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SOMBRAS ROJAS – ROBERT E. HOWARD – PART 3 DE 3

                                            V. EL FINAL DEL CAMINO.
Lianas y zarcillos golpeaban contra el rostro de Kane. El opresivo vapor de la noche tropical se alzaba como una bruma a su alrededor. La luna colgaba ahora alta sobre la jungla, perfilando las sombras negras con su blanco fulgor y trazando dibujos grotescos sobre el suelo de la selva. Kane no sabía si el fugitivo estaba ante él, pero ramas rotas y maleza pisoteada demostraba que algún hombre había recorrido ese camino, alguien que huía apresuradamente sen detenerse a seleccionar la senda. Kane siguió esas huellas sin vacilar. Creyendo en  la justicia de la venganza, no dudaba que la inescrutable fatalidad que rige los destinos humanos le encantaría finalmente con Le Loup. Tras él, los tambores atronaban y callaban. ¡Qué historia tenía para narrar esta noche! El triunfo de N’Longa, la muerte de Songa el Rey, el derrocamiento del hombre-con.ojos-como-un-leopardo, y un cuento más sombrio, un cuento para ser contado con bajas y sordas vibrasiones: el juju innombrable.
¿Soñaba? Kane se maravillaba mientras corría. ¿Era todo esto parte de un loco encantameinto? Había visto a un hombre muerto alzarse, matar y morir de nuevo; había visto a un hombre muerto volver a la vida. ¿Realmente había enviado N’Longa su espíritu, su alma, su esencia vital a través del vacio, apoderándose de un cuerpo para consumar su voluntad? Sí, N’Longa cayó allí en una muerte auténtica, atado a la estaca de tortura, y quien yacía muerto en el altar se alzó e hizo lo que N’Longa hubiera hecho de estar libre. Entonces, la invisible fuerza que animaba al hombre muerto decayó y N’Longa revivió.
Sí, pensó Kane, debía admitir esto como un hecho. En alguna parte de las oscuras inmensidades de la jungla y el rio, N’Longa había halaldo el Secreto… el Secreto de controlar la vida y la muerte, el de trascender las limitaciones y los grilletes de la carne. ¿Cómo esta escura sabiduría, nacida en las negras y ensangrentadas sombras de esta tierra temible, había sido entregada a l hechicero? ¿Qué sacrificio fue tan placentero a los Dioses Negros, que ritual tan monstruoso, como para darle acceso a este conocimiento de este conjuro? ¿Y qué ignotos, intemporales viajes había hecho N’Longa, cuando decidió enviar su ego, su espíritu, a través de lejos y brumosos países, sólo accesibles a los muertos? Esa es la sabiduría para alcanzar la sabiduría; la vieja sabiduría rehuye la luz; recordamos las viejas edades (susurraban los tambores), antes de que el hombre llegara a ser sabio y necio; recordamos los dioses bestia… los dioses serpiente y los dioses mono y los innombrables, los Dioses Negros, aquellos que beben sangre y cuyas voces braman a través de las colinas sombrías, los que festejan y se regocijan. Los secretos de la vida y la muerte son suyos, recordamos, recordamos (cantaban los tambores) Kane los oía mientras se apresuraba. Podía entender el mensaje que llevaban hasta los emplumados guerreros, río arriba; pero tambien le hablaban a él, cielo azul oscuro, iluminaba su camino y le daba una clara visión cuando penetró en un claro y descubrió a Le Loup parado allí. La hoja desnuda del Lobo era un largo fulgor de plata bajo la luna, mientras aguardaba con los hombros desafiantes y la vieja, retadora sonrisa todavía en su rostro.
– Un largo camino, Monsieur -dijo-. Comenzó en las montañas de Francia; acaba aquí, en una jungla de África. Por fin me he cansado del juego, Monsieur… y tú morirás. No habría huido nunca del poblado, pero esa… lo admito de buena gana… esa condenada hechicería de N’Longa me crispo los nervios. Además, vi que toda la tribu podría volverse contra mí.
Kane avanzó prudentemente, preguntándose qué débil y olvidada fibra de caballerosidad en el alma del bandido le había llevado aguardarle abiertamente. Medio sospechaba traición, pero sus agudos ojos no pudieron detectar trazas de movimviento en la jungla o en cualquier otra parte del claro.
– ¡Monsieur, en guardia! – la voz de Le Loup era decidida-. Tiempo es de acabar este loco baile alrededor del mundo. Aquí estamos solos.
Los hombres estaban ahora dentro del alcance del otro y Le Loup, en mitad de la frase, se lanzó repentinamente adelante con velocidad relampagueante, golpeando señudamente. Un hombre más lento hubiera muerto allí, pero Kane lo paró; su propia hoja trazó una linea plateada que rasgo la túnica de Le Loup y el Lobo retrocedió. Le Loup acepto el fracaso de su estratagema con una sonrisa salvaje y se adelanto con la velocidad arrolladora y la furia de un tigre, trazando con su hoja un blanco abanico de acero a su alrededor. Estoque cocho contra estoque mientras los dos espadachines luchaban. Eran fuego y hielo, opuestos. Le Loup luchaba salvaje pero hábilmente, sin dejar resquicios, sacando ventaja a cada oportunidad. Era una llama viviente, reculando, abalanzándose, fintando, lanzando estocadas, parando, golpeando… riendo como un salvaje, mofándose y maldiciendo.
La técnica de Kane era fría, calculadora, centellánte. No hacía movimientos suprefluos, ningún gesto que no fuera absolutamente necesario. Parecía dedicar más tiempo y esfuerzo a defenderse que Le Loup, aunque no había titubeos en su ataque y, cuando atacaba, su acero se movía con la velocidad de una serpiente al golpear. Había poca diferencia entre los hombres en cuestión de altura, fuerza y habilidad. le Loup era el más veloz por un escaso, relampagueante margen, pero el estilo de Kane denotaba  más un sutil grado de perfección. La esgrima de el Lobo era fiera, dinámica como la llamarada de un horno. Kane era más constante… menos al instinto, más el luchador cerebral, aunque él también fuera un matador nato, con la coordinación que sólo un luchador natural posee.
Estocada, parada, una finta, un repentino remolino de aceros…
– ¡Ja! – el Lobo lanzó un alarido de risa feroz cuando la sangre brotó de un tajo en la mejilla de Kane. Como si su visión le brindara una furia adicional, atacó como la fiera de la que tomaba su apodo. Kane se vio obligado a ceder ante era embestida sedienta de sangre, pero la expresión del Puritano no se alteró. Los minutos pasaban. El sonido y el choque de aceros no disminuía. Ahora se mantenía tenaz mente en el centro del claro. Le Loup intacto, las vestimentas de Kane enrojecidas con sangre que manaba de heridas en mejillas, pecho, brazo y muslo. El Lobo gesticulaba salvaje y burlescamente a la luz de la luna, pero había comenzado a dudar. Su aliento silbaba acelerado y su brazo comenzaba a cansarse; ¿quién era este hombre de hielo y acero que nunca parecía flaquear? Le Loup sabía que las heridas inflingidas a Kane no eran profundas, pero aún así el constante flujo de sangre debería haberle restado algo de fuerza y velocidad a ese tiempo. Pero si Kane sentía mengua de su poder no lo demostraba. su taciturno semblante no había cambiado de expresión, y acometía el combate con una furia helada, mayor aún que al principio. Le Loup sintió su poder marchitarse y con un postre esfuerzo desesperado lanzó toda su furia y fuerza en un ataque decisivo. Un súbito, repentino ataque demasiado salvaje y rápido para el ojo humano, una dinámica explosión de velocidad y furia que ningún hombre podría haber aguantado, y Solomon Kane se tambaleo por primera vez y sintió el frío acero desgarrando sus carnes. Reculo y Le Loup salto sobre él, con su enrojecida espada lista y una burla jadeante a flor de labios. La espada de Kane, blandida con la fuerza de la desesperación, encontró al Lobo a mitad del aire; alcanzó, detuvo y laceró. El grito triunfal del Lobo murió en sus labios y su espada cayo resonando de su mano.
Por un fugas instante se mantuvo inmóvil, los brazos en cruz, y Kane oyó su risa fiera y burlona repicar hasta el último momento, cuando el estoque del ingles trazo una línea plateada a la luz de la luna. Luego, llegaba el murmullo de los tambores. Mecánicamente. Kane limpió su espada sobre sus desgarrados ropajes. El camino finalizaba aquí, y Kane era consciente de un extraño sentimiento de fatalidad. Siempre sentía eso tras matar a un enemigo. De algún modo, parecía como si ningún bien real hubiera sido alcanzado; como si el enemigo hubiera, después de todo, escapado a su justa venganza.
Encogiendo los hombros, Kane volvió su atención a las necesidades corporales. Ahora que había pasado el ardor de la batalla, comenzaba a sentir cansancio y debilidad por la perdida de sangre. La última estocada había estado cerca; de no haber conseguido desviarla con un torsión del cuerpo, la hoja le habría traspasado. Aún así, el acero había golpeado oblicuamente, surcando a lo largo de sus costillas y hundiéndose en los músculos del omóplato, infligiendole una herida larga y superficial. Kane observo a su alrededor y vio un pequeño arroyo fluyendo en la parte más lejana del claro. Aquí tuvo el único error, de esta clase, que cometió en toda su vida. Quizás estaba aturdido por la perdida de sangre y todavía confundido por los turbulentos sucesos de la noche; como sea, depuso su estoque y cruzo desarmado hacia el arroyo. Allí enjugó sus herida y las vendó lo mejor que pudo, con tiras arrancadas de sus ropas.
Entonces se levanto y estaba a punto de volver sobre sus pasos cuando un movimiento entre los árboles, en el lado del claro por el que había penetrado, llamo su atención. Una monstruosa figura salió de la jungla y Kane vio, y reconoció, a su sentencia. El hombre era Gulka, el matador de gorilas. Kane recordó que no había visto al gigante entre aquellos que rindieron pleitesia a N’Longa. ¿Cómo podía conocer la habilidad y el odio ocultos tras ese cráneo sesgado, que habían llevado al salvaje luchador, huyendo de la venganza de sus compañeros de tribu a rastrear al único hombre que jamás hubiera temido? El Dios Negro había sido generoso con su acólito; le había entregado a su victima inerme y desarmada. Ahora Gulka podía matar abiertamente a este hombre… lentamente, como mata un leopardo, no abatiéndolo al acecho, silenciosa y repentinamente, tal como había planeado. Una ancha sonrisa hendió el rostro del gigante y se humedeció los labios. Kane aguardándole, sopesaba sus oportunidades fría y racionalmente. Gulka había ya observado el estoque. Estaba más cerca de él que de Kane. El ingles sabia que no tendría oportunidad de vencer en una repentina carrera por la espada.
Una lenta y fatal rabia broto de él… la furia del desamparo. La sangre se agito en sus sienes y sus ojos ardieron con una terrible luz mientras miraba al guerrero. Sus dedos se abrieron y cerraron como garras. Eran muy fuertes esas manos; los hombres habían muerto en sus brazos. Incluso el monstruoso pilar que formaba el cuello de Gulka podía romperse como una rama podrida entre ellas… una oleada de debilidad hizo patentes la futilidad de esos pensamientos, sin necesidad de reparar en la luz de la luna centellando sobre la lanza esgrimida por Gulka. Kane no podría haber huido de haberlo deseado… y él nunca había escapado de un solo enemigo. El matador de gorilas se aproximó a través del claro. Masivo, terrible, era la personificación de lo primitivo, la Edad de Piedra. Su altiva arrogancia del poder salvaje.
Kane se apresto para aquella lucha, que solo podía tener un final. Se esforzó en reunir sus fuerzas menguantes. En vano había perdido demasiada sangre. Al final, queda afrontar su muerte de pie y de algún modo enderezó sus rodillas combadas y se alzó, a pesar de su visión tremola en las olas inciertas y la luz lunar parecía tapizada por una niebla roja a través de la cual apenas podía vislumbrar al hombre que se aproximaba. Kane se detuvo, aunque el esfuerzo casi lo derribó del rostro; recogió agua con sus manos unidad y se salpico el rostro. Esto le reanimo y se enderezó, temiendo que Gulka le atacara aprovechando su debilidad, y le abatiera.
Gulka estaba ya en el centro del claro, desplazándose con lenta y facil zancada de un gran gato acosando a su victima. No se apresuraba a consumar su propósito. Buscaba jugar con su víctima, ver el temor aparecer en esos ojos temibles que le habían hecho bajar la mirada, aun cuando el dueño de ellos había estado amarrado al poste de la muerte. Deseaba matar, en fin, lentamente, saciando su tigresco deseo de sangre y tortura.
Entonces bruscamente se detuvo, volviendo rápidamente y encarando otro lado del claro. Kane, asombrado, siguió su mirada. al principio pareció como una sombra más negra entre las sombras de la jungla. No tenia movimiento, ni sonido, pero Kane supo instintivamente que algún terrible amenaza acechaba allí, en las oscuridades ocultas y entremezcladas bajo los silenciosos árboles. Un hosco horror se agazapaba allí, y Kane sintió como si, desde esa sombra monstruosa, ojos inhumanos laceraran su alma. Sin embargo, simultaneamente, tuvo la fantástica sensación de que esos ojos no estaban dirigidos a él. Miro al matador de gorilas.
El gigante parecía haberle olvidado; permanecía medio agazapado, lanza en alto, con los ojos clavados en esa masa de negrura. Kane observo de nuevo. Ahora, las sombras se movieron; se mezclaron fantásticamente y penetraron en el claro, tal como Gulka había hecho. Kane parpadeo; ¿era esta la ilusión que antecede a la muerte? La figura que descubrió era como las que había vislumbrado confusamente en turbias pesadillas, cuando las alas del sueño se devolvían a través de las edades perdida. Al principio pensó que era algún blasfemo remedo de ser humano puesto que iba erecto y era tan alto como un hombre de gran estatura. Pero era inhumanamente ancho y fornido, y sus inmensos brazos colgaban junto a los deformes pies. Entonces la luz lunar cayó de lleno sobre su rostro bestial y la mente aturdida de Kane pensó que aquella cosa era el Dios Negro surgiendo de las sombras, animado y sediento de sangre. Entonces vio que estaba cubierto de pelo y recordó la cosa humanoide bambolenadose del poste en el poblado nativo. Miro a Gulka. El guerrero encaraba al gorila, lanza en ristre. No temía, pero su torpe cerebro se asombraba del milagro que había llevado a la bestia tan lejos de su jungla nativa. El poderoso mono se mostró a la luz de la luna y había una terrible majestad en sus movimientos. Estaba más cerca de Kane que Gulka, pero no pareció reparar en el puritano. Sus pequeños y ardientes ojos estaban clavados en el gigantesco nativo con terrible intensidad. Avanzó con un curioso paso bamboleante.
Lejos, susurraban los tambores a través de la noche, como un acompañamiento a este terrible drama de la Edad de Piedra. El salvaje agazapado en la mitad del claro y el primate surgido de la jungla con ojos enrojecidos y sedientos de sangre. El guerrero estaba cara a cara con un ser más primitivo que él. De nuevo los fantasmas de la memoria susurraron a Kane: has visto estos sucesos antes (murmuraron), antes en las edades oscuras, en los días del amanecer, cuando las bestias y los hombre-bestias combatían por la supremacía.
Gulka contoneó al mono en un semicírculo, agazapado, lanza lista. Con toda su habilidad trataba de engañar al gorila para darle una súbita muerte, porque nunca antes encontró un monstruo como este y aunque no temía había comenzado a dudar, El mono no hizo tentativa de acechar o rodear; se dirigía directamente a Gulka.
El poderoso guerrero que lo enfrentaba y el ingles que lo observaba no podían conocer el amor animal, el odio animal que había guiado al monstruo desde las bajas y selváticas colinas del norte en pos del rastro de quien era el azote de su estirpe… el matador de su compañera, cuyo cuerpo pendía ahora del palo en el poblado indígena. El fin llegó rápidamente, con un movimiento repentino. Esta cerca, ahora, bestia y hombre-bestia; y bruscamente con un bramido que sacudió la tierra el gorila embistió. Un gran brazo peludo apartó la lanza blandida y el mono se traba con el guerrero. Hubo un sonido de fractura, como de muchas ramas quebrándose simultáneamente, y Gulka cayó silenciosamente a tierra, yaciendo con brazos, piernas y cuerpo en extrañas y antinaturales posturas. El mono se cernió un instante sobre él como una efingie de triunfo primordial.
Lejos Kane escucho el murmullo de los tambores. El alma de la jungla, el alma de la jungla: esta frase se agito en su mente con reiteración monótona.
Los tres que habían gozado de poder ante el Dios Negro. ¿Dónde estaban? Atrás, en el poblado, donde los tambores sonaban, yacía Songa… El Rey Songa, antes señor de la vida y la muerte, ahora un cuerpo marchito con el rostro congelado en una máscara de horror. Tendido sus espaldas, en mitad del claro, yacía aquel a quien Kane había seguido muchas leguas por tierra y mar. Y Gulka, el matador de gorilas, caído a los pies de su vencedor, destrozado por el mismo salvajismo que hiciera de él un verdadero hijo de esta tierra espantosa y que al final le había arrollado.
Aún así, el Dios Negro todavía reinaba, pensó Kane, acuclillado en las sombras de su oscuro pais, bestial, sediento de sangre, descuidado de quien vivía o moría, atento solo a libar. Kane observo al poderoso mono, asombrado de que le gigantesco simio tardara tanto en advertir su presencia y atacar. Pero el gorila no dio señas de haberlo visto aún. Impulsado por algún difuso instinto de venganza aún insatisfecho, se inclino y alzó al guerrero. Luego se volvió hacia la jungla con  los miembros de Gulka arrastrando inerte y grotescamente. Cuando alcanzó los árboles, el mono se detuvo y lanzo el cadáver entre las ramas. Hubo un sonido de desgarramiento cuando una rama rota y saliente atravesó el cuerpo lanzado contra ella, y el muerto matador de gorilas se bamboleo ahí de una forma horrible.
Por un momento, la clara luna baño al gran gorila con su resplandor, mientras permanecía observando silenciosamente a su victima; luego, como una sombra oscura, se fundió en la jungla.
Kane volvió lentamente al centro del claro y recogió su estoque. La sangre había cesado de manar de sus heridas y algo de su fuerza retornaba, lo suficiente para permitirle alcanzar la costa, donde el buque le aguardaba. Se detuvo al borde del claro para echar un último vistazo al rostro vuelto hacia arriba de Le Loup, una forma inmóvil, blanco bajo la luz de la luna; y a la sombre oscura entre los árboles que era Gulka, arrojado allí por algún capricho bestial, colgado como la hembra gorila colgaba en el poblado.
Lejos, susurraban los tambores: ” la sabiduría de nuestra tierra es antigua; la sabiduría de nuestra tierra es oscura; a quienes servimos destruimos. Huye si quieres vivir, pero nunca olvides nuestro canto. Nunca, nunca”, cantaban los tambores.
Kane volvió al camino que llevaba hasta la playa y al buque que esperaba allí.
Robert E. Howard.
Red Shadows.
Weird Tales, Agosto, 1928.

SOMBRAS ROJAS – ROBERT E. HOWARD – PART 2 DE 3

                                 III. EL CANTO DE LOS TAMBORES.
A través de las oscuras aguas llegó el rumor ¡boom, boom, boom!.. una sombría reiteración. Lejos y más débilmente sonaba otro rumor de timbres diferentes: ¡Trum, Trum, Trum!. Adelante y atrás iban las vibraciones, como si los palpitantes tambores hablaran uno con el otro. ¿Qué historias llevaban? ¿Qué monstruosos secretos susurraban entre las hoscas, y sombrías extenciones de la jungla sin cartografias?
– ¿Esta, seguro, es la bahía donde el barco español le desembarco?
– Sí, señor: el negro jura que ésta es la bahía donde el hombre blanco abandono el barco y se interno en la jungla.
Kane asintió con la cabeza sombríamente.
– Entonces, desembárcame aquí, solo. Espera siete días, pasados los cuales, si no he vuelto ni has tenido noticias mías, serás libre de navegar donde desees.
– Sí, señor.
Las olas golpearon perezosamente contra los costados del bote que llevaba a Kane hasta la orilla de la bahía, oculto por la jungla de la vista del barco. Kane había adoptado lo que parecía la táctica más azarosa, desembarcando de noche sabiendo que el hombre que buscaba en la aldea, nunca le alcanzaría de día. Por eso, había elegido un método más desesperado, aventurándose en la jungla nocturna, pero toda su vida había corrido albures desesperados. Ahora, se jugaba la vida con la débil esperanza de alcanzar la aldea indígena al amparo de la oscuridad, y sin ser descubierto por los nativos. En la playa abandono el bote murmurando algunas ordenes y cuando los remeros retrocedieron hacia el barco que permanecía anclado a alguna distancia, en la bahía, se volvió internándose en la negrura de la jungla. Espada en una mano, daga en la otra, se deslizó hacia delante tratando de orientarse en la dirección desde donde los tambores murmuraban y gruñían. Avanzando con los movimientos fáciles y furtivos de un leopardo, haciendo camino cautelosa mente, cada nervio alerta y en tensión, pero la travesía no fue fácil. Lianas le estorbaban y golpeaban su rostro entorpeciendo su avance; se vio obligado a palpar su camino entre los gigantescos troncos de los árboles inmensos y en la maleza circundante sonaban vagos y amenazadores crujidos, y se insinuaban movimientos. Tres veces su pie toco algo que se removió bajo él y se retorció alejándose, y una vez atisbo el funesto resplandor de los ojos de un felino entre los árboles. Estos se desvanecieron, no obstante, cuando avanzó.
Trum, trum, trum llegaba el incesante retumbo de los tambores: guerra y muerte (decían); sangre y codicia; ¡sacrificio humano y humano festejo! El alma de África (decían los tambores); el espíritu de la jungla; el canto de los dioses de la oscuridad exterior, dioses que braman y farfullan, los que los hombres conocieron en el albor de los tiempos, con ojos bestiales, bocas cavernosas, panzas prominentes, manos ensangrentadas, los Dioses Negros (cantaban los tambores).
Todo esto y más rugían y bramaban los tambores a Kane mientras éste se abría camino a través del bosque. En algún lugar de su alma una cuerda sensible era pulsada y respondía. También tú perteneces a la noche (cantaban los tambores); ésta es la fuerza de la oscuridad, la fuerza de lo primitivo en ti; retrocede atrás en las edades; permitenos enseñarte, permitenos enseñarte (cantaban los tambores).
Kane abandono la selva cerrada y alcanzó un camino claramente perfilado. Más allá, entre los árboles, se flitraba el resplandor de los fuegos del poblado, llamas fulgurando entre las estacas. Kene recorrió rápidamente el sendero. Fue silencioso y prudente, la espada extendida hacia delante, los ojos esforzándose en captar cualquier atisbo de movimiento en la oscuridad frente a él, en los árboles agazapados a ambos lados como hoscos gigantes; en ocasiones, las grandes ramas se entrelazaban sobre el camino y sólo podría discernir un corto trecho ante el. Como un fantasma oscuro recorrió la senda en tinieblas, ojos y oídos alertas; pero ningún indicio le aviso cuando una silueta grande e indefinida brotó de las sombras y le abatió, en completo silencio.
                                IV EL DIOS NEGRO.
¡Trum, trum, trum! En alguna parte, con enloquecedora monotonía, una cadencia se repetía, una y otra vez, repitiendo el mismo son: “Loco… loco… ¡loco!”. Ora estaba lejos, ora podía extender sus brazos y casi tocarla. Ahora se fundía con el latido en su cabeza hasta que los dos vibraciones eran una: “Loco… loco… loco…”.
Las nieblas menguaron y desaparecieron. Kane trató de llevarse su mano a la cabeza, pero descubrió que estaba atado de pies y manos. Yacía sobre el suelo de una choza… ¿sólo? Se contorsiono para reconocer el lugar. No, dos ojos le escrutaban desde la oscuridad. Una silueta tomo forma y Kane, todavía confundido, creyó estar viendo al hombre que le había derribado inconciente. Pero no; este hombre nunca hubiera podido abatirlo de un golpe. Era magro, marchito y arrugado. Lo único que parecía vivo en él eran esos ojos, parecidos a los de una serpiente. El hombre se acuchillo en el suelo de la choza, cerca de la entrada, desnudo a excepción de un taparrabos y la usual parafernalia de brazaletes y tobilleras y ajorcas. Extraños fetiches de marfil, hueso y cuero, humano y animal, adornaban sus brazos y piernas. Repentina e inesperadamente habló en ingles.
– Ja. ¿Tú despierto? ¿Por qué venir aquí, eh?
Kane hizo la inevitable pregunta.
– Tú hablas mi idioma… ¿Cómo es posible?
El nativo sonrió.
– Yo esclavo… hace mucho, cuando joven. Yo, N’Longa, hombre juju, gran hechicero. ¡Nadie como yo! ¿Tú… tú buscas a hermano?
Kane refunfuñó.
– ¡Yo! ¡Hermano! Busco a un hombre, sí.
El nativo asintió.
– quizás tu encontrar. ¿Eh?
– ¡Morirá!
Nuevamente el nativo sonrió.
– Yo poderoso hombre juju -dijo a propósito de nada; se inclino aproximándose-. El hombre blanco que cazas, ojos como de leopardo ¿eh? ¿sí? ¡Ja,ja,ja,ja! Escucha: Hombre-con-ojos-de-leopardo, él y Jefe Songa hacer poderoso pacto; ahora hermanos de sangre. Di nada, yo ayudarte; tu ayudarme, ¿eh?
– ¿Por qué querrías ayudarme? – pregunto suspicazmente Kane.
El hombre juju se aproximo y susurro.
– Hombre blanco ser mano derecha de Songa; Songa más poderoso que N’Longa. ¡Hombre blanco poderoso juju! Hermano blanco de N’Longa matar hombre -con-ojos-de-leopardo, ser hermano de sangre de N’Longa. N’Longa ser más poderoso que Songa; hagamos pacto.
Y como un fantasma oscuro se deslizó fuera de la choza, tan rápido que Kane no estuvo seguro de que todo el asunto no hubiera sido un sueño. Fuera, Kane pudo ver el resplandor de los fuegos. Los tambores todavía retumbaban, pero tan cerca que los tonos se fundían y mezclaban, sin razón, aunque subsistía un sub tono de burla allí, salvaje y regocijado.
– Embustes -reflexiono Kane, su mente todavía flotaba – la jungla miente como una mujer silvestre que atrae a un hombre a su perdición.
Dos guerreros invadieron la estancia… gigantes salvajes, grotescamente pintarrajeados y armados con rusticas lanzas. Levantaron al inglés y le sacaron de la choza. Le trasportaron a través de un espacio abierto, apoyándolo contra un poste y amarrándolo a el. A su alrededor, atrás y a los lados, un gran semicírculo de rostros oscuros le sonreía maliciosamente y se desvanecía al resplandor del fuego, al compás del subir y bajar de las llamas. Enfrente se levantaba una figura odiosa y obsena… un ser negro y deforme, una parodia grotesca de humanidad. Inmóvil, meditabundo, manchado de sangre, como el informe espiritual de África, el horror, El Dios Negro.
Y enfrente y a cada lado, sobre rústicamente tallados tronos de teca, se sentaban dos hombres. El aposentado sobre el principal era un nativo: enorme, desgarbado, una masa gigantesca y fea de carne y musculo. Pequeños ojos porcinos parpadeaban sobre mejillas marcadas por el abuso; sus inmensos y flasidos labios rojos se fruncían con marcada arrogancia. El otro…
– Ah, Monsieur, volvemos a encontrarnos -quien hablaba estaba lejos de ser el gallardo villano que se había mofado de Kane en la cueva de la montaña. sus ropas estaban ajadas y tenia mas surcos en su rostro; había envejecido más tiempo del trascurrido. Aún así, sus ojos todavía resplandecían y bailaban con vieja temeridad, y su voz conservaba el mismo tono burlón.
– La última vez que oí esa voz execrable -dijo serena mente Kane- fue en una cueva, en la oscuridad, desde donde huiste como una rata acosada.
– Así fue, en diferentes circustancias -respodió imperturbablemente Le Loup-. ¿Qué hiciste tras andar tropezando como un elefante en la oscuridad?
Kane dudo. Después:
– Deje la montaña…
– ¿Por la entrada frontal? ¿Sí? Debí haber sabido que eras demasiado estúpido para encontrar la puerta secreta. Pezuña del Diablo, haber empujado el cofre con el cerrojo dorado que estaba contra la pared, la puerta se habría abierto para ti, revelando el pasaje secreto a través del que me marche.
– Te rastreé hasta el puerto más próximo y allí tome barco y te seguí a Italia, donde encontré que te habías marchado – dijo Kane.
– Cierto, por los santos, estuviste a punto de acorralarme en Florensia. ¡Jo, jo, jo,! Yo estaba trepando a través de una ventana trasera mientras Monsieur Gallahad derribaba la puerta frontal de la taberna. Y de no haber estado tu caballo cojo podrías haberme dado alcanse en el camino de Roma. De nuevo, el barco en el que deje España acababa de hacerse a la mar cuando Monsieur Gallahad se presentó en los muelles. ¿Por qué me has seguido así? No lo entiendo.
– Por que eres un rufián a quien mi destino es matar – respondió fríamente Kane. No lo entendía. Toda su vida había vagabundeado por el mundo ayudando al débil y combatiendo la opresión; nunca se había cuestionado por que. Era una obsesión, la fuerza conductora de su vida. La crueldad y la tiranía al débíl provocaba una llamarada roja de furia, fiera y duradera, en su alma. Cuando el fuego de su odio se despertaba y desencadenaba, no descansaba hasta consumar su venganza. Si reflexionaba sobre todo esto, se consideraba a si mismo como el ejecutor de la voluntad de Dios, un cántaro de ira destinada a verterse sobre las almas de los inocuos. En el pleno sentido de la palabra, Solomon Kane no era completamente un puritano, aún cuando se consideraba a si mismo de esa manera.
Le Loup encogió sus hombros.
– Puedo entender que me he equivocado al catalogarlo. ¡Mon Dieu! Yo también podría seguir a un enemigo alrededor del mundo, pero, aunque podría haberte matado alegremente y robado, nunca oí de ti hasta que me declaraste la guerra.
Kane guardo silencio, agobiado por una sorda furia. Aunque él no lo reconocía, consideraba al Lobo más que un simple enemigo; el bandido simboliza para Kane todo aquello que el Puritano había combatido toda su vida: crueldad, ultraje, opresión y tiranía.
– ¿Qué hiciste con el tesoro, el que… ¡Dioses del Hades!… me llevó años acumular? El Diablo lo lleve, tan sólo tuve tiempo de arrebatar un puñado de monedas y baratijas cuando escapé.
– Tome cuanto necesitaba para seguirte. El resto lo entregué a los aldeanos que tu habías expoliado.
– ¡Por los santos y el diablo! – juro Le Loup-. Monsieur, eres el mayor loco que me haya jamas encontrado. Arrojar ese enorme tesoro en manos de esos campesinos, ¡viles aldeanos! Además ¡Jo, jo, jo! ¿No se robaran y mataran unos a otros por el? Por que tal es la naturaleza humana.
– ¡Si, maldito seas! -estallo repentinamente Kane, mostrando que su conciencia no estaba del todo tranquila-. Sin duda lo harán, esos necios. ¿Pero que otra cosa podía hacer? De haberlo dejado allí, la gente podría haber muerto de inanición y desamparo por falta de el. Además, podía haber sido encontrado y hubiera habido robo y matanza de todos modos. Tú eres el culpable, pues si este tesoro hubiera dejado con sus legítimos dueños ningún problema se hubiera presentado.
El Lobo gesticulo sin responder. Kane no era un hombre profano, sus escasas maldiciones tenían un doble efecto y siempre sobresaltaban a sus oyentes, no importaba cual viciosos o endurecidos pudieran ser.
Fue Kane quien habló nuevamente.
– ¿Por qué has huido de mi por el mundo? No me temes realmente.
– No, estas en lo cierto. Realmente no lo se; quizás huir es un hábito difícil de romper. Cometí mi error cuando no te mate aquella noche en las montañas. Estoy seguro de poder matarte en una lucha limpia, aun así nunca trate antes de ahora de emboscarte. De algún modo no he tenido intención de encontrarte, Monsieur… un capricho, un simple capricho. Entonces… ¡Mon Dieu!… quizás he gozado de una nueva emoción… y he descubierto que estoy cansado de las emociones de la vida. Un hombre puede a la vez ser cazador y presa. Incluso ahora, Monsieur, soy la presa, pero comienzo a estar cansado de ese papel… he pensado en quitarte de mi camino.
– Un esclavo, traído de esta vecindad, habló al capitán de un buque portugués sobre un inglés que desembarco de un buque español para internarse en la jungla. Escuche eso y fleté el barco, pagando al capitán para traerme aquí.
– Monsieur, admiro tu intento, pero tú debes admirarme a mi también. Llegue solo a este poblado y solo entre salvajes y caníbales yo… con un ligero conocimiento del lenguaje, aprendido de un esclavo a bordo del barco… me gane la confidencia del rey Songa y suplante a ese mascarón, N’Longa. soy más valiente que tu, Monsieur, pues carecía de barco donde refugiarme mientras que uno te espera a ti.
– Reconosco tu coraje – dijo Kane-. Pero te contentas con gobernar entre caníbales… tú, el más vil de todos. Yo tratare de volver a mi propio pueblo cuando haya dado muerte.
– Tu confianza es admirable, aunque no es divertida. ¡Gulka, aquí!
Un salvaje gigante entró en el espacio entre ellos. Era el hombre más enorme que Kane hubiera visto jamás. Aunque se movía con la facilidad y flexibilidad de un gato. Sus brazos y piernas eran como árboles, y los grandes y sinuosos músculos se combaban a cada movimiento. Su cabeza simiesca estaba encajada entre inmensos hombros. Sus grandes y oscuras manos eran como las zarpas de un simio y su entresejo se sesgaba atrás sobre ojos bestiales. Nariz chata, y gruesos labios rojos completaban esta pintura del salvajismo primitivo y pasional.
– Este es Gulka, el matador de gorilas -dijo Le Loup-. Fue él quien guardaba la senda y quien te derribo. Eres como un lobo, Monsieur, pero desde que tu buque apareció a la vista has sido observado por multitud de ojos y, aun habiendo tenido las facultades de un leopardo, no habrías visto ni oído a Gulka. Él caza la más terrible y astuta de las bestias en sus espesuras nativas, lejos hacia el norte, la bestia-que-anda-como-un-hombre… como sea, que mate hace algunos días.
Kane siguiendo el dedo de Le Loup, descubrió un curioso y humanoide colgado de un poste en el techo de una cabaña. Un extremo afilado atravesaba el cuerpo del ser, sujetándolo. Kane pudo apenas distinguir sus caracteristicas al resplandor del fuego, pero aquel ser deforme y peludo tenía un terrible parentesco con la humanidad.
– Un gorila hembra que Gulka mató y trajo al poblado -dijo Le Loup-.
El gigante se acerco a Kane y escudriño en los ojos del inglés. Kane devolvió la mirada con gesto sombrío y, los ojos del salvaje cedieron hoscamente y retrocedió unos pasos. Escrutar los terribles ojos del puritano había hendido las brumas primitivas del alma del cazador de gorilas y, por primera vez en su vida temió. Para resarcirse, lanzó una mirada desafiante alrededor; luego, con súbita brutalidad, aporreó su pecho bestial, bramo y tenso sus brazos hercúleos. Nadie hablo. Imperaba la brutalidad primordial y los tipos más evolucionados le observaron con diversos sentimientos de diversión, tolerancia o desprecio.
Gulka miro furtivamente a Kane para cerciorarse de que el inglés lo observaba y con un rugido bestial se abalanzo, arrebatando a un hombre del semi circulo. Mientras la aterrada víctima suplicaba piedad, el gigante lo arrojo sobre el tosco altar ante el tenebroso ídolo. Una lanza se alzo y golpeó y los chillidos cesaron. El Dios Negro observaba, sus monstruosas facciones parecían sonreír en el saltarín resplandor del fuego. Había libado; era el Dios Negro complacido con el incidente… ¿con el sacrificio?
Gulka reculo y se detuvo frente a Kane, blandiendo su lanza ensangrentada ante el rostro del hombre blanco. Le Loup rió. entonces, bruscamente, apareció N’Longa. Llegó desde ninguna parte en particular; repentinamente estuvo allí, cerca del poste donde Kane estaba amarrado. Una vida entra de estudio del arte del ilusionismo habían dado al hombre juju un gran conocimiento técnico sobre apariciones y desapariciones… que, después de todo, consistía solo en distraer la atención de la audiencia. Gesticulando junto a Gulka con grandes aspavientos y el hombre-gorila retrocedió, rehuyendo evidentemente la mirada de N’Longa… entonces, con increíble ligereza, se volvió y propino al hombre juju un terrorífico bofetón. N’Longa cayó como un buey derribado y al instante había sido apresado y amarrado a un poste junto a Kane. Un murmullo inseguro brotó de los tribeños, muriendo cuando el rey Songa miró furioso hacia ellos.
Le Loup se recosto sobre su trono y rió estrepitosamente.
– He aquí el final del camino, Monsieur Gallahad. ¡Este viejo loco pensó que ignoraba su complot! Yo estaba oculto en el exterior de la choza y escuche la interesante conversación que tuvieron. ¡Ja, ja, ja, ja! El Dios Negro debe libar, Monsieur, pero he persuadido al rey Songa para quemarlos a ustedes dos; será mucho más divertido, aunque nos salgamos de la celebración usual, me temo. Cuando los uegos laman su piel ni el propio diablo podrá impedir que se conviertan en chamuscados armazones de huesos.
Songa gritó algo imperiosamente y llegaron tribeños portando leña, que apilaron a los pies de N’Longa y Kane. El hombre juju había recobrado el conocimiento y ahora vociferaba algo en su lenguaje nativo. De nuevo renació el murmullo entre la ensombrecida multitud. Songa gruño algo como réplica. Kane observo la escena como algo impersonal. De nuevo, en algún lugar de su alma, las difusas profundidades primordiales se conmocionaban, memorias concebidas en viejas edades, veladas por la bruma de los eones pasados. Eso había sucedido antes, pensó Kane; conocía todo esto de antes… las fantásticas llamas rechazando las noches oscuras, los rostros bestiales acechando expectantes, y el Dios Negro, ¡agazapado en las sombras! Siempre el Dios Negro agazapado en las sombras. Había conocido los gritos, los frenéticos cánticos de los devotos, el discurso de los rugíentes tambores, los sacerdotes salmodiantes, el repelente, el condenado, el pegajoso perfume de la sangre recién derramada. He conocido todo esto, en algún sitio, en algún momento, pensó Kane; ahora soy el actor principal…
Comenzó a entender que alguien le hablaba a través del bramido de los tambores; no se había percatado que los tambores habían reiniciado a sonar. Quien hablaba era N’Longa.
– ¡Yo poderoso hombre juju! Atiende ahora; yo hacer magia poderosa. ¡Songa! -su voz se alzo en un grito que ahogo el clamor salvaje de los tambores-.
Songa sonrió ante las palabras N’Longa le gritaba. El canto de los tambores habían caído hasta un bajo, siniestro monótono y Kane pudo oír sin problema a Le Loup cuando este hablo.
– N’Longa dice que hará ahora tal magia que significa incluso la muerte hablar de ella. Nunca antes ha sido realizada ante los ojos de hombres vivientes; es la prohibida magia jujju. Presta atención, Monsieur; quizás nos divirtamos más aún -el Lobo rió despectivamente y sardonicamente-.
Un salvaje se detuvo, aplicando una antorcha a la madera a los pies de Kane. Pequeños conatos de llamas comenzaron a saltar y prendieron. Otro procedió a hacer lo mismo con N’Longa, aunque más titubeante. El hombre juju se desplomo en su ligaduras; su cabeza cayó sobre su pecho. Parecía muerto.
Le Loup brincó hacia delante, maldiciendo.
– ¡Pies del Diablo! ¿Acaso nos robara este bellaco el placer de verle debatirse entre las llamas?
El guerrero tocó cautelosamente al hechicero y dijo algo en su propia lenguaje. Le Loup rió.
– Ha muerto de miedo. Un gran mago, por el…
Su voz se apago bruscamente. Los tambores se detuvieron como si los tamborileros hubieran caído simultaneamente muertos. El silencio cubrió como una losa sobre el poblado y, en él, Kane escucho el agudo crepitar de las llamas cuyo calor comenzaba a padecer. Todos los ojos se habían vuelto hacia el hombre muerto sobre el altar, ¡porque el cuerpo había comenzado a moverse! Primero fue el tirón de una mano, luego el gesto desmañado de un brazo, un movimiento que gradualmente se extendió al cuerpo y las extremidades. Lenta, ciegamente, con gestos inciertos, el hombre muerto se volvió sobre su costado y los reptantes miembros encontraron la tierra. Entonces, tan horrible como algo recien parido, como algún horroroso ente reptilinio rompiendo el cascaron de la no existencia, el cuerpo se tambaleo y acabo por enderezarse, teniéndose en pie sobre piernas muy apartadas y rígidamente tensas, braceando con inútiles e infantiles movimientos. Reinaba un completo silencio, salvo el rápido jadeo de alguien, atronando en aquella quietud. Kane observó, aturdido y sin habla por primera vez en su vida. Para su mente puritana aquello era una manifestación de la mano de Satanás.
Le Loup permanecía en su trono con los ojos desorbitados y clavados, la mano todavía alzada en un descuidado gesto a medio esbozar, congelado por temor de la increíble visión. Songa estaba sentado junto a él, boca y ojos completamente abiertos, los dedos haciendo curiosos movimientos espasmódicos sobre los tallados brazos del trono. ahora el cuerpo se había enderezado, bamboleándose sobre piernas como zancos, el cuerpo ladeado atrás hasta que los ojos ciegos parecieron mirar directamente en la luna roja que surgía sobre la jungla negra. La cosa se tambaleó inciertamente en el ancho y errático semicírculo, con los brazos extendidos como grotescos contrapesos, luego se giro cara a los dos tronos… y al Dios Negro.
– ¡Ah-h-h! -de algún lugar llegó el explosivo suspiro, desde el ensombrecido semicírculo donde se acuclillaban los adoradores fascinados por el terror. Paralizados, observaban al sombrío espectro. Ahora estaba a unos tres pasos de los tronos, y Le Loup, mudo de terror por primera vez en su sangrienta vida, se encogió en su asiento; mientras Songa, con un esfuerzo sobrehumano, quebrando las cadenas del horror que le tenían desamparado, rompió la noche con un grito salvaje y, saltando sobre sus pies, alzo su lanza, chillando y maldiciendo en salvaje amenaza. Entonces, como la cadavérica cosa no detenía su espantoso avance, arrojó su lanza con todo el poder de sus músculos y el arma atravesó el pecho del hombre muerto desgarrando carne y hueso. Ni un instante se detuvo el ser… puesto que un muerto no puede morir… Y Songa el rey quedo congelado, los brazos tendidos como tratando de defenderse del terror. Un instante permanecieron así, la luz del fuego saltando y la espectral luz lunar grabando la escena en la mente de los espectadores. Los ojos inmóviles del cadáver se clavaron en los desorbitados de Songa, donde se reflejaban todos los infiernos del horror. Entonces, con un movimiento espasmódicos, los brazos del ser se alzaron. las manos muertas cayeron sobre los hombros de Songa. Al primer toque, el rey pareció encogerse y marchitarse, y, con un grito que perduró en los sueños de quienes miraban durante le resto de sus vidas, Songa se hundió y se desplomo, y el hombre muerto se tambaleó rígidamente y cayó con él. Ambos yacieron inmóviles a los pies del Dios Negro y, para la aturdida mente de Kane fue como si los grandes e inhumanos ojos del ídolo estuvieran fijos sobre ellos con una risa terrible y silenciosa. Al caer el rey, un gran vocerío se alzó entre los nativos y Kane, despejándose gracias a las profundidades del odio, miro hacia Le Loup y le vio saltar de su trono para desparecer en la oscuridad. Entonces, su visión fue enturbiada por el tropel de figuras que irrumpió en el espacio ante el dios. Pies esparcieron las ardientes llamas bajo cuyo calor Kane hallaba desfallecido y ágiles manos lo liberaron; otros desataron el cuerpo del hechicero le depositaron en tierra.
Kane entendió débilmente que los tribeños creían que al ser producto de N’Longa y que le relacionaban a él mismo con la venganza del mago. Se inclino, poniendo una mano sobre el hombro del hombre juju. Songa había muerto también y el ser que le había dado muerte yacía inmóvil. Kane comenzó a levantarse, entonces se detuvo. ¿Soñaba o realmente había sentido un repentino calor en la carne muerta? Con la mente tambaleándose, volvió a inclinarse sobre el cuerpo del hechicero y sintió extenderse lentamente el calor sobre los miembros, y la sangre comenzaba a latir perezosamente en las venas.
Entonces N’Longa abrió los ojos y miro a Kane, con la expresión vacua de un bebé recién nacido. Kane observo con carne extremecida y vio el sabio, reptiliano resplandor retomar; vio los gruesos labios del hechicero distenderse en una ancha sonrisa. N’Longa se sentó y un extraño cántico se alzo entre los tribeños. Kane miró a su alrededor. Los guerreros estaban inclinados con sus cuerpos adelante y atrás, y en su clamor capto la palabra “N’Longa” repetida una y otra vez en una especie de espantoso extático estribillo de terror reverencial. Cuando el hechicero se levanto, todos cayeron postrados. N’Longa cabeceo como si estuviera satisfecho.
– Gran juju… ¡gran hechicero yo! -Anuncio a Kane- ¿tu ver? Mi espíritu salir… matar a Songa… ¡volver a mí! ¡Gran mago! ¡Yo gran hechicero!
Kane observo al Dios Negro erguido en las sombras y a N’Longa, que ahora alzaba sus brazos hacia el ídolo como en una invocación. Soy eterno (creyó escuchar Kane al Dios Negro); yo bebo, sin importar quien gobierne; jefes, matadores, magos, pasan como los fantasmas del hombre muerto a través de la jungla gris. Yo permanezco, yo mando; soy el alma de la jungla (dijo el Dios Negro). Repentinamente Kane volvió de la bruma de la ilusión en la que había estado vagabundeando.
– Le Loup ¿Por donde huyó?
N’Longa vocifero algo. Una veintena de manos señalaron y, de alguna parte, trajeron el estoque de Kane. La niebla cayó y se desvaneció; otra vez era el vengador, el azote de inicuos; con la repentina velocidad de un tigre, desenfundo la espada y partió.
CONTINUARA…

SOMBRAS ROJAS – ROBERT E. HOWARD – PART 1 DE 3

I. LA LLEGADA DE SOLOMON.

02 La luz de la luna bailaba turbiamente, creando brumas engañosas entre los árboles sombríos. Una débil brisa susurraba valle abajo, agitando una sombra que no era parte del espejismo lunar. un leve olor a humo flotaba en el ambiente.

El hombre, cuyos largos y elásticos miembros le habían llevado, sin prisa pero sin pausa, durante muchas millas desde el alba, se detuvo bruscamente. Un movimiento entre los árboles había captado su atención y se desplazó silenciosamente hacia las sombras, con una mano sobre la empuñadura de su largo y delgado estoque. Avanzó prudentemente, tratando de taladrar con la mirada la oscuridad cobijada al pie de los árboles. Era un país salvaje y peligroso; la muerte podría acechar bajo aquellos árboles. Entonces, aparto su mano de la empuñadura y se adelantó. Verdaderamente, la muerte estaba allí, pero no en una forma que pudiera amedrentarle.

– ¡Por los fuegos de Hades! -musitó-. ¡Una chica! ¿Que te ha dañado? No tengas miedo de mi.

La muchacha alzó la vista hacía él, con un rostro como una frágil rosa en la oscuridad.

– Tú… ¿Quién eres… tú? -sus palabras llegaban entrecortadas.

– Tan solo un vagabundo, un hombre sin tierra, pero un amigo de cualquier necesitado -de alguna manera, la voz amable sonaba incongruente en aquel hombre.

La joven intento alzarse sobre sus codos e inmediatamente él se arrodillo y la colocó en una posición sentada; la cabeza de ella se apoyó contra su hombro. La mano del hombre tocó su pecho y se retiró húmeda y enrojecida.

– Cuéntame – su voz era suave, tranquilizadora, como si hablara con un niño.

– Le Loup -musitó con voz que se debilitaba rápidamente- él y sus hombres… cayeron sobre

nuestra aldea… a una milla valle arriba. Robaron… mataron… incendiaron…

– Entonces, ese era el humo que olfateé -murmuro el hombre- continua, niña.

– Corrí. El, el Lobo, me persiguió… y… me atrapó… -las palabras se desvanecieron en un súbito silencio.

– Entiendo, niña. ¿Entonces…?

– Entonces… él… él… me apuñalo con su daga… ¡oh, santos benditos!… compasión…

Entonces la frágil figura quedo inerte. El hombre la deposito sobre la tierra, y frunció ligeramente el ceño.

– ¡Muerta! -murmuró.

Se alzó lentamente, limpiando mecánicamente sus manos en la capa. Un mal gesto torcía su ceño sombrío. Con todo, no hizo una promesa salvaje y temeraria, ni juro por santos o diablos.

– Morirán hombres por esto -dijo fríamente.

 

II. EL CUBIL DEL LOBO.

– ¡Eres un imbécil! -las palabras eran un gruñido helado que cuajaban la sangre de su interlocutor.

Quien acababa de ser llamado de esa forma bajó sombríamente los ojos, sin responder.

– ¡Tú y todos cuanto mando! -quien habla se inclino hacia adelante aporreando acaloradamente la tosca mesa situada entre ellos. Era un hombre alto de robusta constitución y facciones rapaces. Sus ojos bailoteaban y chispeaban con temerario desdén.

Su interlocutor le replico con tono sombrío.

– Te digo que Solomon Kane es un demonio del infierno.

– ¡Bah! ¡Necio! Es un hombre… puede morir de un tiro o una estocada.

– Eso pensaron Jean, Juan y La Costa -respondió el otro hoscamente-. ¿Dónde están ahora? Pregunta a los lobos de la montaña que desgarraron la carne de sus huesos muertos. ¡Donde se oculta Kane? Hemos rastreado las montañas y los valles durante leguas, sin hallar ni una pista. Te lo digo, Le Loup, viene del infierno. Se que no fue buena cosa colgar a ese monje hace una luna.

El Lobo golpeó impaciente sobre la mesa. Su agudo semblante, a despecho de las huelas de la vida salvaje y disipaciones, era el rostro de un hombre inteligente. las supersticiones de sus seguidores no le afectaban.

– ¡Bah! Te lo vuelvo a decir. Ese ha encontrado alguna cueva o valle secreto que desconocemos y allí se oculta durante el día.

– Y durante la noche lo abandona para asesinarnos – comentó crudamente el otro. Nos da caza como un lobo a los venados… Por Dios, Le Loup, te llamas a ti mismo Lobo, ¡pero temo que has topado al final con un lobo más fiero y astuto que tú! La primera noticia que tuvimos de ese hombre fue cuando encontramos a Jean, el peor de los bandidos, clavado a un árbol con su propia daga atravesándole el pecho y las letras S.L:K.

Luego cayó Juan el Español y, cuando le encontramos, vivió lo suficiente para decirnos que su matador es un ingles, Solomon Kane ¡que ha jurado destruir a toda nuestra banda! ¿Qué más? La Costa, un espadachín inferior solo a ti mismo, partió en  busca de ese Kane. Por los demonios de la perdición ¡Creo que este lo encontró a él!, puesto que hallamos su cadáver acuchillado sobre un risco. ¿Ahora qué? ¿debemos caer todos ante este ingles del demonio?

– Cierto, ha dado muerte a nuestros mejores hombres -reflexionó el jefe de bandidos-. Los demás volverán pronto de esa pequeña visita al ermitaño; entonces veremos. Kane no puede ocultarse por siempre. Entonces… eh… ¿Qué es eso?

Ambos giraron rápidamente, cuando una sombra cayó sobre la mesa. En la entrada de la gruta que era cubil del bandido, un hombre se tambaleaba. Sus ojos desorbitados miraban fijamente; vacilaba sobre piernas temblorosas y una oscura mancha roja salpica su túnica. Dio unos pocos pasos bamboleantes hacia delante y cayó sobre la mesa, deslizándose hasta el suelo.

– ¡Demonios infernales! -maldijo el Lobo, poniéndolo de pie y colocándolo sobre una silla-. ¿Dónde están los demás, maldito seas?

– ¡Muertos! ¡Todos muertos!

– ¿Cómo? ¡Satanás te maldiga! ¡Habla! -el Lobo sacudió salvajemente al hombre, mientras el otro bandido observaba con ojos desorbitados por el horror.

– Llegamos a la choza del ermitaño al salir la luna -musito el hombre-. Permanecí fuera… vigilando… los otros entraron… para torturar al ermitaño… para hacerle revelar… el escondrijo… de su oro.

– ¡Sí, sí! ¿Y entonces que? -el Lobo rabiaba de impaciencia.

– Entonces, el mundo se volvió rojo… la choza reventó y una lluvia roja sumergió el valle… a través de ella vi… el ermitaño y un hombre vestido de negro… viniendo desde los árboles…

– ¡Solomon Kane! -Boqueó el bandido- ¡Lo sabía! Yo…

– ¡Calla, idiota! -Gruño el jefe-. ¡Sigue!

– Escapé… perseguido por Kane… me hirió… pero le dejé atrás… llegué… antes… aquí…

El hombre se derrumbo sobre la mesa.

– ¡Santos y demonios! -Rugió el Lobo-. ¿Como es Kane?

– Como… Satanás…

La voz se desvaneció en el silencio. El muerto se deslizó desde la mesa hasta yacer en el suelo como un fardo enrojecido.

– ¡Como Satanás! -Balbuceó el otro bandido-. ¡Te lo dije! ¡Es el mismísimo Lucifer! Te dije…

Se detuvo cuando un rostro atemorizado se asomó a la boca de la cueva.

– ¿Kane?

– Así es -el Lobo estaba más perplejo de lo que admitía-. Monta guardia La Mon; el Rata y yo nos reuniremos contigo en un instante.

El Rostro desapareció y el Lobo se volvió hacia el otro.

– Esto acaba con la banda -dijo-. Tú y ese ladrón de La Mon es cuanto queda. ¿Qué propones?

Los pálidos labios del Rata deletrearon una simple palabra:

– ¡Huir!

– Tienes razón. Tomemos las joyas y el oro de los baúles y huyamos por el pasadizo secreto.

– ¿Y La Mon?

– Puede vigilar mientras preparamos la huida. Luego… ¿Por qué dividir el tesoro en tres partes?

Una débil sonrisa cruzó las facciones malévolas del Rata. Entonces, una idea le ensombreció.

– Él -señalando al cuerpo del suelo- dijo: “llegué antes aquí”. ¿significa que Kane venía persiguiéndolo? -como el Lobo cabeceaba impaciente, el otro volvió a los baúles con parloteos apresurados.

La vacilante vela sobre la tosca mesa alum raba una extraña y salvaje escena. La luz, incierta y danzante, relucía enrojecida en el creciente lago de sangre sobre el que yacía el muerto; bailaba sobre las pilas de joyas y monedas apresuradamente vertidas desde los cofres con herrajes de bronce que se alineaba a las paredes; y centellaba en los ojos del Lobo con fulgor similar al que brotaba de su daga envainada.

Los cofres quedaron vacíos, su tesoro desparramando en una pila reluciente sobre el suelo manchado de sangre. El Lobo se detuvo y escucho. Fuera, reinaba el silencio. No había luna y la viva imaginación del Lobo se represento al asesino oscuro; Solomon Kane, deslizándose en las tinieblas, una sombra entre sombras. Esbozo una mueca traviesa; el ingles vería frustrados sus designios.

–  Queda un cofre sin abrir -dijo señalando.

El Rata, con una exclamación de sorpresa, se giro hacia el cofre señalado. Con un sencillo y felino movimiento el Lobo salto obre él, introduciendo su daga hasta la empuñadura en la espalda del Rata, entre los omóplatos. El Rata se desplomo sin un sonido.

– ¿Por qué dividir en tres partes el tesoro? -murmuro el Lobo, limpiando su hoja sobre el par de muertos-. Ahora, por La Mon.

Avanzó hacia la puerta; entonces se detuvo y retrocedió.

al primer vistazo pensó que era la sombra de un hombre lo que había en el umbral; luego comprobó que era un hombre mismo, aunque tan oscuro e inmóvil que el resplandor de la vela le prestaba la fantástica apariencia de una sombra. Un hombre alto, tanto como el mismo Le Loup, vestido de negro de pies a cabeza, sin adornos, con ropas ajustadas que de alguna manera cuadraba con el rostro sombrío. Largos los brazos y amplias espaldas denotaban al espadachín tanto como el largo estoque en su mano. Las facciones del hombre eran saturninas y sombrías. Un continente macilento le prestaba una apariencia espectral bajo la luz incierta, acentuada por la satánica oscuridad de su ceño fruncido. Ojos amplios, hundidos e inmóviles, clavados al bandido; mirando en ellos, Le Loup fue incapaz de determinar cual era su color. Extrañamente, la mefistofélica factura de sus facciones inferiores se compensaba con una frente alta y ancha, parcialmente oculta por un sombrero sin adornos.

Esa frente denotaba al soñador, el idealista, el introvertido, tal y como los ojos y la nariz recta y delgada delataban al fanático. Un observador podría haber sido golpeado por la mirada de los dos hombres que allí se encaraban. Los ojos de ambos delataban incalculables abismos de poder, aunque ahí terminaba la semejanza.

Los ojos del bandido eran duros, casi opacos, con una extraña y brillante superficialidad que reflejaba un millar de luces y reflejos cambiantes; había burla en esos ojos, crueldad y temeridad.

Por el contrario, los ojos del hombre vestido de negro, hundidos y avizores bajo las cejas prominentes, eran fríos y profundos; uno tenia la impresión de divisar incontables brazas de hielo.

Ahora los ojos se enfrentaban, y el Lobo, acostumbrado a ser temido, sintió una extraña frialdad en su espina dorsal. La sensación era nueva para él… una nueva emoción para quien había vivido para las emociones, y río bruscamente.

– Su pongo que eres Solomon Kane -pregunto, tratando de hacer que la pregunta sonara cortésmente desinteresada.

– Soy Solomon Kane -la voz era poderosa y resonante-. ¿Estas listo para reunirte con tu Dios?

– ¿Por qué, Monsieur? -respondió zalameramente Le Loup-. Te aseguro que estoy tan listo como pueda estar. Pero, podría plantear a Monsieur la misma cuestión.

-Sin duda, hice mal la pregunta -dijo Kane sombríamente-. La cambiaré: ¿Estas listo para encontrarte con tu amo, el Diablo?

– Respecto a eso, Monsieur -Le Loup estudio sus uñas con elaborada indiferencia-. Debo decir que, en el presente, puedo rendir un más que satisfactoria cuente a su Excelencia Astada, aunque realmente no tengo ninguna intención de hacerlo… por un tiempo al menos.

Le Loup no se preguntó sobre el fin de La Mon; la presencia de Kane en la cueva era suficiente respuesta, sin necesidad de restos de sangre en su estoque para verificarlo.

– Cuanto deseo saber, Monsieur -dijo el bandido-, ¿Por qué, en nombre del diablo, has acosado a mi banda de esa forma, y como has destruido a ese hatajo de estúpidos?

– Esta ultima pregunta es fácil de responder, señor -replico Kane-. Yo mismo hice correr el rumor de que el ermitaño tenía un depósito de oro, sabiendo que esto atraería a la escoria como carroña atrae a los buitres. Día y noche he vigilado la choza y, anoche, cuando vi llegar a tus villanos, avise al ermitaño y juntos fuimos a los árboles tras la cabaña. Entonces, cuando los rufianes estaban dentro, aplique pedernal y acero a la mecha que había tendido y la llama ardió a través de los árboles como una serpiente roja, hasta que alcanzó la pólvora que había colocado bajo el suelo de la cabaña. La choza y trece pecadores fueron al infierno con una gran explosión de llamas y humo. Cierto, uno huyó, pero le había dado muerte en el bosque de no haber tropezado con una raíz rota, lo que le dio tiempo para escapar de mi.

– Monsieur -dijo Le Loup con otra leve reverencia- te concedo la admiración que debo rendir a un rival valiente y astuto. sin embargo, dime: ¿Por qué me has perseguido como un lobo acosa al ciervo?

– Lunas atrás -dijo Kane, su entrecejo frunciéndose amenazadoramente- tu y tus amigos asaltaron una pequeña aldea valle abajo. Los detalles los conoces mejor que yo. Había una chica allí, una simple niña, que, tratando de escapar de su lujuria, huyó valle arriba; pero tu, chacal infernal, tu la atrapaste y acabaste con ella, violándola y asesinándola. Allí le encontré, y sobre su cadáver me prometí darles caza y matarlos.

– Humm – musitó el Lobo-. Sí, recuerdo a la moza. Mon Dieu, ¡entonces, hay del corazón por medio! Monsieur, no te había tomado por un hombre enamorado; no este celoso, compadre, hay muchas más mujeres.

– Cuidado, Le Loup -exclamó Kane con terrible amenaza en su voz-. Nunca di muerte a un hombre mediante tortura, pero por Dios, señor, me tientas.

El tono y más especialmente el inesperado juramento, viniendo del alguien como Kane contuvo ligeramente a Le Loup; sus ojos se estrecharon y su mano se acerco al estoque. El aire se enrareció durante un instante; luego, el Lobo se relajó elaboradamente.

– ¿Quién era la chica? -inquirió ociosamente-. ¿Tu mujer?

– Nunca la había visto antes -respondió Kane.

– ¡Nom d’um nom! – juro el bandido-. ¿Qué clase de hombre eres, que toma una venganza de esa clase, simplemente para vengar a una muchacha que te es desconocida?

– Eso, señor, es asunto mío; es suficiente con que lo haga.

Kane no podría haberlo explicado, ni siquiera a si mismo, nunca había buscado una explicación dentro de su interior. Un verdadero fanático, sus dictados eran razones suficientes para sus acciones.

– Eres justo, Monsieur -Le Loup estaba ganando tiempo; solapadamente, retrocedía pulgada a pulgada, con tal maña que no despertaba sospechas ni siquiera en aquel halcón que lo vigilaba. -Monsiure -dijo. quizás pretendas ser simplemente un noble caballero, vagando como un verdadero Gallahad, protegiendo a los débiles; pero ambos sabemos que no es así. Aquí, sobre el suelo, reposa el equivalente a la fortuna de un emperador. Repartámoslo en paz; si no gusta de mi compañía, ¡Por qué no… ¡nom dún nom!… podemos seguir nuestros caminos separados?

Kane se inclino hacia adelante, con una terrible amenaza creciendo en sus ojos fríos. Parecía un gran cóndor a punto de caer sobre su víctima.

– Señor ¿me considera un villano tan grande como tu?

Repentinamente, Le Loup echó atrás la cabeza, sus ojos bailotearon y saltando con sutil burla y cierta insensata temeridad. Sus risotadas despertaron ecos.

– ¡Dioses del Infierno! ¡No, estúpido, no te considero de mi especie! Mon Dieu, Monsieur Kane, ¡tienes delante una gran tarea, si intentas vengar a todas las mozas que han conocido mis favores!

– ¡Sombra de muerte! ¡Debo malgastar mi tiempo hablando con este granuja infame! – rugió Kane con voz repentinamente sedienta de sangre, y su figura inclinada se abalanzó como arco súbitamente liberado.

En el mismo instante, Le Loup, con una risa salvaje, saltó atrás con un movimiento tan rápido como el de Kane. Su cálculo fue perfecto: sus manos, se extendidas atrás, golpearon la mesa y la voltearon, sumiendo a la cueva en la oscuridad cuando la vela se volcó y apagó. el estoque de Kane cantó como una saeta en la oscuridad mientras este atacaba a ciegas y ferozmente.

– ¡Adieu, Monsieur Galahad! -la puya llegó desde algún lado frente a él, pero Kane lanzándose hacia el sonido con la furia salvaje de la cólera insatisfecha, choco contra una inesperada pared que no cedió ante su empuje. De alguna parte pareció llegar el eco de una risa burlona.

Kane giró sobre si mismo, los ojos fijos en la tenuemente perfilada entrada, pensando que su enemigo podía intentar escabullirse y salir de la cueva; pero ninguna forma abultó allí y cuando sus manos, a tientas, encontraron la vela y la encendió, la gruta estaba vacía, a excepción de él mismo y los dos hombres muertos en el suelo.

CONTINUARA…