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LA ESPADACHINA – ROBERT E. HOWARD PART – 4 DE 4

4

Sus hermanas se encorvan para tejer

Y roen unas migajas de pan,

Pero ella lanza su caballo al galope, vestida con seda y acero,

Y sigue los tambores de sus sueños.

La Balada de Agnès la Negra

 

Una semana después del combate que se desarrolló en la alcoba de Etienne, Guiscard de Clisson y yo abandonamos la taberna El Jabalí Rojo para tomar la ruta que conducía hacia el este. Montaba un brioso alazán e iba ataviada como correspondía a un compañero de Giscard de Clisson. Llevaba un jubón de terciopelo y calzas de seda, con altas botas españolas; bajo el jubón, una fina cota de mallas de acero protegía mi cuerpo y un capacete pulido colgaba tras mi roja melena. Llevaba dos pistolas cruzadas a la cintura, y una espada colgaba envainada en una funda ricamente trabajada. Una gran capa de seda escarlata flotaba sobre mis hombros. Guiscard había comprado todo aquello, riendo al verme protestar ante su generosidad.

–Me lo devolverás todo con el botín que nos espera en Italia –replicó–. De todos modos, un compañero de Guiscard de Clisson debe partir a la guerra elegantemente ataviado.

A veces me preguntaba si la aceptación de Guiscard por considerarme como a un hombre era tan sincera como pretendía hacerme creer. Quizá alimentaba, secretamente, su primera idea… ¡pero poco importaba!

Aquella semana había sido completa. Cada día, durante varias horas, Giscard me había enseñado el arte de la esgrima. El mismo era considerado como una de las mejores espadas de Francia, y afirmaba que nunca había tenido un alumno tan aventajado como yo. Aprendí todas las delicadezas y las trampas de aquel arte, como si hubiera nacido para ello; mi rapidez de movimientos y mis ataques relampagueantes sacaban frecuentes juramentos de sorpresa de sus labios. En cuanto a lo demás, había aprendido a disparar, tanto con pistola como con arcabuz, y descubierto muchas artimañas mortales y asaltos muy eficaces para el combate cuerpo a cuerpo. Nunca un principiante tuvo un maestro tan eficiente, ni nunca un maestro tuvo un estudiante tan deseoso de aprender todo lo que tenía aquel oficio. Ardía en deseos de aprender. Tenía la impresión de haber nacido por segunda vez y descubrir un mundo totalmente nuevo…, sin embargo, yo estaba hecha para aquel mundo, desde que nací. Mi vida anterior parecía un sueño lejano que no tardaría en olvidar.

Así, muy temprano, aquella misma mañana, antes de que el sol naciera, montamos, en el patio de El Jabalí Rojo, mientras Perducas nos deseaba buen viaje. Cuando nos íbamos, alguien gritó mi nombre; vi un rostro muy pálido asomando de una de las ventanas del piso superior.

–¡Agnès! –gritó Etienne–. ¿Te vas sin decirme adiós?

–¿Por qué debía haber tanta ceremonia entre nosotros? –le pregunté–. Ninguno de los dos le debe nada al otro. Ni tenemos mucha amistad, que yo sepa. Estás lo bastante recuperado como para ocuparte de ti mismo; en consecuencia, ya no necesitas mis cuidados.

Y, sin decir nada más, sacudí las riendas del caballo y me lancé al lado de Giscard en la ruta que serpenteaba a través de los bosques. Me miró de soslayo y enarcó las cejas.

–Eres una mujer muy rara, Agnès la Negra –dijo finalmente–. Pareces ir por la vida como una de las Parcas, insensible, inmutable, llevando la tragedia y el destino. Creo que los hombres que te acompañen no se harán muy viejos.

No respondí y seguimos atravesando el bosque. El sol se alzó, inundando de oro las hojas de los árboles; las ramas se agitaban suavemente con la brisa del amanecer. Un ciervo atravesó con paso vivo el sendero ante nosotros y los pájaros cantaban llenos de la alegría de vivir.

Seguimos el camino que había seguido tras el combate en Los Dedos del Pícaro, sosteniendo a Etienne entre mis brazos. Pero, casi al mediodía, tomamos otro camino, más ancho, que derivaba hacia el sudeste. Habíamos recorrido muy poco trecho cuando Guiscard exclamó:

–¡Qué tranquilidad! ¿Por qué no será el hombre tan apacible como la naturaleza?

Poco después, añadió:

–¡Hola! ¿Quién anda ahí?

Un bribón que dormía bajo un árbol se despertó sobresaltado. Se incorporó, nos miró fijamente y, acto seguido, dándose la vuelta, echó a correr entre los enormes robles que bordeaban el camino y desapareció.

Apenas tuve tiempo para verle: era, aparentemente, un ladronzuelo con las ropas encapuchadas de un leñador.

–Nuestra apariencia marcial le ha atemorizado –dijo Guiscard riendo.

Sin embargo, una extraña inquietud se apoderó de mí, haciéndome mirar nerviosamente las verdes murallas que nos rodeaban.

–No hay ladrones en este bosque –murmuré–. No tenía razón alguna para huir así, sólo con vernos. No me gusta esto. ¡Escucha!

Un silbido agudo y estridente se elevó súbitamente en el aire, saliendo de entre los árboles. Algunos instantes más tarde, otro silbido respondió al primero, más lejano, hacia el este, apagado por la distancia. Prestando oídos, me pareció escuchar un tercer silbido, todavía más lejano.

–No me gusta esto –repetí.

–Un pájaro llamando a su compañera –se burló.

–Nací y me crié en los bosques –respondí, impaciente. No se trata de pájaros. Son hombres intercambiando señales, ocultos entre los árboles. No sé decir por qué, pero estoy segura de que se relaciona con ese rufián que huyó nada más acercarnos.

–Tienes el instinto de un viejo soldado –dijo Guiscard riendo. Se quitó el casco, pues hacía mucho calor, y lo ató al arzón de la silla–. Desconfiada… Siempre en vela…, muy bien. Pero no malgastes tanta reserva en estos bosques, es inútil, Agnès. Yo no tengo enemigos en esta región. Soy muy conocido por aquí y sólo cuento con amigos. Y, como no hay forajidos en el bosque, no hay nada que debamos temer.

–Te aseguro –protesté, mientras seguíamos nuestro camino– que tengo el funesto presentimiento de que se está preparando algo. ¿Por qué ha huido ante nosotros ese ladronzuelo y ha avisado a sus compañeros ocultos de que estábamos llegando? No sigamos por esta ruta, tomemos un camino forestal.

Nos alejábamos del lugar en que oímos el primer silbido y entrábamos en un valle de terreno accidentado, cruzado por un río poco profundo. La ruta se ensanchaba ligeramente, aunque sin dejar de estar rodeada por los árboles y una tupida espesura. Al lado izquierdo, muy cerca del camino, los arbustos eran muy abundantes. A la derecha estaban más diseminados, bordeando un arroyuelo cuya orilla opuesta se hallaba a los pies de abruptos acantilados. El espacio invadido por las ramas, entre el camino y el arroyo, podía tener cien pasos de ancho.

–Agnès, hija mía –decía Guiscard–, te repito que estamos tan seguros como…

¡Craac! Con el sonido de un trueno una salva retumbó en la espesura a nuestra izquierda, cubriendo el camino con un humo espeso. Mi caballo lanzó un gemido de dolor y tropezó. Vi a Guiscard de Clisson alzar las manos y caer hacia atrás sobre su silla. Acto seguido, su montura se encabritó y cayó sobre él. Vi todo aquello en un instante fugitivo, pues mi caballo se lanzó con una velocidad frenética a través de la fragosidad del monte por la parte derecha de la ruta. Una rama me golpeó violentamente y me derribó por tierra, donde quedé tendida, medio desmayada, oculta por la espesura.

Al estar en el suelo no podía ver el camino por lo espeso de la vegetación, pero pude escuchar unas voces brutales y exclamaciones groseras; a continuación, el ruido de unos pasos precipitados, como de hombres que salieran de sus escondrijos y corrieran por el sendero.

–¡Tan muerto como Judas Iscariote! –bramó uno de ellos–. ¿Qué ha sido de la chica?

–Tu caballo se ha ido hacia allí. ¡Mirad, está cruzando el arroyo, chorreando sangre! ¡La chica no lo monta! Ha debido caerse entre los arbustos.

–Lástima que no tengamos que capturaría viva –dijo un tercero–. Nos habría divertido un poco. Pero el duque nos ha dicho que no corramos ningún riesgo. ¡Ah, ahí llega el capitán de Valence!

Un retumbar de cascos se escuchó al otro lado del camino y el jinete observó:

–He escuchado el disparo. ¿Dónde está la chica?

–Muerta, entre la espesura –le respondieron–. E] hombre está aquí.

Un breve silencio. A continuación:

–¡Abortos del Infierno! –rugió el capitán–. ¡Imbéciles! ¡Desgraciados! ¡Perros! ¡Éste no es Etienne Villiers! ¡Habéis asesinado a Guiscard de Clisson!

Confusas protestas se dejaron oír, al igual que maldiciones, acusaciones y negaciones, dominadas por la voz de aquél a quien llamaban de Valence.

–Estoy seguro, ¡reconocería a de Clisson incluso en el Infierno! Es él, seguro, aunque su cabeza no sea más que un amasijo sanguinolento, ¡Malditos imbéciles!

–No hemos hecho más que obedecer las órdenes –rezongó otro–. Cuando oísteis la señal, nos apostasteis en emboscada y nos ordenasteis abatir a quienes avanzaran por el camino. ¿Cómo podíamos reconocer al que debíamos matar? Nunca dijisteis su nombre; nuestro trabajo no consistía más que en abatir al hombre que nos dijeseis. ¿Por qué no os quedasteis con nosotros para certificar el trabajo?

–¡Porque así sirvo mejor los intereses del duque, imbécil! –aulló duramente de Valence–. Soy demasiado conocido. No podía correr el riesgo de que alguien me viera y me reconociese… si es que la emboscada fracasaba.

Empezaron a echarse la culpa unos a otros. Oí un golpe violento y un gemido de dolor.

–¡Perro! –juró de Valence–. ¿No diste tú la señal de que Etienne venía en esta dirección?

–¡No es culpa mía! –aulló el pobre diablo, un campesino a juzgar por su acento–. No le conocía. El tabernero de Los Dedos del Pícaro me dijo que estuviese atento al hombre que viajaba acompañado por una muchacha vestida con ropas masculinas. Así que, cuando la vi con el soldado, pensé que era Etienne Villiers sin lugar a dudas… ¡Aaaah…, no, piedad!

Retumbó una detonación seguida de un grito estrangulado y el ruido de un cuerpo al caer al suelo.

–Si el duque se entera de esto, nos colgará –se le oyó decir al capitán–. Guiscard gozaba del favor del vizconde de Lautrec, gobernador de Milán. D’Alençon nos ahorcará para congraciarse con el vizconde. Debemos salvar la piel. Arrojemos los cuerpos al arroyo y así nadie sabrá nada. Dispersaos y buscad el cuerpo de la chica. Si todavía está viva, debemos hacerla callar para siempre.

Al oír aquellas palabras empecé a arrastrarme, alejándome y abriéndome paso hacia la corriente de agua. Mirando hacia el otro lado del arroyo, vi que la orilla opuesta era poco elevada y lisa, cubierta por la espesura y rodeada de acantilados como ya he dicho, donde me pareció ver la entrada de un desfiladero. Quizá pudiera escapar por allí. Reptando hasta el borde del agua, me levanté rápidamente y corrí sin hacer ruido hacia la corriente: el arroyo se desplazaba sobre un lecho rocoso y era poco profundo. El agua apenas me llegaba a las rodillas. Los rufianes se habían dispersado, formando un arco, y daban una batida por la espesura. Les oía a mis espaldas y a ambos lados de mí. Súbitamente, uno de ellos empezó a gritar, como un perro que encuentra su presa.

–¡Allí, está huyendo! ¡Deténte, maldita seas! Retumbó una detonación y una bala de arcabuz pasó silbando junto a mi oreja, pero seguí corriendo tan deprisa como podía. Se lanzaron en mi persecución corriendo entre los arbustos y lanzando alaridos…, eran una docena, con mallas y armadura, con la espada en la mano.

Uno de ellos salió de entre la espesura, muy cerca del arroyo, mientras yo avanzaba a duras penas por el agua. Temiendo una estocada en la espalda, me di media vuelta y le esperé en medio de la corriente. Entró impetuosamente en las aguas, chapoteando como un toro. Era un rufián enorme, con espesas patillas; me lanzó una estocada y un alarido.

Cruzamos nuestros aceros, lanzando estocadas y fintas, atacando, contraatacando y deteniendo golpes con el agua hasta las rodillas. Yo estaba en desventaja, pues la corriente entorpecía mis movimientos, de ordinario relampagueantes. Su espada golpeó violentamente en mi casco, produciendo chispas delante de mis ojos. Al ver que los otros llegaban en su auxilio, puse todas mis fuerzas en un ataque feroz y hundí la espada entre sus dientes tan ferozmente que la punta apareció por su nunca y tintineó al chocar contra su casco.

Saqué la hoja con un vivo giro al tiempo que se derrumbaba, tiñendo de púrpura las aguas del arroyo. En el mismo instante, una bala de pistola me alcanzó en el muslo. Tropecé y recuperé el equilibrio, consiguiendo salir a trompicones del agua. Me arrastré sobre la orilla. Los espadachines se lanzaron al agua, profiriendo amenazas y blandiendo las espadas. Algunos me dispararon, pero apuntaron mal y conseguí llegar hasta el acantilado, arrastrando la pierna herida. Tenía la bota llena de sangre y apenas sentía la pierna.

Me hundí entre la espesura, hacia la entrada de la cañada; luego, me inmovilicé. Una helada desesperanza hizo presa en mi corazón. Estaba cogida en una trampa. No era de un desfiladero de lo que había visto la entrada, sino una simple grieta, aunque bastante ancha; la grieta seguía apenas unos pasos, para luego irse estrechando y convertirse en una angosta fisura en la pared rocosa. Formaba casi un triángulo cuyas paredes eran demasiado altas y abruptas para que pudiera escalar por ellas, con la pierna herida o no.

Los espadachines se dieron cuenta de mi desesperada situación y se acercaron lanzando gritos de triunfo. Dejándome caer sobre la rodilla indemne, detrás de las matas de la entrada de la grieta, alcé la pistola y abatí al primero de aquellos rufianes de un balazo en la cabeza. Aquello detuvo momentáneamente su asalto y se dispersaron para ponerse a cubierto. Los que todavía se hallaban en la otra orilla se retiraron hacia los árboles, mientras que los que habían cruzado el río se protegían entre las matas cerca de la orilla.

Recargué la pistola y quedé a la espera, mientras se insultaban entre ellos y empezaban a disparar los arcabuces hacia el lugar donde me había refugiado. Pero las pesadas balas silbaron al pasar por encima de mi cabeza, o se aplastaron en la pared rocosa. Vi a uno de aquellos rufianes correr a la descubierta, encogido, hacia un matojo más cerca de mi escondrijo, y le alojé una bala en el cuerpo; sus compañeros empezaron a gritar invectivas sanguinarias y dispararon a discreción. Pero la distancia era demasiado grande para los que se encontraban en la orilla opuesta, y los otros no podían apuntar con precisión, por miedo a descubrirse.

Uno de ellos gritó al poco:

–¡Malditos bastardos! ¡Seguid algunos de vosotros el curso de agua! Buscad un lugar por el que se pueda trepar el acantilado… ¡así podréis disparar contra ella desde arriba!

–¡Eso no servirá de nada! ¡No podemos cruzar sin descubrirnos! –respondió de Valence desde su escondite–. ¡Y dispara con una precisión diabólica! ¡Esperemos! ¡La noche está a punto de caer! En la oscuridad, no podrá apuntar. De todos modos, esta cogida como una rata. Cuando esté tan oscuro que no pueda vernos, atacaremos y acabaremos con este asunto. La muy zorra está herida, lo sé. ¡Esperemos el momento adecuado!

Disparé al azar un tiro lejano, apuntando a los arbustos de donde provenía la voz del capitán. Por la sarta de blasfemias que llegó hasta mí, pude averiguar que la bala había pasado lo bastante cerca como para darle más miedo que mil diablos. Siguió un período de espera, marcado ocasionalmente por el disparo de un arcabuz desde los árboles. La pierna me dolía atrozmente y me rodeaba una nube de moscas. Al principio, el sol impactaba violentamente en mi refugio; luego, se retiró y pude disfrutar de una sombra muy agradable. Pero el hambre me atenazaba; la sed se hizo tan ardiente que me hizo olvidar el hambre. El hecho de tener el arroyo a pocos pasos y oír el suave chapoteo del agua estaba a punto de volverme loca. Y la bala en el muslo me dolía de un modo tan atroz que me decidí a extraería con ayuda de mi daga. Una vez hecho, taponé la herida con un amasijo de hojas.

No veía ninguna salida. Aparentemente, iba a morir allí…, y conmigo desaparecían todos mis sueños de gloria, de magnificencia, de aventuras brillantes y exultantes. Los tambores cuyo retumbar había pretendido seguir parecían apagarse e irse cada vez más lejos, como un clamoreo lejano, sin dejar tras ellos más que las cenizas moribundas de la muerte y el olvido.

Sin embargo, cuando me enfrenté con mi alma en busca del miedo, no lo encontré, y sí en cambio hallé resentimiento y una cierta tristeza. Más valía morir así que vivir y envejecer como todas las mujeres a las que había conocido. Pensé en Guiscard de Clisson, yaciendo junto al cadáver de su caballo, con la cabeza bañada en sangre. Lamenté amargamente que la muerte le hubiera sorprendido de un modo tan lamentable y que su muerte no llegara como a él le hubiese gustado…, en un campo de batalla, con la bandera de su rey ondeando por encima de su cabeza y las fanfarrias de las trompetas atronando en sus oídos.

Las horas pasaban lentamente. En un momento dado me pareció escuchar el galope de un caballo, pero no tardó en desaparecer. Cambié de lugar mi cuerpo dolorido y maldije contra los mosquitos, deseando que mis enemigos se lanzaran al asalto mientras todavía había algo de luz que me permitiera apuntar.

Luego, en el momento en que les escuchaba empezar a preguntarse, en la noche creciente, una voz –por encima de mí y a mis espaldas– me hizo volverme vivamente, alzando las pistolas. Creí que al fin habían escalado el acantilado para pillarme por la retaguardia.

–¡Agnès! –La voz era apenas un susurro e insinuaba una plegaria–. ¡No dispares, por amor de Dios! ¡Soy yo, Etienne!

Los arbustos se abrieron y un rostro pálido me miró por encima del borde del acantilado.

–¡Ocúltate, loco! –exclame–. ¡Van a matarte como a un pichón!

–No pueden verme desde donde están –me confirmó–. Habla en voz baja, muchacha. Mira, voy a dejar caer una cuerda. Tiene nudos. ¿Puedes, trepar? Con un único brazo indemne, no podré serte de mucha ayuda.

Me inflamó una súbita esperanza.

–¡Sí! –silbe–. Deja caer la cuerda y átala fuerte. Les estoy oyendo cruzar el arroyo.

En el seno de las cada vez más profundas tinieblas, vi una cuerda reptilesca que bajaba por el acantilado; la así con impaciencia. Enrollando la rodilla sana alrededor de la cuerda, subí lentamente a pulso. Era un esfuerzo penoso; el extremo inferior de la cuerda colgaba libremente y yo no dejaba de dar vueltas como si fuera un péndulo. Además, todo el trabajo debía realizarlo sólo con las manos, pues la pierna herida estaba tan tiesa como la vaina de una espada. De todos modos, mis botas españolas no eran lo más adecuado para aquel tipo de escalada.

Sin embargo, conseguí llegar hasta lo alto y me asomé por el borde de la pared rocosa. En aquel momento el prudente crujido del cuero sobre la arena y los chasquidos del acero me hicieron saber que los espadachines se reunían para acercarse a la entrada de la grieta, preparándose para el asalto final.

Etienne subió la cuerda velozmente y me hizo un gesto para que le siguiera. Me señalaba un camino entre la espesura y me hablaba en voz baja y rápida y con un tono excitado:

–Oí los disparos cuando seguía el camino; dejé mi caballo atado a un árbol, en el bosque, y seguí a pie, acercándome sin hacer ruido para ver lo que pasaba. Vi a Guiscard, tirado en el camino, muerto. Comprendí, por los gritos de los espadachines, que estabas rodeada y que tu situación era bastante comprometida. Volví al camino sin pérdida de tiempo; seguí, a caballo, el arroyo, buscando un lugar desde el que pudiera llegar a lo alto del acantilado. Encontré un vado, Con mi capa, hice una cuerda, desgarrándola y entrelazándola con el cinturón, las riendas y las bridas. ¡Escucha!

A nuestras espaldas y por debajo de nosotros se alzó un clamor enloquecido…, un furioso concierto de aullidos y juramentos.

–¡D’Alençon no se contentará si no es con mi cabeza! –murmuró Etienne–. Pude escuchar a esos rufianes mientras estaba escondido entre los árboles. Cada ruta de los alrededores de Alençon está siendo vigilada por bandas como ésta desde que el maldito posadero le reveló al duque que había vuelto a esta parte del reino de Francia. Ahora también te perseguirán a ti con el mismo encarnizamiento. Conozco a Renault de Valence, el capitán de esos soldados. Mientras esté con vida, la tuya estará amenazada, pues intentará con todas sus fuerzas hacerte desaparecer…, pues tú eres la única prueba de que sus esbirros asesinaron a Guiscard de Clisson. ¡Ah, ahí está mi caballo! Deprisa…, ¡es inútil que nos retrasemos!

–¿Por qué me has seguido? –le pregunté.

Se volvió y me miró a la cara, con la suya ensombrecida y pálida en la noche cerrada.

–Te equivocaste al declarar que no quedaba ninguna deuda entre nosotros –me dijo–. Te debo la vida. Por mí luchaste contra Tristan Pelligny y sus matones. ¿Por qué sigues odiándome? Lograste una justa venganza por mi infamia. Consentiste en que Guiscard de Clisson fuese tu compañero. ¿Puedo ahora ir contigo y luchar a tu lado?

–Como compañero, sea, pero nada más –repliqué–. Acuérdate de una cosa…: ya no soy una mujer.

–Seremos hermanos de armas –aceptó.

Extendí la mano, él la suya, y nuestros dedos se fundieron por un instante.

–Una vez más, debemos contentarnos con un solo caballo –dijo, riendo, recuperando la labia y la alegría de otros momentos–. Vayámonos antes de que esos perros encuentren el modo de llegar hasta aquí. D’Alençon hace vigilar todos los caminos que conducen a Chartres, París y Orleans, ¡pero el mundo nos pertenece! Estoy convencido de que nos esperan horas gloriosas, aventuras, guerras y botín hasta hartarnos! ¡Vayamos a Italia y lancemos un grito de victoria por las aventuras intrépidas!


LA ESPADACHINA – ROBERT E. HOWARD PART -3 DE 4

3

Más allá de las vigas roídas por los ratas, las sórdidas cabañas de los campos:

Por encima del lamento de las ruedas de la carreta arrastrada por los bueyes sobre el suelo endurecido, escucho el retumbar de tambores lejanos que me llaman noche y día.

Hacia rutas por las que cabalgan capitanes envueltos en hierro y cubiertos de rosas, Con banderas que ondean en el aire, teñidas dc escarlata…

¡Al otro lado del mundo!

Tambores en mis oídos

Una mañana entré en la sala comunal tras haber paseado desde muy temprano en el bosque y me inmovilicé al ver a un desconocido instalado en una mesa, dedicado a roer a dentelladas un grueso hueso de buey. El hombre dejó de comer y me miró fijamente. Era un hombre grande y fuerte, de hombros cuadrados. Una larga cicatriz señalaba sus demacradas facciones y sus ojos grises tenían la misma frialdad del acero. A decir verdad, era un hombre envuelto en acero; llevaba coraza, quijotes y perneras metálicas. Su gran espada estaba cruzada sobre sus rodillas, el capacete sobre el banco a su lado.

–¡Por Dios! –exclamó–. ¿Eres un hombre o una mujer?

–¿Tú qué crees? –repliqué, apoyando las manos sobre la mesa y bajando la mirada hacia él.

–Sólo un imbécil haría la pregunta que acabo de hacerte –dijo con un movimiento de cabeza–. Tienes todos los atributos de la mujer; sin embargo, esa ropa parece adecuada…, en cierto modo extraño. Lo mismo que la pistola que llevas al cinto. Me recuerdas a una mujer que conocí hace tiempo; andaba y luchaba como un hombre; murió en un campo de batalla, atravesada por la bala de una pistola. Sin embargo, no era atractiva; tú eres bella y seductora; pero hay algo en ti, sin embargo, que te hace parecida a ella, algo en tu silueta, en tu aspecto…, no, no sé… Siéntate y hablemos un poco. Me llamo Guiscard de Clisson. ¿Has oído hablar de mí?

–Más de una vez –respondí sentándome–. En mi aldea natal se cuentan muchas historias sobre ti. Eres el jefe de los mercenarios y de los Compañeros Francos.

–Cuando los hombres tienen estómago como para seguirme –dijo, volviendo a comer y señalando la jarra de vino–. ¡Ah, por las tripas de Judas, bebes como un hombre! ¡Quizá las mujeres se estén convirtiendo en hombres en estos tiempos, pues ya hay muchos hombres que se han convertido en mujeres! Todavía no he enrolado a nadie en esta provincia, mientras que antes, todavía lo recuerdo, los hombres peleaban para tener el honor de seguir a un capitán de mercenarios. ¡Muerte de Satanás! Ahora que el Emperador reúne a sus malditos lansquenetes para atacar a de Lautrec y echarle de Milán, cuando el rey más necesita soldados, sin hablar del rico botín que espera en Italia, todo francés robusto debía ponerse en marcha hacia el sur, ¡por Dios! ¡Ah, el valor y la fuerza de los hombres de antaño!

Mientras examinaba a aquel veterano de rostro marcado por las guerras y oía sus palabras, los latidos de mi corazón se aceleraron, llenándome de un extraño deseo. Tuve la impresión de escuchar, como había escuchado tan a menudo en mis sueños, el lejano retumbar de los tambores.

–¡Iré contigo! –grité–. Estoy cansada de ser una mujer. ¡Formaré parte de la compañía!

Se echó a reír y dio una sonora palmada en la mesa, como si hubiera oído una buena broma.

–¡Por San Denis, muchacha –exclamó–, tienes el ardor necesario, pero hacen falta algo más que un par de pantalones para ser un hombre!

–Si esa mujer de la que hablabas era capaz de ir al combate, ¡yo también! –exclamé a mi vez.

–No. –Sacudió la cabeza–. Margot la Oscura de Avignon era un caso único, una entre un millón. Olvida esas fantásticas ideas, hija mía. Vuelve a ponerte faldas y conviértete en una mujer como las demás. Cuando hayas alcanzado el puesto que te corresponde, con lo guapa que eres, a fe mía… ¡que me encantará que vengas conmigo!

Dejando escapar un juramento que le hizo sobresaltarse, me levanté de un salto, echando el banco hacia atrás, derribándolo sonoramente. Me planté en pie ante él, apretando y levantando los puños, sintiendo que la rabia me invadía.

–¡Siempre el hombre en un mundo de hombres! –siseé entre dientes–. Una mujer debe saber cuál es su puesto: ordeñar vacas, hilar lana, coser, cocer el pan y tener hijos. Sobre todo, no debe mirar más allá del umbral de su casa, ni apartarse de las órdenes de su amo y señor. ¡Bah! ¡Escupo sobre todos vosotros! ¡No hay un hombre vivo que pueda enfrentarse a mí con las armas en la mano y sobre–vivir! Y antes de morir se lo demostraré al mundo entero. ¡Mujeres! ¡Vacas! ¡Esclavas! Siervas temerosas que gimen y se arrastran… que inclinan la espalda bajo los golpes y se vengan… matándose con sus propias manos, como mi hermana me proponía que hiciera yo misma. ¡Ja! ¿Me niegas un sitio entre tus hombres? Por Dios, viviré como quieras y moriré como el Señor lo desee, pero si no soy digna de ser la camarada de un hombre, menos lo soy de ser su amante. ¡Así que vete al infierno, Guiscard de Clisson, y que el diablo te arranque el corazón!

Con aquellas palabras, di media vuelta y me fui a toda marcha, dejándole con la boca abierta a mis espaldas.

Subí la escalera y entré en la alcoba de Etienne; le encontré tendido en la cama, casi curado, aunque todavía pálido y débil. Sin duda, aún le quedaban varias semanas de convalecimiento.

–¿Cómo te sientes? –le pregunté.

–Bastante bien –respondió. Tras considerarme durante un instante, añadió–: Agnès, ¿por qué me perdonaste la vida cuando estabas dispuesta a matarme?

–Lo hizo la mujer que hay en mí –le contesté de mala gana–, que no puede soportar que un ser indefenso pida perdón.

–Merecía la muerte –murmuró– más que Thibault. ¿Por qué me has cuidado, por qué te has ocupado de mi?

–No quería que cayeras en manos del duque por mi culpa –le contesté–, pues fui yo quien, involuntariamente, te traicionó. Ahora que me has preguntado todo lo que querías, te preguntaré una sola cosa: ¿por qué eres tan canalla?

–Sólo Dios lo sabe –me dijo, cerrando los ojos–. Nunca he sido otra cosa, por lo menos hasta dónde recuerdo. Me acuerdo perfectamente de los vertederos de las calles de Poitiers donde, de niño, robaba mendrugos de pan y mendigaba unas monedas; allí aprendí a desenvolverme y a vivir. He sido soldado, contrabandista, chulo, matón, ladrón… siempre un oscuro canalla. Por San Denis…, algunas de mis acciones son tan negras que no te las puedo revelar. Y sin embargo, en alguna parte, de cierto modo, siempre ha habido un Etienne Villiers, oculto en lo más profundo del ser que soy, que no ha sido afectado por mi otra naturaleza. Ahí adentro subsisten los remordimientos y el miedo, las cosas que me hacen sufrir. Por eso te supliqué que me perdonaras cuando debía recibir la muerte con alegría…, y ahora, entendido esto, estoy diciéndote la verdad cuando lo que debía hacer es contarte mentiras para seducirte. ¡Ojalá el Cielo quisiera que sólo fuese un santo o un canalla!

En aquel instante, un ruido de pasos pesados retumbó en la escalera, junto con el sonido de unas voces brutales. Salté para echar el cerrojo de la puerta al escuchar el nombre de Etienne junto con un alarido. Me detuvo con un gesto de la mano, con el oído atento; se dejó caer hacia atrás con un suspiro de alivio.

–No; he reconocido la voz. ¡Entrad, compañeros! –gritó.

Una banda de rufianes de mala cara irrumpió en la habitación; aquellos hombres eran conducidos por un canalla de vientre inmenso, con unas botas gigantescas. A sus espaldas, avanzaban cuatro hombres, vestidos con harapos, cubiertos de cicatrices, con las orejas cortadas, los ojos cubiertos por parches y las narices aplastadas. Me miraron amenazadoramente y luego lanzaron furibundas miradas al hombre postrado en la cama.

–Vamos, Etienne Villiers –dijo el hombre tripudo–, ¡al fin te encontramos! Es menos fácil escapar de nosotros que del duque de Alençon, ¿no es verdad?

–¿Qué dices, Tristán Pelligny? –preguntó Etienne, con una sorpresa apenas disimulada–. ¿Habéis venido a saludar al compañero herido o…?

–¡Hemos venido a pedirle cuentas a una rata! –rugió Pelligny. Se volvió y señaló con un gesto teatral a su banda de miserables, señalando con un índice mugriento a cada uno de ellos–. ¿Ves quién está aquí, Etienne Villiers? Jacques el Verrugas, Gastón el Lobo, Jehan el Desojerado y Conrad el Germano. Y yo mismo, con lo que sumamos cinco. Hombres de bien, cierto; antiguos compañeros… ¡venidos a juzgar a un infame asesino!

–¡Estáis locos! –exclamó Etienne, apoyándose sobre los codos–. Cuando estaba con vosotros, ¿acaso no soporté siempre la parte que me tocaba, aceptando el penoso trabajo y los peligros de la vida del ladrón, compartiendo lealmente el botín con vosotros?

–¡No se trata del botín! –bramó Tristán–. Hablamos de nuestro compañero Thibault Bazas, cobardemente asesinado por ti en la taberna Los Dedos del Pícaro.

Etienne abrió la boca; dudó, me lanzó una mirada sorprendida y cerró la boca. Yo di un paso hacia adelante.

–¡Idiotas! –exclamé–. Él no asesinó a ese puerco de Thibault. ¡Yo fui quien lo hizo!

–¡San Denis! –dijo Tristán lanzando una risotada . ¡Eres la chica disfrazada de hombre de la que nos habló la fregona! ¿Que tú mataste a Thibault? ¡Ja! Una buena mentira, pero nada convincente para alguien que conociera a Thibault. La criada nos dijo que oyó los ruidos de la pelea; aterrada, huyó hacia el bosque. Cuando se atrevió a volver, Thibault estaba tirado en el suelo, muerto; Etienne y la chica que iba con él se habían ido juntos al galope. No, esto está claro, Etienne mató a Thibault, sin duda por esta zorra, precisamente. Cuando hayamos arreglado cuentas con Etienne, nos ocuparemos de su amante, ¿no os parece, camaradas?

Gritos de aprobación y bromas obscenas le respondieron.

–Agnès –dijo Etienne–, llama a Perducas.

–¡Hazlo y te mando al Infierno! –exclamó Tristán–. De todos modos, Perducas y todos sus criados están fuera, en los establos; están curando al jamelgo de Guiscard de Clisson. Habremos terminado cuando vuelvan. Vamos, coged a ese traidor y echadle sobre ese banco. Antes de rebanarle la garganta voy a cortarle con el cuchillo algunas otras partes de su cuerpo.

Me echó hacia un lado con desprecio y avanzo con pasos largos hacia el lecho de Etienne, seguido por los demás. Etienne intentó levantarse; Tristán le asestó un puñetazo, haciéndole caer de nuevo sobre la cama. En aquel momento, la habitación se tiñó de rojo para mis ojos y todo dio vueltas a mi alrededor. De un salto, sostuve la espada de Etienne en mis manos; al contacto de su empuñadura, una fuerza y seguridad desconocida corrieron como fuego por mis venas.

Lanzado un grito de feroz alegría, me lancé sobre Tristán. Se volvió vivamente, boqueando y buscando torpemente su propia espada. Puse fin a sus balidos hundiendo la espada en su cuello y destrozándole los músculos. Cayó a tierra, escupiendo un río de sangre; su cabeza se unía a su cuerpo por unos pocos jirones de carne. Los otros rufianes empezaron a aullar, como si fueran una jauría de perros, y se lanzaron sobre mí, impulsados por el miedo y la cólera. Recordando bruscamente la pistola que llevaba a la cintura, la saqué velozmente y disparé a bocajarro en la cara de Jacques, haciendo saltar su cráneo y transforman–do sus facciones en un amasijo sanguinolento. Entre el humo que llenó súbitamente la habitación, los otros se lanzaron sobre mí, bramando obscenos juramentos.

Las cosas para las que hemos nacido…, las hacemos con naturalidad, con talento, y no hace falta ninguna enseñanza. Yo, que nunca antes había tenido una espada entre las manos, la manejaba con un instinto que no había conocido hasta entonces, como si tuviera algo vivo entre mis dedos. Me di cuenta de nuevo que mi agudeza visual y mi rapidez de movimientos –tanto de las manos como de los pies– no podían ser igualados por la de aquellos estúpidos rufianes. Lanzaban aullidos y golpeaban el aire al azar, malgastando la energía de sus movimientos, como si sus espadas fueran navajas. Por mi parte, golpeaba observando un silencio mortal, con una precisión e infalibilidad igualmente mortales.

No conservo muchos recuerdos de aquel combate; todo pasó en medio de una bruma escarlata y de ello me quedan sólo algunos detalles. El curso de mis ideas era demasiado rápido para que mi cerebro pudiera registrarlo; no sé nada realmente, salvo algunos saltos, algunos movimientos de la cabeza, y contraataques, pero evité las hojas que cortaban el aire. Sólo sé que abrí en dos la cabeza de Conrad el Germano, como si fuera un melón; su cerebro chorreó por la hoja de mi espada de un modo aterrador. Y recuerdo que el que se llamaba Gastón el Lobo, confiando en la cota de malla que llevaba bajo los harapos, se mostró imprudente: bajo mis golpes furiosos, las apretadas mallas cedieron y se derrumbó, esparciendo sus entrañas por el suelo. Luego, como en medio de una bruma rojiza, sólo quedó Jehan: se lanzó sobre mi, alzando la espada y abatiéndola ferozmente.

Detuve la muñeca mientras descendía y se la corté con la espada. La mano que sostenía la espada voló de la muñeca y describió un círculo inmenso y escarlata en el aire. Mientras miraba estúpidamente el muñón que chorreaba sangre, le atravesé el cuerpo con tal ferocidad que la guarda en forma de cruz golpeó violentamente contra su pecho; llevada por el impulso, caí con él al suelo.

No recuerdo cómo hice para levantarme y sacar la hoja. Con las piernas tensas y separadas, apoyando la espada en el suelo, me tambaleaba rodeada de cadáveres hasta que fin dominada por unas náuseas horribles. Conseguí llegar hasta la ventana, donde, inclinando la cabeza, vomité abundantemente. Me di cuenta entonces de que sangraba por una herida en el hombro; tenía la camisa hecha jirones. La habitación daba vueltas a mi alrededor y el olor a sangre fresca, manando de las entrañas de los que había reventado, me reanimó. Como en medio de la niebla vi el pálido rostro de Etienne.

Entonces, un ruido de rápidos pasos resonó en la escalera y Guiscard de Clisson irrumpió en la habitación, empuñando la espada, seguido de Perducas. Abrieron los ojos desmesuradamente y me miraron fijamente, como impactados por un rayo. De Clisson lanzó un juramento terrible.

–¿No te lo había dicho? –exclamó Perducas–. ¡Es el demonio en persona! ¡San Denis, que matanza!

–¿Es obra tuya, hija mía? –preguntó Guiscard con una voz extrañamente aflautada. Eché hacia atrás mis empapados cabellos y me incorporé titubeante, luchando contra el vértigo.

–Sí. Era una deuda que debía pagar.

–Por Dios –murmuró, lanzándome inflamadas mirada–. Hay algo oscuro y raro en ti, pese a tu juventud y belleza.

–¡Es en verdad Agnès la Negra! –dijo Etienne, apoyándose en un codo–. Una estrella tenebrosa brilla desde que nació…, una estrella hecha de tinieblas y tumulto. Por donde quiera que vaya, habrá sangre derramada y hombres muertos. Lo comprendí en cuanto la vi, recortándose contra el sol que transformaba en sangre la daga que llevaba en la mano.

–He pagado mi deuda contigo –dije–. Si, algún día, puse tu vida en peligro, he rehecho mi error con toda esta sangre.

Lanzando a sus pies su propia espada manchada de sangre, me volví hacia la puerta.

Guiscard se había quedado inmóvil, asombrado, estupefacto. Sacudió la cabeza como si saliera de un trance y se unió a mí con pasos largos.

–¡Por las garras del Demonio! –dijo–. Lo que acaba de pasar hace que cambie radicalmente de opinión. ¡Eres la nueva Margot la Oscura de Avignon! Una verdadera guerrera, con una buena espada, vale por una veintena de hombres. ¿Sigues queriendo venir conmigo?

–Como compañera de armas –le respondí–. No soy amante de nadie.

–De nadie, salvo de la Muerte –replicó, mirando los cadáveres.

 


LA ESPADACHINA – ROBERT E. HOWARD PART – 2 DE 4

Estaba de vuelta antes de que me hubiera puesto la ropa recién traída y le oí hablar a través de los arbustos que nos separaban.

–Tu venerado padre busca una hija –dijo, riendo–, y no un chico. Cuando pregunte a los lugareños si han visto a una chica alta y de cabellos rojos, negarán moviendo sus redondas cabezas. ¡Ja, ja, ja! ¡Buena broma le vamos a gastar al viejo tunante!.

Salí de los arbustos y me lanzó una singular mirada al verme aparecer con jubón, calzas y gorro de hombre. Aquella ropa me hacía sentirme rara, pero me daba una sensación de libertad que no había conocido cuando llevaba falda.

–¡Zeus! –exclamó–. Ese disfraz es menos perfecto de lo que había esperado. El más ciego paleto del campo se dará cuenta de que esas ropas no van encima de un hombre. Espera; deja que te corte esas mechas rojas con mi daga; quizá con eso se arreglen un poco las cosas.

Cuando me hubo recortado el cabello, de modo que me llegara apenas por los hombros, alzó las cejas.

–Incluso así eres toda una mujer –declaró–. Con suerte, puede que si nos cruzamos con algún desconocido, a paso de marcha, le engañemos con el disfraz. Vamos, probemos fortuna.

–¿Por qué te ocupas de mí? –pregunté con curiosidad; no estaba acostumbrada a tantos miramientos.

–¿Por qué? ¡Por Dios! –exclamó–. ¿Dejaría un hombre digno de tal apelativo que una joven corriera la aventura de morir de hambre en un bosque?. Mi bolsa contiene más cobre que plata, y mi jubón de terciopelo está un poco raspado, pero Etienne Villiers sabe lo que es el sentido del honor, ¡como si fuera un caballero errante o el barón de un castillo!. Y no consentirá ninguna injusticia en tanto su bolsa contenga un escudo o su vaina una espada.

Al oír aquellas palabras me sentí humilde y extrañamente confundida, pues yo era una persona iletrada y sin educación, y no tenía palabras que pudieran expresar la gratitud que sentía hacia él. Farfullé sin sentido; sonrió y me hizo callar gentilmente, añadiendo que no necesitaba ningún tipo de agradecimiento, pues la bondad ya tenía su propia recompensa.

Luego montó a caballo y me tendió la mano. Salté a la silla, a sus espaldas, y partimos al galope por el sendero. Me agarré a su cinturón, medio cubierta por la capa que flotaba a sus espaldas, agitada por la brisa de la mañana. Tuve la certidumbre de que cualquiera que nos viera pasar a la carrera pensaría de nosotros que éramos un hombre y un muchacho, y no un hombre y una jovencilla.

Mi hambre iba en aumento mientras el sol subía en el cielo, pero aquella sensación no era ninguna novedad para mí, y no dejé escapar la menor queja. La ruta que seguíamos conducía hacia el sudeste; tuve la impresión de que a medida que avanzábamos, un extraño nerviosismo se apoderaba de Etienne. Hablaba poco y nunca salía de las rutas menos frecuentadas, siguiendo a menudo caminos de tierra o simples senderos de leñadores que serpenteaban entre los árboles, entrando y saliendo de los bosques. Encontramos muy poca gente…, sólo aldeanos, con el hacha o manojos de leña al hombro; se quedaban con la boca abierta y se quitaban la gorra hecha jirones al vernos pasar.

El mediodía estaba cercano cuando nos detuvimos ante una taberna… un albergue en medio del bosque, solitario y apartado, cuyo emblema era de muy pobre calidad y estaba casi borrado. Pero Etienne me dijo su nombre: Los Dedos del Pícaro. El posadero salió –un zopenco de espalda jorobada y marchar renqueante, con una malvada mirada de soslayo, se limpió las manos en el mandil de cuero grasiento y balanceó la redonda cabeza.

–Queremos comer algo y una habitación –dijo Etienne con voz recia–. Soy Gérard de Bretaña, nacido en Montauban, y este es mi hermano pequeño. Venimos de Caen y nos dirigimos a Tours. Ocúpate de mi caballo y prepáranos un capón asado, tabernero.

El hombre movió la cabeza y murmuró entre dientes. Tomó las riendas del semental, pero se entretuvo mientras Etienne me tomaba en sus brazos y me ayudaba a saltar a tierra; estaba fatigada del largo viaje y mi disfraz era menos perfecto de lo que habíamos esperado; la larga mirada que me dedicó el posadero no era la que un hombre dedica a un muchacho.

Según entrábamos en la taberna, no vimos más que a un hombre .., sentado en un banco, bebiendo vino de un odre de cuero. Era un hombre gordo y grande, con una panza enorme que sobresalía de su cinturón de cuero. Alzó los ojos cuando entramos y empezó a abrir la boca como si fuese a decir algo. Etienne no pronunció una sola palabra, pero le miró fijamente a los ojos; vi o percibí una viva centella de connivencia saltar entre los dos hombres. El hombre gordo volvió a su odre, en silencio. Etienne y yo nos dirigimos hacia una mesa, en la que una sucia criada servía el capón encargado al tabernero, junto con unos guisantes, unas rebanadas de pan, un plato grande lleno de tripas de Caen y dos jarros de vino.

Me lancé con avidez sobre la comida, ayudándome con la daga; Etienne, por su parte, comía poco. Roía la comida con la punta de los dientes; dirigía su mirada hacia el hombre tripudo sentado en el banco, que parecía amodorrado; luego me miraba a mí, luego las ventanas grasientas de formas romboidales, o alzaba la vista hacia las vigas del techo ennegrecidas por el humo. Por el contrario, bebía mucho, llenando continuamente su vaso; finalmente, me pregunto por qué no había probado mi jarra.

–Estaba demasiado ocupada en comer como para pensar en beber –reconocí, alzando mi copa con cierta desconfianza, pues nunca antes había bebido vino. Todo el alcohol que, por el mayor de los azares, llegaba a nuestra cabaña era engullido en su totalidad por mi padre. Me lo bebí de un trago, como había visto hacer a otros, me sofoqué y me atraganté, aunque reconozco que el sabor era muy agradable al paladar.

Etienne juró en voz baja.

–¡Por San Miguel, en mi vida había visto a una mujer beber de ese modo, vaciando una copa hasta la última gota de un solo trago! ¡Vas a emborracharte, chica!

–Te olvidas que no soy una chica –le reprendí, también en voz baja.–. ¿Vamos a reemprender el camino?

Sacudió la cabeza.

–Nos quedaremos aquí hasta mañana. Debes estar cansada y necesitas descansar.

–Mis miembros están tensos porque no tengo costumbre de montar a caballo –respondí–. Pero no estoy fatigada.

–Sin embargo –replicó el hombre con ligera impaciencia–, nos quedaremos hasta mañana por la mañana. Creo que es lo más seguro.

–Como quieras –dije–. Haré lo que quieras y mi único deseo es seguir tus consejos en todo.

–Perfecto –aclaró–, no hay nada que le siente mejor a una joven que una obediencia libremente consentida.

Alzando la voz, llamo al posadero; éste había vuelto de las caballerizas y estaba al fondo de la sala.

–Posadero, mi hermano está muy cansado. Conducidle a una alcoba donde pueda dormir. Hemos recorrido un largo camino.

–¡Seguro, su Señoría! –rezongó el patrón, moviendo la cabeza y frotándose las manos; Etienne causaba una honda impresión en aquel hombre. A juzgar por su confianza y sus modales, podría ser considerado, al menos, como conde. Pero ya hablaremos de ello.

El posadero atravesó, arrastrando el paso, una sala contigua a la comunal, también en la planta baja, que daba a otra, más espaciosa, en la planta de arriba. Estaba atestada y pobremente amueblada; con todo, me pareció más lujosa que todo cuanto había conocido hasta entonces. Vi –de un cierto modo había empezado a percibir instintivamente aquel tipo de detalles– que la única entrada o salida era la puerta que daba a la escala por la que habíamos subido. No había más que una ventana, y era tan pequeña que ni siquiera yo podría deslizar por ella mi delgada figura. No había cerrojo por dentro. Miré hacia Etienne, que ceñudo y desconfiado observaba al posadero; el patán no parecía darse cuenta. Frotándose las manos, siguió charloteando y alabando la infecta madriguera a la que nos había conducido.

–Duerme, hermano –dijo Etienne, para que lo oyera el posadero. Al volverse, me susurré al oído–: No me inspira confianza; nos iremos al caer la noche. Descansa, mientras tanto. Vendré a buscarte al crepúsculo.

Si fue por el vino o por un inesperado cansancio, no sabría decirlo; en todo caso, apenas me hube tendido sobre el lecho de paja, sin desvestirme, me sumí en un profundo sueño, antes incluso de que me diera cuenta de lo que me pasaba. Dormí durante mucho tiempo.

2

Me despertó el ruido de la puerta que se abría suavemente. Me encontré en la oscuridad; la habitación estaba débilmente iluminada por la luz de las estrellas filtrándose a través de la pequeña ventana. Nadie habló; algo se desplazaba por el seno de las tinieblas. Oí que el suelo crujía y creí detectar el sonido de una pesada respiración.

–¿Eres tú, Etienne? –pregunté. No hubo respuesta, y pregunté de nuevo, esta vez un poco mas alto: ¡Etienne! ¿Eres tú, Etienne Villiers?

Me pareció escuchar una respiración silbando suavemente entre dientes; luego, el suelo volvió a crujir. Un paso renqueante y furtivo se alejo de mí. Detecté que la puerta se abría y se cerraba con sigilo y comprendí que estaba otra vez sola en la alcoba. Me levanté de un salto, sacando el puñal.

No era Etienne que viniera a buscarme como había prometido; yo deseaba saber quién se había deslizado hacia mí amparado por la oscuridad.

Me acerqué sin hacer ruido a la puerta, la abrí y miré a la planta de abajo. Sólo vi las tinieblas, como si estuviera mirando al fondo de un pozo; oí que alguien se movía por abajo, tanteando para abrir la puerta que daba a la sala común. Tomando mi daga entre los dientes, bajé la escala con seguridad y discreción tales que yo fui la primera sorprendida. Cuando mis pies llegaron al suelo, cogí la daga con las manos y me acurruqué en las tinieblas. Vi abrirse la puerta rápidamente y recortarse en su umbral una silueta. Reconocí en ella al pesado y cheposo posadero. Respiraba tan fuerte que sería incapaz de oír los ligeros ruidos que yo misma hacía. Corrió desgarbada pero rápidamente, atravesando el patio situado detrás de la taberna. Le vi desaparecer en el interior de las caballerizas. Esperé, escrutando las tinieblas atentamente; no tardó en volver, sujetando un caballo por las riendas. Se dirigió con el animal hacia el bosque; evidentemente, su intención era actuar en silencio y en secreto, pues no montó. Poco tiempo después, desapareció, y oí el sordo galope de un caballo. Sin duda alguna, nuestro posadero había esperado para montar a encontrarse lo suficiente–mente lejos del albergue. En aquel momento se dirigía al galope hacia algún destino desconocido.

Pensé que, de un modo u otro, me había reconocido: sabia quién era yo e iba a advertir a mi padre. Di media vuelta y entreabrí ligeramente la puerta, mirando discretamente en la sala comunal. No había nadie, salvo la criada, durmiendo en el suelo. Una vela estaba encendida encima de una mesa y las polillas nocturnas revoloteaban a su alrededor.

Desde alguna parte me llegó un indistinto murmullo de voces.

Me deslicé por la puerta del fondo y rodeé silenciosamente la taberna. El silencio cubría el bosque negro, invadido por las tinieblas; sólo se oía el chillido lejano y sordo de algún pájaro nocturno y el resoplar inquieto del gran semental que se encontraba en el establo.

La luz de una vela se filtraba por la ventana de una habitación pequeña, a espaldas de la taberna, separada de la sala comunal por un pequeño corredor. Cuando avanzaba a la sombra del muro y pasé ante la ventana, me detuve bruscamente. Acababan de pronunciar mi nombre. Me pegué a la pared y escuché atentamente. Olla voz rápida y clara, ligeramente en sordina, de Etienne y los gruñidos de otra persona.

–Agnès de Chastillon, dice llamarse así. ¿Y luego? El nombre de un pueblo que no tiene la más mínima importancia. ¿No es una preciosidad de chica?

–Las he visto más guapas en París, sí, y en Chartres –respondió el otro roncamente. Entendí que se trataba del hombre grueso que ocupaba el banco cuando llegamos a la posada.

–¡Guapa! –Había desprecio en la voz de Etienne–. Esa chica es más que guapa. Hay en ella algo salvaje e indomable. Ya te digo, está llena de frescura y vitalidad. Cualquier noble pagaría una fortuna por poseerla; es capaz de hacer recobrar la juventud y el ardor del más decrépito anciano. Escucha, Thibault, no te propondría esto si el riesgo no filera tan grande para mí… de otro modo iría a Chartres con ella. Además, desconfío de ese perro de posadero.

–Si ha reconocido en ti al hombre cuya cabeza desea el duque de Alençon… –murmuró Thibault.

–¡Calla, imbécil! –silbó Etienne–. Hay otra razón que me obliga a desembarazarme de esa chica. Por descuido le he confiado mi verdadero nombre. Pero, por todos los santos, ¡mi encuentro con ella habría bastado para hacer perder la serenidad a un ermitaño! Me la encontré en un recodo del camino, alta y erguida, recortándose contra los árboles del bosque, vestida con un traje de novia hecho pedazos. Había llamaradas en el fondo de sus ojos azules; el sol rodeaba con una aureola dorada sus rojos cabellos y transformaba la daga que tenía en su mano en un rayo de sangre. Por un instante, me pregunté si era realmente humana y un extraño escalofrío, casi de terror, recorrió mi cuerpo.

–¡Una campesina en un sendero del bosque haciendo temblar a Etienne Villiers, el más conocido de los bandidos! –rezongó Thibault, vaciando su vaso de vino con un sonoro ruido de succión.

–Era más que eso –replicó Etienne–. Había algo fatídico en ella, como en un personaje de tragedia antigua, algo aterrador. Es bella y pura; no obstante, hay en ella algo extraño y sombrío. Soy incapaz de explicarlo o comprenderlo.

–¡Oh, basta de charla! –bostezó Thibault–. ¡Estás haciendo todo un romance a costa de una maldita normanda! Vayamos a lo que nos interesa.

–Es lo que iba a hacer –respondió Etienne secamente–. Tenía intención de llevarla a Chartres y venderla al propietario de un burdel a quien conozco; pero ahora creo que eso es una locura. Tendría que pasar cerca de las tierras de Alençon; si el duque se entera de que paso por allí…

–No te ha olvidado –añadió Thibault–. Está dispuesto a pagar cualquier precio por la información que le lleve hasta ti. No se atreverá a detenerte abiertamente; será una daga saliendo de las sombras, un disparo de arcabuz saliendo de los matojos… Le gustaría hacerte callar para siempre, pero con la mayor discreción y silencio posible.

–Lo sé –gruñó Etienne, estremeciéndose–. He sido un estúpido al aventurarme tan hacia el este. Al alba me encontraré lejos de aquí. Pero tú puedes llevarte a la chica a Chartres, o a París, como quieras. Dame lo que te pido y es tuya.

–Tu precio es demasiado elevado –protestó Thibault–. ¡Y si se debate como una gata salvaje!

–Eso es cosa tuya –respondió duramente Etienne– . Ya has domado a demasiadas como para que te cause problemas. Pero te prevengo: esta chica es tan peligrosa como el fuego. Bah, después de todo, es cosa tuya. Me has dicho que tus compañeros te esperan en una aldea no lejos de aquí. Ve a buscarles y pídeles ayuda. Si no sacas un buen beneficio en Chartres, en Orleans o incluso en París, es que eres todavía más estúpido que yo.

–Está bien, está bien –rezongó Thibault–. Correré el riesgo; es una de las reglas de los hombres de negocios, ¿no?

Oí cómo las monedas de plata tintineaban sobre la mesa; el sonido fue para mí como el de una campana fúnebre.

Y era realmente así. Mientras me apoyaba contra el muro de la taberna, ciega y dominada por las náuseas, la joven que había sido murió en aquel mismo instante; en su lugar surgió la mujer en que me he convertido. Las náuseas desaparecieron y una cólera fría nació en mí interior, haciéndome tan frágil como el acero y tan ligera como las llamas.

–Bebamos para cerrar el trato –le oí decir a Etienne–, luego me pondré en camino. Cuando vayas a buscar a la chica…

Abrí violentamente la puerta; la mano de Etienne se inmovilizó mientras se llevaba la copa a la boca. Los ojos de Thibault se abrieron exageradamente al verme por encima del borde de su copa. Una palabra de bienvenida murió en los labios de Etienne y palideció bruscamente al ver la muerte reflejándose en mis ojos.

–¡Agnès! –exclamó levantándose. Entré en la habitación y mi hoja se hundió en el corazón de Thibault antes de que pudiera levantarse. Un gruñido de agonía salió a borbotones de entre sus gruesos labios y se derrumbó sobre su asiento, escupiendo sangre. ¡Agnès! –gritó de nuevo Etienne, abriendo los brazos como pretendiendo apartar mis golpes–. ¡Espera un poco, muchacha…!

–¡Perro inmundo! –bramé, dominada por una furia demencial–. ¡Cerdo… cerdo… cerdo!

Sólo mi rabia ciega le salvó cuando me lancé sobre él y empecé a golpearle.

Estaba sobre él antes de que pudiera ponerse a la defensiva; mi acero se hundió locamente en sus costillas. Tres veces le golpeé, silenciosa y malignamente; sin embargo, consiguió evitar que la hoja le traspasara el corazón. La sangre le corría entre las manos, por sus brazos y hombros. Agarró mi muñeca con desesperación e intentó romperla. Estrechamente abrazados, caímos, golpeando en la mesa. Me puso bajo su cuerpo e intentó estrangularme. Pero, para agarrarme la garganta tuvo que asirme la muñeca con una sola mano. Me libré fácilmente de ella y le lancé un golpe mortal. La punta de mi daga golpeó en un adorno metálico, rompiéndose; el fragmento atravesó jubón y camisa, rasgando su pecho.

La sangre brotó de él y un gemido escapó de sus labios. Por efecto del dolor, su presa se debilitó; me retorcí, aún bajo él, me libré y le asesté un puñetazo que hizo que su cabeza se proyectara hacia atrás al tiempo que un río de sangre nacía de sus narices. Buscándome a ciegas, consiguió atraparme; mientras apuntaba hacia sus ojos con las uñas, me echó hacia atrás, con tanta violencia que recorrí de espaldas toda la habitación para ir a golpear contra el muro. Caí al suelo.

Estaba medio desvanecida; sin embargo, me levanté lanzando un gruñido y cogí una pata rota de la mesa. Con una mano, se limpiaba la sangre que le enturbiaba los ojos y buscaba, con la otra, a tientas, la espada; de nuevo, subestimó la rapidez de mi ataque. La pata de la mesa golpeó violentamente en su cráneo, desgarrándole profundamente el cuero cabelludo y haciendo aparecer un torrente de sangre. Alzó los brazos para detener los golpes. Golpeé de nuevo, sobre sus brazos y su cabeza, obligándole a recular, medio encogido, ciego y titubeante. Al fin, se derrumbó entre los restos de la mesa. –¡Señor! –gimió–. ¿Realmente quieres matarme, chica?

–¡Con el corazón contento de hacerlo! –dije, soltando una risotada, como nunca antes había reído, y golpeándole en la oreja. Se derrumbo de nuevo entre los restos de la mesa de los que intentaba salir.

Un largo lamento, al borde de los sollozos, escapó de sus labios sanguinolentos.

–En el nombre de Dios, muchacha –gimió, tendiendo las manos hacia mí y sin poder ver nada–, ¡ten piedad! ¡Detente, por todos los santos! ¡No estoy listo para morir!

Se puso de rodillas; la sangre chorreaba por las heridas de la cabeza, tiñendo su ropa de escarlata.

–¡Detén tus golpes, Agnès! –gimió–. ¡Piedad, en nombre del Señor!

Dudé, mirándole sombríamente. Luego arrojé la daga a un rincón.

–Guarda tu preciosa vida –dije con un desprecio cargado de amargura–. Eres demasiado vil para que tu sangre manche mis manos. ¡Está bien, puedes irte!

Intentó incorporarse, pero volvió a caer al suelo.

–No puedo levantarme –gimoteo–. La habitación da vueltas, las tinieblas me rodean. ¡Oh, Agnès, ha sido un beso muy amargo el que me has dado! ¡Que Dios se apiade de mí, porque muero en pecado! He reído ante la muerte, cuando la he tenido ante los ojos, y ahora tengo miedo. ¡Oh, Dios, cuánto miedo tengo! ¡No me abandones, Agnès! ¡No dejes que muera como un perro!

–¿Por qué no? –pregunté con rudeza–. Confiaba en ti y te creía más noble que el común de los mortales, creyendo en todas tus mentiras sobre el honor y la conducta caballerosa. ¡Bah! ¡Ibas a venderme y a condenarme a una esclavitud más vil que la de las destinadas al harén del Turco!

–Lo sé –gimió–. Mi alma es más negra que la noche que se me avecina. Llama al posadero y dile que avise a un sacerdote.

–Se ha ido hacia un destino que sólo él conoce –respondí–. Salió por la puerta trasera furtivamente y lanzó al galope su caballo hacia el corazón del bosque.

–Ha ido a denunciarme al duque de Alençon –murmuró Etienne–. Me ha reconocido… Estoy perdido, esa es la verdad.

Recordé entonces que si el posadero había reconocido la personalidad de mi falso amigo era porque yo había pronunciado el nombre de Etienne en la alcoba del piso de arriba. Así que si el duque arrojaba a Etienne a sus mazmorras, podría decirse que mi involuntaria traición era la que le había causado la desgracia. Y como la mayor parte de la gente pueblerina, yo también sentía odio y desconfianza, y sólo eso, por la nobleza.

–Te sacaré de aquí –dije–. Ni si quiera un perro caería entre las manos de la ley por mi culpa.

Salí rápidamente de la taberna y me dirigí hacia las caballerizas. De la fregona no se veía ni rastro. O bien había huido a los bosques o estaba demasiado borracha para darse cuenta de la situación. Ensillé y embridé el semental de Etienne, aunque el animal intentó morderme y cocearme, y le llevé hasta la puerta. Entré y me dirigí a Etienne; la verdad es que ofrecía un espectáculo atroz, herido y derrumbado, totalmente cubierto de sangre, con el justillo y el jubón hechos jirones.

–He traído tu caballo –le dije.

–No puedo levantarme –murmuró.

–Aprieta los dientes –le ordené–. Te llevaré yo.

–No lo conseguirás, muchacha –protestó.

Pero mientras decía aquellas palabras, le levanté, me le eché a los hombros y avancé hacia la puerta. Era un peso totalmente muerto y sus piernas se arrastraban por el suelo como las de un cadáver. Alzarle a lomos del caballo fue una tarea agotadora, pues todas sus fuerzas le habían abandonado; pero finalmente lo conseguí. Acto seguido, salté a la silla y le sujeté.

Pero yo no sabía qué ruta tomar; Etienne, al ver mi indecisión, murmuró:

–Hacia el oeste, hasta Saint Girault. Allí hay una taberna, a una legua de la aldea, El Jabah Rojo: el posadero es amigo mío.

De la galopada a través de la noche hablaré muy brevemente. No encontramos a nadie siguiendo un camino iluminado por la claridad estelar, flanqueados a ambos lados por los árboles de un bosque sumido en las tinieblas. Mi mano estaba resbaladiza, manchada por la sangre de Etienne; durante el trayecto, sus numerosas heridas se habían abierto de nuevo y sangraban abundantemente. No tardó en delirar y hablar de un modo incoherente, citando hechos y personas desconocidos para mí. A veces, mencionaba nombres que conocía por su reputación: señores, damas, soldados, forajidos y piratas; divagaba a propósito de oscuros negocios, crímenes sórdidos y hechos heroicos. Otras veces, entonaba canciones de marcha, de taberna, soeces tonadas o canciones de amor, o divagaba en idiomas extranjeros que resultaban incomprensibles. Ah…, desde aquella noche he seguido mucho caminos, fértiles en intrigas y violencia, pero nunca he realizado una galopada tan fantástica como la que nos llevó a Saint Girault, a través de aquel bosque cubierto por la noche.

El alba apuntaba por el este atravesando las ramas de los árboles cuando detuve el caballo ante una taberna que correspondía con la descripción que me había hecho Etienne. El dibujo de la su enseña probaba que el sitio era aquél, por lo que llamé a grandes voces al posadero. Apareció un joven muchacho, vestido con una simple camisa, bostezando hasta casi desencajarse la mandíbula y restregándose los ojos hinchados por el sueño con los puños. Cuando vio el semental y a los que lo montaban, empapados en sangre, lanzó un gemido de temor y volvió precipitadamente al interior de la taberna, con los faldones de la camisa flotando a su espalda. Al poco se abrió cuidadosamente una ventana del piso superior, y una cabeza cubierta con un gorro de noche se asomó por ella, detrás de la enorme bocacha de un arcabuz.

–Seguid vuestro camino –dijo el del gorro de noche–, no alojamos ladrones ni asesinos cubiertos de sangre.

–No somos ladrones –respondí irritada, agotada y sin paciencia–. Este hombre ha sido atacado y está gravemente herido. Si eres el posadero del Jabalí Rojo, este hombre es amigo tuyo… Etienne Villiers, de Aquitania.

–¡Etienne! –exclamó el posadero–. Bajo ahora mismo. En un momento. ¿Por qué no me dijiste que era Etienne?

La ventana se cerró violentamente y oí que alguien bajaba a toda prisa una escalera. Salté a tierra y recibí en mis brazos el cuerpo de Etienne cuando cayó de la silla. Le deposité en el suelo al tiempo que el posadero llegaba a la carrera, con unos criados llevando antorchas.

Etienne yacía en el suelo, como si estuviera muerto; su rostro estaba lívido allí donde no se encontraba cubierto de sangre, pero su corazón latía con fuerza y supe que estaba medio consciente.

–¿Quién ha hecho esto, en nombre de Dios? –preguntó el posadero, horrorizado.

–Yo –respondí lacónicamente.

Se apartó de mí vivamente, pálido bajo la luz de las antorchas.

–¡Que Dios se apiade de nosotros! Un joven… ¡Que San Denis nos proteja! ¡Eres una mujer!

–¡Basta de charla! –exclamé encolerizada–. Levantadle y llevadle a la mejor alcoba de la taberna.

–Pe… pero… –empezó el posadero, absorto, mientras sus criados retrocedían asustados.

Di una patada en el suelo y juré, costumbre bastante frecuente en mí.

–¡Por la muerte del Demonio y de Judas Iscariote! –blasfeme–. ¡Vas a conseguir que muera tu amigo si no haces otra cosa que seguir ahí con la boca abierta mirándome estúpidamente! ¡Ocúpate de él!

Puse la mano en la daga de Etienne, que me había pasado por el cinturón. Se apresuraron a obedecerme, lanzándome miradas aterradas, como si fuera la hija de Satanás.

–Etienne siempre es bienvenido –balbuceó nuestro anfitrión–, pero una diablesa…

–Vivirás más si hablas menos y trabajas más –le vaticiné, arrancando una pistola de boca ancha de la cintura de uno de sus criados. Este estaba tan asustado que era incapaz de recordar que se encontraba armado–. Haz lo que digo y no habrá más heridos esta noche.

Todo cuanto me había ocurrido aquella noche me había madurado. Aunque todavía no era una mujer por completo, faltaba ya muy poco.

Llevaron a Etienne hasta lo que el posadero –que se llamaba Perducas– juró ser la mejor habitación de la taberna. A decir verdad, era mucho más espaciosa que todo lo que habíamos visto de Los Dedos del Pícaro. Era una habitación en la planta alta que daba al descansillo de una escalera de caracol; tenía ventanas de dimensiones adecuadas, aunque con una única puerta.

Perducas juró que era tan buen médico como cualquiera, por lo que desvestimos a Etienne y procuramos devolverle la salud. La verdad es que había sido muy maltratado –¡su cuerpo era la prueba!– y yo no había visto antes a nadie en tan mal estado…. pero si estaba gravemente herido, era algo que había que descubrir lo antes posible. Felizmente, tras haber limpiado la sangre y lavado su cuerpo, averiguamos que ningún órgano vital había sido alcanzado por mi daga. No tenía fractura alguna en el cráneo, aunque su cuero cabelludo estuviera desgarrado en varios sitios. Su brazo derecho estaba roto y el izquierdo negro por las contusiones; arreglamos la fractura. Yo podía ayudar a Perducas con cierta seguridad, pues los accidentes y las heridas eran cosa frecuente en La Fère.

Una vez hubimos vendado las heridas de Etienne, le acostamos en una cama limpia. Recuperó el sentido, lo bastante como para beber unos cuantos tragos de vino y preguntar dónde estaba. Cuando se lo dije, murmuró:

–No me dejes, Agnès; Perducas es un hombre excelente, pero yo necesito los cuidados atentos y delicados de una mujer.

–¡Que San Denis nos libre de la delicada atención de esta gata del infierno! –dijo Perducas en voz baja.

–Me quedaré hasta que te encuentres totalmente restablecido –le contesté a Etienne.

Aquella respuesta pareció satisfacerle y se durmió apaciblemente.

Pedí entonces una habitación para mí misma. Perducas, tras enviar a un muchacho a ocuparse del semental, me enseñó una alcoba, vecina a la de Etienne, aunque ni siquiera estaban comunicadas por una puerta interior. Me acostaba cuando el sol empezaba a asomar por el horizonte. Era el primer colchón de plumas que veía en mi vida –¡inútil decir que era el primero en el que me acostaba!– y dormí varias horas.

Cuando volví junto a Etienne le encontré en plena posesión de sus facultades y ya no deliraba. A decir verdad, en aquel tiempo los hombres eran de hierro; si sus heridas no eran mortales en el acto, se recuperaban rápidamente, a menos que sus llagas se infectasen como resultado de la negligencia o ignorancia de los médicos. Perducas no utilizaba ninguno de los remedios estúpidos e inoperantes tan queridos por los médicos, sino diversas hierbas y plantas que él mismo recogía en la profundidad de los bosques. Me reveló que había aprendido su arte junto a los hakims sarracenos, pues había viajado mucho en su juventud y recorrido muchos países lejanos. Perducas era un hombre sorprendente.

Entre los dos curamos a Etienne, se que restableció rápidamente. Intercambiamos pocas palabras. Perducas y Etienne hablaban mucho más, pero la mayor parte del tiempo Etienne estaba acostado en su cama mirándome en silencio.

Perducas me hablaba poco, pues parecía tenerme miedo. Cuando abordé la cuestión de mi parte en los gastos de hospedaje, me respondió que no le debía nada; mientras Etienne desease mi compañía, ni comida ni cama tenían que preocuparme. Pero Perducas deseaba vivamente que no conversase con la gente de la aldea, pues su curiosidad podía ser la perdición de Etienne. Podía confiar en sus lacayos –me explicó–; no dirían nada. Nunca le pregunté por qué razón el duque de Alençon odiaba a Etienne; sin embargo, un día me dijo:

–El rencor del duque no es nada extraordinario. Hace tiempo, Etienne Villiers formaba parte del séquito del noble, y fue tan imprudente como para ejecutar para él una misión muy delicada. D’Alençon es un hombre ambicioso; se murmura que aspiraba al título de Condestable de Francia. En aquel tiempo, gozaba del favor del rey; aquel favor no habría brillado con tanto lustre si se hubiera conocido el hecho de que entre el duque y Carlos de Germania se estaban intercambiando cartas, ese mismo Carlos que ahora es conocido bajo el nombre de emperador del Santo Imperio Romano.

“Etienne es el único en saber el alcance completo de la traición. Por eso d’Alençon desea tan ardientemente la muerte de Etienne. Sin embargo, no se atreve a golpear abiertamente, por temor a que su victima, con el último suspiro, le denuncie y pierda para siempre. Prefiere actuar de un modo más sigiloso, en secreto, recurriendo a la daga de un asesino, al veneno o a una emboscada. Mientras Etienne se encuentre aquí, su única oportunidad de salir bien librado es el secreto absoluto.

–¿Y si hay más hombres como ese perro de Thibault? –pregunté.

–No – me aseguró –. Es cierto que hay más,

pero los conozco a todos. Su honor se basa en no traicionar a sus compañeros. En otro tiempo, Etienne formó parte de su banda… saqueadores, raptores de mujeres, pícaros y asesinos, eso es lo que son.

Sacudí la cabeza, meditando sobre la singularidad de los hombres. Perducas, un hombre honesto, era amigo de un canalla como Etienne, incluso estando al corriente de sus villanías. Estoy segura de que más de un hombre honrado admira en secreto a un bandido, pues ve en él lo que le gustaría ser, si tuviera coraje para serlo.

Seguí al pie de la letra los consejos de Perducas y los días pasaron lentamente. Salía raramente de la taberna, salvo por la noche, para pasear por el bosque, evitando a los campesinos y a los habitantes de la aldea. Un nerviosismo y una agitación creciente se apoderaron de mí; tenía el presentimiento de que iba a ocurrir algo…, sin saber qué, sentía que pronto había que pasar a la acción y hacer…, qué era, lo ignoraba. Así pasó una semana, y luego conocí a Guiscard de Clisson.