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LIBRO DE SANGRE – CLIVE BARKER

librosdesangrevolumen1LIBRO DE SANGRE VOL. 1

CLIVE BARKER

HORROR

1984

– La Política del Cuerpo (The Body Politic)

– La Condición Inhumana (The Inhuman Condition)

– Revelaciones (Revelations)

– ¡Abajo, Satan! (Down, Satan)

– La Era del Deseo (The Age of Desire)

– Lo Prohibido (The Forbidden)

– La Madonna (The Madonna)

MFIRE

Volumen 1 de “Libro de Sangre” del escritor Clive Barker, editado en 1984. En esa época aclamado por la crítica y los más grandes maestros del horror, Barker nos regala siete cuentos de horror, locura, maldad y perversión. “La Política del Cuerpo” y “La Era del Deseo” lo mejor de este volumen, opinión personal.

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EL CORAZON CONDENADO (PART III) – CLIVE BARKER

Seis

1

En la tercera semana de septiembre, el tiempo se puso frió: una corriente del Ártico trajo consigo un viento rapaz que dejo a los árboles desnudos de hojas en pocos días.
El frió hizo necesario un cambio de indumentaria y un cambio de planes. En vez de caminar, Julia fue en el auto. Condujo hasta el centro de la ciudad en las primeras horas de la tarde y encontró un bar donde las transacciones de la hora del almuerzo eran animadas pero no estruendosas. Los clientes entraban y salían. Había jóvenes turcos, empleados en bufetes de abogados y contadores, debatiendo sobre sus ambiciones; grupos de libadores de vino cuya única declaración de sobriedad eran sus trajes y, mas interesante, un puñado de individuos que estaban sentados solos en sus mesas y que se limitaban a beber. Julia cosechaba una buena cantidad de miradas de admiración, pero la mayoría provenía de
los jóvenes turcos. Recién después de pasada una hora, cuando los esclavos a asueldo regresaban al trabajo, detecto que un sujeto estaba contemplando su reflejo en el espejo del bar. Durante los siguientes diez minutos, mantuvo los ojos fijos en ella. Julia continuo bebiendo, tratando de ocultar todo signo de agitación. Y entonces, sin previo aviso, el se puso de pie y cruzo el local hasta su mesa.

—¿Bebes sola? —dijo.

Julia tuvo ganas de salir corriendo. Su corazón latía con tanta furia que el hombre, seguramente, podía oírlo. El sujeto le pregunto si deseaba otro trago; ella dijo que si.
Claramente complacido de no haber sido rechazado, se dirigió a la barra, encargo dos dobles y regreso a su lado. Era rubicundo y un talle mas grande que el traje azul oscuro. Solo sus ojos delataban algún indicio de nerviosismo: se posaban en Julia solo por momentos y luego se apartaban de golpe como peces sobresaltados. No existiría ninguna conversación seria; Julia ya lo tenia decidido. No quería saber mucho de el. Su nombre, si era necesario. Su profesión y estado civil, si el insistía. Apartando esas cosas, que solo fuera un cuerpo. Según descubrió, no había peligro de confesiones. Julia había conocido adoquines más charlatanes que él. Sonreía ocasionalmente, con una sonrisa breve, nerviosa, que mostraba unos dientes demasiado parejos para ser auténticos…y le ofreció beber otra copa. Ella se negó, deseando que la cacería llegue a su fin lo antes posible, y le pregunto si tenia tiempo para tomar un café. Él le contesto que si.

—Mi casa esta solo a unos minutos de aquí —respondió ella, y se fueron al auto.

Julia no dejaba de preguntarse, mientras conducía el auto —con el pedazo de carne en el asiento del acompañante— porque todo esto estaba resultando tan fácil. ¿Ese hombre —con su mirada intelectual y su dentadura postiza— había nacido, lisa y llanamente, para ser una victima y, sabiéndolo, había aceptado el viaje? Sí; tal vez era así. Julia no tenía miedo, porque todo era tan perfectamente previsible…
Mientras hacia girar la llave en la puerta principal y entraba en la casa, pensó que había oído un ruido en la cocina. ¿Rory había regresado temprano, tal vez enfermo? Lo llamo. No hubo respuesta; la casa estaba vacía. Casi. Del umbral en adelante, tenia todo planeado meticulosamente. Cerro la puerta. El hombre de traje azul se quedo contemplándose las manos arregladas por la manicura y espero la señal.

—A veces me siento sola —le dijo ella, mientras pasaba a su lado. Era una frase que se le había ocurrido en la cama, la noche anterior.

A modo de respuesta, el se limito a asentir, con una expresión que mezclaba miedo e incredulidad; estaba claro que no podía creer en su buena suerte.

—¿Quieres otro trago? —le pregunto ella—. ¿O vamos directamente arriba?

El volvió a asentir.

—Creo que ya he bebido suficiente.

—Arriba, entonces.

Él efectuó un movimiento indeciso en dirección a ella, como si hubiese tenido intenciones de besarla. Sin embargo, Julia no quería galanterías. Esquivando el contacto, se dirigió al pie de la escalera.

—Yo voy delante —dijo ella. Él la siguió dócilmente.

En la cima de la escalera, Julia miro hacia atrás para echarle un vistazo y lo sorprendió enjugándose el sudor de la barbilla con un pañuelo. Espero a que la alcanzara y luego lo condujo por el pasillo hasta el dormitorio húmedo. Había dejado la puerta entreabierta.

—Pasa —dijo ella.

Él obedeció. Una vez adentro, le tomo unos momentos acostumbrarse a la penumbra y un poco mas de tiempo vocalizar una observación:

—No hay cama.

Ella cerró la puerta y encendió la luz. Había colgado una chaqueta vieja de Rory en la puerta, del lado de adentro. En el bolsillo había dejado el cuchillo. Él volvió a decir:

—No hay cama…

—¿Qué tiene de malo el piso? —respondió ella.

—¿El piso?

—Quitate la chaqueta. Tienes calor.

—Si —coincidió él, pero no hizo nada, así que Julia se le acerco y comenzó a deslizar el nudo de su corbata. El tipo estaba temblando, pobre corderito. Pobre corderito sin balidos. Mientras ella le quitaba la corbata, él comenzó a sacarse la chaqueta. ¿Frank estará mirando todo esto?, se pregunto Julia. Sus ojos deambularon momentáneamente hacia la pared. Sí, pensó; esta ahí. Él ve. Él sabe. Se relame y se impacienta. El corderito habló.

—¿Por qué no… —comenzó—… por que no…haces lo mismo?

—¿Te gustaría verme desnuda? —lo provoco ella. Esas palabras hicieron centellear los ojos del hombre.

—Sí —contesto él rápidamente—. Sí, me gustaría.

—¿Mucho?

—Mucho. —Se estaba desabotonando la camisa.

—Me verás, tal vez.

El hombre le volvió a dedicar una sonrisa enana.

—¿Es un juego? —aventuró.

—Si quieres que lo sea —dijo ella, y lo ayudo a quitarse la camisa. Su cuerpo era pálido y cerúleo, como el de un hongo. Su pecho era ancho; su vientre, también. Ella tomó su rostro entre sus manos. Él le beso las puntas de los dedos.

—Eres hermosa —dijo él, escupiendo las palabras, como si lo hubieran estado incomodando durante horas.

—¿En serio?

—Sabes que es cierto. Bella. La mujer más bella que han visto mis ojos.

—Que galante de tu parte —dijo Julia, y regreso a la puerta. A sus espaldas, oyó que la hebilla del cinturón se abría y, cuando el dejo caer los pantalones, el sonido de la tela resbalando sobre la piel.

Hasta aquí y basta, pensó Julia. No tenia ningún deseo de verlo desnudo como un bebe. Ya era suficiente con tenerlo así… Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta.

—Ay, caramba —dijo de pronto el corderito.

Ella soltó el cuchillo.

—¿Qué pasa? —pregunto, volviéndose para mirarlo. Si el anillo que tenia en el dedo no hubiese delatado su estado civil, igual se hubiera dado cuenta de que era casado por los calzoncillos que usaba: embolsados y excesivamente lavados, una prenda nada provocativa, comprada por una esposa que hacia mucho tiempo había dejado de
pensar en su marido en términos sexuales.

—Creo que necesito desagitar la vejiga —dijo él—. Demasiado whisky.

Ella se encogió levemente de hombros y volvió a mirar la puerta.

—No tardaré nada —dijo él a sus espaldas. Pero, antes de que pronunciara esas palabras, ella ya había introducido la mano en el bolsillo; cuando el caminaba hacia la puerta, ella lo enfrentó, blandiendo el cuchillo asesino. El ritmo de marcha del hombre era muy rápido y recién logro ver el cuchillo a ultimo momento; incluso entonces, lo que cruzo su rostro fue la confusión, no el miedo. La expresión tuvo poca vida. Un momento después, el cuchillo estaba dentro suyo, cortándole el vientre con la misma facilidad con que una espada parte un queso demasiado maduro. Julia hizo una incisión y luego otra. Al comenzar a salir la sangre, estuvo segura de que el dormitorio parpadeaba, que los ladrillos y la argamasa se estremecían al ver los chorros que brotaban de él. Tuvo un instante para admirar el fenómeno, no más, antes de que el corderito exhalara una maldición reprimida y —en vez de alejarse del alcance del cuchillo, como Julia lo había anticipado— avanzara un paso hacia ella y, de un golpe, le arrancara el arma de la mano. El cuchillo se deslizo por el piso de madera y choco contra el zócalo. Entonces, el hombre se le vino encima. Le introdujo la mano entre el pelo y aferro un puñado. Aparentemente, no tenia intención de usar la violencia sino de escapar, puesto que soltó a Julia apenas logro apartarla de la puerta. Ella cayó contra la pared; mirando hacia arriba, lo vio luchar con el picaporte, apretándose las heridas con la mano libre. Ahora Julia actuó a toda prisa. En un solo movimiento fluido, fue hasta donde estaba tirado el cuchillo, se levanto y volvió al sitio donde estaba él. El sujeto había logrado abrir la puerta solo unos centímetros, pero no lo suficiente. Julia descargo el cuchillo en el medio de la espalda marcada de viruela. Él grito y soltó el picaporte. Ella ya estaba retirando el cuchillo y clavándoselo por segunda vez, y por tercera, y por cuarta. En realidad, perdió la cuenta de las heridas que le infligía; la persistencia con que él se negaba a echarse al suelo y morir la obligaba a atacarlo con más ensañamiento. El hombre camino a los tumbos por el cuarto, lamentándose y quejándose, mientras la sangre le chorreaba por las nalgas y las piernas. Finalmente, después de un siglo de estar haciendo el ridículo, se inclino a un costado y se desplomó en el piso. Esta vez, Julia estuvo segura de que sus sentidos no la engañaban. La habitación, o el espíritu que se encontraba en ella, respondió con suaves suspiros expectantes. En algún sitio, sonaba una campana… Casi como en un segundo plano, Julia registro que el corderito había dejado de respirar. Cruzo el suelo salpicado de sangre hasta donde él se encontraba y dijo:

—¿Suficiente?

Después fue a lavarse la cara. Mientras caminaba por el pasillo, oyó que la habitación gruñía…no había otra palabra para describirlo. Detuvo su avance, casi tentada a regresar. Pero la sangre se le estaba secando en las manos y su viscosidad le repugnaba. Ya en el baño, se quito la blusa floreada y se lavo, primero la manos, después los brazos salpicados y finalmente el cuello. El agua la congelaba al tiempo que la vigorizaba. Era agradable. Cuando terminó, lavó el cuchillo, enjuagó el lavabo y volvió a cruzar el pasillo, sin molestarse en secarse ni en vestirse. No hacia falta ninguna de las dos cosas. El dormitorio era un horno. Las energías del hombre muerto salían de su cuerpo en pulsaciones. No llegaban muy lejos. La sangre del suelo ya estaba arrastrándose hacia la pared donde estaba Frank; al acercarse al zócalo, las gotas parecían hervir y evaporarse. Julia observaba todo, en trance. Pero había más. Le estaba ocurriendo algo al cadáver. Lo estaban drenando de todo elemento nutritivo; mientras las entrañas eran succionadas, ante los ojos estupefactos de Julia, el cuerpo se convulsionaba, los gases gemían en sus intestinos y garganta, la piel se disecaba. En un momento, los dientes de plástico cayeron hacia atrás, en el gaznate; sin ellos, las encías quedaron mustias. Y en cosa de breves momentos, todo terminó. Cualquier elemento que ese cuerpo podía ofrecer como provechoso alimento le había sido arrebatado: el hollejo que quedaba no hubiera servido de sustento ni a una familia de pulgas. Julia estaba muy impresionada. Repentinamente, la lámpara comenzó a vacilar. Julia miro la pared, esperando que esta se estremeciera y expulsara del escondite a su amado. Pero no. La lámpara se apago. Solo quedó la luz mortecina que atravesaba la persiana desgastada por los años.

—¿Dónde estás? —dijo ella.

Las paredes permanecieron mudas.

—¿Dónde estás?

Nada todavía. El dormitorio se estaba enfriando. Se le erizo la piel de los senos. Escudriño el reloj luminoso que estaba en el brazo marchito del cordero. Seguía haciendo tic-tac, indiferente al Apocalipsis que había acabado con su dueño. Marcaba las cuatro cuarenta y uno. Rory estaría de regreso en cualquier momento después de las cinco y cuarto, dependiendo de cuán pesado estuviera el tránsito. Julia tenía trabajo que hacer antes de que eso ocurriera. Hizo atados con el traje azul y el resto de las ropas del hombre, los puso en varias bolsas de plástico y luego fue en busca de una bolsa más grande para los restos. Había esperado que Frank estuviera allí para ayudarla en la tarea, pero como no había aparecido no tenia otra opción que hacerlo sola. Cuando regreso al dormitorio, el deterioro del cordero continuaba todavía, aunque ahora con mucha mayor lentitud. Quizás Frank seguía encontrando nutrientes para exprimirle al cadáver, pero ella, lo dudaba. Más probablemente, el cuerpo pauperizado, despojado totalmente de tuétano y de todo fluido vital, ya no era lo bastante fuerte para sostenerse. Cuando ya lo tenia empaquetado en la bolsa, tenia un peso no mayor al de un niño pequeño. Selló la bolsa; estaba a punto de bajarla al auto cuando oyó que la puerta principal se abría. El sonido desató todo el pánico que había apartado de sí con tanta asiduidad. Comenzó a temblar con violencia. Las lágrimas le aguijoneaban las cavidades craneales. Ahora no…, se dijo, pero no podía suprimir sus sentimientos mucho más tiempo. En le vestíbulo, abajo, Rory dijo:

—¿Mi amor?

¡Mi amor! Habría podido reírse, de no ser por el terror. Aquí estaba ella si el quería encontrarla… su amor, su queridita, con los senos recién lavados y con un muerto en los brazos.

—¿Dónde estás?

Vacilo antes de responder, sin estar segura de que su laringe estuviera a la altura de la impostura. Rory la llamo una tercera vez; la voz le iba cambiando de timbre a medida que caminaba hacia la cocina. Demoraría un momento en descubrir que ella no estaba frente a las hornallas, revolviendo salsa; después regresaría y se encaminaría al piso de arriba. Disponía de diez segundos, quince como mucho. Intentando que andar fuese lo mas liviano posible, por miedo a que él oyera sus movimientos arriba, transportó el bulto hasta la otra habitación, la que estaba al final del pasillo. Como era demasiado pequeña para usarla de dormitorio (excepto quizás para un niño), la usaban de depósito. Cajones de mudanza a medio vaciar, muebles para los que no habían encontrado un sitio, toda clase de basura. Allí puso al cadáver a descansar, detrás de un sillón que estaba tumbado de costado. Después cerró con llave, justo cuando Rory, al pie de la escalera, la llamaba. Estaba subiendo.

—¿Julia? Julia, mi amor, ¿estás ahí?

Ella se introdujo subrepticiamente en el baño y consultó con el espejo. Éste le mostró un rostro agitado. Levanto la blusa que había dejado colgada del borde de la bañera y se la puso. Olía a rancio e indudablemente había salpicaduras de sangre entre las flores, pero no tenia otra cosa para ponerse. Rory estaba avanzando por el pasillo; Julia oía sus pisadas de elefante.

—¿Julia?

Esta vez, ella le respondió, sin hacer ningún intento por disfrazar el temblor de su voz. El espejo le había confirmado lo que temía: no había modo de fingir que no estaba alterada. Se vio obligada a hacer uso de los beneficios de estar en desventaja.

—¿Estás bien? —le pregunto Rory. Estaba del otro lado de la puerta.

—No —dijo ella—. Estoy descompuesta.

—Oh, querida…

—Estaré bien en un minuto.

Rory tanteó el picaporte, pero ella le había puesto traba a la puerta.

—¿Puedes dejarme sola un momentito?

—¿Quieres un médico?

—No —le dijo ella—. No. En serio. Pero me gustaría un coñac.

—Coñac.

—Bajare en dos segundos.

—Como desee la señora —bromeo él. Julia contó los pasos de él mientras avanzaba trabajosamente hacia la escalera, mientras bajaba. Cuando calculó que estaba fuera del alcance auditivo, corrió suavemente el pestillo y puso un pie afuera del baño. La luz de las últimas horas de la tarde estaba apagándose rápidamente; el pasillo era un túnel sombrío. Oyó el tintineo del vidrio contra el vidrio en la planta baja. Caminó tan rápidamente como se atrevió hasta el cuarto de Frank. No se oía sonido alguno en el tenebroso interior. Las paredes ya no temblaban; tampoco tañían las distantes campanas. Abrió la puerta de un empujón y esta crujió ligeramente. No había terminado de ordenar todo después de la faena. Había polvo en el suelo, polvo humano, y fragmentos de carne seca. Se puso en cuclillas y los juntó diligentemente. Rory tenía razón. Qué perfecta ama de casa era. Al volver a levantarse, algo se revolvió en las sombras cada vez más densas del dormitorio. Miró en dirección al movimiento pero antes de que sus ojos pudieran discernir que era la figura que estaba en un rincón, una voz dijo:

—No me mires.

Era una voz cansada… la voz de alguien desgastado por los acontecimientos, pero era una voz concreta. Las sílabas flotaban en el mismo aire que Julia respiraba.

—Frank —dijo.

—Sí… —dijo la voz quebrada—…soy yo.

Desde abajo, Rory la llamó.

—¿Te sientes mejor?

Ella fue hasta la puerta.

—Mucho mejor…—respondió. A sus espaldas, la cosa escondida dijo:

—No permitas que él se me acerque. —Las palabras brotaron con rapidez y ferocidad.

—Está bien —le susurro ella. Y luego, dirigiéndose a Rory—: Estaré contigo en un minuto. Pon algo de música. Algo tranquilo. Rory respondió que sí y se fue a la sala.

—Estoy a medio hacer —dijo la voz de Frank—. No quiero que me veas… no quiero que nadie me vea…así no… —Las palabras, otra vez, sonaban entrecortadas y
lastimeras—. Tengo que tener mas sangre, Julia.

—¿Más?

—Y pronto.

—¿Cuánta más? —le preguntó a las sombras. Esta vez, pudo distinguir mejor lo que allí había. Con razón no quería que nadie lo viera.

—Más —dijo él. Aunque su volumen apenas superaba el de un susurro, en la voz había una urgencia que a Julia le dio miedo.

—Tengo que irme… —dijo ella, oyendo la música en el piso de abajo.

Esta vez, la oscuridad no respondió. Cuando llego a la salida, Julia se volvió.

—Me alegro de que vinieras —dijo.

Al cerrar la puerta, oyó un sonido no muy diferente al de la risa, no muy diferente al de un sollozo.

Siete

1

—¿Kirsty? ¿Eres tú?

—Sí, ¿Quién habla?

—Rory…

La comunicación se oía acuosa, como si el diluvio de afuera se estuviera colando por el teléfono. Sin embargo, estaba feliz de tener noticias de él. La llamaba muy pocas veces y cuando lo hacía, generalmente, no era sólo en representación suya sino también de  Julia. Pero está vez no. Está vez, Julia era el objeto de discusión.

—Le pasa algo, Kirsty —dijo él—. No sé qué.

—¿Quieres decir que está enferma?

—Tal vez. Es que está muy extraña conmigo. Y tiene un aspecto terrible.

—¿Hablaste con ella?

—Dice que está bien. Pero no es cierto. Quería preguntarte si te comentó algo.

—No la veo desde la fiesta de inauguración de tu casa.

—Eso es lo otro. No quiere ni salir de casa. No es normal en ella.

—¿Quieres que… charle con ella?

—¿Podrías?

—No sé si servirá de algo, pero lo intentaré.

—No le digas que hablé contigo.

—Claro que no. Iré para allá mañana.

—Mañana. Tiene que ser mañana.

—Sí…Lo sé.

—Tengo miedo de perder el control, Julia. Poco a poco, comenzar a volver.

—Te llamaré el jueves, desde la oficina. Y podrás decirme qué impresión te dio.

—¿Volver?

—A estas alturas, ya deben saber que me fui.

—¿Quiénes?

—Los de la Incisión. Los bastardos que me llevaron…

—¿Te están esperando?

—Del otro lado de la pared.

Rory le manifestó lo agradecido que estaba y ella, a su vez, le dijo que era lo menos que podía hacer por un amigo. Después, Rory colgó y ella se quedó escuchando la lluvia en la línea vacía. Ahora, los dos eran criaturas de Julia, cuidando de su bienestar, inquietándose por ella si tenía pesadillas.  No importaba: era una forma de estar juntos.

2

El hombre de corbata blanca no perdió el tiempo. Casi tan pronto como puso sus ojos en Julia, se le acercó. Mientras se aproximaba, ella decidió que no era el apropiado. Demasiado corpulento, demasiado seguro de si mismo. Después del modo en que había luchado el primero, estaba convencida de que debía elegirlos con cuidado. Por eso, cuando corbata blanca le pregunto que estaba bebiendo, le dijo que la dejara en paz. Aparentemente, estaba acostumbrado al rechazo; se lo tomó con toda calma, replegándose a la barra. Ella continuó bebiendo. Hoy estaba lloviendo con fuerza —hacia setenta y dos horas que llovía en forma intermitente— y había menos clientes que la semana anterior. Entraron una o dos ratas empapadas, pero ninguno la miro por más de unos instantes. Y el tiempo seguía corriendo. Ya eran más de las dos. No iba a arriesgarse a que la llegada de Rory volviera a sorprenderla. Apuro el vaso y decidió que hoy no era el día de suerte de Frank. Después abandonó el bar, salio al diluvio, abrió el paraguas y se dirigió al auto. Mientras caminaba, oyó pasos detrás, y entonces corbata blanca apareció a su lado y le dijo:

—Mi hotel está cerca.

—Ah… —dijo ella, y siguió caminando. Pero no iba a ser tan fácil quitárselo de encima.

—Me quedare aquí solo dos días —dijo él.

No me tientes, pensó ella.

—Lo único que busco es un poco de compañía…—continuo él—. No he hablado con nadie, ni una sola persona.

—¿De veras?

La tomo de la muñeca. Se la apretó tan fuerte que Julia estuvo a punto de lanzar un grito. Fue entonces cuando supo que iba a tener que matarlo. Le dio la impresión de que el hombre veía ese deseo en sus ojos.

—¿Mi hotel? —dijo él.

—No me gustan mucho los hoteles. Son muy impersonales.

—¿Tienes una idea mejor? —le dijo él.

La tenia, por supuesto. El hombre colgó el impermeable, chorreando agua, en el perchero del vestíbulo y ella le ofreció un trago, que él acepto de buena gana. Se llamaba Patrick y era de Newcastle.

—Vine por negocios. Parece que no puedo lograr gran cosa.

—¿Por qué?

Se encogió de hombros.

—Soy mal vendedor, probablemente. Así de sencillo.

—¿Qué vendes? —le preguntó ella.

—¿Qué te importa? —replico él, cortante.

Julia sonrió. Tendría que llevarlo arriba rápidamente, antes de que empezara a gustarle su compañía.
—¿Qué tal si vamos a lo nuestro? —dijo ella. Era una frase trillada, pero fue lo primero que le vino a la boca. Él apuro el resto de la bebida de un sorbo y fue adonde ella lo llevaba. Esta vez, Julia no había dejado la puerta entreabierta. Estaba con llave, cosa que a él lo intrigó francamente.

—Después de ti —dijo el hombre cuando se abrió la puerta.

Ella entró primero. Él la siguió. Julia había decidido que esta vez nadie se quitaría la ropa. Si se podían extraer nutrientes de las ropas, que así fuera, no se iba a arriesgar a que el hombre advirtiera que no estaban solos en el dormitorio.

—¿Vamos a coger en el suelo? —preguntó él en tono despreocupado.

—¿Alguna objeción?

—Si a ti te gusta, no —dijo, y le tapó la boca con la suya, Recorriéndole los dientes con la lengua en busca de caries. Había algo de pasión en él, pensó Julia; ya podía sentir que la erección se apretaba contra su cuerpo. Pero tenía trabajo que hacer: sangre que derramar y una boca que alimentar. Se separo del beso y trato de zafarse de sus brazos. El cuchillo estaba de nuevo en la chaqueta colgada de la puerta. Mientras no pudiera alcanzarlo tenía poca capacidad de resistencia.

—¿Qué problema hay? —dijo él.

—Ningún problema —murmuro ella—. Tampoco hay ningún apuro. Tenemos todo el tiempo del mundo. —Lo toco en la parte delantera de los pantalones para tranquilizarlo. Como un perro cuando lo acarician, él cerró los ojos.

—Eres extraña… —dijo él.

—No mires —le dijo ella.

—¿Eh?

—Deja los ojos cerrados.

El hombre frunció el entrecejo, pero obedeció. Ella retrocedió un paso hacia la puerta y dio media vuelta para rebuscar en las profundidades del bolsillo, echando algunas miradas hacia atrás para comprobar que él seguía sin verla. Así era, y se estaba bajando el cierre del pantalón. Cuando la mano de Julia se apodero del cuchillo, las sombras gruñeron. El hombre oyó el ruido. Abrió los ojos de golpe.

—¿Qué fue eso? —dijo, dándose vuelta y escudriñando la oscuridad.

—No fue nada —insistió ella, al tiempo que sacaba el cuchillo de su escondite. Él se estaba alejando, cruzando la habitación.

—Aquí hay…

—No lo hagas.

—…alguien.

Las últimas silabas vacilaron en sus labios al vislumbrar un movimiento agitado en el rincón, junto a la ventana.

—¿Qué…diabl…? —comenzó.

Mientras el hombre señalaba la oscuridad, ella lo atacó, abriéndole el cuello con la eficiencia de un carnicero. La sangre salto de inmediato. Un chorro grueso que golpeó la pared con un sonido sordo y acuoso. Oyó el placer de Frank y luego los quejidos del hombre moribundo, prolongados y graves. El hombre se llevo la mano al cuello para tratar de contener el torrente, pero ella lo ataco de nuevo, abriéndole un tajo en la mano implorante, en la cara. El hombre se tambaleó, sollozó. Finalmente, cayó al suelo y comenzó a sufrir espasmos. Julia se alejó para esquivar los puntapiés. En el rincón, vio que Frank se mecía de un lado a otro.

—Buena mujer… —dijo.

¿Era su imaginación, o la voz de Frank ya se oía más vigorosa que antes, más parecida a la voz que ella, en el transcurso de tantos años vacíos, había oído mil veces en su propia cabeza? Sonó el timbre. Julia quedó paralizada.

—Oh, Dios —dijo su boca.

—No hay problema…—respondió la sombra—. Está bien muerto.

Julia miró al hombre de corbata blanca y vio que Frank tenía razón. Los espasmos habían cesado completamente.

—Es corpulento —dijo Frank—. Y sano.

Se estaba acercando su campo visual, demasiado ávido de alimento para prohibirle que lo mirara. Por primera vez, Julia lo vio claramente. Era una parodia. No sólo de lo humano, sino de la vida. Julia apartó la vista. El timbre sonó de nuevo y por más tiempo.

—Ve a atender —le pidió Frank.

Ella no contestó.

—Ve —le dijo él, girando la inmunda cabeza hacia ella; sus ojos ladinos y brillantes se destacaban entre la podredumbre que los rodeaba.

El timbre sonó por tercera vez.

—Tu visitante es muy insistente —dijo él, intentando usar la persuasión donde las órdenes habían fracasado—. Pienso que tendrías que ir a abrir la puerta, de verdad.
Ella retrocedió y dirigió su atención al cuerpo que estaba en el suelo.

Otra vez, el timbre. Tal vez era mejor atender (ya estaba fuera del cuarto, tratando de no oír los sonidos que Frank producía). Mejor abrir la puerta y dejar que entrara la luz. Debía ser algún vendedor de seguros, muy probablemente, o un Testigo de Jehová, trayendo la buena nueva de la salvación. Sí, no le vendría mal escucharlo. El timbre sonó otra vez.

—Ya voy —dijo, ahora apresurándose, por miedo a que el sujeto se fuera. Antes de abrir, Julia tenía la bienvenida dibujada en el rostro. Pero el gesto murió de inmediato.
—Kirsty.

Ya iba a darme por vencida.

—Estaba… estaba durmiendo.

—Ah.

Kirsty miró al espectro que le había abierto la puerta. Por la descripción de Rory, había esperado encontrarse con una criatura de aspecto desmejorado. Lo que veía era exactamente lo contrario. Julia tenía la cara roja y mechones de pelo oscurecido por el sudor y adheridos a la frente. No parecía una mujer que acababa de levantarse de dormir. De la cama, podía ser; pero no de dormir.

—Vine a visitarte —dijo Kirsty— para charlar un poco.

Julia se encogió levemente de hombros.

—Bueno, en este momento no es conveniente —dijo.

—Ya veo.

—¿Podríamos charlar otro día, esta semana?

La mirada de Kirsty fue de Julia al perchero del vestíbulo. De una de las perchas colgaba un impermeable de hombre, todavía goteando.

—¿Esta Rory? —aventuró.

—No —dijo Julia—. Claro que no. Está trabajando. —Su expresión se endureció—.

¿Para eso viniste? —dijo— ¿Para ver a Rory?

—No, yo…

—No tienes que pedirme permiso, ¿sabes? Él ya es grandecito. Pueden hacer lo que mierda quieran, ustedes dos.

Kirsty no trató de debatir el tema. El cambio de actitud la desorientó.

—Vete a tu casa —le dijo Julia—. No quiero hablar contigo.

Cerró de un portazo.

Kirsty se quedo medio minuto parada en el escalón, temblando. Tenía muy pocas dudas en cuanto a lo que estaba sucediendo. El impermeable goteando agua, la agitación de Julia, su rostro sonrojado, su enojo repentino. Estaba con su amante, en la casa. El pobre Rory había interpretado mal las señales. Abandono el escalón y comenzó a desandar el sendero, rumbo a la calle. Una multitud de pensamientos se agolpaba para lograr su atención. Por fin, uno de ellos se diferencio del paquete: ¿Cómo iba a decírselo a Rory? Moriría de dolor, sin duda. Y la noticia también la salpicaría a ella, la infortunada delatora, ¿verdad? Sintió que se le amontonaban las lágrimas. Sin embargo, las lagrimas no llegaron; otra sensación, más insistente, las mantuvo a raya, al tiempo que Kirsty abandonaba el sendero y ponía un pie en la vereda. La estaban observando. Sentía la mirada en la nuca. ¿Era Julia? De algún modo, se le ocurrió que no. El amante, entonces. ¡Sí, el amante! A salvo de la sombra de la casa, sucumbió al impulso de darse vuelta y mirar. En el dormitorio húmedo, Frank observaba a través del agujero que había hecho en la persiana. La visitante —cuyo rostro reconocía vagamente— estaba contemplando la casa; más exactamente, la misma ventana donde él se encontraba. Confiado en que ella no lo veía, le devolvió la mirada. Había posado sus ojos en criaturas más voluptuosas que esta, claro, pero había algo en su falta de encanto que lo seducía. Según su experiencia, las mujeres así casi siempre eran compañeras mas entretenidas que las bellezas como Julia. A fuerza de halagos o de intimidaciones, podía obligárselas a realizar actos que las bellas nunca se avenían a realizar y siempre se sentían agradecidas por la atención. Tal vez regresaría, esa mujer. Deseaba que lo hiciera. Kirsty estudio la fachada de la casa, pero estaba en blanco; las ventanas estaban, o bien vacías, o bien con las cortinas cerradas. Sin embargo, la sensación de que la estaban vigilando persistió; en realidad, era tan fuerte que se dio media vuelta, abochornada.Mientras caminaba por la calle Ludovico, la lluvia comenzó a caer otra vez y Kirsty le dio la bienvenida. La refrescó de sus calores y le sirvió de pantalla para las lágrimas que ya no podía postergar más.

3

Julia volvió al piso de arriba, temblando, y encontró a corbata blanca en la puerta. O, mejor dicho, a su cabeza. Esta vez, ya fuese por un exceso de voracidad o malicia, Frank había desmembrado el cadáver. Había pedazos de hueso y carne seca diseminados por toda la habitación. No había señales del comensal. Se volvió hacia la puerta y de pronto vio a Frank, impidiéndole el paso. Habían pasado pocos minutos desde que lo viera inclinar la cabeza sobre el hombre muerto para drenarle la energía. En ese breve lapso, había cambiado tanto que era imposible reconocerlo. Donde antes había cartílago marchito, ahora había músculos en maduración; el mapa de sus arterias y venas se había dibujado de nuevo y latía de vida robada. Incluso había un brote de cabello en la esfera en carne viva que era su cabeza. Nada de esto endulzaba un ápice su apariencia. En realidad, la empeoraba de muchas maneras. Antes no había en él casi nada reconocible, pero ahora, en todas partes, había retazos de humanidad que hacían resaltar aun más la catastrófica naturaleza de sus heridas. Vendrían cosas peores. Frank habló, y cuando habló lo hizo con una voz que era indiscutiblemente la de Frank. Las silabas entrecortadas habían desaparecido.

—Siento dolor —dijo.

Sus ojos sin cejas, con pestañas incompletas, estaban observando todas las reacciones de ella. Julia trató de ocultar la náusea que sentía, pero sabía que la máscara era inadecuada.

—Mis nervios están volviendo a funcionar —le estaba diciendo él— y me duele.

—¿Qué puedo hacer? —le preguntó ella.

—Tal vez…tal vez unas vendas.

—¿Vendas?

—Que ayuden a que se unan las partes.

—Si eso es lo que quieres.

—Pero necesito más que eso, Julia. Necesito otro cuerpo.

—¿Otro? —dijo ella. ¿Esto no terminaría nunca, acaso?

—¿Qué tienes que perder? —respondió él, acercándose a ella. Julia se angustio mucho con esa súbita proximidad. Leyendo el miedo dibujado en su rostro, él detuvo su avance.

—Pronto estaré completo… —le prometió— y cuando así sea…

—Será mejor que limpie un poco —dijo ella, apartando los ojos de él.

—Cuando así sea, dulce Julia…

—Rory volverá pronto.

—¡Rory! —escupió él—. ¡Mi querido hermano! Por todos los cielos, ¿Cómo pudiste casarte con semejante estúpido?

Julia sintió un espasmo de furia contra Frank.

—Lo amo —dijo. Y luego, después de reflexionar un momento, se corrigió—. Pensé que lo amaba.

Lo único que logro la carcajada de Frank fue que su espantosa desnudez se hiciera más evidente.

—¿Cómo puedes creer semejante cosa? —dijo Frank—. Es un pesado. Siempre lo fue.

Siempre lo será. Nunca tuvo el más mínimo sentido de la aventura.

—A diferencia de ti.

—A diferencia de mí.

Julia miró al suelo. Allí, entre ella y Frank, estaba tirada una mano del muerto. Por un instante, casi se dejo dominar por la repugnancia. Todo lo que había hecho y soñado con hacer en los últimos días se le apareció ante los ojos: una sucesión de seducciones que habían terminado en muertes… y todo por esta muerte, que ella esperaba fervorosamente que terminara en seducción. Ella misma era tan vil como él, pensó; las ambiciones que revoloteaban y susurraban en su cabeza no eran menos inmundas que las que anidaban en la cabeza de Frank. Bueno… lo hecho, hecho estaba.

—Sáname —le susurro él. De su voz había desaparecido toda aspereza. Hablaba como un amante—. Sáname… por favor.

—Lo haré —dijo ella—. Te prometo que lo haré.

—Y entonces estaremos juntos.

Ella arrugo el entrecejo.

—¿Y Rory?

—A fin de cuentas, somos hermanos —dijo Frank—. Lo convenceré de la prudencia de todo esto, del milagro que significa. No le perteneces, Julia. Ya no.

—No —dijo ella. Era verdad.

—Nosotros si nos pertenecemos el uno al otro. Eso es lo que quieres, ¿verdad?

—Es lo que quiero.

—¿Sabes? Creo que si te hubiese tenido a ti no me habría hundido en la desesperación

—le dijo él—. No habría vendido mi cuerpo y mi alma por tan poco.

—¿Tan poco?

—Por placer. Por mera sensualidad. En ti…—comenzó a acercársele de nuevo. Esta vez, sus palabras mantuvieron a Julia en su lugar: no retrocedió—. En ti pude haber descubierto alguna razón para vivir.

—Estoy aquí —dijo ella. Sin pensarlo, estiro la mano y lo toco. El cuerpo estaba caliente y húmedo. El pulso parecía existir en todas partes: en cada tierno pimpollo de nervios, en cada retoño de tendón. El contacto la excitó. Era como si, hasta ese momento, nunca hubiese creído del todo que Frank era real. Ahora era indiscutible. Ella había construido —o reconstruido— a este hombre, había usado el ingenio y la astucia para darle sustancia. La intensa emoción que sentía al tocar ese cuerpo excesivamente vulnerable era la intensa emoción de sentirse su dueña.

—Este es el momento más peligroso —le dijo él—. Antes podía esconderme. No era prácticamente nada. Pero ya no es así.

—No. Ya lo pensé.

—Debemos terminar pronto. Debo estar fuerte y completo, cueste lo que cueste. ¿De acuerdo?

—Por supuesto.

Después se acabará la espera, Julia. El pulso de Frank pareció acelerarse con la idea. Entonces se arrodillo frente a ella. Posó sus manos inconclusas en la cadera de ella; después, en su boca. Renegando del asco que sentía, Julia le apoyo una mano en la cabeza y palpo su cabello, sedoso como el de un bebe, y la corteza del cráneo que estaba debajo. En el tiempo transcurrido desde la última vez que la había tenido en sus brazos, Frank no había aprendido a ser delicado. Pero la desesperanza le había enseñado a Julia el fino arte de extraer sangre de las piedras; con el tiempo, extraería amor de esa cosa odiosa, o descubriría el porqué.


EL CORAZÓN CONDENADO (PART II) – CLIVE BARKER

3

De vez en cuando, Julia subía a la habitación de las persianas selladas. Hasta ahora, habían realizado muy pocos trabajos de decoración en el piso de arriba, prefiriendo organizar primero las zonas expuestas a la manera pública. Por lo tanto, el dormitorio había quedado intacto. Inexplorado, en realidad, excepto por esas pocas visitas de Julia. No estaba segura de por que subía, ni de cómo considerar el extraño acopio de sentimientos que la acosaba mientras estaba allí. Pero había algo en ese oscuro interior que le daba una sensación de bienestar: era una especie de útero, el útero de una mujer muerta. A veces, cuando Rory estaba trabajando, ella ascendía los escalones y sencillamente se quedaba sentada en la quietud, pensando en nada, o en algo que no podía expresar con palabras. Esas estadías la hacían sentir raramente culpable y trataba de mantenerse apartada del dormitorio cuando Rory andaba por ahí. Pero no siempre era posible. A veces, sus pies la llevaban allí sin tener instrucciones de hacerlo. Así ocurrió ese sábado, el día de la sangre. Había mirado a Rory mientras trabajaba en la puerta de la cocina, levantando con un formón las varias capas de pintura que rodeaban a las bisagras, cuando le pareció oír que el dormitorio la llamaba. Satisfecha de que Rory estuviera completamente enfrascado en sus labores, subió.
Hacia mas frió que de costumbre y se alegro. Apoyo la mano en la pared y luego transfirió la helada palma a su propia frente.

—Es inútil —murmuro para si misma, imaginándose al hombre que trabajaba abajo. No lo amaba; no mas de lo que el, rendido ante el encanto de la belleza de su rostro, la
amaba a ella. El rasqueteaba pintura en su propio mundo; aquí, muy distante de el, ella sufría.

Una corriente de aire empujo la puerta trasera del piso de abajo. Julia oyó que se cerraba de golpe. En la planta baja, el sonido hizo que Rory perdiera concentración, el formón resbalo, clavándose profundamente en el pulgar de su mano izquierda. Al ver el chorro de color que brotaba, lanzo un grito. El formón cayó al suelo.

—¡Por todos los demonios!

Ella lo oyó, pero no hizo nada. Emergiendo de un estupor de melancolía, advirtió, demasiado tarde, que Rory estaba subiendo. Buscando torpemente la llave y una excusa para justificar su presencia en el cuarto, se puso de pie, pero el ya estaba en la puerta, cruzando el umbral, corriendo hacia ella, con la mano derecha cerrada sobre la izquierda. La sangre manaba en abundancia. Se colaba por entre sus dedos y se le escurría por el brazo, goteándole del codo, dejando mancha tras mancha sobre el piso de madera.

—¿Qué hiciste? —le pregunto ella.

—¿Qué te parece? —dijo el rechinando los dientes—. Me corte.

Su rostro y cuello se habían puesto del color de la masilla de la ventana. No era la primera vez que Julia lo veía así; en una ocasión, Rory se había desmayado ante la vista de su propia sangre.

—Haz algo —dijo el con nauseas.

—¿Es profunda?

—¡No lo se! —le grito el—. No quiero mirar.

Rory era un ridículo, pensó ella, pero este no era el momento de ventilar el desprecio que sentía. En vez de hacerlo, tomo la mano sangrante de Rory en las suyas y, mientras el apartaba la vista, examino el corte. Era de considerable tamaño y seguía sangrando profusamente. Sangre profunda; sangre oscura.

—Creo que será mejor que te lleve al hospital —le dijo.

—¿Puedes cubrirla? —le pregunto el, ahora con la voz desprovista de irritación.

—Claro. Buscare una venda limpia. Vamos…

—No —dijo el, meneando el rostro ceniciento—. Si doy un solo paso, creo que me voy a desmayar.

—Entonces quédate aquí —lo apaciguo ella—. Te pondrás bien.

Al no encontrar en el botiquín del baño vendas adecuadas para la curación, tomo unos pañuelos limpios del cajón de él y regreso al dormitorio. Rory estaba apoyado contra la pared, con la piel brillante de sudor. Había pisado la sangre derramada. Julia percibió su sabor en el aire. Tranquilizándolo, le dijo con calma que no se iba a morir por un corte de cinco centímetros; le envolvió la mano con un pañuelo, ato el otro alrededor de este y luego lo escolto, mientras el temblaba como una hoja, escaleras abajo (escalón por escalón, como un niño) y hasta el auto. En el hospital, esperaron una hora en la fila de heridos ambulatorios antes de que finalmente lo atendieran y lo cosieran. A Julia le resultaba difícil saber, en retrospectiva, que era lo mas cómico del episodio: la debilidad de Rory o la extravagante gratitud que le expreso después. Cuando el exceso de elogios se le hizo demasiado repugnante, Julia le dijo que no quería que le diera las gracias, y era cierto. No quería nada que el pudiera ofrecerle, excepto, tal vez, su ausencia.

4

—¿Limpiaste el piso del dormitorio húmedo? —le pregunto Julia al día siguiente. Lo llamaban “el dormitorio húmedo” desde aquel primer domingo, aunque, del cielorraso al zócalo, no había señales de hongos en la habitación. Rory aparto la mirada de la revista. Bajo sus ojos colgaban grises medialunas. No había dormido bien, según le había dicho. Un dedo cortado y ya había tenido pesadillas de muerte. Ella, por el contrario, había dormido como un bebé.

—¿Qué dijiste? —le preguntó.

—El piso… —volvió a decir ella—. Había sangre en el piso ¿La limpiaste?

El meneo la cabeza.

—No —dijo sencillamente, y volvió a la revista.

—Bueno, yo tampoco —dijo ella.

El le dedico una sonrisa indulgente.

—Eres un ama de casa tan perfecta… —dijo—. Cuando haces las cosas ni siquiera te das cuenta.

El tema quedo cerrado allí. Aparentemente, el se contentaba con creer que Julia estaba perdiendo la cordura. Ella, por el contrario, tuvo la extrañísima sensación de que estaba a punto de volver a encontrarla.

Cuatro

1

Kirsty odiaba las fiestas. Las sonrisas pegadas con engrudo para tapar el pánico, las miradas que había que interpretar y lo peor de todo: la conversación. No tenía nada que decir que fuera del menor interés para el mundo; hacia mucho tiempo que se había convencido de eso. Había visto demasiados ojos vidriosos para creer lo contrario; sabia de todos los artilugios conocidos por el hombre para apartarse cortésmente de la compañía de la gente insulsa, desde “Discúlpame, creo que por allá esta mi contador” hasta caer desmayados a sus pies de tan borrachos. Pero Rory había insistido en que viniera a la fiesta de inauguración de la casa. Solo algunos amigos íntimos, le había prometido. Ella había aceptado, sabiendo demasiado bien que escenario la aguardaba en caso de negarse. Quedarse apáticamente en casa, inmersa en un caldo de auto-reproches, maldiciendo su cobardía y pensando en el dulce rostro de Rory. La reunión no resulto ser un tormento tan terrible. Había solo nueve invitados en total; ella los conocía vagamente a todos, lo que facilito las cosas. Nadie esperaba que ella fuese el alma de la fiesta, solo que asintiera y riera cuando correspondiera. Y Rory —con la mano aun vendada— estaba en uno de sus mejores momentos, lleno de cándida bonhomía. Kirsty, incluso, se pregunto si Neville, uno de los compañeros de trabajo de
Rory, no le estaba haciendo ojitos detrás de las gafas, sospecha que fue confirmada al promediar la velada, cuando el efectuó varias maniobras hasta ubicarse a su lado y le
pregunto si tenia interés en la cría de gatos. Ella contesto que no, pero que siempre le interesaban las nuevas experiencias. Neville pareció fascinado y, con este frágil pretexto, procedió a acosarla con invitaciones a beber licor durante el resto de la noche. Al dar las once y media, Kirsty era un despojo mareado pero feliz y el comentario más intrascendente le producía ataques de risa cada vez más intensos. Poco después de medianoche, Julia declaro que estaba cansada y quería acostarse. La frase fue interpretada como una señal para iniciar la dispersión general, pero Rory no lo permitió. Se levanto y se puso a llenar las copas antes de que nadie tuviera oportunidad de protestar. Kirsty estaba segura de haber visto una expresión de disgusto en la cara de Julia; el gesto desapareció enseguida, el entrecejo ya no estaba arrugado. Julia se
despidió, recibió profusas felicitaciones por su hábil preparación del hígado de ternera y se fue a la cama.

Los impecablemente hermosos eran impecablemente felices, ¿verdad? A Kirsty, esto siempre le había parecido una obviedad. Esa noche, sin embargo, el alcohol le hizo
preguntarse si la envidia no la habría cegado. Tal vez, ser impecable era otra forma de ser triste. Pero su cabeza daba vueltas y en este momento era ineficaz para tales reflexiones, y al segundo siguiente Rory estaba de pie y contando un chiste sobre un gorila y un jesuita que la hizo atragantarse con la bebida, incluso antes de que llegara la parte de las velas votivas. Arriba, Julia oyó un nuevo estallido de risas. Realmente estaba muy cansada, como había afirmado, pero no era el haber cocinado lo que la había dejado exhausta. Era el esfuerzo por ahogar el desprecio que sentía por los malditos tontos que estaban reunidos en el salón de abajo. Una vez había llamado amigos a esos retardados, con sus pobres chistes y sus pretensiones aun más pobres. Había participado en su juego durante varias horas; era suficiente. Ahora necesitaba un lugar fresco, algo de oscuridad. Ni bien abrió la puerta del dormitorio húmedo, supo que las cosas no estaban como antes. La luz de la lámpara sin pantalla del pasillo iluminaba las tablas del piso donde había caído la sangre de Rory, ahora tan limpias como si las hubiesen rasqueteado. Mas allá de donde alcanzaba la luz, la habitación se sumía en la oscuridad. Dio un paso al interior y cerro la puerta. A sus espaldas, el cerrojo hizo clic. La oscuridad era casi perfecta y se alegro de que así fuera. Sus ojos descansaron con la noche, con sus heladas superficies. Entonces, desde el otro lado del cuarto, escucho un sonido. No era mas fuerte que el rumor de una cucaracha corriendo detrás de los zócalos. Pasados unos segundos, cesó. Escucho su propia respiración. Volvió a oírlo otra vez. Esta vez, le pareció que el ruido obedecía a algún esquema, a un código primitivo. Abajo estaban riendo como lunáticos. Ese sonido le provoco desesperación. ¿Qué no haría con tal de librarse de semejante compañía? Trago saliva y le hablo a la oscuridad.

—Te oigo —dijo, si estar segura de por que le brotaban esas palabras o a quien estaban dirigidas.

Los rasqueteos del a cucaracha cesaron por un momento y luego recomenzaron, mas apremiantes. Se aparto de la puerta y se desplazo hacia el ruido. Este continuo, como si la estuviera llamando. En la oscuridad, era fácil calcular mal; alcanzo la pared antes de lo esperado. Levantando las manos, comenzó a recorrer el yeso pintado con las palmas. La superficie no era uniformemente fría. Había un lugar —ella calculo que estaba a mitad de camino entre la puerta y la ventana— donde el frió se volvía tan intenso que tuvo que interrumpir el contacto. La cucaracha dejo de escarbar. Hubo un momento en el cual, totalmente desorientada, agito los brazos en la oscuridad
y el silencio. Y después algo se movió delante de ella. Un espejismo mental, supuso, porque aquí solo podía existir la luz imaginaria.
Pero el espectáculo que siguió le demostró el error de esa presunción. La pared estaba iluminada, o mejor dicho, algo que estaba detrás de la pared brillaba con una fría luminiscencia que hacia que los sólidos ladrillos parecieran materia insustancial. Más todavía, la pared parecía estar partiéndose, sus segmentos se deslizaban y dislocaban como el artefacto de un mago: paneles aceitados que revelaban cajas ocultas, cuyos lados, a su vez, se desplomaban para revelar más escondrijos. Julia observo fijamente, sin atreverse siquiera a pestañear por temor a perderse algún detalle de este extraordinario juego de prestidigitación, mientras el mundo se separaba en pedazos ante de sus ojos. Entonces, súbitamente, en algún sitio de este sistema cada vez mas elaborado de fragmentos deslizantes, vio (o, nuevamente, le pareció ver) un movimiento. Recién
ahora, se percato de que había estado conteniendo la respiración desde que comenzara el despliegue y que estaba comenzando a marearse. Trato de expulsar el aire viciado de los pulmones y tomar una bocanada de aire limpio, pero su cuerpo se resistía a cumplir esa sencilla orden. En algún lugar dentro de ella, comenzó a latir el pánico. El truco de magia ya había terminado, dejando a una parte de Julia admirando con total desapasionamiento el tintineo de la música que salía de la pared, y a la otra parte luchando contra el miedo que ascendía paso a paso por su garganta. Otra vez, trato de tomar aire, pero era como si su cuerpo hubiese muerto y ella estuviera mirándolo desde afuera, incapaz ahora de respirar, pestañear o tragar saliva. El espectáculo de la pared que se desplegaba ya había cesado por completo; vio que algo fluctuaba por los ladrillos, lo bastante irregular para ser una sombra pero con demasiada sustancia. Era humano, según pudo apreciar, o lo había sido. Pero el cuerpo había sido desgarrado y vuelto a coser, y la mayor parte de las piezas faltaban, o bien estaban retorcidas y ennegrecidas, como si lo hubieran metido en un horno. Había un ojo que la miraba, centelleante, y la escalera de una espina dorsal, con las vértebras despojadas de músculo: unos pocos fragmentos reconocibles de anatomía. Nada más. Que
semejante cosa pudiera estar viva desafiaba toda razón…la poca carne que poseía estaba irremediablemente podrida. Sin embargo, estaba viva. El ojo, a pesar de la mancha de hongos en que estaba enraizado, la estudio centímetro a centímetro, de arriba abajo. Julia no sentía miedo en su presencia. La cosa era, por mucho, mas débil que ella. Se revolvió un poco en su prisión, buscando alguna migaja de comodidad. Pero no había ninguna, menos para una criatura que tenia los deshilachados nervios al aire, sobre los brazos sangrantes. Cualquier lugar donde apoyara el cuerpo le provocaba dolor; Julia lo
sabía sin lugar a dudas. Le tenia lastima. Y con esa lastima, llego el alivio. Su cuerpo expulso el aire muerto e inhalo aire vivo. Su cerebro, famélico de oxigeno, daba vueltas. Mientras eso sucedía, la cosa hablo: un agujero abierto en la desollada esfera que era la cabeza del monstruo emitió una única e ingrávida palabra. La palabra fue:

—Julia.

2

Kirsty dejo el vaso y trato de ponerse de pie.

—¿Dónde vas? —le preguntó Neville.

—¿Dónde crees? —replico ella, haciendo un esfuerzo conciente para no arrastrar las palabras.

—¿Necesitas ayuda? —inquirió Rory. Por el alcohol, tenia las pestañas perezosas, la sonrisa mas perezosa todavía.

—Estoy bien entrenada —respondió ella; la respuesta fue festejada con carcajadas a diestra y siniestra. Estaba contenta consigo misma; las respuestas ingeniosas sacadas
de la manga no eran su fuerte. Se dirigió a la puerta, tambaleándose.

—Es la última puerta de la derecha, al final del pasillo —le informo Rory.

—Ya lo se —dijo ella, y avanzo hacia el corredor.

Normalmente no disfrutaba de la sensación de estar ebria, pero esta noche se estaba revelando. Sentía las extremidades flojas, pero mañana seria otro día. Por esta noche,
estaba volando. Llego trabajosamente hasta el baño y descargo la vejiga dolorida; después se echo un poco de agua a la cara. Terminado esto, comenzó su viaje de regreso. Había avanzado tres pasos por el pasillo cuando se dio cuenta de que, mientras ella estaba en el baño, alguien había encendido la luz y de que ese mismo alguien ahora estaba de pie, a unos pocos metros de distancia, frente a ella. Se detuvo.

—¿Hola? —dijo. ¿El criador de gatos la había seguido arriba, con la esperanza de mostrarle que no estaba castrado?

—¿Eres tu? —pregunto ella, borrosamente consciente de que esta era una línea de interrogatorio de singular inutilidad.

No hubo respuesta y se puso un poco incomoda.

—Vamos —dijo, intentando un tono jocoso que esperaba lograra enmascarar su ansiedad—, ¿Quién anda ahí?

—Yo —dijo Julia. Su voz sonaba rara. Muy de garganta; tal vez estaba llorando.

—¿Estas bien? —le pregunto Kirsty. Deseó poder verle la cara.

—Si —fue la respuesta—. ¿Por qué no iba a estarlo? —En el lapso de esas seis palabras, la actriz Julia recupero el control. Se le aclaro la voz; el tono se aligero—. Es
que estoy cansada…—continuo—. Parece que la están pasando muy bien allá abajo.

—¿No te dejamos dormir?

—Oh, Dios, no —salto a borbotones la voz—. Solo iba al baño. —Una pausa; luego—: Vuelve abajo. Diviértete.

Al oír esta indirecta, Kirsty volvió a avanzar por el pasillo, hacia ella. Julia se aparto a último momento, evitando hasta el más leve contacto físico.

—Que duermas bien —dijo Kirsty desde la cima de la escalera.

Pero no hubo respuesta de parte de la sombra que estaba en el pasillo.

3

Julia no durmió bien. Ni esa noche, ni ninguna de las noches que siguieron. Lo que había visto en el dormitorio húmedo, lo que había oído y, finalmente, sentido era suficiente para apartar los sueños tranquilos para siempre, o eso comenzó a creer. El estaba aquí. El hermano Frank estaba aquí, en la casa…y había estado aquí todo el
tiempo. Separado del mundo en que ella vivía y respiraba, pero lo bastante cerca como para establecer el frágil y lastimoso contacto que había establecido. Julia no tenia pista alguna de las causas y motivos de esa situación; el detrito humano de la pared no disponía de la energía ni del tiempo necesarios par explicar su condición.
Lo único que había dicho, antes de que la pared empezara a cerrarse nuevamente sobre el y que sus despojos fueran, una vez mas, eclipsados por el ladrillo y el yeso, era
“Julia”. Después, simplemente, “Soy Frank”…y, sobre el final, la palabra “Sangre”. Después había desaparecido por completo y las piernas de Julia habían flaqueado. Había caído a madias, tropezado a medias, hacia atrás, contra la pared opuesta. Cuando recupero el discernimiento, no había ninguna luz misteriosa, ninguna figura
devastada anidando en los ladrillos. La aprehensión de la realidad era, una vez mas absoluta. No totalmente absoluta, quizás. Frank seguía allí, en el dormitorio húmedo. De eso no tenía ninguna duda. Podía ser invisible, pero no estaba loco. Estaba atrapado, de algún modo, entre la esfera que ella ocupaba y otro lugar: un lugar de campanas y de atribulada oscuridad. ¿Había muerto? ¿Era eso? ¿Perecido en la habitación vacía, el verano anterior, dejando su espíritu allí, a la espera de un exorcismo? Si así era, ¿Que había ocurrido con sus restos terrenales? Solo un mayor dialogo con el propio Frank, o con sus despojos, le proporcionaría una explicación. Tenía muy pocas dudas con respecto a los medios que debía emplear para darle fuerzas al alma en pena. Él le había dado la solución sin rodeos. Sangre, había dicho. Había pronunciado esas dos silabas no como una acusación, sino como un imperativo. La sangre de Rory había caído en el suelo del dormitorio húmedo; a continuación, las salpicaduras habían desaparecido. De algún modo, el fantasma de Frank —si eso era—
se había alimentado de la hemorragia de su hermano y de tal modo se había nutrido
que había podido asomarse fuera de la celda y establecer el débil contacto. ¿Cuánto más podría lograr si la porción era más abundante? Pensó en los abrazos de Frank, en su rudeza, en la insistencia de él en someterla. ¿Qué no daría por gozar de nuevo de esa insistencia? Tal vez era posible. Y si lo era —si ella podía brindarle el sustento que necesitaba— ¿Frank no estaría agradecido? ¿No se transformaría en una mascota dócil o brutal, según a ella se le antojara? La idea le quito el sueño. Le quito la cordura y también la tristeza. Se dio cuenta de que, en todo este tiempo, había estado enamorada de Frank y de luto por él. Si hacia falta sangre para recuperarlo sangre le daría, y no pensaría dos veces en las consecuencias. En los días que siguieron, descubrió que volvía a sonreír. Rory interpreto el cambio de
humor como una señal de que ella se sentía feliz en la nueva casa. El buen humor de ella encendió lo mismo en el. Rory se aplico a la decoración con renovados ánimos.
Muy pronto, dijo, se pondría a trabajar en el segundo piso. Ubicaría el origen de la humedad del dormitorio grande y lo convertiría en un cuarto digno de una princesa.
Cuando le hablo del tema, ella lo beso en la mejilla y le dijo que no tenia apuro, que el dormitorio que ya tenían era el mas adecuado. Hablar del dormitorio lo impulso a
acariciarle el cuello, atraerla hacia si y susurrarle al oído obscenidades pueriles. Ella no lo rechazo, sino que lo siguió arriba dócilmente y le permitió desvestirla, como a el le
gustaba, desabotonando sus ropas con los dedos manchados de pintura. Julia fingió que la ceremonia la excitaba, aunque tal cosa estaba muy lejos de ser cierta. Lo único que encendió un leve apetito en ella, mientras yacía en la cama crujiente con el bulto de Rory entre las piernas, fue cerrar los ojos e imaginarse a Frank como había sido antes. Mas de una vez, su nombre se le instalo en los labios y, en todos los casos, se los mordió para no pronunciarlo. Finalmente, abrió los ojos para recordarse a si misma la grosera verdad. Rory estaba colmándole la cara de besos. Las mejillas de Julia se sometieron abyectamente al contacto. Tomo conciencia de que no podría soportar esto con mucha frecuencia. El papel de esposa condescendiente le exigía un esfuerzo demasiado grande; su corazón iba a explotar. Así, acostada debajo de Rory, mientras el aliento de septiembre que entraba por la ventana abierta le acariciaba la cara, comenzó a urdir el plan para conseguir sangre.

Cinco

1

 

A veces le parecía que, durante su permanencia en la pared, los eones iban y venían, eones que, mas tarde, algún indicio revelaba como horas transcurridas, o incluso
minutos. Pero ahora las cosas habían cambiado; tenía una oportunidad de escapar. Su espíritu se echaba a volar con la idea. Era una oportunidad frágil; no se engañaba al respecto. Había varias razones que podían hacer fracasar sus mas intensos esfuerzos. Julia, por empezar. El la recordaba como una mujer trivial, vanidosa, cuya crianza había restringido su capacidad de sentir pasión. Él la había llevado por el mal camino, por supuesto; una vez. Recordaba ese día, de entre las miles de veces en que había
llevado a cabo el acto sexual, con un poco de satisfacción. Ella se había resistido, no mas de lo que le exigía su vanidad, y luego había sucumbido con un fervor tan desnudo que el había estado a punto de perder el control. En otras circunstancias, el hubiese sido capaz de arrebatársela al, futuro marido en sus propias narices, pero las costumbres fraternales aconsejaban otra cosa. En una o dos semanas se habría hartado de ella, quedándose no solo con una mujer cuyo cuerpo ya le resultaría ofensivo, sino también con un vengativo hermano pisándole los talones. No valía la pena provocar semejante embrollo. Además, había nuevos mundos que conquistar. Al día siguiente, partió para Oriente, a Hong Kong y Sri Lanka, rumbo a la riqueza y la aventura. Había disfrutado de ellas, también. Al menos por un tiempo. Pero, tarde o temprano, todo se le escurría de entre los dedos y, con el tiempo, comenzó a preguntarse si eran las circunstancias las que le negaban un buen control de sus ganancias o si simplemente no se preocupaba lo suficiente para conservar lo que tenia. El tren del pensamiento, una vez que arrancaba, no se detenía. En todas partes, en las ruinas que lo rodeaban, encontraba evidencias que apoyaban la misma tesis amarga: que a lo largo de su vida, no había encontrado nada —ninguna persona, ningún estado mental o corporal— que deseara lo suficiente como para estar dispuesto a sufrir si quiera una incomodidad pasajera con tal de tenerlo. Comenzó a caer por una espiral descendiente. Paso tres meses sumergido en un baño de depresión y autocompasión que lo llevo al borde del suicidio. Pero su recién descubierto nihilismo le negó incluso esa solución. Si no había nada que valiera la pena vivirse, de eso se deducía que tampoco había nada por lo que valiera la pena morir, ¿verdad? Avanzo a los tumbos de una esterilidad a la siguiente, hasta que todas sus ideas se echaron a perder por obra del narcótico, cualquiera que fuese, que sus inmoralidades le proporcionaban.
¿Cómo se había enterado por primera vez de la caja de Lemarchand? No lo recordaba. Tal vez en un bar; en una zanja, de labios de un compañero de desgracias. En ese
tiempo era solo un rumor… este sueño de un domo de placer, donde aquellos que habían agotado las delicias triviales de la condición humana podrían descubrir una nueva definición de gozo. ¿Y la ruta para llegar a ese paraíso? Había varias, le dijeron:
mapas de la interfaz entre lo real y lo mas real todavía, dibujados por viajeros cuyos huesos se habían convertido en polvo hace mucho tiempo. Uno de esos mapas estaba guardado en las criptas del Vaticano, oculto, en forma de código, en una obra teológica que nadie leía desde la Reforma. Se comentaba que otro —que adoptaba la forma de un ejercicio de origami— había estado en posesión del Marqués de Sade, que lo había
utilizado durante su encarcelamiento en la bastilla para hacer un trueque con un guardia, a cambio de las hojas de papel donde luego escribió “Los 120 días de Sodoma”. Otro había sido construido por un artesano —fabricante de pájaros cantores — llamado Lemarchand, con la forma de una cajita de música de diseño tan elaborado que un hombre podía juguetear con ella la mitad de su vida sin lograr abrirla jamás. Cuentos. Cuentos. Sin embargo, ya que había llegado al puno de no creer absolutamente en nada, no le resultaba tan difícil dejar de prestar atención a la tiranía de las verdades comprobables. Y embriagarse con tales fantasías ayudaba a pasar el tiempo.
Fue en Dusseldorf, adonde había ido para contrabandear heroína, cuando se topo nuevamente con la historia de la caja de Lemarchand. Volvió a acicatearlo la curiosidad,
pero esta vez siguió el rastro de la historia hasta hallar su origen. El hombre se llamaba Kircher, aunque probablemente se adjudicaba otra media docena de nombres. Si, el
alemán podía confirmar la existencia de la caja, y si, podía considerar la posibilidad de que llegara a manos de Frank. ¿El precio? Pequeños favores, aquí y allá. Nada excepcional. Frank le hizo esos favores, se lavo las manos y reclamo la retribución. Kircher le dio algunas instrucciones sobre cual era la mejor manera de romper el sello del aparato de Lemarchand, instrucciones que eran en parte pragmáticas y en parte metafísicas. Resolver el acertijo es viajar, le había dicho, o algo así. La caja, según
parecía, no era solo un mapa de ruta, sino la ruta misma. Esta nueva adicción pronto lo curo de la droga y la bebida. Tal vez había otras maneras de torcer el mundo para que se ajustara a la forma de sus sueños. Regreso a la casa de la calle Ludovico, a la casa vacía detrás de cuyas paredes ahora estaba prisionero, y se preparo —como Kircher lo había detallado— para el desafió de resolver la Configuración de Lemarchand. Nunca en su vida había sido tan abstemio, ni había estado tan concentrado en un solo propósito. En, los días anteriores a la arremetida contra la caja había llevado una vida que hubiese abochornado a un santo, enfocando todas sus energías en las ceremonias que se avecinaban. Había sido muy arrogante en su trato con la Orden de la Incisión, ahora lo sabia, pero en todas partes —en el mundo y fuera de el— había fuerzas que animaban tales arrogancias, porque sacaban provecho de ellas. Eso solo no lo hubiera llevado a la ruina. No; su autentico error había sido creer, con ingenuidad, que su definición del placer se superponía significativamente con la de los Cenobitas. Como había visto, le habían provocado incalculables sufrimientos. Le habían inyectado una sobredosis de sensualidad, empujando a su mente a las orillas de la locura; luego,
lo habían iniciado en experiencias que sus nervios aun se convulsionaban al recordar. Ellos lo llamaban placer, y quizás eran sinceros. Quizás no. Era imposible estar seguro, con esas mentes tan irremediablemente ambiguas. Ellos no reconocían el sistema de premios y castigos, gracias al cual el esperaba hacerse acreedor de una prorroga de sus torturas, ni tampoco se conmovían con ninguna exhortación a la piedad. Ya lo había intentado, durante las semanas y meses que separaban la resolución de la caja del día de hoy. No había compasión de este lado del Cisma; solo había lágrimas y risas. A veces, lagrimas de alegría (por una hora libre de espanto; incluso por una tregua que durara un suspiro); otras veces, risas que estallaban, de un modo igualmente paradójico, ante el panorama de un nuevo horror inventado por el ingeniero para infligir dolor. Había muchas formas sofisticadas de tortura; ideadas por una mente que entendía de manera exquisita la naturaleza del sufrimiento. A los prisioneros se les permitía espiar el mundo que alguna vez habían ocupado. Sus lugares de descanso —cuando no estaban soportando placeres— se asomaban a los mismos lugares en donde habían resuelto la Configuración que los había traído aquí. En el caso de Frank, era la habitación del primer piso del número cincuenta y cinco de la calle Ludovico. Durante la mayor parte de un año, el panorama no había sido nada instructivo: ni siquiera habían pisado la casa. Y entonces vinieron ellos, Rory y la hermosa Julia. Y la esperanza había vuelto a surgir… Había formas de escapar, según se murmuraba: hendijas del sistema, que podían permitir que una mente lo bastante flexible o sagaz egresara hacia la habitación de donde había venido. Si un prisionero lograba hacer realidad esa fuga no había manera de que los hierofantes fueran por él. Para poder cruzar el Cisma, debían ser invocados. Sin una invitación así, debían quedarse en el umbral, como perros, rascando y rascando, pero incapaces de entrar. La fuga, en consecuencia, si podía lograrse, traía consigo un fallo definitivo: total disolución del matrimonio por error en el que se había embarcado el prisionero. Era un riesgo que valía la pena correr. En realidad, no era para nada un riesgo. ¿Qué castigo podía ser peor que la idea de sufrir dolor sin ninguna esperanza de liberación? Había tenido suerte. Algunos prisioneros habían partido del mundo sin dejar suficientes señales de si mismos a partir de las cuales, dada la apropiada combinación de circunstancias, poder rehacerse. Él sí. Casi su ultimo acto, aparte de gritar, había sido el de vaciar sus testículos en el suelo. El esperma muerto era una magra prenda de su yo esencial, pero bastaba. Al resbalarse el formón de su querido hermano Rory (el dulce Rory, manos de manteca) una parte de Frank se había beneficiado con ese dolor. Había encontrado un resquicio y un vestigio de energía con la que había logrado
arrastrarse hasta un lugar seguro. Ahora dependía de Julia. A veces, sufriendo en la pared, pensaba que ella, por miedo, lo dejaría solo. Que haría
eso, o que racionalizaría la visión que había tenido y decidiría que había sido un sueño. Si tal cosa ocurría, estaba perdido. Carecía de la energía necesaria para repetir la aparición.
Pero hubo señales que le dieron motivos para la esperanza. El hecho de que ella regresara a la habitación en dos o tres ocasiones, por ejemplo, y que simplemente se
quedara parada en la penumbra, contemplando la pared. En la segunda visita, incluso había llegado a mascullar unas palabras, aunque el había captado solo unos fragmentos. La palabra “aquí” era una de ellas. Y “esperando” y “pronto”. Suficiente para mantenerlo alejado de la desesperanza. Había otro estimulo par su optimismo. Ella había extraviado el camino, ¿no? Lo había visto en su cara, cuando —antes del día en que Rory se clavara el formón— ella y su hermano habían estado juntos en el dormitorio. Había percibido las expresiones entre líneas, los momentos en que ella bajaba la guardia y la tristeza y la frustración que sentía eran evidentes. Sí, estaba perdida. Casada con un hombre por el que no sentía amor e incapaz de ver la salida. Bueno, aquí estaba él. Podían salvarse el uno al otro, como lo poetas aseguraban que
debían hacerlo los amantes. Él era un misterio, él era oscuridad, él era todo lo que ella había soñado. Y si ella lo liberaba, él le prestaría sus servicios —oh, si— hasta que su placer alcanzara ese umbral que, como todos los umbrales, era un lugar donde los fuertes se hacían más fuertes y los débiles perecían. Allí, el placer era dolor, y viceversa. Y él conocía tan bien ese lugar que allí se sentía como en casa.


EL CORAZÓN CONDENADO – CLIVE BARKER

“Anhelo hablar con el fantasma de algún antiguo
amante que murió antes de que naciera el dios del
amor.”
John Done, “Deidad del amor”

Uno

1

Tan concentrado estaba Frank en la resolución del enigma de la caja de Lemarchand que cuando comenzó a sonar la gran campana no la oyó. El artefacto había sido construido por un maestro artesano y el enigma era este: que aunque le habían dicho que la caja contenía maravillas, le parecía que no había manera de introducirle nada; no había, en ninguna de las seis caras laqueadas, pistas que indicaran la ubicación de los puntos de presión que desenganchaban una pieza del rompecabezas tridimensional de
la otra. Frank había visto rompecabezas similares —principalmente en Hong Kong, productos de la afición china por la fabricación de elementos metafísicos de madera dura— pero los franceses, en respuesta a la agudeza y al genio técnico de los chinos, habían desarrollado una lógica perversa que les era enteramente exclusiva. Si existía algún sistema para resolver este rompecabezas, Frank no lograba descubrirlo. Recién después de varias horas de prueba y error, una fortuita yuxtaposición de pulgares, dedos medios y meñiques dio sus frutos: un clic casi imperceptible y entonces… ¡victoria! Un segmento de la caja se proyecto hacia fuera, separándose de sus vecinos.
Hubo dos revelaciones. La primera, que las superficies interiores estaban espléndidamente lustradas. El reflejo de Frank —distorsionado, fragmentado— se arrastraba por la laca. La segunda, que Lemarchand, en su tiempo fabricante de pájaros cantores, había construido la caja de tal manera que al abrirse esta se disparaba un mecanismo musical, que entonces empezó a tintinear, ejecutando un breve rondo de sublime banalidad. Animado por su éxito, Frank se puso a trabajar en la caja mas febrilmente, hallando pronto nuevas alineaciones de ranuras estriadas y aceitadas clavijas que, a su vez, iban revelando mayores intrincaciones. Y con cada solución —con cada nuevo tirón o media vuelta— se iba agregando un nuevo elemento melódico. La tonada comenzó a hacer
contrapuntos y a desarrollarse, hasta que la fantasía inicial quedo casi perdida bajo los ornamentos. En algún momento de sus labores, empezó a sonar la campana…un tañido sombrío y constante. El no la oyó, al menos conscientemente. Pero cuando el rompecabezas estaba casi resuelto, los espejados interiores de la caja desentrañados, advirtió que las campanadas le crispaban violentamente el estomago, como si hubiesen estado sonando desde hacia media vida. Aparto la vista de su trabajo. Por unos momentos, supuso que el ruido provenía de afuera, de algún lugar de la calle, pero rápidamente descarto esa idea. Había comenzado su tarea con la caja del fabricante de pájaros casi a medianoche; desde entonces, habían pasado varias horas, horas cuyo transcurso el no habría recordado de no ser por la evidencia de lo que marcaba el reloj. Ninguna iglesia de la ciudad, por más desesperada que estuviera de convocar adherentes, habría echado a volar las campanas a semejante hora. No. El sonido provenía de algún sitio mucho mas distante; salía de mismísima la puerta (aun invisible) que la caja milagrosa de Lemarchand había sido construida para abrir. ¡Todo lo que Kircher, el vendedor de la caja, le había prometido era cierto! Estaba en el
umbral de un nuevo mundo, de una provincia ubicada infinitamente alejada de la habitación en donde estaba sentado. Infinitamente lejos, pero ahora repentinamente cerca.
La idea le acelero la respiración. Había anticipado este momento con gran perspicacia; había planeado esta caída del velo con todo su ingenio. En unos momentos estarían aquí…los que Kircher había llamado Cenobitas, teólogos de la orden de la incisión. Emplazados a abandonar sus experimentos en los mas altos limites del placer y trasladar sus cabezas sin edad a un mundo de lluvias y fracasos. Durante la semana anterior, había trabajado sin cesar para prepararles la habitación. Meticulosamente, había esparcido pétalos por el desnudo entablado del piso. Sobre la pared izquierda, había colocado una especie de altar dedicado a ellos y decorado con una miscelánea de ofrendas de apaciguamiento que, según Kircher le había asegurado, favorecerían sus buenos oficios: huesos, bombones, agujas. A la izquierda del altar había una jarra que contenía su propia orina —recolectada durante siete días—, por si le solicitaban algún gesto espontáneo de auto profanación. A la derecha, un plato con cabezas de paloma, que Kircher le había aconsejado tener a mano. No había dejado de observar ninguna parte del ritual de invocación. Ningún Cardenal ansioso de calzarse las sandalias del pescador hubiese sido más diligente. Pero ahora, mientras el sonido de la campana se volvía cada vez mas fuerte, ahogando la música de la caja, estaba asustado. Demasiado tarde, murmuro para sus adentros, deseando ser capaz de sofocar su creciente miedo. El artefacto de Lemarchand estaba abierto; el mecanismo final había girado. No había tiempo para la prevaricación o el arrepentimiento. Además, ¿no había
arriesgado su vida y su cordura para hacer posible esta revelación? El umbral seguía abriéndose a los placeres cuya existencia solo un puñado de humanos había llegado a conocer, y muchos menos habían saboreado…placeres que iban a redefinir los
parámetros de la sensación, que lo liberarían del insípido circuito del deseo, seducción y desencanto que lo había acosado desde los últimos años de la adolescencia. Esa nueva sabiduría iba a transformarlo, ¿verdad? Ningún hombre podía experimentar la profundidad de semejantes sentimientos y seguir siendo el mismo. La despojada bombilla de luz que colgaba en medio del cuarto languidecía y se hacia mas brillante; Se hacia mas brillante y volvía a languidecer. Había adoptado el ritmo de las campanadas, ardiendo al máximo con cada tañido. En los espacios entre una campanada y otra, la oscuridad de la habitación se hacia completa; era como si el
mundo que Frank había ocupado durante veintinueve años hubiese dejado de existir. Después, la campana volvía a sonar y la luz se encendía con tanta fuerza como si nunca hubiese vacilado, y durante unos preciosos segundos Frank se encontraba en un sitio familiar, con una puerta que conducía afuera, y abajo, y a la calle, y una ventana
desde la cual —de haber tenido la voluntad (o la fuerza) de apartar las persianas— hubiese podido vislumbrar la incipiente mañana. Con cada tañido, la luz de la lámpara se volvía cada vez más reveladora. Gracias a ella, vio que la pared derecha se descascaraba; vio que los ladrillos, momentáneamente perdían solidez y explotaban; vio, en ese mismo instante, un lugar que estaba mas allá de la habitación, del que provenía el clamor de la campana. ¿Era un mundo de pájaros, de inmensos mirlos atrapados en una tempestad perpetua? Era la única conclusión que podía sacar sobre la provincia de donde —También ahora— venían los hierofantes: que era una confusión y que estaba llena de objetos quebradizos, de cosas rotas que se elevaban y caían, colmando de espanto el aire oscuro. Y después la pared volvió a solidificarse, y la campana quedo en silencio. La lámpara parpadeo y se apago. Esta vez, sin esperanzas de volver a reavivarse. Frank se quedo de pie en la oscuridad y no dijo nada. Aunque hubiese podido recordar las palabras de bienvenida que había preparado, su lengua no habría sido capaz de pronunciarlas. Estaba muerta en el interior de su boca. Y entonces la luz. Provenía de ellos: del cuarteto de Cenobitas que ahora, de espaldas a la pared sellada, ocupaba la habitación. Los acompañaba una fosforescencia, como el fulgor de los peces de las profundidades marinas: azul, fría, sin encanto. Frank se percato de que nunca había tratado de imaginar como serian. Su imaginación, aunque fértil para la
estafa y el robo, era muy pobre en otros aspectos: la habilidad de imaginarse a estas eminencias estaba fuera de su alcance, de modo que ni siquiera lo había intentado. ¿Por qué entonces se sentía tan angustiado al posar sus ojos en ellos? ¿Era por las cicatrices que les cubrían cada centímetro del cuerpo; por la carne cosméticamente perforada, rebanada e infibulada, y luego empolvada con ceniza; era por el olor a
vainilla que exhalaban, esa dulzura que disimulaba muy poco el hedor que cubría? ¿O era porque, al aumentar la luz, los estudio mas detenidamente y no vio nada de alegría, de humanidad siquiera, en sus rostros mutilados, sino solo desesperación, y un apetito que le provoco unas ganas irrefrenables de vaciar los intestinos?

—¿Qué ciudad es esta? —inquirió uno de los cuatro.

A Frank le costaba adivinar con certeza el sexo del que había hablado. Sus ropas, algunas de las cuales estaban cosidas a la piel, atravesándola, escondían sus partes íntimas, y no había nada en el sedimento de su voz o en sus rasgos concienzudamente desfigurados que ofreciera la menor pista. Cuando hablaba, los anzuelos que le transfiguraban el rabillo de los ojos y que estaban unidos, por medio de un intrincado sistema de cadenas que le atravesaban la carne y los huesos por igual, a unos anzuelos similares que tenia en el labio inferior, eran agitados por el movimiento, y desgarraban y exponían la resplandeciente carne que había debajo.

—Te hice una pregunta —dijo. Frank no respondió. El nombre de esta ciudad era lo último que podía recordar.

—¿Nos entiendes? —exigió la figura ubicada detrás del que había hablado primero. Su voz, a diferencia de la de su compañero, era ligera y jadeante, como la voz de una
muchacha excitada. Cada centímetro de su cabeza estaba tatuado, formando una intrincada red; en cada una de las intersecciones de los ejes verticales y horizontales
tenia un alfiler enjoyado, clavado en el hueso. Su lengua estaba decorada de manera similar—. ¿Sabes quienes somos, por lo menos? —pregunto.

—Si —dijo Frank por fin—. Lo se.

Por supuesto que lo sabia; el y Kircher habían pasado largas noches hablando de las insinuaciones deslizadas en los diarios de Bolingbroke y de Gilles de Rais. Todo lo que la humanidad sabia de la Orden de la Incisión, el también lo sabia. Y, sin embargo…había esperado encontrarse con algo diferente. Había esperado algún signo que hablara de los innumerables esplendores a los que tenían acceso. Había pensado que vendrían con mujeres, al menos; mujeres cubiertas de aceite, de leche, mujeres depiladas y con músculos especialmente hechos para el acto de amor, con labios perfumados, muslos que temblaban de ansiedad por separarse, nalgas rotundas, como a el le gustaban. Había esperado suspiros y lánguidos cuerpos desparramados entre las flores que tenia a sus pies, como alfombras vivientes; había esperado prostitutas vírgenes que le entregaran sus hendeduras con solo pedirlo y que, con pericia, lo llevaran —arriba, arriba— hasta un éxtasis nunca soñado. En sus brazos se olvidaría del mundo. En vez de despreciarlo por su lujuria, lo exaltarían. Pero no. No había mujeres, no había suspiros. Solo estas cosas sin sexo, con las carnes corrugadas. Ahora, hablo el tercero. Sus rasgos estaban tan abundantemente llenos de cicatrices — heridas vueltas a abrir hasta que se hincharan como globos— que sus ojos no se veían y sus palabras salían deformadas de tan desfigurada que tenia la boca.

—¿Que quieres? —le pregunto a Frank.

Frank escudriño a este interrogador con más confianza que a los otros dos. El miedo se iba diluyendo a medida que pasaban los segundos. Los recuerdos del lugar aterrador que estaba detrás de la pared ya estaban retirándose. Se quedo solo con esos tres seres decadentes y decrépitos, con su hedor, su estrambótica deformidad, su evidente fragilidad. La única cosa a la que debía temer era la nausea.

—Kircher me dijo que ustedes eran cinco —dijo Frank.

—El ingeniero vendrá si el momento lo justifica —fue la respuesta—. Ahora, nuevamente, te preguntamos: ¿que quieres? ¿Por qué no responderles directamente?

—Placer —contesto—. Kircher dijo que ustedes saben de placeres.

—OH, así es —dijo el primero—. Todo lo que siempre quisiste.

—¿Si?

—Por supuesto. Por supuesto —Lo miraba fijo con esos ojos excesivamente desnudos

—. ¿Qué es lo que has soñado? —dijo.

La pregunta, planteada con tanta crudeza, lo confundió. ¿Cómo podía ser capaz de articular la naturaleza de los fantasmas que su libido había creado? Aun estaba
buscando las palabras cuando uno de ellos dijo:

—¿Este mundo…te decepciona?

—Bastante —respondió.

—No eres el primero que se cansa de sus trivialidades —fue la respuesta—. Existieron otros.

—No muchos —tercio el de rostro reticulado.

—Cierto. Un puñado, como máximo. Pero unos pocos se atrevieron a usar la Configuración de Lemarchand. Hombres como tu, hambrientos de nuevas posibilidades, enterados de que poseemos habilidades desconocidas en tu región.

—Había esperado…—comenzó Frank.

—Sabemos lo que habías esperado —respondió el Cenobita—. Entendemos de cabo a rabo la naturaleza de tu frenesí. Nos es completamente familiar. Frank gruño.

—Entonces —dijo— ya saben lo que he soñado. ¿Pueden proporcionarme ese placer?

El rostro de la cosa se partió en dos; sus labios se deslizaron hacia atrás, dibujando una sonrisa de mandril.

—No como tú lo entiendes —respondió.

Frank quiso interrumpir, pero la criatura elevo una mano para hacerlo callar.

—Hay ciertos estados de las terminaciones nerviosas —dijo— que tu imaginación, por mas afiebrada que sea, no podría soñar con evocar.

—¿Si?

—OH, si. OH, con toda certeza. Tu perversión mas apreciada es solo un juego de niños comparada con las experiencias que ofrecemos.

—¿Quiere participar en ellas? —dijo el segundo Cenobita.

Frank miro las cicatrices y los anzuelos. Otra vez, su lengua era deficiente.

—¿Quieres?

Afuera, en algún sitio cercano, el mundo pronto estaría despertando. El lo había visto despertar desde la ventana de esta misma habitación, día tras día, desperezándose y
preparándose para otra ronda de actividades infructuosas, y el sabia, sabia, que allí no quedaba nada que lo entusiasmara. Nada de calor, solo transpiración. Nada de pasión, solo lujuria momentánea, y una indiferencia igualmente repentina. Le había dado la espalda a esas insatisfacciones. Si para hacerlo debía interpretar las señales que
acompañaban a estas criaturas, entonces ese era el precio de la ambición. Estaba dispuesto a pagarlo.

—Muéstrenme —dijo.

—No hay retorno. ¿Comprendes eso?

—Muéstrenme.

No necesitaron de más invitaciones para levantar el telón. Frank oyó que la puerta se habría con un crujido, dio media vuelta y vio que el mundo que estaba del otro lado del umbral había desaparecido, para ser reemplazado por la misma oscuridad pavorosa de la que habían surgido los miembros de la Orden. Miro hacia atrás, en dirección a los Cenobitas, buscando alguna explicación para todo esto. Pero habían desaparecido. Su presencia, no obstante había dejado rastros. Se habían llevado las flores, dejando solo las tablas del piso; en la pared, las ofrendas que Frank había preparado se estaban poniendo negras, como si unas llamas feroces pero invisibles estuviesen
consumiéndolas. Percibió el olor amargo de su destrucción; le aguijoneaba las fosas nasales con tanta agudeza que seguramente comenzarían a sangrar. Pero el olor a quemado solo fue el principio. Apenas lo hubo registrado, media docena de otros aromas colmaron su cabeza. Perfumes que, hasta ahora, apenas había notado resultaban de pronto abrumadoramente fuertes. El aroma residual de los capullos robados, el olor de la pintura del cielorraso y el de la savia de la madera que tenía a sus pies: todos invadían su cabeza. Incluso podía oler la oscuridad que estaba del otro lado de la puerta, y en ella los excrementos de cien mil pájaros. Se cubrió la boca y la nariz con la mano, para evitar que la embestida lo superara, pero el hedor de la transpiración de sus dedos lo hizo sentir mareado. De no haber sido por las nuevas sensaciones que inundaban su sistema, penetrando por cada terminación nerviosa y cada papila gustativa, hubiese llegado a la nausea. Parecía que, súbitamente podía sentir la colisión de las motas de polvo contra su piel. Cada inspiración le escoriaba los labios; cada parpadeo, los ojos. En el fondo de su garganta ardía la bilis; un trocito de la carne de ayer, alojado entre sus dientes, le provoco espasmos en todo el organismo al exudar una gotita de salsa que fue a caer sobre la lengua.

Sus oídos, no eran menos sensibles. En su cabeza resonaban un millar de ruidos, algunos de los cuales los producía el mismo. El aire que se estrellaba contra sus tímpanos era un huracán; la flatulencia de sus intestinos era un trueno. También lo asaltaban otros sonidos —innumerables sonidos— que procedían de lugares que estaban lejos de el. Voces que se elevaban furiosas, declaraciones de amor susurradas, rugidos y traqueteos, trozos de canciones, llantos. ¿Era el mundo lo que oía? ¿El amanecer en un millón de hogares? No tenía manera de ponerse a escuchar con detenimiento; la cacofonía expulsaba de su cabeza toda capacidad de análisis. Pero había algo peor. ¡Los ojos! Oh, Dios del Cielo, nunca había imaginado que pudiera existir un tormento semejante. El, que había pensado que no quedaba nada en la tierra que pudiera conmoverlo… ¡ahora estaba espantado! ¡En todos lados, la vista! El yeso liso del cielorraso era una sobrecogedora geografía de pinceladas. La tela de su camisa lisa, una insoportable elaboración de hilos. En el rincón, vi que un acaro caminaba por la cabeza de una paloma muerta y que pestañeaba al verlo, advirtiendo que el también lo veía. ¡Demasiado! ¡Demasiado! Abatido, cerró los ojos. Pero había mas cosas adentro que afuera, recuerdos cuya violencia lo sacudió hasta llevarlo al borde de la insensatez. Mamo la leche de su madre y se atraganto; sintió que lo rodeaban los brazos de su hermano (¿era una pelea o un abrazo fraternal? De todos modos, lo sofocaba). Y mas, muchísimo mas. Toda una breve vida de sensaciones, inscriptas en su cortex con perfecta caligrafía, que lo despedazaban con su insistencia en ser recordadas. Se sentía a punto de explotar. Seguramente, el mundo que había afuera de su cabeza —la habitación, y los pájaros que estaban del otro lado de la puerta—, a pesar de todos
sus excesos ensordecedores, no podía ser tan opresivo como sus recuerdos. Mejor eso, pensó, y trato de abrir los ojos. Pero no querían despegarse; se los habían sellado
con lágrimas, con pus o con aguja e hilo. Pensó en las palabras de los Cenobitas; los anzuelos, las cadenas. ¿Lo habían sometido a una cirugía similar, dejándolo encerrado detrás de sus ojos con el desfile de su propia historia? Temiendo por su propia cordura, Frank comenzó a hablarles, aunque ya no estaba seguro de que estuvieran lo bastante cerca para escucharlo.

¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué me hacen esto?

El eco de sus palabras rugió en sus oídos, pero apenas le presto atención. Otras impresiones sensoriales emergían del pasado para atormentarlo. La niñez aun se demoraba en su lengua (leche y frustración), pero ahora se agregaban sentimientos de adulto. ¡Había crecido! Era bigotudo y poderoso; de manos pesadas, de tripas grandes. Los placeres juveniles habían tenido el encanto de la novedad, pero a medida que avanzaban los años y la moderada sensación perdía potencia, había necesitado de experiencias cada vez más fuertes. Y ahí estaban de nuevo, más incisivas aun por estar en la oscuridad, en el fondo de su cabeza. Sintió sabores innombrables en la lengua: amargo, dulce, ácido, salado; sintió el olor de las especias, de la mierda y del cabello de su madre; vio ciudades y cielos; vio velocidad, vio profundidades; partió el pan con hombres ahora muertos y el calor de su saliva le escaldo las mejillas. Y, por supuesto, había mujeres. Siempre en medio del aturdimiento y la confusión, aparecían recuerdos de mujeres, asaltándolo con sus aromas, sus texturas, sus sabores. La proximidad de ese harén lo excito, a pesar de las circunstancias. Se abrió los pantalones y se acaricio el miembro, mas ansioso de derramar la simiente para librarse de esas criaturas que para sentir placer. Mientras se tocaba, era lejanamente consciente de que debía estar ofreciendo un panorama lamentable: un ciego en un cuarto vació, excitado por un sueño. Pero el orgasmo malgastado, sin gozo, no logro atemperarla inexorable exhibición. L e flaquearon las rodillas y su cuerpo se derrumbo sobre el piso de madera, donde había caído el semen. Al tocar el suelo sintió un espasmo de dolor, pero la reacción fue arrastrada por otra ola de recuerdos. Rodó hasta quedar de espaldas y grito, grito y rogó que todo terminara, pero las sensaciones se intensificaron todavía mas; a cada oración implorando que se detuvieran, respondían disparándose hacia nuevas alturas. Las suplicas se volvieron un solo sonido; el pánico eclipsaba las palabras y su significado. Parecía que todo esto nunca tendría fin, sino locura. Ninguna esperanza, sino la pérdida de toda esperanza. Mientras formulaba este ultimo y desesperado pensamiento, el tormento acabo. De golpe, todo junto. Desapareció. La vista, el sonido, el tacto, el gusto, el olor. Abruptamente, lo habían despojado de todos ellos. Entonces transcurrieron unos segundos durante los cuales dudo de su propia existencia. Dos latidos de su corazón; tres; cuatro. En el quinto latido, abrió los ojos. La habitación estaba vacía, las palomas y los frascos con pis habían desaparecido. La puerta estaba cerrada. Cautelosamente, se sentó. Le hormigueaban las extremidades; le dolía la cabeza, también las muñecas y la vejiga. Y entonces…un movimiento que vio en el lado opuesto del cuarto le llamo la atención.
Donde dos minutos antes solo había un espacio vació, ahora había una figura. Era el cuarto Cenobita, el que no había hablado ni mostrado su rostro. No era el, según notaba ahora, sino ella. Se había quitado la capucha que llevaba, al igual que la ropa. La mujer que había debajo era gris pero fulguraba; tenía los labios ensangrentados y
las piernas muy abiertas para dejar al descubierto el pubis elaboradamente escarificado. Estaba sentada sobre una pila de cabezas humanas en descomposición y
le daba la bienvenida con una sonrisa.

La antagónia de sensualidad y muerte lo dejo apabullado. ¿Podía albergar alguna duda de que la mujer había eliminado a esas victimas personalmente? Debajo de sus uñas
había podredumbre, y las lenguas de los muertos —veinte o más— se alineaban sobre sus muslos aceitados, como esperando para entrar. Tampoco dudo en pensar que los cerebros que ahora chorreaban de las orejas y las fosas nasales de las victimas habían sido empujados a la locura antes de que un golpe o un beso detuvieran sus corazones. Kircher le había mentido o había sido objeto de un horrible engaño. No había una atmósfera de placer, al menos no de placer como la humanidad lo entendía.
Había cometido un error al abrir la caja de Lemarchand. Un error muy terrible.

—Ah, ¿así que ya terminaste de soñar? —dijo la Cenobita, estudiándolo, mientras el, acostado en el piso de madera, jadeaba—. Bien. La mujer se puso de pie. Las lenguas cayeron al suelo, como una lluvia de babosas.

—Ahora podemos comenzar —dijo ella.

 

Dos

1

—No es lo que yo esperaba —comento Julia mientras estaban en el pasillo. Era la hora del crepúsculo; un frió día de agosto. No era el momento ideal para ver una casa que había estado vacía tanto tiempo.

—Necesita trabajo —dijo Rory—. Nada más. No la han tocado desde que murió mi abuela. Son casi tres años. Y estoy seguro de que mi abuela nunca le hizo nada
durante los últimos años de su vida.

—¿Y es tuya?

—Mía y de Frank. La heredamos los dos. ¿Pero cuando fue la última vez que alguien vio a mi hermano mayor?

Ella se encogió de hombros, como si no pudiera recordarlo, aunque lo recordaba muy bien. Una semana antes de la boda.

—Alguien me dijo que el verano pasado Frank estuvo unos días aquí. En celo, sin duda.

Después se fue otra vez. No tiene interés en esta propiedad.

—Pero, ¿y si nos mudamos, y entonces el vuelve y reclama lo suyo?

—Le compro su parte. Consigo un préstamo del banco y le compro su parte. Siempre anda necesitado de efectivo.

Julia asintió, pero no pareció del todo convencida.

—No te preocupes —dijo el, acercándose a ella y envolviéndola en sus brazos—. Este lugares nuestro, muñeca. Podemos pintarlo, adornarlo y convertirlo en el paraíso.
Estudio el rostro de ella. A veces —particularmente cuando la duda la sacudía, como ahora— su belleza casi lo asustaba.

—Confía en mi —dijo el.

—Confío.

—Muy bien, entonces. ¿Qué te parece si empezamos a mudarnos el domingo?

2

Domingo

En esta parte de la ciudad, seguía considerándose el Día del Señor. Aunque los propietarios de esas casas bien vestidas y de esos niños bien planchados no creyeran
en nada, igual respetaban el Sabbath. Cuando estaciono la camioneta de Lewton y comenzaron a descargar, algunos apartaron las cortinas para espiar. Unos pocos
vecinos curiosos llegaron incluso a pasar una o dos veces delante de la casa, caminando perezosamente, con el pretexto de pasear a los perros, pero ninguno hablo
con los recién llegados, ni mucho menos se ofreció a ayudarlos con los muebles. El domingo no era día para derramar el sudor de la frente. Julia se encargo de desembalar, mientras Rory organizaba la descarga de la camioneta; Lewton y el Loco Bob proporcionaban músculos adicionales. Necesitaron cuatro viajes para transferir el grueso de de las cosas de la calle Alexandra, y al finalizar el día aun quedaba una buena cantidad de chucherias que habría que ir a buscar después. A eso de las dos de la tarde, Kirsty apareció en la puerta.

—Vine a ver si necesitaban que les diera una mano —dijo, con un tono de vaga disculpa en la voz.

—Bueno, será mejor que entres —dijo Julia. Regreso a la sala, que era un campo de batalla en el que solo triunfaba el caos, y maldijo silenciosamente a Rory. Invitar al alma en pena para que ofreciera sus servicios era cosa de el, sin ninguna duda. Kirsty seria mas un estorbo que una ayuda; sus desvaríos, sus modales de persona perpetuamente frustrada, le ponían a Julia los nervios de punta.

—¿Qué puedo hacer? —pregunto Kirsty—. Rory me dijo…

—Si —dijo Julia—. Claro que te dijo.

—¿Dónde esta? Rory, digo.

—Fue a cargar otra vez la camioneta, para seguir sumando desgracias.

—Ah.

Julia suavizo su expresión.

—Sabes, es muy amable de tu parte —dijo— acercarte hasta aquí, pero creo que por el momento no hay mucho que puedas hacer. Kirsty se sonrojo ligeramente. Desvariaba, pero no era estúpida.

—Ya veo —dijo—. ¿Estas segura? ¿No puedo…? Es decir… ¿quieres que te prepare una taza de café, tal vez?

—Café —dijo Julia. La idea le hizo tomar conciencia de lo seca que se le había puesto la garganta—. Si —concedió—. No es mala idea.

La preparación del café no careció de ciertos traumas menores. Ninguna tarea encarada por Kirsty era totalmente simple. Se quedo parada en la cocina, calentando
agua en una cacerola que demoraron un cuarto de hora en encontrar, pensando que probablemente no era conveniente haber venido, después de todo. Julia siempre la
miraba de una forma muy extraña, como si estuviera levemente desconcertada ante el hecho de que no la hubieran ahogado al nacer. No importaba. Rory le había pedido que viniera, ¿no? Y con esa invitación bastaba. No hubiera rechazado la oportunidad de verlo sonreír ni por cien Julias. La camioneta llego veinticinco minutos después, minutos en los que las mujeres intentaron dos veces iniciar una conversación, fracasando las dos veces. Tenían muy poco en común: Julia, la dulce, la hermosa, la destinataria de las miradas y los besos, y Kirsty, la chica de pálidos apretones de mano, cuyos ojos jamás eran más brillantes que los de Julia diez años antes o diez años después. Hacia mucho tiempo que Kirsty había decidido que la vida era injusta. ¿Pero por que, después de aceptar esa amarga verdad, las circunstancias insistían en refregársela en la cara? Subrepticiamente, observo trabajar a Julia y le pareció que esa mujer era incapaz de cualquier fealdad. Cada gesto —apartarse un mechón de pelo de los ojos con el dorso de la mano, limpiar el polvo de una taza favorita— estaba imbuido de una gracia natural. Viendo eso, Kirsty entendió la adoración perruna que le profesaba Rory y al entenderlo volvió a perder las esperanzas. Finalmente, entro el, frunciendo los ojos y sudando. El sol de la tarde estaba feroz. Le sonrió, exhibiendo la hilera irregular de dientes que Kirsty había encontrado tan irresistibles desde el primer momento.

—Me alegra que pudieras venir —dijo él.

—Estoy feliz de poder ayudarte —respondió ella, pero el ya había desviado la mirada hacia Julia.

—¿Cómo va todo?

—Me estoy volviendo loca —le dijo ella.

—Bueno, ahora podrás descansar de tus tareas —dijo el—. En este viaje trajimos la cama—. Le dedico un guiño cómplice, pero ella no le correspondió.

—¿Puedo ayudar a descargar? —se ofreció Kirsty.

—Lo están haciendo Lewton y Bob —fue la respuesta de Rory.

—Ah.

—Pero daría un brazo y una pierna por una taza de te.

—No encontramos el te —le dijo Julia.

—Oh. ¿Quizás un café entonces?

—Claro —dijo Kirsty— ¿Y para los otros dos?

—Por un café serian capaces de matar.

Kirsty regreso a la cocina, lleno la cacerolita hasta el borde y volvió a colocarla sobre la hornalla. Desde el corredor, oyó a Rory supervisando la siguiente descarga.
Era la cama, la cama matrimonial. Aunque trato con todas sus fuerzas de apartar de su mente la idea de el abrazando a Julia, no pudo. Mientras miraba fijamente el agua,
mientras esta se calentaba, se agitaba y finalmente hervía, esas mismas imágenes dolorosas del placer entre ellos dos le volvieron a la mente una y otra vez.

 

3

Mientras el trío no estaba —habían ido a buscar el cuarto y último cargamento del día —. Julia perdió la paciencia con el desembalaje. Era un desastre, dijo; habían
empaquetado y colocado en cajones todas las cosas en el orden equivocado. Se veía obligada a exhumar elementos perfectamente inútiles para tener acceso a las
necesidades mínimas. Kirsty permaneció en silencio y en su lugar en la cocina, lavando las tazas sucias. Maldiciendo mas fuerte, Julia abandono el caos y salió a fumar un cigarrillo en el escalón de la entrada. Se apoyo contra la puerta abierta y respiro el aire dorado de polen. Aunque recién era 21 de agosto, el aroma de la tarde ya tenía un gustillo ahumado que presagiaba el otoño. Había perdido la noción de lo rápido que había pasado el día, a juzgar por una campana que comenzó a tocar vísperas: el volumen de los tañidos aumentaba y disminuía en oleadas perezosas. Era un sonido tranquilizador. La hizo pensar en la niñez, pero no en un día o en un lugar en especial, o al menos en ninguno que ella recordara. Sencillamente en ser joven, en el misterio. Habían pasado cuatro años desde la última vez que entrara en una iglesia: el día de su
boda con Rory, para ser exactos. La idea de ese día —o más bien de las promesas que no se habían cumplido— le amargo el momento. Se alejo de la puerta, mientras las
campanas doblaban con toda su energía, y volvió a entrar en la casa. Después del contacto frontal de su rostro con el sol, el interior le pareció lúgubre. De pronto, se sintió cansada al punto de echarse a llorar. Antes de apoyar la cabeza y dormir esa noche tendrían que armar la cama, pero todavía no habían decidido cual seria la habitación destinada al dormitorio principal. Lo haría ahora, decidió, y así evitaría tener que regresar a la sala y a la siempre plañidera Kirsty. La campana seguía replicando cuando abrió la puerta del cuarto del primer piso que daba a la calle. Era la habitación mas grande de las tres que había arriba —una opción natural— pero hoy no le había entrado el sol (ni ningún día ese verano) porque las persianas estaban cerradas. En consecuencia, el cuarto estaba más frió que cualquier otro lugar de la casa, el aire estancado. Cruzo el piso de madera manchado, rumbo a la ventana, con intenciones de abrir las persianas. En el antepecho, algo extraño. Las persianas habían sido fuertemente clavadas al
marco de la ventana, anulando efectivamente cualquier intrusión de vida proveniente de la calle iluminada por el sol. Trato de arrancar la tela pero no tuvo éxito. El obrero, quienquiera que hubiese sido, había hecho un trabajo a conciencia. No importaba; cuando Rory volviera, le pediría que quitara los clavos con el martillo. Le
dio la espalda a la ventana y, al hacerlo, fue repentina y forzosamente consciente de que la campana seguía llamando a los fieles. ¿No venia nadie esta noche? ¿El anzuelo
no estaba lo bastante encarnado con promesas del paraíso? La idea estaba viva en ella solo a medias; por momentos se debilitaba. Pero las campanadas siguieron
reverberando en la habitación. Con cada tañido, sus brazos y piernas, ya doloridos de fatiga, parecían abatirse cada vez más. La cabeza le latía de un modo intolerable.
La habitación era odiosa, decidió; tenia olor a rancio y sus paredes sumergidas en las tinieblas eran viscosas. A pesar del tamaño del cuarto, no permitiría que Rory la convenciera de usarlo como dormitorio principal. Que se pudriera. Comenzó a caminar hacia la salida, pero al encontrarse a un metro de esta los rincones del cuarto comenzaron a crujir y la puerta se cerro de golpe. Sus nervios aullaron. Era lo único que podía hacer par no estallar en sollozos. En vez de llorar, dijo:

—Vete al diablo.

Y aferro el picaporte. Este giro con facilidad (¿por que no iba a ser así?; sin embargo, sintió alivio) y la puerta se abrió de par en par. Desde el pasillo de la planta baja
ascendía un roció de calidez y de luz ocre. Cerro la puerta a sus espaldas y, con una extraña satisfacción cuyos orígenes no pudo o no quiso desentrañar, echo llave al cerrojo. Al tiempo que lo hacia, las campanadas dejaron de sonar.

 

4

—Pero es el dormitorio más grande…

—No me gusta Rory. Es húmedo. Podemos usar el dormitorio que da al fondo.

—Si podemos conseguir que esa maldita cama pase por la puerta.

—Claro que podemos. Sabes que podemos.

—Me parece que es desperdiciar un buen dormitorio —protesto el, sabiendo perfectamente bien que esto era irreversible.

—Hazle caso a mama —le dijo ella, y le sonrió con una mirada cuyo brillo estaba muy lejos de ser maternal.

TRES

1

Las estaciones se buscan una a la otra, como el hambre y la mujer, a fin de poder curarse de sus propios excesos. La primavera, si se dilata más de una semana de su límite final, comienza a sentir ansias de que el verano ponga fin a los días de promesas perpetuas. El verano, a su vez, pronto comienza a sudar, pidiendo algo que aplaque su calor y el más mórbido de los otoños finalmente acaba por cansarse de la benevolencia y muere de ganas de que una rápida y penetrante escarcha aniquile toda su fecundidad. Incluso el invierno —la estación más dura, más implacable— sueña con las llamas que en breve lo derretirán, mientras febrero avanza lentamente. Con el tiempo, todas las cosas se cansan y comienzan a buscar algún oponente que las salve de si mismas. Entonces, cuando agosto dio paso a septiembre, se oyeron muy pocas quejas.

2

Con trabajo, la casa de la calle Ludovico comenzó a tener un aspecto más hospitalario. Hasta los visitaron algunos vecinos que —después de haberse formado un juicio sobre la pareja— les hablaron libremente de cuanto se alegraban de que el número cincuenta y cinco estuviera otra vez ocupado. Solo uno de ellos llego a mencionar a Frank, refiriéndose a un extraño sujeto con el que se había cruzado y que había vivido en la casa por unas semanas durante el verano anterior. Hubo un momento de incomodidad cuando Rory revelo que el inquilino era su hermano, pero la situación pronto fue olvidada gracias a Julia, cuyos hechizos no conocían límites. Rory apenas había mencionado a Frank durante los años de matrimonio que llevaba con Julia, aunque el y su hermano tenían una diferencia de edad de solo dieciocho meses y, de niños, habían sido inseparables. Julia se había enterado de esto durante un ataque de borrachera nostálgica de Rory —uno o dos meses antes de la boda—, en el que le había hablado de Frank largo y tendido. Había sido un relato melancólico. Una vez superada la adolescencia, los senderos de los hermanos habían divergido considerablemente y Rory lo lamentaba. Lamentaba todavía más el dolor que ocasionaba a sus padres la salvaje vida de Frank. Parecía que cuando Frank hacia su aparición, cada muerte de obispo, surgido de cualquier rincón del planeta en el que hubiera estado perdiendo el tiempo, solo acarreaba dolor. Los cuentos de sus aventuras en los abismos de la criminalidad, sus charlas sobre prostitutas y rateros, consternaban a la familia. Pero había cosas peores, o al menos eso decía Rory. En sus momentos mas descontrolados, Frank hablaba de una vida transcurrida en el delirio, de un apetito por nuevas experiencias que no reconocía ningún mandato de la moral. ¿Había sido el tono del relato de Rory, mezcla de repulsión y envidia, lo que había acicateado tanto la curiosidad de Julia? Cualquiera fuese la razón, pronto la domino una curiosidad imposible de aplacar sobre todo lo referente a ese loco. Después, apenas dos semanas antes de la boda, apareció la oveja negra en persona. Últimamente las cosas le habían ido bien. Tenía anillos de oro en los dedos y la piel tersa y tostada. Había muy pocas señales externas del monstruo que Rory había descrito. El hermano Frank era tan suave como una piedra pulida. Julia sucumbió a sus encantos en el lapso de unas horas.
Sobrevino una época extraña. A medida que los días avanzaban hacia la fecha de la boda, Julia se descubría pensando cada vez menos en su futuro marido y cada vez más en el hermano. No eran totalmente disímiles: una cierta cadencia de sus voces y los modales desenvueltos eran los signos que indicaban el parentesco. Pero, a las cualidades de Rory, en Frank se sumaba algo que su hermano nunca tendría: un hermoso furor. Lo que ocurrió después acaso era inevitable; por mas que Julia hubiese luchado contra sus instintos con todas sus energías, no habría logrado otra cosa que posponer la consumación de lo que sentían el uno por el otro. Al menos, esa fue la excusa con la que Julia trato de justificarse mas tarde. Pero cuando termino de auto recriminarse siguió guardando como un tesoro el recuerdo de su primer —y último— encuentro con Frank.
Cuando llego Frank, Kirsty estaba en la casa, ¿verdad?, encargándose de algún preparativo para la boda. Pero, por esa telepatía que acompaña al deseo (y que se esfuma con el), Julia supo que hoy era el día. Dejo a Kirsty haciendo una lista o algo así llevo a Frank arriba, con el pretexto de enseñarle el vestido de novia. Así era como Julia lo recordaba: Frank le pidió ver el vestido; ella se puso el velo, riéndose al imaginarse vestida de blanco, y de pronto el se puso a su lado y le levanto el velo, y ella siguió riendo y riendo, como tratando de averiguar cual era la intensidad de sus propósitos. Sin embargo, el no se enfrió con las risas, ni tampoco perdió el tiempo con delicadezas para seducirla. El suave exterior dio paso, casi inmediatamente, a una materia más cruda. En todos los aspectos, salvo en el hecho de que contaba con el consentimiento de Julia, la copula hizo gala de toda la agresión y la ausencia de gozo de una violación. La memoria, por supuesto, endulzaba los acontecimientos; en los cuatro años (y cinco meses) que habían pasado de aquella tarde, Julia había rememorado la escena con frecuencia. Ahora, al recordarla, las magulladuras sufridas le parecían trofeos de la pasión; sus propias lagrimas, prueba positiva de lo que sentía por él. Al día siguiente, Frank desapareció. Voló a Bangkok o la Isla de Pascua, algún sitio donde no tuviera deudas de las que hacerse cargo. Julia lo lloro; no pudo evitarlo. Y sus llantos no pasaron desapercibidos. Aunque nunca se discutió explícitamente, a menudo se preguntaba si el subsiguiente deterioro en su relación con Rory no habría comenzado entonces: ella pensando en Frank mientras le hacia el amor a su hermano.
¿Y ahora? Ahora, a pesar del cambio de ambiente domestico y de la oportunidad de comenzar una nueva vida juntos, parecía que la situación conspiraba para volver a
recordarle a Frank. No eran solo los chismes de los vecinos los que lo habían devuelto a su memoria. Un día, cuando estaba sola en la casa y desembalando diversas pertenencias personales, se topo con varios álbumes de fotos de Rory. Muchas eran fotos relativamente recientes de ellos dos, juntos, en Atenas y Malta. Pero, enterradas entre las sonrisas transparentes, había algunas fotos que Julia no recordaba haber visto antes (¿Rory se las había escondido?), retratos familiares que databan de
hacia décadas. Una fotografía de la boda de los padres de Rory: una imagen en blanco y negro, degradada por los años a matices de gris. Fotos de bautismos en las que
orgullosos abuelos sostenían bebes tapados de ropa con puntillas. Y luego, fotografías de los hermanos juntos; de bebes, con los ojos grandes; como ariscos escolares, fotografiados en exhibiciones gimnásticas y en teatralizaciones de la escuela. Después, en el periodo en que sus ojos miraban tímidamente desde una adolescencia llena de acne, la cantidad de fotos mermaba, hasta que, superada la pubertad, los sapos se convertían en príncipes. Al ver a Frank en colores brillantes, haciéndose el gracioso ante la cámara, sintió que se sonrojaba. Había sido un joven exhibicionista, cosa previsible: siempre vestido a la moda. Rory, en comparación, se veía desaliñado. Le pareció que esos retratos primitivos esbozaban las vidas futuras de los hermanos. Frank, el camaleón sonriente, seductor; Rory, el ciudadano decente. Finalmente, guardo las fotos y descubrió, cuando se puso de pie, que además de sonrojarse había llorado. No de arrepentimiento. Eso era algo que no tenia sentido. Era la furia lo que le hacia arder los ojos. De algún modo, de un instante a otro, se había extraviado. También sabia, con perfecta certeza, en que momento el control de su propia vida había flaqueado por primera vez. Acostada en la cama cubierta con el ajuar de boda, mientras Frank le colmaba el cuello de besos.