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HOMBRES DE LAS SOMBRAS – ROBERT E. HOWARD – PARTE 2 DE 2

 

-Rápida es la Espada del los Pictos –musito el brujo-. Fuerte es el Brazo del Picto. ¡Hai! Dicen que alguien poderoso se ha levantado entre los Hombres del Occidente.

>>¡Contempla el viejo Fuego de la Raza Perdida, Lobo del Brezal! ¡Hai! ¡Hai! Dicen que ha surgido un jefe para conducir hacia delante a la raza.

El brujo se inclino sobre los rescoldos del fuego que se había apagado, murmurando en voz baja.

Removiendo los rescoldos, mascullando entre su banca barba, habló monótonamente, medio cantando, entonando un cántico extraño, de escaso significado o rima, pero con una especie de ritmo salvaje, notablemente extraño y fantasmal.

Sobre lagos resplandecientes sueñan los viejos dioses;

espectros recorren la penumbrosa tierra.

Los vientos nocturnos canturrean; fantasmal luna

se desliza sobre e confín del océano.

De un picacho a otro gritan las brujas. El lobo gris busca las alturas.

Como una vaina de oro, lejos en el páramo destella la luz vagabunda.

El anciano removió los rescoldos, haciendo una pausa de vez en cuando para arrojar sobre ellos algún objeto misterioso, acompasando sus movimientos con su cántico.

Dioses del páramo, dioses del lago, bestiales demonios del pantano y el helecho;

Dios blanco cabalgando la luna, mandíbulas de chacal, con voz de orate;

Dios serpiente cuyos anillos escamosos aferran ahogando el Universo.

Ve, sentados están los Sabios Invisibles;

ve los fuegos del consejo encendido,

ve como remuevo las ascuas resplandecientes,

como en ellas arrojo la crin de siete potros.

Siete potros de doradas herraduras, de las manadas del dios de Alba. Ahora, en número de uno y seis, dispongo y coloco los palos mágicos.

Madera aromática de lejos traída, de la tierra de la Estrella Matutina. Cortada de las ramas del sándalo, de lejos traída sobre los Mares del Este.

Ve como ahora arrojo colmillos de serpiente marina,

plumas de ala de una gaviota.

Ahora el polvo mágico lanzo,

sombras son los hombres, escoria la vida.

Ahora se arrastran las llamas, allí se avivan, ahora se alza la humareda confusa, barrida por el vendaval del océano lejano. Surge la historia del distante pasado.

Las llamitas rojas lamían los rescoldos, ora saltando hacia arriba en rápidos chorros de chispas, ora desvaneciéndose, otra presa en los leños arrojados en el fuego, con un seco chasquido que resonó en el silencio. Nubecillas de humo empezaron a enroscarse en una nube remolineante y confusa.

Tenue, tenue brilla la luz de las estrellas, sobre las colinas de los brezos, encima del valle. Dioses de la Vieja Tierra meditan en la noche lejana, criaturas de la Oscuridad cabalgan en el vendaval.

Ahora, mientras e fuego se apaga, mientras el humo lo envuelve, ahora surge aquí en mística y clara llama. Presta una vez más oído (si los dioses oscuros no lo prohíben), escucha la historia de la raza sin nombre.

El humo flotaba hacia arriba, girando en torno al brujo; sus feroces ojos amarillos miraban como a través de una densa niebla. Su voz llegó flotando como desde lejanos espacios, con una extraña impresión incorpórea. Con una entonación misteriosa, como si la voz fuera no la del anciano, sino de algo separado, algo aparte; como si eras sin cuerpo, y no la mente del brujo, hablaran a través de él.

Rara vez he visto una escena más extraña. La oscuridad reinaba por doquier; apenas una estrella brillaba. Los tentáculos ondulantes de as Luces del Norte alzaban lívidos estandartes en el cielo sombrío. Negras laderas se alejaban hasta confundirse en a distancia, un penumbroso mar de brezales silenciosos y ondulantes. Y en aquella árida y solitaria colina la horda semihumana se agazapaba como espectros sombríos de otro mundo; sus rostros bestiales se confundían con las sombras, teñidos de sangre a medida que la luz del fuego parpadeaba y oscilaba. Y delante de todos ellos, Bran Mak Morn se hallaba, sentado como una estatua de bronce, su rostro puesto crudamente de relieve por la luz de las llamas oscilantes. Al igual que el rostro misterioso de brujo, encuadrado por la luz fantasmal, con sus enormes y llameantes ojos amarillos y su larga barba blanca como la nieve.

– Una raza poderosa, los hombres del Mediterráneo –dijo el brujo.

Los salvajes rostros iluminados se inclinaron hacia adelante. Y me descubrí pensando que el brujo tenía razón. Ningún hombre podría civilizar a aquellos salvajes primigenios. Eran indomables, inconquistables. El suyo era el espíritu de lo salvaje, de la Edad de Piedra.

– Más vieja que los picos coronados de nieve de Caledonia –prosiguió. Los guerreros se inclinaron de nuevo hacia adelante, evidenciando ansiedad y anticipación. Sentí que la historia seguía intrigándoles, aunque indudablemente la habían oído un centenar de veces de labios de un centenar de jefes y ancianos.

-Nórdico – dijo, rompiendo de pronto el hilo de su discurso-, ¿qué hay más allá del Canal Occidental?

– La isa de Hibernia.

– ¿Y más allá?

– La isa que los celtas llaman Aran.

– ¿Y más allá?

– Pues, en verdad, no lo se. El conocimiento humano se detiene allí. Ningún navío ha cruzado esos mares. Los hombres instruidos la llaman Thule. Lo desconocido el reino de la ilusión, el borde del mundo.

– ¡Hai, hai! Ese poderoso océano occidental baña las costas de continentes desconocidos, de islas que nadie imagina.

>>Lejos, más allá de la gran vastedad de las olas agitadas del Atlántico, yacen dos grandes continentes, tan vastos que el más pequeño dejaría enana a toda Europa. Tierras gemelas de inmensa antigüedad. Tierras de civilización antigua y decadente. Tierras en as que vagaban tribus de hombres sabios en todas las artes, mientras esta tierra que llamamos Europa no era sino un vasto pantano dominado por los reptiles, un bosque húmedo conocido sólo por los monos.

>>Tan enormes eran esos continentes que ceñían el mundo, de las nieves del norte a las nieves del sur. Y más allá de ellos hay un gran océano, el Mar de las Aguas Silenciosas [el Océano Pacífico]. Muchas islas hay en e mar, y esas islas fueron una vez los picos de las montañas de una gran tierra…, la tierra perdida de Lemuria.

>>Esos continentes son gemelos, unidos por un estrecho cuello de tierra. La costa occidental del continente de norte es áspera y quebrada. Enormes montañas se alzan hacia el cielo. Pero esos picos fueron isas en un tiempo, y a esas islas llegó la Tribu sin Nombre, errando desde el norte, hace tantos miles de años que un hombre se cansaría de contarlos. Mil millas a norte y al oeste había nacido la tribu, allí donde las anchas y fértiles llanuras se cierran junto a los canales del norte, que separan el continente del norte llamado Asia.

– ¡Asia! –exclamé, asombrado.

El anciano alzó de golpe la cabeza. irritado, y me contempló con mirada salvaje. Después continuó.

-Allí, en a borrosa confusión del pasado sin nombre, se había alzado la tribu de la criatura marina que arrastra al mono, y del mono al hombre-mono, y del hombre-mono al salvaje.

>>Salvaje eran todavía cuando bajaron por la costa, feroces y belicosos.

>>Eran hábiles en la caza, pues durante siglos sin cuenta habían vivido de ella.

Eran hombres de fuerte constitución, ni altos ni macizos, sino esbeltos y musculosos como leopardos, veloces y potentes. ninguna nación podía enfrentárseles. Y eran los Primeros Hombres.

<<Seguían vistiéndose con pieles de animales, y sus instrumentos de piedra estaban trabajados toscamente. Establecieron su residencia en las isas occidentales, las islas que yacen sonrientes en un mar soleado. Y allí habitaron durante mies y miles de años. Durante siglos en las costas occidentales. Las islas del oeste eran maravillosas, acariciadas por mares soleados, ricas y fértiles. Allí la tribu dejó a un lado las armas de guerra y se instruyó en las artes de la paz. Allí aprendieron a pulir sus herramientas de piedra. Allí aprendieron a cosechar el grano y los frutos, a cultivar e suelo; y fueron felices, y los dioses de la cosecha rieron. Y aprendieron a hilar y a tejer y a construirse chozas. Y se hicieron hábiles en el trabajo de las pieles y en la alfarería.

>>Lejos al oeste, más allá de las olas errantes, estaba la vasta e ignota tierra de Lemuria. Y de ella llegaron flotas de canoas trayendo extraños incursores, los semi humanos Hombre del Mar. Quizás habían surgido de algún extraño monstruo marino, pues tenían escamas como un tiburón, y podían nadar durante horas bajo el agua. Siempre la tribu les derrotaba, pero volvían a menudo, pues los renegados de la tribu huían a Lemuria. Al este y al sur se extendían hasta el horizonte grandes bosques poblados por bestias feroces y hombres mono.

>>Así se deslizaron los siglos sobre las alas del Tiempo. Más y más fuerte se hizo la Tribu sin Nombre, más hábil en sus artes; menos hábil en la guerra y la caza. Y lentamente los de Lemuria empezaron su acenso.

>>Entonces, un día, un potente terremoto sacudió e mundo. El cielo se confundió con el mar y la tierra giro sobre los dos. Con e trueno de los dioses en guerra, las isas del oeste saltaron hacia arriba y se alzaron del mar. Había montañas en la recién formada costa occidental del continente del norte, pero la tierra de Lemuria se hundió bajo las olas dejando sólo una gran isla montañosa, rodeada por muchas islas, que habían sido sus picos más altos.

>>Y sobre la casta occidental rugían y bramaban poderosos volcanes, y la llama que escupieron bajo por la costa y borró toda huella de civilización concebible. De un fértil viñedo la tierra se convirtió en un desierto.

>>Hacia el este huyó la tribu, empujando ante ellas a los hombre-mono, hasta que llegaron a ricas y amplias llanuras lejos al este. Allí moraron durante siglos. Entonces bajaron del Ártico los grandes campos de hielo, y a tribu huyó ante ellos. Siguieron entonces mil años de vagabundeo.

>>Huyeron descendiendo por e continente del sir, empujando siempre a los hombre-bestias [Neanderthales] ante ellos. Y finalmente, en una gran guerra, les expulsaron por completo. Aquéllos huyeron muy lejos del sur y, mediante las islas pantanosas que entonces se extendían por el mar, cruzaron hasta África, errando entonces hasta Europa, donde no habían hombres salvo los hombre-mono.

<<Entonces los lemurios, la segunda raza, llegaron a la tierra del norte. Mucho habían ascendido por la escalera de la vida, y eran una raza fuerte y extraña; eran hombres fornidos y bajos, con ojos extraños como mares desconocidos. Poco sabían del cultivo o a artesanía, pero poseían extraños conocimientos de una curiosa arquitectura, y de la Tribu sin Nombre habían aprendido a fabricar herramientas de obsidiana ´pulida, jade y argilita.

>>Y constantemente los grandes campos de hielo empujaban hacia el sur y constantemente la Tribu sin Nombre se movía ante ellos. El hielo no llego al continente del sur, ni tan siquiera a sus cercanías, pero se trataba de una tierra húmeda y pantanosa, infestada de serpientes. Así que hicieron barcas y navegaron hasta la tierra llamada Atlántida, ceñiida por el mar. Los atlantes [Cro-Magnones] eran la Tercera Raza. Físicamente eran gigantes, hombres de constitución magnífica, que habitaban en cuevas y vivían de la caza. No eran hábiles en la artesanía, pero eran artistas. Cuando no estaban de caza o combatiendo entre ellos, pasaban e tiempo pintando y trazando imágenes de hombre y animales sobre los muros de sus cavernas. Pero no podían equipararse en habilidad a la Tribu sin Nombre, y fueron expulsados. También ellos se abrieron camino hacia Europa, y allí libraron una guerra salvaje contra los hombre-bestia, que habían llegado antes que ellos.

>>Entonces hubo guerra entre las tribus, y los vencedores expulsaron a los vencidos. Entre éstos había un brujo muy sabio y muy anciano, el cual puso una maldición sobre la Atlántida, asegurando que sería desconocida para las tribus de los hombres. Ninguna embarcación de la Atlántida llegaría jamás a otra costa, ninguna vela extranjera divisaría jamás las amplias payas de la Atlántida. Rodeada de mares innavegados permanecería a tierra ignota hasta que naves con cabeza de serpientes bajaran de los mares del norte, y cuatro ejércitos librarían combate en la Isla de las Nieblas Marinas, y un gran jefe se alzaría entre la Tribu sin Nombre.

>>Así viajaron hasta África, remando de isla en isla, y ascendiendo por la costa hasta llegar al Mar del Medio [Mediterráneo], que yacía como una joya entre costas soleadas.

>>Allí moro a tribu durante siglos, y se hizo fuerte y poderosa, y desde allí se extendió por todo el mundo. Llegaron de los desiertos africanos a los bosques bálticos, desde el Nilo hasta los picos de Alba, cultivando su grano, apacentando su ganado, hilando sus ropas. Construyeron sus crannogs en los lagos de Alba; erigieron sus templos de piedra en las llanuras de Inglaterra. Empujaron ante ellos a los atlantes, y vencieron a los pelirrojos hombres de los renos.

<<Entonces llegaron los celtas del norte, llevando espada y lanza de bronce. De las penumbrosas tierras de las Grandes Nieves llegaron, de las costas del lejano Mar del Norte. Y eran la Cuarta Raza. Los pictos huyeron ante ellos. Pues eran hombres potentes, altos y fuertes, esbeltos de constitución, y de ojos grises y cabellera leonada. En todo e mundo combatieron el celta y e picto, y siempre venció el celta. Pues en las largas eras de paz, las tribus habían olvidado as artes de la guerra. Tuvieron que huir a los lugares salvajes de mundo.

>>Así huyeron los pictos de Alba; al oeste y a norte, allí se mezclaron con los gigantes pelirrojos a los que habían arrojado de las llanuras en eras pasadas. No era ésa la costumbre del picto, pero ¿de qué le sirve la tradición a una nación que se encuentra entre la espada y la pared?

>>A medida que pasaban las eras, la raza cambió. El pueblo esbelto y pequeño de negra cabellera, al mezclarse con los enormes salvajes de rasgos toscos y cabellera rojiza, formó una raza extraña y distorsionada; retorcida en cuerpo y en alma. Y se volvieron feroces y astutos en el combate; pero olvidaron las viejas artes. Olvidados fueron e telar, el molino y e horno de cerámica. Sin embargo, la línea de los jefes permaneció inmaculada. Y tal eres tú, Bran Mak Morn, Lobo del Brezal.

Por un momento reino el silencio; el circulo seguía escuchando como en sueños, como si pudiera oír el eco de la voz del brujo. El viento nocturno pasaba susurrando. El fuego prendió en un eño y estalló repentinamente en una vivida llamarada, alzando esbetos brazos rojizos para agarrar las sombras.

La voz del brujo continuó su monótona cantinela.

– La gloria del la Tribu sin Nombre se ha desvanecido; como la nieve que cae en el mar; como el humo que se alza en el aire. Mezclándose con las eternidades del pasado. Ha desaparecido la gloria de la Atlántida; se ha desvanecido el oscuro imperio de los lemurios. El pueblo de la Edad de Piedra se derrite como la escarcha bajo el sol. De la noche vinimos; a a noche nos dirigimos. Todo son sombras. Somos una raza de sombras. Nuestro día ha pasado. Los lobos vagan por los templos del Dios de la Luna. Serpientes acuáticas se enroscan entre nuestras ciudades sumergidas. E silencio pesa sobre Lemuria; una maldición yace sobre la Atlántida. Salvajes de piel rojiza recorren las tierras occidentales, vagando por el valle del Rio Occidental, manchando las murallas y los templos que los hombres de Lemuria erigieron en adoración al Dios del Mar. Y al sur, el imperio de los toltecas de Lemuria se derrumba. Así pasan las Primeras Razas. Y los hombres del Nuevo Amanecer se hacen poderosos.

El anciano tomo un palo ardiendo del fuego y, con un movimiento increíblemente rápido, trazó un círculo y un triángulo en el aire. Y extrañamente, el símbolo místico pareció volar por un  momento en el aire, un anillo de fuego.

-El círculo sin principio –entono el brujo-. El círculo sin final. La serpiente con la cola en la boca, que abarca el universo. Y el Tres Místico. Inicio, pasividad, final. Creación, Preservación, destrucción. Destrucción, preservación, creación. La Rana, el Huevo y la Serpiente, el Huevo y la Rana. Y los Elementos: Fuego, Aire y Agua. Y el símbolo Ialico. El Dios del Fuego ríe.

Era consciente de la profunda, casi feroz intensidad con que los pictos miraban el fuego. Las llamas saltaban y destellaban. El humo se desvanecía en el aire, y una extraña calina amarilla ocupo su lugar, algo que no era fuego, ni humo, ni neblina, y que con todo parecía una mezcla de los tres. El mundo y el cielo parecieron confundirse con las llamas. Deje de ser un hombre para convertirme en dos Ojos incorpóreos.

Entonces, en algún lugar de la neblina amarilla, empezaron a surgir vagas imágenes, hilándose y desapareciendo. Sentí que el pasado transcurría como en un panorama borrosos. Había un campo de batalla, y a un lado muchos hombres como Bran Mak Morn, pero distintos de él en que no parecían acostumbrados a la contienda. Al otro lado se hallaban una horda de hombres altos y flacos, armados con espada y lanza de bronce. ¡Los gaélicos!

Después, en otro campo, se estaba desarrollando otra batalla, y sentí que centenares de años habían transcurrido. Una vez más los gaélicos cargaban en el combate con armas de bronce, pero esta vez eran ellos los que retrocedían, derrotados ante un ejército de enormes guerreros de cabellera amarilla, también armados de bronce. La batalla señalaba la llegada de los britanos, que dieron su nombre a la isla de Britania o Inglaterra.

Luego, una apretada hilera de escenas borrosas y huidizas, que pasaban con excesiva rapidez para que se las distinguiera. Daban la impresión de grandes hazañas, importantes acontecimientos, pero sólo aparecían tenues sombras. Por un instante surgió un rostro borrosos. Un rostro fuerte, con ojos color gris acero y bigotes amarillos cayendo sobre delgados labios. Sentí que se trataba de otro Bran. el celta Brennus, cuyas hordas galas habían saqueado Roma. Después en su lugar se destacó otro rostro se sorprendente osadía. El rostro de un joven, altivo, arrogante, con una frente magnífica pero con líneas de crueldad sensual alrededor de la boca. E rostro, a la vez, de un semidiós y un degenerado.

¡César!

Una playa sombría. Un bosque penumbroso. El estruendo de la batalla. Las legiones derrotando a las hordas de Caractacus.

Luego, vagamente, a gran velocidad, pasaron las sombras de la gloria y la pompa de Roma. Allí estaban sus legiones regresando en triunfo, conduciendo ante ellas centenar de cautivos encadenados. Allí aparecían los corpulentos senadores y nobles en sus lujosos baños, sus banquetes y sus libertinajes. Allí se mostraban los afeminados y perezosos mercaderes y nobles recostados indolentes, saciados de lujo, en Ostia, en Massiia, en Aqua Sulae. Luego, en abrupto contraste, las hordas del mundo exterior que se acumulaban. Los nórdico de fieros ojos y barbas amarillas; las tribus germánicas de enormes corpachones; los indómitos salvajes de cabellera llameante de Gales y Damnonia, y sus aliados, los pictos siluros. ¡El pasado se había desvanecido; presente y futuro ocupaban su lugar!

Después un confuso holocausto, en el que se conmovían las naciones y los ejércitos, y los hombres cambiaban y se desvanecían.

-¡Roma cae! –dijo de pronto la voz ferozmente exultante del brujo, rompiendo el silencio-. El pie del vándalo aguijonea el Foro. Una horda salvaje desfila por la Via Apia. Saqueandores de amarilla cabellera violan a las Virgenes Vestales. ¡Y Roma cae!

Un feroz aullido de triunfo se alzó revoloteando en la noche.

-Veo a Inglaterra bajo e talón de los invasores nórdicos. Veo a los pictos bajando en tropel de las montañas. Hay raíña, fuego y guerra.

En la niebla ígnea surgió el rostro de Bran Mak Morn.

-¡Saludad a quien nos levantara! ¡Veo a la nación picta ascendiendo hacia la nueva luz!

Lobo en las alturas.

burlándose de a noche.

Lenta llega la luz

del nuevo amanecer de una nación.

Hordas sombrías se acumulan,

surgiendo de pasado.

Fama imperecedera

avanza paso a paso.

Sobre el valle

truena el vendaval,

llevando la historia

de una nación que vuelve a levantarse.

¡Vuela, lobo y cometa!

Brillante será tu fama.

Del este llegó tímidamente un tenue resplandor gris. Bajo la luz fantasmal el rostro de Bran Mak Morn parecía una vez más de bronce, inexpresivo, inmóvil; ojos oscuros que contemplaban sin pestañar el fuego, viendo allí sus poderosas ambiciones, sus sueños de imperio desvaneciéndose en humo.

– Pues lo que no pudimos conservar por el combate, lo hemos mantenido gracias a la astucia durante años y siglos incontables. Pero las Nuevas Razas se alzan como la ola del maremoto, y las Viejas les dejan sitio. En la penumbrosa montaña de Galloway dará la nación su última y feroz batalla. Y cuando caiga Bran Mak Morn, así se desvanecerá el Fuego Perdido…, para siempre. Desde las centurias, desde los eones.

Y mientras e brujo hablaba, el fuego se convirtió en una única gran llamarada que saltó muy arriba en el aire, y se desvaneció a media altura.

Sobre las lejanas montañas del este flotaba la pálida aurora.          

        


HOMBRES DE LAS SOMBRAS – ROBERT E. HOWARD – PART 1 de 2

HOMBRES DE LAS SOMBRAS.

Del sombrío amanecer rojizo de la Creación, de las tinieblas del Tiempo sin tiempo, llegamos nosotros, la primera gran nación, la primera en iniciar el ascenso.

Salvajes, sin maestros, ignorantes, buscando a tientas a través de la noche primitiva, y con todo aferrado débilmente el resplandor, el atisbo de la Luz venidera.

Viajando por tierras vírgenes, navegando en mares desconocidos; encerrados en el laberinto de los misterios del mundo, echando nuestros mojones de piedra.

Asiendo vagamente la gloria, mirando más allá de nuestro entendimiento; mudamente a historia de las eras erigiéndose en llanuras y pantanos.

Ve cómo arde imperecedero el Fuego Perdido. Hechos estamos del moho de los eones. Las naciones han hollado nuestros hombros, pisoteándonos en e polvo. Somos la primera de las razas, uniendo lo Viejo y lo Nuevo… Mira, donde los espacios del mar nebuloso se mezclan con el azul del océano.

Así nos hemos mezclado con las eras, y el viento del mundo remueve nuestras cenizas. Nos hemos desvanecido de las páginas del Tiempo. ¿Nuestro recuerdo? Viento en los abetos.

Stonehenge, de gloria largamente perdida,

sombría y solitaria en la noche,

murmura la historia vieja de eras,

de cómo alumbramos la primera de las Luces.

Habla, viento nocturno, de la creación del hombre,

susurra sobre barrancos y pantanos

la historia de la primera gran nación,

los últimos hombres de la Edad de Piedra.

La espada enfrentó a la espada, chocando y resbalando.

-A –a-ailla! A –a-ailla! – subió un creciente clamor que surgía de cien gargantas salvajes.

Se nos echaron encima desde todas partes, cien contra treinta. Nos pusimos espalda con espalda, los escudos juntos, las hojas de las espadas en guardia. Las hojas habían enrojecido, pero también los cascos y las corazas. Poseíamos una ventaja: llevábamos armadura, y nuestros enemigos no. Pero con todo se arrojaban desnudos a la contienda con un valor tan feroz como si estuvieran ataviados de acero.

Retrocedieron por un momento y permanecieron alejados, jadeando maldiciones; la sangre de las heridas de espada dibujaban extrañas formas en sus pieles pintadas con hierba pastel.

¡Treinta hombres! Treinta , el resto de la tropa de quinientos que tan arrogantemente había desfilado desde el Muro de Adriano. ¡Zeus, que plan! Quinientos hombres enviados para abrirse paso a través de una tierra atestada de bárbaros de otra era. Marchando de día sobre colinas cubiertas de brezos, abriendo a tajos un camino escarlata a través de hordas enloquecidas por la sangre, montando un apretujado campamento por la noche, en el que criaturas que rugían y balbuceaban se deslizaban sin ser vistas por los centinelas para matar con cuchillos silenciosos. Batalla, derramamiento de sangre, carnicería.

Nuevas llegarían al emperador en su hermoso palacio, entre sus nobles y sus mujeres, de que otra expedición había desaparecido entre las neblinosas colinas del místico norte.

Contemple a los hombres que eran mis camaradas. Había romanos de Latinia y que habían nacido romanos. Había britanos, germanos y un hibernio de cabellera roja como a llama. Mire a los lobos de aspecto humano que nos rodeaban. Hombres peludos casi enanos, encorvados y de miembros nudoso de brazos largos y potentes, con grandes mechones de pelo áspero que enmarcaban frentes curvadas, como simios. Pequeños ojos negros que no parpadeaban relucían con malévolo desprecio, como ojos de serpiente. Apenas llevaban ropa, y sí pequeños escudos redondos, largas lanzas y espadas cortas con hojas ahusadas. Aunque apenas algunos de ellos superaban el metro cincuenta de estatura, sus espadas increíblemente anchas indicaban una fuerza colosal. Y eran veloces como gatos.

Llegaron en tropel. La espada corta del salvaje chocó contra la espada corta romana. Se lucho a distancia muy corta, pues los salvajes se hallaban mejor adaptados a tal combate, y de los romanos entrenaban a sus soldados en el manejo de la espada corta. Allí el escudo romano se hallaba en desventaja, ya que era demasiado pesado para manejarlo con rapidez y los salvajes se agazapaban, golpeando hacia arriba.

Permanecimos espalda con espalda, y cuando un hombre caía, volvíamos a estrechar las filas. Más y más adelante nos empujaron hasta que sus rostros retorcidos en un gruñido estuvieron cerca de los nuestros, y su aliento fétido y bestial llenó nuestras narices. Mantuvimos la formación como hombres de acero. Los brezales, las colinas, el mismo tiempo se desvanecieron. Los hombres dejaron de ser hombres y se convirtieron en meras máquinas de combatir. La niebla de la batalla borro mente y alma. Finta, estocada. Una hoja rompiéndose en un escudo; un rostro bestia y gruñendo a través de la bruma de la batalla. ¡Golpea! El rostro desvaneciéndose para ser sustituido por otro igualmente bestial.

Años de cultura romana se borraron como la niebla del mar bajo el sol. Volvía a ser un salvaje; un hombre primigenio en el bosque y los mares. Un hombre primigenio enfrentándose a una tribu de otra era, feroz en su odio tribal, rabiosa por la sed de la matanza. Cómo maldije la escasa longitud de la espada romana que blandía. Una lanza se estrelló contra mi peto; una espada se rompió en la cimera de mi casco, derribándome al suelo. Me alcé vacilando, matando a quien me había golpeado de una feroz estocada hacia arriba. Entonces me detuve en seca; con la espada levantada. El silencio reinaba sobre los brezales. Ningún enemigo se alzaba ante mí. Yacían en un silencio y ensangrentado grupo, aferrando aún sus espadas, rostros acuchillados y desgarrados congelados todavía en gruñidos de odio. Y de los treinta que se habían enfrentado a ellos quedaban cinco. Dos romanos, un britano, el irlandés y yo. La espada y la armadura romanas habían triunfado, y por increíble que pareciera habíamos matado casi cuatro veces nuestro número de enemigos.

Sólo podíamos hacer una cosa. Abrirnos paso de regreso por la senda que habíamos tomado a la ida, intentando cruzar innumerables leguas de tierra feroz. A cada lado se alzaban grandes montañas. La nieve coronaba sus cimas, y el país no era cálido. No teníamos ni idea de cuan lejos a norte nos hallábamos. La marcha no era sino un recuerdo borroso en cuyas nieblas escarlatas los días y las noches se borraban en un panorama rojo. Todo lo que sabíamos era que unos días antes los restos del ejército romano había sido dispersados entre picachos por una terrible tempestad, sobre cuyas potentes alas los salvajes nos habían asaltado durante días, y el medio centenar de nosotros que se había mantenido había luchado a cada paso del camino, acosado por enemigos aullantes que parecían surgir en enjambres de  la atmósfera tenue. Ahora reinaba el silencio, y no había señal alguna de los indígenas. Nos dirigimos hacia e sur, como animales acosados.

Pero antes de partir descubrí en el campo de batalla algo que me conmovió con feroz alegría. Un indígena aferraba en su mano una gran espada larga, de las que se manejan a dos manos. ¡Una espada nórdica, por la mano de Thor! Cómo la consiguieron los salvajes no o sé. Posiblemente algún vikingo de amarilla cabellera se había lanzado contra ellos, con un cántico de batalla en los barbudos labios y la espada remolineando. Sea como fuere, la espada estaba allí.

Tan ferozmente había agarrado el salvaje la empuñadura que me vi obligado a cortarle la mano para conseguir la espada.

Con ella empuñada me sentí más osado. Las espadas cortas y los escudos pueden bastar para hombres de estatura media; pero eran armas débiles para un guerrero que sobrepasaba el metro noventa.

Ascendimos las montañas, por el borde de estrechos y escarpados acantilados, escalando empinados barrancos. Nos arrastramos como insectos por la cara de un precipicio que dominaba el cielo, de tan gigantescas proporciones que parecía empequeñecer a los hombres hasta la simpe nada. Trepamos por su cresta, casi aplastados por los fuertes vientos de la montaña que rugía con las voces de los gigantes. Y allí les encontramos esperándonos. El britano cayo atravesado por una lanza; se alzo vacilando, agarró a quine la había lanzado y juntos se precipitaron por el abismo, para caer más de trescientos metros. Un breve y salvaje torbellino de furia, un remolino de espadas, y la batalla hubo terminado. Cuatro indígenas yacían inmóviles a nuestros pies, y uno de los romanos se acurrucaba, intentando detener la sangre que brotaba del muñón de su brazo amputado.

Tiramos por e acantilado a los que habíamos matado, y envolvimos el brazo del romano con tiras de cuero, atándolas bien tensas, para que el brazo dejara de sangrar. Después, emprendimos el camino una vez más. Adelante, adelante; los barrancos giraban sobre nosotros; laderas cubiertas de aulaga se inclinaban locamente. E sol se alzaba sobre los picachos balanceantes y caía hacia e oeste. Luego, agazapados sobre un barranco, escondidos por grandes peñascos, vimos pasar una partida de indígenas bajo nosotros, andando por una estrecha senda que orillaba precipicios y rodeaban las montañas. Cuando pasaban justo por debajo de nosotros, el irlandés lanzó un grito de alegría salvaje y, saltando del acantilado, cayó entre ellos. Se lanzaron sobre él aullando como lobos y su roja cabellera brilló sobre las negras cabelleras de ellos. El primero en llegar a él cayó con el cráneo hendido, y el segundo aulló al ser separado el brazo izquierdo del hombro. Con un salvaje grito de batalla, el irlandés hundió su espada en un pecho peludo, la extrajo y cercenó una cabeza. Entonces se lanzaron sobre él como lobos encima de un león, y un instante después su cabeza fue alzada en una lanza. El rostro aun parecía expresar la alegría del combate.

Pasaron de largo, sin sospechar nuestra presencia, y de nuevo seguimos adelante. Cayó la noche y salió la luna, haciendo destacar los picachos como borrosos fantasmas y arrojando sombras extrañas entre los valles. Mientras caminábamos nos hallamos señales de la marcha, y de la retirada. Allí un romano yaciendo al pie de un precipicio, un bulto aplastado, quizás una larga lanza atravesándole; más lejos un cuerpo decapitado, allá una cabeza sin cuerpo. Cascos partidos y espadas rotas narraban la muda historia de batallas ferozmente disputadas.

Nos tambaleamos a través de la noche, no deteniéndonos hasta el amanecer, cuando nos ocultamos entre los peñascos, y sólo nos aventuramos a salir de nuevo cuando la noche había caído. Grupos de indígenas pasaron cerca, pero permanecimos sin ser descubiertos, aunque a veces podríamos haberles tocado al pasar.

Rompía el alba cuando llegamos a un terreno distinto, una gran meseta. A cada lado se alzaban montañas, excepto al sur, donde la llanura parecía extenderse largo trecho. Así pues, creí que habíamos dejado las montañas y llegado al pie de las colinas que seguían hasta disolverse finalmente en las fértiles llanuras del sur.

Llegamos entonces a un lago y allí nos detuvimos. No había ninguna señal del enemigo, ninguna humareda en el aire. Pero mientras estábamos allí parados, el romano que sólo tenía un brazo cayó en bruces sin un sonido, atravesado por una jabalina.

Observamos el lago. Ninguna barca ondulaba la superficie. No se veía a enemigo alguno entre los juncos cercanos a la orilla. Nos volvimos, examinando los brezales. Y sin un sonido el segundo romano se encogió y cayó de bruces, con una corta lanza entre los hombros.

Con la espada desenvainada, atónito, registre las laderas silenciosas en busca de alguna señal del enemigo. El brezal se extendía vacío de una montaña a otra, y en ningún lugar los brezos eran lo bastante altos para ocultar a un hombre, ni siquiera a un caledonio. Ninguna ondulación turbaba el lago… ¿Qué era pues lo que hacia agitarse a aquel junco cuando los demás estaban inmóviles? Me incliné hacía adelante, atisbando en e agua. A lado del junco una burbuja se alzó hacia la superficie.

Me incliné más cerca, preguntándome… ¡Un rostro bestial me miraba con malicia, justo bajo la superficie del lago! Un instante de asombro… y luego mi frenética estocada partió en dos el rostro peludo, desviando justo a tiempo la jabalina que saltaba hacia mi pecho. Las aguas del lago se agitaron en un torbellino y por fin flotó en la superficie el cuerpo de un salvaje, con el haz de jabalinas todavía en el cinto; su mano simiesca aferraba aún la caña hueca a través de la cual había respirado. Entonces supe por qué tantos romanos habían muerto de manera extraña junto a las orillas de los lagos.

Arrojé mi escudo y deseché todos mis pertrechos excepto la espada, la daga y la armadura. Cierta feroz exultación me animaba. Era un hombre solo, a la mitad de un país salvaje, entre un pueblo de salvajes sedientos de sangre. ¡Por Thor y Woden, les enseñare cómo moría un nórdico! A cada momento que pasaba quedaba menos en mi del romano civilizado. Todo el barniz de la educación y a civilización cayó de mi dejando sólo al hombre primitivo, solo e alma primordial, feroz y de rojas garras.

Una rabia lenta y profunda empezó a surgir de mí, junto con un vasto desprecio nórdico hacia mis enemigos. Me hallaba en el estado de ánimo adecuado para volverme berserk, el hombre-oso; Thor sabe que había combatido en abundancia durante a marcha y a lo largo de a retirada, pero el ama combativa del nórdico se había despertado en mi interior, con sus místicas profundidades, más hondas que el mar del Norte. No era un romano. Era un nórdico, un bárbaro de pecho velludo y barba amarilla. Y recorrí el breza tan arrogantemente como si fuera el puente de mi galera. ¿Qué eran los pictos? Enanos atrofiados cuyos días habían pasado. Era extraño que un odio terrorífico empezara a consumirme. Y con todo, no lo era tanto, pues a medida que retrocedía a salvajismo, más primitivo se hacían mis impulsos, y más feroz ardía el odio intolerante hacia el extranjero, ese primer impulso del indígena primigenio. Pero había una razón más profunda y siniestra en lo más hondo de mi mente, aunque no la conocía. Pues los pictos eran hombres de otra edad; en verdad eran el último pueblo de la Edad de Piedra, al que los celtas y los nórdicos habían expulsado cuando descendieron del norte. Y en algún lugar de mi mente acechaba un nebuloso recuerdo de una guerra feroz e implacable librada en una era más oscura.

Y había también cierto temor, no por sus cualidades como luchadores sino por la brujería de la que todos los pueblos creían poseedores a los pictos. Había visto sus crómiechs por toda Inglaterra, y había visto la gran muralla que habían construido no lejos de Corinium. Sabía que los druidas celtas les odiaban con un odio que resultaba sorprendente, incluso en sacerdotes. Ni siquiera los druidas podían, o querían, contar cómo los hombres de la Edad de Piedra levantaron esas inmensas barreras de piedra, o por que razón. y la mente de hombre corriente retrocedía a la explicación usada durante eras: brujería. Más aún, los propios pictos creían firmemente que eran hechiceros, y quizás eso tenía algo que ver en el asunto.

Empecé a preguntarme por que sólo quinientos hombres habían sido enviados a aquella loca incursión. Algunos habían dicho que para capturar a cierto sacerdote picto, otros que buscábamos noticias del jefe picto, un tal Bran Mak Mora. Pero nadie lo sabía salvo el oficial al mando, y la cabeza de éste iba en una lanza picta, en algún lugar lejano de aquel mar de montañas y brezales. Se decía que nadie le igualaba en la lucha, ya fuera con un ejército o en solitario. Pero nunca habíamos visto a un guerrero que pareciera mandar tanto como para justificar la idea de que era el jefe. Pues los salvajes luchaban como lobos, aunque con cierta tosca disciplina.

Quizá le encontrara, y si era valiente como decían, con seguridad me haría frente.

Deje de ocultarme. Más aún, cante una salvaje canción mientras caminaba, marcando el compás con mi espada. Que los pictos vinieran cuando quisieran. Estaba listo para morir como un guerrero.

Había cubierto muchas millas cuando di vuelta a una pequeña colina y me tropecé con varios centenares de ellos, armados hasta los dientes. Si esperaban que diera vuelta y huyera, estaban muy equivocados. Seguí caminando hacia ellos, sin alterar ni mi zancada ni mi canción. Uno de ellos corrió hacía mi, con la cabeza baja, la punta de a lanza hacía adelante, y le recibí con un golpe hacía abajo que le abrió desde el hombro izquierdo a la cadera derecha. Otro saltó desde el costado, dirigiendo un golpe a mi cabeza, pero me agache de modo que la jabalina silbó sobre mi hombro, y le abrí las entrañas al enderezarme. Entonces se lanzaron sobre mi desde todos lados; despeje un espacio con un gran mandoble a dos manos y me puse de espaldas a la abrupta ladera, lo bastante cerca para evitar que se me acercaran por detrás, pero no tanto como para no poder blandir mi espada. Si malgastaba movilidad y fuerza en el movimiento de arriba abajo, la compensaba más que sobradamente con el devastador poder de mis mandobles. No hacía falta golpear dos veces a ningún enemigo. Un salvaje atezado y barbudo surgió de un salto bajo mi espada, agazapándose y lanzando un golpe hacía arriba. La hoja de la espada se torció en mi coraza, y le dejé inconsciente con un golpe de mi empuñadura. Me rodearon los lobos, luchando por alcanzarme con sus espadas más cortas, y dos cayeron con la cabeza hendida mientras trataban de aproximarse. Entonces uno, tendiéndose sobre los hombros de los demás, clavo una lanza en mi muslo, y con un rugido de furia lancé una estocada salvaje, atravesándole como a una rata. Antes de que pudiera recobrar el equilibrio, una espada hirió mi brazo derecho y otra se quebró en mi casco. Me tambaleé, giré ferozmente para despejar un espacio, y una lanza penetró en mi hombro derecho. Vacilé, caí al suelo y volví a levantarme. Con un terrorífico empuje de los hombros rechacé a mis enemigos que arañaban y acuchillaban, y entonces, sintiendo que la fortaleza huía de mí con la sangre, lancé un rugido de león y salté entre ellos, absolutamente berserk. Me lancé entre la multitud, golpeando a derecha e izquierda, dependiendo sólo de mi armadura para protegerme de las hojas que saltaban. Esa batalla no es sino un recuerdo carmesí. Abajo, arriba, abajo de nuevo, el brazo derecho colgando, la espada golpeando en la mano izquierda. La cabeza de un hombre saltó de sus hombros, un brazo se desvaneció a la altura del codo, y entonces me derrumbé en el suelo luchando en vano por levantar la espada que colgaba flojamente en mi puño.

En un momento hubo una docena de lanzas en mi pecho, cuando alguien arrojó hacia atrás a los guerreros y una voz hablo como la de un jefe.

-¡Alto! Este hombre debe ser salvado.

Vagamente, como a través de una neblina, vi un rostro esbelto y moreno al levantarme tambaleante para enfrentarme al que había hablado. Vi a un hombre moreno y de negro cabello, cuya cabeza apenas me llegaría al hombro, pero que parecía tan ágil y fuerte como un leopardo. Iba parcamente ataviado con vestiduras sencillas que le ceñían el cuerpo, y su única arma era una espada larga y recta. No se parecía en aspecto y rasgos a los pictos más que yo pero con todo, había en él cierto aparente parentesco con ellos.

Todo lo noté confusamente, pues apenas era capaz de mantenerme en pie.

– Te he visto –dije, hablando como un extraviado-. Te he visto una y otra vez en primera línea del combate. Siempre encabezabas la carga de los pictos, mientras que tus jefes s escabullían de campo.  ¿Quién eres?

Entonces los guerreros, el mundo y el cielo se desvanecieron y me derrumbé sobre los brezos.

Oí confusamente hablar a extraño guerrero:

-Suturen sus heridas y denle comida y bebida.

Había aprendido su lengua de los pictos que venían a comerciar al Muro. Percibí que hicieron o que les había mandado e guerrero, y por fin recobré el conocimiento, habiendo bebido gran cantidad de vino que los pictos destilan del brezo. Después, agotado, yací sobre los brezos y dormí, sin que me importara ni todos los salvajes del mundo. Cuando desperté, la luna se hallaba alta en el cielo. Mis armas y mi casco habían desaparecido, y varios pictos armados me vigilaban. Cuando me vieron despierto me indicaron que les siguiera y echaron a andar por el brezal. Llegamos finalmente a una colina alta y pelada con un fuego resplandeciendo en su cima. Sentado en una roca junto al fuego estaba el extraño jefe moreno, junto a él, como espíritus del Mundo Oscuro, había un anillo silencioso de guerreros pictos sentados.

Me llevaron ante e jefe, si tal era, y permanecí, contemplándole sin miedo ni desafío. Y sentí que se trataba de un hombre distinto de todos los que había visto. Fui consiente de cierta fuerza, cierto poder que irradiaba del hombre y parecía mantenerse apartado de los hombres comunes. Era como si desde las alturas de autodominio bajara la vista hacia los hombres, pensativo, inescrutable, cargado con el conocimiento de las edades, sombrío por la sabiduría de las eras. Sentado allí, con el mentón en la mano y os oscuros e insondables ojos clavados en mi.

-¿Quién eres?

-Un ciudadano romano.

-Un soldado romano. Uno de los lobos que han hecho pedazos el mundo durante demasiados siglos.

Un murmullo recorrió a los guerreros, huidizo como el susurro del viento nocturno, siniestro como e destello del colmillo de un lobo.

-Hay gente a la que mi pueblo odia aún más que a los romanos –dijo-. Pero con toda seguridad, eres un romano. Y con todo, me parece que eres más alto de lo que yo creía a los romanos. Y tu barba, ¿qué la volvió amarilla?

Ante su tono de sarcasmo, eché la cabeza hacia atrás y aunque la piel me hormigueaba al pensar en las espadas a mi espalda, respondí orgullosamente:

-Soy nórdico de nacimiento.

Un alarido salvaje y sediento de sangre broto de la horda agazapada, y en un momento saltaron hacia adelante. Un solo movimiento de la mano de jefe les hizo retroceder, con los ojos ardientes. Sus propios ojos no habían dejado de clavarse en mi rostro ni un momento.

-Mi tribu es estúpida –dijo-, pues odian a los nórdicos aún más que a los romanos. De hecho, los nórdicos acosan incesantemente nuestras costas; pero es a Roma a quien deberían odias.

-¡Pero tú no eres picto!

-Soy mediterráneo.

-¿De Caledonia?

-Del mundo.

-¿Quién eres?

-Bran Mak Morn.

-¿Qué?

Yo había esperado una monstruosidad, un ser horrendo y deforme, un feroz enano construido de acuerdo con el resto de su raza.

-No eres como ésos.

-Soy como era la raza –replicó-. La línea de los jefes ha mantenido pura su sangre a lo largo de las eras, recorriendo el mundo en busca de mujeres de la Vieja Raza.

-¿Por qué tu raza odia a todos los hombres? –pregunte, lleno de curiosidad-. Se habla de su ferocidad en todas las naciones.

-¿Por qué no íbamos a odiar? –Sus ojos oscuros se iluminaron de pronto con un brillo más feroz-. Pisoteados por cada tribu nómada, arrojados de nuestras tierras fértiles, obligados a residir en los lugares más salvajes del mundo, deformados en cuerpo y en mente… Mírame. Soy como fue una vez la raza. Mira a tu alrededor. Una raza de hombres-mono, nosotros que fuimos el más elevado tipo de hombres de los que podía enorgullecerse el mundo.

Temblé a mi pesar ante el odio que vibraba en su voz profunda y resonante.

De las filas de guerreros surgió una muchacha, se puso al lado del jefe y se acurruco junto a él. Una belleza delgada y tímida, casi una niña. El rostro de Mak Morn se suavizó un tanto mientras rodeaba con el brazo su esbelto cuerpo. Luego, a mirada pensativa regreso a sus oscuros ojos.

-Mi hermana, nórdico –dijo-. Me han dicho que un rico mercader de Corinium ha ofrecido mil piezas de oro a quien se la lleve.

Se me erizó e cabello, pues me pareció sentir una siniestra nota menor en la tranquila voz del caledonio. La luna se hundió tras el horizonte occidental, dando al breza un tinte rojizo, de modo que los brezos parecían un mar de sangre bajo la luz fantasmagórica.

La voz del jefe rompió el silencio.

– El mercader envió un espía más allá del Muro. Le mandé su cabeza.

Me sobresalté. Un hombre se alzaba ante mí. No le había visto llegar. Era muy viejo y llevaba sólo un taparrabos. Una barba larga y blanca le caía hasta a cintura, y estaba lleno de tatuajes desde la coronilla hasta los talones. Su rostro parecido a cuero estaba surcado por un millón de arrugas, y su piel era escamosa como la de una serpiente. Bajo una enmarañada cejas blancas sus ojos grandes y extraños llameaban, como si contemplaran visiones fantásticas. Los guerreros se removieron inquietos. La muchacha se encogió entre los brazos de Bran Mak Morn, como asustada.

– El dios de la Guerra cabalga el viento nocturno –dijo el brujo de pronto, en voz alta y fantasmagórica-. Las cometas huelen la sangre. Pies extraños recorren los caminos del Alba. Remos extraños baten el mar del Norte.

– Préstanos tu arte, brujo –ordenó imperiosamente Mak Morn.

– Has disgustado a los viejos dioses, jefe –respondió el otro-. Los templos de la Serpiente están desiertos. El dios blanco de la luna ya no se deleita con la carne del hombre. Los señores del aire miran desde sus murallas y no están complacidos. ¡Hai, hai! Dicen que un jefe se ha apartado de sendero.

– Basta. –La voz de Mak Morn era áspera-. El poder de la Serpiente ha sido quebrado. Los neófitos ya no ofrecen más seres humanos a sus oscuras divinidades. Si he de levantar a la nación picta fuera de la oscuridad del valle del salvajismo abismal no toleraré oposición de príncipe o sacerdote. Toma nota de mis palabras brujo.

El anciano alzó sus grandes ojos, llenos de una luz misteriosa, y me miro a a cara.

– Veo a un salvaje de pelo amarillo –susurró en un tono que ponía la piel de gallina-. Veo un cuerpo fuerte y una fuerte mente, de los que un jefe podría alimentarse.

Una exclamación impaciente broto de Mak Morn.

La muchacha le rodeó tímidamente con los brazos y e susurro al oído.

– En los pictos queda aún cierta dosis de humanidad y bondad –dijo, y percibí la feroz autoridad de su tono-. La niña me pide que te deje ir en libertad.

Aun que hablaba en céltico, los guerreros comprendieron y murmuraron descontentos.

– ¡No! –exclamó violentamente el brujo. La oposición no hizo sino endurecer la decisión del jefe. Se puso en pie.

– Digo que e nórdico será liberado al amanecer. Un silencio desaprobador le respondió.

– ¿Osa alguno de ustedes marchar al brezal y enfrentar su acero al mío? –les desafió. El brujo habló:

– Presta atención, jefe. He vivido más de cien años. He visto ir y venir a jefes y conquistadores. He combatido la magia de los druidas en los bosques se la medianoche. Largo tiempo te has burlado de mi poder hombre de la Vieja Raza, y aquí te desafío. Te conmino a combate.

No se pronunció ni una palabra. Los dos hombres avanzaron hasta la luz del fuego que arrojaba su caprichoso resplandor entre las sombras.

– Si venzo, la Serpiente se enroscara de nuevo, el Gato Montes volverá a rugir y tú serás mi esclavo para siempre. Se vences, tuyas son mis artes, y te serviré.

El brujo y el jefe se enfrentaron. Las cárdenas llamaradas de la hoguera iluminaban sus rostros. Sus ojos se encontraron, y chocaron. Sí, el combate entre los ojos y las lamas tras ellos era tan claramente evidente como si hubieran estado luchando con espadas. Los ojos del brujo se agrandaron, los del jefe se entrecerraron. Fuerzas terroríficas semejaban emanar de cada uno; invisibles poderes en lucha giraban a su alrededor. Era vagamente consciente de que no se trataba sino de otra fase en una guerra que duraba eones. La batalla entre lo Viejo y lo Nuevo. Tras el brujo acechaban millares de años de oscuros secretos, misterios siniestros, temibles formas nebulosas, monstruos semi ocultos entre nieblas de la antigüedad. Tras el jefe, la clara y  fuerte luz del día que se aproxima, la primera chispa de civilización, la limpia fortaleza de un hombre nuevo con una nueva y poderosa misión. El brujo tipificaba la Edad de Piedra; el jefe la civilización que se acercaba. El destino de la raza picta, quizá, pendía de aquel conflicto.

Los dos hombres parecían realizar un terrorífico esfuerzo. Las venas sobresalían en la frente del jefe. Los ojos de ambos ardían y chispeaban. Entonces un jadeo surgió del brujo. Con un aullido se tapo los ojos y se derrumbó en el brezal como saco vacío.

– ¡Basta! –jadeó-. Has vencido, jefe.

Se alzó tembloroso y sumiso. Las filas tensas y agazapadas se relajaron y volvieron a sentarse en su sitio, con los ojos cavados en el jefe. Mak Morn sacudió la cabeza como para despejarla. Se dirigió al peñasco y tomó asiento en el, y la muchacha le arrojo los brazos al cuello, murmurándole en voz suave y llena de alegría.  

 


Reyes de la noche Prt 3 – Robert E. Howard

3

Y los dos pueblos salvajes del norte

se enfrentaron al anochecer,

y oyeron y supieron, cada cual en su mente,

que un tercer clamor llegaba con el viento,

los muros vivientes que dividen a la humanidad,

los muros en marcha de Roma.

Chesterton.

 

El sol se inclinaba hacia el oeste. El silencio yacía como una niebla invisible sobre el valla. Cormac retuvo las riendas con la mano y contempló los riscos a ambos lados. El ondulante brezal que acechaban en él. Allí, en la estrecha garganta que se ensanchaba gradualmente hacía el sur, se hallaba el único signo de vida. Entre los empinados muros, trescientos normando formaban sólidamente su pared de escudos en forma de cuña, bloqueando el paso. En la punta, como una lanza, se alzaba el hombre que se hacía llamar Kull, rey de Valusia. No llevaba casco, sólo la ancha banda de oro, duro y extrañamente labrado, ciñendo su cabeza, pero portaba en su brazo izquierdo el gran escudo que había llevado el muerto Rognar; y en su diestra sostenía la pesada maza de hierro blandida por el rey del mar. Los vikingos le contemplaban con maravilla y salvaje admiración. No podían entender su lengua, ni él la suya. Pero ya no se precisaban más órdenes. Dirigidos por Bran, se habían amontonado en la garganta, y su única orden era… ¡cerrar el paso! Bran Mak Morn se hallaba ante Kull, uno con su reino aún por nacer, otro con su reino perdido entre las nieblas del Tiempo por eras inimaginables. Reyes de la oscuridad, pensó Cormac, reyes sin nombre de la noche, cuyos reinos son abismos y sombras.

El rey picto tendió la mano.

– Rey Kull, eres más que un rey…, eres un hombre. Puede que los dos caigamos en la hora siguiente…, pero si vivimos, pídeme lo que desees.

Kull sonrió, devolviendo el firme apretón.

– También tú eres un hombre para mi corazón, rey de las sombras. Con toda seguridad, eres más que una invención de mi imaginación dormida. Puede que algún día nos encontremos despiertos.

Bran sacudió la cabeza, asombrado, saltó a la silla y se alejó galopando, subiendo la ladera este y desvaneciéndose sobre el risco. Cormac vaciló:

– Hombre extraño – dijo –, ¿eres en verdad de carne y sangre. o eres un espectro?

– Cuando soñamos, todos somos de carne y sangre… mientras estemos soñando – respondió Kull –. Esta es la pesadilla más extraña que jamás haya tenido…, pero tú, que pronto te desvanecerás en la pura nada cuando despierte, me pareces tan real ahora como Brule, o Kananu, o Tu, o Keikor.

Cormac sacudió la cabeza como lo había hecho Bran y, con un último saludo, que Kull devolvió con bárbara majestad, volvió grupas y se alejó al trote. Se detuvo en la cima del risco occidental. Lejos, al sur, se alzaba una ligera nube de polvo y se divisaba la cabeza de la columna en marcha. Creía ya poder oír como la tierra vibraba ligeramente bajo el paso acompasado de mil pies acorazados moviéndose perfectamente al unísono. Desmontó y uno de sus jefes, Domnail, tomo su caballo y lo llevó por la cuesta lejos del valle, donde los árboles crecían espesos. Sólo algún movimiento ocasional entre ellos evidenciaba a los quinientos hombres que aguardaban allí, cada uno junto a su caballo, con la mano preparada para silenciar algún relincho.

<<Los propios dioses crearon este valle para la emboscada de Bran>>, pensó Cormac. El suelo del valle carecía de árboles, y las laderas interiores estaban desnudas salvo salvo por el brezo que llegaba hasta la cintura. Pero al pie de cada risco, en el lado que se alejaba del valle, allí donde la tierra largamente erosionada de las laderas rocosas se había acumulado, crecían árboles suficientes como para ocultar a  quinientos jinetes o cincuenta carros.

Al extremo norte del valle permanecían Kull y sus trescientos vikingos, al descubierto, flanqueados a cada lado por cincuenta pictos. Escondidos en el lado oeste del risco occidental estaban los gaélicos. A lo largo de la cima de las laderas, ocultos en el alto brezal, yacía un centenar de pictos con flechas dispuestas en la cuerda de sus arcos. El resto de los pictos se escondía en las laderas del este, más allá de donde estaban los britanos con sus carros bien preparados. Ni ellos ni lo gaélicos al oeste podían ver lo que sucedía en el valle, pero se habían dispuesto señales.

Ahora la larga columna estaba entando por la ancha boca del valle, y sus exploradores, hombres ligeramente armados sobre caballos veloces, se extendían por las laderas. Galoparon casi a tiro de flecha de las huestes silenciosas que bloqueaba el paso y se detuvieron. Algunos volvieron grupas corrieron hacia la fuerza principal, en tanto que los demás se desplegaban y ascendían por las laderas, buscando ver lo que se hallaba más allá. Aquel era el momento crucial. Si percibían cualquier señal de la emboscada, todo estaba perdido. Cormac, encogiéndose entre los brezos, se maravillaba ante la habilidad de los pictos para borrarse a sí mismos de la vista tan completamente. Vio a un jinete pasar a un metro de donde él sabía que yacía un arquero, pero el romano no vio nada.

Los exploradores coronaron los riscos y miraron a su alrededor; luego la mayoría de ellos dieron la vuelta y descendieron al trote las laderas. Cormac se maravilló ante su descuidada forma de explorar. Nunca había luchado con los romanos antes, nada sabía de su arrogante auto confianza, de su increíble astucia en ciertas cosas, su estupidez increíble en otras. Aquellos hombres eran demasiado confiados; una sensación que emanaba de sus oficiales. Habían pasado años desde que una fuerza de caledonios resistiera a las legiones. Y la mayoría de aquellos hombres acababan de llegar a Britania; desde una legión que había estado acuartelada en Egipto. Despreciaban a su enemigo y no sospechaban nada.

Pero… ¡alto!, tres jinetes en el risco opuesto habían dado la vuelta y se habían desvanecido en el otro lado. Y ahora uno, deteniendo su corcel en la cresta del rsico occidental, a menos de cien metros de donde se hallaba Cormac, observo larga y atentamente la masa de árboles al pie de la ladera. Cormac vio la sospecha crecer en el moreno rostro de halcón del romano. Se volvió a medias como para llamar a sus camaradas, y luego, en vez de eso, condujo a su caballo por la ladera, inclinándose hacia adelante en la silla. El corazón de Cormac retumbaba, A cada momento esperaba ver al hombre volver grupas y galopar para dar la alerta. Resistió el loco impulso de alzarse de un salto y cargar a pie sobre le romano. Seguramente el hombre podía captar la tensión en el aire…, los centenares de fieros ojos clavados en él. Ahora se hallaba a mitad de la cuesta, fuera de la vista de los hombres del valle. Y el chasquido de un arco invisible rompió la tensa inmovilidad. con un jadeo ahogado el romano alzó las manos y, mientras el corcel se encabritaba, cayó de cabeza, fulminado por una flecha negra que había surgido relampagueante del brezal. Un fornido enano saltó de la nada, aparentemente, y aferró la rienda, tranquilizando al caballo, que pifaba, y conduciéndolo por la ladera hacia abajo. Ante la caída del romano, hombres bajos y nudosos se alzaron como una repentina bandada de pájaros y Cormac vio el destello de un cuchillo. Luego, con una prontitud irreal, todo se calmo. Los asesinos y el muerto eran invisibles, y sólo la tranquila ondulación del brezal indicaba la sangrienta hazaña.

El gaélico volvió a mirar hacia el valle. Los tres que habían cabalgado por el risco este no habáin regresado, y Cormac supo que nunca lo harían. Evidentemente, los demás exploradores habían llevado la nueva de que sólo un pequeño grupo de guerreros estaban listos para disputar el paso a los legionarios. Ahora la cabeza de la columna se hallaba casi bajo  él, y sintió excitación al ver a aquellos hombres condenados, desfilando con su soberbia arrogancia. La visión de su espléndida armadura, sus rostros de halcón y su disciplina perfecta le impresionó cuanto un gaélico es capaz de impresionarse.

¡Mil trescientos hombres con pesada armadura que marchaban como uno, de tal modo que el suelo temblaba bajo su paso! La mayoría de ellos eran de talla mediana, con pechos y hombros poderosos y rostros de bronce…, endurecidos veteranos de un centenar de campañas. Cormac vio sus jabalinas, sus espadas cortas y aguzadas, sus pesados escudos; su brillante armadura y cascos empenachados, las águilas en los estandartes. ¡Aquéllos eran los hombres bajo cuyo paso el mundo había temblado y se habían derrumbado los imperios! No todos eran latinos; había entre ellos britanos romanizados, y una centuria se componía de enormes hombres de cabellera amarilla…, galos y germanos, que luchaban por Roma tan ferozmente como los nacidos en ella, y odiaban con mayor fuerza a sus parientes salvajes.

A cada lado había un enjambre de caballería, batidores, y la columna iba flanqueada por arqueros y honderos. Carros traqueteantes conducían los suministros del ejército. Cormac vio al comandante cabalgando en su puesto…, un hombre alto, de rostro delgado e imperioso, lo que resultaba evidente incluso a esa distancia. Marcus Sulius… El gaélico conocía bien su reputación.

Un ronco rugido se alzó de los legionarios al aproximarse a sus enemigos. Evidentemente, pretendían abrirse paso a través de ellos y seguir sin pausa alguna, pues la columna se movió implacablemente hacia adelante. A quien los dioses destruyen primero le vuelven loco… Cormac jamás había oído esa frase, pero se le ocurrió que le gran Silius era un estúpido. ¡Arrogancia romana! Marcus estaba acostumbrado a ser el azote de los encogidos pueblos del Este decadente; poco suponía el hierro que había en aquellas razas occidentales.

Un grupo de caballería se desgajo del grueso y se lanzó hacia la boca de la garganta, pero era sólo un gesto. Con largos gritos de burla volvieron grupas a tres tiros de lanza y arrojaron sus jabalinas, que chasquearon inofensivas en los escudos superiores de los silenciosos normandos. Pero su líder se arriesgo demasiado; al girar, se alzó de la silla y embistió el rostro de Kull. El gran escudo desvió la lanza, y Kull devolvió el golpe como una serpiente; la pesada maza aplastó cabeza y casco como un cascaron de huevo, y el mismo corcel cayo de rodillas ante la sacudida de aquel golpe terrible.

Un corto y feroz rugido se alzó de los normandos, y los pictos a su lado aullaron exultantes y lanzaron sus flechas entre los jinetes que se retiraban. ¡Primera sangre para el pueblo del brezo! Los romanos que se acercaban gritaron vengativamente y apretaron el paso mientras el caballo aterrorizado les rebasaba al galope, con la horrible parodia de un hombre, el pie atrapado en le estribo, arrastrándose bajo los cascos retumbantes.

La primera línea de legionarios, comprimida a causa de la estrechez de la garganta, se estrelló contra el solido muro de escudos…, se estrelló y retrocedió. El muro de escudos no se había movido ni una pulgada. Aquélla era la primera vez que las legiones romanas topaban con esta formación indestructible…, la antepasada del regimiento espartano, la falange tebana, la formación macedonia, el cuadro inglés. El escudo chocó contra el escudo y la corta espada romana buscó una brecha en el muro de hierro. Las lanzas vikingas, erizándose en sólidas filas por encima, golpearon y se enrojecieron; pesadas hachas cayeron, atravesando hierro, carne y hueso. Cormac vio a Kull, alzándose sobre los fornidos romanos en primera línea del combate, repartiendo golpes veloces como rayos. Un robusto centurión se lanzo hacia adelante, sosteniendo en alto su escudo, golpeando hacia arriba. La maza de hierro se estrelló de un modo terrible, quebrando la espada, haciendo pedazos el escudo, partiendo el casco y aplastando el cráneo bajo el…, todo de un sólo golpe.

La línea frontal de los romanos se curvó como una barra de hierro alrededor de la cuña, mientras los legionarios intentaban abrirse paso luchando a través de la garganta a cada lado y rodear a sus oponentes. Pero el paso era demasiado estrecho; agazapándose junto a las abruptas laderas, los pictos lanzaban sus negras flechas como una granizada de muerte. a tal distancia las pesadas flechas penetraban escudos y corazas, fulminando a los hombre recubiertos de hierro. La línea frontal de la batalla retrocedió, roja y destrozada, y los normandos pisotearon a sus propios escasos muertos para cerrar las brechas que había dejado su caída. Ante ellos yacía una delgada línea de cuerpos destrozados…, la roja espuma de la mares que se había roto sobre ellos en vano.

Cormac se había puesto de pie de un salto, agitando los brazos. Domnail y sus hombres abandonaron su refugio ante la señal y se acercaron al galope por la ladera, contorneando el risco. Cormac montó el caballo que le traían y miro con impaciencia a través del estrecho valle. No aparecía señal alguna de vida en el risco este. ¿Dónde estaba Bran… y los britanos? Abajo, en el valle, las legiones, irritadas ante la inesperada oposición de la escaza fuerza que se hallaba ante elles, pero sin sospechar nada, estaban reuniéndose en una formación más compacta. Los carros que se habían detenido se habían vuelto a poner en marcha, y la columna entera se hallaba una vez más en movimiento, como si pretendiera abrirse paso sólo con su masa. Con la centuria gala en primera línea, los legionarios avanzaban de nuevo al ataque. Esta vez con toda la fuerza de mil doscientos hombres detrás, la carga rompería como un ariete la resistencia de los guerreros de Kull; los pisotearían, barriendo sus rojos despojos. Los hombres de Cormac temblaban de impaciencia. De pronto Marcus Sulius se dio la vuelta y miró hacia el oeste, donde la línea de jinetes se recortaba contra el cielo. Incluso a esa distancia, Cormac vio palidecer su rostro. Por fin el romano comprendía el metal de los hombres a los que se enfrentaba, y que se había metido en una trampa. Con seguridad en ese momento una imagen caótica relampagueo en su mente…, derrota…, desgracia…, ¡roja ruina!

Era demasiado tarde para retirarse…, demasiado tarde para formar un cuadro defensivo con los carros como barricadas. No había sino un modo posible de escapar, y Marcus, hábil general pese a su reciente error, lo escogió. Cormac oyó su voz cortando el tumulto como un clarín, y aunque no entendió sus palabras, sabía que el romano les gritaba a sus hombres que aplastaran como el rayo a aquel amasijo de normandos… ¡para abrirse paso a través de él a estocadas y salir de la trampa antes de que pudiera cerrarse! Los legionarios, conscientes de su situación desesperada, se lanzaron de cabeza sobre sus enemigos. El muro de escudos se tambaleó, pero no cedió ni un milímetro. Los rostros feroces de los galos y las endurecidas caras morenas de los itálicos contemplaban por encima de los escudos trabados los llameantes ojos del Norte. Con los escudos tocándose, golpearon y mataron y murieron en una roja tormenta de carnicería, en la que hachas carmesíes se alzaban y caían y lanzas goteantes se rompían en espadas melladas.

En el nombre de Dios, ¿dónde estaba Bran con sus carros? Unos cuantos minutos más significaría la muerte de cada uno de los hombres que sostenían el paso. Caían ya con rapidez, aunque habían estrechado más sus filas y resistían como el hierro. Aquellos salvajes hombres del Norte morían en sus puestos; y alzándose sobre sus doradas cabezas, la negra melena de león de Kull brillaba como un símbolo de matanza, y su maza enrojecida derramaba una lluvia espantosa mientras salpicaba sesos y sangre como agua.

– ¡Esos hombres morirán mientras esperamos la señal de Bran! – gritó –. ¡Adelante! ¡Sigan me al infierno, hijos de Gael!

Un rugido salvaje le respondió, y a rienda suelta se lanzó por la cuesta con quinientos jinetes aullantes precipitándose detrás de él. Y en ese mismo instante una tormenta de flechas barrio el valle desde cada lado como una oscura nube, y el terrible clamor de los pictos partió los cielos. Y sobre el risco este, como un repentino estallido de truenos en el dia del Juicio, surgieron los carros de guerra. Bajaron rugiendo por la ladera; la espuma volaba de los belfos distendidos de los caballos, y sus cascos frenéticos parecían apenas tocar el suelo, reduciendo a la nada los altos brezales. En el primer carro, con los ojos ardiendo, se agazapaba Bran Mak Morn, y detrás los britanos desnudos gritaban y azotaban a los caballos como poseídos por los demonios. Tras los carros venían los pictos, aullando como lobos y lanzando sus flechas mientras corrían. El brezo los escupía de todos lados en una oscura ola.

Eso fue lo que vio Cormac en sus caoticas miradas durante la salvaje cabalgata por las laderas. Una ola de caballería se derramó entre él y la línea principal de la columna. Precediendo a sus hombres a tres cuerpos de caballo, el príncipe gaélico se enfrentó a las lanzas de los jinetes romanos. La primera lanza se desvió en su escudo, y alzándose sobre los estribos, él golpeó hacia abajo, partiendo a un hombre de la espalda al esternón. El siguiente romano arrojó una jabalina que mató a Domnail, pero en ese instante el corcel de Cormac chocó con el suyo, pecho contra pecho, y el caballo más ligero cayó de bruces por el impacto, arrojando a su jinete bajo sus cascos. Después, todo el ímpetu de la carga gaélica barrió a la caballería romana, destrozándola, convirtiéndola en despojos, desbaratándola. Sobre sus rojos restos los aullantes demonios de Cormac golpearon a la pesada infantería romana, y toda la línea tembló bajo el impacto. Espadas y hachas subieron y bajaron centellando, y la fuerza de la acometida les hizo adentrase en las filas compactas. Allí detenidos, lucharon y forcejearon. Las jabalinas herían, las espadas subían relampagueando, abatiendo a caballo y jinete. Grandemente superados en número, acosados de cada costado, los gaélicos habrían perecido entre sus enemigos, pero en ese instante los carros retumbantes se abatieron desde el otro lado sobre las filas romanas. Golpearon casi simultáneamente en una larga hilera, y en el momento del impacto los conductores desviaron a sus caballos de lado y corrieron paralelamente a las filas, segando a los hombres como si fueran trigo. Murieron centenares bajo aquellas cuchillas curvas, y saltando de los carros, gritando como gatos monteses enloquecidos por la sangre, los guerreros britanos se arrojaron sobre las lanzas de los legionarios, dando tajos locamente con sus espadas manejadas a dos manos. Agazapados, los pictos lanzaron sus flechas a bocajarro y luego saltaron para unirse a la matanza. Enloquecidos por la visión de la victoria, aquellos pueblos salvajes eran como tigres heridos que no sienten las heridas, y morían de pie con su último aliento convertido en un rugido de furia.

Pero la batalla aun no había terminado. Aturdidos, desechos, rota su formación y casi la mitad de los suyos caídos ya, los romanos peleaban con furia desesperada. Carcados por todas partes, luchaban aisladamente o en pequeños grupos, espalda con espalda, arqueros, honderos, jinetes y pesados legionarios mezclados en una masa caótica. La confusión era completa, pero no la victoria. Los que se hallaban atascados en la graganta se lanzaron sobre las rojas hachas que les bloqueaban el camino, mientras la compacta y cerrada batalla retumbaba a sus espaldas. Por una parte estaban los enfurecidos gaélicos de Cormac; por la otra los carros que barrían una y otra vez, retirándose y regresando como torbellinos de hierro. No había retirada, pues los pictos habían tendido un cordón a través del camino por el que habían venido, y habiendo cortado los cuellos de los seguidores del campamento y tras apoderarse de los carros, lanzaban sus saetas en una tormenta sobre la retaguardia de la columna desbaratada. Aquellas largas y negras flechas penetraban armadura y hueso, ensartando a los hombres de dos en dos. Pero no toda la carnicería estaba en un bando. Los pictos morían bajo el golpe relampagueante de las jabalinas y la corta espada, los gaélicos atrapados bajo sus caballos al caer, eran despedazados, y los carros, sin sus caballos eran inundados con la sangre de sus conductores.

Y en el extremo estrecho del valle la batalla proseguía. Por todos los dioses, pensó Cormac, mirando entre los golpes que parecían centellas, ¿acaso aquellos hombres seguían sosteniendo la garganta? ¡Sí! ¡La sostenían! Una décima parte de su número original, muriendo de pie, seguían aguantando las cargas frenéticas de los legionarios, que disminuían en número. Por todo el campo se alzaba el rugido y el estruendo de las armas, y las aves de presa, surgiendo del crepúsculo en su vuelo, describían círculos en lo alto. Cormac, luchando por alcanzar a Marcus Sulius a través del tumulto, vio al caballo del romano hundirse bajo él, y al jinete alzarse solitario entre un mar de enemigos. Vio destellar tres veces la espada romana, sembrando la muerte a cada golpe, y después, surgiendo de lo más revuelto de la contienda, apareció una figura terrible. Era Bran Mak Morn, manchado de pies a cabeza. Arrojó la espada rota mientras corría, sacando un puñal. El romano golpeó, pero el rey picto esquivó el golpe y, aferrando la muñeca que sostenía la espada, hundió el puñal una y otra vez a través de la brillante armadura.

Un potente rugido se alzó ante la muerte de Marcus, y Cormac, con un grito, reagrupo a su alrededor a los restos de su fuerza y, picando espuela, atravesó las líneas que se derrumbaban y cabalgó a toda velocidad hacia el otro extremo del valle. Pero cuando se acercaba vio que llegaba demasiado tarde. como habían vivido, así habían muerto aquellos feroces lobos del mar, con sus rostros frente al enemigo y sus rotas armas enrojecidas en las manos. Yacían en un grupo terrible y silencioso, preservando incluso en la muerte algo de la formación del muro de escudos. Entre ellos, y también delante y as u alrededor, se amontonaban los cuerpos de aquellos que en vano habían intentado romper sus filas. ¡Los normandos no habían retrocedido ni un paso! Habían muerto en sus ´puestos, hasta el último hombre. Nadie quedaba tampoco para pisotear sus mutiladas figuras; aquellos romanos que habían escapado a las hachas vikingas habían sido abatidos por las saetas de los pictos y, desde atrás, por las espadas de los gaélicos.

Pero esa parte de la batalla no había terminado. Arriba, en la abrupta ladera occidental, Cormac vio el desenlace de aquel drama. Un grupo de galos con armaduras de Roma se lanzaban sobre un solo hombre…, un gigante de negra cabellera en cuya cabeza brillaba una corona de oro. Había hierro en esos hombre, al igual que en el hombre que les arrastraba a su destino. Estaban condenados – sus camaradas eran degollados detrás de ellos –, pero antes de que llegara su turno al menos cobrarían la vida del jefe de cabello negro que había guiado a los hombres de dorada cabellera del Norte. Acosado desde tres direcciones, le habían obligado lentamente a retroceder hacia el abrupto muro de la garganta, y los cuerpos encogidos que había tendido a lo largo de su retirada demostraban con que fiereza había sido disputado cada paso del camino. En la pendiente, mantener el equilibrio ya era bastante tarea; pero aquellos hombres trepaban al mismo tiempo que luchaban. El escudo de Kull y su  gran maza habían desaparecido, y la gran espada en su diestra estaba teñida de carmesí. Su cota de malla, trabajada con un Vte olvidado, colgaba ahora en jirones, y la sangre brotaba de centenar de heridas en sus miembros, su cabeza y su cuerpo. Pero sus ojos llameaban aún con la alegría del combate, y su cansado brazo seguía impulsando la potente hoja con golpes mortíferos. Sin embargo, Cormac vio que el fin llegaría antes de que pudiera auxiliarle. En el punto más alto de la cuesta, un círculo de puntas amenazaba la vida del extraño rey, y hasta su férrea fortaleza iba agotándose. Hendió el cráneo de un enorme guerrero y con el mismo golpe cortó la yugular de otro; tambaleándose bajo una autentica lluvia de espadas, golpeo  de nuevo y su víctima cayó a sus pies, hendida hasta el esternón. Entonces, en el mismo instante en que una docena de espadas se alzaban sobre el tambaleante atlante para darle el golpe de muerte, algo extraño sucedió. El sol se hundía en el mar occidental; todo el páramo nadaba en un rojo océano de sangre. Recortado ante el sol agonizante, como había aparecido por primera vez, Kull se alzó, y entonces, como una neblina que se levanta, un enorme paisaje se abrió detrás del rey tambaleante. Los asombrados ojos de Cormac percibieron una huidiza y gigantesca visión de otros climas y esferas…, como se se reflejaran en las nubes del verano; así la vio, y en vez de las colinas de brezo extendiéndose hasta el mar, había una tierra borrosa de montañas azules y centelleantes lagos tranquilos…, las aguas doradas, púrpura y zafiro y los muros colosales de una ciudad enorme, tal como no había conocido la Tierra en muchas eras. Y después desapareció, como un espejismo que se borra, pero los galos en la abrupta ladera habían dejado caer sus armas y permanecían como atónitos…, ¡pues el hombre llamado Kull se había desvanecido y no quedaba rastro alguno de su marcha!

Como en un sueño, Cormac volvió grupas y descendió hacia el campo de batalla. Los cascos de su caballo chapoteaban en lagos de sangre y resonaban en los yelmos de los muertos. A través del valle atronaba el grito de la victoria. Pero todo parecía ensombrecido y extraño. Una figura caminaba entre los cuerpos mutilados, y Cormac fue vagamente consciente de que era Bran. El gaélico desmontó y se encaró al rey. Bran iba sin armas, y estaba cubierto de sangre; la sangre brotaba de heridas en su entrecejo, su pecho y sus miembros; la armadura que había llevado estaba hecha pedazos, y un tajo había medio cortado su corona de hierro. Pero la gema roja seguía brillando sin m´´acula como una estrella de matanza.

– Pienso en matarte – dijo pesadamente el gaélico, hablando como un hombre en trance –, pues la sangre de hombre valientes cae sobre tu cabeza. Si hubieras dado antes la señal de carga, algunos vivirían.

Bran se cruzó de brazos; tenía los ojos extraviados.

– Golpea si quieres; estoy cansado de la matanza. Frío es el hidromiel del reinar. Un rey ha de jugar con las vidas de los hombres y las espadas desnudas. Las vidas de todo mi pueblo estaban en juego; sacrifiqué a los normandos…, sí, ¡y me duele el corazón en el pecho, pues eran hombres!Pero si hubiera dado la orden cuando tpu deseabas, todo habría podido torcerse. Los romanos no estaban aún amontonados en la estrecha boca de la garganta, y podrían haber tenido tiempo y espacio necesarios para formar sus filas de nuevo y derrotarnos. Aguardé hasta el último instante… y los saqueadores murieron. Un rey pertenece a su pueblo, y no puede permitir que sus propios sentimientos o las vidas de los hombres le influyan. Ahora mi pueblo se ha salvado; pero en mi pecho el corazón esta helado.

Cormac dejó caer lentamente la punta de su espada hasta el suelo.

– Bran, has nacido para reinar sobre los hombres – dijo el príncipe gaélico.

Los ojos de Bran recorrieron el campo. Una neblina sangrienta colgaba sobre él, allí donde los barbaros victoriosos despojaban a los muertos, mientras los romanos que habían escapado a la matanza arrojando sus espadas, ahora bajo vigilancia, lo contemplaban todo con ojos que ardían.

– Mi reino…, mi pueblo… seha salvado – dijo Bran cansadamente –. Vendrán por millares del brezal, y cuando Roma vuelva a moverse contra nosotros, encontrara una nación sólida. Pero estoy cansado. ¿Qué hay de Kull?

– Mis ojos y mi cerebro estaban perdidos en el combate – respondió Cormac –. Creí verle desvanecerse como un fantasma en el crepúsculo. Buscaré su cuerpo.

– No lo busques. Llegó con el alba… y se fue con el crepúsculo. vino a nosotros desde las nieblas de las eras, y ha regresado a las tinieblas de los eones…, a su propio reino.

Cormac se apartó. Llegaba la noche. Gonar se alzaba como un espectro blanco ante él.

– A su propio reino – hizo eco el brujo-. El Tiempo y el Espacio nada son. Kull ha regresado a su propio reino…, su propia corona…, su propia era.

– ¿Entonces era un fantasma?

– ´¿No sentiste acaso el apretón de su sólida mano? ¿No oiste su voz?¿No le viste comer y beber, reír, matar y sangrar?

Pero Cormac permanecía como en trance.

– Entonces si es posible que un hombre pase de una era a otra que aún no ha nacido, o venir de un siglo muerto y olvidado, como quieras, con su cuerpo de carne y sangre y sus armas…, entonces es tan mortal como lo era en su propios días. ¿Está muerto Kull?

– Murió hace cien mil años, tan como los hombres cuentan el tiempo – respondio el brujo –, pero en su propia era. No murió de las espadas de los galos en esta era. ¿Acaso he hemos oído en las leyendas cómo el rey de Valusia viajó a una tierra extraña e impersonal del nebuloso futuro, y luchó allí en una gran batalla? ¡Bien, pues lo hizo! ¡Hace cien mil años, o en el día de hoy!

>> Y hace cien mil años,¡o un instante! Kull, rey de Valusia, se levantó del lecho de seda en su cámara secreta y, riendo, habló con el primer Gonar, diciendo: “¡Vaya, brujo, en verdad que he tenido extraño sueño, pues fui a climas lejanos y tiempos distantes en mis visiones, y luche por el rey de un extraño pueblo se sombras”. Y el gran hechicero sonrió y señalo en silencio la hoja y embotada espada, y la cota desgarrada, y las muchas heridad que llevaba el rey. Y Kull, completamente despierto de su visión, sintió el aguijón y la debilidad de esas heridas aún sangrantes, quedó en silencio y asombrado, y toda la vida, el tiempo y el espacio le parecieron como un sueño de espectros, y se interrogo sobre ello el resto de su vida. Pues la sabiduría de las Eternidades se le niega incluso a los príncipes, y Kull no podpia entender lo que dijo Gonar más de lo que tu entiendes mis palabras.

– Entonces, Kull vivió, pese a sus muchas heridas – dijo Cormac –, y ha regresado a las nieblas del silencio y de los siglos. Bien…, nos creyó un sueño; le creímos un espectro. Y con seguridad la vida es sólo una telaraña tejida de espectros, sueños e ilusiones, y se me ocurre que el reino que este día ha nacido de las espadas y la matanza en este valle aullante no es más sólida que la espuma del brillante mar. 

              

          


REYES DE LA NOCHE –PART 2 – ROBERT E. HOWARD

2

Acabo de llegar a esas tierras desde la remota y penumbrosa Thule; desde un clima extraño y feroz que yace sublime, fuera del Espacio…, fuera del Tiempo.

Poe.

El ejército guardó silencio mientras Bran, Cormac y Gonar se aproximaban al desconocido que se acercaba dando zancadas largas y silenciosas. Al aproximarse, la ilusión de talla monstruosa se desvaneció, pero vieron que era un hombre de gran estatura. Carmac lo tomo primero por un normando, pero una segunda mirada le indicó que nunca antes había visto hombre tal. Su constitución era muy parecida a la de los vikingos, a la vez maciza y flexible…, como la de un tigre. Pero sus rasgos no eran como los suyos, y su cabellera abundante como la de un león y cortada rectamente era tan negra como la de Bran. Bajo sus cejas espesas brillaban ojos grises como el acero y fríos como el hielo. Su rostro de bronce, fuerte e inescrutable, estaba completamente afeitado, y la ancha frente delataba una gran inteligencia, al igual que la mandíbula firmes y los labios delgados mostraban coraje y fuerza de voluntad. Pero más que nada era su porte, sus inconscientes maneras de león, lo que le marcaba como un rey natural, un gobernante de hombres. Sandalias de curiosa hechura calzaban sus pies, y llevaba una fuerte cota de malla extrañamente trabada que le llegaba casi hasta la rodillas. Un ancho cinturón con una gran hebilla dorada ceñía su cintura, sosteniendo una espada larga y recta en una vaina de cuero. Una ancha y pesada banda de oro confinaba su cabellera.

Tal era el hombre que se detuvo ante el silencioso grupo. Parecía ligeramente sorprendido, ligeramente divertido. Hubo un destello de reconocimiento en sus ojos. Hablo en un picto extraño y arcaico que Cormac apenas entendió. Su voz era profunda y resonante.

– ¡A fe mía, Brule, que Gonar no me dijo que soñaría contigo!

Por primera vez en su vida Cormac vio al rey picto completamente tomado por sorpresa. Abrió la boca, pero no dijo nada. El extraño continuó:

– ¡Y llevando en una banda en la cabeza la gema que te di! Anoche la llevabas en el dedo, en un anillo.

– ¿Anoche? – jadeo Bran.

– Anoche o hace cien mil años…, ¡todo es uno! – murmuro Gonar, disfrutando evidentemente de la situación.

– No soy Brule – dijo Bran –. ¿Estas loco para hablar así de un hombre muero hace cien mil años? Era el primero de mi linaje.

El extranjero rió inesperadamente.

– ¡Bien, ahora sé que estoy soñando! ¡Esta será toda una historia que contarle a Brule cuando me despierte por la mañana! Que fui al futuro y ví a hombres que proclamaban descender de Lanza Mortífera, que aún no está casado. No, ahora veo que no eres Brule, aunque tienes sus ojos y su porte. Pero él es más alto y ancho de hombros. sin embargo, tienes su gema… Oh, bueno…, cualquier cosa puede suceder en un sueño, así que no discutiré contigo. Durante un rato he creído haber sido trasportado a alguna otra tierra en mi sueño, y que en realidad me hallaba despierto en un país extraño, pues éste es el sueño más claro que he soñado jamás. ¿Quién eres?

– Soy Bran Mak Morn, rey de los pictos de Caledonia. Y este anciano es Gonar, un brujo del linaje de Gonar. Y este es Cormac na Connacht, un príncipe de la isla de Erín.

El extranjero sacudió lentamente su leonina cabeza.

– Esas palabras me suenan extrañas, excepto Gonar…, y ése no es Gonar, aunque también es viejo. ¿Qué tierra es ésta?

– Caledonia, o Alba, como la llaman los gaélicos.

– ¿Y quiénes son esos guerreros achaparrados y simiescos que nos vigilan, boquiabiertos, desde lejos?

– Son los pictos sobre los que reino.

– ¡Cual extrañamente se distorsiona la gente en los sueños! – Murmuró el extranjero –. ¿Y quiénes son esos de cabezas revueltas junto a los carros?

– Son britanos… cimnos del sur del Muro.

– ¿Qué Muro?

– El Muro construido por Roma para mantener al pueblo del brezal fuera de Britania.

– ¿Britania? – El tono era de curiosidad –. Nunca oí hablar de esa tierra… ¿Y qué es Roma?

– ¿Qué? – Exclamo Bran –. ¿Nunca has oído hablar de Roma, el imperio que gobierna el mundo?

– Ningún imperio gobierna el mundo – respondió el otro acremente –. El reino más poderosa de la tierra es aquel sobre el que reino.

– ¿Y tú quién eres?

– ¡Kull de la Atlántida, rey de Valusia!

Cormac sintió que un escalofrío le recorría la columna. Los fríos ojos no vacilaban…, pero aquello era increíble…, monstruoso…, antinatural.

– ¡Valusia! – Exclamó Bran –. ¡Pero si las olas del mar han rodeado sobre sus chapiteles de Valusia durante siglos incontables!

Kull rió a carcajadas.

– ¡Que loca pesadilla! Cuando Gonar puso sobre mí el encantamiento del sueño profundo la noche pasada… ¡o esta noche!, en la sala secreta del palacio interior, me dijo que soñaria cosas extrañas, pero esto es más fantástico de lo que pensaba. ¡Y lo más extraño de todo es que sé que estoy soñando!

Gonar se adelanto a las palabras de Bran.

– No discutas los actos de los dioses – murmuro el brujo –. Eres rey porque en el pasado has visto y aprovechado las oportunidades. Los dioses del primer Gonar te han enviado e este hombre. Déjame tratar con él.

Bran asintió, y mientras el ejército silencioso les contemplaba, mudo y asombrado, Gonar le habló al oído:

– Oh, gran rey, sueñas, pero ¿acaso toda la vida no es un sueño? ¿Cómo puedes saber si tu vida anterior no es sólo un sueño del que acabas de despertar? Nosotros, la gente de los sueños, tenemos nuestras guerras y nuestra paz, y ahora mismo un gran hueste se acerca desde el su para destruir al pueblo de Brule. ¿Nos ayudaras? Kull sonrió con jovialidad.

– ¡Sí! He combatido en sueños, he matado y me han matado, y quedé asombrado al despertar de mis visiones. Y a veces, como ahora, mientras soñaba he sabido que estaba soñando. Mira, me pellizco y lo siento, pero sé que sueño, pues otras veces he sentido el dolor de feroces heridas en sueños. Sí, gente de mi sueño, lucharé por ustedes contra la gente del sueño. ¿Donde se hallan?

– Y para que disfrutes más del sueño –añadió sutilmente el brujo –, olvida que es un sueño y finge que por la magia del primer Gonar, y la cualidad de la gema que le diste a Brule, que ahora resplandece en la corona de Bran Mak Morn, has sido en verdad trasportado hacia adelante a otra era más salvaje donde el pueblo de Brule lucha por su vida contra un enemigo más fuerte.

Por un instante el hombre que se llamaba a si mismo rey de Valusia pareció sobresaltarse; una extraña expresión de duda, casi de miedo, nublo sus ojos. Luego rió.

– ¡Bien! Guíame, brujo.

Pero Bran intervino. Se había recobrado y estaba tranquilo. Si pensaba, como Cormac, que todo aquello era un fraude gigantesco dispuesto por Gonar, no lo demostraba en modo alguno.

– Rey Kull, ¿ves a esos hombres a lo lejos que se apoyan en sus largas lanzas mientras nos contemplan?

– ¿Los hombres altos y barbas doradas?

– Si… Nuestro éxito en la batalla venidera depende de ellos. Juran que se pasarán al enemigo si no les damos un rey para guiarles…, ya que el suyo ha muerto. ¿Les guiaras en el combate?

Los ojos de Kull brillaron apreciativamente.

– son hombres semejantes a mis Asesinos Rojos, mi regimiento selecto. Les guiaré.

– Ven entonces.

El pequeño grupo se abrió paso por la ladera, por ente los grupos de guerreros que se empujaban impacientemente para ver mejor al extranjero y retrocedían luego al acercarse éste. Una corriente subterránea de tensos murmullos corría por la horda. Los normandos se mantenían en un grupo compacto. Sus fríos ojos se clavaron en Kull y él les devolvió la mirada, apreciaron cada detalle de su aspecto.

– Wulthere – dijo Bran-, te hemos traído un rey. Te recuerdo tu juramento.

– Deja que hable con nosotros – dijo el vikingo con aspereza.

– No puede hablar tu lengua –respondió Bran, sabiendo que los normandos lo ignoraban todo sobre las leyes de su raza –. Es un gran rey del sur…

– Viene del pasado – le interrumpió el brujo, lleno de calma –. Tiempo ha, fue el mayor de todos los reyes…

– ¿Un muerto!

Los vikingos se movieron inquietos, y el resto de la horda se tensó, bebiendo cada palabra. Pero Wulfhere frunció el ceño.

– ¿Acaso un fantasma puede guiar a los vivos? – dijo –. Nos traes a un hombre que dices que está muerto. No seguiremos a un cadáver.

– Wulthere – dijo Bran con tranquila pasión –, eres un mentirosao y un traidor. Nos pusiste esta tarea, creyéndola imposible. Estás ansioso por luchar bajo las Águilas de Roma. ¡Te hemos traído un rey que no es picto, gaélico ni britano, y niegas tu juramento!

– ¡Entonces deja que luche conmigo! – Aullo Wulfhere con ira incontrolable, haciendo girar su hacha sobre su cabeza en un arco centellante –. Si tu muerto me vence…, entonces mi gente te seguirá. Si yo lo venzo, ¿Nos dejarás ir en paz al campamento de los legionarios!

– ¿Bien! – Dijo el brujo –. ¿Están de acuerdo, lobos del Norte?

La respuesta fue un griterio salvaje y un blandir de espadas. Bran se volvió hacia Kull, que había permanecido en silencio, sin entender nada de lo que decía. Pero los ojos del atlante resplandecían. Cormac sintió que aquellos ojos habían visto demasiadas escenas parecidas como para no entender algo de lo que había sucedido.

– Este guerrero dice que debes luchar con él por el liderazgo – dijo Bran.

Kull, cuyos ojos brillan con creciente alegría del combate, asintió.

– Lo había supuesto. ¡Hagan espacio!

– ¡Un escudo y un casco! – grito Bran, pero Kull negó con la cabeza.

– No los necesito – gruño-. ¡Retrocedan y hagan espacio para cruzar nuestros aceros!

Los hombre retrocedieron a ambos lados, formando un sólido anillo alrededor de los dos hombres, que se acercaron cautamente el uno hacia el otro. Kull había desenvainado su espada, y la gran hoja temblaba en su mano como un ser vivo. Wulfhere, cubierto de cicatrices producto de cien combates salvajes, arrojó su manto de piel de lobo a un lado y se aproximó precavidamente, los fieros ojos atisbando sobre el borde de su escudo extendido, el hacha medio levantada en la diestra. De pronto, cuando los guerreros aún estaban a varios metros de distancia, Kull saltó, Su ataque arranco un jadeo a hombres acostumbrados a contemplar proezas pues, como un tigre que salta, cruzó el aire y su espada se extrelló en el escudo rápidamente levantado. Saltaron chispas y el hacha de Wulfhere golpeó, pero Kull se hallaba por debajo de su radio de acción, y mientras silbaba malignamente sobre su cabeza, el atlante golpeó hacia arriba y se alejó nuevamente de un salto, como un gato. Sus movimientos habían sido demasiado rapidos para que los siguiera el ojo. El filo superior del escudo de Wulfhere mostraba un profundo tajo, y había un largo desgarro en su cota de malla, allí donde la espada de Kull había fallado por poco la carne que se hallaba debajo. Cormac, temblando por la terrible excitación del combate, se interrogó sobre aquella espada que podía cortar de tal modo la cota de malla. Y el golpe que hería el escudo hubiera quebrado la hoja en pedazos. ¡Pero el acero valusiano no mostraba ni una mella! Con seguridad, la hoja había sido forjada por otra gente en otra era…

Los dos gigantes saltaron de nuevo al ataque y, como dos rayos, sus armas entrechocaron. El escudo de Wulfhere cayó de su brazo en dos trozos al partirlo limpiamente la espada del atlante, y Kull se tambaleó cuando el hacha del normando, impulsada con toda la fuerza de su corpachón, descendió sobre la banda de oro que ceñir la cabeza. El golpe hubiera debido penetrar el oro como mantequilla y partir el cráneo que estaba debajo, pero el hacha rebotó, mostrando una gran melladura en el filo. Al instante siguiente el normando fue avasallado por un torbellino de acero…, una tempestad de golpes propinados con tal celeridad y fuerza que le echaron hacia atrás como si se hallara en la cresta de una ola, incapaz de lanzar su propio ataque. Con toda su probada destreza intentó parar el acero que silbaba con su hacha. Pero solo pudo retrasar su destino unos pocos segundos; sólo por un instante pudo desviar la hija que hacía pedazos su cota, tan cerca caían los golpes. Uno de los cuernos voló de su casco, luego cayó la misma cabeza del hacha, y el mismo golpe que corto el mango mordió a través del casco del vikingo el cuero cabelludo situado bajo él. Wulfhere cayó de rodillas; un hilillo de sangre le surcaba el rostro.

Kull detuvo su segundo golpe y, arrojando su espada a Cormac, se enfrento sin armas al aturdido normando. Los ojos del atlante llameaban con una alegría feroz, y rugió algo en una lengu extraña. Wulfhere se incorporo de un salto, gruñendo como un lobo, un puñal destellando en su mano. La horda de espectadores lanzó un grito que desgarro los cielos cuando los dos cuerpos entrechocaron. La mano de Kull aferro la muñeca del normando, pero la daga blandida desesperadamente por éste se partió en la cota del atlante; arrojando la inútil empuñadura, Wulfhere cerró los brazos alrededor de su enemigo en un abrazo de oso que habría aplastado las costillas de un hombre más débil. Kull sonrió como un tigre y devolvió el apretón, y por un instante los dos oscilaron sobre sus pies. Lentamente, el guerrero de negra cabellera empujó hacia atrás a su enemigo hasta que su columna pareció que iba a quebrarse. Con un aullido en el que no había nada de humano, Wulfhere araño frenéticamente el rostro de Kull, intentando arrancarle los ojos, y luego giro la cabeza y clavó unos dientes como colmillos en el brazo del atlante. Hubo un griterío al empezar a brotar la sangre.

– ¡Sangra! ¡Sangra! ¡No es un espectro, después de todo, sino un hombre mortal!

Irritado, Kull soltó a su presa, alejando al babeante Wulfhere, le dio un terrible golpe con la diestra bajo la oreja. El vikingo aterrizo de espaldas a más de tres metros de distancia. Después, aullando como un loco, se levantó de un salto con una piedra en la mano y la arrojó. Sólo la increíble velocidad de Kull salvó su rostro; aun así, el áspero filo del proyectil le desgarro la mejilla y lo inflamo como un loco. Con un rugido de león saltó sobre su enemigo, envolviéndolo  en un estallido irresistible de pura furia; le hizo girar por encima de su cabeza como si fuera un niño y le arrojó de nuevo a tres metros de distancia. Wulfhere cayó de cabeza y quedo inmóvil…, destrozado y muerto.

Por un instante reinó un silencio estupefacto; luego, de los gaélicos se alzo un rugido atronador, y los britanos y los pictos se unieron a el, aullando como lobos, hasta que los ecos de los gritos y el estruendo de las espadas sobre los escudos llegaron a los oídos de los legionarios en marcha, millas al sur.

– Hombres del gris Norte – grito Bran –, ¿mantienen ahora su juramento?

Las feroces almas de los normandos asomaron a sus ojos cuando su portavoz respondió. Primitivos, supersticiosos, criados en la sabiduría tribal de los dioses guerreros y héroes míticos, no dudaban de que el combatiente de negra cabellera era algún ser sobrenatural enviado por los fieros dioses de la batalla.

– ¡Sí! ¡Nunca hemos visto un hombre tal! ¡Muerto, espectro o diablo, le seguiremos, ya lleve el camino a Roma o al Valhalla!

Kull entendió el significado, aunque no las palabras. Recobrando sus espada de manos de Cormac con una palabra de agradecimiento, se volvió hacia los normandos, que esperaban, y silenciosamente sostuvo en alto la hoja hacia ellos, en ambas manos, antes de volverla a su vaina. Apreciaron la acción sin entenderla. Manchado de sangre, la cabellera revuelta, era una impresionante figura de barbarie, majestuosa y principesca.

– Ven – dijo Bran, tocando el brazo del atlante –; un ejercito se dirige hacia nosotros y queda mucho por hacer. Hay poco tiempo para disponer nuestras fuerzas antes de que caigan sobre nosotros. Ven a la cima de esa elevación.

El picto señalo hacia ella. Contemplaron un valle que corría de norte a sur, ensanchándose desde una estrecha garganta hacia el norte hasta desembocar en una llanura al sur. Todo el valle tendría menos de un kilometro y medio de longitud.

– Nuestros enemigos ascenderán por este valle – dijo el picto –, pues llevan carros cargados de suministros y a los lados del valle el terreno es demasiado abrupto para tal viaje. Aquí planeamos tenderles una emboscada.

– Creía que tendrías a tus hombres apostados desde hace mucho tiempo – dijo Kull –. ¿Qué hay de los exploradores que el enemigo enviará con toda seguridad?

– Los salvajes que dirijo jamás habrían aguardado tanto tiempo ocultos – dijo Bran con cierta amargura –. No podía apostarles hasta que estuviera seguro de los normandos. Incluso así no me abría atrevido a apostarlos aún…; podrían asustarse al paso de una nube o de una hoja que cae, y dispersarse como pájaros ante un viento frío. Rey Kull…, el destino de la nación picta está en juego. Me llaman re de los picto. Pero mi reino no es mas que una burla hueca. Las colinas están llenas de clanes salvajes que rehúsan combatir por mí. De los mil quinientos arqueros que se hallan ahora bajo mi mando, más de la mitad son de mi propio clan.

>>Unos mil ochocientos romanos marchan contra nosotros. No es una auténtica invasión, pero depende mucho de ella. Es el principio de un intento para extender sus fronteras. Planean construir una fortaleza a un día de marcha al norte de este valle. Si lo hacen, construirán otros fuertes, trazando barras de acero alrededor del corazón del pueblo libre. Si venzo en esta batalla y barro a ese ejército, habré ganado una doble victoria. Entonces las tribus acudirán a mí y la siguiente invasión hallará un sólido muro de resistencia. Si pierdo, los clanes se dispersarán, huyendo hacia el norte hasta que no puedan huir más, luchando como clanes separados más que como una nación fuerte.

>> Tengo un millar de arqueros, quinientos jinetes, cincuenta carros con sus conductores y guerreros… En total mil quinientos hombres… y, gracias a ti, trescientos piratas del norte fuertemente armados. ¿Cómo dispondrías tus líneas de batalla?

– Bien – dijo Kull –, habría puesto barricadas en el extremo norte del valle… ¡No! Eso sugeriría una trampa… Lo que haría es bloquear con un grupo de hombres desesperados, como esos que me has dado para conducir. Trescientos hombres podrían sostener la garganta durante un tiempo contra cualquier numero de enemigos. Entonces, cuando el enemigo estuviera luchando con esos hombres en la parte estrecha del valle, haría que mis arqueros disparen sobre ellos hasta romper sus líneas, desde ambos lados del valle. Después, manteniendo ocultos a mis jinetes detrás del otro extremo, cargaría con ambos simultáneamente y convertiría al enemigo en una roja ruina.

Los ojos de Bran brillaron.

– Exactamente, rey de Valusia. Tal era mi plan exacto…

– Pero ¿qué hay de los exploradores?

– Mis guerreros son como panteras; se ocultan bajo la nariz de los romanos. Los que cabalguen por el valle verán sólo lo que nosotros queramos. Los que cabalgan sobre el risco no volverán para informar. Una flecha es veloz y silenciosa.

>>Como ves, todo descansa en los hombres que sostiene la garganta. Han de ser hombres que puedan luchar a pie y resistir la carga de los pesados legionarios lo bastante para que la trampa se cierre. Aparte de esos normandos no tengo una fuerza tal de hombres. Mis guerreros desnudos con sus espadas cortas nunca podrían aguantar una carga así, ni por un instante. Tampoco la armadura de los celtas ha sido hecha para tal trabajo; es más, no son luchadores a pie, y les necesito en otro lugar.

>>Así que ya ves por qué necesitaba tan desesperadamente a los normandos. Ahora bien, ¿estarás con ellos en la garganta y rechazarás a los romanos hasta que yo pueda cerrar la trampa?

Recuerda, la mayoría de ustedes morirá.

Kull sonrió.

– He corrido riesgos toda mi vida, aunque Tu, el consejero jefe, diría que mi vida pertenece a Valusia y que no tengo derecho a arriesgarla así… – su voz se quebró, y una expresión extraña destelló en su rostro-. ¡Por Valka! –dijo, riendo inseguro-, a veces olvido que esto es un sueño… Todo parece tan real… Pero lo es…, ¡claro que lo es! Bien, si muero, entonces me despertaré como he hecho en el pasado. ¡Adelante, rey de Caledonia!

Cormac, volviendo hacia sus guerreros, se interrogaba. Por supuesto que todo debía de ser un fraude; pero… oía a su alrededor las discusiones de los guerreros mientras se armaban y se preparaban para ocupar sus puestos. El rey de cabello negro era el propio Neid, el dios de la guerra calta; era un rey antediluviano traído del pasado por Gonar; era un guerrero mítico surgido del Valhalla. ¡No era un hombre sino un espectro! No, era mortal, pues había sangrado. Pero los propios dioses sangraban, aunque no morían. Así se acaloraban las disputas. Al menos, pensó Cormac, si todo era un engaño para inspirar a los guerreros con la sensación de ayuda sobrenatural, había triunfado. La creeencia de que Kull era más que un mortal había inflamado por igual al celta, el picto y el vikingo con una especie de locura inspirada. Y Cormac se pregunto a sí mismo: ¿en que cría él? Con seguridad el hombre venía de una tierra lejana…, Pero en cada aspecto y acción suyos había la vaga sugerencia de una diferencia mayor que la mera distancia espacial…, un atisbo de un Tiempo distinto, de abismos nebulosos y gigantescas sumas de eones que yacían entre el extranjero de negra cabellera y los hombres con los que había andado y conversado. Nubes de desconcierto colmaban el cerebro de Cormac, y acabó estallando en una carcajada, mofándose de sí mismo.                       

 

 

    


REYES DE LA NOCHE – PART 1 – ROBERT E. HOWARD

Dormitaba el César en su trono de marfil. Vinieron sus férreas legiones para vencer a un rey en una tierra ignota y una raza sin nombre.

La Canción de Bran

 

1.

La daga cayó con un destello. Un grito agudo se convirtió en un estertor. La figura que yacía en el tosco altar se retorció convulsivamente y quedó inmóvil. El mellado filo del pedernal desgarro el pecho enrojecido y unos dedos delgados y huesudos, horrendamente manchados, arrancaron el corazón aún palpitante. Bajo unas espesas cejas blancas, dos ojos penetrantes brillaban con feroz intensidad.

Junto al asesino había cuatro hombres al lado de la irregular pila de piedras que formaban el altar del Dios de las Sombras. Uno era de talla mediana y constitución esbelta, pertinentemente vestido, con la negra cabellera ceñida por una estrecha banda de hierro en el centro de la cual destellaba una solitaria piedra roja. De los demás, dos eran morenos como el primero, pero así como el era esbelto, ellos eran rechonchos y deformes, con miembros nudosos y cabello enmarañado cayendo sobre sus frentes estrechas. El rostro de aquel indicaba inteligencia y una voluntad implacable; los suyos meramente una ferocidad parecida a la de las bestias. El cuarto hombre tenia poco en común con el resto. Les llevaba casi una cabeza de altura, aunque su cabellera era negra como la de ellos, su piel comparativamente más clara y los ojos grises. Contemplaba el ceremonial con expresión poco favorable.

Y en verdad, Cormanc de Connacht no se hallaba muy a gusto. Los druidas de su propia isla, Erín, tenían extraños y oscuros rituales de adoración, pero nada como aquello. Oscuros árboles rodeaban la sombría escena, iluminada por una antorcha solitaria. El fantasmal viento nocturno gemía entre las ramas. Cormac estaba solo entre hombres de una raza extraña, y acababa de ver arrancar el corazón de un hombre de su cuerpo aún palpitante. El viejo sacerdote, que a duras penas parecía humano, contemplaba la cosa que aún latía. Cormanc se estremeció, dirigiendo una mirada al que llevaba la piedra roja. Acaso Bran Mak Morn, rey de los pictos, creía que su viejo carnicero de barba blanca podía predecir los acontecimientos observando un sanguinolento corazón humano? Los ojos oscuros del rey eran inescrutables. Había extraños abismos en aquel hombre que ni Cormac ni nadie podían medir.

– ¡Los augurios son buenos! – Exclamo salvajemente el sacerdote, hablando más para los dos jefes que para Bran-. Aquí, en el palpitante corazón de un prisionero romano, leo… ¡la derrota para las armas de Roma! ¡Triunfo para los hijos de los brezales!

Los dos  salvajes murmuraron entre dientes y sus ojos feroces destellaron.

– Vallan y preparen a sus clanes para la batalla – dijo el rey, y los dos se alejaron con la zancada simiesca propia de tales gigantes contrahechos.

Sin prestar más atención al sacerdote que examinaba la espantosa ruina del altar, Bran le hizo un gesto a Cormac. El gaélico le siguió sin hacerse del rogar. Una vez fuera del tétrico bosquecillo, bajo la luz de las estrellas, respiro con mayor libertad. Se hallaban en una elevación, contemplando vastas ondulaciones de suaves pendientes cubiertas de brezos. En las cercanías parpadeaban algunas hogueras; su escaso numero no atestiguaba las hordas de hombres de las tribus que se hallaban junto a ellas. Más allá había otras hogueras, y aún más lejos otras; estas últimas señalaban el campamento de los hombres de Cormac, duros jinetes y luchadores gaélicos, pertenecientes a los que empezaban por entonces a asentarse en la costa occidental de Caledonia…, el número de lo que más tarde se convertiría en el reino de Dalriadia. Y a la izquierda de esas hogueras, aún ardían otras. Y más a lo lejos, al sur, había más hogueras…, meros puntitos luminosos. Pero incluso a esa distancia el rey picto y su aliado podían ver que esas hogueras estaban dispuestas en un orden regular.

– Los fuegos de las legiones – musitó Bran –. Los fuegos que han iluminado un sendero que rodea al mundo. Los hombres que encienden esos fuegos han pisoteado bajo sus talones de hierro a todas las razas. Y ahora…, nosotros, los de brezal, nos hallamos con la espalda contra la pared. ¿Qué sucederá mañana?

– La victoria para nosotros, dice el sacerdote – respondió Cormac.

Bran hizo un gesto de impaciencia.

– Luz de luna en el océano. Viento en las copas de los abetos. ¿Crees que tengo fe en tal mascarada? ¿O que he disfrutado con el degollamiento de ese legionario cautivo? Debo contentar a mi gente; fue por Gron y Bocah por lo que permitó al viejo Gonar leer los augurios. Los guerreros lucharán mejor.

– ¿Y Gonar?

Brian rió.

– Gonar es demasiado viejo para creer en nada. Era gran sacerdote de las Sombras una veintena de años antes de que naciera yo. Se proclama descendiente directo de ese Gonar que era brujo en los días de Brule, el de la Lanza Asesina, que fue el primero de mi linaje. Ningun hombre sabe lo viejo que es… ¡A veces pienso que es el Gonar original en persona!

– Al menos – dijo una voz burlona, y cormac se sobresaltó al aparecer a su lado una figura borrosa-, al menos he aprendido que para conservar la fe y la confianza del pueblo, un hombre sabio debe aparecer como un tonto. Conozco secretos que harían estallar incluso tu cerebro, Bran, si te los contara. Mas para el pueblo pueda creer en mí, he de rebajarme a las cosas que ellos consideran la magia adecuada…, y vociferar, aullar y agitar pieles de serpiente, y embadurnarme con sangre humana y vísceras de gallina.

Cormac miró al anciano con nuevo interés. La semilocura de su aspecto se había desvanecido. Ya no era el charlatán, el chaman que mascullaba hechizos. La luz de las estrellas le otorgaba una dignidad que parecía incrementar su propia estatura, de modo que se alzaba como un patriarca de barba canosa.

– Bran, ahí esta tu duda – dijo el brujo, señalando con el flaco brazo hacia el cuarto anillo de hogueras.

– Cierto –asintió el rey lúgubremente-. Cormac.., lo sabes tan bien como yo. La batalla de mañana depende de ese circulo de hogueras. Con los carros de los britanos y tus jinetes occidentales, nuestro éxito sería cierto, pero.., ¡con seguridad que en el corazón de cada normando anida el mismo diablo! Y ahora que su jefe, Rognar, ha muerto, juran que sólo serán conducidos por un rey de su propia raza. De lo contrario romperán su juramento y se pasaran a los romanos. sin ellos estamos condenados, pues no podemos cambiar nuestro plan.

– Ánimo, Bran – dijo Gonar –. Toca la piedra de tu corona de hierro. Puede que te traiga ayuda.

Bran rió amargamente.

– Ahora hablas como piensa el pueblo. No soy un tonto para engañarme con palabras vacías. ¿Qué hay en esa gema? Cierto, es extraña, y y hasta ahora me ha traído suerte. Pero ahora no necesito joyas, sino la alianza de trescientos normandos caprichosos que son los únicos guerreros entre nosotros que  pueden resistir la carga de las legiones a pie.

– ¡Pero la gema, Bran, la gema! – insistió Gonar.

– ¡Bien, la gema! – Grito Bran con impaciencia-. es más vieja que este mundo. era vieja cuando la Atlántida y Lemuria se hundieron en el mar. Le fue entregada a Brule, el de la Lanza Asesina, el primero de mi linaje, por Kull el atlante, rey de Valusia, en los días en que el mundo era joven. Pero ¿nos será eso de provecho ahora?

– ¿Quien sabe? – pregunto el brujo, evasivamente –. El tiempo y el espacio no existe. No hubó pasado, y no habrá futuro. El ahora lo es todo. Todas las cosas que alguna vez fueron, son o serán se refieren al ahora. El hombre se halla siempre en el centro de lo que llamamos tiempo y espacio. He ido al ayer y al mañana y ambos eran tan reales como el hoy. Y que es como los sueños de los fantasmas. Pero dejadme dormir y hablar con Gonar. Puede que el nos ayude.

– ¿Qué quiere decir? – pregunto Cormac, con un ligero encogimiento de hombros, mientras el sacerdote se perdía entre las sombras.

– Ha dicho siempre que el primer Gonar acude a él en sus sueños y le habla – respondió Bran-. Le he visto hacer cosas que parecían hallarse más allá de las capacidades humanas. No lo se. Sólo soy un rey desconocido con una corona de hierro, intentando levantar a una raza de salvajes del fango en el que se han hundido. Revisemos los campamentos.

Mientras caminaban Cormac se hacía preguntas. ¿Por qué extraño fenomeno del destino se había alzado un hombre tal entre la raza de los salvajes, sobrevivientes de una era más oscura y lúgubre? Con seguridad era un atavismo, un tipo original de los días en que los pictos gobernaban toda Europa, antes de que su imperio primitivo cayera bajo las espadas de bronce de los galos. Cormac sabía cómo Bran, alzándose por su propio esfuerzo desde la olvidada posición de un hijo del jefe del clan del Lobo, había unido hasta el momento a las tribus del brezal y ahora reclamaba reinar sobre toda Caledonia. Pero su dominio era vago, y mucho quedaba por hacer antes de que los clanes pictos olvidaran sus querellas y presentaran un frente sólido a los enemigos extranjeros. De la batalla del día siguiente, la primera que iban a presentar los pictos unidos bajo su rey a los romanos, dependía el futuro del naciente reino picto.

Bran y su aliado caminaron por el campamento picto, donde los guerreros achaparrados dormían alrededor de sus pequeñas hogueras, roncando o royendo comida a medio cocer. Mil hombres acampaban allí, pero los únicos sonidos eran algún ruido bajo y gutural. El silencio de la Edad de Piedra descansaba en las almas de aquellos hombres.

Todos eran bajos…, la mayoría de miembros retorcidos. Enanos gigantes; Bran Mak Morn era un hombre alto entre ellos. Sólo los viejos tenían barba, y bastante rala, pero su negro cabello les caía hasta los ojos, de modo que miraban ferozmente bajo las enmarañadas cabelleras. Iban descalzos y parcamente vestidos con pieles de lobo. Sus armas consistían en cortas espadas serradas con hierro, pesados arcos negros y mazas con cabeza de piedra. Carecían de armadura defensiva, salvo por un tosco escudo de madera cubierta de piel; muchos llevaban en sus revueltas melenas pedazos de metal como ligera protección contra los tajos. Unos pocos, hijos de largos linajes de jefes, eran de miembros esbeltos y finos como Bran, pero en los ojos de todos ellos brillaba el inextinguible salvajismo de los primigenios.

<<Estos hombres son totalmente salvajes – pensó Cormac –, peores que los galos, los britanos y los germanos. ¿Pueden ser ciertas las viejas leyendas, según las cuales reinaron en días en que extrañas ciudades se alzaban donde ahora espumea el mar? ¿Y que sobrevivieron a la inundación que barrió esos brillantes imperios, hundiéndose nuevamente en el salvajismo del que habían salido?>> Junto al campamente de las tribus se hallaban las hogueras de un grupo de britanos…, miembros de las fieras tribus que vivían al sur del Muro Romano pero que moraban en las colinas y bosques al oeste y desafiaban el poder de Roma. Eran hombres de constitución poderosa, con llameantes ojos azules y melenas de enredado cabello amarillo, hombres tales como los que habían poblado las playas Ceannrish cuando César trajo las Águilas a las Islas. Esos hombres, como los pictos, no llevaban armadura, e iban pobremente vestido con tela áspera y sandalias de piel de ciervo. Llevaban pequeños escudos redondos de madera endurecida, reforzada con bronce, para sostener en el brazo izquierdo, y espadas de bronce largas y pesadas con punta roma. Algunos llevaban arco, aunque los britanos no eran buenos arqueros. Sus arcos eran más cortos que los de los pictos y efecticos a corta distancia. Pero junto a sus hogueras estaban las armas que habían hecho de la mera mención del britano algo terrible para los pictos, los romanos y los saqueadores nórdicos. Dentro del circulo de luz de la hoguera se alzaban cincuenta carros de bronce con largas y crueles cuchillas curvas sobresaliendo de los costados. Una sola de esas cuchillas podía desmembrar a la vez a media docena de hombres. Trabados cerca, bajo la mirada vigilante de los guardia, pastaban los caballos de lso carros…, corceles grandes y enérgicos, veloces y poderosos.

– Ojalá tuviéra más de ellos – musito Bran –. Con mil carros y mis arqieros podría arrojar a las legiones al mar.

– Las tribus inglesas libres caerán finalmente ante Roma – dijo Cormac –. Deberían apresurarse a unirse a ti en tu guerra.

Bran hizo un gesto de impotencia.

– La veleidad del celta. No pueden olvidar viejas querellas. Nuestros ancianos nos han contado como no se unieron ni siquiera contra César cuando llegaron los romanos la primera vez. No harán causa común contra un enemigo. Estos hombres acudieron a mí por alguna disputa con su jefe, pero no puedo confiar en ellos cuando no se hallan en combate. Cormac asintió.

– Lo sé – dijo –. César conquisto la Galia enfrentando una tribu a otra. Mi propio pueblo cambia, y varía de opinión, con el movimiento de las mareas. Pero de todos los celtas, los cimrios son los más mudables, los menos de fiar. No hace muchos siglos mis propios antepasados gaélicos arrebataron Erín a los cimrios danaanos, porque aunque nos superaban en número, se nos enfrentaron como tribus separadas, antes que como una nación.

– Y de igual modo estos britanos cimrios se enfrentan a Roma – dijo Bran –. Nos ayudarán mañana. Más no puedo decirlo. Pero ¿comó puedo esperar lealtad de tribus extrañas, cuando no estoy seguro de mi propia gente? Hay miles que vagan independientes por las colinas. Sólo soy rey de nombre. Deja que venza mañana y acudirán a mi estandarte; si pierdo, se dispersaran como pájaros ente un vendaval helado.

Un coro de ásperas bienvenidas acogió a los dos jefes cuando entraron en el campamento de los gaélicos de Cormac. Su número era de quinientos, hombres altos y fornidos, casi todos de cabellera negra y ojos grises, con el aspecto de los hombres que solo viven para la guerra. Mientras que no había nada parecido a una disciplina estrecha entre ellos, existía un aire de más sistema y orden práctico  que el existente en las líneas de los pictos y britanos. Aquellos hombres pertenecían a la última raza celta que invadió las Islas, y su civilización bárbara era de un orden mucho más elevado que el de sus parientes cimrios. Los antepasados de los gaélicos habían aprendido las artes de la guerra en las vastas llanuras de Escitia y en las cortes de los faraones, donde habían combatido como mercenarios de Egipto, y llevaron consigo a Irlanda mucho de lo que habían aprendido. Sobresalían en trabajar el metal, y estaban armados no con toscas espadas de bronce, sino con finas armas de hierro. Vestían faldellines bien tejidos y sandalias de cuero. Cada uno llevaba una ligera cota de malla y un casco sin visera. Pero ésa era toda su armadura defensiva. Celtas, gaélicos o britanos, todos se inclinaban a juzgar el valor de un hombre por la cantidad de armadura que llevaban. Los butanos que se enfrentaban a César tildaban a los romanos de cobardes porque se recubrían de metal, y muchos siglos después los clanes irlandeses pensaron lo mismo de los caballeros normandos de Strongbow cubiertos de cota de malla.

Los guerreros de Cormac eran jinetes. Ni conocían ni apreciaban el uso del arco. Llevaban el inevitable escudo redondo reforzado con metal, dagas, espadas largas y rectas, y hachas ligeras manejables con una sola mano. Sus caballos estaban trabados allí cerca, paciendo. Animales de grandes huesos, no tan pesados como los criados por los britanos, pero si más veloces.

Los ojos de Bran se iluminaron mientras recorrían el campamento.

– ¡Estos hombres son aves de guerra de agudo pico! ¡Mira cómo afilan sus hachas y bromean sobre mañana! Si todos los hombres de los campamentos fueran tan resistentes como tus hombres, Cormac, recibiría con una carcajada a las legiones cuando suban mañana del sur.

Estaban entrando en le círculo de hogueras de los normandos. Alrededor de ellas se hallaban sentados unos trescientos hombres jugando, afilando sus armas y bebiendo en abundancia la cerveza de brezo que les proporcionaban sus aliados pictos. Miraron a Bran y a Cormac con cara de pocos amigos. Eran sorprendente percibir la diferencia entre ellos y los pictos celtas…, la diferencia en sus fríos ojos, sus rostros recios y adustos, su mismo talante. Allí había ferocidad y salvajismo, pero no la furia explisiva y loca del celta. Allí había una fiereza respaldada por una determinación sombría y una estólida tozudez. La carga de los clanes británicos era terrible y avasalladora. Pero carecían de paciencia; si se les escatimaba la victoria inmediata, era muy probable que perdieran los ánimos y se dispersaran o empezaran a pelear entre ellos. En aquellos viajeros marino había la paciencia del frío y azul Norte…, una determinación duradera que les haría mantenerse firmes hasta el amargo final, una vez que hubieran acordado una empresa definida. En cuanto a estatura personal, eran gigantes; macizos pero bien proporcionados. Que no compartían las ideas de los celtas en cuanto a la armadura lo demostraba el hecho de que llevaban camisa de cota de malla que les llegaba hasta medio muslo, pesados cascos con cuernos, y polainas de cuero endurecido, reforzadas, al igual que su calzado, con laminas de hierro. Sus escudos eran enormes, ovalados y fabricados con madera endurecida, cuero y bronce. Como armas tenían largas lanzas con punta de hierro y dagas. Algunos llevaban espadas largas y de hoja ancha. Cormac no se hallaba muy a sus anchas al ver los fríos y magnéticos ojos de aquellos hombres de cabello pajizo clavados en él. Eran enemigos hereditarios, aunque la suerte los hiciera pelear del mismo lado actualmente. Pero… ¿estaban del mismo lado?

Un hombre avanzó, un guerrero alto y flaco en cuyo lobuno rostro lleno de cicatrices la parpadeante luz de la hoguera reflejaba profundas sombras. Con su capa de piel de lobo cubriéndole a medias sus anchos hombros, y los grandes cuernos de su casco aumentando su estatura, se alzó inmóvil entre las sombras vacilantes, como algún ser semihumano, una sombría forma de oscura barbarie que pronto iba a sumergir al mundo.

– Bien, Wilfhere – dijo el rey picto –, has bebido el hidromiel del consejo y has hablado alrededor de las hogueras… ¿Cual es su decisión?

Los ojos del normando relampaguearon en la penumbra.

– Danos un rey de nuestra raza al que seguir si deseas que luchemos por ti.

Bran abrió los brazos.

– ¡Pídeme que haga caer las estrellas para enjoyar sus cascos! ¿No te seguirán tus camaradas?

– No contra las legiones – respondió Wulfhere adustamente –. Un rey nos condujo por la senda del vikingo… Un rey debe conducimos contra los romanos. Y Rognar ha muerto.

– Yo soy un rey – dijo Bran –. ¿Lucharán por mí si permanezco en primera línea de su cuña de combate?

– Un rey de nuestra propia raza – dijo Wulfhere tozudamente –. Todos somos hombres selectos del Norte. No luchamos por nadie salvo por un rey, y debe conducirnos un rey… contra las legiones.

Cormac percibió una sutíl amenaza en esa frase repetida.

– Aquí no hay un príncipe de Erín – dijo Bran –, ¿lucharán por el hombre de occidente?

– No peleamos bajo celta alguno, del oeste o del este gruño el vikingo, y un apagado rumor aprobatorio se alzó de entre los espectadores –. Ya es bastante luchar a su lado.

La sangre caliente del gaélico se encrespo en el cerebro de Cormac y aparto a un lado a Bran, con la mano en la espada.

– ¿Qué quieres decir con eso, pirata? Antes de que Wulfhere pudiese replicar, Bran se interpuso:

– ¡Basta ya! Estúpidos, ¿perderán la batalla con su locura antes de darla? ¿Que hay de tu juramento, Wulfhere?

– Lo juramos bajo Rognar; cuando murió por una flecha romana quedamos libres de él. No seguiremos más que a un rey… contra las legiones.

– Pero tus camaradas te seguirán… contra el pueblo del brezal… – acotó Bran.

– Sí – repuso el normando, desafiante –. Mándanos a un rey o mañana nos uniremos a los romanos.

Bran lanzó un rugido. Su rabia dominaba la escena, empequeñeciendo a los hombres enormes que se alzaban por encima de él.

– ¡Traidores!¡Mentirosos! ¡Tengo sus vidas en mi mano! Sí, desenvainen las espadas si quieren… Cormac, mantén tu hoja en la funda. ¡Estos lobos no morderán a un rey! Wulfhere…, te perdoné la vida cuando podía habértela arrancado… >>Viniste a saquear los paises del Sur, descendiendo del mar del Norte en sus galeras. Asolaron las costas, y el humo de las aldeas en llamas colgó como una nube sobre las riberas de Caledonia. Los atrape a todos cuando estaban saqueando e incendiando…, con la sangre de mi gente en las manos. Quemé sus naves largas y les tendí una emboscada cuando me perseguían. Con tres veces más arqueros que ustedes, ardiendo por cobrar sus vidas, ocultos en las colinas de brezo que les rodeaban, los perdoné cuando podía haberlos asaeteados como a lobos atrapados. Porque los perdone, me prestaron juramento de luchar por mi.

– ¿Y vamos a morir porque los picto luchen con Roma? – rezongó un guerrero barbudo.

– Sus vidas me pertenecen; vinieron para asolar el Sur. No prometí devolverlos a sus hogares del Norte sin daño alguno y cargados de botín. Su juramente fue luchar en una batalla contra Roma bajo mi estandarte. Entonces yo ayudaría a los supervivientes a construir naves y podrían ir donde quisieran, con una buena parte del botín que tomemos de las legiones. Rognar había mantenido su juramento. Pero Rognar murió en una escaramuza con exploradores romanos y ahora tú, Wulfhere, el Sembrador de Discordia, soliviantas a tus camaradas para deshonrar a ustedes mismos con aquello que más odian un normando…, romper la palabra de la espada.

– No rompemos voto alguno – gruño el vikingo, y el rey sintió la tozudez básica del germano, mucho más difícil de combatir que el ánimo belicoso de los fieros celtas –. Danos un rey que no sea picto, gaélico o britano, y moriremos por tí. Si no… mañana lucharemos por el mayor de todos los reyes…, ¡el emperador de Roma!

Por un instante Cormac pensó que el rey picto, en su negra rabia, desenvainaría la espada y mataría de un golpe al normando. La furia concentrada que llameaba en los ojos oscuros de Bran hizo que Wulfhere retrocediera y echara mano a su cinto.

– ¡Estupido! – Dijo Mak Morn con voz apagada que vibraba de pasión –. Podría barrerlos de la tierra antes de que los romanos se hallarán lo bastante cerca como para oír sus aullidos de muerte. Escojan… O luchan por mí por la mañana… ¡o morirán esta noche bajo una nube negra de flechas, una tormenta roja de espadas, una ola oscura de carros!

Ante la mención de los carros, la únoica arma de guerra que había roto el muro de escudos normandos, Wulfhere cambió de rostro, pero se mantuvo firme.

– Que sea la guerra… – dijo tozudamente – ¡o un rey para conducimos!

Los normandos respondieroncon un breve rugido gutural y un golpe de espada sobre los escudos. Bran con los ojos llameantes, iba a hablar de nuevo, cuando una forma blanca se deslizó silenciosamente en el anillo de luz de las hogueras.

– Dulcifica tus palabras, dulcifica tus palabras – dijjo tranquilamente el viejo Gonar –. Rey, no digas más. Wulfhere, tú y los tuyos ¿lucharan por nosotros si tienen un rey para guiarlos?

– Lo hemos jurado.

– Entonces ten calma – replicó el hechicero –. Porque antes de que se trabe combate por la mañana, ¡te enviaré un rey como hombre alguno en la tierra ha seguido desde hace un millar de años! ¡Un rey que no es picto, gaélico o britano, pero al lado del cual el emperador de Roma no es sino el jefe de una aldea!

Mientras permanecían indecisos, Gonar tomo por el brazo a Cormac y Bran.

– Ven. Y tú, normando, recuerda tu voto y mi promesa, que nunca he roto. Duerme ahora, y no pienses en escabullirte al abrigo de la oscuridad al campamento romano, pues si escapas a nuestras saetas no escaparas a mi maldición o a las sospechas de los legionarios.

Así pues, los tres se alejaron, Cormac mirando hacía atrás, vio a wulfhere en pie junto al fuego, mesándose la dorada barba, con una expresión de ira y asombro en su delgado rostro. Los tres anduvieron en silencio a través del brezal ondulante bajo las lejanas estrellas, mientras el extraño viento nocturno murmuraba secretos fantasmales a su alrededor.

– Hace eras – dijo repentinamente el brujo –, en los días en que el mundo era joven, grandes tierras se alzaban donde ahora ruge el océano. En esas tierras había naciones y reinos poderosos. El más grande de ellos era Valusia…, Tierra de Encantamiento. Roma es una aldea comparada con el esplendor de las ciudades de Valusia. Y el más grande de los reyes fue Kull, que vino de la tierra de la Atlántida para arrebatar la corona de Valusia a una dinastia degenerada. Los pictos que moran en las islas que ahora forman los picos montañosos de una tierra extraña en el Océano Occidental eran aliados de Valusia, y el más grande de todos los jefes guerreros pictos fue Brule, Lanza Mortífera, el primero del linaje que los hombres llaman Mak Morn.

>> Kull le dio a Brule la gema que ahora llevas en tu corona de hierro, después de una extraña batalla en una tierra nebulosa, ya lo largo de las eras la gema ha llegado a nosotros; se trata de un signo de los Mak Morn, un simbolo de antigua grandeza. Cuando por fin el mar se alzó y engulló a Valusia, la Atlántida y Lemuria, sólo los pictos sobrevivieron, y eran pocos y dispersos. Pero empezaron de nuevo el lento ascenso, y aunque muchas de las grandezas de la civilización se perdieron en la gran inundación, lograron progresar. Se perdió el arte de trabajar el metal, asi que sobresalieron trabajando el pedernal. Y dominaron todas las nuevas tribus levantadas por el mar y ahora llamadas Europa, hasta que bajando del norte llegaron tribus más jóvenes que apenas se habían distinguido del mono cuando Valusia reinaba en su gloria y que, morando en las en las tierras heladas alrededor del Polo, nada sabían del perdido esplendor de los Siete Imperios y poco de la inundación que había barrido a medio mundo.

>> Y  han seguido llegando…, arios, celtas, germanos, surgiendo a enjambres de la gran curva de su raza, que se halla cerca del Polo. Y de nuevo el crecimiento de la nación picta fue detenida y la raza precipitada al salvajismo. Borrada de la tierra, luchamos al borde del mundo con la espalda contra la pared. Aquí, en Caledonia, se halla el último asiento de una raza poderosa en tiempos. Y cambiamos. Nuestro pueblo se ha mezclado con los salvajes de una edad anterior, a los que arrojamos al Norte cuando llegamos a las Islas, y ahora, excepto por sus jefes, como tú, Bran, un picto resulta extraño y de aborrecible aspecto.

– Cierto, cierto – dijo el rey con impaciencia –, pero ¿qué tiene eso que ver con…?

– Kull, rey de Valusia – dijo el brujo, impertérrito –, era un bárbaro en su era como tú lo eres en la tuya, aunque goberno un potente imperio por el peso de su espada. Gonar, amigo de Brule, tu primer antepasado, lleva muerto un centenar de miles de años, tal como contamos el tiempo. Pero hablé con él hace apenas una hora.

– Hablaste con su fantasma…

– ¿O él con el mío? ¿Retrocedí cien mil años, o los adelanto él? Si vino a mi del pasado, no soy yo quien habló con un muerto, sino él quien habló con alguien que no ha nacido. El pasado, el presente y el futuro son uno para el sabio. Hable con Gonar mientras él estaba vivo; del mismo modo, yo estaba vivo. Nos encontramos en una tierra sin tiempo ni espacio, y me dijo muchas cosas.

La tierra se iluminaba con el nacimiento del alba. el brezo ondulaba y se inclinaba en largas hileras ante el viento del amanecer, como en adoración ante el sol naciente.

– La gema en tu corona es el imán que atrae a los eones – dijo Gonar –. El sol está saliendo… ¿Y quién sale del amanecer?

Cormac y el rey se sobresaltaron. El sol acababa de alzar su rojo orbe sobre las colinas del este. Y bajo el resplandor, netamente recortado contra el borde dorado, apareció de pronto un hombre. No lo vieron llegar. Se alzaba colosal contra el nacimiento dorado del día; un dios gigantesco del alba de la creación. Al adelantarse hacia ellos, las huestes que se despertaron le vieron y lanzaron un repentino grito de asombro.

– ¿Quién… o que… es? – exclamo Bran.

– Vamos a saludarle, Bran – respondió el Brujo –. Es el rey que Gonar ha enviado para salvar al pueblo de Brule.