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¡CON ESTA HACHA GOBIERNO! – ROBERT E. HOWARD – Part 04

4. <<¿QUIEN QUIERE MORIR PRIMERO>>
 
Veinte personas se deslizaron a hurtadillas a través del maximo silencio que envolvía los pasillos y salones del palacio. sus pies sigilosos, calzados con zapatos de cuero blando, no produjeron el menor sonido sobre las mullidas alfombras o las losas de mármol desnudo. Las antorchas colocadas en los nichos, a lo largo de los pasillos y salones, brillaban con tonalidades rojas y se reflejaban en las dagas desenvainadas, las espadas de hoja ancha y las hachas afiladas.
 
– ¡Alto, altotodos! – siseo Ardyon, que se detuvo un momento para mirar atrás, a sus seguidores-. Que deje de sonar esa maldita respiración tan ruidosa, sea quien fuere. El oficial de la guardia nocturna ha desplazado a todos los guardias de estos rellanos y pasillos, ya sea mediante orden directa o emborrachandolos, pero debemos llevar cuidado. Es una suerte para nosotros que esos malditos pictos, los lobos ágiles, esten de juerga en el consulado o se encuentren de camino hacia Gondar. ¡Silencio! ¡Atrás, ahi viene la guardia!
 
Se apelotonaron todos detrás de una enorme columna, que habría podido ocultar a todo un regimiento de hombres, y aguardaron. Casi inmediatamente aparecieron diez hombres, altos y atezados, vestidos con armadura roja, que avanzaban como si fueran estatuas de ierro. Iban fuertemente armados y en los rostros de algunos de ellos se observsba una ligera incertidumbre. El oficial que los mandaba estaba bastante palido. Su rostro estaba sureado por lineas duras y se llevo una mano a la frente, para limpiarse el sudor, en el momento en que la guardia pasó ante la enorme columna tras la que se ocultaban los asesinos. Era un hombre joven, y esta traición a un rey no le resultaba nada fácil.
Pasaron ante ellos, con ruido metálico de armas, y se perdieron por el pasillo.
 
– Bien – dijo Ardyon en voz baja, con una sonrisa-. Ha cumplido lo prometido. Ahora, Kull duerme desprotegido. ¡Apresuremonos, tenemos mucho que hacer! Si nos atrapan asesinandolo estaremos acabados, pero a un rey muerto se le convierte con facilidad en un simple recuerdo.
¡Demonos prisa!
 
– ¡Sí, deprisa! – grito Ridondo en voz baja.
 
Se apresuraron por el pasillo, ya sin tomar precauciones, y se detuvieron ante una puerta.
 
– ¡Aquí! – espeto Ardyon-. Enaros, ábreme esta puerta.
 
El gigante lanzo todo su peso contra el panel, y se produjo un crujido de cerrojos, un estallido de la madera. La puerta cedió y se abrio hacia el interior.
 
– ¡Adentro! – grito Ardyon, encendido por el animo del asesino.
 
– ¡Adentrp! – rugio Ridondo-. Muerte al tirano…
 
Se detuvieron todos de improvisto. Kull se les enfrentaba. No era un Kull desnudo, despierto repentinamente de un sueño profundo, desconcertado y desarmado ante aquellos carniceros, como una oveja desamparada, sino un Kull plenamente despierto y feroz, parcialmente vestido con la armadura de un asesino rojo, con una larga espada en la mano.
Kull se había levantado tranquilamente unos pocos minutos antes, incapaz de dormir. Había tenido la intención de pedirle al oficial de guardia que entrara en el dormitorio para conversar un rato con él, pero al mirar por la mirilla de la puerta lo vio al frente de sus hombres, alejandose. Inmediatamente, en la mente recelosa del rey bárbaro surgió la sospecha de que se cometía un acto de traición contra su persona. Ni siquiera se le ocurrio llamar a los hombres para que regresaran, por que supuso que tambien formarían parte de la conspiración. No existía ninguna buena razon para que se produjera esta deserción. Así que Kull empezó a colocarse tranquilamente la armadura que siempre tenía a mano, y apenas había terminado de hacerlo cuando enaros se lanzó contra la puerta y la abrió.
 
Por un momento, la escena pareció quedar congelada. Los cuatro nobles rebeldes que se encontraban junto a la puerta y los dieciséis desesperados proscritos que les seguian, se vieron contenidos, simplemente, por la terrible mirada del silencioso gigante que se erguía en medio del dormitorio real, con la espada preparada.
 
– ¡Matenlo! – grito entonces Ardyon-. ¡Sólo es uno contra veinte, y no lleva casco!
 
Con un grito que se elevo hacia el techo, los asesinos entraron en tromba en el dormitorio. El primero de todos fue Enaros. Lo hizo como un toro lanzado a la carga, con la cabeza agachada y la espada baja, dispuesta para desgarrar las entrañas. Kull saltó para salirle al encuentro como un tigre pudiera cargar contra un toro, y todo el peso y la fortaleza del rey se encontraron en el brazo que sostenia la espada. La gran hoja relampaguéo en el aire, trazando un arco silvante, y se estrelló contra el casco del comandante. Hoja y casco se encontraron extruendosamente y se rompieron al mismo tiempo. Enaros rodo sin vida sobre el suelo, mientras que Kull retrocedio, sosteniendo la empuñadura de la espada, de la que había desaparecido la mayor parte de la hoja.
 
– ¡Enaros! – exclamó sorprendiso cuando el casco destrozado dejó al descubierto la cabeza aplastada.
 
Luego el resto del grupo se abalanzo sobre él. Sintió que la punta de una daga le resbalaba a lo largo de las costillas, y lanzó al atacante hacia un ladomcon un poderoso mivimiento de vaivén de su brazo izquierdo. Aplastó la espada rota entre los ojos de otro de los atacantes y lo dejó sin sentido y sangrando en el suelo.
 
– ¡Que cuatro de ustedes vigile la puerta! – grito Ardyon, que se movía en el borde de aquel torbellino de acero.
 
Temia que Kull, con su enorme peso y velocidad, pudiera abrirse paso entre ellos y escapar. Cuatro de los conjurados retrocedieron y se apostaron junto a la única puerta de la estancia. En ese presiso instante, Kull saltó hacia la pared y descolgó de ella una vieja hacha de batalla, que posiblemente había estado allí durante cien años.
De espaldas contra la pared, se enfrentpo a ellos por un momento y luego salto ahcía adelante. ¡No era Kull un luchador deensivo! Siempre era él quien llevaba el combate al campo del enemigo. Un solo vaiven del hacha sirvió para dejar tendido en el suelo a uno de los proscitos, con un  hombro gravemente hendido. Y el terrible golpe de retroceso del hacha le aplasto el craneo a otro. Una espada se aplasto entonces contra el peto de su armadura de  tal modo que, de no haberlo llevado, habría muerto ahi mismo. Lo que más le preocupaba era protegerse la cabeza, que llevaba al descubierto, así como los espacios situados entre el peto y la espalda, pues la armadura valusa era intrincada y no había tenido tiempo para sujetarla por completo. Ya sangraba d elas heridas en la mejilla, en los barzos y las piernas, pero sus mivimintos eran tan rapidos y mortales, y tan grande su habilidad como combatiente, que incluso a pesar de contar con todas las posibilidades a su  favor, los asesinos vacilaron en su ataque. Ademas, su numero ya se había visto considerablemente reducido.
Por un momento, lo agobiaron con una lluvia de golpes y estocadas, pero luego retrocedieron y lo rodearon, mientras él embestia a su vez y paraba sus golpes; un par de cadaveres tendidos en el suelo constituía una silenciosa muestra de la estupidez del plan de aquellos asesinos.
 
– ¡Caballeros! – grito Ridondo en un acceso de rabia echando hacia atras la capucha que le cubría la cabeza, mirando a sus compañeros con expresión de rabia salvaje-. ¿Se acobardan ante el combate? ¿Debe seguir viviendo el déspota? ¡A por él!
 
Se precipito hacia adelante, pero Kull, al reconocerle, detuvo la estocada con un tremendo golpe corto y luego, con un empujón, lo hizo retroceder tambaleante, haciéndolo caer despatarrado sobre el suelo. El rey recibio en el brazo izquierdo una estocada de Ardyon, y el proscrito sólo salvó la visa al agacharse ente el hacha de Kull, viéndose obligado a retroceder. Uno de los bandidos se agacho y se lanzo contra las piernas de Kull, confiando en hacerle caer de esta manera, pero después de forcejear durante un breve instante contra lo que parecía sino una sólida torre de hierro levanto la mirada justo a tiempo para ver cómo descendía el hacha sobre él, pero no la evitaría. Mientras tanto, uno de sus camaradas había levantado la espada con ambas manos y la descargó con tal fuerza que cortó la placa que cubria el hombro izquierdo de Kull, y le hirió en el hombro. En un instante, el peto de Kull se encontro lleno de sangre.
Ducalon, en su salvaje impaciencia, sorteo a los atacantes a derecha e izquierda y se abalanzó hacia adelante con una salvaje estocada dirigida contra la cabeza desprotegida de Kull. Éste se agacho a tiempo y la espada pasó silbando por encima, cortándole un mechon de cabello. Evitar los golpes de un enano como Ducalon resultaba difícil para un hombre de la altura de Kull.
El rey pivoteo sobre sus talones y golpeó desde el costado, como pudiera haber saltado un lobo, trazando un amplio arco por debajo. Ducalon cayó hacia aras, con todo el costado izquierdo desgarrado, por dondé se le derramaban los pulmones.
 
– ¡Ducalon! – exclamó Kull, jadeante-. ¡Conocere a ese enano en el infierno…!
 
Se enderezó para defenderse de las alocadas embestidas de Ridondo, que volvio a la carga sin protegerse, armado sólo con una daga. Kull saltó hacia atrás y levanto el hacha.
 
– ¡Ridondo! ¡Atras! – gritó con voz aguda- No te hare daño…
 
– ¡Muere, tirano! – gritó a su vez el enloquesido juglar, que se abalanzó de cabeza sobre el rey.
 
Kull retrasó el golpe que disponia a asestar hasta que ya fue demasiado tarde. Sólo al sentir la mordedura del acero sobre su costado desprotegido descargo el hacha en frenesí de ciega desesperación. Ridondo cayó al suelo con el cráneo aplastado, y Kull volvió a retroceder, contra la pared, mientras la sangre brotaba de la herida del costado, a traves de los dedos de la mano que se había llevado instintivamente hacia allí.
 
– ¡Adelante ahora! ¡A por él! – rugio Ardyon, preparado para encabezar el ataque.
 
Kull apoyó la espalda contra la pred y levanto el hacha. Ofrecía una imagen terrible y primigenia. Las piernas bien separadas, la cabeza adelantada, una mano enrojecida agarrandose a la pared en busca de apoyo, la otra sosteniendo el hacha en alto, mientras que sus feroces rasgos quedaban congelados en una expresión de odio, y los ojos frios miraban a traves de una bruma de sangre que dificultaba su visión. Los hombre vacilarón; era posible que el tigre estuviera a punto de morir, pero todavía era capaz de producir muerte.
 
– ¿Quien quiere morir primero? – espeto Kull a través de lod labios aplastados y ensangrentados.
 
Ardyon saltó como sólo saltaría un lobo, se detuvo casi en medio del aire con la increible velocidad que le caracterizaba. Y cayo postrado para evitar la muerte que silbaba hacia él en forma de la hoja enrojecidad del hacha. Agito fréneticamente los pies para apartarse de allí y rodó hacia un lado justo a tiempo para evitar el segundo golpe que le dirigió Kull, una vez recuperado de su fallido primer intento. Esta vez, el hacha se hundió a muy pocos centímetros de las piernas de Ardyon, que giraba precipitadamente sobre sí mismo.
Otro desesperado sa abalanzó en ese instante, seguido sin mucha convicción por sus compañeros. El primero se había imaginado que si llegaba ante el y le alcanzaba antes de que pudiera levantar el hacha del suelo, podría acabar con su vida, pero no tuvo en cuenta la velocidad de movimientos del rey, o bien inició su ataque un segundo demasiado tarde. En cualquier caso, el hacha trazó un arco hacía arriba y golpeó desde abajo; el hombre se detuvo bruscamente, y una enrojecida caricatura de ser humano salió catapultada hacía atrás, contra las piernas de sus compañeros. En este momento, unos pasos apresurados sonaron metálicamente en el pasillo exterior, y los bribones que vigilaban la puerta gritaron:
 
– ¡Vienen soldados!
 
Ardyon lanzó una maldición y sus hombres le abandonaron de inmediato, como ratas que abandonan el barco que se hunde. Se precipitaron fuera del dormitorio, cojeantes y dejando tras de sí regueros de sangre. En el pasillo se oyeron gritos y se inicio la persecución. A excepción de los hombres muertos y moribundos que yacían sobre el suelo, Kull y Ardyon se quedaron a solas en el dormitorio real. A Kull se le doblaban las rodillas, y se apoyo pesadamente contra la pared, sin dejar de vigilar al proscrito con los ojos de un lobo moribundo. En esta extrema situación, no se le escapó la cínica filosofia de Ardyon.
 
– Todo parece haberce perdido, particularmente el honor – murmuro-. Y sin embargo, el rey muere de pie y…
 
Fuera cual fuesen los pensamientos que cruzaron en ese momento por su mente no llegaron a ser expresados, pues en ese instante se lanzó contra Kull al ver que éste empleaba el brazo que sostenía el hacha para limpiarse la sangre que le cegaba la visión. Un hombre con la espada preparada puede ser más rápido que un hombre herido, que se ve pillado por sorpresa y que sólo puede golpear con un hacha que pesa como plomo en su fatigado brazo.
Pero justo en el momento en que Ardyon iniciaba su embestida, Seno Val Dor apareció en la puerta y desde allí mismo arrojó por el aire algo que brillo, pareció cantar y termino su vuelo al hundirse en el cuello de Ardyon. El proscrito se tambaleo, dejo caer la espada y se desplomo sobre el suelo, a los pies de Kull, inundando el mármol con el torrente de una yugular cortada, como testigo mudo de que, entre las habilidades de combate de Seno, se incluía el lanzamiento del cuchillo. Kull onservó desconcertado al proscito muerto y los ojos sin vida de Ardyon le devolvieron la mirada aparentemente burlona, como si su propietario todavía mantuviera la inutilidad de los reyes y los proscitos, de las conspiraciones y contraconspiraciones.
Luego Seno se apresuro a ofrecer su apoyo al rey, y el dormitorio pronto se vio inundado de hombres armados que llevaban el uniforme de la gran familia Val Dor, y Kull se dio cuenta de que una pequeña esclava le sostenía por el otro brazo.
 
– Kull, Kull, ¿estas muerto? – pregunto Val Dor, cuyo rostro parecía mortalmente palido.
 
– Todavía no – contesto el rey con voz ronca-. Contenerme la herida del costado izquierdo. Si muero será a causa de esa herida. Es profunda… Ridondo me escribio en ella una canción de muerte…, pero las demás no son mortales. Cósédmela con rapidez, porque tengo trabajo que hacer.
 
Se apresurarón a obedecerle, maravillados, y cuando cesó el flujo de sangre, aunque estaba muy pálido a causa de la sangre perdida, sintió que recuperaba un poco las fuerzas. Ahora, todo el palacio estaba albortado. Las damas, los lores, los hombres armados, los consejeros, todos acudieron en tropel, sin dejar de hablar. Los asesinos rojos se preparaban, ciegos de rabia, dispuestos a todo, celosos del hecho de que hubieran sido otros los que ayudaran a su rey. En cuanto al joven oficial que había mandado La guardia, se escabullo en la oscuridad y ya no se le pudo encontrar, ni antes ni despues, a pesar de que se le busco a conciencia.
Kull, que segía manteniéndose en pie, sin dejar de sostener el hacha en una mano, y apoyado con la otra sobre el hombro de Seno, señalo a Tu, que permanecía allí de pie, retorciendose las manos.
 
– Tráeme la tabilla donde está escrita la ley concerniente a los esclavos.
 
– Peo, mi señor…
 
– ¡Haz lo que te digo! – grito el rey, que levanto el hacha…
 
Tu se apresuro a obedecer.
Mientras esperaba y las damas de la corte se arremolinaban a su alrededor para curarle las heridas, y trataban en vano de separar sus dedod de hierro del amngo del hacha ensangrentada, Kull escuchó la historia que le contó el jadeante Seno.
 
– Ala oyó conspirar a Kaanuub y a Ducalon. Se habia ocultado en un oscuro rincon, para llorar allí a solas,a causa de… nuestros problemas, y ene se momento pasó cerca Kaanuub, que había acudido desde su amnsión, y que temblaba de terror por miedo a que los planes pudieran salir mal, por lo que había venido de nuevo para cerciorarse de que todo marchaba bien. No se marcho hasta bien avanzada la noche, y sólo entonces encontro Ala una oportunidad para salir a hurtadillas y venir a avisarme. Pero hay un largo camino desde la casa de Ducalon hasta la casa de los Val Dor, sobre todo si tiene que recorrerlo una muchacha sola. Así, aunque reuní a mis hombres en un instante, estuvimos a punto de llegar demasiado tarde.
Kull se sujetó con firmeza a su hombro.
 
– No lo olvidare.
 
Tu entró ene se momento. Llevaba en una mano la tablilla de la ley, que coloco con gesto reverente sobre la mesa. Kull apartó a un lado a todos los que se interponian en su camino y se quedó solo, de pie.
 
– Escuchen,pueblo de Valusia – exclamo, sostenido por la bestial vitalidad que le era propia-. Estoy aqui, de pie… y soy el rey. Me han herido casi hasta acabar conmigo, pero he sobrevivido a heridas masivas. ¡Escuchenme! Ya estoy harto de esta situación. ¡No soy un rey, sino un esclavo! ¡Me veo obstaculizado por leyes, leyes y más leyes! No puedo castigar a los malhechores ni recompensar a los amigos debido a la ley, la costumbre, la tradición. ¡Por Valka! ¡A partir de ahora seré rey, tanto de derecho como de hecho! Aquí están los dos que me han salvado la vida. En consecuencia, tienen libertad para casarse y hacer lo que les plazca.
 
Seno y Ala se precipitaron el uno en brazos del otro, con gritos de alegria.
 
– ¡Pero la ley…! – exclamo Tu.
 
– ¡Yo soy la ley! – rugio Kull, y levanto el hacha.
 
La dejo caer con un movimiento rápido y la mesa se hizo añicos. Los presentes se apretaron las manos, horrorizados, paralozados, casi como si esperaran que el cielo cayera sobre ellos. Kull retrocedió, con ojos relampagueantes. La estancia pareció girar por un momento ante sus ojos, mareado.
 
– ¡Yo soy el rey, el estado y la ley! – rigió. Tomo el cetro que estaba cerca, lo rompio en dos y lo arrojo lejos de sí-. ¿Este sera mi unico centro!
 
Blandio el hacha en lo alto y slpico a los palidos nobles con gotas de sangre. Kull tomó la delgada corona con la mano izquierda, y apoyo la espalda contra la pared; sólo ese apoyo le impidio caer, pero sus brazos todvía conservaban la fortaleza de los leones.
 
– ¡No soy ni rey ni cadaver! – siguió rugiendo, con los nudosos músculos abultados, con una mirada terrible en los ojos-. Si no les gusta mi reinado… ¡vengan y tomen la corona!
 
El brazo izquierdo extendio la corona, mientras que el derecho sujetaba el hacha amenazadora, por encima.
 
– ¡Con esta hacha gobierno! ¡Este es mi cetro! Me he esforzado y he sudado para ser el rey marioneta que querian que fuese, para gobernar a su modo. A partir de ahora, lo haré a mi modo. Si no quieren luchr, tendran que obedecer. Las leyes que sean justas, se mantendran, pero aquellas que han quedado anticuadas por el paso del tiempo las aplastare como aplasto esta. ¡Por que soy el rey!
 
Y lentamente, los nobles de rostros pálidos y las damas asustadas se arrodillaron y se inclinaron, como muestra de temor y reverencia, ante el gigante ensangrentado ques e erguía por encima de todos ellos con la mirada encendida.
 
– ¡Soy el rey!  
 
 

¡CON ESTA HACHA GOBIERNO – ROBERT E. HOWARD – Part 03

3. <<CREI QUE ERAS UN TIGRE HUMANO>>
 
Un viento frío soplo por entre los bosques verdes. Un hilo de plata, como una herida, se abrío paso entre los grandes árboles de los que colgaban las lianas y las enredaderas de vivos colores. Un pájaro canto y la suave luz solar de finales del verano se desplazó por entre las ramas entrelazadas para caer en forma de aterciopelados dibujos dorados y negros de luces y de sombras sobre la tierra cubierta por la hierba. En medio de esta quietud pastoril yacía una pequeña esclava, con el rostro oculto entre los brazos blancos y suaves, y lloraba como si el corazón se le hubiera desgarrado. Los pájaros cantaban, pero ella era sorda; el arroyo la llamaba, pero ella era muda; el sol rillaba, pero ella er ciega. Todo el universo era como un vacio negro en el que sólo el dolor y las lagrimas eran reales.
En su estado, no oyo los ligeros pasos, ni vio al hombre alto de anchos hombros que surgío de entre la espesura y se quedo allí, de pie ante ella. No se dio cuenta de su presencia hasta que él se arrodiló, la levantó en sus brazos y le limpio los ojos con las manos, con tanta suavidad como pudiera hecho una mujer.
La pequeña esclava levantó la mirada y contemplo un rostro impávido y moreno, con unos estrechos y frios ojos grises que ahora, sin embargo, parecían extrañamente ablandados. A juzgar por su aspecto, sabía que este hombre no era valuso, y en tiempos tan complicados no era bueno que una pequeña esclava como ella fuera sorprendida por un extraño en un bosque solitario, sobre todo si éste era extranjero. Sin embargo, se sentia demasiado desgraciada como para tener miedo y, además, el hombre parecia amable.
 
– ¿Qué te ocurre, muchacha? – le pregunto.
 
Y como una mujer que se encuentre en el más extremo dolor tiende a exponer sus penas a cualquiera que le demuestre interes y simpatía, ella susurró:
 
– Oh, señor, soy una mujer desgraciada. Amo a un joven noble…
 
– ¿Seno Val Dor?
 
– Si, señor – contestó ella mirándole con sorpresa-. ¿Como lo sabe? Desea casarse conmigo y hoy, después de haber intentado en vano obtener el permiso, acudió a ver al propio rey. Pero el rey se negó a ayudarle.
 
Una sombra cruzó por el rostro moreno del extraño.
 
– ¿Dijo Seno que el rey se nego?
 
– No, el rey convoco al primer consejero y discutió con él durante un rato, pero finalmente cedió. ¡Oh! – sollozó-, ¡ya sabía yo que sería inútil! las leyes de Valusia son inalterables, sin que importe lo crueles o injustas que sean. Son más grandes que el propio rey.
 
La muchacha sintió los músculos de los brazos sosteniéndola, hinchados y endurecidos, convertidos en grandes cables de hierro. Por el rostro del extraño cruzo una expresión de impotencia.
 
– En efecto – murmuró rn voz baja-, las leyes de Valusia son más grandes que el rey.
 
contarle sus problemas había ayudado algo a la muchacha, que ahora se secó los ojos. las esclavas están acostumbradas a soportar problemas y sufrimientos, aunque éste le había desgarrado la vida.
 
– ¿Odia Seno al rey? – pregunto el extraño.
 
Ella negó con un gesto de la cabeza.
 
– No, comprende que él no puede hacer nada.
 
– ¿Y tú?
 
– ¿Yo…, qué?
 
– ¿Odias tú al rey?
 
Los ojos de la muchacha se encendieron.
 
– ¡Yo! ¿Quién soy yo, oh señor, para odiar a un rey? Jamás se me había ocurrido tal cosa.
 
– Me alegra oírte decir esas palabras – dijo el hombre con un tono de voz pesado-. Al fin y al cabo, el rey no es más que un esclavo, aprisionado por cadenas más pesadas.
 
– Pobre hombre – exclamó ella, apiadada, aunque sin comprenderlo del todo. Y luego se encendió su célera-. ¡Pero odio esas leyes crueles que obedecen las gentes! ¡Por qé no pueden canbiar las leyes? ¡El tiempo nunca permanece quieto! ¿Por qué deven verse las gentes de hoy regidas por leyes que fueron hechas por nuestros antepasados bárbaros, hace miles de años? – se detuvo de pronto y miro temerosa a su alrededor-. No se lo diga a nadie – susurró apoyando la cabeza, suplicante, sobre el hombro de su acompañante-. No es propio de una mujer, y menos de una esclava, que se exprese de una forma tan desvergonzada delante de alguien. Sería azotada por mis amos si se enteran.
 
El hombre corpulento sonrio.
 
– Puedes estar tranquila muchacha. Ni el propio rey se setiría ofendido por tus sentimientos. En realidad, creo que está bastante de acuerdo contigo.
 
– ¿Ha visto al rey? – pregunto ella con una curiosidad infantil que superó por un momento la desgracia que sentía.
 
– A menudo.
 
– ¿Y es verdad que mide más de dos metros y medio de altura? – preguntó con avidez-. ¿Y que tiene cuernos bajo la corona, como dice la gente?
 
– En modo alguno – contesto él riendo-. Le falta medio metro para alcanzar la altura que describes pues, en cuanto a tamaño, podría ser como mi hermano gemelo. No nos llevamos ni un centímetro de diferencia.
 
– ¿Y es tan amable como usted?
 
– A veces, cuando no se sinete frenético por asuntos de gobierno que no comprende, y por la superficialidad de unas gentes que no siempre puede comprenderle.
 
– ¿Es realmente un bárbaro?
 
– Lo es, en realidad; nacio y paso su primera infancia entre los bárbaros pagnos que hbitan el país de Atlantis. Tuvo un sueño y lo realizó. Como era un gran luchador y un salvaje espadachin, como era muy hábil en el combate, como agradaba mucho a los mercenarios bárbaros del ejercito valuso, termino por convertirse en rey. Pero el trono se tambalea bajo él, porque es un guerrero, y no un política, y porque su habilidad con la espada no le sirve ahora de nada.
 
– ¿Y es muy desgraciado?
 
– No siempre – contesto el hombre corpulento con una sonrisa-. A veces, cuando se escapa para disfrutar a solas de unas pocas horas de libertad, caminando entre los bosques, se siente casi feliz, sobre todo cuando se encuetra con una hermosa muchcha como…
 
La joven lanzo un grito, repentinamente aterrorizada, y se hincó de rodillas ante él.
 
– ¡Oh, mi señor, ten piedad! No lo sabía, ¡usted es el rey!
 
– No temas, -Kull se arrodillo de nuevo a su lado y la rodeo con un brazo, notando que la muchacha temblaba de pies a cabeza-. Antes dijiste que era amable…
 
– Y lo es, mi señor – susurro ella débilmente-. Yo… creí que era un tigre humano, a juzgar por lo que dicen los hombres, pero ahora veo que es afable y tierno, aunque… es el rey, y yo…
 
De repente, completamente confusa y perpleja, se puso de pie de un salto, echó a correr y se desvaneció al instante. Darse cuenta de que el rey, a quien sólo había soñado con ver algún día en la distancia, era realmente el hombre a quien había contado sus penas, la llenó de vergüenza y confusión y le produjo un terror casi fisico.
Kull lanzo un suspiro y se incorporo. Los asuntos de palacio volvían a reclamar su atención, y tenía que regresar para enfrentarse con problemas de cuya naturaleza no tenía más que vaga y remota idea, y acerca de cuya solución no tenia ninguna idea.
 
 
 
 

¡CON ESTA HACHA GOBIERNO! – ROBERT E. HOWARD – Part 02

2. <<Entonces fui el libertador, y ahora…>>
 
Una habitación extrañamente vacía, en contraste con los ricos tapices en las paredes y las mullidas alfombras que cubrian el suelo. Un pequeño escritorio, tras el que se hallaba sentado un hombre.
Un hombre que habría destacado en una multitud de entre un millón, y no tanto a su tamaño insolito, su altura o sus grandes hombroa, a pesar de que estas caracteristicas contribuían lo suyo a causar ese efecto, sino debido a su rostro, moreno e inmóvil, capaz de sostener cualquier mirada, y a sus estrechos ojos grises, que podían imponer, con su frio magnetismo, la voluntad de su dueño sobre los demás.
Cada movimiento que efectuaba, por muy ligero que fuese, hacia resaltar los tensos músculos de acero, y el cerebro se conectaba con esos musculos mediante una perfecta cordinación. No había nada de deliberado, ni de preconcebido en esos movimientos; o bien se sentia perfectamente agusto en el descanso, aunque siguiera siendo como una estatua de bronce, o bien se hallaba en movimiento con una rapidez felina que nublaba la visión de quien intentaba seguir sus movimientos. Ahora, este hombre apoyaba la barbilla sobre su puño, con los codos apoyados a su vez sobre el escritorio, y observaba tenebrosamente al hombre que se hallaba de pie, ante él. Este hombre se hallaba ocupado, por el mmento, en sus propios asuntos, dedicado a atarse los lazos del peto. Es más, silbaba dsitraidamente, con una actitud extraña y poco convencional, sobre todo si se tenía en cuenta que se hallaba en presencia de un rey.
 
– Brule -dijo el rey-, esta cuestion de estado me fatiga como no ma había ocurrido con nada que no fuera un combate.
 
– Eso forma parte del juego, Kull – comento Brule-. Eres el rey, y debes representar ese papel.
 
– Desearia cabalgar contigo y acompañarte a Grondar – dijo Kull con una expresión de envidia-. Tengo la impresión de que han trascurrido años desde la última vez que tuve un caballo entre las piernas, pero Tu me asegura que hay asuntos que exigen mi presencia aquí. ¡Maldito sea!
>> Hace meses, muchos meses – siguio diciendo con una creciente melancolía al no obtener respuesta, hablando en entera libertad-, derroqué a la vieja dinstia y me apoderé del trono de Valusia, con el que había soñado desde que era un muchacho criado en los territorios de los hombres de mi tribu. Eso resulto facil. Ahora, al mirar hacía atras y ver el largo y duro camino recorrido, al pensar en aquellos tiempos de trabajos, matanzas y tribulaciones, me parece que son otros tantos sueños. De un hombre de la tribu de Atlantis que era, pasé por las galeras de Lemuria, en las que trabajé durante dos años como remero esclavo; luego fui un proscrito fuera de la ley en las montañas de Valusia, después un cautivo en sus mazmorras, un gladiador en sus arenas, un soldado en sus ejercitos, hasta comvertirme en su comandante y, finalmente, en su rey.
>>El problema conmigo, Brule, es que no soñe más alla, había imaginado hasta el momento de apoderarme del trono, pero no mire más lejos. Cuando el rey Borna cayó muerto a mis pies y le arranque la corona de la cabeza ensangrentada, alcancé los límites últimos de mis sueños. A partir de entonces, todo ha sido un laberinto de ilusiones y errores. Me prepare para apoderarme del trono, pero no para conservarlo.
>> Al derrocar a Borna, el pueblo me aclam´; entonces fui el libertador, y ahora…, ahora murmuran y me dirigen míradas negras a mis espaldas, escupen sobre mi sombra cunado creen que no los miro. Han colocado una estatua de Borna, ese cerdo muerto, en el templo de la serpiente, y la gente acude ante ella para llorar, para aclamarle como monarca santificado que fue asesinado por un bárbaro con las manos manchadas de sangre. Cuando, como soldado, dirigí a sus ejercitos hasta la victoria. Valusia pasó por alto el hecho de que era un extranjero; ahora, no puede perdonarme por ello.
>> Y ahora, en el templo de la serpiente, acuden a quemar incienso en memoria de Borna presisamente los mismos hombres a quienes sus berdigos cegarón y mutilarón, padres cuyos hijos murieron en las mazmorras, esposos cuyas mujeres fueron secuestradas para formar parte de su harén. ¡Bah! Los hombres son estúpidos.
 
– En buena medida, Ridondo es responsable de ello – dijo el picto apretandose un agujero más el cinto de la espada-. Entona canciones que enloquesen a los hombres. Cuélgalo, con sus ropajes de juglar, de la torre más alta de la ciudad. Que componga rimas para los buitres.
 
Kull sacudio su cabeza leonina.
 
– No, Brule, estáfuera de mi alcance. Un gran poeta es más grande que cualquier rey. Me odia y, sin embargo, me complacería su amistad. sus canciones son más´poderosas que mi cetro, pues una y otra vez ha estado a punto de desgarrarme el corazón cuando decidió cantar para mí. Yo moriré y seré olvidado, pero sus canciones vivirán eternamente.
 
El picto se encogió de hombros.
 
– Como quieras. Sigues siendo el rey, y el pueblo no puede hacerte caer. Los asesinos rojos son tuyos hasta el último hombre, y teneís a toda la nación picta tras de ti. Ambos somos bárbaros, aunque hayamos pasado la mayor parte de nuestras vidas en este país. Y ahora me marcho. No tienes nada que temer, salvo un intento de asesinato, que tampoco hay que temer teniendo en cuenta el hecho de que tu persona se halla protegida día y noche por un escuadrón de asesinos rojos.
 
Kull levanto la mano en un gesto de despedida y el picto abandono la estancia con el sonido métalico de su armadura.
Entonces otro hombre reclamo su atención, recordándole a Kull que, a un rey, el tiempo nunca le pertenece por entero. Este hombre era un joven noble d ela ciudad llamado Seno Val Dor. Este famoso y joven espadachín y réprobo se presento ante el rey con signos evidentes de experimentar una gran perturbación mental. Su capa de terciopelo aparecía arrugada y, al hincarse de rodillas en el suelo, el penacho se le cayo miserablemente. su vestimenta mostraba mancgas, como si en su agonia mental hubiera descuidado por completo la atención de su aspecto personal algún tiempo.
 
– Mi rey y señor – dijo en un tono de profunda sinceridad-, si el glorioso pasado de mi familia significa algo para su majestad, si mi propia lealtad significa algo para ti, por el amor de Valka, concedeme lo que pido.
 
– Dime de que se trata.
 
– Mi rey y señor, amo a una doncella. Sin ella, no puedo vivir. Sin mí, ella morirá. No puedo comer, ni dormir, solo de pensar en ella. Su belleza me persigue día y noche, la radiante visión de su divina hermosura…
 
Kull se removio inquieto en su asiento. Nunca había amadó a una mujer.
 
– En tal caso, en el nombre de Valka, cásate con ella.
 
– ¡Ah! – exclamo el joven-. Ése es el problema, por que ella es una esclava llamada Ala, que pertenece a un tal Ducalon, conde de Komahar. Y en los libros negros de la ley valusa se dice que un noble no puede casarse con una esclava. Siempre ha sido así. Me he dirigido a las alturas, y siempre he recibido la misma respuesta: <<Noble y esclavo no pueden contraer matrimonio>>. Es terrible. Me dicen que nunca antes en toda la historia del imperio se ha conocido el caso de un noble que quisiera casarse con una esclava. ¿Qué representa eso para mi? Apelo a usted, como último recurso.
 
– ¿No estaría ese Ducalon dispuesto a venderla?
 
– Lo haría, pero difícilmente alteraría eso la situación, porque ella seguiria siendo una esclava, y un hombre no puede casarse con su propia esclava. Sólo la deseo como esposa. Cualquier otra solución no sería más que una burla vacía de todo contenido. Deseo mostrarla ante el mundo envuelta en pieles de armiño y cubierta de joyas, como la esposa de Val Dor. Pero eso no podra ser a menos que usted me ayuda. Ella nació esclava, de cien generaciones de esclavos, y esclava seguirá siendo mientras viva y sus hijos lo serán. Y como tal, no puede casarse con un hombre libre.
 
– En tal caso, abraza tú mismo la esclavitud para estar a su lado – sugirió Kull mirando atentamente al joven.
 
– Eso es lo que deseo – cpntesto Seno con tanta franqueza y rapidez que Kull le creyó de inmediato-. Acudí a ver a Ducalon y le dije: <<Tiene una esclava a la que amo; deseo casarme con ella. Tomame entonces como esclavo para que pueda estar así cerca de ella>>. Se nego en redondo, horrorizado. Estaba dispuestoa vendérmela, e incluso a entregármela, pero no quiso consentir en que me convirtiera en su esclavo. Y mi padre ha jurado de forma inquebrantable matarme si degradara de ese modo el buen nombre de los Val Dor. No, mi rey y señor, sólo usted puede ayudarme.
 
Kull llamá a Tu y le planteo el caso. Tu, el primer consejero, sacudio la cabeza, pesaroso.
 
– Esta escrito en los grandes libros encuadernados en hierro, tal y como ha dicho Seno. Ésa ha sido siempre la ley. Y ésa seguira siendo la ley. Ningún noble puede casarse con una esclava.
 
– ¿Y por qué no puedo cambiar yo esa ley? – pregunto Kull.
 
Tu coloco ante él una tablilla de piedra en la que se había cincelado la ley.
 
– Esta ley ha existido durante miles de años. ¿Lo ves, Kull? Fue esculpida en esta tablilla por los legisladores primitivos, hace ya tantos siglos que un hombre podría pasarse toda la noche contándolos y no acabaría. Ni tu ni cualquier otro rey puede alterar eso.
 
Kull experimento de pronto la nauseabunda y debilitante sensación de hallarse impotente, algo que últimamente habia empezado a asaltarle con cierta frecuencia. Le parecía que la realeza no era más que otra forma de esclavitud; siempre se había salido con la suya, abríendose paso entre sus enemigos con su gran espada. ¿Como podía prevalecer ahora contra amigos solícitos y respetuosos que se inclinaban ante él y le lisonjeaban y que, sin embargo, se mostraban inflexibles en lo tocante a todo lo nuevo, que se atrincheraban tras las costumbres con tradición y antigüedad, y le desafiaban tranquilamente a que se atreviera a cambiar algo?
 
– Marchate – le dijo al joven con un fatigado gesto de su mano-. Lo siento mucho, pero no puedo ayudarte.
 
Seno Val Dor salió de la estancia como un hombre con el corazón destrozado, con la cabeza y los hombros inclinados, los ojos apagados y arrastrando los pies al caminar, como si ya nada tuviera importancia alguna para él.
 

¡CON ESTA HACHA GOBIERNO! – ROBERT E. HOWARD – Part 01

 
Esta es otra historia de Kull de Atlantis… y quiero hacer un comentario previo porque tiene su historia… Originalmente esta historia fue rechazada por los de Weird Tales, que eran quienes publicaban principalmente las historas de Robert E. Howard, lo que hiso que la reescribiera esta vez llevando a otro rey bárbaro llamado Conan el Cimeriano, que se convertiría en el personaje emblema de Robert, pero bueno esa es otra historia…
Con lo que quiero especular es con los motivos por lo que rechasarón este relato; si bien, aunque hay conspiraciones, traiciones, romance y las espadas (y hachas) giran y la sangre se derrama, el centro de la historia gira alrededor de las tradiciones y las costumbres. A lo largo de la historia los personajes entablan filosoficas reflecciones sobre estos temas, y cuestinandose si aquella vieja sentencia de “asi fue escrito, asi debe ser”… es validad. Manteniendo leyes viejas y obsoletas vijentes sin importar si aun cumplen con su funcion de impartir justicia… solo por las tradiciones… si las sociedades humanas siempre estan en movimiento, ¿por que el ser humano se aferra a esas antiguas tradiciones? ¿por temor al cambio? ¿comodidad?… quizas por eso fue rechasada esta historia en su momento, por que mas que una aventura de pura acción, da pie a divagar sobre estos temas… 
Bueno eso ceo yo… ahora lean…    
 
1. <<Mis canciones son clavos para el ataúd de un rey>>
 
¡El rey debe morir a medíanoche!
 
Quien así había hablado era alto,enjunto y moreno; una cicatriz encorvada cerca de su boca le daba un aspecto insólitamente siniestro. Quienes lo escuchaban asintieron, con miradas brillantes.
Eran cuatro: un hombre bajo y grueso, con rostro timido, una boca débil y unos ojos abultados que le daban un aspecto de permanente curiosidad; un sobrío gigante, peludo y primitivo; un hombre alto y nervudo, con los ropajes de un bufón, cuyos ardientes ojos azules despedian un brillo que no parecia del todo cuerdo; y un fornido enano, anormalmente ancho de hombros y largo de brazos.
El que había hablado primero sonrió de una forma glacial.
 
– Hagamos el juramento que no puede ser roto, el juramento de la daga y la llama. Confío en ustedes, oh, sí, claro que sí. Pero es mucho mejor que cada uno de nosotros tenga la seguridad más absoluta. Observo temblores en algunos de ustedes.
 
– Esta muy bien que lo digas tú, Ardyon – dijo el hobre bajo y grueso-. De todos modos, ya eres un proscrito, un fuera de la ley a cuya cabeza se le ha puesto precio. Tienes mucho que ganar en esto, y nada que perder, mientras que nosotros…
 
– Tienen mucho que perder, y mucho más que ganar – le interrumpió el proscrito, imperturbable-. Me han llamado, me han hecho salir de mi escondite en las montañas para que los ayudara a derrocar al rey. He preparado los planes, he puesto la trampa, alimentado el cebo y estoy preparado ahora para destruir la presa, pero para ello tengo que estar seguro de su apoyo. ¿Lo juran?
 
– ¡Ya basta de estupideces! – exclamo el hombre de los intensos ojos azules-. Sí, lo juraremos este amanecer, y por la noche tendremos a un rey bailando en la cuerda. <<¡Oh, el canto de los carros de guerra, y el rumor de las alas de os buitres!>>
 
– Puedes ahorrarte tus canciones para otro momento, Ridondo – dijo Ardyon con una risotada-. Este es el momento para usar las dagas, no las rimas.
 
– ¡Mis canciones son clavos para el ataúd de un rey! – exclamo el juglar, al tiempo que extraía una daga larga y fina-. Varlets, trae aquí una vela. ¡Yo seré el primero en prestar el juramento!
 
Un esclavo silencioso y sombrio trajo un cirío, y Ridondo se pincho la muñeca e hizo brotar la sangre. Uno tras otro, todos los demoas imitaron su ejemplo y luego sotubieron cuidadosamente las muñecas ensangrentadas para que la sangre no goteara todavía. Se tomaron despues de las manos y formaron un circulo, con el cirío encendido en el centro, e hicieron avanzar las muñecas hacía el, de modo que las gotas de sangre cayeron encima y, al tiempo que la llama siseaba, repitieron:
 
– Yo, Ardyon, un hombre sin tierra, juro cumplir lo prometido y guardar silencio, y que mi juramento sea inquebrantable.
 
– ¡Y también lo juro yo, Ridondo, primer juglar de la corte de Valusia!
 
– ¡Y lo mismo juro yo, Enaros, comandante de la legión negra! – dijo el gigante-.
 
– ¡Y lo mismo juro yo, Ducalon, conde de Komahar! – dijo el enano-.
 
– ¡Y lo mismo juro yo, Kaanuub, barón de Blaal! – dijo el hombre bajo y gordo, con un trémulo falseto.
 
La luz del cirío parpadeó y se apagó, aplastada por las gotas de color rubí que cayeron sobe ella.
 
– Que así se apage la vida de nuestro enemigo -concluyó Ardyon.
 
Solto las manos de sus camaradas y les miró uno tras otro, con un desprecio cuidadosamente velado. El proscrito sabía que los juramentos podían romperse, incluso los <<inquebrantables>>, pero también sabia que Kaanuub, de quien desconfiaba más, era un hombre supersticioso. Valía la pena tener en cuenta cualkquier posible salvaguarda, por muy ligera que pudiera parecer.
 
– Mañana – dijo Ardyon bruscamente-, o más bien hoy mismo, pues ya amanece. Brule, el asesino de la lanza y mano derecha del rey, parte en dirección a Grondar, en compañia de Ka-nu, el embajador picto; irán acompañados por una escolta de pictos y un buen número de los asesinos rojos, la guardía personal del rey.
 
– En efecto – asintió Ducalon con cierta satisfacción-, ese plan fue tuyo, Ardyon, pero yo lo hise funcionar. Dispongo de un pariente en el consejo de Grondar, y resultó bastante sencillo convencer indirectamente al rey de Grondar para que solicitara la´presencia de Ka-nu. Y, claro está, como quiera que Kull honra a Ka-nu por encima de cualquier otro, debe ir acompañado de una escolta suficiente.
 
El fuera de la ley asintió con un gesto.
 
– Bien. Por fin, a través de Enaros, he logrado corromper a un oficial de la guardia roja. Esta noche, justo antes de la medianoche, ese oficial alejara a sus hombres del dormitorio del rey, con el pretexto de investigar algún ruido sospechoso o algo similar. Previamente, nos habremos introducido en el palacio, mezclados con los cortesanos, y estaremos esperando, los cinco, y dieciseis bribones desesperados a quienes he convocado para que bajen de la montaña, y que ahora se hallan ocultos en diversas partes dela ciudad. Así pues, seremos, veintiuno contra uno solo…
 
Se echo a reir. Enaros asintió con un gesto, Ducalon sonrió con una mueca, Kaanuub se puso pálido y Ridondo se frotó las manos alegremente y canto entonadamente:
 
– ¡Por Valka que todos recordaran esta noche, cuando suenen las cuerdas doradas! la caída del tirano, la muerte del despota… ¡que canciones podré componer!
 
Sus ojos se encendieron con una salvaje luz fanática, y los otros se volvieron a mirarle, con expresiones de duda. Todos, salvo Ardyon, que inclino la cabeza para ocultar una mueca. Luego, el proscrito se incorporo de repente.
 
– ¡Ya basta! Que cada cual regrese ahora a su puesto habitual, y que ni una palabra, acto  mirada traicione lo que esta en la mente de todos nosotros. Vacilo un momento, miro a Kaanuub y añadio-; Barón, la palidez de su rostro lo delata. Si Kull se encuentra con usted y le mira a esos penetrantes ojos grises que tiene, te derrumbaras. Sera mejor que se dirija a su amnsión y esperes allí a que lo llamemos. Por que con cuatro nos bastamos.
 
Kaanuub casi estuvo a punto de caer debido a su reacción de alegria, y se marchó balbuceando incoherencias. Los demas saludaron con un gesto al proscrito y se marcharon.
Ardyon se desperezó como un gran felino y sonrio con una mueca. Llamo a un esclavo y acudió un tipo de aspecto sombrio en cuyo hombro se veía la cicatriz, marcada afuego, que señalaba a los ladrones.
 
– Mañana saldré al balcon y dejare que el pueblo de Valusia me contemple – dijo Ardyon tomando la taza que le tendia-. Hace meses, desde que los cuatro rebeldes me llamarón para que bajara de las montañas, me he ocultado como una rata, he vivvido en el mismo corazón de mis enemigos, alejado de la luz durante el día, encojido y enmascarado por las noche. Y sin embargo, he conseguido lo que esos señores rebeldes no habrían podido lograr. Trabajar a traves de ellos y de otros muchos agentes, muchos de los cuales ni siquiera han visto mi rostro, dedicado a sembrar el descontento y la corrupción por todo el imperio. He sobornado y trastornado a los funcionarios, he extendido la sedición entre el pueblo y, en resumen, he trabajado en la sombra, preparando el camino para la caida del rey que ahora se sienta entronizado en el mismo sol. Ah, amigo mío, casi había alvidado que fuí un estadista antes que proscrito, hasta que Kaanuub y Ducalon enviaron a buscarme.
 
– Trabaja con extraños camaradas – dijo el esclavo-.
 
– Son hombres débiles, pero fuertes en su forma de actuar -replico lánguidamente el prsocrito-. Ducalon es un hombre astuto, osado y audaz, y tiene parientes que ocupan puestos en la corte, pero esta sumido en la pobreza, y las fincas peladas que posee se hallan sobrecargadas de deudas.Enaros no es más que una bestia feroz, fuerte y valiente como un león, con una influencia considerable entre los soldados, pero por lo demás inutil, pues le falta cerebro que hay que tener. Kaanuub es astuto a su modo y no deja de ser un pequeño intrigante, pero es un estúpido y un cobarde; avarisioso, pero poseedor de una inmnsa riqueza que ha sido esencial para mis propositos. En cuanto a Ridondo, no es más que un poeta loco, lleno de planes concebidos pelos, valeroso pero inconstante; un favorito entre la gente, gracias a sus canciones, que saben desgarrar las cuerdas de sus corazones. Él es nuestra mejor apuesta para alcanzar la popularidad una vez que hayamos logrado nuestro proposito.
 
– ¿Quién subirá al trono, entonces?
 
– Kaanuub, desde luego, ¡o eso es, al menos, lo que él cree! Tiene en sus venas un rastro de sangre real, la sangre de aquel rey a quien Kull mató con sus propias manos. Un grave error por parte del rey actual. Sabe que todavía quedan hombres que fanfarronean descender de la vieja dinastía, pero les ha dejado con vida. Así que Kaanuub conspira para apoderarse del trono. Ducalon desea recuperar el favor del que disfrutaba en el viejo régimen, para poder elevar sus posesiones y su titulo hasta recuperar la antigua grandeza perdida. Enaros odia a Kelkor, el comandante de los asesinos rojos, y cree que deveria ser él quien ocupara ese puesto. Desea llegar a ser rl comandante de todos los ejercitos de Valusia. En cuanto a Ridondo, ¡bah!, le desprecio y le admiro al mismo tiempo. Es un verdadero idealista. Ve en Kull al extranjero, al bárbaro, a un salvaje tosco, con las manos manchadas de sangre, que ha surgido del mar para invadir una nación pacifica y agradable. Ha idealizado al rey que Kull asesinó, olvidando la naturaleza vil de aquel bribón. Olvida todas las inhumanidades bajo las que gimio el país durante su reinado, y es más apto para hacer olvidar a la gente. Ya canta el “Lamento por el rey”, en el que santifica al villano y vilipendia a Kull como <<el salvaje de negro corazón>>. Kull se ríe de esas canciones y tolera a Ridondo, pero al mismo tiempo se pregunta por qué la gente se revuelve contra él.
 
– Pero ¿por qué odia Ridondo a Kull?
 
– Porque es un poeta, y los poetas odian a quienes detentan el poder, y se vuelven hacia los tiempos del pasado en busca de alivio para sus sueños. Ridondo es una antorcha encendida de idealismo, y él mismo se concibe como un héroe, como un caballero sin mancha que se eleva para derrocar al tirano.
 
– ¿Y usted?
 
Ardyon se echó a reir y vació el contenido de su copa.
 
– Yo tengo ideas propias. Los poetas son peligrosos, por que creen en lo que cantan en cada momento. Yo, en cambio, creo lo que pienso. Y pienso que Kaanuub no podrá conservar el trono por mucho tiempo. Hace unos pocos meses habia perdido ya todas las ambiciones, salvo la de asaltar los pueblos y las caravanas ,ientras viviera. Ahora, sin embargo… ahora veremos.