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LA MAQUINA DE COGER – PART II – CHARLES BUKOWSKI

Nos manda Tony.

– ¡Oh, pasen, pasen, caballeros!

Allí estaba aquel viejo chiflado con aire de palurdo, vaso de cerveza en la mano, gafas de cristal doble, como en las viejas películas. Tenía visita al parecer, una chica joven, casi demasiado, parecía frágil y fuerte al mismo tiempo. Cruzo las piernas, todas resplandecientes: rodillas de nylon, muslos de nylon y esa zona pequeña donde terminan las largas medias y empieza justo esa chispa de carne, era todo culo y tetas, piernas de nylon, risueños ojos de limpio azul…

– Caballeros, mi hija Tanya…

– ¿Qué?

– Sí, ya lo se, soy tan… viejo… pero igual que existe el mito del negro que esta siempre empalmado, existe el de los sucios viejos alemanes que no paran de coger. Pueden creer lo que quieran, de todos modos, esta es mi hija Tanya…

– Hola, muchachos. – Dijo ella sonriendo –.

Luego todos miramos hacia la puerta en la que había un letrero: SALA DE ALAMCENAMIENTO DE LA MAQUINA DE COGER. Termino su cerveza.

– Bueno… supongo, muchachos, que han venido por el mejor PALO de todos los tiempos…

– ¡Papito! – dijo Tanya –. ¿Por qué tienes que ser siempre tan grosero?

Tanya, cruzo las piernas, más arriba esta vez, y casi me vengo. Luego el profesor termino otra cerveza, se levanto y se acerco a la puerta del letrero SALA DE ALMACENAMIENTO DE LA MAQUINA DE COGER. Se volvió y nos sonrió. Luego despacio, abrió la puerta, entró y salió rodando aquel chisme que parecía una cama de hospital con ruedas. El chisme estaba desnudo, una mesa de metal. El Profesor nos planto aquel maldito traste delante y empezó a tararear una  cancioncilla, probablemente algo alemán. Una mesa de metal con aquel agujero en el centro. El profesor tenía una lata de aceite en la mano, la metió en el agujero y empezó a echar sin parar de aquel aceite. Sin dejar de tararear aquella insensata canción alemana. Y siguió un rato echando aceite hasta que por fin nos miro por encima del hombro y dijo: <<bonita, ¿eh?>> Luego, volvio a su tare, a seguir bombeando aceite allí adentro. Mike el Indio me miró, intento reír y dijo:

– Maldita sea… ¡han vuelto a tomarnos el pelo!

– Sí, – dije yo –. Estoy como si llevara cinco años sin coger, pero tendría que estar loco para meter el pito en ese montón de chatarra.

von Brashlitz soltó una carcajada. Se acerco al armario de bebidas, sacó otro quinto de cerveza, se sirvió un buen trago y se sentó frente a nosotros.

– Cuando empezamos a saber en Alemania que estaba perdida la guerra, y empezó a estrecharse el cerco, hasta la batalla final de Berlín, comprendimos que la guerra había tomado un giro nuevo: la auténtica guerra pasó a ser entonces quién agarraba más científicos alemanes. Si Rusia conseguía la mayoría de los científicos o si los conseguía Norteamérica…  los que más consiguieran serian los primeros en llegar a la Luna, los primeros en llegar a Marte… los primeros en todo. En fin, el resultado exacto no lo sé… Numéricamente o en terminos de energía cerebral científica. Solo sé que los norteamericanos me atraparon primero, me agarraron, me metieron en un coche, me dieron un trago, me pusieron una pistola en la sien, hicieron promesas, hablaron y hablaron, yo lo firmé todo…

– Todas esa consideraciones históricas me parecen muy bien – dije yo –. Pero no voy a meter mi pito, mi pobrecito pito, en ese cacharro de acero o de lo que sea. Hitler debía ser realmente un loco para confiar en usted. ¡Ojalá le hubieran echado el guante los rusos! ¡Yo lo que quiero es que me devuelvan mis veinte dólares!

van Brashlitz se echó a reír.

– Jiii jiii jiii ji.. es sólo mi bromita de siempre. jii jiii jiii ji!

Metió otra vez el cacharro en el cuartito. Cerro la puerta.

– ¡Ay, ji jii jii! – bebio otro trago de schnaps. Luego sirvió más. Lo termino.

– Caballeros, ¡yo soy un artista y un inventor! mi MAQUINA DE COGER es en realidad mi hija, Tanya…

– ¿Más chistecillos, von? – pregunte-.

– ¡No es ningún chiste! ¡Tanya! ¡ponte en el regazo de este caballero!

Tanya soltó una carcajada, se levantó, se acerco, y se sentó en mi regazo. ¿ Una MAQUINA DE COGER? ¡No podía serlo! su piel era piel, o lo parecía, y su lengua cuando entró en mi boca al besarnos, no era mecánica… cada movimiento era distinto, y respondía a los míos. Me lancé inmediatamente, le arranqué la blusa, le metí mano en las panti. Hacía años que no estaba tan caliente; luego nos enredamos; de algún modo acabamos de pie… y la penetre de pie, tirándole de aquel pelo largo y rubio, echándole la cabeza hacia atrás, luego bajando, separándole las nalgas y acariciándole el ojo del culo mientras le atizaba, llego al climax… la sentí estremecerse, palpitar y me vine también. ¡Nunca había cogido mejor! Tanya se fue al baño, se limpio y se ducho, y volvió a vestirse para Mick el Indio. Supuse, por fin Tanya salió y se sentó en mi regazo.

– ¡NO! ¡NO! ¡TANYA! ¡AHORA LE TOCA AL OTRO! ¡CON ESE ACABAS DE COGER!

Ella no parecía oír, y era extraño, incluso en una MAQUINA DE COGER, por que yo n unca había sido un buen amante, la verdad.

– ¿Me amas? – preguntó –.

– Sí.

– Te amo, y soy muy feliz, y… teóricamente no estoy viva, ya lo sabes, ¿verdad?

– Te amo, Tanya, eso es lo único que sé.

– ¡Me lleva…! – chillo el viejo –. ¡Esta JODIDA MAQUINA!

Se acercó a la caja barnizada en que estaba escrita la palabra TANYA a un lado. Salían unos pequeños cables, había marcadores y agujas que temblequeaban, y varios indicadores, luces que se apagaban y encendían, chismes que tictaqueaban… von B, era el cabrón más loco que había visto en mi vida. Empezó a hurgar en los marcadores, luego miró a Tanya:

– ¡VEINTICINCO AÑOS! ¡Toda una vida casi para construirte! ¡Tuve que esconderte incluso de HITLER! y ahora… ¡pretendes convertirte en una simple y vulgar puta!

– No tengo veinticinco – dijo Tenya –. Tengo veinticuatro.

– ¿Lo ves? ¿lo ves? ¡Como una zorra normal y corriente}1

Volvió a sus marcadores.

– Te has puesto un carmín distinto – dije a Tanya –.

– ¿Te gusta?

– ¡Oh, sí!

Se inclino y me beso. von B, seguía con sus marcadores, tenía el presentimiento que ganaría él. von Brashlitz se volvió a Mike el Indio:

– No se preocupe, confíe en mí, no es más que una pequeña avería, lo arreglare en un momento.

– Eso espero – dijo Mike el Indio –. Se me ha puesto de treinta y cinco centímetros esperando y he pagado veinte dólares.

– Te amo – me dijo Tanya –. No volveré a coger con ningún otro hombre, si puedo tenerte a ti, no quiero a nadie más.

– Te perdonaré Tanya, hagas lo que hagas.

El profe estaba encabronadísimo. Seguía con los cables pero nada lograba.

– ¡TANYA! ¡AHORA TE TOCA COGER CON EL OTRO! estoy… cansándome ya… tengo que echar otro traguito… dormir un poco… Tanya…

– Oh. – dijo Tanya –. ¡Este jodido viejo! ¡Tú y tus traguitos, y luego te pasas la noche mordisqueándome las tetas y no puedo dormir! ¡Ni siquiera eres capaz de conseguir un empalme decente! ¡Eres asqueroso!

– ¿COMO?

– ¡DIJE <<QUE NO SIQUIERA ERES CAPAZ DE CONSEGIR UN EMPALME DECENTE>>!

– ¡Esto lo pagaras Tanyta! ¡Eres creación mía, no yo creación tuya!

Seguía hurgando en sus mágicos marcadores, quiero decir, en la maquina. Estaba fuera de sí, pero se veía claramente que la rabia le daba una clarividencia que le hacia superarse.

– Es solo un momento, caballero – dijo dirigiéndose a Mike –. ¡Solo tengo que ajustar los cuadros electrónicos! ¡Un momento! ¡Vale! ¡Ya esta!

Entonces se levanto de un salto, aquel tipo que habían salvado de los rusos. Miro a Mike el Indio.

– ¡Ya esta arreglado! ¡La maquina esta en orden! ¡A divertirse caballero!

Luego, se acerco a su botella de aguardiente, se sirvió otro vaso y se sentó a observar. Tanya se levanto de mi regazo y se acercó a Mike el Indio, vi que Tanya y Mike el Indio se abrazaban. Tanya le bajo la cremallera, le saco el pito, ¡menudo pito tenía el tipo! Había dicho treinta y cinco centímetros, pero parecía por lo menos cincuenta. Luego Tanya rodeó con las manos la verga de Mike, el gemía de gozo, luego la arranco de cuajo y la tiro a un lado. Vi el chisme rodar por la alfombra como una disparatada salchicha, dejando un triste reguero de sangre. Fue a dar contra la pared, allí se quedó como algo con cabeza pero sin piernas y sin un lugar a donde ir… lo cual era bastante cierto. Luego, alla fueron las BOLAS volando por el aire, una visión saltarina y pesada. Simplemente aterrizaron en el centro de la alfombra y no supieron que hacer más que sangrar. Así que sangraron.

von Brashlitz, el héroe de la invasión ruso norteamericana, miro ásperamente lo que quedaba de Mike el Indio, mi viejo camarada de tragos, rojo rojo allá en el suelo, manando por su centro… von B. se dio a la fuga, escaleras abajo… la habitación 69 había visto de todo salvo aquello. Luego le pregunte a ella:

– Tanya, habra problemas aquí muy pronto; ¿por qué no dedicamos el número de la habitación a nuestro amor?

– ¡Como quieras, amor mío!

Lo hicimos justo a tiempo; y luego entraron aquellos idiotas. Uno de aquellos enterados declaro entonces muerto a Mike el Indio, y como von B. era una especie de producto del gobierno norteamericano, en seguida se lleno aquello de gente, varios funcionarios de mierda de diversos tipos, bomberos, periodistas, el inventor, la CIA, el FBI y otras diversas formas de basura humana. Tanya vino y se sentó en mi regazo.

– Ahora me mataran. Procura no entristecerte, por favor.

No conteste. Luego von Brashlitz se puso a chillar, apuntando a Tanya:

– ¡SE LO ASEGURO, CABALLEROS, ELLA NO TIENE NINGUN SENTIMIENTO! ¡CONSEGUI QUE HITLER NO LA AGARRASE! ¡se lo aseguro, no es más que una MAQUINA!

Todos se limitaron a quedarse allí mirándole. Nadie le creía, era ni más ni menos la maquina más bella, la mujer por así decirlo, que habían visto en su vida.

– ¡Maldita sea! ¡pendejos! Toda mujer es una maquina de coger, ¿es que no se dan cuenta? ¡EL AMOR NO EXISTE! ¡ES UN ESPEJISMO DE CUENTO DE HADAS COMO LOS REYES MAGOS!

Aun así no le creían.

– ¡ESTO es sólo una maquina!¡No tengan ningún miedo! ¡MIREN!

von Brashlitz agarró uno de los brazos de Tanya, lo arranco de cuajo del cuerpo, y dentro, dentro del agujero del hombro, se veía claramente, no había más que cables y tubos, cosas enroscadas y entrelazadas, además de ciertas sustancia secundaria que recordaba vagamente la sangre. Y yo ví a Tanya allí de pie con aquellos alambres colgándole del hombro donde antes tenía el brazo, me miro:

– ¡Por favor, hazlo por mi! recuerda que te pedí que no te pusieras triste.

Vi como se echaban sobre ella, como la destrozaban y la violaban y la mutilaban. No pude evitarlo, apoye la cabeza en las rodillas y me eche a llorar… Mike el Indio nunca llegó a cobrarse sus veinte dólares.

Pasaron algunos meses, no volví al bar, hubo un juicio, pero el gobierno eximió de toda culpa a von B. y a su máquina, me traslade a otra ciudad, lejos. Y un día estaba sentado en la peluquería y tome una revista pornográfica, había un anuncio. <<¡Infle su propia muñequita! veintinueve dólares noventa y cinco. Goma resistente, muy duradera, cadenas y latigo incluido en el lote. Un bikini, sostén, bragas, dos pelucas, pintura para labios y un tarrito de poción de amor incluido. von Brashlitz Co.>>. Envié un pedido a un apartado de Massachusetts. También el se había cambiado. El paquete llego al cabo de unas tres semanas, fue bastante embarazoso por que yo no tenia bomba de bicicleta, y me puse muy caliente cuando saque todo aquello del paquete. Tuve que bajar a la gasolinera de la esquina y utilizar la bomba de aire. Inflada tenía mejor pinta, grandes pechos, un culo inmenso.

– ¿Qué es eso que tiene ahí, amigo? –me pregunto el de la gasolinera –.

– Oiga, oiga, yo le he pedido prestado un poco de aire. Soy un buen cliente, ¿no?

– Bueno, bueno, puede tomar el aire, pero es que no puedo evitar la curiosidad… ¿Qué tiene ahí?

– ¡Vamos, déjeme en paz! – dije –.

– ¡DIOS MIO! ¡que CHICHES! ¡mire, mire!

– ¡Ya las veo, imbécil!

Lo deje con la lengua de fuera, me eché el chisme al hombro y volví a casa. Me metí en el dormitorio. Aun estaba por plantearse la gran cuestión… Abrí las piernas buscando algún tipo de abertura, von B. no lo había hecho mal de todo. Me eche encima y empecé a besar aquella boca de goma, de cuando en cuando echaba mano a una de las gigantescas tetas de goma y la chupaba, le había puesto una peluca amarilla y me había frotado con la poción del amor toda la verga. No hizo falta mucha poción de amor, con la del tarro baría para un año. La bese apasionadamente detrás de las orejas, le metí el dedo en el culo y le di sin parar, luego la deje, di un salto, le encadene los brazos a la espalda, con el candadito y la llave, y le azoté el culo de lo lindo con los látigos. – ¡Dios mío, voy a volverme loco! – pensé –. Despues de azotarla bien, volví a metérsela, cogí y cogí; era más bien aburrido, la verdad, imaginé perros cogiendo con gatas; imaginé dos personas cogiendo en el aire mientras caían de un rascacielos, imaginé una vagina grande como un pulpo, reptando hacia mí, apestoso, anhelante de orgasmo. Recordé todas las pantaletas, rodillas, piernas, pechos y vaginas que había visto, La goma sudaba; yo sudaba…

– ¡Te amo, querida! – susurre jadeante en sus oídos de goma. Me molesta admitirlo, pero me obligué a eyacular en aquella sarnosa masa de goma, no se parecía en nada a Tanya.

Agarre una navaja de afeitar y destroce el artefacto. Lo tire donde tiro las latas vacías de cerveza. ¿Cuantos hombres compran esos chismes absurdos en Norteamérica? ¿No pasas ante medio centenar de máquinas de joder si das una vuelta por cualquier calle céntrica de una gran ciudad de Norteamérica? con la única diferencia de que éstas pretenden ser mujeres, pobre Mike el Indio con su pobre pito muerto de cincuenta centímetros. Todos los pobres Mikes. Todos los que escalan al espacio. Todas las putas de Vietnam y Washington. Pobre Tanya, con su vientre que había sido el vientre de un cerdo, sus venas que habían sido las venas de un perro. Apenas cagaba o meaba, coger, solo coger (corazón, voz y lengua prestados por otros). Por entonces, sólo debían haber hecho unos diecisiete trasplantes de órganos. von B. iba muy por delante de todos.

Pobre Tanya, que poco había comido la pobre… básicamente queso barato y uvas pasas, nunca había deseado dinero ni propiedades ni grandes coches nuevos, no casas super caras. Jamás había leído el diario de la tarde, no deseaba en absoluto una televisión a color, ni sombreros nuevos, ni botas de lluvia, ni charlas de patío con mujeres idiotas; jamás había querido un marido medico, o corredor de bolsa, o miembro del Congreso o policía.

Y el tipo de la gasolinera sigue preguntándome:

– Oiga, ¿qué fue de aquello que trajo a inflar aquel día?

Pero ya no me lo preguntara más, voy a echar gasolina a otro sitio. Y no volveré tampoco a la barberia donde vi la revista del anuncio de la muñeca de goma de von B, voy a intentar olvidar todo.

¿No harías tú lo mismo?            

CHARLES BUKOWSKI.


LA MAQUINA DE COGER – CHARLES BUKOWSKI – PART I

Hacía mucho calor en el Bar de Tony, ni siquiera pensaba en coger, sólo en beber cerveza fría. Tony nos puso un par para mi y Mike el Indio, y Mike sacó el dinero, le deje pagar la primera ronda. Tony lo hecho en la caja registradora, aburrido, y miró alrededor… había otros cinco o seis mirando sus cervezas, imbéciles. Así que Tony se sentó con nosotros.

– ¿Qué hay de nuevo, Tony? – pregunte.

– Es una mierda. – dijo Tony –, no hay nada muevo.

– Ay, mierda – dijo Mike el Indio-.

Bebimos las cervezas.

– ¿Que piensas tú de la Luna? – pregunte a Tony.

– Mierda. – Dijo Tony.

– Sí.- Dijo Mike el Indio-. El que es un cabrón en la Tierra, es un cabrón en la Luna, que más da.

– Dicen que probablemente no haya vida en Marte. – Comenté.

– ¿Y qué chingados importa? – pregunto Tony.

– ¡Ay! Mierda. – dije-. Dos cervezas más.

Tony las trajo, luego volvió a la caja con su dinero. Lo guardo y volvió.

– Mierda, vaya calor. Me gustaría estar más muerto que los antiguos.

– Adónde crees tú que van los hombres cuando mueren, Tony?

– ¿Y que carajos importa?

– ¿Tú no crees en el Espíritu Humano?

– ¡Eso son cuentos!

– ¿Y que piensas del Che, Juana de Arco, de Billy The Kid, y de todos esos?

– Cuentos, cuentos.

Bebimos las cervezas pensando en esto.

– Bueno. – dije-, voy a echar una meada.

Fui al retrete y allí, como siempre, estaba Petey el Búho. La saque y empecé a mear.

– Vaya pito más pequeño que tienes. – me dijo.

– Cuando meo y cuando medito sí. Pero soy lo que tú llamas un tipo elástico. Cuando llega el momento, cada milímetro de ahora se convierte en seis.

– Hombre, eso está muy bien, si es que no me engañas. Porque ahí veo por lo menos cinco centímetros.

– Es sólo el capullo.

– Te doy un dólar si me dejas chupártela.

– No es mucho.

– Eso es más que el capullo. Seguro no tienes más que eso.

– Vete a la mierda, Petey.

– Ya volverás cuando no te quede dinero para cerveza.

Volví a mi asiento.

– Dos cervezas más. –pedí.

Tony hizo la operación habitual, luego volvió.

– Vaya calor, voy a volverme loco. –dijo.

– El calor te hace comprender precisamente cual es tu verdadero yo. – le expliqué a Tony.

– ¡No chinges! ¿Me estas llamando loco?

– La mayoría lo estamos, pero permanece en secreto.

– Sí, claro. Suponiendo que tengas razón en esa chorrada, dime, ¿cuantos hombres cuerdos hay en la tierra?¿hay alguno?

– Unos cuantos.

– ¿Cuantos?

– ¿De todos los millones que existen?

– Sí, sí.

– Bueno, yo diría que cinco o seis.

– ¿cinco o seis? – dijo Mike el Indio –. ¡hombre no chinges!

– ¿Cómo sabes que estoy loco? di. –dijo Tony –. ¿Cómo podemos funcionar si estamos locos?

– Bueno, dado que estamos todos locos, hay unos cuantos para controlarnos, demasiados pocos, así que nos dejan andar por ahí con nuestras locuras. De momento, es todo lo que pueden hacer. Hace tiempo creía que los cuerdos podrían encontrar algún sitio donde vivir en el espacio exterior mientras nos destruían, pero ahora sé que también los locos controlan el espacio.

– ¿Como lo sabes?

– Por que ya plantaron la bandera norteamericana en la luna.

– ¿Y si los rusos hubieran plantado una bandera rusa en la luna?

– Sería lo mismo. –dije-.

– ¿Entonces tú eres imparcial? – pregunto Tony-.

– Soy imparcial con todos los tipos de locura.

Silencio. Seguimos bebiendo. Tony también; empezó a servirse whisky con agua. Podía, era el dueño.

– Carajo, que calor hace. –dijo Tony –.

– Mierda, si. – dijo Mike el Indio –.

Entonces Tony empezó a hablar.

– Locura – dijo –. ¿Y si les dijera que ahora mismo está pasando algo de auténtica locura?

– Claro – dije –.

– No, no, no… ¡quiero decir AQUI, en mi bar!

– ¿Sí?

– Sí, algo tan loco que a veces me da miedo.

– Explícame eso, Tony – dije –, siempre dispuesto a escuchar los cuentos de los otros.

Tony se acercó más.

– Conozco a un tipo que ha hecho una máquina de coger. No esas cosas de las revistas de mujeres. Esas que se ven en los anuncios. Botellas de agua caliente con trozos de carne de buey cambiable, todas esas chorradas. Este tipo lo ha conseguido de veras, es un científico alemán, lo agarramos nosotros, quiero decir nuestro gobierno, antes de que pudieran agarrarlo los rusos. No lo cuenten por ahí.

– Claro hombre no te preocupes…

– Von Brashlitz. El gobierno intento hacerlo trabajar en el espacio. No pudieron hace nada, es un tipo muy listo, pero no tiene en la cabeza más que esa MAQUINA DE COGER.  Al mismo tiempo, se considera una especie de artista, a veces dice que es Miguel Ángel… le dieron una pensión de quinientos dólares al mes para que pudiera seguir vivo para no acabar en un manicomio. Anduvieron vigilándole un tiempo, luego se aburrieron o se olvidaron de él, pero seguían mandándole los cheques, y de vez en cuando, una vez al mes o así, iba un agente y hablaba con él diez o veinte minutos, mandaban un informe diciendo que aún seguía loco y listo. Así que él andaba por ahí de un sitio a otro, con su gran baúl rojo hasta que, por fin, una noche, llagó aquí y empieza a beber. Me cuanta que es sólo un viejo cansado, que necesita un lugar realmente tranquilo para hacer sus experimentos. Y le escondí aquí. Aquí vienen muchos locos, ya saben.

– Sí. – dije yo –.

– Luego, amigos, empezó a beber cada vez más, y acabó cantándomelo. Había hecho una mujer mecánica que podía darle a un hombre más gusto que ninguna mujer real de toda la historia… Además sin tampax, ni mierdas, ni discusiones.

– Llevo toda la vida buscando una mujer así. – dije yo –.

Tony se echó a reír.

– Y quién no. Yo creía que estaba chiflado, claro, hasta que una noche después de cerrar subí con él y sacó la MAQUINA DE COGER del baúl rojo.

– ¿Y?

– Fue como ir al cielo antes de morir.

– Déjame que imagine el resto. – Le pedí .-

– Imagina.

– von Brashlitz y su MAUINA DE COGER están en este momento arriba, en esta misma casa.

– Así es. –dijo Tony –.

– ¿Cuánto?

– Veinte billetes por sesión.

– ¿Veinte billetes por cogerse una máquina?

– Ese tipo ha superado a lo que nos creó, fuese lo que fuese. Ya lo veras.

– Petey el Búho me la chupa y me da un dólar.

– Petey el Búho no esta mal, pero no es un invento que supere a los dioses.

Le di mis veinte.

– Te advierto, Tony, que si se trata de una chifladura del calor, perderás a tu mejor cliente.

– Como dijiste antes, todos estamos locos de todas formas. Puedes subir.

– De acuerdo. – dije –.

– Vale – dijo Mike el Indio –. Aquí estan mis veinte.

– Les advierto que yo solo me llevo el cincuenta por ciento. El resto es para von Brashlitz. Quinientos de pension no es mucho con la inflación y los impuestos, y von B. bebe cerveza como loco.

– De acuerdo. – dije –. Ya tienes los cuarenta. ¿dónde esta esa inmortal MAQUINA DE COGER?

Tony levanto una parte del mostrador y dijo:

– Pasen por aquí, tienen que subir por la escalera del fondo, cuando lleguen llaman y dicen <<nos manda Tony>>.

– ¿En cualquier puerta?

– La puerta 69.

– Vale – dije –. ¿Qué más?

– Listo – dijo Tony –, preparen las bolas.

Encontramos la escalera y subimos.

– Tony es capaz de todo por gastar una broma – dije.

Llegamos. Alli estaba la puerta 69. Llamé:

 


EL AMANTE DE LAS FLORES – CHARLES BUKOWSKI

EL AMANTE DE LAS FLORES
 
 
EN LAS MONTAÑAS DE VALKERI
ENTRE PAVORREALES QUE SE POVONEABAN
ENCONTRE UNA FLOR
TAN GRANDE COMO MI CABEZA
Y CUANDO ME ESTIRE
PARA OLERLA PERDI EL LOBULO DE LA OREJA
PARTE DE LA NARIZ
UN OJO
Y LA MITAD DE LA CAJETILLA
DE CIGARRILLOS
REGRESE
AL SIGUIENTE DIA
CON LA INTENCION DE CORTAR
AQUELLA MALDITA COSA
PERO LA ENCONTRE
TAN HERMOSA
QUE MEJOR
MATE UN
PAVORREAL.

TU – CHARLES BUKOWSKI

 

GROSZ - tres figuras

TU

ERES UNA BESTIA, ME DIJO ELLE

CON TU BLANCA PANZOTE

Y ESOS PIES PELUDOS.

NUNCA TE CORTAS LAS UÑAS

Y TIENES MANOS REGORDETAS,

UÑAS COMO DE GATO,

TU NARIZOTA COLORADA Y BRILOSA

Y LOS HUEVOS MAS GRANDES QUE HE VISTO NUNCA.

ARROJAS ESPERMAS COMO UNA

BALLENA ARROJA AGUA POR

EL AGUJERO DE SU ESPALDA.

BESTIA, BESTIA, BESTIA

ME BESA,

¿QUE QUIERES PARA EL

DESAYUNO?


CHARLES BUKOWSKI – BIOGRAFIA

 
 

CHARLES BUKOWSKI

 

 

 

 

  

(…) tienés que cojerte a muchas mujeres

bellas mujeres

y escribir unos pocos poemas de amor decentes

y no te preocupes por la edad

y/o los nuevos talentos.

sólo tomá más cerveza más y más cerveza.

Andá al hipódromo por lo menos una vez

a la semana

y ganá

si es posible (…)

 

COMO SER UN GRAN ESCRITOR 

 

 

 

Escritor americano, Charles Bukowski fue uno de los autores más influyentes en la literatura americana del siglo XX gracias a su estilo personal, transgresor y cargado de sentimientos en estado puro.

 

 

Nacido en Alemania y criado en la ciudad de Los Ángeles, Bukowski estudió periodismo sin llegar a terminar sus estudios. Tras esta etapa comenzó a escribir al tiempo que viajaba por los Estados Unidos realizando todo tipo de trabajos.  Fue después de sufrir un colapso debido a una úlcera sangrante que comenzó a escribir poesía. La mayor parte de esta época (años 50) fue descrita por Bukowski en varios de sus relatos autobiográficos.

Durante la década de los 60, Bukowski trabajó como cartero y comenzó a publicar sus escritos en revistas como The Outsider y a colaborar para medios independientes como Open City o Los Ángeles Free Press.

En 1969 decidió dedicarse en exclusiva a la escritura gracias a la confianza mostrada por su editor John Martin. Su primera obra, El Cartero, fue publicada ese mismo año. A esa novela seguirían otras tan famosas como Factótum, Hollywood o Pulp, además de numerosas antologías como La máquina de follar o Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones; también hay que destacar las recopilaciones de sus artículos en prensa como Lo que más me gusta es rascarme los sobacos.

 

La obra de Bukowski influyó tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo y su obra fue traducida a más de doce idiomas. Su vida inspiró la película Ordinaria locura y también Barfly, cuyo guión fue escrito por el propio autor.

 

 

Charles Bukowski murió en San Pedro el 9 de marzo de 1994.


LA CHICA MAS GUAPA DE LA CIUDAD – CHARLES BUKOWSKI

 
LA CHICA MAS GUAPA DE LA CIUDAD
 

Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decía que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una maquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.

Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no las sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: “No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas… todo fachada y nada dentro…” Tenía un carácter rayando la locura; Un carácter que algunos calificaban de locura.

Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía por el contrarío, realzarla.

Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.

– ¿Tomas algo?
– Claro, ¿Por qué no?

No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era sólo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión, Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No sólo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.

– ¿Crees que soy bonita?- preguntó.
– Sé, desde luego. Pero hay algo más… algo más que tu apariencia…
– La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy bonita?
– Bonita no es la palabra, no te hace justicia.

Buscó en su bolso. Creía que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentía repugnancia y horror.

Ella me miró y se echó a reír.

– ¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?

Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.

-Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos tus exhibiciones.
– ¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.
– Será mejor que la controles -me dijo el encargado.
– No te preocupes -dije yo.
– Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que querrá con ella
– No -dije-, a mí me duele.
– ¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?

– Sí, me duele, de veras.
– De acuerdo, no lo volveré a hacer. Animo

Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde yo vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo acabase destruyéndola para siempre. Esperaba no ser yo.
Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:

– ¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?
– Por la mañana -dije, y me di la vuelta.

Por la mañana me levanté, hice un par cafés y le llevé uno a la cama.
Se echó a reír.

– Eres el primer hombre que conozco que ha querido hacerlo por la noche.
– No hay problema -dije-. En realidad no tenemos por que hacerlo.
– No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.

Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandeciente, toda resplandor… Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.

– Ven, amor.

Fui.

Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y prieta. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.

– ¿Cómo te llamas? -pregunté.
– ¿Qué diablos importa? -preguntó ella.

Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entro ella con una hoja: una oreja de elefante.

– Sabía que estabas en la bañera -dijo-, así que te traje algo para tapar esa cosa, hijo de la naturaleza.

Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.

– ¿Cómo sabías que estaba en la bañera?
– Lo sabía.

Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.

Telefoneo una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea pagando la fianza.

– Esos hijos de puta – decía-, sólo porque te pagan unas copas creen que pueden echarte mano a las bragas.
– La culpa la tienes tú por aceptar la copa

– Yo creía que se interesaba por mí, no sólo por mi cuerpo.
– A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.

Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.

– Vaya, cabrón, has vuelto.

Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nuca la había visto así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Sólo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.

– Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza….
– No, no seas tonto, es la moda.
– Estas chiflada.
– Te he echado de menos -dijo
– ¿Hay otro?
– No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez billetes.

Pero para ti es gratis.
– Sácate esos alfileres.
– No, es la moda.
– Me hace muy desgraciado.
– ¿Estás seguro?

– Sí, mierda, estoy seguro.

Se sacó lentamente los alfileres y los guardo en el bolso.

– Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.
– Vale -dije-, tengo mucha suerte.
– No quiero decir que seas feo. Sólo que la gente cree que lo eres. Tienes una cara fascinante.
– Gracias.

Tomamos otra copa.

– ¿Qué andas haciendo? -preguntó.
– Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.
– A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.

– No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños. Debe ser un fastidio.
– Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso

Salimos juntos, por la calle, la gente aún miraba a Cass. Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca.

Fuimos a casa y abrir una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí, siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato yo escuchaba y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa.. de aquella manera que sólo ella podía reírse. Era como el gozo del fuego. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quito aquel vestido del cuello alto y lo vi… Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.

– Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? -dije desde la cama
– Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?

 

La arrastré a la cama y la besé. Me empujo y se echo a reír:

– Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.
– Sí -dije-, no puedo parar de reír… Cass, zorra, te amo… deja de destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.

Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.

Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin, vino y me zarandeó.

– ¡Arriba, cabrón! ¡Chapúzate con agua fría la cara y la polla y ven a disfrutar del banquete!

Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no era verano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutiendo ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de la supervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por allí y no hablamos muchos. Era agradable simplemente estar juntos. Compré bocadillos, patatas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo lentamente “NO”. La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.

Al día siguiente, encontré un trabajo como empaquetador en una fabrica y trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté y esperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me dio el encargado.

– Siento lo de tu amiga.
– ¿El qué? -pregunté.
– Lo siento. ¿No lo sabías?
– No
– Suicidio, la enterraron ayer
– ¿Enterrada? -pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta de un momento a otro. ¿Cómo podía haber muerto?
– La enterraron las hermanas
– ¿Un suicidio? ¿Cómo fue?
– Se cortó el cuello.
– Ya. Dame otro trago.

Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco hermanas, la chica más guapa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel “NO”. Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿Por qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la ciudad muerta a los veinte años.

Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé “¡MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CALLATE YA!”.

Y seguía avanzando la noche y yo nada podía hacer.