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LA GALLINA DEGOLLADA – HORACIO QUIROGA

LA GALLINA DEGOLLADA.

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida. Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón. El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal. Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación? Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres. Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre. —¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito. El padre, desolado, acompañó al médico afuera. —A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá. —¡Sí!… ¡Sí! —asentía Mazzini—. Pero dígame: ¿Usted cree que es herencia, que?… —En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien. Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad. Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo.

Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota. Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos! Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores. Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad. No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores. Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba. —Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos. Berta continuó leyendo como si no hubiera oído. —Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos. Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada: —De nuestros hijos, ¿me parece? —Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos. Esta vez Mazzini se expresó claramente: —¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no? —¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo!… ¡No faltaba más!… —murmuró. —¿Qué, no faltaba más? —¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir. Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos. —Como quieras; pero si quieres decir… —¡Berta! —¡Como quieras! Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo. Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complaciencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza. Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo. No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear. Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia. De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga. Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini. —¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces?. . . —Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito. Ella se sonrió, desdeñosa. —¡No, no te creo tanto! —Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a tí. . . ¡tisiquilla! —¡Qué! ¿Qué dijiste?… —¡Nada! —¡Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú! Mazzini se puso pálido. —¡Al fin! —murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías! —¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos, ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez. —¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora! Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios. Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra. A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina. El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación… Rojo… rojo… —¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina. Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos. —¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo! Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco. Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron; pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse enseguida a casa. Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca. De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó. Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio , y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más. Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo. —¡Soltáme! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída. —¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó. —Mamá, ¡ay! Ma… —No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo. Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija. —Me parece que te llama—le dijo a Berta. Prestaron oído, inquietos, pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio. —¡Bertita! Nadie respondió. —¡Bertita! —alzó más la voz, ya alterada. Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento. —¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror. Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso, conteniéndola: —¡No entres! ¡No entres! Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.


LIBRO DE SANGRE – CLIVE BARKER

librosdesangrevolumen1LIBRO DE SANGRE VOL. 1

CLIVE BARKER

HORROR

1984

– La Política del Cuerpo (The Body Politic)

– La Condición Inhumana (The Inhuman Condition)

– Revelaciones (Revelations)

– ¡Abajo, Satan! (Down, Satan)

– La Era del Deseo (The Age of Desire)

– Lo Prohibido (The Forbidden)

– La Madonna (The Madonna)

MFIRE

Volumen 1 de “Libro de Sangre” del escritor Clive Barker, editado en 1984. En esa época aclamado por la crítica y los más grandes maestros del horror, Barker nos regala siete cuentos de horror, locura, maldad y perversión. “La Política del Cuerpo” y “La Era del Deseo” lo mejor de este volumen, opinión personal.


EL FUEGO DE ASURBANIPAL – ROBERT E. HOWARD PART 3 de 3

Se giró y se dirigió hacia el trono, pero uno de sus hombres, un gigante con barba y con un solo ojo, exclamo:

-¡Detente, señor! ¡Un mal muy antiguo reino en este lugar antes de los días de Mahoma! El djinn aúlla por estas salas cuando el viento sopla, y muchos hombres han visto fantasmas bailando en las murallas bajo la luz de la luna. Ningún mortal ha desafiado a esta ciudad durante miles de años excepto uno, hace unos cincuenta años, que huyó desesperado.

> Has venido desde El Yemen y no conoces la vieja maldición que pesa sobre esta ciudad depravada y sobre sus piedra maléfica, que late como el corazón rojo de Satán. Te hemos seguido hasta aquí en contra de nuestros principios por que has demostrado ser un hombre fuerte y porque dices que tienes un conjuro contra todos los seres malignos. Dijiste que solo quería echarle un vistazo a esta piedra preciosa, pero ahora nos hemos dado cuenta de que tu   intención no es otra que la de quedártela. ¡No ofendas al djimm!>>

-¡No, Nureddin, no ofendas al djinn! -repitieron a coro el resto de beduinos. Los rufianes que siempre habían sido fieles al sheik se mantenían en un grupo compacto, aparte de los beduinos, y no dijeron nada; envilecidos por los crímenes y otras acciones nada piadosas, eran menos sensibles a las supersticiones de los hombres del desierto, que habían escuchado durante siglos la temible historia de la ciudad maldita. Steve, a pesar de que odiaba a Nureddin con todo el veneno que podía destilar su alma, se dio cuenta del magnetismo de ese hombre, una capacidad de liderazgo innata que le había permitido imponerse a los temores de muchos años.

-La maldición recae sobre los infieles que irrumpen en la ciudad -respondió Nureddin-, no en los creyentes. Miren, en esta habitación hemos vencido a nuestro enemigo Kafar!

Uno de aquellos halcones del desierto que lucía una barba blanca negó con la cabeza.

-La maldición es más antigua que Mahoma, y no distingue entre razas o creencias. Unos hombres terribles se agruparon en esta ciudad negra en el amanecer de los tiempos. Oprimieron a nuestros antepasados de tiendas negras y lucharon entre ellos; las murallas negras de esta ciudad se tiñeron de sangre y vibraron con los gritos de fiestas profanas y los susurros de oscuras intrigas.

>Te voy a contar cómo vino hasta aquí esta piedra: a la corte de Asurbanipal llegó un mago al que la oscura sabiduría de los tiempos no le estaba negada. Con el fin de ganar honor y poder para si mismo, desafió los horrores de una enorme cueva sin nombre que se encuentra en una tierra oscura y desconocida, y de aquellas malignas  profundidades extrajo esta gema brillante, tallada por las propias llamas del infierno. Gracias a su terrible dominio de la magia negra, hechizó al demonio que custodiaba la antigua gema y la robo, dejándolo dormido en aquella caverna desconocida.

>Una vez que este mago -llamado Xuthltan- se hubo instalado en la corte del sultán Asurbanipañ empezó a hacer magia y predecir sucesos escrutando el interior de la piedra, que sólo sus ojos podían contemplar sin quedar completamente cegado. Entonces la gente la llamo a esta piedra el Fuego de Asurbanipal. en honor del rey.

>Pero la desgracia se cernió sobre el reino y la gente empezó a decir que era a causa de la maldición del djimm. Entonces el sultán, asustado. le ordeno a Xulhltan que tomara la gema y la devolviera a la caverna de donde la había robado, antes de que produjese males todavía peores.

>Pero no era intención del mago deshacerse de la gema en la que había podido leer los extraordinarios secretos de la época pre-Adamita, por lo que huyó a la ciudad rebelde de Kara-Shehr, donde pronto estalló una guerra civil y los hombres lucharon los unos contra los otros para hacerse de la gema. En ese momento el rey de la ciudad, anhelando apoderarse de la piedra, atrapo al mago y lo torturo hasta la muerte. Y fue en esta misma habitación donde vio cómo moría, el rey se sentó en el trono con la gema en su mano, como se había sentado, como se ha sentado a lo largo de los siglos, ¡como está sentado precisamente ahora!>>

El árabe señalo con el dedo la masa de huesos que ocupaba el trono de mármol y los bravos hombres del desierto retrocedieron atemorizados; incluso a algunos de los secuaces más fieles a Nureddin se les heló el aliento, pero el sheik se mantuvo imperturbable.

-En el momento de morir -continuo el viejo beduino-. Xuthltan maldijo la piedra cuya magia no le había salvado y gritó unas palabras terribles que rompieron el hechizo que pesaba sobre el demonio de la caverna y lo liberó. E invocando a los dioses olvidados, Cthulhu, Koth y Yog.Sothoth, y a los moradores pre-adamitas de todas las ciudades oscuras ocultas bajo mar y en las profundidades de la tierra, les impelió a recuperar lo que era suyo, y en su último aliento condeno al falso rey. Y esta condena consistió en que el rey permanecería sentado en su trono, con el fuego de Asurbanipal en la mano, hasta el día del Juicio Final.

>Entonces la gran piedra grito como si estuviese viva, e inmediatamente, ante los ojos del rey y de sus soldados, una bruma negra que se movía en círculos se alzó desde el suelo y liberó un viento fétido. Y de este viento surgió un espantoso espectro que alargo sus terribles zarpas y las dejó caer sobre el rey, que desfalleció y murió al contacto de ellas. Los soldados huyeron despavoridos y, con el resto de habitantes de la ciudad, se lanzaron al desierto, donde perecieron o consiguieron llegar completamente destrozados hasta las lejanas poblaciones de los oasis. Kara-Shehr quedó desierta y silenciosa, y se convirtió en madriguera para reptiles y chacales. Las pocas veces que la gente del desierto se han aventurado en la ciudad, se han encontrado con el rey muerto en su trono, asiendo la resplandeciente gema, pero nunca se han atrevido a  tocarla, ya que saben que el demonio que la vigila está cerca, acechando, de la misma manera que nos esta acechando ahora, mientras permanecemos aquí>>

Los guerreros se estremecieron y empezaron a mirar a su alrededor. En ese momento Nureddin tomó la palabra:

-Entonces, ¿por que no apareció cuando los extranjeros entraron a la sala? ¿Acaso está tan sordo que el ruido del combate no lo ha despertado?

-Todavía no hemos tocado la gema -respondió el viejo beduino-, y tampoco lo han hecho los extranjeros. Los hombres pueden verla y continuar vivos, pero ningún mortal que la haya tocado ha sobrevivido.

Nureddin siguió hablando, pero en cuanto vio aquellos rostros tan obstinados se dio cuenta de la inutilidad de todos sus razonamientos. Entonces cambió su actitud radicalmente.

-Yo soy quien manda aquí -dijo con voz firme mientras dejaba caer la mano sobre la funda de su pistola-. ¡No me he esforzado tanto ni he  asesinado por esta gema como para ahora echarme atrás por culpa de unos temores sin ningún fundamento! ¡Todos quietos! ¡Si alguno intenta detenerme. su cabeza peligrara!

Los miró fijamente, con un brillo amenazador en los ojos, y todos recularon, impresionados por el poder de su carácter despiadado. Se acerco con paso firme a los escalones de mármol. Los árabes mantuvieron el aliento, acercándose poco a poco hacía la puerta; Yar Alí, que por fin había recuperado el conocimiento, emitió un gemido de impotencia; <<¡Dios!>>, pensó Steve, <<¡Que escena más extraña>>. Dos prisioneros atados sobre el suelo lleno de polvo, unos guerreros salvajes agrupados entre si y sosteniendo sus armas, el olor agrio de la sangre y de la pólvora quemada todavía flotando en el aire, cuerpos que yacen envueltos en sangre, con el cerebro y las entrañas esparcidos  por el suelo; y, sobre el pedestal, el terrible sheik ajeno a todo excepto al maligno brillo carmesí que surgía de entre los dedos del esqueleto que descansaba en el trono de mármol.

Un tenso silencio se apoderó cuando Nureddin alargó lentamente la mano, como si estuviese hipnotizado por la vibrante luz carmesí. En el subconsciente de Steve se despertó un estremecimiento débil, como de algo inmenso y desagradable que se despertaba de repente después de un largo letargo. Los ojos del americano se dirigieron instintivamente hacia aquellas paredes siniestras y enormes que le rodeaban. El brillo de la joya había cambiado de manera sorprendente; ahora era de un rojo más intenso, más profundo, que aparecía hostil y amenazador.

-Corazón de todos los males -murmuro el sheik-, ¿cuántos príncipes han muerto por ti desde los inicios del mundo? Probablemente es la sangre de los reyes lo que palpita en tu interior. Los sultanes, princesas y generales que te han lucido como suyo ahora no son más que polvo y han caído en el olvido, pero tú aún brillas con una intensidad majestuosa, fuego del mundo.

Nureddin tomó la piedra y un gemido estremecedor surgió de las gargantas de los árabes. Un gemido que cortó rápidamente un grito inhumano. A Steve le pareció que era la magnífica joya quien había gritado como si estuviese viva. La piedra se escurrió de la mano del sheik. Es posible que se le cayese a Nureddin, pero a Steve le pareció que la piedra se movió convulsivamente, igual que se podría mover una cosa viva. Cayó desde el pedestal y fue saltando de escalón en escalón, con Nureddin saltando detrás suyo, maldiciendo el momento en que se le escapo de la mano. La piedra llego hasta el suelo, cambiando de dirección de repente y, a pesar de la cantidad de polvo y de arena, fue rodando como una bola de fuego hasta la pared de detrás. Nureddin ya la tenía prácticamente en su poder -la piedra golpeó la pared y se detuvo- y alargó el brazo para hacerse de nuevo con ella.

Un alarido de terror rompió aquel tenso silencio. Sin previo aviso, la solida pared se abrió y de su interior surgió un tentáculo que golpeo y envolvió el cuerpo de sheik, igual que una pitón aprisiona a su victima, y lo sacudió y arrastro hasta la oscuridad. Entonces la pared se torno lisa y solida de nuevo; lo único que se oyó fue un grito agudo que se iba apagando y heló la sangre de todos los que lo percibieron. Aullando sonidos ininteligibles, los árabes salieron en estampida, formando una masa alborozada que luchaba contra la puerta de salida, rompiéndola y bajando después alocadamente por las enormes escaleras.

Steve y Yar Alí permanecieron allí sin ninguna ayuda, oyendo en la lejanía el frenético clamor de los que huían y mirando horrorizados a aquella siniestra pared. El griterío dejó paso en poco rato a un silencio aún más terrorífico. Manteniendo el aliento, oyeron de repente un sonido que les helo la sangre en las venas; el ruido de algo metálico  o de una piedra que se deslizaba suavemente por una ranura. En ese instante la puerta oculta empezó a abrirse y Steve vio un brillo entre la oscuridad que podría haber sido el brillo de unos ojos monstruosos. Steve cerró sus propios ojos; no se atrevía a mirar cualquiera que fuese el horror que surgiese de esa repulsiva negrura. Sabía que hay tensiones que el cerebro humano no puede resistir, y todos los instintos primitivos del alma le imploraban que todo esto fuera una pesadilla y una locura. Sintió cómo Ali también cerraba los ojos y cómo los dos yacían en el suelo como dos hombres muertos.

Clarney no percibió ningún sonido, pero sintió la presencia de un mal terrible, demasiado espantoso como para ser comprendido por una mente humana; un ser de mares de otros mundos, de los oscuros confines cósmicos. Un frío mortal se esparció por toda la sala. Steve sintió el brillo de unos ojos inhumanos que le abrasaban con la mirada y le inutilizaban todos los sentido. Sabía que si miraba, si abría los ojos aunque sólo un instante, la locura más absoluta se apoderaría de él inmediatamente.

Sintió en la cara un aliento asqueroso que le estremeció el alma y supo que el monstruo se había inclinado encima suyo, pero permaneció inmóvil, como un hombre congelado por una pesadilla. Se aferraba con fuerza a un único pensamiento: ni él ni Yar Alí habían tocado la joya que este demonio custodiaba.

Después dejó de percibir aquel olor nauseabundo, sintió que el frío que flotaba en el aire iba decreciendo y oyó como lapuerta secreta se deslizaba denuevo sobre sus goznes. Aquella criatura maligna regresaba a su escondite. Nisiquiera todas las legiones del infierno hubiesen sido capaces de evitar que los ojos de Steve se entreabriesen mínimamente. Sólo pudo vislumbrar durante un segundo cómo se acababa de cerrar la puerta secreta, y éste único segundo le basto para perder la conciencia totalmente. Steve Clarney, aventurero de nervios de acero, había desfallecido por primera y únoca vez en su azorada vida.

Cuánto tiempo per,anecio ahí inconciente, Steve nunca lo sabrá, pero no pudo ser demasiado, ya que un susurro de Yar Alí le hizo volver en sí.

-Túmbese de lado, sahib, moviéndome un poco alcanzaré sus ataduras con mis dientes.

Steve sintio como los fuertes dientes del afgano roían sus ligaduras, y mientras permanecía con la cara contra el polvo del suelo notó que el hombro herido se le despertaba con unas punzadas iaguantables -se había olvidado de el por completo hasta entonces- empezó a reunir todos los componentes de su consciencia, que hasta entonces vagaban desordenados por su mente. ¿Hasta dónde, se preguntaba asombrado, había llegado las pesadillas de delirio, originadas por el sufrimiento y en la sed que quemaba la garganta? El combate con los árabes había sido real -las ataduras y las heridas lo demostraban- pero la terrible muerte del sheik -aquella cosa que surgió del agujero negro de la pared- probablemente había sido fruto del delirio. Nureddin debía de haber caído porun pozo u otro tipo de agujero.

Steve notó que ya tenía las manos libres y se alzó, sentándose en el suelo. Revolvió sus ropas en busca de una navaja que había pasado inarvertida a los árabes. No miró hacía arriba ni al resto de la habptación mientras cortaba las cuerdas que inmovilizaban laspiernas, y despues libero a Yar Alí moviéndose con gran dificultad, ya que su hombro izquierdo estaba rígido y era totalmete inútil.

-¿Dónde están los beduinos? -pregunto mientras el afgano  estaba a sus pies levantándose-.

-Alá, sahid -susurró Yar Alí-, ¿esta usted loco? ¿Acaso lo ha olvidado? ¡Vayámonos rápido, antes de que el djinn regrese!

-Fue una pesadilla -murmuro Steve-. ¡Mira! ¡La joya está de nuevo en el trono!

Su voz se apagó de repente. Allí estaba otra vez aquel palpitante resplandor en el viejo trono, reflejándose en el mismo polvoriento esqueleto, cuyos dedos de hueso sostenían de nuevo el Fuego de Asurbanipal. Pero a los pies del trono yacía un objeto que nunca antes había estado allí; era la cabeza de Nureddin El Mekru, que había sido cortada de su cuerpo y vanamente alzaba los ojos hacia la luz gris que se filtraba a través del techo de piedra. Los labios descoloridos se contraían dejando ver los dientes en una mueca horrible, y los ojos reflejaban un horror insoportable. En la gruesa capa de polvo y arena que cubría el suelo, había tres huellas diferentes; las del propio sheik hasta el sitio donde rodó la joya y topó con la pared, y, encima de ellas, dos grupos más de pisadas, unas yendo hacía el trono y otras regresando hacía la pared, grandes, sin una forma definida, como anchas y lisas, con dedos o garras enormes; no eran ni de hombre ni de animal.

-¡Por Dios! -exclamo Steve, quedándose sin respirar unos instantes-. Ha sido real, y también lo es la Cosa, la Cosa que vi.

Steve recordó la huida de aquella sala como una pesadilla impetuosa, durante la cual el y su compañero bajaron disparados por una escalera sin fin que parecía un agujero gris de temor, corrieron a ciegas a través de polvorientas y silenciosas habitaciones, pasaron por delante del ídolo que reinaba amenazador en el salón más grande y fueron a dar de lleno con la resplandeciente luz del sol del desierto, donde cayeron extenuados intentando recuperar el aliento.

Y de nuevo a Steve le hizo reaccionar la voz del afridi:

-¡Sahib, sahib, Alá se ha compadecido de nosotros, nuestra suerte ha cambiado!

Steve miró a su compañero con la mirada de alguien que está en trance. Las ropas del afgano estaban hechas jirones y llenas de sangre. Estaba rebozado de arena y cubierto de sangre, y su voz era una especie de graznido, pero sus ojos estaban radiantes y alzaba la mano señalando trémulamente con el dedo.

-¡A la sombra de aquel muro en ruinas! -graznó, esforzándose por humedecer los labios ennegrecidos-. ¡Allah il Allah! ¡Los caballos de los hombres que hemos matado! ¡Con cantimploras y bolsas de comida junto a las sillas! ¡Esos perros han huido sin detenerse por los caballos de sus camaradas!

Un nuevo soplo de vida surgió del pecho de Steve, que se levanto tambaleándose.

-¡Vámonos de aquí! -dio sin abrir casi la boca-. ¡Vámonos de aquí rápido!

Como muertos vivientes fueron dando tumbos hasta los caballos, los soltaron y subieron a las sillas como pudieron.

– Nos dirigiremos hacia las montañas -dijo Steve, y Yar Alí asintió vivamente-. Es posible que los necesitemos antes de alcanzar la costa.

A  pesar de que sus desquiciados nervios pedían agritos el agua que sonaba en las cantimploras sujetas a las sillas, espolearon las monturas y, balanceándose en las sillas cabalgaron raudos a lo largo de las calles  llenas de arena de Sara-Shehr, entre los palacios en ruinas y las columnas que se caían a trozos, cruzaron las destrozadas murallas y se adentraron en el desierto. Ni una sola vez echaron la vista atrás hacía aquella masa oscura que albergaba viejos horrores, y ni siquiera hablaron una palabra hasta que las ruinas se desvanecieron en la distancia. Entonces, y sólo entonces, aminoraron y satisficieron su sed.

-¡Allah il Allah! -imploro devotamente Yar Alí-. Esos perros me han golpeado y golpeado hasta no dejarme ni un hueso sano. Desmonte, se lo pido, sahib, y déjeme examinarle el hombro en busca de esa maldita bala. Luego se lo vendaré lo mejor que pueda.

Mientras le curva, Yar Alí pregunto, evitando la mirada de su amigo:

-¿Ud dijo, sahib, dijo algo, a cerca de ver una cosa? ¿Qué es lo que vio, en nombre de Alá?

Un temblor fuerte y violento sacudió el vigoroso cuerpo del americano.

-¿No estabas mirando cuando…, cuando la Cosa devolvió la joya a la mano del esqueleto y dejó la cabeza de Nureddin en el pedestal?

-¡No, por Alá! -juro Yar Alí-. ¡Tenía los ojos tan cerrados como si me hubiesen soldado con hierro fundido por Satán!

Steve no respondió hasta que los dos camaradas hubieron saltado de nuevo a las sillas de los caballos y reanudado su largo viaje hacia la costa, que tenían grandes posibilidades de alcanzar, dado que ahora disponían de caballos, comida, agua y armas.

-Yo si que mire -dijo el americano con voz triste-. Y ojalá no lo hubiera hecho; sé que  soñare con ello durante toda mi vida. Sólo eché una breve ojeada; y no podría describírtelo de la manera que un hombre describiría una cosa de  este mundo. Espero que Dios me ayude; no era una cosa terrenal, ni tampoco imaginable. Hay que saber que el hombre noes el primer habitante de la tierra; hay seres que ya estaban aquí antes de su llegada, y ahora aparecen como supervivientes de épocas antiguas y desconocidas. Es posible que mundos de dimensiones que son extrañas permanezcan aún hoy imperceptibles en este universo material. En el pasado, los brujos invocaban a demonios primitivos y los traían hasta la tierra para vengarle y para custodiar algo que, sin duda, procede del mismo infierno.

Intentare explicarte l que pude entrever, y después no volveré a hablar de  ello jamás. Era gigantesco, negro y siniestro; era una monstruosidad deforme y desgarbada que caminaba erguida como un hombre, pero que parecía más bien un sapo, y que además  tenía alas y tentáculos. Sólo lo vi de espaldas, si lo hubiera visto de frente, si le hubiera visto la cara, no me cabe ninguna duda de que hubiese enloquecido por completo. El viejo árabe tenía razón ¡que Dios nos proteja, era el monstruo que Xuthltan trajo de las remotas y oscuras cavernas de la tierra para custodiar el Fuego de Asurbanipal!>>


EL FUEGO DE ASURBANIPAL – ROBERT E. HOWARD – PART 2 de 3

EL FUEGO DE ASURBANIPAL – ROBERT E. HOWARD

Fue durante el terrible calor del medio día en el desierto cuando alcanzaron las ruinas, y, atravesando el derruido muro por un agujero bastante grande, pudieron fijar su vista en la ciudad muerta. La arena había bloqueado las viejas calles y había dado una forma fantástica a aquellas enormes columnas, que quedaban tumbadas y medio ocultas. Estaba todo tan destrozado y tan cubierto de arena que los dos exploradores apenas pudieron identificar un poco del plano original de la ciudad. La ciudad ahora no era más que una inmensidad de montones de arena y de piedras que se caían a trozos sobre las que flotaban, como una nube invisible, un aura de inexpresable antigüedad.

Justo delante de ellos discurría una avenida ancha cuya configuración no había conseguido borrar la destructiva fuerza ni de la arena ni del viento. A cada uno de los lados del amplio camino había alineadas unas columnas enormes, no especialmente altas, incluso teniendo en cuenta la arena que no dejaba ver la base, pero increíblemente anchas. Encima de cada columna había una figura esculpida en la fuerte piedra; eran imágenes sombrías y enormes, mitad humana y mitad bestia, que contribuía así a la irracionalidad que flotaba en toda la ciudad. Steve profirió un grito de sorpresa.

-¡Los toros alados de Nínive! ¡Los toros con cabeza de hombre! ¡Por todos los santos, Alí, aquellas viejas historias eran ciertas! ¡La leyenda entera es cierta! Debieron de venir aquí cuando los babilonios destruyeron Asiria, ya que todo esto es idéntico a las imágenes que he visto, reconstruye escenas de la vieja Nínive ¡Mira Allí!

Señalo el inmenso edificio que estaba al otro extremo de la calle ancha. Era un edificio colosal, muy solido, cuyas columnas y paredes, hechas con resistentes bloques de piedra negra, había resistido contra la arena y el viento, contra el paso del tiempo. Aquel ondulante y destructivo mar de arena que se había adueñado de la ciudad se extendía por sus bases, penetrando por puertas y pasillos, pero hubiesen sido necesarios miles de años para inundar toda la estructura.

-La morada de los demonios -musito Yar Alí con desagrado-.

-¡El templo de Baal! -exclamo Steve-. ¡Vamos! Temía que hubiésemos tenido que dar con todos los templos escondidos por la arena y cavar para encontrar la preciosa gema.

-Poco bien nos hará -murmuro Yar Alí-. Moriremos en este sitio.

-Podemos contar con eso, seguro. -Steve desenroscó el tapón de su cantimplora-. Tomemos nuestro último trago. En cualquier caso, aquí estamos a salvo de los árabes. Nunca se atreverán a venir hasta aquí a causa de sus supersticiones. Beberemos y después moriremos, eso está claro, pero primero encontraremos la joya. Quiero tenerla en mi mano en el momento en que desfallezca. Tal vez dentro de unos poco siglos algún aventurero afortunado encuentre nuestros esqueletos y la gema. ¡Aquí está, para él, sea quien sea!

Con esta mueca irónica Clarney agoto su cantimplora al tiempo que Yar Alí hizo lo propio. Se habían jugado su último as, el rsto quedaba a la merced de Alá.

Mientras  caminaban por aquella avenida. Yar Alí, que jamás había temblado ante un enemigo humano, miraba a derecha e izquierda nerviosamente, como si esperase descubrir un rostro fantástico y con cuernos espiándole desde detrás de una columna. El mismo Steve sentía la inquietante antigüedad de aquel sitio y temía encontrarse con un inminente ataque a cargo de cuadrigas de bronce que corrían por las calles desiertas, u oír de repente el amenazante son de trompetas de guerra. Se dio cuenta de que el silencio de las ciudades muertas era mucho más intenso que el silencio del desierto.

Finalmente, llegaron a las puertas del gran templo. Hileras de columnas inmensas flanqueaban la amplia entrada, llena de arena que llegaba hasta los tobillos, desde donde pendían grandes marcos de bronce que en algún tiempo albergaron fuertes puertas cuya cuidada madera se había podrido hacía siglos. Entraron en un gran salón en penumbras que tenía un sombrío techo de piedra sostenido por columnas que parecía los troncos de un bosque. El efecto de toda la construcción era de un esplendor enmudecedor y de tal magnitud que parecía un templo construido por gigantes para albergar a los dioses más sombríos y enigmáticos.

Yar Alí caminaba temeroso, como si fuese a despertar a los dioses que estaban dormidos, y Steve, a pesar de estar libre de las supersticiones del afridi, sentía como si la impenetrable majestuosidad de aquel sitio le abrazase el alma con sus oscuras manos. No había resto de ninguna huella en el polvo que reposaba en el suelo; había pasado más de medio siglo desde que aquel turco huyese de aquellos salones despavorido, como si se lo llevasen los demonios. Respecto a los beduinos, era fácil ver por que esos supersticiosos hijos del desierto evitaban esta ciudad encantada, y realmente estaba encantada, pero no por fantasmas, sino, probablemente, por las sombras del esplendor perdido.

A medida que avanzaban a través de la arena del salón, que parecía no tener fin, Steve se planteó muchas preguntas. ¿Cómo pudieron aquellos fugitivos de la ira de unos rebeldes violentísimos construir esta ciudad? ¿Cómo cruzaron el país de sus propios enemigos (ya que Babilonia esta entre Asiria y el desierto arábigo)? De hecho, no tenían otro sitio donde ir: al oeste está Siria y el mar, y el norte y el este estaban ocupados por los <<peligrosos medas>>, aquellos terribles arios cuya ayuda fortaleció el brazo de Babilonia en el momento de pulverizar a su enemigo.

Posiblemente, pensó Steve, Kara-Shehr -o como se llamase en aquellos tiempos remotos- se construyó como una ciudad fronteriza antes de la caída del imperio asirio. ¿Con que propósito huirían los supervivientes de aquella destrucción? En cualquier caso, era posible que Kara-Shehr hubiese sobrevivido a Nínive unos cuantos siglos. Era una ciudad extraña, sin duda, como un ermitaño, apartada del resto del mundo.

Seguramente, como dijo Yar Alí, hubo un tiempo en que esta tierra era un país fértil, regado por oasis y manantiales; y en la zona accidentada que habían cruzado la noche anterior habrían habido canteras que proporcionaron la piedra necesaria para construir la ciudad.

¿Qué causo entonces la decadencia de la ciudad? ¿Fue el avance  de las arenas del desierto y el agotamiento de los manantiales lo que indujo a la gente a abandonarla? ¿O era Kara-Shehr una ciudad silenciosa antes de que la arena superara las murallas? la ruina de la ciudad, ¿fue provocada por el exterior o se debió a causas internas? ¿fue una guerra civil lo que diezmo a sus habitantes o, por el contrario, fueron exterminados por un poderoso enemigo procedente del desierto? Clarney movió la cabeza en un gesto lleno de perplejidad y preocupación. Las respuestas a todas estas preguntas se perdían en el laberinto de los tiempos inmemoriales.

-¡Allaho akbar!

Habían cruzado aquel enorme y sombrío salón y al final de todo se encontraron con un terrorífico altar de piedra negra detrás del cual se asomaba amenazante la figura de una antigua divinidad, una imagen salvaje y horrible. Steve se encogió de hombros cuando identificó aquella imagen monstruosa; se trataba de Baal, en cuyo altar negro se le ofrecía, en otros tiempos, el alma inocente de una víctima indefensa retorciéndose y gritando de desesperación. Este ídolo encarnaba  por completo en su profundísima y hostil bestialidad el alma de esta ciudad endemoniada. Seguramente, pensó Steve, los creadores de Nínive y de Kara-Shehr estaban hechos  de una pasta muy diferente a la gente de hoy. Su arte y su cultura eran demasiado siniestros, demasiado secos respecto a los aspectos más ligeros de la humanidad, como para ser enteramente humanos; por lo menos, en el sentido en que el hombre moderno concibe la humanidad. La arquitectura intimidaba; mostraban un alto nivel técnico, pero resultaba demasiado hosca, grande y basta para alcanzar la compresión por parte del mundo moderno.

Los dos aventureros cruzaron una puerta estrecha que se abría al final del salón, justo al lado del ídolo, y que conducía hacía una serie de habitaciones amplias, sombrías y llenas de polvo, y conectadas entre si por pasillos flanqueados de columnas. Avanzaron por ellos envueltos en una luz gris, fantasmagórica, y llegaron a una escalera ancha cuyos enormes escalones de piedra ascendían y se perdían en la oscuridad. En este momento, Yar Alí se detuvo.

-Nos hemos atrevido demasiado, sahib -murmuró-. ¿Es sensato arriesgarnos más?

Steve, que ardía de impaciencia, capto la intención del afgano.

-¿Quieres decir que no deberíamos subir estas escaleras?

-Tienen un aspecto terrible. ¿Hacia que cámaras de silencio y horror deben de llevar? Cuando  un fantasma habita una casa desierto, siempre acecha en las habitaciones de arriba. Un demonio puede arrancarnos la cabeza en cualquier momento.

-Sea como sea, ya somos hombres muertos -gruño Steve-. Si quieres, puedes volver atrás y vigilar si vienen los árabes mientras yo voy a la parte de arriba.

-Eso es como tratar de ver el aire en el horizonte respondió el afgano con desgana, al tiempo que cogía el rifle y desenfundaba su largo cuchillo-. Ningún beduino llega hasta aquí. Vamos, sahib. Estás loco igual que todos los occidentales, pero no dejaré que te enfrentes a los fantasmas tú solo.

Los dos compañeros empezaron a subir las escaleras. A cada paso, los pies se les hundían en el polvo acumulado a lo largo de los siglos. Fueron subiendo y subiendo hasta una altura tal que el suelo se perdía en una oscuridad incierta.

-Nos dirigimos a ciegas hacia nuestro destino fatal, sahib -musito Yar Alí-. ¡Allah il Allah, y Mahoma es su profeta! Siento la presencia de un mal dormido durante mucho tiempo y presiento que nunca volveré a oír cómo silva el viento en el Khyber Pass.

Steve no respondió. No le gustaba el silencio mortal que se extendía por todo el templo ni tampoco la  inquietante luz gris que se filtraba desde algún sitio escondido.

Ahora, por encima de sus cabezas, la penumbra se aclaro un poco y vieron que estaban en una habitación circular enorme, iluminada tristemente por la luz que se filtraba a través de un techo alto y  agujereado. De repente, otro haz de luz contribuyó a la iluminación de la sala. Un fuerte gritó se escapo de los labios de Steve y de Yar Alí.

De pie en el último peldaño de la escalera de piedra, los dos miraban a través de aquella gran habitación, con las baldosas cubiertas de polvo y las paredes de piedra negra completamente desnudas. Desde el centro de la habitación, unos enormes escalones llevaban hacía un podio de piedra, y sobre este podio se erigía un trono de mármol. Alrededor del trono brillaba y relucía una luz extraña. Los dos  aventureros se maravillaron cuando vieron su origen. En el trono yacía un esqueleto humano, un conjunto casi deforme de huesos que se desmenuzaban. Una mano sin carne se apoyaba sobre  el amplio brazo del trono de mármol, y en esta horrible garra latía, como si estuviese viva una enorme piedra de un rojo muy intenso.

¡El Fuego de Asurbanipal! Incluso después de haber encontrado la ciudad perdida Steve no pensó que realmente fuesen a dar con la gema, incluso dudaba acerca de su existencia. Pero ahora no podía dudar, tenía la evidencia ante sus ojos, deslumbrándole con ese increíble, maligno, brillo. Con un fuerte grito de emoción saltó rápidamente por la habitación y por los escalones que conducían al trono. Yar Alí estaba a sus pies, pero cuando Steve estaba a punto de coger la gema, el afgano le cogió el brazo.

-¡Espere! -exclamo-. ¡No la toque todavía, sahib! Sobre las cosas antiguas siempre recae una maldición, y seguro que esta es tres veces maldita. ¿Por qué si no ha permanecido intacta durante siglos, aquí, en una tierra de ladrones? No es bueno tocar las posesiones de los muertos.

-¡Bah! -bufóel americano-, ¡Supersticiones! Los beduinos asustados a causa de las historias que les contaban sus antepasados. Teniendo como tienen el desierto por morada, sistemáticamente recelan de las ciudades, aunque no hay duda de que ésta tenía una mala reputación ya en sus mejores tiempos. Además, nadie excepto los beduinos habían visto antes este sitio, aparte de aquel turco, que probablemente estaba medio loco como consecuencia del sufrimiento.

-Estos huesos pueden ser los del rey del que hablaba la leyenda, el aire seco del desierto conserva este tipo de cosas indefinidamente, pero lo dudo. Puede ser de un asirio o, más probablemente, de un árabe, algún pobre diablo que se hizo con la gema y después murió en el trono por alguna u otra razón.

El afgano apenas le oía. Estaba mirando a la enorme piedra con ojos de fascinación y de terror, de la misma manera que un pájaro mira hipnotizado los ojos de una serpiente.

-¡Mírelo, sahib! -susurró-. ¿Qué es? Una gema como ésta no puede haber sido tallada por manos mortales. Mire cómo palpita… ¡como el corazón de una cobra!

Steve la estaba mirando y sintió una sensación extraña, indefinida, como de ansiedad y desasosiego. Perfecto conocedor de las piedras preciosas, nunca había visto una que fuese como ésta. A primera vista, se suponía que era un rubí enorme, como decían las leyendas. Pero ahora ya no estaba tan seguro, y tenía la inquietante sensación de que Yar Alí estaba en lo cierto y que no era una gema normal. No podía clasificarla en un estilo detallado concreto, y la intensidad de su brillo era tal que no podía mirarla con detalle durante mucho rato. Por otro lado, el decorado global no era el más adecuado para atemperar los nervios: la gran cantidad de polvo en el suelo sugería una antigüedad decadente; la luz gris evocaba una cierta irrealidad; las grandes paredes negras se alzaban siniestras y amenazadoras, sugiriendo la existencia de algo escondido.

-¡Cojamos la piedra y vayámonos! -murmuro Steve, que sentía un inusitado terror en el interior del pecho.

-¡Espere!-Los ojos de Yar Alí brillaban y fijo la mirada, pero no en la gema, sino en las sombrías paredes de piedra-. ¡Somos moscas que han caído en la tela de araña! Sahib, tan cierto como que Alá existe que es algo más que los fantasmas de viejos temores lo que acecha en esta ciudad de horror. Siento el peligro como lo he sentido otras veces, como lo sentí en el templo de Thuggee donde estranguladores de Shiva se nos abalanzaron encima desde sus escondites, como lo siento ahora mismo, sólo que diez veces más intenso.

A Steve se le erizó el pelo. Sabía que Yar Alí era un auténtico veterano en estas cosas, y que no era presa de un temor estúpido absurdo. Recordaba muy bien los incidentes a los que había aludido el afgano, igual que recordaba otras ocasiones en las que el instinto telepático de Yar Alí le había advertido del peligro antes de poder ver u oír.

-¿Qué es, Yar Alí? -dijo en voz baja.

El afgano moviola cabeza, tenía los ojos llenos de una luz misteriosa y extraña mientras escuchaba en la oscuridad las sugerencias ocultas de su subconsciente.

-No lo sé, sé que está cerca y que es muy viejo y muy peligroso, creo -De repente se detuvo y se giró, el brillo de sus ojos desapareció y fue sustituido por una mirada intensa de temor y recelo, como la de un lobo-. ¡Escuche, escuche, sahib! -dijo atropelladamente- ¡Los espíritus están subiendo por la escalera!

Steve se quedo inmóvil cuando oyó que unas pisadas sigilosas sobre la piedra se acercaban.

-¡Por Judas, Alí! -exclamo-. ¡Hay algo ahí fuera!

Las viejas paredes resonaron con un coro de gritos salvajes al tiempo que una horda de siluetas feroces se extendía por toda la sala. Durante unos segundos de asombro y de locura Steve creyó realmente que estaba siendo atacado por guerreros reencarnados procedentes de un tiempo olvidado. Pero el alevoso zumbido de una bala que le pasó rozando y el desagradable olor a pólvora le indicaron que sus enemigos eran suficientemente materiales. Steve maldijo su suerte, amparados en una seguridad imaginaria, habían caído como ratas en una trampa en que ahora les tenían los árabes. Incluso después de que el americano tirase de rabia su rifle, Yar Alí, apoyando el suyo en la caderas, disparo rápidamente y con un efecto letal a aquellas dianas, arrojo con fuerza su rifle vacío sobre la horda que le acosaba y bajó las escaleras como un huracán, con su cuchillo de Khyber de tres pies brillando en su fuerte mano. En su gusto por la batalla se percibía un cierto alivio al darse cuenta de que sus enemigos eran humanos. Una bala le quito el turbante de la cabeza, pero un árabe cayó partido en dos ante el primer y demoledor golpe de ese hombre de las montañas.

Un beduino alto llegó a apoyar el cañón de su pistola en el costado el afgano, pero antes de que pudiese apretar el gatillo una certera bala disparada por Clarney le atravesó el cerebro. El alto numero de agresores dificultaba el ataque al gran afridi, cuya rapidez de movimientos, similar a la de un tigre, hacía que dispararle fuese tan peligroso para él como para ellos mismos. La mayoría fue a rodearle, golpeando con cimitarras y rifles, mientras que otros cargaron escalera arriba contra Steve. Aquí no había pérdida; el americano simplemente sostenía su rifle y lo disparaba hacía una ruina fantasmagórica. Los otros llegaron rugiendo como panteras.

Ahora que estaba dispuesto a gastar su último cartucho, Clarney vio dos coas en un brevísimo instante, un guerrero salvaje, con la barba llena de saliva y con la cimitarra alzada, que estaba prácticamente encima suyo, y otro que, con las rodillas en el suelo apuntaba su rifle hacía Yar Alí. En un segundo, Steve eligió disparar por encima del hombro del de la cimitarra, matando al del rifle y ofreciendo voluntariamente su vida a cambio de la del amigo, ya que aquel largo cuchillo se dirigía a su propio cuello. Pero justo cuando el árabe se acercaba más, gruñendo con todas sus fuerzas, su sandalia resbalo sobre el escalón de mármol y la afilada hoja se desvió de su arco y golpeo el cañón del rifle de Steve, Rápidamente, el americano se apoyó en el rifle y tan pronto como el beduino recobró el equilibrio y alzaba de nuevo su cimitarra le golpeó con todas sus fuerzas, le agarro y cayeron los dos juntos.

Entonces una bala le golpeó fuertemente el hombro dejándolo medio aturdido.

Mientras se tambaleaba, un beduino le rodeo los pies con la tela de un turbante y se reía cruelmente. Clarney se dejó caer por las escaleras para contraatacar con más fuerza. Una pistola le apunto dispuesto a volarle el cerebro, pero una orden determinante la detuvo.

-No lo mates, pero átalo de pies y manos.

Al revolverse entre el montón de manos que lo zarandeaban, a Steve le pareció que ya había oído esa voz en algún sitio.

En realidad, la cuestión de reducir al americano fue tarea de pocos segundos para los árabes. Incluso después del segundo disparo de Steve, Yar Alí le había cortado un brazo a uno de los asaltantes, y había recibido un terrible golpe de rifle en su hombro izquierdo. La chaqueta de piel de carnero, que llevaba a pesar de la calor del desierto, le había salvado de media docena de cuchillos afiladísimos. Un rifle disparo tan cerca de su cara que la pólvora le quemo y le hizo enfurecerse aún más y lanzar un fuerte grito sediento de sangre. Al tiempo que Yar Alí movía su cuchillo envuelto en sangre, el del rifle levantó su arma por encima de la cabeza, sosteniéndola con las dos manos y dispuesto a golpearle definitivamente; pero el afridi, con un feroz aullido, se movió rápido como un gato en la jungla y le hundió su largo cuchillo en la barriga,. Sin embargo, en ese momento la culata de un rifle, empuñada con toda la fuerza y toda la maldad de su portador, golpeó violentamente la cabeza del gigante, ensangrentando y haciéndolo caer de rodillas.

De acuerdo con la tenacidad y ferocidad de su raza, Yar Alí se levantó de nuevo, tambaleándose como un ciego, y empezó z golpear a adversarios que apenas podía ver, pero una lluvia de golpes lo derribó de nuevo, y a pesar de que yacía en el suelo los atacantes no cesaban de golpearlo. Hubiesen acabado con él en poco rato de no haber sido por otra orden perentoria de su jefe. Una vez que lo ataron, a pesar de estar inconsciente, lo arrastraron hasta donde se encontraba Steve, que había recobrado completamente el sentido y se había dado cuenta de que tenía una herida de bala en el hombro.

Steve miro con rabia al árabe alto que estaba enfrente de él y que, a su vez lo miraba con suficiencia.

-Bien, sahib -dijo, y Steve se dio cuenta entonces de que no era un beduino, 3/4 ¿no te acuerdas de mi?

Steve frunció el  ceño; una herida de bala no contribuye precisamente a la concentración.

-Me resultas familiar, ¡por Judas! ¡Tú eres Nureddin El Mekru!

-¡Cuanto honor! ¡El sahib me recuerda! -Nureddin saludó burlescamente al estilo árabe-. Y también recordaras, sin duda, la ocasión en que me hiciste este regalo, ¿no?

Sus oscuros ojos se ensombrecieron envolviendo una amenaza y el sheik se señalo una cicatriz fina en la mandíbula.

-Lo recuerdo -gruño Steve, a quien el dolor y la ira no le hacían precisamente muy dócil-. Fue en tierras de Somalia, hace ya varios años. Tu te dedicabas al tráfico de esclavos entonces. Un pobre negro se te escapó y acudió a mí a pedir refugio. Viniste a mi campamento y con tu estilo belicoso empezaste una pelea; durante la refriega te encontraste con un cuchillo de carnicero que te cruzo la cara. ¡Ojalá te hubiera cortado tu asqueroso cuello entonces!

-Tuviste tu oportunidad – respondió el árabe-. Ahora se han cambiado las cosas.

-Pensaba que tu radio de acción estaba más hacia el oeste -continuó Steve-, En Yemen y Somalia.

-Deje el trafico de esclavos hace tiempo -respondió el sheik-. Es un juego que desgasta demasiado. Encabecé una banda de ladrones en El Yemen durante algún tiempo, pero de nuevo me vi forzado a cambiar de sitio. Vine para acá con un puñado de seguidores fieles y, por Alá, esos salvajes casi me cortan el cuello la primera vez que nos encontramos, pero vencí sus recelos y ahora lidero muchos más hombres de los que me han seguido durante años. Los hombres contra los que pelearon ayer estaban  a mis órdenes, eran exploradores que yo había mandado por delante. Mi oasis se encuentra bastante lejos, hacia el oeste. Hemos cabalgado durante varios días, ya que iba de camino hacia esta ciudad. Cuando mis exploradores volvieron y me dijeron que se habían topado con dos aventureros, no cambie mi rumbo, pues antes tenia que ir a Beled-el Djinn por cuestión de negocios. Nos hemos acercado a la ciudad desde el este y hemos encontrado sus pisadas en la arena. Las hemos seguido y nos hemos encontrado con que son como búfalos ciegos que no se daban cuenta de que nos acercábamos.

Steve amenazó:

-No nos hubieras atrapado tan fácil si no fuese por que pensábamos que ningún beduino se atrevería a penetrar en Kara-Shehr.

Nureddin se mostro de acuerdo:

-Pero yo no soy un beduino. He viajado lejos y he visto muchas tierras y muchas razas diferentes, y también he leído muchos libros. Se perfectamente que el temor es humo, que los muertos son muertos, y que los djinn, los fantasmas y las maldiciones son bruma que se van con el viento. Es precisamente a causa de las historias acerca de la piedra colorada por lo que he venido hasta este desierto perdido. Pero me ha llevado meses persuadir a mis hombres para que me acompañasen hasta aquí.

-¡Pero finalmente estoy aquí! Y tu presencia es una sorpresa deliciosa. Sin duda, ya habrás adivinado por que te he atrapado con vida; tengo planeado un entretenimiento bastante elaborado para ti y para ese pathan salvaje. Ahora tomaré el Fuego de Asurbanipal y nos iremos,


EL FUEGO DE ASURBANIPAL – ROBERT E, HOWARD Part 1 de 3

EL FUEGO DE ASURBANIPAL

ROBERT E. HOWARD.

Yar Alí deslizó cuidadosamente su mirada a lo largo del cañón azul de su Lee Enfield, se encomendó a Alá y atravesó con una bala el cerebro de uno de aquellos jinetes.

-¡Alloho akbar! -El gran afgano grito de alegría, al tiempo que agitaba su arma por encima de la cabeza-. ¡Dios es grande! Por Alá, sahib, acabo de enviar al infierno a otro de esos perros.

Su compañero miró a lo lejos asomándose cautelosamente por encima del borde del agujero que, con sus propias manos, había excavado en la arena. Era un americano delgado y fuerte llamado Steve Clarney.

-Buen trabajo, viejo colega -dijo-. Quedan cuatro. Mira: se retiran.

Los jinetes, ataviados de blanco, cabalgaban curiosamente los cuatro juntos, como si estuvieran en un conciliábulo, manteniéndose fuera del alcance de las balas. Eran siete cuando se encontraron por primera vez con los dos camaradas, pero las balas de los rifles que asomaban por el agujero de arena resultaron mortales.

-Mire, sahib: abandonan la lucha.

Yar Alí se levanto y grito insultándolos y burlándose de ellos. Uno de los jinetes dio la vuelta y disparo. La bala levanto la arena a unos treinta pies del agujero.

disparan como traidores – dijo Yar Alí con complaciente autoestima-. Por Alá. ¿vio cómo ese cerdo se revolvió en la silla en cuanto asomé la cabeza? ¡Vamos, corramos tras ellos y acabemos con ellos!

Sin prestar a esta insensata y violenta propuesta -sabía que era una de las reacciones propias de la naturaleza afgana- Steve se levanto, se sacudió el polvo de sus ropas, miro hacia los jinetes, que ahora no eran más que pequeñas manchas blancas en el horizonte y dijo pensativo:

-Esos tipos cabalgan como si tramasen algo, no como gente que huye del combate.

-Ya -corroboró Yar Alí sin pensarlo, y sin ver ninguna inconsistencia entre esta actitud de ahora y su anterior sugerencia de sangre-. seguramente buscan reencontrarse con algunos camaradas más, son bandidos que no dejan su presa fácilmente, Haríamos bien yéndose de aquí rápidamente, sahib Steve. Volverán, puede que en algunas horas, o tal vez en unos días, todo depende de lo lejos que este el oasis de su tribu, pero volverán. Quieren nuestras armas y nuestras vidas.

El afgano sacó el casquillo vacío e introdujo un único cartucho en el cargador del rifle.

-Mire, es mi última bala, sahib.

Steve levanto la cabeza y asintió.

-A mi me quedan tres.

Los asaltantes que habían abatido fueron despojados  de las armas y de cualquier cosa de valor por sus propios compañeros. No tenía ningún sentido registrar los cuerpos en busca de más munición. Steve cogió su cantimplora y la sacudió. No quedaba demasiada agua. Sabía perfectamente que Yar Alí tenía un poco más que él, a pesar que el gran afridi, criado entierra árida y estéril, estaba acostumbrado a este clima y necesitaba menos agua que el americano. Y eso que Steve era, desde el punto de vista el hombre blanco, fuerte y resistente como un lobo. Mientras inclinaba la cantimplora y bebía un poco, Steve repaso mentalmente la sucesión de circunstancias que los habían conducido hasta esta situación.

Viajeros sin rumbo fijo, soldados de la fortuna unidos por la casualidad y por una admiración mutua, él y Yar Alí habían vagado desde la India hasta el Turquestán y Persia. Formaban una curiosa y sorprendente pareja, pero con unas grandes posibilidades. Guiados por su incansable e innata necesidad de viajar, el único objetivo para el cual se habían conjurado, y en ocasiones hasta llegaron a creérselo, era hacerse con algún tesoro tan desconocido como impreciso, una especie de olla de oro al final del arcoíris que todavía no se había formado.

Fue entonces, en la antigua Shiraz, cuando oyeron hablar del Fuego de Asurbanipal. La historia les vino por boca de un viejo mercader persa que apenas creía la mitad de lo que les estaba contando. Oía la historia que él a su vez había oído, de joven, entre las vacilaciones propias del delirio. Cincuenta años antes, había estado en una caravana que viajaba   por la costa sur del Golfo Pérsico, la ruta del comercio de perlas, y que persiguió la leyenda de una extraña perla que estaba lejos, en medio del desierto.

La perla, que se rumoraba que fue hallada por un buceador y robada por sheik del interior, no la encontraron, pero se tropezaron con un turco que agonizaba a causa del hambre, la sed y una herida de bala en el muslo. Antes de morir habló, de manera poco inteligible, acerca de la historia de una lejana ciudad muerta, construida con piedra negra entre las perdidas arenas del desierto en dirección al oeste, y de una resplandeciente gema guardada entre los dedos de un esqueleto sentado n un viejo trono.

No se había atrevido a traerla consigo a causa del todopoderoso horror que dominaba aquel sitio, y la sed le llevo de nuevo hacía el desierto, donde los beduinos le persiguieron e hirieron. Aun así  , consiguió escapar, cabalgando hasta que su caballo desfalleció. El turco murió, sin llegar a decir cómo había conseguido llegar a la mítica ciudad  pero el viejo mercader pensaba que debía venir del noroeste; seguramente se trataría de un desertor del ejército turco que intentaba desesperada mente alcanzar el Golfo.

Los hombres de la caravana ni siquiera intentaron adentrarse más en el desierto en busca de la ciudad. Según las palabras del viejo mercader, todos pensaban que esa ciudad no era otra que la antigua Ciudad del Mal de que hablaba el Necronomicon del árabe loco Alhazred; la ciudad de los muertos sobre la cual pesaba una vieja maldición. Había varias leyendas que se referían a esta ciudad con nombres diferentes: los árabes la llamaban Beled-el Djinn, la Ciudad de los Demonios, y los turcos la conocían como Kara-Shehr, la Ciudad Negra. Así mismo, la fabulosa gema no era otra que una piedra preciosa que perteneció a un rey hace ya mucho tiempo, un rey que para los griegos era Sardapápalo y para los pueblos semíticos Asurbanipañ.

La historia fascino inmediatamente a Steve. A pesar de que él mismo reconocía que sería, sin duda, uno de los miles de mitos falsos creados en Oriente, aún debía haber alguna posibilidad de que él y Yar Alí diesen con una pista que los condujese hasta esa olla llena de oro que habían estado buscando toda su vida. A demás, Yar Alí ya había oído antes algunos rumores a cerca de una ciudad escondida entre las arenas. Eran historias que habían seguido a las caravanas que se dirigían al este, a través de las tierras altas del norte de Persia y de las arenas de Turquestán, y que se habían adentrado en el país de las montañas e incluso más allá. Pero siempre eran historias muy vagas, leves rumores sobre una ciudad negra de los djinn oculta entre las neblinas de un desierto poblado de fantasmas.

Entonces, siguiendo el camino de la leyenda, los dos compañeros llegaron desde Shiraz hasta un pueblo de la costa árabe del Golfo Pérsico. Allí tuvieron conocimiento de mas  detalles gracias a un viejo que de joven había sido pescador de perlas. La vejez le hacía ser extremadamente locuas y explicó historias que le había llegado por boca de viajeros de otras tribus, que, a su vez, las había sacado de los terribles nómadas de las profundas tierras del nterior. Y de nuevo Steve y Yar Alí oyeron hablar de la ciudades esculpidas en la piedra. y con el esqueleto de un sultán que agarraba la fabulosa gema.

 Y así, sin dejar de tenerse un poco a si mismo por un pobre tonto engañado, Steve se involucró de pies a cabeza en la increíble historia, Y Yar Alí, convencido de que el conocimiento de todas lascoas está en el regazo de Alá, se fue con él. El poco dinero que tenían apenas les basto para conseguir un par de camellos y provisiones para una audaz y rápida incursión en lo desconocido. Su único mapa se limitaba a los vagos rumores a cerca de la supuesta situación de Kar.Sehr.

Fueron varios días de viaje muy duro, espoleando a los animales y racionando el agua y la comida. Cuando penetraron profundamente en el desierto, se encontraron con una cegadora tormenta de arena durante la cual perdieron los camellos. Después de esto vinieron larguísimas milla de andar dando tumbos a través de las arenas, expuestos al sol que quemaba todo lo que tocaba y subsistiendo gracias a la cada vez más exigua agua que les quedaba en las cantimploras y a la comida que Yar Alí guardaba en una pequeña bolsa. Ya ni se les pasaba por l cabeza encontrar la mítica ciudad. Continuaron  a ciegas, con la esperanza de dar con un manantial por casualidad; sabían que detrás de ellos no había ningún oasis que pudiesen alcanzar a pie. Era una opción desesperada, pero era la única que tenían.

Fue entonces cuando se les echo encima un grupo de guerreros ataviados de blanco. Confundiéndose con el horizonte del desierto y desde una trinchera poco profunda y excavada con prisa, los dos aventureros intercambiaron disparos con aquellos jinetes salvajes que consiguieron rodearlos en muy pocos minutos. Las balas de los beduinos saltaban a través de su improvisada fortificación, echándoles arena en los ojos y rozando partes de sus ropas, pero por suerte ninguna les dio.

Ése fue el único poco de suerte que tuvieron, pensó Clarney mientras se veía a sí mismo como un loco estúpido. ¡Era todo tan descabellado! ¡Pensar que dos hombres podían desafiar al desierto y sobrevivir, y encima arrancarle de sus profundidades los secretos del tiempo! ¡Y esa loca historia del esqueleto que agarra con la mano una fabulosa joya en medio de una ciudad muerta! ¡Vaya mierda! Debía de estar completamente loco para darle crédito a una cosa así, decidió el americano con la lucidez que da el sufrimiento y el peligro.

-Bueno, viejo, -dijo Steve levantando su rifle vámonos. Es puro azar ver si moriremos de sed o bien decapitados por los hermanos del desierto. En cualquier caso, aquí no hacemos nada.

-Dios proveerá -confirmó Yar Alí alegremente-. El sol se está ocultando. Pronto tendremos encima el frio de la noche. Tal vez aún encontremos agua, sahib. Mire, el terreno cambia hacia el sur.

Clarney miró protegiéndose los ojos de los últimos rayos del sol. Más allá de una llanura, una explanada inerte de varias millas de ancho, la tierra aparecía más escarpada y se evidenciaban unas colinas desiguales y rotas. El americano se echo el rifle al hombro y suspiró.

-Vamos hacia allá; de todas maneras no somos más que comida para los buitres.

El sol desapareció y salió la luna, inundando el desierto de esa extraña luz plateada, una luz que cae desigual y débilmente formando largas ondulaciones, como si un mar se hubiese congelado de repente y apareciese completamente inmóvil. Steve, angustiado salvajemente por una sed que él mismo no había osado aplacar del todo, murmuraba por debajo de su propio aliento. El desierto era maravilloso bajo la luna, tenia la belleza de una Lorelei de mármol que atraía a los hombres hacia su propia destrucción. ¡Que locura! su cerebro lo repetia una y otra vez; el Fuego de Asurbanipal desaparecía entre los laberintos de lo irreal a cada paso que se hundía en la arena. El desierto no ra ya simplemente inmensidad material de tierra, sino la grises brumas de los eones pasados, en cuyas profundidades dormían obsesiones, historias y objetos perdidos.

Clarney tropezó y maldijo su suerte; ¿estaba desfalleciendo por fin? Yar Alí se balanceaba rítmicamente con el aparente fácil e incansable paso del hombre criado en la montaña, mientras Steve apretaba los dientes animándose a sí mismo para esforzarse más y más. Estaban llegando a la zona escarpada y el camino era cada vez más duro. Barrancos no muy  profundos y estrechos desfiladeros cortaban caprichosamente la tierra. La mayoría estaban casi llenos de arena y no había ni el más mínimo rastro de agua.

-Hubo un tiempo en que esta tierra fue un oasis -comento Yar Alí-. Sólo Alá sabe cuántos siglos hace que la arena se apodero de ella, de la misma manera que se ha apoderado de muchas ciudades del Turquestán.

Se movía de un lado a otro como cuerpos sin vida en un oscuro paisaje de muerte. La luna se había tornado roja y siniestra mientras se ocultaba en el horizonte, y las sombras de la oscuridad se asentaron en el desierto antes de que llegasen a un lugar desde donde pudiesen ver qué había más allá de aquella zona tan accidentada. Ahora incluso los pies del afgano empezaban a arrastrarse por el camino, y Steve se mantenía en pie sólo gracias a una indomable fuerza de voluntad. Finalmente, consiguieron llegar hasta una especie de cresta desde donde la tierra empezaba a descender en dirección sur.

-Descansemos -dijo Steve-. No hay agua, en esta tierra infernal. Es inútil estar andando todo el rato. Tengo las piernas tiesas como el cañón de un rifle. Soy incapaz de dar otro paso para salvar el cuello. Aquí hay una roca pelada, más o menos igual de alta que el hombro de una persona, orientada hacia al sur. Dormiremos aquí, a refugio del viento.

-¿Y no haremos guardias, sahid Steve?

-No – respondió Steve-. Si los árabes nos cortan el cuello mientras. dormimos, eso que ganamos. No somos ,más que un par de moribundo!..

Con esta optimista observación, Clarney se dejó caer caer redondo en la arena. Sin embargo, Ya Alí se quedo d pie, inclinándose hacia adelante, escrutando con los ojos la oscuridad que sustituía el horizonte en que brillaban las estrellas por impenetrables agujeros de sombras.

-Hay algo en el horizonte, allá, hacia el sur – murmuro con dificultad-. ¿Una colina? No sabría decirlo pero estoy seguro de que hay algo.

-Ya estas viendo espejismos -dijo Steve irritado-. Acuéstate y duerme.

Y, diciendo esto, Steve cayó en poder del sueño. Le despertó el sol que le daba en los ojos. Se incorporó bostezando, y su primera sensación fue la sed. Cogió la cantimplora y se humedeció los labios; sólo le quedaba un trago. Yar Alí todavía dormía. Los ojos de Steve inspeccionaron el horizonte en dirección al sur y, de repente, se levantó de un brinco. Empezó a golpear al afgano, que aún estaba reclinado.

El afridi se despertó de una manera salvaje: instantáneamente y con todos sus sentidos, con la mano saltando hacia su largo cuchillo como si estuviese ante el enemigo. Dirigió la mirada hacia lo que señalaban los dedos de Steve y se le agrandaron los ojos.

-¡Por Alá y por Alá!-exclamo-. ¡Hemos llegado a la tierra de los espíritus! ¡No es ninguna montaña, es la ciudad de piedra rodeada por las arenas del desierto!

Steve salto locamente a sus pies. Al tiempo que miraba fijamente y con respiración violenta, un grito salvaje se escapó de sus labios. A sus pies, la pendiente desde la cresta donde estaban descendían hasta una amplia llanura de arena que se extendía hacia el sur, y, lejos, a través de las arenas, hacia donde llegaba la vista, la <<colina>> tomaba forma lentamente, como un espejismo que crecía de las arenas ondulantes.

Vio grandes muros desiguales, murallas imponentes; parecía que todo junto se arrastrase por la arena como una criatura con vida, ondulante por la parte superior de los muros, vacilante en la estructura global. Desde luego, no era sorprendente que a primera vista pareciese una una colina.

-¡Kara-Shehr! -exclamó Clarney con fuerza-. ¡Beled-el Djinn! ¡La ciudad de los muertos! ¡Después de todo no era una alucinación!¡La hemos encontrado! ¡Cielos, la hemos encontrado! ¡Venga, vamos!

Yar Alí movió la cabeza vacilando y musitó algo acerca de espíritus malignos, pero siguió adelante. La visión de los restos de la ciudad se había llevado de la cabeza de Steve la sed y el hambre, e incluso la fatiga, que unas horas de sueño no habían podido reparar del todo. Andaba con dificultad pero ansiosamente, sin preocuparse por el calor que iba en aumento, los ojos le brillaban con la lujuria del explorador. En estos momentos se daba cuenta de que no era sólo la codicia por la fabulosa gema lo que  había inducido a Steve Clarney a arriesgar su vida en esa naturaleza salvaje y cruel, si no que en el fondo de su alma acechaba ese viejo e innato sentimiento del hombre blanco: la necesidad de buscar y explorar los rincones más escondidos del mundo, y esa necesidad había sido despertada de un profundo sueño por todas aquellas  viejas historias.

A medida que cruzaba la vasta llanura que separaba aquel terreno escarpado de la ciudad, veía como las murallas rotas iban adoptando una forma más clara, como si estuviesen creciendo en el cielo de la mañana. La ciudad parecía  construida a base de enormes bloques de piedra negra, pero era imposible saber cuál  había sido la altura inicial de los muros, ya que la arena se había amontonado desde la base hasta una altura considerable. En algunas partes los muros se habían derribado y la arena los cubría completamente.

El sol alcanzó su cénit y la sed irrumpió con fuerza a pesar del entusiasmo, pero Steve controló intensamente su sufrimiento. Tenía los labios resecos e hinchados, pero no tomaría el último trago hasta que no hubiesen alcanzado la ciudad en ruinas. Yar Alí se mojo los labios con el contenido de su cantimplora y quiso compartir lo poco que le quedaba con su amigo. Steve negó con la cabeza y siguió andando.


LA PIEDRA NEGRA – ROBERT E. HOWARD PART 2 DE 2

Espada 24 - 46¡Hacia cosa de una semana que estaba ya en Stregoicavar cuando, una noche, al volver de una visita al maestro, me quedé impresionado de pronto al recordar que… ¡estábamos a 24 de junio! Era, pues, la noche en que, según las leyendas, sucedían cosas misteriosas en relación con la Piedra Negra. En vez de meterme en la taberna, crucé el pueblo a buen paso. Stregoicavar estaba en silencio; los vecinos solían retirarse temprano. No vi a nadie en mi camino. Me interné entre los abetos que ocultaban las  faldas de las montañas en una susurrante oscuridad. Una gran luna plateada parecía suspendida encima del valle, inundado los pequeños y pendientes con una luz inquietante y perfilando negras sombras en el suelo. No soplaba aire por entre los abetos, y no obstante, se oía elevarse un murmullo fantasmal y misterioso. Mi fantasía evocaba quimeras. Seguramente en una noche como ésta, hacía siglos, volaban por el valle las brujas desnudas, a horcajas en sus escobas, perseguidas por sus burlescos demonios familiares.

Encaminé mis pasos hacia las escarpas. Me sentía algo inquieto al notar que la engañosa luz de la luna les presta un aspecto artificioso que no había notado antes; bajo aquella luz fantástica, habían perdido su apariencia de escarpadas naturales para convertirse en ruinas de gigantescas murallas que sobresalían de la ladera.

Esforzándome por apartar de mí esa ilusión extraña, subí hasta la meseta y dudé un momento antes de sumergirme en la tremenda oscuridad de los bosques. Una especie de tensión mortal se cernía sobre las sombras, como si un monstruo invisible contuviera su aliento para no ahuyentar su presa.

Deseché este sentimiento –perfectamente natural, considerando el carácter imponente del lugar y su infame reputación- y me abrí paso a través del bosque, experimentando la desagradable sensación de que me seguían. Tuve que detenerme una vez, seguro de que algo pegajoso y vacilante me había rozado en la cara, en la oscuridad.

Salí al claro y vi el alto monolito alzando su silueta desnuda sobre la yerba. En la linde del bosque, en dirección a la escarpa, había una piedra que formaba como una especie del asiento natural. Me senté en ella, pensando que probablemente fue allí donde el poeta loco, Justin Geoffrey, había escrito su fantástico Pueblo del Monolito. El tabernero pensaba que la Piedra lo que había provocado la locura de Geoffrey, pero la semilla de la locura estaba sembrada en el cerebro del poeta mucho antes de haber visitando Stregoicavar.

Eché una mirada al reloj. Eran casi los doce, me recosté en espera de cualquier manifestación espectral que pudiese aparecer. Comenzaba a levantarse una brisa suave entre las ramas de los abetos y su música me recordó la de unas gaitas invisibles y lánguidas susurrando una melodía pavorosa y maligna. La monotonía del sonido y mi mirada, invariablemente fija en el monolito, me produjeron una especie de auto hipnosis; me estaba quedando amodorrado. Luché contra esta sensación, pero  el sueño pudo conmigo. El monolito parecía ladearse, danzar extrañamente, retorcerse. Entonces me dormí.

Abrí los ojos y traté de levantarme, pero no me fue posible; parecía como si una mano helada me agarrara sin que yo pudiera hacer nada. Un frío terrorEspada 24 - 47 se apoderó de mí. El claro del bosque ya no estaba desierto. Se veía atestado de una silenciosa multitud de gentes extrañas. Mis ojos dilatados repararon en los raros y bárbaros detalles de sus atuendos. Mi entendimiento me decía que eran remotísimos, olvidados incluso en esta tierra atrasada. Seguramente, pensé, son gente del pueblo que ha venido a quí para celebrar algún cónclave grotesco… Pero otra mirada me hizo comprender que aquellas gentes no eran de Stregoicavar. Eran más bajos de estatura, más rechonchos, tenía la frente mas deprimida, la cara más ancha y abotagada. Algunos poseían rasgos eslavos y magiares, pero dicho rasgo, se veían degradados por la mezcla con alguna raza extranjera más baja que no era posible clasificar. Muchos de ellos vestían con pieles de bestias feroces, y todo su aspecto, tanto el de los hombres como el de las mujeres, era de una brutal sensualidad. Aquellas gentes me horrorizaban y me repugnaban, aunque no me prestasen atención alguna. Habían formado un inmenso semicírculo delante del monolito. Empezaron una especie de canto extendiendo los brazos al unísono y balanceando sus cuerpos rítmicamente de cintura para arriba. Todos los ojos estaban fijos en la cúspide de la Piedra, a la que parecían estar invocando. Pero lo más lo más extraño de todo era el tono apagado de sus voces; a menos de cincuenta metros de donde yo estaba, centenar de hombres y mujeres levantaban sus voces en una melodía salvaje, y, sin embargo, aquellas voces me llegaban como un murmullo débil, confuso, como si viniera de muy lejos, a través del espacio… o el tiempo.

Delante del monolito había como un brasero, del que se elevaban vaharadas de humo amarillo, repugnante, nauseabundo, que se enroscaba formando una extraña espiral, como una serpiente inmensa y borrosa, en torno al monumento.

A un lado de este bracero yacían dos figuras: una muchacha, completamente desnuda, atada de pies y manos, y un niño que tendría tan solo unos meses. Al otro lado, se acuclillaba una vieja hechicera con un extraño tambor en su regazo. Tocaba con las manos abiertas, con golpes pausados y leves; pero yo no lo oía.

El ritmo de los cuerpos balanceantes empezó a adquirir mayor rapidez. Entonces saltó una mujer desnuda al espacio que quedaba libre entre la multitud y el monolito; llameaban sus ojos, su larga cabellera flotaba alborotada mientras danzaba vertiginosamente sobre la punta de los pies, dando vueltas por todo el espacio libre, hasta que cayó postrada ante la Piedra, y allí quedó inmóvil. Inmediatamente la siguió una figura fantástica, un hombre vestido tan sólo con una piel de macho cabrío colgando de la cintura, y cuyas facciones estaban totalmente ocultas por una máscara fabricada con una enorme cabeza de lobo, de tal manera que daba la impresión de ser un monstruoso, pesadillesco, mezcla horrible de elementos humanos y bestiales. Sostenía en la amno un haz de varas de abeto, atado por los extremos más gruesos. La luz de la luna brillaba en una pesada cadena de oro que llevaba enlazada en el cuello. Prendida a esta cadena, llevaba otra de cuyo extremo debería haber colgado algún objeto que, sin embargo, faltaba.

Espada 24 - 48La multitud agitaba los brazos con violencia y redoblaban sus gritos, mientras esa grotesca criatura galopaba por el espacio abierto dando muchos saltos y cabriolas. Se acercó a la mujer que yacía al pie del monolito y comenzó a azotarla con las varas; entonces ella se levantó de un salto y se entregó a la danza más salvaje e increíble que había visto en mi vida. Su atormentador bailó con ella manteniendo el mismo ritmo, colocándose a su altura en cada giro y cada salto, al tiempo que descargaba unos golpes despiadados sobre su cuerpo desnudo. Y a cada golpe que le daba gritaba una palabra extraña; y así una y otra vez, y toda la gente le coreaba. Podía verles mover los labios. Ahora el débil murmullo de sus voces se fundió y se hizo un solo grito, distante y lejano, repetido continuamente en un éxtasis frenético. Pero no logre entender lo que gritaban.

Los danzantes gritaban en vertiginosas vueltas, mientras los espectadores, de pie todavía en su sitios, seguían el ritmo de la danza con el balanceo de sus cuerpos y los brazos entrelazados. La locura aumento en los ojos de la mujer que cumplía aquel rito violento, y se reflejaba en la mirada de los demás. Se hizo más salvaje y extravagante el frenético girar de aquella danza enloquecedora… Se convirtió en un cuadro bestial y obsceno, en tanto que la vieja hechicera aullaba y batía el tambor como una enajenada, y las varas componían una canción demoniaca.

La sangre le corría goteante por los miembros pero ella parecía no sentir la flagelación sino como un acicate para continuar el salvajismo de sus movimientos desenfrenados. Al saltar en medio del humo amarillento que empezaba a extender sus tenues tentáculos para abrazar a las dos figuras danzantes se hundió en aquella niebla hedionda y desapareció de la vista. Volvió a surgir otra vez seguida inmediatamente de aquel individuo bestial que la había flagelado y prorrumpió en un indescriptible furor de  movimientos enloquecedores hasta que en el colmo del delirio cayó de pronto sobre la yerba temblando y jadeando completamente vencida por el frenético esfuerzo. Siguió la flagelación con inalterable violencia y ella comenzó a arrastrarse boca abajo haía el monolito. El sacerdote –por llamarlo así- continuó azotando su cuerpo indefenso con todas sus fuerzas mientras ella se retorcía dejando un pegajoso rastro de sangre sobre la tierra pisoteada. Llegó por fin al monolito y boqueando sin resuello le echó sus brazos en torno y cubrió la fría piedra de besos feroces como en una adoración delirante y profana.

Espada 24 - 49

El grotesco sacerdote saltaba en el aire había arrojado las varas salpicadas de sangre. Los adoradores comenzaron a aullar y a echar espuma por la boca y de pronto se volvieron unos contra otros y se atacaron con uñas y dientes desgarrándose las vestiduras y la carne en una ciega pasión de bestialidad. El sacerdote se acercó al pequeñoelo que lloraba desconsolado lo levantó con su largo brazo y gritando una vez más ese Nombre. lo hizo girar en el aire y lo estrelló contra el monolito en cuya superficie quedó una mancha espantosa. Muerto de terror vi cómo abría en canal el cuerpecillo con sus dedos brutales y arrojaba sobre la columna la sangre que recogía en el hueco de sus manos. Luego tiró el cuerpo rojo y desgarrado al brasero extinguiendo las llamas y el humo en una lluvia de chispas en tanto que detrás los brutos enloquecidos aullaban una y otra vez ese nombre. Después de repente todo el mundo cayó prosternado sin dejar de retorcerse al tiempo que el sacerdote extendía sus manos con gesto amplio y triunfal. Abrí la boca y quise gritar horrorizado pero únicamente pude articular un ruido seco. ¡Un animal enorme monstruoso como un sapo se hallaba agazapado en la cima del monolito!

Contemplé su hinchada y repulsiva silueta recortada contra la luz de la luna y en el sitio en que una criatura normal hubiera tenido rostro vi sus tremendos ojos parpadeantes en los que se reflejaba toda la lujuria toda la insondable concupiscencia la obscena crueldad y la perversidad monstruosa que ha atemorizado a los hijos de los hombres desde que sus antepasados se ocultaban ciegos y sin pelo en la copa de los árboles. En aquellos ojos espantosos se reflejaban todas las cosas sacrílegas y todos los malignos secretos que duermen en las ciudades sumergidas que se ocultan de la luz en las tinieblas de las cavernas primordiales. Y así aquella cosa repulsiva que el sacrílego ritual de crueldad de sadismo y de sangre había despertado del silencio de los cerros parpadeaba y miraba de soslayo a sus brutales adoradores que arrastraban ante él en una repugnante humillación.

Ahora el sacerdote disfrazado de bestia levantó a la débil muchacha maniatada y la mantuvo levantada con sus manos brutales ante el monolito. Y cuando aquella monstruosidad lujuriosa y babeante comenzó a succionar en su pecho algo estallo en mi cerebro y me hundí en un piadoso desvanecimiento.

Abrí los ojos sobre una claridad lechosa. Todos los acontecimientos de la noche me vinieron de golpe a la memoria y me levanté de un salto. Entonces miré a mi alrededor con asombro. El monolito se alzaba descarnado y mudo sobre la yerba ondulante verde intacta bajo la brisa matinal. Atravesé el claro con paso rápido. Aquí habían saltado y brincado tantas veces que la llerba debería haber desaparecido y aquí la mujer del ritual se arrastró en su doloroso camino hacia la Piedra derramando su sangre sobre la tierra. Sin embargo ni una sola gota de sangre se veía en el césped intacto.. Mire temblando de horror la cara del monolito contra la que el brutal sacerdote estampó a la criatura robada… pero no había ninguna mancha nada.

¡Un sueño! Había sido un espantosa pesadilla… o qué sé yo… Me encogí de hombros. Que intensa claridad para ser un sueño! Regresé tranquilamente al pueblo y entré en la posada sin ser visto. Una vez allí me senté a meditar sobre los acontecimientos de la noche. Cada vez me sentía más inclinado a descartar la teoría de un sueño. Era evidente que lo que había visto era una ilusión inconsistente. Pero estaba convencido de que aquello era la sobre el reflejo de un acto espantoso perpetrado realmente en tiempos lejanos. Pero cómo podía saberse Qué prueba podría confirmar que había sido la visión de una asamblea de espectros más que una mera pesadilla forjada por mi propio cerebro

Como una respuesta a este mar de dudas me vino un nombre a la cabeza. ¡Selim Bahadur! Según la leyenda este hombre que había sido tanto soldado como cronista mandó el cuerpo del ejército de Solimán que había devastado Stregoicavar. Parecía lógico y si así había marchado directamente de este lugar arrastrando al sangriento campo de Schomvaal y a su destino final.

No pude contener una exclamación de sorpresa: aquel manuscrito que encontraron en el cuerpo del turco y que hizo temblar al conde Boris… ¿no podría contener alguna indicación de lo que los conquistadores turcos habían encontrado en Stregoicavar? Qué otra cosa pudo hacer temblar los nervios de hierro del poderoso guerrero y puesto que los restos mortales del conde no fueron rescatados jamás que duda cabía sino que el estuche de laca y su misterioso contenido permanecía aún bajo las ruinas que cubrían a Boris Vladiniff Me puse a recoger mis cosas con agitada precipitación.

Tres días más tarde me encontraba en una aldea a pocas millas del viejo campo de batalla. Cuando salió la luna ya estaba yo trabajando febrilmente en un gran túmulo de piedras desmoronadas que coronaban la colina. Fue un trabajo agotador… pensándolo ahora no comprendo como pude llevar a cabo esa tarea: y no obstante trabajé sin descanso desde la salida de la luna hasta que empezó a clarear el día. Justamente estaba yo apartando las últimas piedras cuando el sol asomó por el horizonte. Allí estaba todo lo que había quedado de Boris Vladinoff –unos pocos fragmenteos de hueso-  y entre ellos totalmente aplastada el estuche cuya superficie de laca había preservado el contenido a través de los siglos.

Lo recogí con ansiedad y después de apilar unas piedras sobre aquellos huesos me marche precipitadamente. No deseaba que me descubriese ningún viajero suspicaz en aquella acción aparentemente profanadora.

De nuevo otra vez en mi cuarto de la taberna abrí el estuche y encontré el pergamino relativamente intacto. Y había algo más: un objeto pequeño y chato envuelto en un trozo de seda. Estaba ansioso por descifrar los secretos de aquellas hojas amarillentas pero no podía más de cansancio. Apenas había dormido desde que salí de Stregoicavar y los terribles esfuerzos de la noche anterior acabaron de vencerme. A pesar de mi excitación no tuve más remedio que echarme un poco pero ya no me desperté hasta que empezaba a anochecer. Cené rápidamente y después a la luz de una vela me senté a leer los limpios caracteres turcos que cubrían el pergamino. Representaba penoso para mí por que mis nociones de turco no son ni mucho menos profundas y el estilo arcaico del texto me desorientaba. Pero luchando afanosamente conseguí descifrar una palabra aquí otra allá encontrar sentido en alguna frase y una vaga impresión de horror me oprimió el corazón. Me apliqué con todas mis fuerzas a la tarea de traducir y cuando el relato se hizo más claro y asequible la sangre se me heló en las venas se me pusieron los pelos de punta y hasta la lengua se me endureció. Todas las cosas externas participaron de la espantosa locura de aquel manuscrito infernal incluso los ruidos de los insectos y pisadas furtivas de seres espantosos y los quejidos del viento en la noche se tornaron en la risa obscena y perversa de las fuerzas del mal que dominan el espíritu de los hombres.

A lo último cuando la claridad gris se filtraba ya entre las rejas de la ventana dejé a un lado el manuscrito. La cosa envuelta en el trapo de seda estaba allí. Alargué la mano y la desenvolví. Me quedé petrificado porque comprendí que aun poniendo en duda la veracidad de lo que decía el manuscrito aquello era la prueba de que todo había sido real.

Volví a meter esas dos cosas repulsivas en el estuche y no descansé ni probé bocado hasta haberlo arrojado lastrándolo con una piedra en lo más profundo de la corriente del Danubio el cual –quiera Dios que así sea- se lo llevó al Infierno de donde debió venir.

No fue un sueño lo que tuve la noche del 24 de junio en los montes de Stregoicavar. De haber presenciado el horrible ceremonial Justin Geoffrey que sólo estuvo allí a la luz del sol y despues siguió su camino habría enloquecido mucho antes. Por lo que a mí respecta no sé cómo no llegué a perder el juicio.

No… no fue un sueño… Yo había presenciado el rito inmundo de unos adoradores desaparecidos hace siglos surgidos del Infierno para celebrar sus ceremonias como lo hicieron en otros tiempos yo vi a unos espectros postrarse ante otro espectro. Porque hace tiempo que el Infierno reclamó a ese dios horrendo. Hace mucho muchísimos años habitó entre las montañas como reliquia viva de una edad ya extinguida pero sus garras asquerosas ya no atrapan a los espíritus de los seres humanos de este mundo y su reino es un reino muerto poblado tan sólo por los fantasmas de aquellos que le sirvieron en vida.

Por qué alquimia perversa por qué impío sortilegio se abren las puertas del Infierno en esa noche pavorosa no lo sé pero mis propios ojos lo han visto yo sé que no vieron ningún ser viviente aquella noche pues en el manuscrito que redactó la cuidadosa mano de Selim Bahadur se explica detalladamente lo que él y sus compañeros de armas descubrieron en el valle de Stregoicavar. Y leí descritas con todo detalle las abominables obscenidades que la tortura arrancaba de los labios de los aullantes adoradores  y también leí lo que contaba sobre cierta caverna perdida tenebrosa arriba en las montañas donde los turcos horrorizados habían encerrado un ser monstruoso hinchado viscoso como un sapo dándole muerte con el fuego y el acero antiguo bendecido siglos antes por Mahoma y mediante conjuros que ya eran viejos cuando Arabia era joven. Y aun así la mano firme del anciano Selim temblaba al evocar el cataclismo las sacudidas de la tierra los aullidos agónicos de aquella monstruosidad que no murió sola pues hizo perecer consigo –en forma que Selim no quiso o no pudo describir- a diez de los hombres encargados de darle muerte.

Y aquel ídolo chato fundido en oro y envuelto en seda era la imagen de ese mismo ser que Selim había arrancado de la cadena que rodeaba el cuello del cadáver del gran sacerdote-lobo.

¡Bien está que los turcos barrieran  ese valle impuro con el fuego y con la espada! Visiones como las que han contemplado estas montañas desoladas deben pertenecer a las tinieblas y a los abismos de edades perdidas. No no hay que temer que esa especie de sapo me haga temblar de horror en la noche. Está encadenado en el Infierno junto con su horda nauseabunda y sólo es liberado con ellos una hora en la noche más espantosa que he visto jamás. En cuanto a sus adoradores ninguno queda ya en este mundo.

Pero al pensar que tales cosas dominaron una vez el espíritu de los hombres  me siento invadido por un sudor frío. Tengo miedo de leer las páginas abominables de von Junzt porque ahora comprendo lo que significa esa expresión que tanto repite: ¡Las llaves!…

¡Ah! Las llaves de las puertas Exteriores enlaces con un pasado aborrecible y quién sabe con aborrecibles esferas del presente. Y comprendo por qué las escarpas parecían murallas almendradas bajo la luz de la luna y por que el sobrino del tabernero acosado por las pesadillas vio en sueños la Piedra Negra surgiendo como remanente de un castillo negro y gigantesco. Si los hombres excavaran entre esas montañas puede quehallarn cosas increíbles bajo las laderas que las enmascaran. En cuanto a la caverna dodnde los turcos encerraron aquella… bestia no era propiamente una caverna. Me estremecí al imaginar el insondable abismo de tiempo que se abre entre el presente y aquella época en que la tierra se estremeció levantando como una ola aquellas montañas azules que cubrieron cosas inconcebibles. ¡Ojalá ningún hombre cave al pie de ese remate horrible que se llama Piedra Negra!

¡Una llave! ¡Ah la Piedra Negra es una Llave símbolo de un horror olvidado! Ese horror se ha diluido en el limbo del que surgió como una pesadilla durante el nebuloso amanecer de la tierra. ¿Pero qué hay de las otras posibilidades diabólicas que insinúa von Junzt..? ¿De quién era esa mano monstruosa que estranguló su vida? Desde que leí el manuscrito de Selim Bahadur ya no he albergado ninguna duda sobre la Piedra Negra. No ha sido siempre el hombre señor de la tierra… ¿Pero lo es ahora?

Y obsesivamente, me vuelve un solo pensamiento: si un ser monstruoso como el Señor del Monilito hubiera logrado sobrevivir de algún modo a su propia era incalculablemente lejana ¿que formas sin nombre podrían acechar aún en los lugares tenebrosos del mundo?

 Espada 24 - 51


LA PIEDRA NEGRA – ROBERT E. HOWARD PART 1 DE 2

LA PIEDRA NEGRA.

Dicen que los seres inmundos de los Viejos Tiempos acechan

En los oscuros rincones olvidados de la tierra,

Y que aún se abren las Puertas que liberan, ciertas noches,

A unas formas prisioneras del Infierno.

Justin Geoffrey.

Espada 24 - 46La primera vez que leí algo sobre esta cuestión fue en el extraño libro de von Junzt, aquel extravagante alemán que vivió tan singularmente, y murió en circunstancias tan misteriosas y terribles. Fue una suerte para mi que cayese en mis manos su obra Cultos sin Nombre, llamada también el Libro Negro, en su edición original publicada en Düsseldorf en 1839 poco antes de que el autor lo sorprendiese su terrible destino. Los bibliógrafos suelen conocer los Cultos sin Nombre a través de la edición barata y mal traducida que publicó Bridewell en Londres, en el año 1845, o de la edición cuidadosamente  expurgada que puso a la luz la Golden Goblin Press de Nueva York en 1909. Pero el volumen con el que yo me tropecé era uno de los ejemplares alemanes de la edición completa, encuadernada con pesadas cubiertas de piel y cierres de hierro herrumbroso. Dudo mucho que haya más de media docena de estos ejemplares en todo el mundo, hoy en día; primero, por que no se imprimieron muchos, y además, por que cuando corrió la voz de cómo había encontrado la muerte su autor, muchos de los que poseían el libro lo quemaron asustados.

Von Junzt (1795 – 1840) pasó toda su vida buceando en temas prohibidos. Viajo por todo el mundo, consiguió ingresar en innumerables sociedades secretas, y llegó a leer un un sinfín de libros y manuscritos esotéricos. En los densos capítulos del Libro Negro, que oscilan entre una sobrecogedora claridad de exposición y la oscuridad más ambigua, hay detalles y alusiones que helarían la sangre del hombre más equilibrado. Leer lo que von Junzt se atrevió a poner en letra de molde, suscita conjeturas inquietantes sobre lo que no se atrevió a decir. De que tenebrosas cuestiones, por ejemplo, trataban aquellas páginas, escritas con apretadas letra, del manuscrito en que trabajaba infatigablemente pocos meses antes de morir, y que se encontro destrozado y esparcido por el suelo de su habitación cerrada con llave, donde von Junzt fue hallado muerto con señales de garras en el cuello Eso nunca se sabrá, porque el amigo más allegado del autor, el francés Alexis Landeau, después de una noche de recomponer los fragmentos y leer el contenido, lo quemo todo y se corto el cuello con una navaja de afeitar.

Pero el contenido del volumen publicado es ya suficientemente estremecedor, aun admitiendo la opinión general de que tan sólo representa una serie de desvaríos de un enajenado. Entre multitud de cosas extrañas encontré una alusión a la Piedra Negre, ese monolito siniestro que se cobija en las montañas de Hungría y en torno al cual giran tantas leyendas tenebrosas. Von Junzt no le dedico mucho espacio. La mayor parte de su horrendo trabajo se refirió a los cultos y objetos de adoración satánica que; según el, existen todavía; y esa Piedra Negra representaría  algún orden  o algún ser perdido, olvidado hace ya cientos de años. No obstante, al mencionarla, se refiere a ella como a una de las claves. Esta expresión se repite muchas veces en su obra, en diversos pasajes, y constituye uno de los elementos oscuros de su trabajo. Insinúa brevemente haber visto escenas singulares en torno a un monolito, en la noche del 24 de junio. Cita la teoría de Otto Dostmann, según la cual este monolito sería un vestigio de la invasión de los de los hunos, erigido para conmemorar una victoria de Atila sobre los godos. Von Junzt rechaza esta hipótesis sin exponer ningún argumento para rebatirla; únicamente advierte que atribuir el origen de la Piedra Negra a los hunos es tan lógico  como suponer que Stonehenge fue erigido por Guillermo el Conquistador. 

La enorme antigüedad que esto daba a entender, excito mi interes extraordinariamente y, tras haber salvado algunas dificultades, conseguí localizar un ejemplar, roído de ratas, de Los restos arqueológicos de los Imperios Perdidos (Berlín, 1809, Edit. <<Der Drachenhaus>>), de Dostmann. Me decepcionó el comprobar que la referencia que hacía Dostmann sobre la Piedra Negra era más breve que la de von Junzt, despachándola en pocas líneas como monumento relativamente moderno comparado con las ruinas grecorromanas de Asia Menor, que eran su tema favorito. Admitía, eso sí, su incapacidad para descifrar los deteriorados caracteres grabados en el monolito, pero declaraba que eran inequívocamente mongólicos. Sin embargo, entre los pocos datos de interés que sunibistraba Dostmann, figguraba su referencia al pueblo vecino a la Piedra Negra: Stregoicavar, nombre nefasto que significa algo así como Pueblo Embrujado. No logre más información, a pesar de la minuciosa revisión de guías y artículos de viajes que llevé a cabo: Stregoicavar, que no venía en ninguno de los mapas que cayó en mis manos, está situado en una región agreste, poco frecuentada, lejos de la ruta de cualquier viajero casual. En cambio, encontré motivos de meditación en las Tradiciones y costumbres populares de los magiares, de Dornly. En el capítulo que se refiere a Mitos sobre los sueños cita la Piedra Negra y cuenta extrañas supersticiones a este respecto. Una de ellas es la creencia de que, si alguien duerme en las proximidades del monolito, se vera perseguido para siempre por monstruosas pesadillas; y cita relatos de aldeanos que hablaban de gentes demasiado curiosas que se aventuraban a visitar la Piedra Negra en la noche del 24 de junio, y que morían en un loco desvarío a causa de algo que habían visto allí.

Eso fue todo lo que saqué en claro en Dornly, pero mi interes había aumentado muchisimo al presentir que en torno a esa Piedra había algo claramente siniestro. La idea de una antigüedad tenebrosa, las repetidas alusiones a acontecimientos monstruosos en la noche del 24 de junio, despertaron algún instinto dormido de mi ser, de la misma forma que se siente, más que se oye, la corriente de algún oscuro río sunterráneo en la noche.

Y de pronto me di cuenta de que existía una relación entre esta Piedra y cierto poema fantástico y terrible escrito por el poeta loco Justin Geoffrey: El Pueblo del Monolito. La indagación que realicé me confirmaron que, en efecto. Geoffrey había escrito este poema durante un viaje por Hungría; por consiguiente, no cabía duda que el monolito a que se refería en sus versos extraños era la misma Piedra Negra. Leyendo nuevamente sus estrofas sentí, una vez más, las extrañas y confusas agitaciones de los mandatos del subconsciente que había observado la primera vez que tuve conocimiento de la Piedra.

Había estado pensando qué sitio elegir para pasar unas cortas vacaciones, hasta que me decidí. Me fui a Stregoicavar. Un tren anticuado me llevó de Temesvar hasta una distancia todavía respetable de mi punto de destino; luego, en tres días de viaje en un coche traqiueteante, llegué al pueblecito, situado en un fértil valle encajonado entre montañas cubiertas de abetos. El viaje transcurrió sin incidencias. Durante el primer día, pasamos por el viejo campo de batalla de Schomvaal, donde un bravo caballero polaco-hungaro, el conde Boris Vladinoff, presentara una valerosa e inútil resistencia frente a las victoriosas huestes de Solimán el Magnífico cuando, en 1526, el Gran Turco se lanzo a la invasión de la Europa oriental.

El cochero me señalo un gran túmulo de piedras desmoronadas en una colina próxima, bajo el cual descansaban, según dijo, los huesos del valeroso conde. Recorde entonces un pasaje de las Guerras turcas, de Larson: <<Después de la escaramuza (en la que el conde había rechazado la vanguardia de los turcos con un reducido ejercito), el conde permaneció al pie de la muralla del viejo castillo de la colina para disponer el orden de sus fuerzas. Un ayudante le trajo una cajita laqueada que había encontrado en el cuerpo del famoso escriba e historiador Selim Bahadur, caído en la refriega. El conde extrajo de ella un rollo de pergamino y comenzó a leer. No había terminado las primeras líneas, cuando palideció intensamente y, sin pronunciar una palabra, guardo el documento en la caja y se la guardó bajo su capa. En ese preciso momento abría fuego un cañón turco, y los proyectiles dieron contra el viejo castillo ante el espanto de los hungaros que vieron derrumbarse las murallas sobre el esforzado conde. Sin caudillo, el valiente ejercito se desbarató, y en los años de guerra asoladora que siguieron, no llegaron a recuperarse los restos mortales del noble caballero. Hoy, los naturales  del país muestran un inmenso montón de ruinas cerca de Schomvaal, bajo las cuales, según dicen, todavía descansa lo que los siglos hayan respetado de Boris Vladinoff.>>

Stregoicavar me dio la sensación de un pueblecito dormido que desmentía su nombre siniestro, un remanso de paz respetado por el progreso. Los singulares edificios, y los trajes y costumbres aún más extraños de sus gentes, pertenecían a otra época. Eran amables, algo curiosos, sin ser preguntones, a pesar de que los visitantes extranjeros eran sumamente escasos.

-Hace diez años, llegó otro americano: Estuvo pocos días en el pueblo –dijo el dueño de la taberna donde me había hospedado-. Era un muchacho bastante raro –murmuró para sí-, un poeta, me parece.

Comprendí que debía referirse a Justin Geoffrey.

-Si, era poeta –contesté-, y escribió un poema sobre un paraje próximo a este mismo pueblo.

-Deveras –mi patrón se sintió interesado-. Entonces, siendo así que todos los grandes poetas son raros en su manera de hablar y de comportarse, él debe haber alcanzado gran fama, porque las cosas que hacía y las conversaciones suyas eran lo más extraño que he visto en ningún hombre.

-Eso le ocurre a casi todos los artistas –contesté-. La mayor parte de su merito se le ha reconocido después de muerto.

-Ha muerto, entonces

-Murió, gritando en un manicomio; hace cinco años.

-Lastima, lastima –suspiro con simpatía-. Pobre muchacho… Miró demasiado la Piedra Negra.

Me dio un vuelco  el corazón. No obstante, disimulé mi enorme interes y dije como por casualidad:

-He oído algo sobre la piedra Negra. Creo que está´por aquí cerca, ¿no?

-Más cerca de lo que la gente cristiana desea –contestó-. ¡Mire!

Me condujo a una ventana enrejada y me señaló las laderas, pobladas de abetos, de as acogedoras montañas azules.

-Allá, al otro lado de la gran cara desnuda de ese risco tan saliente que ve usted, ahí se levanta esa Piedra maldita. Ojalá se convirtiese en polvo, y el polvo se lo llevara el Danubio hasta lo más profundo del océano! Una vez, los hombres quisieron destruirla, pero todo el que levantaba el pico o el martillo contra ella moría de una manera espantosa. Ahora la rehuyen.

-¿Que maldición hay en ella? –pregunté interesado.

-El demonio, el demonio que la está rondando siempre –contestó con un estremecimiento-. En mi niñez conocí a un hombre que subió de allá abajo y se reía de nuestras tradiciones… tuvo la temeridad de visitar la Piedra en la noche del 24 de junio, y al amanecer entró de nuevo al pueblo como borracho, enajenado, sin habla. Algo le había destrozado el cerebro y le había sellado los labios, pues hasta el momento de su muerte, que ocurrió poco después, tan sólo abrio la boca para proferir blasfemias o babear una jerigonza incomprensible.

>>Mi sobrino, de pequeñito, se perdió en las montañas y durmió en los bosques inmediatos a la Piedra, y ahora en su madurez se ve atormentado por sueños enloquecedores, de tal manera que, a veces, te hace pasar una noche espantosa con sus alaridos, y luego despierta empapado de un sudor frío.

<< Pero cambiemos de tema, Herr. Es mejor no insistir en esas cosas.>>

Yo hice un comentario sobre la manifiesta antigüedad de la taberna, y me contestó argulloso:

-Los cimientos tienen más de cuatrocientos años. El edificio primitivo fue la única casa del pueblo que no  destruyó el incendio, cuando los demonios de Solimán cruzaron las montañas. Aquí, en la casa que había sobre estos mismos cimientos, se dice que tenía el escriba Selim Bahadur su cuartel general durante la guerra que asoló toda esta comarca.

Luego supe que los habitantes de Stregoicavar no son descendientes de los que vivieron allí antes de la invasión de 1526. Los victoriosos musulmanes no dejaron con vida a ningún ser humano –ni en el pueblo ni en su entorno- cuando atravesaron este territorio. Los hombres, las mujeres y los niños fueron exterminados en un rojo holocausto, dejando una vasta extensión del país silenciosa y desierta. Los actuales habitantes de Stregoicavar descienden de los duros colonizadores que llegaron de las tierras bajas y reconstruyeron el pueblo en ruinas, una vez que los turcos fueron expulsados.

Mi patrón no hablo con ningún resentimiento de la matanza de los primitivos habitantes. Me enteré que sus antecesores de las tierras bajas miraban a los montañeses incluso con más odio y aversión que a los propios turcos. Habló con vaguedad respecto a las causas de esta enemistad, pero dijo que los anteriores vecinos de Stregoicavar tenían la costumbre de hacer furtivas excursiones en las tierras bajas, robando muchachas y niños. Además contó que no eran exactamente de la misma sangre que su pueblo; el vigoroso y original tronco eslavo-magiar se había mezclado, cruzándose con la degradada raza aborigen hasta fundirse en la descendencia y dar lugar a una infame amalgama. El no tenía la más ligera idea de quiénes fueron esos aborígenes; únicamente sostenía que eran <<paganos>>, y que habitaban en las montañas desde tiempo inmemorial , antes de la llegada de los pueblos conquistadores.

Le di poca importancia a esta historia. En ella no veía más que una leyenda semejante a la que dieron origen la fusión de las tribus celtas y los aborígenes mediterráneos de las montañas de Escocia, y las razas mestizas resultantes que, como los pictos, tanta importancia  tienen en las leyendas escocesas. El tiempo produce un curioso efecto de perspectiva en el folklore. Los relatos de los pictos se entremezclaron con ciertas leyendas sobre una raza mongólica anterior, hasta el punto de que, con el tiempo, se llegó a atribuir a los pictos los repulsivos caracteres del chaparrado hombre primitivo. cuya individualidad fue absorbida por las leyendas pictas, perdiendoce en ellas. Del mismo modo, pensaba yo, podría seguirse la pista de los supuestos rasgos inhumanos de los primeros pobladores de Stregoicavar hasta sus orígenes en los más viejos y gastados mitos de los pueblos invasores, los mongoles y los hunos.

A la mañana siguiente de mi llegada pedí instrucciones a mi patrón –que por cierto me las dio de muy mala gana-, y me puse en camino, en busca de la Piedra Negra. Despúes  de una caminata de varias horas cuesta arriba, por entre los abetos de las laderas, llegué a la cara abrupta de la escarpada que sobresalía poderosamente del costado de la montaña. De allí ascendí un estrecho sendero que separaba hasta coronarla. Subí por él, y desde arriba contemple el tranquilo valle de Stregoicavar, que parecía dormir protegido a uno y otro lado por las grandes montañas azules. Entre la escarpada donde estaba yo y el pueblo no se veían cabañas ni signo alguno de vida humana. Había bastantes granjas desperdigadas por el valle, pero todas estaban situadas al otro lado de Stregoicavar. El pueblo mismo parecía huir de los ásperos riscos que ocultaban la Piedra Negra.

La cima de las escarpas formaban como una especie de meseta cubierta de espeso bosque. Caminé por la espesura y en seguida llegué a un claro muy grande, y en el centro de ese claro se alzaba un descarnado monolito de piedra negra.

Era la sección octagonal, y tendría unos cuatro metros o cinco de altura y medio metro aproximadamente de espesor. Se veía bien que había sido perfectamente pulido en su tiempo, pero ahora la superficie de la piedra mostraba numerosas mellas como si hubieran llevado salvajes esfuerzos por demolerla. Pero los picos apenas habían conseguido descascarillarla y mutilar los caracteres que la ornaban en espiral hasta arriba, en torno del fuste. Hasta una altura de dos metros y medio o poco más, los caracteres estaba casi totalmente destruidos, de tal manera que resultaba muy difícil averiguar sus características. Más arriba se veían mucho mejor conservados, y yo me las arregle para trepar por la columna y examinarlos de cerca. Todos estaban deteriorados en mayor o menor grado, pero era evidente que no pertenecían a ninguna lengua que yo pudiera recordar en ese momento sobre la faz de la tierra. Lo que más llegaba a parecérsele, de todo lo que había visto en mi vida, eran unos toscos garabatos trazados sobre cierta roca gigante, extrañamente simétrica, de un valle perdido del Yucatán. Recuerdo que al señalarle aquellos trazos a mi compañero, que era arqueólogo, el sostuvo que eran efectos naturales de la erosión, o el inútil garabateo de un indio, yo le expuse mi teoría de que la roca era realmente la base de una columna desaparecida, pero él se limitó  a reír, y me dijo que reparase en las proporciones que suponía; de haberse levantado una columna allí de acuerdo con las normas ordinarias de la simetría arquitectónica habría tenido lo menos trescientos metros de altura. Pero no me dejó convencido.

No quiero decir que los caracteres grabados sobre la Piedra Negra fuesen semejantes s a los de la descomunal roca de Yucatán, sino que me los sugerían. En cuanto a la materia del monolito, también me desconcertó. La piedra que habían empleado para tallarla era de un color negro y tenía un brillo mate; y en su superficie, allí donde había sido raspada o desconchada, producía un curioso efecto de semitransparencia.

Pasé en aquel lugar la mayor parte de la mañana y regresé perplejo. La piedra no me sugería ninguna relación con ningún otro monumento del mundo. Era como si el monolito hubiese sido erigido por manos extrañas en una edad remota y ajena a la humanidad

Regrese al Pueblo. De ninguna manera había disminuido mi interés. Ahora que había visto aquella piedra tan singular, sentía mucho más apremiante deseo de investigar el asunto con mayor amplitud e intentar descubrir que extrañas manos y con que extraños propósitos fue levantada la Piedra Negra en lejanos tiempos.

Busque al sobrino del tabernero y le pregunte sobre sus sueños, pero estuvo muy confuso, aun cuando lo hizo lo posible por complacerme. No le importaba hablar de ellos, pero era incapaz de describirlos con la más mínima claridad. Aunque tenía siempre los mismos sueños, y a pesar de que se le presentaban espantosamente vívidos, no le dejaban huellas claras en la conciencia. Los recordaba como un caos de pesadilla en las que inmensos remolinos de fuego arrojaban tremendas llamaradas y retumbaba incesantemente un tambor. Sólo recordaba con claridad que una noche había visto en sueños la Piedra Negra, no en la falda de la montaña, sino rematando la cima de un castillo negro y gigantesco.

En cuanto al resto de los vecinos observe que no les gustaba hablar de la Piedra, excepto al maestro, hombre de una instrucción sorprendente, que había pasado mucho más tiempo fuera, por el mundo, que ningún otro de sus vecinos.

Se intereso muchísimo en lo que le conté sobre las observaciones de von Junzt relativas a la Piedra Negra, y manifestó vivamente que estaba de acuerdo con el autor alemán en cuanto a la edad que atribuía al monolito. Estaba convencido de que alguna vez existió en las proximidades una sociedad satánica, y que posiblemente todos los antiguos vecinos habían sido miembros de ese culto a la fertilidad que amenazó con  socavar la civilización europea y dio origen a tantas historias de brujeria. Cito el mismo nombre del pueblo para probar su punto de vista. Originalmente no se llamaba Stregoicavar, dijo; de acuerdo con la leyendas, los que fundaron el pueblo lo llamaron Xuthltan, que era el primitivo nombre del lugar sobre el que asentaron sus casas, hace ya muchos siglos.

Este hecho me produjo otra vez un indescriptible sentimiento de desazón. El nombre bárbaro no me sugería relación alguna con las razas escitas, eslavas o mongolas a las que debería haber pertenecido los habitantes de estas montañas.

Los magiares y los eslavos de las tierras bajas creían sin duda que los primitivos habitantes del pueblo eran miembros de un culto maléfico, como se demostraba, a juicio del maestro, por el nombre que dieron al pueblo y que continuaron empleando aun después de ser aniquilados los antiguos pobladores por los turcos y haber reconstruido una raza más pura.

No creía él que fueran los iniciados en ese culto quienes erigieron el monolito, aunque opinaba que lo emplearon como centro de sus actividades; y, basándose en vagas leyendas que se venían transmitiendo desde antes de la invasión turca, expuso una teoría según la cual los degenerados pobladores antiguos lo habían usado como una especie de altar sobre el cual ofrecieron sacrificios humanos, empleado como víctimas a las muchachas y a los niños robados a los propios antepasados de los actuales pobladores, que a la sazón vivían en las tierras bajas.

Desestimaba el mito de los horripilantes sucesos de la noche del 24 de junio, así como la leyenda de una deidad extraña que el pueblo hechicero invocaba por medio de  cantos salvajes rituales de flagelación y sadismo, como se decía.

No había visitado la Piedra en la noche del 24 de junio, según confesó, pero no le daría miedo hacerlo; lo que había existido o lo que sucedió allí en otra época, fuera lo que fuese, se había sumido en la niebla del tiempo y del olvido. La Piedra Negra había perdido su significado salvo el de ser el nexo de unión con un pasado muerto y polvoriento.

Espada 24 - 50