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PALOMOS DEL INFIERNO – PART IV (DE 4)

III – LA LLAMADA DE ZUVEMBIE
 
 
Cuando los palomos hubieron desaparecido, los dos hombres permanecieron unos instantes en sus asientos, en silencio.
 
-Bueno, por fin los he visto -murmuró finalmente Buckner.
-Tal vez los únicos que pueden verlos son los hombres marcados -susurró Griswell -. Aquel trampero los vio…
-Bueno, veremos -replicó el sheriff tranquilamente, mientras se apeaban del automóvil, pero Griswell se dio cusnta de que la mano que empuñaba el revólver temblaba un poco.
 
Al entrar en el amplio vestíbulo, Griswell vio la hilera de huellas que se extendían por el suelo, señalando el paso de un hombre muerto. Buckner había traído unas mantas. Las extendió delante del lugar.
 
-Yo me acostaré junto a la puerta -dijo-. Y usted lo hará donde lo hizo anoche.
-¿Vamos a encender una fogata? -preguntó Griswell, tembalndo ante la idea de la oscuridad que lo invadiría todo cuando se apagara el breve crepúsculo.
-No. Tiene usted una linterna, igual que yo. Nos acostaremos a oscuras, y veremos lo que sucede. ¿Puede usted utilizar el revólver que le he dado?
-Supongo que sí. Nunca he disparado un revólver, pero conozco un funcionamiento.
-Bueno, a ser posible deje los disparos de mi cuenta.
 
l sheriff se sentó con las piernas cruzadas sobre sus mantas y vació el cilindro de su “Colt”, revisando minuciosamente cada uni de los cartuchos antes de volver a colocarlos. Griswell paseó nerviosamnete arriba y abajo, lamentando la lente desaparición de la luz como un avaro lamenta la desaparición de su oro. Se apoyó con una mano en la repisa del hogar, mirando fijamente las cenizas recubiertas de polvo. el fuego que había procducido aquella ceniza fue encendido por Elisabeth Blassenville, hacía más de cuarenta años. La idea resultaba deprimente. Griswell removio las polvorientas cenizas con el pie. Algo se hizo visible entre los carbonizados restos: un trozo de papel, manchado y amarillento. Griswell se inclino y lo sacó de las cenizas. Era un cuaderno denotas, con tapas de cartón.
 
-¿Qué ha encontrado usted? -Pregunto Buckner, inclinando el reluciente cañon de su revólver.
-Un antiguo cuaderno de notas. Parece un diario. Las páginas están cubiertas de escritura, pero la tinta se ha borrado y no puede leerse nada. ¿Cómo cupone que fue a parar al fuego, sin que ardiera?
-Lo tirarían ahí cuando el fuego estaba apagado -sigirió Buckner-. Probablemente lo tiró alguien que entró en la casa con el proposito de robar muebles. Alguien que no sabía leer, probablemnete.
 
Griswell hojeó el cuaderno, forzando la vista para distinguir algo  a la escasa luz. Súbitamente , su cuerpo se puso rígido.
 
-¡Aquí hay una anotación que resulta legible! ¡Escuche!
 
leyo:
 
-“Se que en la casa hay alguien, sdeás de mi misma. Puedo oír a alguien que merodea por la noche cuando el sol se ha puesto y en el exterior reina la oscuridad. A menudo, durante la noche, oigo que alguien araña la puerta de mi habitación. ¿Quién es? ¿Una de mis hermanas? ¿Tía Celia? Si es una de ellas. ¿Por qué merodea de ese modo por la casa? ¿Por qué araña la puerta de mi habitación, y huye cuando la llamo? ¡No, no! ¡No me atrevo! Tengo miedo. ¡Dios mío! ¿Qué puedo hacer? No me atrevo a permanecer aquó…, pero, ¿Adónde voy a ir?”
-¡Santo cielo! -exclamó Buckner -. ¡Ese debe de ser el diario de Elisabeth Blassenville! ¡Continúe!
-Las páginas que siguen no son legibles -respondió Griswell-. Pero unas páginas más adelante puedo leer algunas líneas.
 
Leyó:
 
“¿Por qué huyeron todos los negros cuando desapareció tía Celia? Mis hermanas están muertas. Sé que están muertas. Y luego la impresión de que murieron horriblemente, en medio de una espantosa agonía. Pero, ¿por qué? ¿Por qué? Si alguien asesino a tía Celia, ¿por qué tenía que asesinar a mis pobres hermanas? Ellas fueron siempre amables con los negros. Joan…”
 
Griswell interrumpio la lectura.
 
-Un trozo de paguina esta arrancado. Aquí hay otra anotacion con otra fecha… Bueno, supongo que es una fecha, aunque no puedo asegurarlo.
“La cosa terrible que la vieja sugirio. Citó a Jacob Blount, y a Joan, pero no se atrevió a hablar claramente; quizá temía…” -Aquí falta otro trozo de paguina -explico Griswell. Luego prosiguió la lectura:
¡No, no! ¡Es imposible! Ella está muerta…, o muy lejos de aquí. sin embargo, nació y se crió en las Indias Occidentales, y por algunas alusiones que dejó caer, supe que había sido iniciada en los misterios del voodoo. Creo que incluso bailó en una de sus horribles ceremonias… ¿Como pudo haber descendido a tal grado de bestialidad? Y este…, este horror. ¡Dios mío! ¿Pueden ser sensibles tales cosas? No sé que pensar. si es espantosa y dulcemente… ¡No! Me estoy volviendo loca. si continúo a quí sola, moriré tan horriblemente como debieron morir mis hermanas. Estoy completamente segura de eso.”
 
La incoherente crónica terminaba tan bruscamente como había empezado. Griswell estab tan obsorto en su tarea de descifrar los borrosos rasgos de aquella escritura que ni siuiera se había dado cuenta de que había anochecido, y Buckner sostenía en alto su linterna a fin de que él pudiera leer. Despertando de su abstracción, dirigió una rápida mirada al oscuro rellano.
 
-¿Qué conclusión ha sacado usted? -pregunto Griswell.
-Lo que había sospechado desde el primer momento -respondio Buckner-. Aquella doncello mulata, Joan, se convirtió en zuvembie para vengarse de miss Celia. Probablemente odiaba a toda la familia tanto como a la dueña. Había tomado parte de las ceremonias del voodoo en su tierra natal, y estaba “madura”, como dijo el viejo Jacob. Lo único que necesitaba era le Brebaje Negro…, y el viejo Jacob se lo proporcionó. Asesino a miss Celia y a las otras tres muchachas, y no asesinó a Elisabeth por pura casualidad. Ha permanecido oculta en esta casa durante todos estos años, como una serpiente en unas ruinas.
 
-Pero, ¿por qué tenía que asesinar a un desconocido?
-Ya oyó usted lo que dijo el viejo Jacob – le recordó Buckner-. Una zuvembie siente un gran placer al asesinar a un ser humano. Llamó a Branner desde lo alto de la escalera, le abrió la cabeza, colocó el hacha en su mano y le ordenó que bajara a asesinarle a usted. Ningún tribunal creería esto, pero si podemos presentar su cadáver será una prueba más que suficiente para demostrar que es usted inocente. Aceptarán mi palabra de que ella asesinó a Branner. Jacob dijo que una zuvembie puede ser asesinada… Desde luego, al informar de este caso no tendré que mostrarme demasiado exacto en los detalles.
-Vi que nos acechaba por encima de la barandilla de la escalera -murmuró Griswell-. Pero, ¿por qué no encontramos sus huellas en la escalera?
-Tal vez lo soño usted. Tal vez una zuvembie puede proyectar su espíritu… ¡Diablos! ¿Por qué tratar de razonar acerca de algo que se encuentra más allá de las fronteras de la razón? Vamos a empezar nuestra vela.
-?No apague la luz! -exclamo Griswell involuntariamente. Luego añadio-. Desde luego. Apáguela. Tenemos que estar a oscuras, como -vacilo-, como estábamos Branner y yo.
 
Pero, en cunato la estancia quedo sumida en la oscuridad, el miedo se apodero de él con fuerza insostenible. Se tumbó sobre sus mantas, tembalndo, tratando de contener los tumultosos latidos de su corazón.
 
-Las Indias Occidentales deben de ser el lugar más horrible del mundo – murmuró Buckner, una mancha borrosa sobre sus mantas -. Había oído hablar de los zombies, pero ignoraba lo que era una zuvembie. Evidentemente, alguna droga preparada por los voodoos para provocar la locura en las mujeres. Aunque esto no explica las otras cosas: los poderes hipnóticos, la anormal longevidad, la capacidad de controlar cadáveres… No, una zuvembie no puede ser una simple loca. Es un monstruo, algo que esta por encima y por debajo de un ser humano, creado por la magia que brota en los pantanos y las selvas negras… Bueno, veremos.
 
Su voz cesó de sonar, y el silencio que sigui´Griswell oyó los latidos de su propio corazón. En el exterior, en los negro bosques, un lobo aulló y las lechuzas sisearon. Luego, el sileicio volvió a caer como una niebla negra.
Griswell se obligo asi mismo a permanecer inmóvil sobre sus mantas. El tiempo parecía haberse detenido. Y la espera se estaba haciendo insoportable. El esfuerzo que hacía para dominar sus alterados nervios bañaba en sudor todos sus miembros. Apretó los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas, y clavó las uñas en las palmas de sus manos.
No sabía lo que estab esperando. El espantoso ser volvería a atacar. Pero, ¿como? ¿Sería un horrible y melodioso silbido, unos pies deslizándose por los crujientes peldaños, o un repentino hachazo en la oscuridad? ¿Le escogería a él, o a Buckner? Tal vez Buckner estab muerto ya… En la oscuridad que le rodeaba no podía ver nada, pero oía la espiración regular del hombre. El meridional tenía unos nervios de acero.¿Era que Buckner respiraba junto a él, separado por una angosta franja de oscuridad? ¿O acaso el monstruo había atacado ya en silencio, y ocupado el lugar del sheriff?
Asi de descabelladas eran las ideas que cruzaban rápidamente por el cerebro de Griswell. Experimentaba la sensación de que iba a volverse loco si no se ponía en pie de un salto, gritando, y huía frenéticamnte de aquella maldita casa. Ni siquiera el temos a la horca podía retenerle tendido allí en la oscuridad por más tiempo. De repente, el ritmo de la respiración de Buckner se rompió, y Griswell se sintió como si acabaran de echarle un cubo de agua helada. Desde de algún lugar situado encima de ellos empezó a oírse un melodioso silbido…
Griswell notó que le faltaban las fuerzas, que su cerebro se hundía en una oscuridad más profunda que la negrura física que le rodeaba. Siguió un período de absoluta confusión mental, pasado el cual su primera sensación fue la de movimiento. Estaba corriendo por un camino increiblemente escabroso. A su alrededor todo era oscuridad, y corría ciegamente. Se dijo a sí mismo que debió de huir de la casa y haber corrido varias millas, quizas, antes de que su agotado cerebro empezara a funcionar. No le importaba; morir en la horca por un asesinato que no había cometido no le aterririzaba ni la mitad que la idea de regresar a aquella mansión de horror. Estaba dominado por ansia de correr…, correr…, correr como estaba haciendo ahora, ciegamente, hasta agitar sus fuerzas. La niebla no se había disipado del too de su cerebro, pero tenía conciencia de que no podía ver las estrellas a través de las negras ramas de los árboles. Deseó vagamente saber hacia dónde se dirigía. Supuso que estaba trepando por una colina, y el hacho le extraño, ya que sabía que no había ninguna colina en un radio de varias millas alrededor de la casa de los Blassenville. Luego, encima y adelante de él, notó un leve resplandor.
Avanzó hacia aquel resplandor como si le empujara una fuerza irresistible. Luego se estremeció al darse cuenta de que un extraño sonido chocaba contra sus oídos: un silbido melodioso y burlón al mismo tiempo. El silbido borró todas las nieblas. ¿Que significaba aquello? ¿Dónde estaba? El despertar llegó como el golpe aturdidor de una maza de atarife. No estaba corriendo a lo largo de un camino, ni trepando por una colina; estaba subiendo una escalera. ¡Se esncontraba aún en Blassenville Manor! ¡Y estaba subiendo la escalera!
Un grito inhumano brotó de sus labios. Y, dominando aquel grito, el fantasmal silbido adquirió un tono de diabólico triunfo. Griswell intento detenerse…, retroceder…, incluso arrojarse por encima de la barandilla. Pero su fuerza de voluntad estaba reducida a jirones. No existía ya. Griswell no tenía voluntad. Había dejado caer su linterna, y había olvidado el revólver en su bolsillo. No podía dominar a su propio cuerpo. Sus piernas, moviéndose rígidamente, funxionaban como piezas de un mecanismo independiente de su cerebro, obedeciendo a una voluntad exterior. Subiendo metódicamnete, le trasportaban al rellano superior, hacia el resplandor que ardía encima de él.
 
-¡Buckner! -gritó-. ¡Buckner! ¡Por amor de Dios!
 
Su voz  se extrangulo en su garganta. Había llegado al último peldaño.Empezó z avanzar por el rellano. El silbido había cesado, pero su impulso seguía conduciéndole hacia adelante. No podía ver la fuente de la que procedía el resplandor. No parecía emanar de ningún foco central. Pero Griswell vio una vaga figura que avanzaba hacia él.
Parecía una mujer, pero ninguna mujer humana era capaz de andar con aquel paso ingrávido, ninguna mujer humana había tenido nunca aquel rostro de horror, aquella borrosa expresión demencial… Griswell intentó gritar a la vista de aquél rostro, al brillo del acero que esgrimía la mano en forma de garra, pero su lengua estaba helada.
Luego oyó un sonido que parecía arrastrarse silenciosamente detrás de él; las sombras fueron hendidas por una lengua de fuego que iluminó una espantosa figura que caía hacia atrás. Al mismo tiempo resonó un aullido inhumana.
En medio de la oscuridad que siguió al inesperado fogonazo, Griswell cayó de rodillas y se cubrió el rostro con las manos. No oyó la voz de Buckner. La mano del meridional sobre su hombro le despertó de su estupor.
Una luz proyectada directamente sobre sus ojos le cegó. Parpadeó, sombreó sus ojos con una mano y alzó la mirada hacia el rostro de Buckner, que se encontraba en el mismo borde del círculo de luz. El sheriff estaba pílido.
 
-¿Esta usted herido? -preguntó ansiosamente Buckner-. ¿Esta usted herido?
En el suelo hay un cuchillo de matarife…
-No estoy herido -murmuro Griswell-. Ha disparado usted en el momento preciso… ¡El monstruo! ¿Donde esta? ¿Adónde ha ido?
-¡Escuche!
 
En alguna parte de la casa resonaba un horrible aleteo, como de quien se arrastra y lucha en medio de las convulsiones de la muerte.
 
-Jacob estaba en lo cierto -dijo Buckner en tono sombrío -. El plomo puede matarlas. La acerté de lleno, desde luego. No me atreví a encender la linterna, pero había suficiente claridad. Cuando empezó aquel fantasmal silbido, casi tropezó usted conmigo. Andaba usted como si estuviera hipnotizado. Le seguí por la escalera. Iba detrás de usted, aunque muy agachado para que ella no pudiera verme y huir. Estuve a punto de disparar demasiado tarde, pero confieso que el verla me dejó casi paralizado… ¡Mire!
 
Proyectó el haz luminoso de su linterna a lo largo del rellano, hasta detenerlo en una abertura visible en la pared, en un lugar donde antes no había ninguna puerta.
 
-¡La entrada secreta que descubrió miss Elisabeth! -exclamo Buckner-. ¡Vamos!
 
Echo a correr a través del rellano y Griswell le siguió con aire aturdido. Los sonidos que acababan de oír procedían de algún sitio más allá de aquella misteriosa puerta, y ahora habían cesado.
La luz reveló un angosto pasadizó en forma de túnel que evidentemente conducía a través de una de las recias paredes de la casa. Buckner penetró en el pasadizo sin la menor vacilación.
 
-Tal vez no fuera capaz de pensar como un ser humano -murmuro, iluminando el camino delante de él-, pero tuvo la estucia suficiente para borrar sus huellas, a fin de que no pudiéramos seguirlas y descubrir, quizá, la abertura secreta. Allí hay una habitación… ¡La estancia secreta de los Blassenvill!
 
Y Griswell exclamó:
 
-¡Santo cielo! ¡Es la cámara sin ventanas que anoche vi en mi sueño, con los tres cadáveres colgandos del techo!
 
La luz de Buckner paseaba por la estancia de forma circular se inmvilizó repentinamente. Dentro del amplio anillo luminoso aparecieron tres figuras, tres formas resecas, encogidas, momificdas, ataviadas con unos vestidos muy antiguos. sus pies no tocaban el suelo, ya que estaban colgadas del cuello a una cadenas suspendidas en el techo.
 
-¡Las tres hermanas Blassenville! -murmuro Buckner-. Miss Elisabeth no estaba loca, despues de todo.
-¡Mire! – susurro Griswell con voz apenas audible-. ¡Allí, en aquel rincón!
 
La luz se movió, volvió a detenerse.
 
-¿Fue aquello una mujer en otros tiempos? -inquirió Griswell, como si se interrogara a sí mismo-. ¡Dios mío! Mire ese rostro, incluso en la muerte. Mire esas manos en forma de garras, con las uñas renegridas como las de una fiera. Sí, era humana… Lleva aún los harapos de un antiguo vestido de baile, muy lujoso. ¿Por que llevaría una doncella mulata un vestido como esé?
-Este ha sido su cubil durante más de cuarenta años – murmuro Buckner, sin responder a la pregunta, inclinandose sobre el horrible cadáver tendido en el rincon de la estancia-. Bueno, Griswell, esto le exonera a usted: una mujer loca con un hacha…
Es lo único que las autoridades necesitan saber. ¡Dios mío! ¡Que venganza! ¡Que horrible venganza! Aunque, pensándolo bien, tuvo que tener una naturaleza bestial. Lo prueba el hecho de que se iniciara en los misterios del voodoo cuando no era más que una jovencita…
-¿Se refiere usted a la mulata? -susurro Griswell-
 
Un escalifrio recorrió su cuerpo, como si intuyera un horro que superaba a todos los horrores que había experimentado hasta entonces.
 
-Interpretamos equivocamente las palabras del viejo Jacob y lo que miss Elisabeth escribió en su diario -dijo-. Ella debía de estar enterada, pero el orgullo familiar selló sus labios. Ahora veo claro, Griswell; la mulata se vengó, aunque no del modo que suponíamos. No ingirió el Brebaje Negro que el viejo Jacob le había preparado. Lo quería para suministrárselo subrepticiamente a otra persona, mezclándolo en su comida o en su café. Luego, Joan huyó de esta casa, dejando sembrada en ella la semilla del infierno.
 
-¿Ese cadáver no… no es de la mulata? -susurro Griswell.
-Cuando la vi allá afuera, en el rellano, supe que no era mulata. Y aquellos rasgos contraídos seguían reflejando un parecido familiar. He visto su retrato y no puedo equivocarme. Ese cadáver es el del ser que en otros tiempos fue Celia Blassenville.
 
 
 
PIGEONS FROM HELL
Robert E. Howard
 

PALOMOS DEL INFIERNO PART III (DE 4)

II -EL HERMANO DE LA SERPIENTE
 
De nuevo las sombras se alargaban sobre los pinares, y de nuevo dos hombres llegaron por el antuguo camino en un automóvil con matrícula de Nueva Inglaterra.
Buckner conducía. Los nervios de Griswell estaban demasiado alterados para permitirle empuñar el volante. su rostro estaba aún pálido, y todo su aspecto revelaba un gran cansancio. La tensión del día pasado en la capital del condado había venido a añadirse al horror que planeaba sobre su alma como la sombra de un buitre de alas negras. No había dormido, apenas había comido.
 
-Prometí hablarle de los Blassenville -dijo Buckner-. Era una gente orgullosa, altiva, y sin el menor escrúpulo cuando se trataba de imponer su voluntad. No tenía para sus negros las consideraciones que en mayor o menor escala les guadaban los otros plantadore; supongo que seguían aferrados a las costumbres de las Indias Occidentales. Había una vena de crueldad en todos ellos…, y especialmente en miss Celia, la última de la familia que llego a esta región. Vino mucho después de que los esclavos fueran declarados hombres libres, pero miss Celia seguía azotando con su látigo a su doncella mulata, lo mismo que cuando era una esclava, según dicen los viejos del lugar… Los negros decían que cuando moría un Blassenville, el diablo le estaba esperando siempre en los pinares que rodean la casa.
“Una vez terminada la Guerra Civil, los Blasssenville fueron desapareciendo con bastante rapidez. Vivían pobremente de su plantación, que cada día rendía menos. Finalmente, sólo quedaron cuatro muchachas, hermanas, que habtaban en la antigua mansión. La plantación era cultivada por unos cuantos negros que seguían viviendo en sus chozas y trabajaban en calidad de aparceros. Las muchachas, muy orgullosas, se avergonzaban de su pobreza y no se relacionaban con nadie. A veces pasaban meses enteros sin salir de casa. cuando necesitaban proviciones, enviaban a un negro a comprarlas.
Pero la gente empezó a hablar de las Blassenville cuando mis Celia vino a vivir con ellas. Procedía de algún lugar de las Indias Occidentales, de donde era originaria la familia. Deicen que era una mujer elegante, bella, de poco más de treinta años. Tampoco ella se relacionó con la gente. Se había traído a una doncella mulata, y la trataba de un modo que hacía honor a la tradicional crueldad de los Blassenville. Conocí a un viejo negro, hace unos años, que juraba haber visto a miss Celia atar a la doncella a un árbol, completamente desnuda, azotarla con un latigo. Cuando la mulata desapareció, el hecho no constituyo una sorpresa para nadie. Todo el mundo imaginó que se había fugado, desde luego.
“Un dia de la primavera de 1890, miss Elisabeth, la más joven de las mas, se presentó en el pueblo por primera vez en un año, quizás. Iba en busca de provisiones. Dijo que todos los negros habían abandonado la plantaíón. Añadió que miss Celia se habia marchado tanbién sin decir nada. Sus hermanas creían que había regresado  a las Indias Occidentales, pero ella estaban convencida de que su tia estaba aún en la casa. No aclaró el sentido de estas palabras. Se limitó a coger sus provisiones y regresar a la casa.
“Al cabo de un mes se presentó un negro en el pueblo y dijo que miss Elisabeth vivía completamente sola en la antigua mansión. Dijo que sus tres hermanas ya no estaban allí, que se habían marchado una detras de otra sin dar ninguna explicación. Miss Elisabeth ignoraba adónde se habían marchado, y tenía miedo de vivir sola en la casa, pero no sabía a donde ir. No tenía pariente ni amigos. Pero estaba mortalmente asustada de algo. El negro dijo que permanecía encerrada continuamente en su habitación, con unas velas encendidas toda la noche…
“Una noche tormentosa miss Elisabeth se presentó en el pueblo montando el único caballo que poseía, medio muerta de miedo. al llegar a la plaza se cayó del caballo; cuando pudo habalr, dijo que había descubierto una habitación secreta en la casa, olvidada durante un centenar de años. Y dijo que en aquella habitación se encontraban sus tres hermanas, muertas, colgadas del techo por el cuello. Añadió que alguien la persiguió con un hacha, y ella ó de la casa montando el único caballo que poseía. Pero estaba mortalmente sustada, y no sabía quién la había perseguido. Dijo que parecía una mujer con un rostro amarillento.
“Inmediatamente, medio centenar de hombres se presentaron aquí y registraron la casa de arriba abajo. Pero no encontraron ninguna habitación secreta, ni los cadáveres de las tres hermanas. Lo que sí encontraron fue un hacha en el rellano superior, con algunos cabellos de miss Elisabeth pegados al filo, lo cual confirmaba lo que mis Elisabeth había contado. Pero ella se negó a regresar a la casa y mostrarles dónde se encontraba la habitación secreta; casi enloquecio cuando se lo sugirieron.
“Cuando estuvo en concdiciones de viajar, la gente del pueblo reunió algún dinero y se lo prestaron -era demasiado orgullosa para aceptar limosnas-. Se marchó  a California. No regreso nunca, pero más tarde se supo -cuando envió el dinero que le prestaron- que se había casado.
“Nadie quiso comprar la casa. Quedó tal como miss Elisabeth la había dejado, y con el paso de los años la gente fue robando los muebles hasta vaciarla del todo.
 
-¿Qué opino la gente de la historia que contó miss Elisabeth? -pregunto Griswell.
 
-La mayoria opinó que el vivir sola en esta casa la había desquiciado. Pero algunos creyeron que la doncella mulata. Joan, no hbía huido, como se dijo. Opinaban que estaba oculta en el bosque, y saciando su odio hacia los Blassenville asesinando a los miembros de la familia. Dieron una batida por todos los pinares con varios perros, pero no encontaron ni rastro de la mulata. Si había una habitación secreta en la casa, tenía que estar oculta allí…, suponiendo que la teoria fuese cierta.
 
-No puede haber estado oculta en la casa todos estos años -murmuro Griswell-. Y de todos modos, lo que ahora hay en la casa no es humano.
 
Buckner hizo girar el automóvil, para dejar la carretera y adentrarse en un camino vertical que discurría entre los pinos.
 
-¿Hacía donde vamos? -pregunto Griswell.
 
-Hay un viejo negro que vive al final de este camino, a unas cuantas millas de aquí. Quiero hablar con él. Nos enfrentamos con algo que requiere algo mpas que el sentido común de un blanco. Los negros saben más que nosostros acerca de algunas cosas. El viejo al que vamos a visitar tiene casi cien años, si es que no los ha cumplido ya. Su dueño le proporciono cierta educación cuando era un muchacho, y al convertirse en un hombre libre viajo más d elo que suele viajar la mayoria de los blancos. Dicen que es un hombre voodoo, un brujo.
 
Griswell se estremeció, contemplando con inquietud los verdes árboles que les rodeaban por todas partes. La fragancia de los pinos llegaba a su olfato mezclada con el perfume de plantas desconocidad. Pero, dominándo todo, se percibía un indefinible hedor de materia en descomposición. Una desagradable sensación puso un nudo en la boca de su estómago.
 
-¡Un voodoo! -murmuró-. Me había olvidado de eso… Nunca se me había ocurrido relacionar la magia negra con el Sur. Para mí, la brujería siempre estuvo asociada con antiguas y tortuosas calles de ciudades portuarias, que ya eran antiguas cuando Salem colgaba a las brujas… Para mí, la brujería se relacionó siemore con las leyendas acerca de Nueva Inglaterra…, pero todo esto es más terrible que cualquier leyenda acerca de NUeva Inglaterra. Esos pinos sombríos, esas antiguas mansiones abandonadas, las plantaciones perdidas, los misteriosos negros, las viejas leyendas de locura y horror… ¡Dios mío! ¡Qué espantosos terrores antiguos hay en este continente que los estúpidos llaman “Nuevo”!
 
-Ahí está la choza del viejo Jacob -anunció Buckner, deteniendo el automóvil.
 
Griswell vio un claro y una pequeña cabaña agazapada a la sombra de los enormes árboles. allí, los pinos daban paso a las encinas y los cipreses, llenos de un musgo grisáceo, y más allá de la cabaña se extendía una ciénega poblada de una lujurienta vegetación. De la chimenea de barro de la cabaña surgía una leve espiral de humo azulado.
Griswell siguió a Buckner hasta la diminuta vivienda. El sheriff empujó la puerta y penetró en la cabaña. Al encontrarse en la relativa oscuridad del interior, Griswell parpadeó. Una sola ventana, muy pequeña, daba paso a la luz del día. Un viejo negro estaba agazapado junto al hogar de tierra, contemplando una olla que hervía al fuego. Miró hacia ellos cuando entraron, pero no se levantó. Parecía increíblemente viejo. Su rostro era una masa de arrugas, y sus ojos, negros y vivaces, se velaban de cuando en cuando como si su mente vacilara. Buckner hizo un gesto a Griswell para indicarle que se sentara en la única silla que había en la cabaña, mientras él se instalaba junto al fuego en una banqueta toscamente labrada, enfrente del anciano.
 
-Jacob -dijo bruscamente-, ha llegado el momento de que hables. Sé que conoces el secreto de Blassenville Manor. Nunca te interrogué acerca de ello, porque no era de mi competencia. Pero anoche fue asesinado un hombre allí, y pueden colgar al hombre que me acompaña por el asesinato, a menos que me digas qué es lo que alberga la antigua casa de los Bassenville.
 
Los ojos del anciano brillaron para volver a apagarse inmediatamente, como si los acahques de la edad le impidieran concentrarse durante mucho tiempo en una idea.
 
-Los Blassenville -murmuro, y su voz era suave y cultivada. Se expresaba en un inglés perfecto, que no recordaba en nada las formas dialectas de los de su raza-.
Eran una gente orgullosa, caballeros…, orgullosa y cruel. Algunos murieron en la guerra…, otros resultaron muertos en duelos… Algunos murieron en la antigua casa…
 
Sus palabras se convirtieron en una serie de ininteligibles murmullos.
 
-¿Qué ocurrio en la casa – pregunto Buckner pacientemente.
-Miss Celia era la más orgullosa de todos -murmuro el anciano-. La más orgullosa y cruel. Los negros la odiaban; especialmente Joan. Joan llevaba sangre blanca en sus venas, y también era orgullosa. Miss Celia la azotaba como a una esclava.
-¿Cuál es el secreto de Bassenville Manor? -insistió Buckner.
 
La nuebla se desvaneció de los ojos del anciano; unos ojos tan oscuros como pozos iluminados por la luna.
 
-¿Qué secreto, caballero? No comprendo.
-Si, me comprendes perfectamente. Durante años y años, la casa se ha erguido allí solitaria, con su misterio. Tú conoces la clave para descifrarlo.
 
El anciano removió el contenido de la olla. Ahora parecía en posesión de todas sus facultades mentales.
 
-Caballero, la vida es dulce, incluso para un viejo negro.
-¿Significa eso que alguien te mataría si me revelas el secreto?
 
Pero el anciano estaba murmurando de nuevo, con los ojos cerrados.
 
-Alguien, no. Ningún ser humanno. Los dioses negros de la ciénega. Mi secreto permanece inviolado, guardado por la Gran Serpiente, el dios que está por ensima de todos los dioses. Enviaría a un pequeño hermano para que me besara con sus fríos labios…, un pequenño hermano con un cuarto creciente en la cabeza. Le vendí mi alma a la Gran Serpiente, cuando me convirtió en crador de zuvembies…
 
Buckner se puso rígido.
 
-He oído esa palabra antes de ahora -dijo suavemente- de labios de un negro moribundo, cuando yo era un niño. ¿que significa?
 
El miedo llenó los ojos del viejo Jacob.
 
-¿Qué he dicho? No, no he dicho nada.
-Zuvembies – le apremió Buckner.
-Zuvembies – repitio maquinalmente el anciano, con los ojos inexpresivos-. Una zuvembies es una mujer…, en la Costa de los Esclavos las conocían. Los tambores que susurran por la noche en las colinas de Haití hablan de ellas. Los creadores de zuvembies son honrados por la gente de Damballah. Hablar de ello a un hombre blanco significa la muerte…, es uno de los secretos prohibidos del dios Serpiente.
-Estabas habalndo de las zuvembies – dijo Buckner suavemente.
-No debía hblr de ellas -murmuro el anciano, y Griswell se dio cuneta de que estaba pensando en voz alta-. Ningún hombre blanco debe saber que yo baile en la Ceremonia Negra del voodoo, y fui convertido en creador de zombies y zuvembies. La Gran Serpiente castiga con la muerte a las lenguas que hablan demasiado.
-¿Una zuvembies es una mujer? -le apremió Buckner.
-Era una mujer -murmuro el anciano-. Ella sabía que yo era un creador de zuvembies… Se presentó en mi choza y me pidió el horrible brebaje…, el brebaje compuesto con huesos deserpiente, y sangre de murciélago, y garras de esparavel, y otros elementos que no pueden ser nombrados. Ella había danzado en la Ceremonia Negra…, estaba madura para convertirse en una zuvembie…, lo único que necesitaba era el Brebaje Negro…, era muy hermosa.., no podía negárselo.
-¿A quién? -pregunto Buckner ansiosamnte, pero el anciano hundió la cabeza en su pecho y no respondió. Parecía dormitar, Buckner le sacudió-. Le diste un brebaje a una mujer para convertirla en una zuvembie… ¿Que es una zuvembie?
 
El anciano murmuró, con voz soñolienta:
 
-Una zuvembie deja de ser humana. No reconoce ni a parientes ni a amigos. Es un miembro más del Mundo Negro. Tiene a su mando los demonios naturales: lechuzas, murciélagos, serpientes y hombres lobo, y puede manejar la oscuridad de modo que apague una pequeña luz. Puede ser asesinada por medio del plomo o del acero, pero a menos que muera así, vive eternamente, y no come el alimento que comen los humanos. Mora como un murciélago en una caverna o en una casa antigua. El tiempo no significa nada para la zuvembie; una hora, un día, un año, todo es lo mismo. No puede hablar palabras humanas, ni pensar como un humano, pero puede hipnotizar a un ser viviente con el sonido de su voz, y cuando mata a un hombre, puede dar órdenes a su cuerpo sin vida hasta que la carne está fría. Mientras fluya la sangre, el cadáver es esclavo suyo. Su mayor placer consiste en asesinar seres humanos.
-¿Y por que quería ella converirse en una zuvembie? -pregunto Buckner suavemente.
-Odio .susurro el anciano -. ¡Odio! ¡Venganza!
-¿Se llamaba Joan? -murmuró Buckner.
 
El nombre parecio desvanecer las nieblas de senilidad que envolvían la mente de voodoo. Sus ojos de aclararon una vez más. convirtiéndose en dos círculos duros y brillantes como húmedo mármol negro.
 
-¿Joan? -dijo lentamente-. No he oído ese nombre por espacio de una generación. al parecer me he quedado dormido, caballeros; no recuerdo nada…, les ruego me perdonen. Los hombre sviejos se quedan dormidos ante el fuego, como los perros viejos. ¿Me preguntaban por Blassenville Mnor? Caballeros, se les dijera por que no puedo contestar a su pregunta, atribuirian mi actitud a simple superstición. sin embargo, pongo a Dios del hombre blanco por tetigo de que…
 
Mientras hablaba, extendió el brazo hacia un montón de leña que había junto al hogar, con la intención de añadir untronco al fuego. Pero inmediatmente antrajo el brazo, proforoendo un horrible grito. Cuando el reflejo de las llams iluminó el brazo del voodoo, los dos hombres blancos vieron que tenia enrollada una pequeña serpiente, que dejaba caer su puntiaguda cabeza sobre la carne negra, una y otra vez, con silencioso furor. El anciano se desplomo, gritando, al tiempo que Buckner estraba en acción. Poniendose de pie de un salto, cogió un tronco y aplasto con él lacabeza del reptil. el viejo Jacob, entretanto, había cesado de gritar y estaba tendido en el suelo, boca arriba, completamente inmóvil.
-¿Esta muerto? -susurro Griswell.
-Tan muerto como Judas Iscariote – respondio secamente Buckner contemplando al reptil, que continuaba retorciendose en el suelo-. Esa infernal serpiente le inyecto en las venas veneno suficiente para matar a una docena de hombres de su edad. pero creo que lo que en realidad le mató fue la impresión.
-¿Que haremos ahora? -pregunto Griswell, estremeciéndose.
-Dejaremos el cadáver en aquel catre. Nadie entrará aquí, si tnemos la precaución de cerrar la puerta de modo que no pueda entrar ningún cerdo salvaje, niningún gato. Mañana lo llevaremos al pueblo. Esta noche tenemos trabajo. Mnos a la obra.
 
A Griswell le repugnaba la idea de tener que tocar el cadáver, pero ayudó a Buckner a instalarlo en el catre y luego salió apresuradamente de la choza. El sol estaba hundiéndose en el horizonte, y las llamas rojas del crepúsculo encendía las negras copas de los árboles.
Subieron al automóvil en sielncio y regresaron por el mismo camino que habían seguido al venir.
 
-El viejo dijo que la Gran Serpiente enviaría a uno de sus hermanos -murmuró Griswell.
-¿Tonterias! -replico Buckner-. A las serpientes les gusta el calor, y esta región pantanosa está infestada de ellas. La que mordió al viejo estaba oculta entre la leña, al calor del fuego. El vijo Jacob la importunó, y el animal se defendió. No hay nada de sobrenatural en esto.
 
Permaneció unos instantes en silencio y luego añadio, en tono distinto:
 
-Ha sido la primera vez que veo una serpiente que ataca sin silbar; y la primera vez que veo a una serpiente con una cresta blanca en forma de cuarto creciente.
 
Al cabo de un rato, Griswell pregunto:
 
-¿Cree usted que la mulata Joan ha permanecido oculta en la casa durante todos estos años?
-Ya oyó lo que dijo el viejo Jacob -respondio Buckner., El tiempo no significa nada para una zuvembie.
 
Cuando llegaron a la vista de la casa, Griswell se mordio e labio superior para reprimir un estremecimiemto. Volvió a setirse poseido por una indescriptible sensación de horror.
 
-¡Mire! -susurr, en el preciso instante en que Bickner detenía el automóvil.
 
Buckner gruñó.
Desde las balaustradas de la galería se alzó una nube de palomos que emprendieron un rápido vuelo, recortándose sontra la roja claridad del crepúsculo.
 
CONTINUA…
 

PALOMOS DEL INFIERNO – PART II (DE 4)

-He conocido a hombres que juraron haber visto una bandada de palomos posados en el porche de la casa, a la puesta del sol -dijo Buckner lentamente-. Todos eran negros, excepto uno. Un trampero. Estaba encendiendo una fogata en el patio, dispuesto a pasar allí la noche. Le vi al atardecer y me habló de los palomos. A la mañana siguiente volví a la casa. Las cenizas de su fogata estaban allí, y su vaso de estaño, y la sartén en la cual frió su tocino, y sus mantas, extendidas como si hubiera dormido en ellas. Nadien volvió a verle. Eso ocurrió hace doce años. Los negros dicen que ellos pueden ver a los palomos, pero ningún negro se atreve a pasar por este camino después de la puesta de sol. Dicen que los palomos son las almas de los Blassenville, que salen del infierno cuando se pone el sol. Los negros dicen que el resplandor rojizo que se ve hacia el oeste es la claridad del infierno, porque a aqueñla hora las puertas del infierno están abiertas para dar paso a los Blassenville.
 
-¿Quiénes eran los Blassenville? -pregunto Griswell, estremeciéndose.
 
-Eran los propietarios de todas estas tierras. Una familia franco -inglesa. Llegaron procedentes de las Indias Occidentales, antes de la evacuación de Louisiana. La Guerra Civil les arruino, como a otros tantos. Algunos de sus miembros resultaron muertos en la guerra; la mayoria de los otros murieron fuera de aquí. Nadie vivio en la casa solariega a partir de 1890, cuando miss Elisabeth Blassenville, la última del linaje, desapareció una noche de la casa y nunca regresó… ¿Es ése su automóvil?
 
Se detuvieron al lado del vehículo, y Griswell contemplo morbosamente la antigua mensión. sus polvorientos ventanales estaban vacíos y oscuros; pero Griswell experimentaba la desagradable sensación de que unos ojos le acechaban con expresión hambrienta a través de los cristales.
 
Buckner repitió su pregunta.
-Si -respondio Griswell-. Tenga cuidado. Hay una serpiente en el asiento…, o por lo menos estaba allí.
 
-Ahora no hay ninguna – gruño Buckner, atando su caballo y sacando una linterna de las alforjas-. Bueno, vamos a echar un vistazo.
 
Echó a andar hacia la casa con la misma tranquilidad que si se dirigiera a efecruar una visita de cumplido a un amigo. Griswell le siguió, pegado a sus talones, respirando agitadamente. La leve brisa llevaba hasta ellos un hedor a corrupciónny a vegetación podrida, y Griswell experimentó una intensa sensación de náusea, en la cual se mezclaban el malestar físico y la angustia mental que provocaban aquellas antiguas mansiones que ocultaban olvidados secretos de esclavitud, de orgullo de raza, y de misteriosas intrigas. Se había imaginado el Sur como una tierra lánguida y soleada, acariciada por suaves brisas que trasportaban cálidos sromas a flores y a especias, donde la vida discurría plácidamente al ritmo de loscantos que los neros entonaban en los campos de algodón bañados por el sol. Pero ahora acababan de descubrir otro aspecto, completamente inesperado: un aspecto oscuro, impregnado de misterio. Y el descubrimiento le resultaba repulsivo.
Cruzaron la pesada puerta de madera de encima. La negrura del interio quedaba intensificada ahora por el haz luminoso pryectado por la linterna de Buckner. Aquel haz se deslizo a través de la oscuridad del vestibulo y penetró por la escalera, y Griswell
contubo la respiración, apretando los puños. Pero ninguna forma demencial se releló allí. Buvkner avanzo con la ligereza de un gato, la linterna en una mano, el revólver en la otra.
Mientras proyectaba la luz de su linterna en la habitación que se abría el pie de la escalera, Griswell lanzo un grito…, y volvió a gritar, a punto de desmayarse con el espectaculo que se le ofrecía a sus ojos. Un rastro de gotas de sangre cruzaban la habitación, pasando por encima de las mantas que Branner habia ocupado, las cuales estaban extendidas entre la puerta y las del propio Griswell. Y las mantas de Griswell tenía un terrible ocupante. John Branner estaba tendido en ellas, boca abajo, con una horrible herida en la parte posterior de la cabeza. Su mano extendida seguía empuñando el mango de un hacha, y la hoja estaba profundamente clavada en la manta y en el suelo que se extendía debajo, en el lugar exacto donde había reposado la cabeza de Griswell cuando dormía allí.
Griswell no se dió cuenta de que temblaba ni de que Buckner le cogía, impidiendo que cayera al suelo. Cuando recobró el conocimiento, la cabeza le dolía terriblemente y todo parecía dar vueltas alrededor.
Buckner proyecto el haz luminoso de su linterna sobre el rostro, hacendole parpadear. La voz del sheriff llegó desde más allá de la claridad:
 
– Griswell, me ha contado usted una historia muy difícil de creer. vi algo que le perseguía a usted, pero aquello era un lobo, o un perro salvaje. Si esta ocultando algo, sera mejor que lo escupa ahora. Lo que me ha contado amí es insostenible ante cualquier tribunal. Va usted a enfrentarse con la acusación de haber asesinado a su compañero. tengo que detenerle. Si es usted sincero conmigo, las cosas serán mucho más fáciles. Ahora dígame, ¿mato usted a este hombre, Griswell?
“supongo que ocurría algo parecido a esto: discutieron ustedes por algo, la discusión se agrió, Branner empuño un hacha y le atacó, pero usted consiguió desarmarle, le abrió la cabeza d eun hachazo y volvió a dejar el arma en su mano… ¿Me equivoco?
 
Grisswell oculto la cara entre sus  mano, sacudiendo la cabeza.
 
– ¡Dios mío! ¡Yo no maté a John! ¿Por que iba a hacer unacosa así? John y yo éramos amigos de la infancia. Le he dicho la verdad. No puedo reprocharle a usted que no me crea. Pero juró por Dios que es la verdad.
 
La luz volvió a iluminar la abierta cabeza de Branner, y Griswell cerró los ojos. Oyo que Buckner gruñia:
 
-Creo que le mataron con el hacha que tiene en la mano. Hay sangre y sesos pegados  a la hoja, y unos cuantos cabellos del mismo color que los suyos. Eso empeora las cosas para usted , Griswell.
 
– ¿Por qué? – gimió Griswell con voz temblorosa.
 
– Elimina toda posibilidad de alegar defensa propia. Branner no pudo atacarle con esa hacha después de que usted le abrió la cabeza con ella. La herida es mortal de necesidad, Debió usted arrancar el hacha de su cabeza, clavarla en el suelo y colocar sus dedos alrededor del mango para que pareciera que él le atacaba. Una maniobra muy habíl.., si hubiera utilizado usted otra hacha.
 
– Pero yo no lo maté – gimió Griswell-. No tengo la menor intencio de alegar defensa propia.
 
– Eso es lo que me intriga -admitio Buckner francamente-. ¿Qué asesino sería tan estúpido para contar una historia tan descabellada como la que usted me ha conatado para demostrar su inocencia? Cualquier asesino habría inventado una historia que fuera logica, al menos. ¡Hum! El rastro de sangre procede de la puerta. El cadaver fue arrastrado.., no, no pudo ser arrastrado. El suelo está lleno de polvo y se verían las huellas. Tuvo usted que trasportarle hasta aquí, despues de haberle matado en otro lugar. Pero, en ese caso, ¿por que no hay sangre en sus ropas? Desde luego, puede usted haberse cambiado de ropa. Pero ese individuo no lleva muerto mucho tiempo.
 
– Bajo la escalera y cruzo la habitación -murmuro Griswell-. Venía a matarme. Supe que venía a matarme cuando le vi acechando por encima de la barandilla. Descargo el golpe donde yo había estado, de no haberme despertado. Mire aquella ventana… Está rota: salté a través de ella.
 
– Sí, lo veo. Pero, si andaba entonces, ¿por que no anda ahora?
 
– ¡No lo sé! Estoy demasiado trastornado para pensar cuerdamente. Temí que se levantara del suelo y saliera en mi persecución. Cuando oí aquel lobo corriendo detras de mí, creí que era John que me perseguía… ¡John, corriendo a traves de la noche con su hacha ensangrentada y esangrentada cabeza!
 
Sus dientes castañearon mientras revivía aquel espantoso horror.
Buckner  paseó por el suelo el haz luminoso de su linterna.
 
– Las gotas de sangre proceden del vestíbulo. Vamos. Las seguiremos.
 
Griswell se estremeció.
 
– Proceden del piso superior – murmuró.
 
Buckner le miraba fijamente.
 
– ¿Teme usted subir al piso, conmigo?
 
El rostro de Griswell estaba gris.
 
– Sí. Pero voy a subir con usted o sin usted. La cosa que mato al pobre de John puede estar todavía oculta allí.
 
– Suba detras de mí – ordeno Buckner-. Si algo salta sobre nosotros, yo me ocupare de ello. Pero por su propio bien, le advierto que disparo con más rapicez de la que emplea un gato en saltar, y que rara vez fallo un tiro. Si se le ha ocurrido la idea de atacarme por detras, olvídela.
 
– ¡Noi sea estúpido! -exclamó Griswell.
 
El furor había barrido momentáneamente sus temores, y aquella enojada exclamación pareció tranquilizar a Buckner mucho más que todas sus protestas de inocencia.
 
– Deseo ser justo -dijo-. No puedo acusarle y condenarle sin pruebas. Si es verdad la mitad solamente de lo que me ah conatdo, ha vivio usted un verdadero infierno y no quiero ser demasiado duro. Pero debe comprender lo dofícil que me resulta creerle.
 
Griswell no respondió, limitandose a indicarle con un gesto que estaba dispuesto a acompañarle arriba. Cruzaron el vestibulo y se detuvieron al pie de la escalera. Un rastro de gotas de sangre, claramente visibles en lso polvorientos peldaños, señalaba el camino.
 
– Hay pisadas de hombre en el polvo – gruño Buckner-. Hay que subir despacio. Tenemos que fijarnos bien en lo que vemos, ya que al subir borraremos estas huellas. Hay un rastro de piesadas que suben y otras que bajan. Del mismo hombre. Y no son de usted. Branner era un hombre mucho más alto que usted. Hay gotas de sangre en todo el camino.., sangre eb la barandilla, como si un hombre hubiera posado en ella su mano ensangrentada.., una mancha de algo que parecen… sesos. Me pregunto…
 
– Bajaba la escalera, y estab muerto – se estremecio Griswell-. Agarrándose con una mano a la barandillo, y empuñando con la otra el hacha que lo mató.
 
– Pudieron trasportarlo – murmuro el sheriff-. Pero, si alguien le trasportó, ¿donde esán sus huellas?
 
Llegaron al rellano superior, un amplio y vacío espacio de polvo y smbras donde las ennegrecidas ventanas rechazaban la claridad de la luna y el haz luminoso de la linterna de Buckner parecía inadecuado. Griswell temblaba como una hoja. Aquí, en la oscuridad y el horror, había muerto John Branner.
 
-Alguien silbaba aquí arriba -muemuro- . Igual que las de la escalera; una van y otras vienen. Las mismas huellas… ¡Judas!
 
Detras de él, Griswell ahoó un grito, ya que acababa de ver lo que había provocado la exclamación de Buckner. A unos pies de distsncia del ultim peldaño, las huellas de las pisadas de Branner se detenían briscamente y luego daban la vuelta, casoi pisando las huellas anteriores. Y en el lugar donde se había detenido había una gran mancha de sangre en el polvoriento suelo…, y otras huellas que llegaban hasta allí, huellas de pies descalzos, pequeños pero de pulgares anchos. También aquellas huellas retrocedían a partir de aquel punto.
Buckner se inclino sobre ellas, gruñendo.
 
– ¡Las huellas se encuentran! ¡Y en el lugar donde se encuetran hay sangre y sesos en el suelo! Aquí mataron a Branner, descargandole un hachazo. Unos pies descalzos procedentes de la oscuridad se encuentan con unos pies calzados; luego, ambos dan la vuelta. Los pies calzados bajan la escalera, los descalzoz retroceden por el rellano.
 
Proyectó la luz de su linterna a lo largo del rellano; las pisadas se devanecían en la oscuridad, más allá del alcance de la luz. A un lado y a otro, las cerradas puertas de otras tantas estancias eran secretos portales de misterio.
 
– Supongams que su descabellada historia fuera cierta – murmuro Buckner, medio para si mismo-. Esas huellas no so de usted. Parecen las de una mujer. Supongamos que alguien silbó, y Branner subió aquí a investigar. supongamos que alguien le atacó aquí, en la oscuridad, abriendole la cabeza. En tal caso, las huellas hubieran sido tal como son, en realidad. Pero, suponiendo que fuera eso lo que hubiera ocurrido, ¿por que no se quedo Branner tendido aquí, donde encontró la muerte? ¿Pudo haber vivido el tiempo suficiente para arrancar el hacha de manos del que le asesino, y bajar la escalera con ella?
 
– ¡No, no! -exclamo Griswell-. Yo lo vi en la escalera. Estaba muerto. Ningún hombre podría vivir un minuto después de recibir tal herida.
 
– Lo creo -murmuró Buckner-. Pero es una locura. O un plan diabólicamnete hábil… sin embargo, ningun hombre en su sano juicio elaboraría un plan tan descabellado para escapar al castigo de un crimen, cuando sun simple alegato de defensa propia sería mucho más eficaz. Ningún tribunal aceptaría esa historia. Bueno, vamos a seguir esas otras huellas. Avanzan por el rellano… ¡Un momento! ¿Que es esto?
 
Con un estremecimiento de terror, Griswell vio que la luz de la linterna empezaba a amortiguarse.
 
– Esta bateria es nueva – murmuró Buckner, y por primera vez Griswell captó una nota de temor en su voz-. ¡Vamos! ¡Tenemos que salir de aquí inmediatamente!
 
La luz se había amortiguado hasta quedar reducida a un débil brillo rojizo. La oscuridad parecía acercarse a ellos, deslizándose con el paso silencioso de un gato. Buckner retrocedio, hacia la escalera, llevando a Griswell pegado a sus talones. En la creciente oscuridad, Griswell oyó un sonido como el de una puerta que se abría lentamente, y al mismo tiempo las negruras que les rodeaban vibraron con una oculta amenaza. Griswell supo que Buckner experimetaba la misma sensación que le había invadido a él, ya que el cuerpo del sheriff se tensó como el de una pantera dispuesta a saltar.
Pero continuó retrocediendo, sin prisa, luchando contra el pánico que le impulsaba a gritar y a empezar una loca huida. Una terrible idea hizo brotar un sudor helado de su frente, ¿Y si el muerto se estaba deslizando detrás de ellos en la oscuridad, empuñando el hacha ensangrentada presto a descargarla sobre ellos?
Aquella posibilidad le abrumó hasta el punto de que apenas se dio cuenta de que sus pies alcanzaban el vestibulo inferior, y sólo entoces descendían, hasta recobrar toda su fuerza. Pero cuando Buckner proyectó el haz luminoso hacia la parte superior de la escalera, no consiguió iluminar más que oscuridad que colgaba como una tangible niebla sobre el rellano superior.
 
– Esta maldita linterna estaba embrujada -murmuró Buckner-. La cosa no tiene otra explicación. No puede atribuirse a causas naturales.
 
– Iluminie al habitación – suplico Griswell-. Vea si John…, si John está…
 
No consiguió traducir en palabras su horrible idea, pero Buckner comprendió. Griswell no habría sospechado nunca que la vista del espantoso cadáver de un hombre asesinado pudiera inspirarle tal sensación de alivio.
 
– Todavia esta ahí – gruño Buckner-. si anduvo después de ser asesinado, no ha vuelto a hacerlo desde entonces. Pero, aquella cosa…
Proyecto de nuevo laluz de la linterna hacia la parte superior de la escalera, mordiéndose el labio y rezongando en vo baja. Por tres veces había levatado su revólver. Griswell leyó en su pensamiento. El sheriff se sentía tentado de volver a subir aquella escalera, de medir sus fuerzas con lo desconocido. Pero el sentido común le retenía.
 
– A oscuras, no tendría ninguna posibilidad -murmuró-. Y, si subo, la luz volverá a apagarse.
 
Se volvió hacia Griswell.
 
– Sería inútil intentar nada. En esta casa hay algo diabólico, y creo que puedo adivinar lo que es. No creo que asesinara usted a Branner, Lo que le asesinó está ahí arriba…, ahora. En su historia hay muchos puntos que resultan descabellados; pero, ¿acaso no es descabellado que una linterna se apague sin más? No creo que lo que haya allá arriba sea humano. hasta ahora, nunca me había asustado la oscuridad, pero no voy a subir hasta que se haga de día. No tardará en amanecer. Esperemos fuera, en aquella galería.
 
Las estrellas empezaban a palidecer cuando salieron al amplio porche. Buckner se sentó en la barandilla, de cara a la puerta de la casa, empuñando su revolver. Griswell tomó asiento a él y se reclinó contra los restos de una columna. Cerró los ojo, acogiendo con placer la leve brisa que parecíarefrescar su enfebrecido cerebro. Experimentaba una extraña sensación de irrealidad. Era un forastero en una región desconocida, una región que parecía haberse llenado repentinamente de negro horror. La sombre del patíbulo planeaba encima de él, y en aquella sombría mansión yacía John Branner, con la cabeza destrozada… Como las ficicones d eun sueño, aquellos hechos giraban en su cerebro hasra que se fundieron en un crepúsculo gris mientras el sueño se apderaba compasivamente de su alma.
Desperto a un frío amanecer y al recuerdo de los horrores de la noche. La niebla de ararstraba en jirones por las copas de los pinos. Buckner le estaba sacudiendo.
 
– ¡Despierte! Ya es de día.
 
Griswell se puso en pie, frotandose los ojos. su rostro aparecía viejo y gris.
 
– Estoy dispuesto. Vamos arriba.
 
-¡Ya he estado allí! -dijo Buckner, con ojos llameantes-. No quise despertarle. Subí en cuanto amaneció. No encontré nada.
 
-Pero, las huellas de los pies descalzos…
 
-Han desaparecido.
 
– ¿Desaparecido?
 
– Sí, desaparecido. el polvo del rellano han sido revomido, desde el punto donde terminaban las huellas de los pasos de Barner; ha sido barrido hacia los rincones. Ahora no existe ninguna posivilidad de seguir las huellas de nadie. alguien barrio elpolvo mientras estábamos aquí sentados, y no oí ningún sonido. He recorrido toda la casa. No he visto absolutamente nada.
 
Griswell se estremeció al imaginarse a si mismo durmiendo solo en el porche mientras Buckner llevaba a cabo su exploración.
 
– ¿Que hacemos ahora? Aquellas huellas eran mi única posibilidad de demostrar la veracidad de mi historia.
 
-Llevremos el cadáver de Branner al Ayuntamiento del condado -respondió Buckner-. Yo explicare los hechos. Si las autoridades se enteran de la versión que usted puede darle, insistirán en acusarle de asesinato. Yo no creo que usted matara a Branner…, pero ningún fiscal de distrito, ningun juez ni ningún jurado creería lo que usted me ha contado, ni lo que nos sucedió anoche. Déjeme esta asunto a mi modo. No pienso detenerle a usted hasta que haya agotado todas las demás posibilidades. Cundo lleguemos a la ciudad, no diga nada de lo que ha ocurrido aquí. Yo me limitare a informar al fiscal del distrito que John Branner fue asesinado por una persona  o personas desconocidas, y que estoy trabajando en el caso.
¿Esta usted dispuesto a regresar conmigo esta casa y a pasar la noche aquí, en la habitación en la que usted y Branner durmieron anoche?
 
Griswell palideció, pero respondió con la misma obstinación con que sus antepasados habían expresado su decisión de palntar sus cabañas en las tierras de los pequots:
 
– Estoy dispuesto.
 
– Entonces, vamós; ayúdeme a trasladar el cadáver de Branner a su automovil.
 
Griswell se estremecio a la vista del ensangrentado rostro de su amigo a la luz grisácea del amanecer. La niebla extendía unos viscosos tentaculos arededor de sus pies mientras trasportaban su macabra carga a traves de la maleza.
 
 
CONTINUA…

PALOMOS DEL INFIERNO Part. I (DE 4)

 Bien, aca dejo otra historia de Robert E. Howard, hasta ahora no la habia encontrado en alguno de los libros publicados de Robert E Howard.. Esta historia (Pigeons from hell) fue publicada en 1938.
PALOMOS DEL INFIERNO.
 
I – EL SILBADOR EN LA OSCURIDAD
 
Griswell despertó repentinamente con todos los nervios vibrando por una premonición de inminente peligro. Miro a su alrededor con aire aturdido, incapaz al principio de recordar dónde estaba o que hacía allí. La luz de la luna se filtraba a través de las polvorientas ventanas, y la enorme estancia vacía con su altísimo techo y el negro boquete de su hogar resultaba espectral y desconocida. Luego, a medida que emergía de las telarañas de su reciente sueño, recordó dónde se encontraba y qué estaba haceindo allí. Volvió la cabeza y miro a su compañero, que dormía en el suelo, cerca de él. John Branner no era más que una alargada forma en la oscuridad que la luna apenas teñia de gris.
 
Griswell trató de recodar lo que le había despertado. En la casa no se oía ningún sonido; fuera, todo estaba igualmente silencioso: el sisei de la lechuza llegaba de muy lejos, del bosque de pinos. Finalmente, Griswell capturó el huidizo recuerdo. Lo que le había asustado hasta el punto de despertale era una pesadilla espantosa. El recuerdo fluyó ahora a raudales, reproduciendo como en un aguafuente la abominable visión.
Aunque, ¿había sido un sueño? Tenía que haberlo sido, desde luego, pero se había mezclado tan extrañamente con recientes acontecimientos reales que resultaba difícilnsaber dónde terminaba la realidad y dónde empezaba la fantasía.
En sueños, le había parecido revivir sus últimas horas de vigilia con todo detalle. El sueño habia empezado, bruscamente, cuando John Branner y él llegaban a la vista de la casa donde ahora se encontraban. Habían llegado por un camino vecinal lleno de baches que discurria entre los numerosos pinares -John Branner y él-, procedentes de Nueva Inglaterra, en viaje de vacaciones. Habían divisado la antigua casa con sus galerías cubiertas alzándose en medio de una jungla de arbustos y malas hierbas eb el momento en que el sol se ocultaba detrás de ella.
Estaban agotados, mareados por el traqueteo del automóvil sobre aquellos infames caminos. La antigua casa desierta excitó su imaginación con su aspecto de pasado esplendoroso y definitiva ruina. Dejaron el automóvil junto al camino, y mientras avanzaban a través de una maraña de maleza unos cuantos palomos se alzaron de las baluastradas de la casa y se alejaron con un leve batir de alas.
La puerta de madera de encima estaba abierta. Unas espesa capa de polvo cubría el suelo del amplio vestibulo y los peldaños de la escalera que conducía al piso superior. Cruzaron otra puerta que se abría al vestibulo y penetraron a una habitación vacía, grande, polvorienta, llena de telarañas. Las cenizas del hogar estaban cubiertas de polvo.
Dsicutieron la conveniencia de salir a buscar un poco de leña y encender fuego, pero decidieron no hacerlo. A medida que el sol se hundía en el horizonte, la oscuridad llegaba rápidamente, la oscuridad negra, absoluta, de los terrenos poblados de pinos. Los dos amigos sabían que en los bosques meridionales abundaban las culebras y las serpientes de cascabel, y no les sedujo la idea de salir a buscar leña a oscuras. Abrieon unas latas de concervas, cenaron frugalmente, luego se enrollaron en sus mantas delante del vacío hogar e inmediatamente se quedaron dormidos.
Esto, en parte, era lo que Griswell había soñado. vio de nuevo la maltrecha casa irguiéndose contra los arreboles de las puesta del sol; vio la bandada de palomos que emprendían el vuelo mientras Branner y él se acercaban a la casa. Vio la sombría habitación donde ahora se encontraban, y vio las dos formas que eran su compañero y él mismo, envueltos en sus mantas y tendidos en el polvoriento suelo. A partir de ese punto su sueño se modifico sutilmente, pasando de lo real a lo fantástico. Grisweel estaba asomado a una estancia sombria. iluminada por la grisácea luz de la luna que penetraba por algún lugar ignorado, ya que en aquella estancia no había ninguna ventana. Pero´por la grisácea claridad Grisweel vio tres formas silenciosas que colgaban suspendidas en hileras, y su inmovilidad desperto un helado terror en su alma. no se oía ningún sonido, ninguna palabra, pero Griswell intuía una presencia terrible agazapada en un oscuro rincon… Bruscamente volvió a encontrarse en la estancia polvoriente, de techo alto, delante del gran hogar.
Estaba tendido en el suelo, envuelto en sus mantas, mientras fijamente a través del sombrío vestíbulo, hacia un lugar bañado por un rayo de luna, en la escalera que ascendia al piso superior. Allí había algo, una forma inclinada, completamente inmóvil bajo el rayo de luna. Pero una sombra borrosa y amarillenta que podria haber sido un rostro estaba vuelta hacia él, como si alguien agachado en la escalera les estuviera contemplando. Un escalofrio recorrió todo su cuerpo, y en aquel momento se despertó…, si es que en realidad había estado durmiendo.
Parpadeó varias veces. El rayo de luna caía sobre la escalera, en el lugar exacto donde había soñado que lo hacía; pero Griswell no vio ninguna fugura acechante. Sin embargo, su cuerpo seguía temblando a causa del miedo que le había inspirado el sueño o la visión que acababa de tener; sus piernas estaban heladas, como si las hubiera sumergido en agua fría.
 
Griswell hizo un movimiento involuntario para despertar a su compañero, cuando un repentino sonido le dejo paralizado.
Era un silbido procedente del piso superior. Suave y fantasmal, iba subiendo de tono, sin desgranar ninguna melodia determinada. Aquel sonido, en una casa supuestamente desierta, resultaba bastante alarmente; pero lo que heló la sangre en las venas de Griswell fue algo más que el simple miedo a un invasor fisico. No habría podido definirse a sí mismo el terror que se apodero de él. Pero las mantas de Branner se dibujaban vagamente en la oscuridad, con la cabeza vuelta hacia la escaler, como si escuchara con mucha atención. El misterioso silbido aumentó todavía más en intensidad.
 
– ¡John! – susurro Griswell, con la boca seca.
 
Habría querido gritar…, decirle a Branner que arribahabía alguien, alguien cuya presencia podría resultar peligrosa para ellos; que tenían que marcharse inmediatamente de la casa. Pero la voz murió en su garganta.
Branner se había puesto de pie. Sus pasos resonaron en el vestibulo mientras lo cuzaba en dirección a la escalera. Empezo a subir los peldaños, una sombra más entre las sombras que le rodeaban.
Griswell continuó tendido, incapaz de moverse, en medio de un verdadero torbellino mental. ¿Quién estaba silbando arriba? vio a Branner pasar por el lugar iluminado por el rayo de luna, vio su cabeza extrañamente erguida, como si estuviera mirandi algo que  Griswell no podpia ver, encima y más allá de la escalera.¨Pero su rostro era tan inexpresivo como el de un sanámbulo. Cruzó la zona iluminada y desaparecio de la vista de Griswell, a pesar de que este último trató de gritarle que regresara.
Pero de su garganta sólo salió un ahogado susurro.
El silbido fue desvaneciendose hasta morir del todo. Griswell oyó crujir los peldaños bajo las botas de branner. Ahora había alcanzado el rellano superior, ya que Griswell oyó resonar sus pasos por encima de su cabeza. Repentinamente, los pasos se detuvieron, y la noche entera pareció contener la respiración. Luego, un espantoso grito rompió el silencio, y Griswell se incorporo, gritando a su vez.
La extraña parálisis que le impidio moverse había desaparecido. dio un paso hacia la escalera, y luego se detuvo. Volvían a resonar los pasos. Branner estaba de regreso. No corría. Andaba incluso con más lentitud que antes. Los peldaños de la escalera volvieron  a crujir. Una mano, que se movía a lo largo de la barandilla, quedó iluminada por el rayo de luna; luego la otra, y un escalofrio de terror recorrio el cuerpo de Griswell al ver que esta segunda mano empuñaba un hacha…, un hacha de la cual goteaba un liquido oscuro. ¿Era Branner el que estaba descendiendo la escalera?
¡Si! La figura había cruzado ahora el rayo de luna, y Griswell la reconocio. Luego vio el rostro de Branner, y una ahogada exclamacion broto de sus labios. El rostro de Branner estaba pálido, cadaverico; unas gotas de sangre se desprendian de él; sus ojos, vidirosos, tenían una fijeza obsesinante; y la sangre manaba tambien de la herida claramente visible en su cabeza.
 
Griswell no recordó nunca exactamente cómo consiguió salir de aquella maldita casa. Más tarde conservó un recuerdo confuso de haber saltado a través de una polvorienta ventana llena de telarañas, de haber corrido ciegamente a través de la maleza, aullando de terror. Vio la negra barrera de los pino, y la luna flotaba en una neblina roja como la sangre.
Al ver el automóvil aparcado junto al camino recobro parte de su cordura. En un mundo que había enloquecido de repente, aquél era un objeto que reflejaba una prosaica realidad; pero en el momento en que se disponia a abrir la portezuela, un espantoso chirrido resonó en sus oídos, y una forma ondulante avanzó la cabeza hacia él desde el asiento del conductor, mostrandouna lengua ahorquillada a la luz de la luna.
Con un aullido de terror, Griswell echo a correr hacia el camino, como corre un hombre en una pesadilla. Corria a ciegas. Su aturdido cerebro era incapaz de ningún pensamiento consciente, se lilitaba a obedecer al instinto primerio que le impulsaba a correr… correr…, correr hasta caer exhausto.
Las negras paredes de los pinos surgían interminablemnte a su lado, hasta el punto de que Griswell tenía la sensación de no moverse de sitio. Pero súbitamente un sonido penetró la niebla de su terror: el inexorable rumor de uns pasos que le seguían. Volviendo la cabeza, vio a alguien que avanzaba detrás de él…, lobo o perro, no habría podido decirlo, pero sus ojos ardían como bolas de fuego verde, Griswell aumento la velocidad de su carrera, dio la vuelta a una curva del camino y oyó relinchar a un caballo; vio la grupa del animal y oyó maldecir al jinete que lo montaba; vio un brillo azulado en la mano levantada del hombre.
Griswell se tambaleo y tuvo que agarrarse al estibo del jinete para no caer al suelo.
 
-¡Por el amor de Dios, ayúdeme!- jadeó – .¡La cosa! ¡Ha asesinado a Branner…, y me está persiguiendo! ¡Mire!
 
Dos bolas de fuego ardian entre los arbustos en la revuelta del camino. El jinete volvio a maldecir y disparo tres veces consecutivas. Las bolas de fuego se desvanecieron y el jinete, librando su estribo del agarron de Griswellhizo avanzar su caballo hacia la revuelta. Griswell dio unos pasos vacilantes, temblando como un azagado. El jinete desaparecio unos instantes de su vista; luego regresó al galope.
 
-Ha desaparecido -dijo- . Supongo que era un lobo, aunque nunca oí que persiguieran a un hombre. ¿Sabe usted lo que era?
 
 
Griswell se limito a sacudir débilmente la cabeza.
El jinete, recortandose contra la luz de la luna, le miraba desde lo alto, empuñando aún en su mano derecha el humeante revólver. era un hombre robusto, de mediana estatura, y su ancho sombrero y sus botas le señalaban como un nativo de la región tan claramente como el atuendo de Griswell revelaba en él al forastero.
 
-¿Qué es lo que ha sucedido? -pregunto el jinete.
 
-No lo sé -respondió Griswell-. Me llamo Griswell. John Branner, el amogo que viajaba conmigo, y yo nos detuvimos en la casa abandonada que hay al otro lado del camino para pasar allí la noche. Algo… -el recuerdo le hizo estremecrse de horror-.
¡Dios mío! -exclamó-. ¡Debo de estar loco! Alguien se asomó por encima de la barandilla de la escalera…, alguien que tenia el rostro amarillento. Creí que estaba soñando, pero tiene que haber sido real. Luego, alguien silbo en el piso de arriba, y Branner se levantó y subió como sonámbulo, o un hombre hipnotizado. Oí un grito; luego, Branner volvio a bajar con un hacha ensangrentada en la mano, y… ¡Dios mío! ¡Estaba muerto! Le habían abierto la cabeza. Vi sus sesos a través de la herida, y la sangre que manaba por ella, y su rostro era el de un cadáver. ¡Pero bajó la escalera! Pongo a Dios por testigo de que John Branner fue asesinado en aquel oscuro rellano, y de que su cadáver descendio luego la escalera con un hacha en la mano… ¡para asesinarme!
 
El jinete no hizo ningun comentario; permaneció sentado sobre su caballo como una estatua, recortandose contra las estrellas, y Griswell no pudo leer en su expresión, ya que su rostro estaba ensombrecido por el ala de su sombrero.
 
-Piensa usted que estoy loco -murmuro Griswell-. Tal vez lo esté.
 
-No se que pensar -respondio el jinete-. si no se tratara de la antigua casa de los Blassenville… Bueno, veremos. Me llamo Buckner. Soy el sheriff de este condado. Vengo de llevar a un negro al condado vecino y se me ha hecho un poco tarde.
 
Se apeó de su caballo y se quedó en pie junto a Griswell, más bajo que él pero mucho mas fornido. De su persona se desprendía un aire de decisión y de seguridad en sí mismo, y no resultaba difícil imaginar que sería un hombre peligroso en cualquier clase de lucha.
 
-¿Teme usted regresar a la casa? -pregunto.
 
Griswell se estremeció, pero sacudió la cabeza: revivía en él la obstinada tenacidad de sus antepasados puritanos.
 
-La idea de enfrentarme de nuevo con aquel horro me pone enferm -murmuró-. Pero, el pobre de Branner… Tenemos que encontrar su cadáver. ¡Dios mío! -exclamó, desalentado por el abismal horror de la cosa-. ¿Qué es lo que encontraremos? Si un hombre muerto anda…
 
-Veremos.
 
El sheriff ató las riendas alrededor de su brazo izquierdo y empezó a llenar los cilindros de su enorme revólver mientras andaban.
Cuando llegaron a la revuelta del camino, la sangre de Griswell estab helada ante el pensamiento de lo que podrían encontrar en el camino, pero sólo vieron la casa irguiéndose espectralmente entre los pinos.
 
-¡Dios mío! -susurro Griswell-. Parece mucho más siniestra ahora que cuando llegamos a ella y vimos aquellos palomos que volaban del porche…
 
-¿Palomos? -inquirió Bucker, dirigiéndole una rápida mirada-. ¿Vio usted a los palomos?
 
-Desde luego. Una bandada, que salio volando del porche.
 
Caminaron unos instantes en silencio, hasta que Bucker dijo con cierta brusquedad:
 
-He vivido en esta región desde que nací. He pasado por delante de la antigua casa de los Blassenville centenar de veces, a todas las horas del dia y la noche. Per nunca he visto un solo palomo, ni en la casa ni en los bosques de los alrededores.
 
-Había una verdadera bandada -repitió Griswell, sorprendido.
 
CONTINUARA…