inmaculadamente reensambladas y lustradas todavía más. Aunque no la examino, estaba segura de que en la caja no quedaban rastros de las pistas que podían llevar a su solución. El próximo descubridor viajaría por sus caras sin mapa. Y hasta que llegara ese momento… ¿la habían elegido a ella como guardiana? Aparentemente, sí.
La hizo girar con la mano. Por el más tenue de los momentos, le pareció ver fantasmas en la laca. El rostro de Julia, el de Frank. Volvió a girarla para ver si Rory también estaba prisionero ahí dentro, pero no. Dondequiera que estuviese, no era allí. Quizás existía otro enigma que, al ser resuelto, permitía ingresar al lugar donde él estaba alojado. Tal vez un crucigrama cuya solución abriría el cerrojo del jardín del paraíso, o un rompecabezas cuya culminación permitiría el acceso al País de las Maravillas. Iba a esperar y a observar, como siempre había esperado y observado, con la esperanza de que, algún día, se toparía con ese enigma. Pero si éste no llegaba a revelarse no se afligiría demasiado, por miedo a que ni el ingenio ni el tiempo tuvieran la habilidad de resolver el enigma de cómo reparar un corazón destrozado.

FIN

Titulo original: The Hellbound Heart. 
© 1986 by Clive Barker.
Extraído de Night visions, editado por George R. Martin.
Revista Neuromante numero 9, 1995.

NOTA: Esta historia fue llevada al cine en 1987 con el titulo de Hellraiser, combirtiendose en un clasico del cine de horror, lo que ha hecho que se sobre explote la idea de los Cenobitas..