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EL HOMBRE OSCURO Pt 4 (de 4)

– Lamb LaidirAbul
 
El grito de guerra desgarró la calma como el rugido de una pantera herida, y mientras los hombres se volvían en dirección del alarido, el enloquecido gaélico surgió del umbral como una tromba de viento del infierno. Estaba poseído por la negra furia celta al lado de la cual palidecia la rabia berserk de los vikingos. Con los ojos llameantes y un poco de espuma en los labios retorcidos, salto entre los hombres, que, cogidos por sorpresa, se apartaron de su camino. Aquellos ojos terribles estaban clavados en Thorfel, al otro extremo del salón, pero mientras cargaba Turlogh golpeó a diestra y siniestra. Su carga fue como el asalto de un torbellino y dejó en su estela una confución de muertos y agonizantes. Los bancos chocaron con el suelo, los hombres gritaron, la cerveza se derramó de los toneles volcados. Aunque el ataque del celta fue veloz, dos hombres bloquearon su camino con las espadas desenvainadas antes de que pudiera llegar a Thorfel. Halfgar y Oswick. El vikingo con el rostro lleno de cicatrices cayó con el cráneo partido antes de que pudiera alzar su arma, y Turlogh, recibio la hoja de Halfgar en su escudo, volvió a goilpear como el relámpago y el hacha acerada penetro peto, costillas y espina dorsal.
El tumulto en el salón era terrorífico. Los hombres cogían sus armas y se empujaban por todos lados y, en el centro, la rabia del gaélico solitario era terrible y silenciosa. Como un tigre herido era Turlogh Duhn en su locura. Cada uno de sus movimientos parecía borroso por la velocidad con que lo realizaba, una explosión de fuerza dinamica. Apenas había caído Halfgar cuando el gaélico saltó sobre su cuerpo encogido hacia Thorfel, que había sacado su espada y, desconcertado, seguía inmóvil. Pero una oleada de esbirros se interpuso entre ellos. Las espadas se alzaron y cayeron y el hacha del dalcasiano relampagueo entre ellas como los rayos de una tormenta veraniega. A cada lado, delante y detrás de él, le amenazaba un guerrero. Osric cargo desde un costado, balndiendo una espada con las dos manos; del otro , un siervo de la casa cargó con una lanza. Turlogh se agacho evitando la espada y el gopeo por dos veces, hacia adelante y hacia atrás. El hermano de Thorfel cayó, con un tajo en la rodilla, y el siervo murió de pie cuando el impulso de vuelta hundió la punta trasera del hacha en el cráneo, Turlogh se enderezo, lanzando su escudo al rostro del guerrero que le atacaba de frente. La punta en el centro del escudo convirtió sus rasgos en una ruina sanguinolenta; entonces, en el insatnte en que el gaélico giraba como un gato para protegerse la espalda, sintio sobre él la Muerte. Por el rabillo del ojo vio al danés Tostig blandiendo con las dos manos su gran espada y, apretando contra la mesa, perdiendo el equilibrio, supo que ni siquiera su rapidez sobre humana podría salvarle. Entonces la silbante espada golpeó al Hombre Oscuro sobre la mesa, y con el ruido de un trueno se quebró en mil chispas azuladas. Tostig se tambaleó, aturdido, soteniendo aún la inútil empuñadura y Turlogh golpeo como con una espada; la punta superior de su hacha hirió al danés encima del ojo y se hundio hasta su cerebro.
Y hasta en ese moimento el aire estaba lleno de un extraño canto y los hombres aullaban. Un enorme esbirro, con el hacha aún levantada, se lanzó torpemente sobre el gaélico, que le corto el cuello antes de ver que una flecha con punta de pedernal se lo atravesaba ya. El salón parecía lleno de resplandecientes líneas luminosas que zumbaban como abejas y llevaban una muerte veloz en su zumbido. Turlogh arriesgo su vida lanzando una mirada hacía el gran umbral al otro extremo del sálón. Una extraña horda irrumpía a travez de él. Eran hombres pequeños y morenos, con ojos negros como cuencas y rostros inmutables. Apenas llabavan armadura,´pero si espadas, lanzas y arcos.
Arrojaban sus largas flechas negras a quemarropa y los esbirros caían como espigas segadas.
Una roja ola de combate barrio el salón de skalli, una tempestad de muerte que rompió las mesas, aplasto los bancos, desgarro las colgaduras y trofeos de las paredes y manchó los suelos con un lago rojo. Habían menos extranjeros oscuros que vikingos, pero en la sorpresa del ataque la primera oleada de flechas había igualado las oportunidades y ahora, en el combate cuerpo a cuerpo, los extraños guerreros no se mostraban inferiores en ningun modo a sus enormes enemigos. A pesar de hallarse aturdidos por la sorpresa y al cerveza que habían bebido, y sin tiempo para armarse completamente, los nórdicos lucharon con toda la indómita ferocidad de su raza. Pero la furia primitiva de los atacantes igualaba su propio valor y, al fondo del salón, donde un sacerdote de´pálido rostro protegía a una muchacha agonizante, Turlogh el Negro hería y desgarraba con un frenesí que convenia en inútiles por igual el valor y la furia.
Y por encima de todo se alzaba el Hombre Oscuro. A las ocasionales miradas de Turlogh, entre los relámágos de las espadas y el hacha, la imagen habia parecido crecer…, expandirse…, hacerse más alta; dominar como un gigante la batalla; su cabeza pareció alzarse hasta las vigas llenas de humo del gran salón; meditar como una oscura nube de muerte sobre los insectos que se cortaban las gargantas entre sí a sus pies. Turlogh sentía que le relampagueante juego de las espadas y la masacre eran el elemnato adecuado al Hombre Oscuro. Exudaba violencia y furor. El crudo aroma de la sangre recien vertida era bueno para su olfato, y los cuerpos de cabellos amarillos que gemían a sus pies eran como sacrificios para él.
La tormenta del combate sacudía el espacioso salón. Se convirtio en un amasijo donde los hombres resbalaban en charcos de sangre y, resbalando, morían. Cabezas heladas en una mueca saltaban de hombros que se encogían. Lanzas aserradas arrancaban el corazón, latiendo aún, del pecho ensangrantado. Los sesos eran aplastados y se coagulaban en las hachas que giraban enloquesidas. Las dagas saltaban hacia arriba, abriendo vientres y derranmando las entrañas en el suelo. el choque y el fragor del acero se alzaban ensordecedores. No se pedía ni se daba cuartel. Un nórdico herido había arrastrado en su caída a uno de los hombres morenos, y le estrangulab tenazmente sin importarle la daga que su víctima hundía una y otra vez en su cuerpo.
Uno de los hombres morenos agarro a un niño que corria chillando desde un cuarto interior, y le revento los sesos contra la pared. Otro aferro a una mujer nórdica por la dorada cabellera y, arrojandola de rodillas, le corto la garganta mientras ella le escuía el rostro. Quien prestara oídos a los gritos de miedo o suplica de clemencia no habría escuchado ninguno; los hombres, mujeres y niños morían acuchillados y arañando, su último aliento un sollozo de furia, o un gruñido de odio imposible de saciar.
Y en la mesa se alzaba el Hombre Oscuro, inamovible como un montaña, lavado por las rojas olas de la carnicería. Nórdicos e indigenas morían a sus pies. ¿Cuantos rojos infiernos de carnicerias y locura habían contemplado los ojos extrañamente esculpidos del Hombre Oscuro?
Hombro a hombro lucharon Sweyn y Thorfel. Athelstane el sajón, su dorada barba encrespada por la alegría del combate, se había puesto de espaldas al muro y a cada movimiento de su hacha, manejada a dos manos, caía un hombre. Turlogh llegó como una ola, evitando con ágil quiebro de cintura el primer y temible golpe. Ahora se demostraba la superioridad de la ligera hacha irlandesa, pues antes de que el sajón pudiera desviar su pesada arma. el hacha dalcasiana golpeo como una cobra y Athelstane se tambaleó cuando el filo mordio el peto y las costillas que se hallaban bajo el. Otro golpe y se derrumbo, con la sangre brotando de su sien.
Ahora nadie bloqueaba el camino de Turlogh hasta Thorfel excepto Swey, y en el mismo insatnte en que el gaélico saltaba como una pantera hacía la pareja de feroces combatintes, alguien se le adelantaba. El jefe de los Hombres Oscuros se deslizó como una sombra bajo el tajo de la espada de Sweyn y su propia espada corta golpeo hacía arriba bajo la cota. Thorfel se enfrento a Turlogh en solitario. Thorfel no era ningún cobarde; hasta llegó a reír por la pura alegría del combate mientras golpeaba, pero no había ninguna sonrisa en el rostro de Turlogh el Negro, sólo una rabia frenetica que le contorcionaba los labios y convertía sus ojos en carbones de fuego azul.
En el primer remolino de aceros la espada de Thorfel se rompió. El joven rey del mar saltó como un tigre sobre su presa, golpeando con los restos de la hoja. Turlogh rió ferozmente mientras la hoja quebrada le desgarraba la mejilla, y en ese mismo instante corto el pie izquierdo de Thorfel. El nórdico cayó con un gran estruendo, luchando luego por arrodillarse, buscando a tientas su daga. Tenía los ojos nublados.
 
– ¡Acaba ya, maldito seas! -gruño.
 
Turlogh rió.
 
– ¿Dónde esta ahora tu poder y tu gloria? – se burlo -. Tú, que habrías tomado por esposa involuntario a una princesa irlandesa…, tú…
 
De pronto su odio le ahogo y con el aullido de una pantera enloquecida blandió su hacha en un arco silbante que partio al nórdico del hombro al esternón. Otro golpe separo la cabeza, y con el espantoso trofeo en su mano se acerco a la litera donde yacía Moira O’Brien. El sacerdote le había levantado la cabeza y sostenia una copa de vino ante sus pálidos labios. Sus velados ojos grises se posaron con un leve reconocimiento en Turlogh…, y por fin pareció conocerle y trató de sonreir.
 
– Moira, sangre de mi corazón – dijo cansadamente el proscrito-, mueres en un país extraño. Pero los pájaros de las colinas de Culland llorarán por ti, y los brezos en vano suspiraran por la huella de tus piececitos. Mas no serás olvidada; por ti gotearán las hachas y chocarna las galeras y ciudades amuralladas serán pasto de las llamas. ¡Y para que tu fantasma no marche sin saciarse a los reinos de Tima-n Oge, contempla esta prueba de venganza!
 
Y sostuvo en lo alto la goteante cabeza de Thorfel.
 
– En el nombre de Dios, hijop mio – dijo el sacerdote, su voz enronquecida por el horror -, basta ya, basta ya. Proclamaras tus horribles hazañas en presencia de…, mira, ha muerto. Que Dios en su infinita justicia, tenga piedad de su alma, pues aunque se quitó ña vida, murió con todo como había vivido, en la inocencia y la pureza.
 
Turlogh reposó su hacha en el suelo e inclino la cabeza. todo el fuego de su locura le había abandonado y sólo permanecía una oscura tristeza, un profundo sentimiento de futilidad y cansancio. En todo el salón no se oia ni un ruido. Ningun gemido se alzaba de los heridos, pues los cuchillos de los hombrecitos morenos habían estado muy ocupados y, excepto los suyos, no quedaba ningun herido. Turlogh vio que los supervivientes se habían apiñado alrededor de la mesa sobre la que se hallaba la estatua y permanecían contemplándola con ojos inescrutables. el sacerdote murmuro algo sobre el cuerpo de la muchacha, pasando su rosario. Las llamas devoraban la pared mas alejada del edificio, pero nadie le prestaba atención. Entonces, de entre los muertos en el suelo, se levantó tambaleánte una forma enorme. Athelstane, el sajón, ignorado por los asesinos, se apoyó contra el muro y contemplo aturdido lo que le rodeaba. La sangre fluia de una herida en sus costillas y de otra en el cuero cabelludo, allí donde el hacha de Turlogh había golpeado ligeramente. El gaélico se acerco a él.
 
– No siento odio hacia ti, sajón – dijo cansadamente-, pero la sangre pide sangre y debes morir.
 
Athelstane le contemplo sin responder. Sus grandes ojos grises estaban llenos de seriedad, pero no de miedo. Tambien él era un bárbaro; más ágano que cristiano. También el comprendía los derechos de la uda de sangre. Pero cuando Turlogh levantaba su hacha , el sacerdote se interpuso de un salto, sus delgadas mano extendidas, sus ojos extraviados.
 
– ¡Basta ya! ¡Te lo ordeno, en el nombre de Dios! Por el todopoderoso, ¿no se ha derramando ya sangre bastante esta noche? En el nombre del altísimo, reclamo a este hombre.
 
Turlogh dejó caer su hacha.
 
– Tuyo es; no por tu juramento o tu maldición, no por que le reclames sino porque también tu eres un hombre e hiciste todo lo posdible por Moira.
 
Turlogh giró al sentir que le tocaban el brazo. El jefe de los extranjeros permanecía mirándole con ojos inescrutables.
 
– ¿Quien eres? – pregunto el gaélico sin excesivo interes. No le importaba; sólo sentia cansancio.
– Soy Brogar, jefe de los pictos, amigo del Hombre Oscuro.
– ¿Por qué me llamas asi? – pregunto Turlogh.
– Viajo en la proa de tu barca y te guió hasta Helni a través del viento y la nieve. Te salvó la vida al romper la gran espada del danés.
 
Turlogh contemplo al meditabundo Hombre Oscuro. Parecia que una inteligencia humana o sobrehumana atisbaba tras aquellos extraños ojos de piedra. ¿Fue solo la suerte la que hizo chocar la espada de Torrig con la imagen cuando la blandía en un golpe mortal?
 
– ¿Que es esta cosa? -pregunto el gaélico.
 
– Es el último Dios que nos queda – respondio el otro sombríamente -. Es la imagen del más grande de nuestros reyes, Bran Mak Morn, que unió las filas dispersas de todas las tribus pictas en una gran nación única y poderosa, que expulsó al nordico y al britano y quebró las legiones de Roma, siglos ha. Un brujo hizo esta imagen cuando el gran Morn vivía y reinaba aún, y cuando murio en la última gran batalla, su espíritu entró en ella. Es nuestro Dios. <<Dominamos hace eras. Antes del danés, antes del gaélico, antes del britano, antes dek romano, reinamos en las islas occidentales. Nuestros círculos de piedra se alzaron hacia el sol. Trabajamos el pedernal y las pieles y fuimos felices. Entonces llegaron los celtas y nos arrojaron a las tierras salvajes. Dominaron el sur. Pero nos mantuvimos en el norte y fuimos fuertes. Roma venció a los britanos y se dirigió contra nosotros. Pero de entre los nuestros se alzó Bran Mak Morn, de la sangre de Brule, La Lanza Mortífera, que hizo pedazos las filas aceradas de Roma y envió a las legiones a refugiarse al sur detrás de su Muro>> Bran Mak Morn cayó en combate, la nación se dispersó. Como lobos vivimos ahora los pictos entre las islas dipersas, entre los barrancos de las tierras altas y las oscuras colinas de Galloway. Somos un pueblo que desaparece. Pasamos. Pero el Hombre Oscuro permanece…, el Oscuro, el gran rey, Bran Mak Morn, cuyo fantasma mora para siempre en la pétrea apariencia de cómo era en vida.
 
Turlogh vio como en sueños a un viejo picto, que se parecía mucho a aquel en cuyos brazos muertos había encontrado al Hombre Oscuro, levantando la imagen de la mesa. Los brazos del anciano eran como ramas resecas y su piel colgaba de su cráneo como la de una momia, pero trasporto con facilidad la estatua que dos fuertes vikingos habían tenido problemas en llevar.
Como si leyera sus pensamientos, Brogar habló quedamente.
 
– Solo un amigo puede tocar con seguridad al Hombre Oscuro. Sabíamos que eras amigo, pues viajo en tu barca y no te hizo daño.
-¿Cómo lo sabían?
– El Anciano – señalo al viejo de la blanca barba-, Gonar, gran sacerdote del Oscuro… El fantasma de Bran acude a él en sus sueños. Fue Grok, un sacerdote menor, y su gente quienes robaron la imagen y se hicieron a la mar en una barca larga. Gonar le siguio en sueños; sí, mientras dormía envio su espíritu con el fantasma de Morn, y vio la persecución de los daneses, la batalla y la matanza en la isla de las Espadas. Te vio llegar y encontrar al Oscuro, y vio que el fantasma del rey se complacía en ti. ¡Malhayan los enemigos de Mark Morn! Pero que la buena suerte acompañe a sus amigos.
 
Turlogh volvió a sí mismo como de un trance. El calor del salón ardiendo alcanzaba su rostro y las llamas vacilantes iluminaban y ensombrecía el rostro tallado del Hombre Oscuro mientras sus adoradores le sacaban del edificio, otorgándole una extraña vida. ¿Acaso en verdad el espíritu de un rey largamente muerto vivía en esa fría piedra? Bran Mark Morn amó a su pueblo con un amor salvaje; odió a sus enemigos con un odio terrible. ¿Era posible que en esa piedra ciega e inanimada alentara el latido de un amor y un odio que venciera a los siglos?
Turlogh levantó la forma inmóvil y ligera de la muchacha muerta y la sacó del salón en llamas. Cinco gandes piraguas descansaban ancladas, y entre los rescoldos del fuego yacían los cadáveres enrojecidos de los bebedores que habían muerto en silencio.
 
– ¿Como llegaste hasta ellos sin ser descubiertos? -pregunto Turlogh-. ¿Y de dónde vinieron en las piraguas?
– Quienes viven escondidos adquieren el sigilo de la pantera – respondio el picto-. Y esos estaban borrachos. Seguimos la ruta del Oscuro y vinimos desde la Isla del Altar, junto a la tierra de los escoceses de donde Grok robó al Hombre Oscuro.
 
Turlogh no conocia ninguna isla con ese nombre pero se daba cuenta del valor de aquellos hombres al desafiar los mares en embarcaciones semejantes. Pensó en su propia barca y pidio a Brogar que enviara a sus hombres a buscarla. Así lo hizo el picto. Mientras esperaba qeu la trajeran rodeando el promotorio, contemplo al sacerdote vendar las heridas de los supervivientes. Silenciosos, inmóviles, no profirieron ni una palabra de queja o agradecimiento.
La barca del pescador apareció dando la vuelta al promotorio justo cuando el primer atisbo del amanecer enrojecía las aguas. Los pictos subían a sus embarcaciones, llevando en ellas los muertos y los heridos. Turlogh saltó a su barca y deposito suavemente en ella su penosa carga.
 
– Dormirá en su propia tierra – dijo sombríamente-. No yacerá en esta fria isla extranjera. Brogar, ¿adonde iran?
– Devolveremos al Oscuro a su isla y su altar – dijo el picto -. Por boca de su pueblo te da las gracias. Exite un lazo de sangre entre nosotros, gaélico, y quizá volvamos a ti en tus horas de nececidad, como Bran Mak Morn, gran rey de Pict Dom, volverá a su pueblo en los días venideros.
– ¿Y tú, buensacerdote? ¿Vendras conmigo? El sacerdote sacudió la cabeza y señalo hacia Athelstane. El herido sajón descansaba en un tosco lecho de pieles amontonadas en la nieve.
– Me quedo aquí para cuidar de este hombre. Esta gravemente herido.
 
Turlogh contemplo lo que le rodeaba. Los muros de los edificios se habían derrumbado en una masa de ascuas incandescentes. Los hombres de Brogar habían incendiado los almacenes y la gran galera, y el humo y las llmas luchaban eb su lividez con la creciente luz del amanecer.
 
– Te helaras o morirás de hambre. Ven conmigo.
– Encontrare sustento para los dos. No intentes persuadirme, hijo mío.
– Es un pagano y un saqueador.
– No importa. Es un ser humano…, una criatura viviente. No lo dejaré morir.
– Así sea.
 
Turlogh se preparo para zarpar. Las embarcaciones de los pictos rodeaban ya el promotorio. Hasta él llegaba con claridad los rítmicos chasquidos de los remos. No miraron atrás, inclinados sobre su labor.
Contemplo los cuerpos inmóviles en la playa, los restos calcinados y las vigas incandescentes. Bajo el resplandor el sacerdote parecía irreal por su blanca delgadez, como un santo en un viejo manuscrito iluminado. En su rostro pálido y cansado había una tristeza más que humana, un cansancio mayor que el de cualquier hombre.
 
– ¡Mira! – exclamo de pronto, señalando hacia el mar-. ¡El océano se ha vuelto de sangre! ¡Mira sus olas rojas al sol naciente! ¡Oh, pueblo mío, la sangre que has derramado por la ira convierte al propio mar en escarlata! ¿Como podrás cruzarlo?
– Vine bajo la nieve y el vendabal – dijo Turlogh, sin entender al principio-. Me voy como vine. El sacerdote sacudió la cabeza.
– Es más que un mar normal. Tus manos estan rojas de sangre y sigues una senda enrojecida, aunque la culpa no es totalmente tuya. Dios Todopoderoso, ¡Cuándo terminara el reino de la sangre?
 
Turlogh sacudió la cabeza.
 
– No terminara mientras la raza exista. Y el viento de la mañana hincho su vela.
 
 
EL HOMBRE OSCURO
ROBERT E. HOWARD.
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EL HOMBRE OSCURO Pt 3 (de 4)

 
A menos de un kilómetro de distancia estaba anclado el navio dragón de Thorfel. Y allí estaba el Skalli de Thorfel así como la larga y achaparrada construcción de troncos mal cortados cuyo resplandor delataban los ruegos que ruguían en sus interior. Gritos de ebriedad llagaban claramente a quien prestaba oídos a traés del aire limpio y tranquilo. Rechino los dientes. ¡Borrachera! Sí, estaban celebrando la ruina y la destrucción que habían causado…, las casas convertidas en ascuas humeantes…, los hombres muertos…, las muchachas violadas. los vikingos eran los señores del mundo…, todas las tierras del sur estaban infestadas bajo sus espadas. La gente del sur vivía sólo para divertirles… y para darles esclavos. Turlogh se extremeció violentamente y temblo como si estuviera helado. El ansia de sangre era como un dolor fisico, pero lucho contra las nieblas de pasión que obnubilaban su cerebro.
 
No estaba allí para combatir, sino para huir con la muchacha que habían secuestrado. Tomó cuidadosa nota del terreno, como un general revisando los planes de su campaña. Observo el lugar donde se espesaban los árboles; que las casas más pequeñas, los almacenes y las cabañas de los criados se hallaban entre el edificio principal y la bahía. Una enorme hoguera ardía junto a la costa y unos cuantos esbirros gritaban y bebían a su alrededor, pero el frío cruel había empujado a la mayoria de ellos hacía el salón del banquete del edificio principal..
Turlogh descendió, arrastrándose por el espeso boscaje de la ladera, entrando en el bosque que se extendía en una amplía curva, alejandose de la costa. Se amntuvo en el límite de sus sombras, aproximándose en un curso más bien indirecto, pero temiendo aventurarse en terreno abierto, donde podría ser visto por los centinelas que Thorfel habría destacado con toda seguridad. ¡Dioses, si solo tuviera a sus espaldas a los guerreros de Clare, como en los viejos tiempos! ¡Entonces, nada de escurrirse como un lobo entre érboles! Su mano se cerro férreamente sobre el mango de us hacha mientras visualizaba la escena – la carga, el griterío, el derramamiento de sangre, el remolinear de las hachas dalcasianas -. y suspiro. Ahora no era sino un desterrado solitario, quejámas volveria a conducir a los espadachines de su clan a la batalla. Se arrojo súbitamente a la niev detrás de un arbusto y permanecio inmóvil. se acercaban hombres procedentes de la msma dirección de la que él había venido…, hombres que gruñian ruidosamente con pesadez. Aparecieron por fin. Eran dos enormes guerreros nórdicos, su armadura de escamas plateadas destellando a la luz de la luna. Entre los dos llevaban algo con dificultad y, para sorpresa de Turlogh, vio que era el Hombre Oscuro. Su consternación, al darse cuenta de que habían descubierto su barca, fue sumergida por un asombro mayor. Aquellos hombres eran gigantes; sus brazos abultaban con férrea musculatura. Y con todo se tambaleaban bajo lo que parecía un peso portentoso. En sus manos el Hombre Oscuro parecía pesar centenar de kilos, ¡pero Turlogh lo había levantado con la ligereza de una pluma! Estuvo a punto de blasfemar en su asombro. Seguramnete, los hombres estaban bebidos.
Uno de ellos hablo, y el ralo vello de Turlogh se erizó ante el sonido de los acentos guturales, como se encrespa un perro ante la visión del enemigo.
 
– Bájalo; por la muerte de Thor, esto pesa una tonelada. Descansemos.
 
El otro gruño algo en respuesta, y  empezaron a bajar a la imagen al suelo. Entonces uno de ellos perdió su presa; su mano resbalo y el Hombre Oscuro chocó pesadamente contra ña nieve. El que había hablado primero aulló.
 
– ¡Torpe, imbécil, lo dejaste caer en mi pie! ¡Maldito seas, tengo el tobillo roto!
– ¡ Se retorció en mi mano! -grito el otro-. ¡Te digo que esta cosa está viva!
-¡Entonces la mataré! – rugió el vikingo herido y, sacando su espada, golpeó salvajemente la figura postrada.
 
Un resplandor ígneo broto al romperse la hoja en cien fragemntos, y el otro nórdico aullo al golpearle la mejilla un pedazo de acero.
 
– ¡El diablo la habita! – grito el otro, arrojando su empuñadura a lo lejos -. ¡Ni siquiera la he arañado! Toma, sostenla…, llevémosla a la taberna y que Thorfel se las arregle con ella.
– Dejala – gruño el segundo hombre, limpiándose la sangre de la cara-. Sangro como un cerdo degollado. Regresemos y digámosle a Thorfel que ninguna embarcación se ha acercado a la isla. Esto es lo que nos mando a ver al promotorio.
– ¿Qué hay de la barca donde encontramos esto? – saltó el otro-. Algún pescador escocés desviado de su curso por la tormenta y que ahora se esconde en los bosques como una rata, supongo. Vamos, échame una mano: ídolo o diablo, le llevaremos esto a Thorfel.
 
Resoplando por el esfuerzo, alzaron la imagen una vez más y prosiguieron lentamente, uno gruñendo y maldiciendo mientras cojeaba, el otro sacudiendo la cabeza de vez en cuando al entrarle sangre en los ojos.
Turlogh se incorporo cautelosamente y les vigiló. Un escalofrió subía y bajaba por su columna vertebrar. Cada uno de aquellos hombres eran tan fuerte como él, pero lo que él había llevado sin dificultad les exigía un esfuerzo sobrehumano. Sacudió la cabeza y reemprendió el camino. Por fin llegó al lugar en los bosques más cercanos a loa edificios. ahora se enfrentaba con la prueba crucial. de algún modo, debía llegar a aquel edificio y esconderse sin ser percibido. Las nubes se acumulaban. Aguardó hasta que una tapó la luna y en las tinieblas subsiguientes corrió velozmente y en silencio a través de la nieve, agazápándose. Parecía una sombra surgida de las sombras. Ahora se hallaba próxima a la casa. intentando fundirse con los troncos mal cortados. La vigilancia se hallaba ahora muy relajada, con toda seguridad…, pues, ¿qué enemigo podía esperar Thorfel, cuando se hallaba en amistad con todos los saqueadores del norte, y nadie más podía esperarse que navegase en noche semejante?
Convertido en una sombra entre sombras, Turlogh se acerco a la casa. Vio una puerta lateral y se deslizó precavidamente hacía ella. Después, se pego de nuevo a la pared. En el interior, alguien tanteaba el cerrojo. Una puerta se abrió de golpe y un guerrero enorme salió tambaleándose, cerrando la puerta de golpe tras él. Entonces vio a Turlogh. Sus labios barbudos se abrieron , pero en ese momento las manos del gaelico saltaron  su garganta y se cerraron en ella como una trampa para lobos. El grito presentido murió en un jadeo. Una mano volvió a la muñeca de turlogh, la otra desenfundo una daga y golpeo hacia arriba. Pero el hombre ya estaba inconciente; la daga chasqueó débilmente contra el corselete del proscrito y cayo en la nieve. El nordico se aflojo bajo el brazo de su asesino, su garganta ligeramente aplastada por aquella presa de hierro. Turlogh le arrojó despectivamente a la nieve y escupió sobre su rostro muerto antes de volverse de nuevo hacia la puerta.
No habían asegurado el cerrojo por dentro. La puerta cedió un poco. Turlogh atisbo el interior y vio un cuarto vacío, lleno de barriles de cerveza. Pensó en ocultar el cuerpo de su víctima, pero no sabía como hacerlo. Debía confiar en la suerte el que nadie lo viera en la espesa nieve donde yacía. Cruzó el cuarto y descubrió que llevaba a otro paralelo con el muro exterior. Se trataba también de un almacén, y estaba vacío. Desde éste, un umbral, sin puerta pero provisto de una cortina de pieles, llevaba al salón principal, como Turlogh podía deducir por los sonidos procedentes del otro lado. Atisbo cautelosamente. Estaba viendo el salón de banquetes…, el gran salón que servia como sala de festines, de consejo y residencia del amo. El salón, con sus vigas ennegrecidas por el humo, sus enormes fuegos rugientes y sus mesas cargadas de vituallas, era esa noche el escenario de una terrorífica orgía. Enormes guerreros de barbas doradas y ojos salvajes estaban setados o reclinados en los toscos bancos, caminaban por el salón o tacían cuan largo eran en el suelo. Bebían abundantemente de cuernos espumeantes y obres de cuero, y se atiborraban con grandes pedazos de pan de centeno y enormes trozos de carne que cortaban con sus dagas de los cuartos enteros que se asaban al fuego. Era una escena de extraña incongruencia, pues en contraste con estos bárbaros y sus groseras canciones y gritos, de las paredes colgaba un rico botín que atestiguaba el arte de la civilización. Delicadas tapicerías trabajadas por mujeres de Normandia; armas ricamente cinceladas que habían sido esgrimidas por príncipes de Francia y España; armaduras y vestimentas de seda de Bizancio y el Oriente…, pues los despojos de la caza, para mostrar el dominio que los vikingos tenían sobre las bestias al igual que sobre los hombres.
Los hombres modernos a duras penas pueden concebir los sentimientos de Turlogh O’Brien hacia aquellos hombres. Para él eran diablos…, ogros que moraban en el norte sólo para caer sobre la pacífica gente del sur. Todo el mundo era su presa para tomar y escoger, usar y tirar según sus bárbaros caprichos. Su mente latía y ardía mientras miraba. Les odiaba como sólo puede hacerlo un faélico…, su magnífica arrogancia, su orgullo y su poder, su desprecio por las demás razas, sus ojos austeros y amenazadores; odiaba por encima de todo lo demás aquellos ojos que miraban con desprecio y amenaza al mundo. Los gaélicos eran crueles pero tenían raros momentos de sentimiento y bonda. No había sentimiento en el alma del nórdico.
La visión de aquella orgía fue como una bofetada en el rostro de Turlogh el Negro, y sólo una cosa era necesaria para completar su locura. Le fue concedida. En la cabexera de la mesa estaba Thorfel el Hermoso, joven, apuesto, arrogante, inflamado por el vino y el orgullo. En sus constitución se parecía mucho al propio Turlogh era excepcionalmente moreno entre un pueblo moreno, Thorfel era excepcionalmente rubio entre un pueblo esencialmente de tez blanca. Su cabellera y bigote eran como oro finamente tejido y sus ojos gris claro lanzaran destellos como relámpagos. A su lado… Las uñas de Turlogh se clavaron en sus palmas… Moira de los O’Brien parecia enormemente fuera de lugar entre aquellos hombretones rubios y robustas mujeres de pelo amarillo. Era pequeña, casi frágil, y su cabello era negro con reflejos de bronce reluciente. Pero su piel era tan clara como la de ellos, con un delicado matiz rosado del que no podían presumir ni sus más hermosas mujeres. Sus carnosos labios estaban ahora pálidos de miedo y se encogía ante los clamores y el tumulto. Turlogh la vio temblar cuando Thorfel la rodeo insolentemente con su brazo. El salón vaciló en una niebla rojiza ante los ojos de Turlog, que lucho obstinadamente por controlarse.
 
– El hermano de Thorfel, Osric, a su derecha – murmuro Turlogh para si mismo-; al otro lado Tostig, el danés, que puede partir en dos a un buey con esa gran espada suya…, eso dicen. Y allí está Hangar, y Sweyn, y Oswick, y Athelstane el sajón…, el único hombre en una manada de lobos marinos. Y en nombre del diablo… ¿Qué es eso, un sacerdote?
 
De un sacerdote se trataba, sentado pálido e inmovil entre la algarabía, contando silenciosamente su rosario, mientras sus ojos llenos de pena se aventuraban hacia la esbelta muchacha irlandesa en la cabecera de la mesa. Entonces Turlogh vio algo más. En una mesa más pequeña a un lado, una esa de caoba cuyo rico trabajo de taracea la delataba como botín de las tierras del sur, se alzaba el Hombre Oscuro. Los nordicos heridos lo habían traído al salón, despues de todo. Su visión impresiono a Turlogh y calmo su cerebro. ¿Solo metro y medio de alto? Ahora parecía mucho mayor, de algún modo, dominaba la orgía, como un dios que medita asuntos hondos y oscuros más allá de la compresión de los insectos humanos que aullaban a sus pies. Como siempre que miraba al Hombre Oscuro, Turlogh sintió que una puerta se había abierto de pronto al espacio exterior y al viento que sopla en las estrellas. Parecía hallarse esperando… ¿a quien? Quizas los ojos tallados del Hombre Oscuro miraban a través de los muros del skalli, a través de la llanura nevada y por encima del promotorio. Quizas esos ojos ciegos veían las cinco barcas que en ese mismo instante se deslizaban silenciosamente con callados golpes de remo, a traves de las aguas tranquilas y oscuras. Pero de todo eso Turlog Dubh nada sabía; nada de las barcas o de sus silenciosos remeros; hombres pequeños y morenos con ojos inescrutables.
La voz de Thorfel cortó el estruendo.
 
-¡Oigan, amigos!
 
Guardaron silencio y se volvieron cuando el joven rey del mar se levanto.
 
– ¡Esta noche, tomo esposa! -trono.
 
Un retumbar de aplausos sacudio ruidosamente las vigas. Turlogh blasfemo, enfermo de furia. Thorfel cogio a la muchacha con ruda amabilidad y la deposito en la mesa.
 
– ¿No es acaso la digna novia de un vikingo? -grito-. Cierto, es algo vergonzosa, pero eso es muy norman.
– ¡Todos los irlandeses son cobardes! -grito Oswick.
-¡Como lo prueba Clontarfy la cicatriz de tu mandibula! – gruño Athelstane, cuya ligera broma hizo pestañar a Oswick y provocó un rugido de salvaje diversión en la multitud.
– Vigila tu temperamenteto, Thorfel – exclamo una joven de ojos atrevidos sentada entre los guerreros-. Las muchachas irlandesas tienen garras como los gatos.
 
Torfel rió con la confianza del hombre acostumbrado a mandar.
 
– Le daré ñecciones con una buena vara de abedul. Pero basta. Se hace tarde. Sacerdote, cásanos.
– Hija – dijo el sacerdote, tembloroso-, estos paganos me han traído aquí por la fuerza para celebrar nupcias cristianas en una casa sin dios. ¿Te casas voluntariamente con este hombre?
– ¡No! ¡No! ¡Oh, Dios, no! – Moira gritó con tan salvaje desesperación que el sudor broto en la frente de Turlogh-. ¡Oh, santo hombre, salvame de este destino! ¡Me arrancaron de mi hogar…, abatieron a mi hermano, que me habría salvado! ¡Este hombre me arrastró como si fuera un objeto…, una bestia sin alma!
– ¡Silencio! – tromo Thorfel, abofeteando en la boca con ligereza pero con la fuerza suficiente ára hacer brotar un hilo de sangre de sus delicados labios-. Por Thor que te vuelves independiente. Estoy decidido a tener una esposa, y los gritos de una noña llorosa no me detendran. Vaya, mujerzuela desgraciada, ¿acaso mo me caso contigo a la manera cristiana, simplemente por tus estúpidas supersticiones? ¡Ten cuidado de que no prescinda de las nupcias y te tome como esclava, no como esposa!
– ¡Hija! – dijo trémulamnte el sacerdote, asustado no por él sino por ella-, ¡piensalo! Este hombre te ofrece más de lo que harían muchos. Al menos, se trata de un honorable estado matrimonial.
-Cierto – gruño Athelstane-, cásate con él como una buena mujer y toma las cosas lo mejor que puedas. Más de una mujer sureña vive en las aldeas del norte.
 
<< ¿Qué puedo hacer?>> La pregunta desgarraba la mente de Turlogh. Sólo había una cosa que hacer…, aguardar hasta que la ceremonia terminara y Thorfel se retirara con su prometida. Y llevársela entonces, como mejor pudiera. Después de eso… Pero no osaba mirar más adelante. Había hecho y haría lo más que pudiera. La necesidad le había obligado a actuar en solitario; un hombre sin señor no tiene amigos, ni siquiera entre los hombres sin señor. No había modo de llegar a Moira para advertirle de su presencia. Tendría que soportar la boda sin siquiera la débil esperanza de liberación qu el conocimiento de su presencia podría haber significado. Instintivamente sus ojos saltaron hacia el Hombre Oscuro, que se alzaba sombrio y alejado del tumulto. a sus pies lo viejo luchaba con lo n uevo – lo pagano con lo cristiano -, e incluso es ese momento Turlogh sintio que lo viejo y lo nuevo eran igualmente jóvenes para el Hombre Oscuro. ¿Oían las orejas tapadas del Hombre Oscuro proas extrañas rascando la playa, el golpe de un cauteloso cuchillo en la noche, el gorgoteo que señala una garganta cortada? Los que se hallaban en el salón no oían sino su propio ruido, y los que se divertían fuera junto al fuego siguieron cantando sin notar los silenciosos anillos de la muerte que se cerraban a su alrededor.
 
-¡Basta! – grito Thorfel-. ¡Cuenta tus abalorios y musita tu farsa, sacerdote! ¡Ven aquí, muchacah, y cásate!
 
Arranco a la doncella de la mesa y la arrojó delante de él. Ella se libero con los ojos llameando. toda la caliente sangre gaélica ardía en su interior.
 
– ¡Cerdo de pelo amarillo! -grito-. ¿Piensas que una princesa de Clare, con la sangre de Brian Boro en sus venas, tomaría asiento en el banco bárbaro y llevaría en su seno los cachorros con cabezas de estopa de un ladron norteño? No… ¡Nunca me casare contigo!
– ¡Entonces te tomare como esclava! -rugio él, aferrando su muñeca.
– ¡Tampoco de ese modo, cerdo! – exclamo, olvidado su miedo por un triunfo feroz.
 
Con la velocidad de la luz le arrebató una daga del cinturon y antes de que él pudiera agarrarla hundió la afilada hoja bajo su corazón. El sacerdote grito como si hubiera recibido él la herida y, saltando hacia adelante, la cogio en sus brazos mientras caía.
 
– ¡La maldición del Todopoderoso caiga sobre ti, Thorfel! – grito, con una voz que sono como una trompeta mientras la llevaba a una litera cercana.
 
Turlogh permanecio inmovíl. Por un insatnte reino el silencio, y en ese instante Turlogh O´Brien enloqueció.
 
 
 

EL HOMBRE OSCURO Pt 2 (de 4)

Larga es la navegación de Malin Head a Helni cruzando las olas espumeantes, tal como Turlogh la emprendió. Se dirigía a una pequeña isla que yacía, junto con muchas otras, entre Mull y las Hébridas. Turlogh no tuvo dificultad en hallarla. Navego por instinto y por conocimiento. Conocía aquellos mares como un hombre conoce su casa. Había navegado por ellos como incursor y cono vengador, y una vez como cautivo azotado en el puente de un barco dragón danés. Y seguía un rastro rojo. Humo que derivaba de las costas, restos flotantes de naufragio, maderos calcinados mostrando que Thorfel devastaba su camino. Turlogh gruño, salvajemente satisfecho; le pisaba los talones al vikingo, pese a su amplia ventaja. Pues Thorfel incendiaba y saqueaba las costas en su camino, mientras que el curso de Turlogh era recto como una flecha.. Se hallaba aún lejos de Helni cuando diviso una pequeña isla ligeramente fuera de rumbo. Sabía que llevaba mucho tiempo deshabitada, pero que allí podría conseguir agua fresca. Así pues, enfilo hacia ella. la llamaban la isla de las Espadas, nadie sabía por que. Y cuando se acercaba a la playa, vio un espectáculo que interpreto correctamente. Había dos embarcaciones varadas en la orilla. Una era rudimentaria, algo parecida a la de Turlogh,  pero considerablemente mayor. La otra era larga y baja.., innegablemnete vikinga. Ambas estaban desiertas. Turlogh estuvo atento al choque de armas y el grito de la batalla, pero reinaba el silencio. Pescadores, pensó, de las islas escocesas; habían sido avistados por una banda de salteadores en alta mar o en alguna otra isla, y habían sido largamente perseguidos a remo. Pero la persecución había sido más larga de lo previsto, de eso estaba seguro; de lo contrario no la habrían empezado en una embarcación sin puente. Sin embargo, inflamado por el ansia de matar, los salteadores habrían perseguido a su presa a través de cien kilometros de aguas turbolentas, si era necesario, en una embarcación sin puente. Turlogh se aproximo a la costa, arrojo la piedra que servía de ancla y saltó a la playa, con el hacha dispuesta. Vio entonces, a corta distancia más al interior, un extraño amasijo de formas rojizas. Unas rápidas zancadas le enfrentaron con el misterio. Quince daneses de barbas rojas yacían en su propia sangre dispuestos más o menos en círculo. Ni uno respiraba. Dentro del círculo, mezclandose con los cuerpos de sus asesinos, yacían otros hombres, como Turlogh jamás había visto. Eran de corta estatura y muy morenos; ojos, helados por la muerte, eran los más negros que Turlogh hubiera visto nunca. Apenas llevaban armadura, y sus rígidas manos seguían aferrando espadas rotas y dagas. Aquí y allá yacían flecas que se habían roto en los petos de las armaduras danesas, Turlogh observo con sorpresa que muchas de ellas tenían punta de pedernal.
 
– Una lucha feroz – musitó -. Sí, las espadas han saciado largamente su sed. ¿Qué gente será ésta? ¿Dónde están los camaradas que les ayudaron a matar a estos daneses?
 
Ninguna huella se alejaba del ensangrentado lugar. La frente de Turlogh se ensombreció.
 
– Estos eran todos…, siete contra quince, y sin embargo los asesinos murieron con sus victimas. ¿Qué clase de hombres son éstos que matan dos veces su número de vikingos? son hombres pequeños, de armadura casi enixistente. Y con todo…
 
Otra idea le aslato. ¿Por qué los extrangeros no se habían dispersado y huido, escondiéndose en los bosques? Creyó conocer la respuesta. Allí, en el mismo centro del círculo silencioso, yacía algo extraño. Era una estatua, de una sustancia oscura y con la forma de un hombre. Tenía un metro cincuenta de largo, o de alto, y estaba esculpida en tal apariencia de vida que Turlogh se sobresaltó. Medio tendido sobre ella yacía el cuerpo de un anciano, tan mutilado que apenas parecía humano. Un delgado brazo rodeaba la figura; el otro se hallaba extendido, y en la mano aferraba una daga de pedernal hundida hasta la empuñadura en el pecho de un danés. Turlogh notó las temibles heridas que desfuguraban a todos los hombres morenos. Había sido difícil matarles…; habían luchado hasta ser prácticamnete despedazados y, agonizando, habían dado muerte a sus asesinos. Eso le indicaba la escena a turlogh. En los muertos rostros de los terribles extrangeros había una terrible desesperación, Noto como sus manos muertas seguían aferrando las barbas de sus enemigos. Uno yacía bajo el cuerpo de un enorme danés, en el que turlogh no pudo ver herida alguna. Hasta que miro más de cerca y vio que los dientes del hombre moreno se hundían, como los de una bestia, en el cuello de toro del otro.
Se inclino y arrastró la estatua de entre los cadáveres. El brazo del anciano la aprisionaba, y se vio obligado a tirar con todas sus fuerzas. Era como si, incluso en la muerte, el viejo se agarrara a su tesoro; pues Turlogh sentía que por esa imagen habían muerto los hombrecillos morenos. Eligieron morir junto a ella. Turlogh meneó la cabeza; su odio hacia los normados, una herencia de injusticias y ultrajes, era algo ardiente y vivo, casi una obsesión, que a veces le llevaba al borde de la locura. No había sitio para piedad en su fiero corazón; la visión de aquellos daneses, yaciendo muertos a sus pies le llenaba de una satisfacción salvaje. Pero en los otros muertos silenciosos sentía una pasión más fuerte que la suya. Allí había un impulso que les guiaba, más profundo que su odio. Sí…, y más antguo. Aquelloa hombrecillos le parecían muy viejos, no como lo son los individuos, sino como es una raza. Hasta sus cadáveres exudaban una aura intangible y primigenia. Y la estatua…
 El gaélico se agacho y la tomo para levantarla. Esperaba hallar un peso mayor y quedó asombrado. No pesaba más que si hubiera sido de madera ligera. La golpeo y el sonido le sugirió que era de hierro; luego decidio que era de piedra, pero una piedra tal como nunca había visto; sintió que una piedra semejante no podía halalrse en las Islas Británicas o en ningún otro lugar del mundo que conocía.
 Era la figura de un hombre que se parecía mucho al los hombrecillos morenos que yacían a su alrededor. Pero difería sutilmente. Turlogh sintió de algún modo que se trataba de la imagen de un hombre que había vivido tiempo ha, pues con seguridad el desconocido escultor había tenido un modelo vivo. Y había conseguido dar a su obra unm toque de vida. Allí estaba la anchura de hombros, los brazos poderosamnte moldeados; la fuerza de los rasgos era evidente. La mandibula firme, la nariz regular, la frente alta, todo indicaba una inteligencia poderosa, un elevado valor, una voluntad inflexible. Con seguridad, pensó Turlogh aquel hombre era un rey… o un dios. Pero no llevaba corona; su única vestimenta era una especie de taparrabo, trabajado tan hábilmente que cada pliege arruga estaba esculpido como si fuera real. Tenía el mismo aspecto que si hubiera sido tallada el día anterior pero, pese a todo, era obviamnete un símbolo de antiguedad.
 
– Este era su dios – medito Turlogh, contemplando lo que le reodeaba -. Huyeron de los daneses…, pero murieron finalmente por su dios. ¿Quiénes son estas gente? ¿De donde vinieron? ¿Adonde se dirigían?
 
Permaneció en pie, apoyándose en su hacha, y una marea extraña se alzó en su alma. Una sensación de poderosos abismos de tiempo y espacio se abrió ante él; de la extraña e interminable marea de la humanidad que anda siempre a la deriva; de las olas de los hombres que se funden y desvanecen con el fundisrse  y desvanecerse de las mareas del mar. La vida era una puerta abriéndose sobre dos negros mundos desconocidos… ¿Cuántas razas de hombres con sus esperanzas y miedos, sus amores y odios, habían cruzado esas puerta… en su peregrinación de la oscuridad a la oscuridad? Turlogh suspiro. Muy hondo en su alma se alzó la tristeza mística del gaélico.
 
– Fuiste rey una vez. Hombre Oscuro – dijo  a la imagen silenciosa-. quizas fuiste un dios y reinaste sobre todo el mundo. Tu pueblo paso, como está pasando el mío. Con seguiridad fuiste un rey del Pueblo del Pedernal, la raza que mis antecesores celtas destruyeron. Bien, hemos tenido nuestros días y también nosotros nos vamos. Estos daneses que yacen a tus pies… son ahora los conquistadores. Deben tener su día… más tambien ellos pasaran. Pero tú vendrás conmigo. Hombre Oscuro, rey, dios, diablo o lo que seas. Sí, pues tengo en mente que me traeras suerte, y suerte es lo que voy a necesitar cuando vea a Helni, Hombre Oscuro.
 
Turlogh ató fuertemente la imagen en la proa. Una vez más rastreo el mar. Los cielos se volvieron grises y la nieve caía en rpafagas que pinchaban y herían. Las olas se estriaban en gris con el hielo y los vientos se hinchaban y golpeaban el mar abierto. Pero Turlogh nada temía. ya su barca navegaba como jamás lo había hecho antes. A través del rugido del la galema y de la nieve que azotaba guió la barca, y a la mente del dalcasiano le pareció que el Hombre Oscuro le ayudaba. Con toda seguridad se habría perdido un centenar de veces sin ayuda sobrenatural. Lucho con toda su habilidad marinera, y le pareció que había una mano invisible en el timón, y en el remo; que un arte más que humano le ayudaba cuando tendia la vela. Y cuando todo el mundo se convirtio en un ondulante velo blanco en el que hasta el sentido de la orientación del gaélico se perdió, le pareció que guiaba el timón siguiendo una voz silenciosa que hablaba en elas regiones oscuras de su conciencia. No se sorprendio tampoco cuando por fin, ceso la nieve y las nubes se alejaron bajo una luna fria y palteada, vio alzarse tierra más alla y la reconocio como la isla Helni. Aún más, supo que justo despues de la saliente de la costa se hallaba la bahía donde el barco dragon de thorfel estaba anclado cuando no surcaba los mares, y a cien metros de la bahía se hallaba la morada de Thorfel. Sonrio salvajemente. Ni toda la habilidad del mundo podiá haberle traido a este lugar exacto; era pura suerte… No, era más que suerte. Allí se hallaba el mejor lugar posible para aproximarse… a media milla del dominio de su enemigo, pero escondido a la visión de cualquier centinela por la saliente del promotorio. Contemplo al Hombre Oscuro en la proa… meditabundo, inescrutable como la esfinge. Una sensación extraña inundó al gaélico… la que todo aquello era su obra; que él, Turlogh, era solo un peón en el juego. ¿Que era aquel fetiche? ¿que lúgubre secreto encerraba aquellos ojos tallados? ¿Por que los hombrecillos morenos luchaban yan terriblemente por él?
Turlogh  llevó su barca a un pequeño entrante en la costa. Anclo a unos cuantos metros dentro de el y salto a la orilla. dirigió una última mirada hacia el pensativo Hombre Oscuro en la proa, y se dio vuelta y ascendio apresuradamente la cuesta del promotorio, manteniendose tan cubierto como le fue posible.

EL HOMBRE OSCURO – PT 1 (DE 4)

Pues en esta noche se desenvainan las espadas,
y la torre pintada de las hordas paganas se inclina bajo nuestros martillos,
fuegos y sogas,
se inclinan un poco y cae.
 
Chesterton.
 
 
Un viento mordiente hacía derivar la nieve que caía. El oleaje gruñia en la agreste costa y, más a lo lejos, largas olas plomizas gemían incesantemente. El gris amanecer que se abría paso sobre la costa de Connacht, un pescador caminaba penosamente, un hombre tan salvaje como la tierra que le soportaba. Sus pies estaban envueltos en cuero mal curado; una única vestimente de piel de ciervo delineaba su cuerpo. No llevaba otra ropa. Mientras marchaba impasible por la costa, tan indiferente a la mordedura del frio como si fuera el animal velludo que aparentaba al primer vistazo, se detuvo. Otro hombre surgió entre el velo de la nieve que caía y la flotante niebla marina.
 
Turlogh Dubn se alzó ante él.
 
Era casi una cabeza más alto que el fornido pestador y tenía el aspecto de un guerrero.
Cualquier hombre o mujer cuyos ojos se posaran en Turlogh Dubh fijaria en él la mirada largo rato. Medía más de un metro ochenta de alto, y la primera impresión de delgadez se desvanecía tras un examen más atento. Era grande, pero de constitución perfecta; soberbia era la anchura de sus hombros y su torso. Tenía los miembros largos pero sólidos, combinando la fortaleza de un toro con la esbelta velocidad de una pantera. El más ligero de sus movimientos mostraba la férrea coordinación del gran luchador. Turlogh Dubh.., Turlogh el Negro, en tiempos pasados del clan O’Brien. Y negro era en cuanto a la cabellera, y oscuro de tez. Bajo unas cejas negras y espesas atisbaban ojos de un profundo azul volcánico. Y en su rostro bien afeitado había algo de las sombrías y oscuras montañas, del océano a media-noche. Como el pescador, era parte de aquella tierra feroz.
 
En su cabeza llevaba un sencillo casco sin visera y carente de todo símbolo o penacho. Del cuello a medio muslo estaba protegido por una ceñida cota de malla negra. El faldellín que llevaba bajo su armadura y que le llegaba a las rodillas era de simple tela. Llevaba las piernas envueltas en un duro cuero que podía desviar el filo de una espada, y su calzado se hallaba desgastado de mucho viajar. Un ancho cinturón rodeaba su esbelta cintura, susteniendo una larga daga en una funda de cuero. en su brazo izquierdo llevaba un pequeño escudo redondo de madera cubierta de piel, duro como el hierro, reforzado por bandas de acero, y con una punta pequeña pero fuerte en el centro. Un hacha colgaba de su muñeca derecha, y hacia ella se dirigieron los ojos del pescador. El arma, con su mango de un metro y graciosas líneas, parecía pequeña y ligera cuando el pescador la com paro mentalmente con las grandes hachas que llevaban los normandos. Y con todo, apenas habían trascurrido tres años, como dabía el pescador, desde que hachas semejantes aniquilaran a las hordas nornandas, infligiéndoles una sangrienta derrota y rompiendo para siempre el poder pagano. Había algo de individual en el hacha y en su poseedor. No era como ninguna de las que el pescador había visto. Tenía un solo filo, con una corta punta de tres filos detrás y otra encima de la cabeza. Como su portador, era más pesado de lo que parecía. Con su mango ligeramente curvado, y el arte lleno de gracia de la hoja, su aspecto era el arma de un experto.., rápida, letal, mortifera, como una cobra. La cabeza era la más fina artesanía irlandesa, lo que en aquellos días equivalía a la mjor del mundo. El mango, cortado de un roble centenario, especialmente endurecido al fuego y reforzado con acero, era tan difícil de romper como una barra de hierro.
 
– ¿Quein eres? -pregunto el pescador, con la brusquedad del oeste.
– ¿Quien eres tú para preguntarlo? -respondió el otro.
 
Los ojos del pescador derivaron hacia el único adorno que llevaba el otro.., un pesado brazalete de oro en el brazo izquierdo.
 
– El rostro rasurado y el corte de pelo a la manera normanda… -murmuro-. Y tu tez oscura… Diría que eres Turlogh el Negro, el desterrado del clan Na O’Brien. Mucho has andado; oí de ti por última vez en las colinas de Wickiow, cuando hacías presa por igual de los O’Reilly y los hombres de Oast.
 
– Desterrado o no, un hombre debe comer – gruño el dalcasiano.
 
El pescador se encogió de hombros. Un hombre sin dueño… era un camino difícil. En aquellos días de clanes, cuando los propios parientes de un hombre le expulsaban se convería entonces en un hijo de Ismael, con una venganza que cumplir. Todos los hombres estaban contra él. El pescador había oído hablar de Turlogh Dubh.., un hombre extraño y amargado, un terrible guerrero y hábil estratega, pero a quien repentinos estallidos de extraña locura convertían en un hombre marcado, incluso en aquel país y tiempo de locos.
 
– Será un mal día – dijo el pescador, sin referirse a nada en concreto.
 
Turlogh contempló sombríamente la barba enredada y el salvaje desorden de la cabellera del pescador.
 
– ¿Tiene una barca? -pregunto.
 
El otro señalo hacia una cala pequeña y refugiada, donde estaba anclada una hermosa embarcación contruida con la habilidad de cien generaciones de hombres que habían arrancado su sustento del tozudo mar.
 
– No parece muy marinera – dijo Turlogh.
– ¿Marinera? Tú que naciste y creciste en la costa occidental deberías estar mejor enterado. con ella he navegado en solitario hasta la bahía de Drumcliff y he regresado, con todos los diablos del viento intentando hacerla pedazos.
– No se puede pescar en un mar así.
– ¿Acaso crees que sólo los jefes se divierten arriesgando sus pellejos? Por todos los santos, he navegado con tormente hasta Ballinskellings, y he regresado también, sólo para divertirme.
– Muy bien – dijo Turlogh -. Tomaré tu barca.
-¡Tomaras un diablo! ¿Qué conversasión es ésta? Si quieres salir de Erín, vete a Dublín y toma el barco con tus amigos daneses.
 
Un sombrio fruncimiento de cejas convirtió el rostro de Turlogh en una máscara amenazante.
 
– Algunos hombres murieron por menos que eso.
– ¿Acaso no intrigaste con los daneses? ¿Y no fue por eso por lo que tu clan te esilió para que murieras de hambre entre los brezales?
– Los celos de un primo y el despecho de una mujer – gruño Turlogh-. Mentiras.., rodó mentiras. Pero basta ya. ¿Has visto una serpiente larga surgir del sur los últimos días?
– Sí.., hace tres días avisamos una galera con el mascarón del dragón, antes de la tempestad. Pero no echó el ancla… A fe mía que los piratas no reciben de los pescadores occidentales sino golpes.
– Sería seguramente Thorfel el Hermoso – musito Turlogh, balanceando su hacha por la correa de la muñeca-. Lo sabía. Una partida de saqueadores cayó por la noche sobre el castillo de Kilbaha. Las espadas saciaron su sed.., y los piratas se llevaron a Moira, hijo de Murtagh, un jefe de los dalcasianos.
– He oído de ella – murmuró el pescador-. Las espadas se afilaran en el sur… ¿un mar de sangre, eh, mi joya negra?
– Su hermano Dermod yace indefenso con una herida en el pie. Las tierras de su clan están amenazadas por los MacMurroughs en el oeste y los O’Conner en el norte. No puede apartar a muchos hombres de la defensa de su tribu, ni siquiera para buscar a Moira… el clan esta luchando por su vida. Toda Erín se mueve bajo el trono dalcasiano desde que cayo el gran Brian. Aun así Cormac O’Brien ha salido a la mar para cazar a sus raptores.., pero siguen un rastro engañoso, pues se cree que los incursores eran daneses de Coninbeg. Bueno, los desterrados tenemos nuestros medios de información… Fue Thorfel el Hermoso, que domina la isla de Slyne, a la que los normandos llaman Helni, en las Hébridas. allí la han llevado… y allí le seguiré. Préstame tu barca.
– ¡Estas loco! – exclamo vivamente el pescador-. ¿Qué estas diciendo? ¿De Connacht hasta las Hébridas en una barca sin abrigo? ¿Con este tiempo? Digo que estás loco.
– Lo intentaré – respondió Turlogh, como ausente-. ¿Me dejaras tu barca?
– No.
– Podría matarte y cogerla – dijo Turlogh.
– Podrías -replico el pescador, imperterrito.
– ¡Cerdo rastrero! -gruño apasionadamente el fujitivo-, una princesa de Erín languidece bajo el brazo de un salteador del norte y tú regateas como un sajon.
– ¡He de vivir! – exclamo el pescador, con igual apasionamiento-. ¡Toma mi barca y morire de hambre! ¿Cuando podré conseguir otra igual? ¡Es la mejor de su clase!
 
Turlogh llevó la mano al brazalete de su brazo izquierdo.
 
– Te pagaré. Esto es un torue puesto por Brian Boro en mi brazo, con sus propias manos ante Clontarf; con el podras comprar cien barcas. Me he muerto de hambre llevándolo en el brazo, pero ahora la necesidad es desesperada.
 
Más el pescador sacudió la cabeza; la extraña falta de lógica de los gaélicos ardía en sus ojos.
 
– ¡No! Mo choza no es lugar para un torque tocado por la mano del rey Brian. Guárdalo… y llévate la barca, en nombre de todos los santos, si tanto significa para ti.
-La tendrás de vuelta cuando regrese – prometio Turlogh-, y puede que una cadena de oro que adorne el cuello de toro de algún salteador normando.
 
El día era triste y agobiante. El viento gemía, y la sempiternamonotonía del mar era como la pena que nace en el corazón del hombre. El pescador permaneció de pie en las rocas y contemplo la frágil embarcación deslizarse y retorcerse como una serpiente entre las rocas hasta que la furia del mar abierto la atrapo y la sacudió como una pluma. El viento hincho la vela y la esbelta barca saltó y se tambaleo, para enderezarse luego y correr ante el vendaval, empequeñeciendose hasta no ser sino un punto que bailaba en los ojos del observador. Y después un torbellino de nieve la oculto de la vista.
 
Turlogh comprendía algo de la locura de su peregrinación. Pero había crecido en la dureza y el peligro. El frío, el hielo y el granizo que habrían congelado a un hombre más débil no hacían sino espolearle a mayores esfuerzos. Era tan duro y flexible como un lobo. Entre una raza de hombres cuya dureza asombraba incluso a los normandos más resistentes, turlogh Dubh era único. cuando nació le arrojaron a la nieve para poner a prueba su derecho a sobrevivir. Su infancia y su juventud habían trascurrido en las montañas, costas y paramos del oeste. Hasta el estado adulto jamás había llevado sobre el cuerpo telas tejidas; una piel de lobo había sido el vestido de aquel hijo de un jefe dalcasiano. Antes de ser puesto fuera de la ley podía agotar un caballo, corriendo todo el día delante de él. Nunca se había fatigado en la natación. ahora, desde las intrigas de los celosos hombres de su clan le habían arrojado a las tierras salvajes y a la vida del lobo, su dureza era tal que el hombre civilizado no pidría concebirla.
 
Ceso la nieve, aclaro el tiempo, se detuvo el viento. Turlogh tenía que ceñirse a la linea costera, evitando los arrecifes contra los que parecía iba a estrellarse, una y otra vez. Trabajo incansablemnte con timon, vela y remo. Ni un hombre ebtre mil marineros podría habelos logrado, pero Turlogh lo hizo. No necesitaba dormir, mientras timoneaba, comía las frugales provisiones que le había dado el pescador. Al divisar Malin Head el clima se había convertido en una fuerte brisa  que hacia volar la pequeña barca. Los días y las noches se confundieron. turlogh se dirigía hacia el este. Sólo una vez tomo tierra para proveerse de agua fresca y dormir algunas horas.
Mientras mantenía el timón pensó en las últimas palabras del pescador.
 
– ¿Por qué arriesgas tu vida por un clan que ha puesto precio a tu cabeza?”
 
Turlogh se encogió de hombros. Fuerte era el lazo de sangre. El simple hecho de que su gente le hubiera echado para morir como un lobo acosado de los páramos no alteraba el hecho de que era su gente. La pequeña Moira, la hija de Murtagh na Kilbaha, no tenia nada que ver con ello. La recordaba -había jugado con ella cuando ambos eran niños-; recordaba el gris profundo de sus ojos, el sombío brillo de su negra cabellera, la hermosura de su piel. Ya de niña su belleza era notable… ¡Maldición!, incluso ahora era una niña, pues él, Turlogh, era joven y le llevaba bastantes años… Ahora corría hacia el norte para convertirse en novia involuntaria de un salteador normando, Thorfel el Hermoso.., el Apuesto. Turlogh juro por los dioses que no conocían la cruz. Una niebla roja ondulo ante sus ojos, de modo que las olas marinas enrojecieron a su alrededor. Una muchacha irlandesa cautiva de un pirata noemando… Con gesto rabioso, Turlogh enderezo la proa y se dirigió hacia mar abierto, con un resplandor de locura en los ojos.