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LOS DIOSES DE BAL-SAGOTH – ROBERT E. HOWARD PART 04

CAPITULO 3. – LA CAIDA DE LOS DIOSES.

La noche calló en la antigua ciudad de Bal-Sagoth. Turlogh, Athelstane y Brunhild, sentados solos en una habitación en el interior del palacio. La reina medio recostada en el sofá de seda, mientras los hombres sentados en sillas de caoba, ocupados en las viandas que escavas habían servido en platos de oro. Las paredes de esta habitación, así como todo el palacio eran de mármol con tapices dorados. El cielo era de lapis-lasuli y e piso de mármol con incrustaciones de plata. Pesados terciopelos colgaban de las paredes, divanes ricamente hechos, cojines de seda y sillas de caoba y mesas esparcidas por la habitación.

– Me gustaría más un cuerno de ale, pero este vino no es agrio para mi paladar. –Dijo Athelstane, vaciando una gran jarra de oro con gusto-. Brunhild nos engañaste, nos hiciste creer que tendríamos que pelear para ganar tu corona de nuevo. Si yo pelee con uno, pero mi espada sigue sedienta y el hacha de Turlogh no bebió. Pasamos por las puertas y la gente caía y adoraban sin más alboroto. Y hasta hace poco estábamos en el gran salón de trono, donde tu hablabas con el gentío que venia y se inclinaban ante ti… ¡Por Thor! Nunca había escuchado tal barullo. Todavía me suenan las orejas… ¿Qué decían? ¿Dónde esta el viejo mago Gothan?

– Sus aceros beberán profundamente Sajón. – Respondió la mujer, descansando su barbilla entre sus manos y observando a los guerreros, con ojos profundos y caprichosos-.

– Ustedes han jugado con ciudadanos y coronas como yo lo he hecho, y saben que apoderarse de un trono puede ser más fácil que conservarlo, nuestra imprevista aparición con la cabeza de dios pájaro y el asesinato de Ska, hiso que la gente cayera a nuestros pies, así lo demás… He tomado audiencia en en el palacio, como han visto, aun si no entendieron, la gente que vino inclinándose jurándome su completa lealtad. ¡Ja! Gentilmente los perdone a todos, pero no soy tonta. Cuando tengan tiempo de pensarlo, volverán a quejarse otra vez. Gothan asecha en algún lugar en las sombras, intrigando maldades contra todos nosotros, pueden creerlo. La ciudad es un panal con secretos corredores y pasajes subterráneos que solo los sacerdotes conocen. Yo, que he atravesado algunos de ellos cuando era una marioneta de Gothan, no sabría donde encontrar las puertas secretas. Ahora , pienso que tengo ventaja, la gente los mira con más reverencia de lo que me miran a mi. Piensan que su armadura y sus yelmos son parte de su cuerpo y que son invulnerables. ¿No notaron que ellos temen tocar sus mallas, cuando pasaron entre la multitud? ¿Y el asombro en sus caras a sentir e hierro en ellas?

– Esta gente es prudente en algunos asuntos y son muy tontos en otros. – Dijo Turlogh-. ¿Quiénes son y de donde vinieron?

– Ellos son muy viejos. – Respondió Brunhild-. Las más antiguas leyendas no dice cual es su origen. Hace eras eran parte de un gran imperio que se extendía sobre muchas islas en este mar. Pero algunas se hundieron y se desvanecieron con sus ciudades y gente. Entonces salvajes pieles rojas los atacaron; isla tras isla cayeron ante ellos. Al final solo esta isla no fue conquistada, y la gente llego a olvidar mucho de su antigua cultura. Por falta de puertos para navegar, las galeras se pudrieron en los muelles que también cayeron en decadencia. No en la memoria de los hombres. Hijos de Bal-Sagoth que navegaron los mares. En intervalos irregulares la gente roja cae sobre la isla de los dioses, cruzan los mares en largas canoas de guerra, las cuales lucen cráneos en su proa, no muy diferente a las vikingas, pero su visión del mar se limita a bordear las inhabitadas islas, donde hace centurias, estos hombres rojos masacraban a los nativos que las habitaban. Podríamos derrotarlos; ellos no pueden escalar las murallas, pero siguen viniendo y el temor de sus incursiones es constante en la isla. Pero no es a ellos a quien temo, es a Gothan, quien en este precisó momento se ha de estar arrastrando como una serpiente entre sus negros túneles o creando alguna abominación en alguna de sus espantosas cámaras. En las profundas cuevas bajo las colinas, a las cuales sus túneles lo llevan. Trabajando en espantosa y profana magia. Sus súbditos son bestias… serpientes, arañas y enormes monos y hombres rojos capturados y desechos de su misma raza. En lo profundo de sus espantosas cavernas, el hace bestias de hombres y medio hombres de bestias, mezclando bestias con humanos en una espantosa creación. Sin hombres, supongo que usara a los horrores que creó en las sombras, o a la forma de horror y blasfemia, que ha traído en las eras que Gothan ha trabajado en sus abominaciones, el no es solo un hombre, el ha descubierto el secreto de la vida eterna. El trajo a la vida a una creatura a la que le teme, farfullarte, innombrable. Mantiene a la cosa encadenada en la cueva más alejada, donde ningún pie humano a pisado. Podría soltarlo contra mí… si se atreviera…

– Pero se ha hecho tarde y me gustaría dormir. Dormiré en la habitación de alado, no tiene otra entrada más que esta puerta. No se quedara ninguna esclava conmigo, por supuesto no confió en ninguna de esta gente. Ustedes permanecerán en esta habitación, aunque por fuera la puerta tiene pasador, será mejor que uno vigile mientras el otro duerme, Zorma y su guardia patrullan los corredores, pero me siento más segura con dos hombres de mi propia sangre entre mi y el resto de la ciudad.

Se levanto y con una intensa mirada a Turlogh, entro en su cámara y cerro la puerta tras ella. Athelstane se estiro y bostezo.

– Bien Turlogh. –Dijo perezosamente-. Hombres de fortuna inestable como el mar. Anoche era un selecto espadachín de un banda de saqueadores y tú un cautivo. Al amanecer éramos dos parias tratando de cortarnos la garganta. Ahora somos hermanos de armas y mano derecha de una reina. Y tú, creo destinado a ser rey.

– ¿Cómo?

– ¿No has notado los ojos de la chica de Orkney sobre ti? Su confianza es más que amistad, por la forma en que mira tu cabello negro y tu rostro moreno… te lo digo…

– ¡Suficiente! –La voz de Turlogh era áspera-. Mujeres con poder son como lobas con colmillos blancos… fue el despecho de una mujer que… –el se detuvo-.

-Bien bien. –Respondió Athelstane tolerantemente-. Hay más mujeres buenas que malas. Lo sé… fue por las intrigas de una mujer que te hiciste un proscripto. Bueno, ahora somos buenos camaradas. Yo también soy un proscripto. Si enseño mi rostro en Wessex pronto estaré viendo los campos desde debajo de un roble.

– ¿Qué te llevo a la senda del vikingo? Hace mucho que los Sajones olvidaron los caminos de océano. Desde que el rey Alfred fue obligado a contratar vagabundos irlandeses para aumentar su flota de hombres, cuando peleó contra los daneces.

-Así ingles… si me… derrotaras… otra… vez… Tomaría… la… senda… del… vikingo… otra vez…

Las palabras de Athelstane se arrastraron. Sus manos cayeron flácidas sobre su regazo y su cipa cayo al piso, su cabeza cayó sobre su ancho pecho y cerro los ojos.

– Demasiado vino. .Murmuro Turlogh-. Bueno lo dejare descansar, yo vigilare.

Mientras hablaba el gaélico fue consiente de una extraña pesadez que caía sobre é. Se recostó sobre su silla, sus ojos los sentía pesados y el sueño nublaba su cerebro, a pesar de si mismo. Así el yacía ahí, una extraña visión de pesadilla venia hacia él; uno de los pesados tapices en la pared opuesta a la puerta oscilaba violentamente y desde atrás una sigilosa y espantosa forma se arrastraba babeando, cruzando el cuarto, Turlogh lo miro apáticamente, consiente de que estaba soñando y al mismo tiempo maravillado de la extrañeza del sueño. La cosa era en apariencia como un torcido y nudoso hombre, pero su cara era bestial. Sus desnudos y amarillos colmillos, temblorosos se acercaban silenciosamente a él, por debajo de pequeñas cejas, enrojecidos ojos destellaban demoniacamente. También había algo de humano en su semblante. No era mono ni humano, pero era una innatural creatura horriblemente compuesta de ambos.

La espantosa aparición se levanto ante él, los nudosos dedos se cerraron en su garganta, Turlogh fue sorprendido y espantosamente consiente de que aquello no era un sueño sino una diabólica realidad, con una explosión de desesperado esfuerzo rompió las invisibles cadenas que lo mantienen en a silla. Los deformes dedos se hundían en su garganta, habían sido rápidos, que no pudo eludir la veloz arremetida de aquellos peludos brazos, y al siguiente momento estaba rodando sobre el suelo en un mortal abrazo con e monstruo, cuyos tendones se sentían como flexible acero.

Esa terrible batalla se realizo en silencio, salvo por e siseo de las entrecortadas respiraciones. Turlogh metió su antebrazo izquierdo bajo la barbilla, manteniendo lejos los horribles colmillos de su garganta, mientras los dedos del monstruo apretaban. Athelstane permanecía dormido en su silla. su cabeza colgaba al frente. Turlogh trato de llamarlo, pero esas manos lo estrangulaban y ahogaban su voz… rápido ahogaba su vida. El cuarto nadaba en una neblina roja ante sus distendidos ojos. Su mano derecha, apretada en un puño como un mazo de hierro, golpeaba desesperadamente a la horrible cara inclinada hacía él; bestiales dientes se rompían bajo los golpes y la sangre salpicaba, pero se mantenía y los ojos rojos se regodeaban y as garras se hundían cada vez más y en los oídos de Turlogh sonaban lúgubremente al salir su alma.

Al caer en a semi inconsciencia, su mano choco con allgo que su nublado cerebro de guerrero reconoció como el cuchillo que Athelstane había dejado caer al piso. Ciegamente , con un moribundo gesto, Turlogh golpeo y sintió que los dedos lo soltaban de repente. Sintió que le regresaba la vida y la fuerza, alzándose encima de su atacante. A través de la niebla roja que brillaba, Turlogh Dubh vio al hombre mono, y empujo el cuchillo casero en el caído horror que permaneció tendido con ojos sorprendidos.

El gaélico se tambaleo sobre sus pies, aturdido y jadeante, temblando en cada miembro. Tomo una gran bocanada de aire y sus mareos empezaron a desaparecer. La sangre fluía plenamente por su lastimada garganta. El noto con asombro que el Sajón permanecía inconsciente; y de repente sintió otra vez la marea no natural de cansancio y lasitud que lo dejo indefenso antes, tomando su hacha, se sacudió el sentimiento con dificultad y camino hacía la cortina de la cual había venido el hombre mono. Como una invisible ola un sutil poder emanaba de esa cortina golpeándolo, y con pesados miembros el se esforzaba por cruzar la habitación.

Ahora parado frente a la cortina y sintiendo e poder de un terrorífico mal golpeando su voluntad, amenazando su alma, tratando de esclavizarlo, en mente y cuerpo. Dos veces levanto su mano y dos veces cayo flácida a su lado por tercera vez hiso un poderoso esfuerzo y tiro del tapiz que colgaba de la pared. Por un relampagueante instante vio una bizarra figura medio desnuda, con un manto de plumas de papagayo y una diadema de plumas. Entonces sintió todo el poder hipnótico de aquellos brillantes ojos, el cerro sus propios ojos y golpeo a ciegas, sintió que su hacha se clavaba profundo; entonces abrió los ojos a la silenciosa figura que yacía a sus pies, con la cabeza partida en un creciente charco carmesí.

Y ahora sorpresivamente, Athelstane se había puesto de pie, sus ojos brillaban aturdidamente; saco su espada. – ¿Qué? – Tartamudeo airado salvajemente-. Turlogh, ¿qué paso en nombre de Thor? ¡Sangre de Thor! Ese es un sacerdote… ¿Pero que es esta cosa muerta?

– Uno de los diablos de esta asquerosa ciudad. –Respondió Turlogh, limpiando su hacha-. Pienso que Gothan ha fallado otra vez. Salieron de detrás del tapis y nos hechizaron desprevenidos. Él nos lanzo un sortilegio para ponernos a dormir.

– ¡Si! Me dormí. – Se desperezo-. Pero ahora que vengan aquí…

– Debe haber una puerta secreta detrás de esos tapices, no puedo encontrarla… ¡Escucha! – De la habitación donde la reina dormía provenía un vago sonido de pelea-.

– ¡Brundhild! – Grito Turlogh, un extraño gorgoteo le respondió.

Él empujo la puerta pero estaba cerrada. Con su hacha golpeo la cerradura, Athelstane lo hizo a un lado y lanzo todo su peso contra la puerta. La puerta estallo y a través de las astillas, Atehlstane cayó dentro de la habitación. Un rugido broto de sus labios. Sobre los hombros del Sajón, Turlogh vio una visión de delirio. Brunhild, reina de Bal-Sagoth, horrorizada y desamparada, a mitad del aire, atrapada por la negra sombra de una pesadilla. Cuando a negra forma volvió los fríos ojos hacia ellos, Turlogh vio que era una creatura viva. De pie como un hombre, sobre dos piernas como arboles, pero su figura y su rostro no eran de humano, ni bestia o diablo. Turlogh sintió que era el horror que Gothan nunca había atrevido a soltar sobre sus enemigos; el archi demonio que los sacerdotes han traído a la vida en sus espantosas cavernas de horror. ¿Qué terribles conocimientos han sido necesarios, que espantosa combinación de humano y bestia con innombrables cosas de oscuros vacios exteriores?

Manteniendo a la pálida Brunhild en brazos como un bebe, sus ojos destellan con horror y la cosa tomo con una deforme mano su banco cuello, un desgarrador grito broto de sus pálidos labios. Athelstane, el primero dentro de la habitación, fue delante del gaélico. La negra forma se levanto amenazante sobre el enorme Sajón, empequeñeciéndolo y opacándolo, pero Athestane, tomando el mango con las dos manos arremetió hacía arriba. La gran espada se hundió más de la mitad en el negro cuerpo que se tiño de carmesí, así se tambaleó el monstruo retrocediendo. Un infernal pandemónium de sonido exploto delante y los ecos de ese espantoso alarido retumbo a través del palacio y ensordeció a quien lo escucho. Turlogh saltaba, con su hacha en alto, cuando tropezó con la chica y cayó rodando a través de la habitación

Mientras la cosa desapareció en la oscura abertura, que ahora quedaba expuesta en a pared. Athelstane dominado por a furia bersek, se lanzo tras ello. Turlogh hiso a seguirlo, pero Brunhild lo atrapo, arrojando sus blancos brazos a su alrededor en un firme apretón que no podía soltarse.

– ¡NO! – Grito elle, con ojos brillantes por el terror-. ¡No debes seguirlos por ese espantoso corredor! ¡Lleva al infierno mismo! ¡El Sajón nunca regresara, no compartas su destino!

– Suelta me mujer! –Rugió Turlogh en un frenesís, esfor4zándose en liberarse de su abrazo sin lastimarla –. Mi camarada tal vez pelea por su vida.

– ¡Espera, llamare a la guardia! –Chillo, pero Turlogh la aparto y se lanzo por la puerta secreta.

Brunhild, golpeo un gong de jade que hiso eco en el palacio. Un fuerte movimiento empezó en el corredor y Zomar gritaba a voces.

– ¡Oh, reina! ¿Estas en peligro? ¿Tiramos la puerta?

– ¡Apresurense! –Grito, corriendo a la puerta de salida y abriéndola.

Turlogh se lanzo imprudentemente al corredor, corriendo en competa oscuridad por algunos momentos, escuchando frente de él los agonizantes bramidos del herido monstruo y los fieros gritos del vikingo. Entonces esos sonidos se desvanecieron en la distancia. El siguió en el angosto pasaje escasamente iluminado con antorchas en nichos. Boca abajo yacía un moreno hombre, vestido con plumas grises, su cráneo estaba partido como un cascaron. ¿Cuanto tiempo Turlogh O´Brien siguió el oscuro corredor? Nunca la sabrá. Otro pasaje más pequeño apareció a un lado, pero siguió en el corredor principal. Al final por una puerta principal y salió a un extraño y vasto salón.

Sombrías y masivas columnas se elevan a un sombrío y alto techo, donde el domo se veía como un nido de nubes contra el cielo de media noche. Turlogh vio que estaba en un templo. Entre el negro y el enrojecido altar de piedra del que parecía surgir una poderosa forma, siniestra y aborrecible. ¡El dios Gol-goroth! Seguramente debe ser él. Pero Turlogh solo echo una simple mirada a la colosal figura agazapada en las sombras, delante de el había un extraño cuadro. Athelstane inclinado sobre su gran espada, contemplaba las dos formas que yacían en un rojo revoltijo a sus pies. Cualquier sucia magia que hubiera traído a la vida a la Cosa Negra, la herida de acero ingles le había mandado al limbo de donde vino. El monstruo yacía medio atravesado sobre su ultima victima… un demacrado hombre de barba blanca cuyos ojos eran totalmente perversos… en la muerte.

– ¡Gothan! –Exclamo el sobresaltado gaélico-.

– Sí, el sacerdote… estaba cerca, detrás de troll o lo que sea esa cosa, a lo largo de todo el corredor, a pesar de su gran tamaño corría como un ciervo. En una ocasión, uno con manto de plumas trato de pararlo y le aplasto el cráneo sin hacer alguna pausa. Al fina irrumpimos en este templo, le pisaba los talones al  monstruo, con mi espada en alto, listo para el golpe mortal. Pero ¡Sangre de Thor! Cuando lo vio, el viejo que estaba por aquel altar, dio un espantoso grito y lo despedazó, lo mató el mismo, todo en un instante, antes de que lo pudiera alcanzar y golpear.

Turlogh miro fijamente la enorme y deforme cosa. Viendo la directamente no podía estimar su naturaleza. Solo tenia una caótica impresión de gran tamaño e inhumana maldad. Ahora que yacía como una vasta sombra que mancha el suelo de mármol. Seguramente negros vientos de abismos sin luna han girado sobre su nacimiento y las espantosas almas de innombrables demonios han estado en esta existencia.

Ahora Brunhild apareció por el oscuro corredor con Zomar y su guardias. Y desde otras puertas y secretos rincones vinieron silenciosamente… guerreros y sacerdotes en mantos emplumados, una gran muchedumbre se paro en el Templo de las Sombras.

Un fieri grito salió de la reina al ver lo que había pasado. Sus ojos brillaron terriblemente y ella fue atrapada por una terrible locura.

– ¡Al fin! –Grito ella, pateando el cuerpo de su archi enemigo con su talón-. ¡Al fin soy la verdadera señora de Bal-Sagoth! Los secretos de los terribles caminos son míos ahora y la barba del viejo Gothan esta salpicada con su propia sangre.

Ella lanzo sus brazos a lo alto en un terrible gesto de triunfo y corrió hacia el imponente ídolo, gritando exaltados insultos como una loca. ¡Y en ese instante el templo tembló! La colosal imagen oscilo y se lanzo repentinamente hacía adelante como una torre que cae. Turlogh grito y salto de repente, pero cuando lo hiso, con un estruendo como si e mundo explotara, el dios Gol-Goroth se rompió y cayo sobre la condenada mujer, quien quedo helada. La enorme imagen se precipito en cientos de enormes fragmentos.. borrando de la vista de los hombres a Brunhild para siempre, hija de Rane, hijo de Thorfin, reina de Bal-Sagoth. Desde los escombros se extendió una mancha carmesí.

Guerreros y sacerdotes se quedaron congelados, ensordecidos por el estruendo de la caída, sorprendidos por la misteriosa catástrofe. Una helada mano toco la espina de Turlogh. ¿Todo esto habría sido empujado por la mano de un hombre muerto? Así le pareció al gaélico, al ver las inhumanas facciones del cadáver de Gothan. Ahora todos estaban sin habla, el acolito Gelka vio y tomo su oportunidad.

– ¡Gol-goroth ha hablado!! – Grito-. ¡El ha aplastado a la falsa diosa! ¡Ella era una bruja mortal! Y esos extraños también son mortales. ¡Vean… el sangra!

El dedo del sacerdote señalaba la sangre seca en el cuello de Turlogh, un salvaje rugido se levanto de la multitud. Aturdidos y perplejos por la magnitud y rapidez de los eventos, estaban como enloquecidos lobos, listos para salir de dudas y temores en una explosiva carnicería. Gelka salto hacia Turlogh, una hachuela resplandeció y un cuchillo en la mano de un hombre golpeo la espada de Zomar. Turlogh no había entendido el grito, pero se dio cuenta que el aire estaba tenso, con peligro sobre Athelstane y el mismo. El encontró a medio salto de Gelka con un golpe que paso a través de las ondulantes plumas y bajo el cráneo y la mitad de una lanza golpeo contra su hebilla y rápidos cuerpos dieron la espalda al gran pilar. Entonces Athelstane, lento de pensamiento, quien estaba de pie, tomo ese relampagueante segundo para despabilarse, despertando en un choque de asombrosa furia. Con un ensordecedor rugido el oscilo su pesada espada en un poderoso arco, la hoja silbó, golpeando una cabeza y cortando a través de un torso y se hundió profundamente en una espina dorsal. Los tres cuerpos cayeron atravesados y en a locura del conflicto, los hombres gritaron asombrados de aquel simple golpe.

Pero como una ciega marea de morena furia de la enloquecida gente de Bal-Sagoth rodaron a sus pies. Los guardias de la reina muerta, atrapados, murieron sin tener oportunidad de lanzar un golpe. Pero la caída de los dos guerreros blancos no sería fácil. Espalda con espalda aplastaron y golpearon; la espada de Athelstane era un rayo de muerte; el hacha de Turlogh era un relámpago. Cercados por un mar de rugientes rostros morenos y resplandecientes aceros; abrieron su camino hacia una salida. La misma masa de atacantes obstaculizaban a los guerreros de Bal-Sagoth, no tenían espacio para guiar sus golpes, mientras las armas de los marinos llevaban un sangriento anillo frente de ellos.

Dejando un espantoso camino de mutilados cuerpos tras ellos, los camaradas lentamente se habrían camino atreves de la apretada maraña. El templo de las Sombras, testigo de muchas sangrientas acciones, inundado con sangre coagulada como un rojo sacrificio a sus rotos dioses. Las pesadas armas de los guerreros blancos generaban terrible caos atreves de los desnudos guerreros, mientras sus armaduras protegían sus vidas. Pero sus brazos, piernas y rostros eran cortados y acuchillados por frenéticos aceros, y parecía que se desvanecía el numero de oponentes que los acosaban a como se iban acercando a la puerta. Entonces cuando la alcanzaron, pelearon desesperadamente con los guerreros morenos, ya que no había hacia donde ir, llegaban hacía ellos de todos lados; cuando retrocedieron para tomar un respiro, dejando un rastro rojo frente a la entrada. En ese instante los dos guerreros saltaron dentro del corredor, sujetando la gran puerta de latón, azotándola en la cara de los guerreros, quienes saltaron aullando para impedirlo. Athelstane con sus poderosas piernas cargo contra la puerta al tiempo que Turlogh corría el pestillo.

– ¡Thor! –Jadeo el Sajón, sacudiendo la roja sangre que escurría de su rostro-. ¡Esto estuvo cerca! ¿Ahora que, Turlogh?

– ¡Bajemos por el corredor rápido! –Dijo el gaélico-. Antes de que vengan por nosotros por este lado y nos atrapen como ratas contra la puerta. ¡Por Satán! Toda la ciudad debe estar  despierta. ¡Escucha ese bramido!

En verdad parecía que toda la ciudad ardía en rebelión y guerra civil, mientras bajaban corriendo por e sombrío corredor. Por todos lados se escuchaba el golpe de aceros, las mujeres gritaban y los hombres maldecían, opacados por horribles aullidos. Un espeluznante resplandor se extendió por el corredor, justo cuando Turlogh, que iba al frente, dio vuelta en una esquina y salió en un patio abierto, una vaga figura se lanzo contra el y una pesada arma callo con inesperada fuerza en su escudo, por poco lo parte. Pero justo cuando se tambaleaba regreso el golpe clavando su hacha justo bajo el corazón de su atacante, quien cayó a sus pies. Con el resplandor que iluminaba todo,Turlogh vio que su victima era diferente a los morenos guerreros con los que ha estado peleando. Este hombre estaba desnudo, de poderosos músculos de un tono cobrizo, rojo más que moreno, de quijada grande como de animal, la frente baja, no demostraba gran inteligencia y refinamiento, como la gente morena, solo una brutal ferocidad, una pesada maza rudamente tallada, yacía junto a él.

– ¡Por Thor! –Exclamo Athelstane-. ¡La ciudad arde!

Turlogh lo vio. Ellos estaban en una pequeña elevación del patio, desde donde podían ver las calles, desde este ventajoso punto tuvieron una clara visión del terrible fin de Bal-Sagoth. Las flamas se alzaban cada vez más alto, palideciendo a la luna, y con roja y furibunda mirada veían figuras correr de un lugar a otro, cayendo y muriendo como marionetas bailando al son de los Dioses Negros. A través de los rugidos de las llamas y el estruendo de las murallas al caer, cortaban los gritos de muerte y chillidos de horrible triunfo. La ciudad hervía con diablos desnudos y pintados, quienes incendiaban, violaban y masacraban en un rojo carnaval de locura. ¡Los hombres rojos de las islas! Por cientos habían descendido en la Isla de los Dioses, en la noche, ya sea con sigilo o traición ellos cruzaron las murallas, los camaradas nunca lo sabrían.

Ahora como cuervos cruzan las calles cubiertas de cuerpos, saciando su lujuria de sangre en un holocausto y masacre al por mayor. No todas las horribles formas que yacían en las sangrientas calles eran morenas; la gente de la ciudad condenada peleo con desesperado coraje, pero superados en número y la guardia baja, su coraje no fue suficiente. Los hombres rojos eran como tigres hambrientos.

– ¡Ea! Turlogh. –Grito Athelstane, con su barba erizada, sus ojos ardían con la locura de la escena, así como su propia alma ardía con fiereza-. –¡El fin del mundo! ¡Vamos al centro de esta locura y hartemos nuestros aceros antes de morir! ¿Por quien debemos pelear, por los rojos o los morenos?

-¡Tranquilo! –Dijo el gaélico-. Cualquiera de esta gente nos podría cortar la garganta. Cortemos un camino hacía las puertas, y el diablo los tome a todos. No tenemos amigos aquí. Este camino… bajando por las escaleras, crucemos los techos en esa dirección. Veo el arco de una puerta.

Los camaradas bajaron las escaleras, ganando la estrecha calle, bramando y corriendo rápidamente en la dirección que Turlogh indico. A su alrededor el rojo baño de la carnicería los inundaba. Un espeso humo cubría todo ahora, en la espesura del humo, caóticos grupos se juntaban, peleaban y se dispersaban, enarbolando banderas con horribles partes humanas. Como si fuera una pesadilla demoniaca, figuras saltan y se retuercen, apareciendo de repente entre la bruma del fuego y desvaneciéndose así de repente. Las llamas de cada lado de la calle los empujaba a otras, chamuscando los cabellos de los guerreros que corrían. Los techos caían con un asombroso estruendo y las paredes crujían dentro de las ruinas, llenando el aire con muerte. Los hombres golpeaban a ciegas entre el humo y los marinos cortaban mientras bajaban, nunca supieron si eran morenos o rojos.

Ahora, notaron algo nuevo, alzándose en el cataclismico horror. Ciegos por el humo, confundidos por las llamas, los hombres rojos son atrapados por su propia obra. ¡El fuego es imparcial! Puede consumirlos a ellos como a sus victimas; y caen de las bardas ciegos. Los hombres rojos abandonaron a sus presas y corrieron como bestias de aquí para allá, buscando escapar; muchas veces resultaba inútil, regresaban al mismo lugar y a la irracional furia, como tigres ciegos, haciendo de sus últimos momentos de sus vidas una explosión de carmesí carnicería.

Turlogh, con el infalible sentido de dirección que tiene los hombres que viven la vida del lobo, corría hacia donde sabía estaba la salida; también en las caóticas calles y entre el humo los atacaban. Desde las llamas que se alzaban, un espantoso grupo salió delante. Una chica desnuda se tambaleo ciegamente ante su vista y callo a los pies de Turlogh, la sangre fluía de su mutilado pecho. Un aullante diablo rojo se acerco y jalo hacia atrás su cabeza y corto su garganta; una fracción de segundo después el hacha de Turlogh partió su cabeza hasta los hombros. En ese segundo un repentino viento abrió el espeso humo y los camaradas vieron el pórtico abierto al frente de ellos y un enjambre de guerreros rojos. Un fiero grito, un loco instante de volcánica ferocidad; golpeando y esparciendo cuerpos por el pórtico y así lo cruzaron, corriendo bajaron hacia la distante foresta y la playa más allá. Ante ellos el cielo se enrojecía con el amanecer, atrás de ellos se levantaban las llamas de la ciudad condenada.

Como presas de caza escaparon, buscando refugio entre los muchos bosquecillos, evitando a los grupos de salvajes que corrían hacia la ciudad. Eran como un enjambre por toda a isla; los jefes guiaban a cientos de miles en una gran invasión. Al fin los camaradas llegaron a la foresta y respiraron profundamente cuando fueron a la playa y encontraron abandonadas un gran número de canoas de guerra decoradas con cráneos.

Athelstane se dejó caer y esforzándose por recuperar el aliento.

– ¡Sangre de Thor! ¿Ahora que? ¿Que haremos con esos diablos rojos que nos cazan ahí afuera?

– Ayuda me a lanzar este bote. –Chaqueó Turlogh-. Tomaremos nuestra oportunidad en el mar…

– ¡Ea! –Athelstane estaba de pie señalando-. ¡Sangre de Thor, un barco!

El sol se alzaba, destellando como una gran moneda de oro en el borde del mar. Contra la línea del sol, se alzaba la alta proa de una embarcación. Los camaradas saltaron a la canoa más cercana, la empujaron y remaron con locura, gritaban y ondeaban sus remos para llamar la atención. Poderosos músculos impulsaron a la nave con increíble fuerza, y no tardaron en estar ante el barco detenido, permitiéndoles llegar hasta su costado, hombres de oscuros rostros vestidos de malla, los miraban sobre la barandilla.

– ¡Españoles! –murmuro Athelstane-. Si me reconocen… estaría mejor en a isla.

Pero subió por la cadena sin vacilar, y los dos vagabundos se inclinaron ante el hombre de sombrío rostro, cuya armadura era la de un caballero de Asturias. El les hablo en español y Turlogh le respondió, el gaélico como muchos de sus raza era políglota natural, hablaba muchas lenguas que aprendió en sus vagabundeos. En pocas palabras el dalcasiano le conto la historia y le explico sobre la gran columna de humo que se alzaba en e aire de la mañana desde la isla.

– Dile que puede tomar el rescate de un rey. –Señalo Athelstane-. Dile de las puertas de plata, Turlogh.

Pero cuando el gaélico le hablo del vasto botín de la ciudad condenada, el comandante sacudió la cabeza.

– Buen señor, no tenemos tiempo ni hombres para tomarlo. Todos esos demonios rojos que describes podrían haber tomado todo y podríamos tener una fiera batalla y no tengo tiempo ni hombres. Yo soy Don Rodrigo de Cortez de Castilla y este barco, el Fray Gris, es uno de una flota que navega para merodear a los corsarios moros. Hace algunos días fuimos separados de la flota en una escaramuza marina y nos atrapo la tempestad y nos saco de curso. Ahora regresamos para unirnos a la flota, si podemos encontrarlos, si no, asolaremos a los infieles como mejor podamos. ¡Servimos a Dios y al Rey! Y no podemos dividirnos por despojos como ustedes sugieren. Pero son bienvenidos a bordo de este barco, necesitamos de hombres de armas como parece que son ustedes, no se arrepentirán, griten su deseo de unirse y asesten un golpe por la cristiandad en contra del Islam.

El angosto puente de la nariz, los profundos ojos negros y la aséptica carne.Turlogh vio al fanático, al limpio caballero, al caballero errante; él le hablo a Athelstane:

– Este hombre esta loco, pero hay buenos vientos para unirnos y ver tierras extrañas, de cualquier modo no tenemos opción.

– Cualquier lugar es bueno para hombres sin señor y vagabundos. –Dijo el sajón-. Dile que lo seguiremos al infierno y le quemaremos e trasero al diablo si tenemos la oportunidad de hacerlo.

CAPITULO 4. IMPERIO.

Turlogh y Athelstane inclinado sobre la barandilla, miraban atrás, hacia la Isla de los Dioses, que se alejaba rápidamente, de donde se levantaba una columna de humo, cargado con los fantasmas de cientos de centurias y las sombras y misterios de olvidados imperios y Athelstane maldijo como solo un sajón puede.

– Un rescate de reyes… y después de toda la sangre posible… sin saqueo…

Turlogh sacudió la cabeza.

– Vimos caer un antiguo reino… hemos visto los últimos restos del mas antiguo imperio del mundo caer dentro de las flamas y e abismo del olvido y el barbarismo se impone sobre sus ruinas. Así pasa la gloria y el esplendor y el imperio purpura… en rojoas flamas y amarillo humo…

– Pero sin nada que saquear. –Insistió el vikingo-.

Otra vez Turlogh sacudió la cabeza.

– Conseguí traer conmigo la mas valiosa gema de esa isla… una cosa por la cual hombres y mujeres murieron y las calles corren con sangre. –El tiro de su cinto un pequeño objeto… un símbolo de jade curiosamente tallado.

– ¡El emblema del reino! –Exclamo Athelstane-.

– ¡Si! Cuando Brunhild me abrazo para impedir que te siguiera por el corredor esta cosa se enredo en mi cota y la cadena de oro se rompió.

– El que la porta es el rey de Bal-Sagoth. –Rumio el poderoso Sajón-. Como lo predije Turlogh, tu eres un ¡Rey!

Turlogh rio con amarga alegría y señalo la gran columna de humo que flotaba en el cielo más allá de la línea del mar.

– Si, un reino de muertos… un imperio de fantasmas y humo. Soy el amo de una ciudad fantasma. Soy el Rey Turlogh de Bal-Sagoth y mi reino se desvanece en el cielo de la mañana. Y ahí dentro es como otro imperio del mundo… sueños, fantasmas y humo.

              

                 

 

  

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LOS DIOSES DE BAL-SAGOTH – ROBERT E. HOWARD – PART 03

Se detuvieron frente a las grandes puertas, con ojos maravillados, los guerreros vieron que eran de plata.

– Aquí hay el rescate de un emperador. – murmuro Athelstane, con ojos destellantes-. ¡Sangre de Thor! Si fuéramos una banda y tuviéramos un barco saquearíamos todo esto.

– Golpea la puerta y da un paso atrás, para que no caiga algo sobre ti. –dijo Brunhild-.

Y el golpe de el hacha de Turlogh en las puertas hicieron eco en las tranquilas colinas. Los tres dieron algunos pasos hacia atrás, y de repente las poderosas puertas se deslizaron hacia adentro y una gran multitud de gente quedo al descubierto. Los guerreros blancos miraron un espectáculo de grandeza bárbara. Un gentío de altos y delgados hombres de piel morena estaban en la entrada. Sus únicas prendas era un taparrabo de seda, la fina tela contrastaba extrañamente con su desnudes. Largas y ondeantes plumas de colores coronaban sus cabezas, pulseras de oro y plata incrustadas de joyas adornaban sus brazos y piernas, completaban su ornamenta. No llevaban ninguna armadura, pero llevaban un ligero escudo de madera, hecho de dura madera, finamente pulida y reforzada con plata. Sus armas eran ligeras lanzas con finas hojas, ligeras hachuelas y delgadas dagas, todas las hojas de fino acero. Evidentemente estos guerreros dependían más de su velocidad que de la fuerza bruta.

Al frente del grupo estaban tres hombres que rápidamente atraparon su atención. Uno era un delgado guerrero con cara de halcón, tan ato como Athelstane, quien portaba una gran cadena de oro donde pendía curiosos símbolos de jade. Otro de los hombres era un joven de perversos ojos; con una impresionante mezcla de colores en su manto de plumas de papagayo, las cuales caían desde sus hombros. El tercer hombre no había nada en particular salvo su propia y extraña ´personalidad. No vestía manto ni portaba arma alguna. Su única prenda era un sencillo taparrabo. Era muy anciano, el único con barba, y su barba era blanca y larga que caía hasta los hombros. Era realmente alto y muy delgado y sus grandes y oscuros ojos brillaban como brillantes llamas. Turlogh sabía sin que nadie se lo digiera que ese hombre era Gothan, sacerdote del dios negro. Exudaba una aura de antigüedad y misterio. Sus grandes ojos eran como ventanas de olvidados templos, entre los cuales pasaban como sus oscuros y terribles pensamientos. Turlogh sintió que Gothan a hurgado en profundos secretos, él a pasado por puertas más allá de los sueños, de los deseos y emociones ordinarias de los mortales. Mirando dentro de esas desconocidas esferas, Turlogh sintió erizarse la piel, como si mirara dentro de los ojos de una gran serpiente.

Una rápida mirada le mostro que las murallas estaban repletas de nativos con silentes ojos oscuros. El escenario estaba puesto, todos estaban dispuestos para un rápido y rojo drama. Turlogh sintió su pulso acelerarse con fiera excitación y los ojos de Athelstane comenzaron a brillar con feroz luz.

Brunhild de pie, delante, activa, con la cabeza levantada, su esplendida figura vibraba. Los guerreros blancos naturalmente no entendían lo que pasaba entre ella y los otros, excepto lo que podían leer de sus gestos y expresiones, pero después Brunhild narro la conversación a ambos, palabra por palabra.

– Bien gente de Bal-Sagoth. –dijo ella, diciendo las palabras lentamente-. ¿Qué le dirán a su diosa de quien se mofaron e insultaron?

– Que eres una falsa. –exclamo el hombre alto, Ska, e rey impuesto por Gothan-. ¡Tú que te mofaste de las costumbres de nuestros ancestros, desafiaste las leyes de Bal-Sagoth, que es la más antigua del mundo, asesina de tu amante y profanadora del templo sagrado de Gol-goroth! Fuiste condenada por la ley del rey y de Dios y dejada en el bosque más allá de la laguna.

– Y yo, que soy una diosa más grande que cualquier dios. –respondió Brunhild, con una mofa-. ¡He regresado del reino del horror con la cabeza de Groth-Golka!

Ante la palabra de ella, Athelstane levanto la gran cabeza y la lanzo hacia la entrada, un intenso temor y aturdimiento se sintió.

– ¿Quiénes son esos hombres? – señalo Ska a los dos guerreros con el seño fruncido-.

– Ellos son “los hombres de hierro venidos de mar”. – Respondió Brunhild con voz clara que se extendió-. Los que han venido en respuesta a las viejas profecías a derrocar a la ciudad de Bal-Sagoth, cuya gente son traidores y cuyos sacerdotes son falsos.

Ante esas espantosas palabras un murmullo de temor se extendió por las murallas, hasta que Gothan alzo su cabeza de buitre y la gente se encogió y quedo en silencio ante la fría mirada de sus terribles ojos.

Ska miraba perplejo, su ambición luchaba contra sus temores supersticiosos.

Turlogh miro detenidamente a Gothan, creyó leer bajo la inescrutable mascara de viejo rostro del sacerdote, que a pesar de toda su inhumana sabiduría, Gothan tenía limites. Este repentino regreso de alguien que había eliminado y la aparición de de dos guerreros bancos acompañándola, había agarrado a Gothan desprevenido, Turlogh lo creía correctamente. No había tenido tiempo de preparar una apropiada recepción.

La gente ya había empezado a murmurar contra el breve gobierno de Ska. Ellos siempre habían creído en la divinidad de Brunhild, ahora ella había regresado con dos altos hombres de su mismo color, portando el terrible trofeo que los señalaba como vencedores de otro de sus dioses, a gente se agitaba. Cualquier pequeña cosa podría cambiar la marea para cualquier lado.

– ¡Puebo de Bal-Sagoth! –grito Brunhild de repente, saltando hacía atrás y levantando los brazos, mirando fijamente los rostros de quien la veían a ella.

– ¡Les advierto que se aparten de su perdición antes de que sea demasiado tarde! ¡Ustedes me arrojaron fuera y me escupieron; prefirieron a los mas oscuros dioses que a mi! ¡Todo esto lo olvidare si regresan a mi y me juran obediencia!

-Algunos me insultaron… me llamaron sangrienta y cruel. Es verdad, fui una ama dura… pero ¿Ska ha sido un amo amable? Ustedes decían que yo azotaba a la gente con látigos de cuero sin curtir… ¿Ska los a golpeado con plumas de papagayo? Una virgen muere en mi altar cada luna llena… pero jóvenes y mujeres mueren al crecer y mengua, al alzarse y al caer la luna, ante Gol-goroth, en ese atar por siempre late un fresco corazón humano. ¡Ska es solo una sombra! Su verdadero amo es Gothan, quien se sienta sobre la ciudad como un buitre. ¡Alguna vez fueron un pueblo poderoso, sus naves surcaban los mares, ahora son solo los restos y disminuyen rápidamente! ¡Tontos! Todos morirán en el altar de Gol-goroth, como Gothan dice y el permanecerá solo en las ruinas de Bal-Sagoth.

– ¡Mirenlo! – Su voz se alzo en un grito como si ella misma se hubiera azotado en un inspirador frenesís, hasta Turlogh, a quien esas palabras no tenían sentido, tembló. ¡Mirenlo, ahí esta como un espíritu maligno salido del pasado! ¡El no es humano! Se los digo, el es un espantoso fantasma, cuya barba esta salpicada con la sangre de un millón de carnicerías… un demonio encarnado salido de nebulosas épocas, venido a destruir al pueblo de Bal-Sagoth.

– ¡Elijan ahora! ¡Levantense contra el antiguo mal y sus dioses blasfemos! Reciban a su autentica reina y deidad otra vez y podrán recuperar algo de su antigua grandeza. Resistan y las antiguas profecías se cumplirán y el sol se lazara sobre las silenciosas ruinas de Bal-Sagoth.

Encendido por las eufóricas palabras, un joven guerrero con la insignia de jefe, salto al parapeto y grito:

– ¡Salve A-ala! ¡Abajo los dioses sangrientos!

Entre la multitud muchos tomaron el grito y los aceros chocaron con el ruido de la batalla. La multitud en las torres y las calles se encresparon y se unieron. Por largo rato Ska miro fijamente, desconcertado. Brunhild detuvo a sus compañeros, que temblaban con el ansia de entrar en acción de algún modo.

– ¡Deténganse! –Grito-. No permito a ningún hombre tirar un golpe aun. Pueblo de Bal-Sagoth, a sido una tradición desde los comienzos de los tiempos que un rey defienda su corona. ¡Dejen que Ska cruce aceros con alguno de estos guerreros! Si Ska gana me arrodillare ante él y le entregare mi cabeza. ¡Si Ska pierde, ustedes me aceptaran como su autentica reina y diosa!

Un gran rugido de aprobación se levanto de las murallas, así cesaron sus trifulcas, les agradaba dejar las responsabilidades a sus gobernantes.

– ¿Pelearas Ska? –pregunto Brunhild, dirigiendo se al rey-. ¿O me darás tu cabeza sin resistencia?

– ¡Ramera! –Rujió enloquecido-. ¡Usare los cráneos de esos tontos como copas para beber y entonces te desgarrare entre dos arboles!

Gothan extendió su mano sobre su hombro y susurro en su oído, pero Ska había llegado a un punto donde todo cedía ante su furia. Para conseguir su ambición, el había aceptado ser uno de los títeres que Gothan hacia bailar, ahora su supuesto reino se le escapaba, y esta moza se burlaba de él en su propia cara y ante su gente. Ska estaba totalmente enloquecido.

Brunhild se dirigió a sus aliados:

– Uno de ustedes debe pelear contra Ska.

– Déjame a mi. –Urgió Turlogh, sus ojos danzaban ansiosos por la batalla-. Se ve que es un hombre rápido, como un gato salvaje, y Athelstane, a pesar de su fuerza de toro, es lento para este trabajo…

– ¡¿Lento?! – intervino Athelstane, en un reproche-. ¿Por qué, Turlogh, por mi peso..?

– ¡Suficiente! –Interrumpió Brunhild-. Él escogerá.

Ella hablo con Ska, quien la miro con ojos rojos por un instante, entonces señalo a Athelstane, quien sonrió complacido, Turlogh maldijo y retrocedió. El rey había decidido que podría tener más posibilidades contra este hombre que era como un búfalo y parecía lento, que contra el guerrero de pelo negro, quien era evidentemente veloz como un gato.

– Este Ska no tiene armadura, –rumio el sajón-. Me quitare mi malla y el casco así pelearemos en términos iguales…

– ¡No! – Chillo Brunhild-. Tu armadura es tu única oportunidad, te lo digo, este falso rey pelea con la velocidad del rayo. Tu podrás resistir si la conservas, ¡te lo pido!

– Bien, bien… –gruño Athelstane-. Que venga acá y desmolé fin a esto.

El enorme Sajón avanzo con pesada zancada hacía su oponente; quien se inclino y lo rodeo. Anthelstane mantenía su gran espada con as dos manos, frente a el, con la punta hacía arriba, con el mango algo por debajo de su hebilla, en posición de tirar un golpe a derecha o izquierda, o parar un sorpresivo ataque.

Ska había arrojado su ligero escudo, su instinto de peleador le decía que sería inútil contra los golpes de la pesada hoja. En su mano derecha sostenía una lanza, como un hombre sostiene una jabalina, y en a izquierda una ligera y afilada hachuela, con la intención de ser más rápido, y moverse mejor al pelear. Sus tácticas en verdad eran buenas. Pero Ska nunca se había encontrado con una armadura, y su fatal error fue el de suponer que solo eran ropa y adornos que sus armas podrían traspasar.

Ahora él salto, atacando con fuerza la cara de Athelstane con su lanza. El Sajón lo paro con facilidad e inmediatamente ataco las piernas de Ska. El rey dio un gran salto, esquivando limpiamente la brillante hoja, y en pleno aire golpeo hacia abajo, a la cabeza de Athelstane, la hachuela se estremeció al golpear el casco dell vikingo, Ska salto atrás saliendo del alcance con un aullido de sed de sangre.

Ahora fue Athelstane quien se movió con inesperada rapidez, cargo como un toro, ante el terrible ataque de Ska que lo sorprendió con un golpe de su hachuela, lo agarro con la guardia baja.

Ska capto en un fugas vistazo al gigante que se cernía sobre él como una abrumadora ola y sato, saliendo de su alcance, y apuñalándolo ferozmente. Entonces el misterio se descubrió, al meter con fuerza; la lanza reboto inofensivamente en la malla del Sajón, y en ese instante la gran espada descendió en un golpe que el rey no pudo evadir. La fuerza de ese golpe lo lanzo como un toro que enviste a un hombre. Ska calló a unos metros y quedo tendido. El Rey de Bal-Sagoth yacía muerto y despedazado en un horrible revoltijo de sangre y entrañas. a muchedumbre miraba sorprendida en silencio por la proeza de aquel acto.

– Corta su cabeza – Grito Brunhild, sus ojos flameaban, así como apretaba sus manos que sus uñas se clavaron en sus palmas.

– Empala su cabeza en la punta de tu espada y así cruzara con nosotros las puertas de la ciudad, como prueba de victoria.

Pero Athelstane sacudió su cabeza, limpiando su espada.

– No, él era un hombre bravo y no voy a mutilar su cuerpo. No es una gran proeza lo que hice, por que el estaba desnudo y yo completamente armado. Si hubiera estado igual, la pelea hubiera sido diferente.

Turlogh miro fijamente a la gente en las murallas. Ya se habían recuperado de su asombro y ahora un vasto rugido se elevaba:

– ¡A-ala! ¡Viva la verdadera diosa!

Y los guerreros en el pórtico, cayeron de rodillas y pusieron su rostro en el polvo, frente a Btunhild, quien permanecía orgullosamente erguida. Su pecho se alzaba con fiero triunfo, realmente, pensó Turlogh, ella es más que una reina, una Valkiria, como Athelstane dijo.

Brunhild se acerco al mutilado cuerpo, y tomo la cadena de oro con el símbolo de jade del cuello de Ska, sosteniéndolo en alto grito:

– ¡Pueblo de Bal-Sagoth! Ustedes han visto como murió su falso rey ante este gigante de barba dorada, quien es de hierro, sin una simple herida. ¡Escojan ahora! ¿Me aceptan por voluntad propia?

– ¡Si, lo haremos! –La multitud respondió en un grito-. ¡Regresa a tu pueblo, oh grandiosa y todo poderosa reina!

Brunhild sonrió sardónicamente. ¡Vamos! –les dijo a los guerreros-. Ellos caerán en un frenesí de amor y lealtad, ya olvidaron su traición. La memoria de la turba es corta.

Sí, pensó Turlogh, al lado de Brunhild y el Sajón, cruzaron las poderosas puertas entre filas de casiques postrados; sí, la memoria de la turba es muy corta. Por que hace unos días ellos gritaban salvajemente por Ska el Libertador… escasas horas han pasado desde que Ska se sentó en el trono, Amo de la Vida y de la Muerte, la gente se postraba a sus pies. Turlogh miro el mutilado cuerpo el cual hallaba solo y olvidado ante las puertas de plata. La sombra del circulo de buitres descendiendo. El clamor de la multitud ensordece a Turlogh y esboza una pequeña sonrisa.

Las grandes puertas se cerraron tras los tres aventureros, Turlogh vio una ancha y banca calle extenderse al frente de ellos. Otras calles pequeñas se desprendían de esta. Los dos guerreros fueron sorprendidos por la mezcla y caótica impresión de las grandes y bancas construcciones de roca que se alzaba sobre sus hombros; las torres se alzaban a los cielos y anchas escaleras frente a los palacios. Turlogh sabia que debían estar ordenadas en algún sistema de quien la trazo, pero lo único que veía era desperdicio de roca, metal y madera pulida, a tontas y locas. Sus desconcertados ojos buscaron la calle otra vez.

Mas arriba, en la calle se extendía una masa humana, desde donde se levantaba un rítmico y estruendoso sonido. Cientos de mujeres y hombres desnudos y alegremente emplumados, se inclinaban hacía adelante hasta tocar las lozas de mármol con la frente, entonces se levantaban, sacudiendo sus brazos, moviéndolos en perfecta sincronía, doblándose y levantándose en lo alto como arbustos mecidos por el viento A la vez que hacían su reverencia entonaban un monótono canto que descendía y se elevaba en un frenético éxtasis. Así es como la caprichosa gente da la bienvenida a su diosa A-ala.

Dentro de las puertas Brunhild se detuvo y hasta ella vino un joven jefe, el que inició el grito de rebelión en las murallas. Se arrodillo y beso sus pies descalzos, diciendo:

– ¡Oh, gran reina y diosa, tu sabes bien que Zomar te ha sido fiel! Tu sabes que pelee por ti y apenas escape del altar de Gol-goroth por gracia tuya.

– Tú has sido verdaderamente fiel, Zomar. –Respondió Brunhild, en el acertado lenguaje requerido para la ocasión. Tu fidelidad se recompensara. Desde este momento por tu destreza, serás jefe de mi guardia personal. –Entonces en voz más baja agrego: Reúne a algunos de tus criados y de esos que han estado casado con mi causa todo este tiempo y traerlos al palacio, no confió en ninguna persona, más que en los que tengas.

De repente, Athelstane, que no entendía la conversación, pregunto : ¿Dónde esta el anciano de la barba?

Turloght se detuvo y observo a su alrededor, casi se había olvidado del mago. No lo había visto irse… ¡Pero se había ido! Brunhild rio perezosamente.

– Se escabullo para engendrar más problemas en las sombras, él y Gelka se desvanecieron al caer Ska. Él tiene caminos secretos por donde ir y venir y nadie podría detenerlo. Olviden se de é por un tiempo, ya tuvimos suficiente de él.

Los jefes trajeron un palanquín finamente tallado y ornamentado, cargado por fuertes esclavos y Brunhild se subió en el, y les dijo a sus compañeros:

– Ellos tiene un profundo temor de tocarlos, pero preguntan si quieren que los carguen. Creo que es mejor que caminen, cada uno a mi lado.

-¡Sangre de Thor! – Rujió Athelstane, agitando su enorme espada que no había envainado-. No soy un infante. ¡Le aplastare el cráneo a quien busque cargarme!

Así subieron la larga calle blanca, Brunhild, hija de Rane, hijo de Thorfin de los Orkney, diosa del mar, reina de la antigua Bal-Sagoth. Llevada por dos enormes esclavos, con un gigante banco a cada lado con aceros desnudos, y un cortejo de jefes siguiéndolos, mientras la multitud tomaba el camino a derecha e izquierda, abriendo una ancha vereda, por donde ella pasaba. Doradas trompetas sonaban fanfarrias de triunfo y tambores sonaban con cantos de adoración que se perdían en los cielos. Seguramente en este tumulto de gloria, este bárbaro espectáculo de esplendor, la orgullosa alma de la mujer del norte, bebía profundamente y se sentía ebria de imperial orgullo.

Los ojos de Athelstane brillaron con un simple destello ante este resplandor de pagana magnificencia, pero para el del cabello negro, el guerrero del oeste, el clamor de triunfo, las trompetas, os tambores, le parecía perderse dentro del polvo y el silencio, en la eternidad. Reinos e imperios pasaron como niebla desde el mar, pensó Turlogh: “La gente gritaba triunfante en la jerga del festival de Belshazzar, las Medes rompieron las puertas de Babilonia. Ahora la sombra de la perdición esta sobre la ciudad y una lenta corriente de olvido se extiende a los pies de esta raza”. Así con un extraño humor Turlogh O’Brien, caminaba al lado del palanquín, y se veía a e mismo y a Athelstane caminar en una ciudad muerta, a través de una multitud de fantasmas, que saludaban a una reina fantasma.  

           

    

        


LOS DIOSES DE BAL-SAGOTH – ROBERT E. HOWARD – PART 02

CAPITULO 2. LOS DIOSES DEL ABISMO.

Turlogh no durmió mucho, cuando despertó el sol se levantaba sobre el borde del mar. El gaélico se levanto, sintiendo refrescado como si hubiera dormido toda la noche, y miro a su alrededor, la ancha y blanca playa era una gentil cuesta desde las aguas hasta la ondulante extensión de gigantescos arboles. No se observaba maleza, pero así de juntos parecía un muro, su vista no podía penetrar hacía el bosque. Athelstane se encontraba a corta distancia sobre un banco de arena que salía del mar. El enorme sajón se apoyaba en su gran espada y miraba hacía el arrecife.

Aquí y allá, en la playa, yacían rígidas figuras que habían sido lanzadas a tierra. Un repentino gruñido de satisfacción surgió de los labios de Turlogh. Aquí a sus pies estaba un regalo de los dioses; un vikingo muerto yacía tendido totalmente armado con casco y cota de malla, no había tenido tiempo de quitársela cuando se hundió el barco, Turlogh lo miró, la brillante hebilla atada a la espalda del hombre del norte. Turlogh hiso una pausa para maravillarse de los acontecimientos que lo llevaron a su captura. Entonces desvistió al muerto y se vistió con la cota de malla negra y el casco. Armado subió por la playa hacía Athelstane, sus ojos destellaban siniestramente.

El sajón se volvió al aproximarse Turlogh.

– Te saludo gaélico. –dijo- Somos los únicos con vida de los del barco de Lodbrog. El hambriento mar se los trago a todos. ¡Por Thor! Te debó la vida. Que con el peso de mi armadura, y el golpe en mi cráneo con la barandilla, lo más seguro es que hubiera sido comida de tiburón de no ser por ti. Ahora es todo como un sueño.

– Tú salvaste mi vida. –gruño Turlogh-. Yo salve la tuya, ahora la deuda esta pagada, levanta tu espada y demos fin a esto.

Athelstane lo miro fijamente. –¿Tú quieres pelear con migo? ¿Por qué?

– Odio a tu raza como odio a Satán. –rujio el gaélico. Un destello de locura brillaba en sus ojos. – Tus lobos han saqueado a mi gente por quinientos años! ¡Las humeantes ruinas de las tierras del sur, los mares de sangre derramada claman venganza. Los gritos de cientos de mujeres violadas suenan en mis oídos día y noche! ¡Quisiera clavar mi hacha en el pecho de cada norteño!

– Pero yo no soy norteño. –rumió el gigante preocupado.

– Mayor vergüenza renegado. –rabió el enloquecido gaélico –. Defiéndete o te matare a sangre fría.

– Esto no es de mi agrado. –Protesto Athelstane, levantando su poderosa hoja, sus grises ojos estaban serios, pero sin temor. Los hombres hablaban con la verdad al decir que la locura estaba en ti.

Las palabras casaron y así los dos hombres se prepararon para entrar en mortal acción. Con ardientes ojos el gaélico se acerco a su adversario, agachado como una pantera. El sajón esperaba el violento ataque, mantenía su espada en alto con las dos manos. Era el hacha y el escudo de Turlogh contra la espada a dos manos de Athelstane; en esta contienda un golpe podría ser el fin del camino. Como dos grandes bestias de la jungla en un juego mortal.

Turlogh con los músculos tensos, listo para el salto mortal. Entonces, el silencio parió un espantoso sonido. Ambos hombres se sobresaltaron y retrocedieron. Desde lo profundo de bosque se levanto un espantoso e inhumano grito. Un chillido, también de gran volumen, se alzo alto muy alto hasta cesar en un altísimo tono. Como el regocijo de un demonio, con el llanto de algún espantoso ogro regodeándose sobre una victima humana.

– ¡Sangre de Thor! – jadeo el sajón, manteniendo su espada en alto. ¿Qué fue eso?

Turlogh sacudió su cabeza, cada nervio de hierro estaba ligeramente sacudido.

– Algún demonio de bosque. Esta es una tierra extraña. Mayhap Satán mismo reina aquí y es la puerta del infierno.

Athelstane lo miro desconcertado. El era más pagano que cristiano y sus diablos eran paganos, pero menos horrible que eso.

– Bien. –dijo-. Dejemos nuestra pelea hasta ver que fue eso. Dos espadas son mejor que una ya sea contra hombre o diablo.

Un salvaje chillido se corto en seco. Esta vez había sido humano, la sangre se helo en horror y desesperación, simultáneamente se escucho una estampida de algo grande y pesado entre los arboles. Los guerreros voltearon hacía donde provenía el sonido, y saliendo de las profundas sombras, una semidesnuda mujer, parecía volar como una hoja arrastrada por el viento, su cabello suelto ondeaba como una llama dorada detrás de ella, sus bancos miembros deslumbraban en el sol de la mañana, sus ojos brillaban con frenético terror, y detrás de ella. A Turlogh se le erizaron los cabellos, la cosa que perseguía a la fugaz chica no era hombre ni bestia. Tenía la forma de un pájaro, pero tal pájaro no se había visto en e resto del mundo en muchas eras. Media como veinte pies de alto, como una torre y su maligna cabeza con perversos ojos rojos y un pico curvo grande como la cabeza de un caballo y su largo cuello era grueso como un hombre delgado, y las enormes garras podían desgarrar a a veloz chica como un águila desgarra una paloma.

Es lo que Turlogh vio en e fugas momento en que sato entre el monstruo y su presa, quien cayo con un grito en la playa. Levantándose sobre él como una montaña de a muerte, lanzo su maligno pico, abollando su escudo que levanto y tambaleándose con e impacto, al mimo instante golpeó, pero la afilada hacha descendió inofensivamente en una suave masa de plumas. Athelstane corrió a su lado, poderoso se planto, blandiendo su espada con ambas manos y con toda su fuerza la poderosa espada corto una de las piernas que eran como arboles, corto bajo la rodilla, y con un aborrecible chillido, el monstruo cayó hacía un lado, agitando sus cortas y pesadas alas salvajemente. Turlogh guió la punta trasera de su hacha entre los resplandecientes ojos rojos y la gigantesca ave pateo convulsivamente y quedo tendida.

– ¡Por la sangre de Thor! – los grises ojos de Athelstane brillaban por la pasión de la batalla. Realmente hemos llegado al borde del mundo.

– Vigila el bosque, podría aparecer otro. –dijo Turlogh.

Volviéndose a la mujer que gateaba a sus pies. Poniéndose de pie, jadeante. Sus ojos estaban llenos de admiración. Era una esplendida joven salvaje, alta de miembros limpios y esbelta figura. Su única prenda de vestir era un pedazo de tela de algodón maltratado que colgaba de sus caderas. Aunque lo escaso de su ropa sugería que era una salvaje, su piel era blanca como la nieve, su largo cabello era rubio y sus ojos grises. Ella hablaba apresuradamente, tartamudeando, en una lengua del norte, como si no la hubiera hablado en años…

– Ustedes… ¿Quiénes son? ¿Qué hacen en la isa de los dioses?

– ¡Sangre de Thor! Es una de nuestra estirpe.

– ¡No la mía! –dijo bruscamente Turlogh, incapaz de olvidar su odio hacia la gente del norte.

La chica los miro curiosamente a los dos.

– El mundo ha tenido muchos cambios desde que lo deje. –Dijo, evidentemente estaba en pleno control una vez más-. ¿Como es posible que un lobo y un salvaje cazan juntos? Por que tu pelo negro, tu eres un gaélico y tu gran hombre por la forma en que hablas, maldices como sajón.

– Somos dos parias. –Aclaro Turlogh-. ¿Ves esos hombres muertos en la playa? Son la tripulación de la nave dragón en la que veníamos… la tormenta nos trajo… este hombre, Athelstane, alguna vez de Wessex, era espadachín en el barco y yo era cautivo. Soy Turlogh Dubh, aguna vez jefe del can na O´Brien. ¿Quien eres? ¿Y que tierra es esta?

– Esta es la tierra más antigua del mundo. –Aclaro la chica-. Roma, Egipto, Cathay, son como infantes al lado de esta tierra. Soy Brunhild, hija de Rane, hijo de Thorfin de los Orkney y hasta hace unos días reina de este antiguo reino.

Turogh miro inciertamente a Athelstane. Esto sonaba como a hechicería.

– Después de lo que hemos visto. –Rumio el gigante. Yo realmente creo cualquier cosa. ¿Pero realmente eres hija de Rane, hijo de Thorfin?

– ¡Si! –chillo la chica-. ¡Lo soy! Fui robada cuando Tostig el Loco invadió a los Orknevs y lo incendio y Rane ascendió en ausencia del amo…

– Y entonces Tostig desapareció de la faz de la tierra… o del mar. –Interrumpió Athelstane-. Era reamente un demente. Viaje con el en un barco, merodeando, hace años cuando era un muchacho.

– Y su locura me trajo a esta isla. –Respondió Brunhild-. Pero antes merodeo las costas de Inglaterra, el fuego en su mente lo alejo… internándose en los mares desconocidos… al sur… siempre al sur… como si feroces lobos e murmuraran. Entonces una tormenta nos arrojo sobre aquellos arrecifes, haciendo a la nave pedazos, como le paso a su nave dragón la pasada noche. Tostig y todos sus hombres perecieron en las aguas, pero yo agarrada a  un pedazo de naufragio y por capricho de los dioses me arrojaron a tierra, media muerta. Tenía quince años, eso fue hace diez años. Encontré a una extraña y terrible gente morando aquí, nativos de piel morena, quienes conocen oscuros secretos de magia. Ellos me encontraron tirada sin sentido en la playa y como era el primer humano banco que habían visto, sus sacerdotes creyeron que yo era una diosa enviada por las divinidades del mar a las que ellos rinden culto. Así ellos me llevaron a su templo junto con el resto de sus curiosos dioses y me adoraron. Su alto sacerdote Gothan… maldito sea su nombre; me enseño muchas cosas extrañas y espantosas. Pronto aprendí su idioma y mucho de los profundos secretos de sus sacerdotes. Así crecí entre las sacerdotisas, el deseo de poder se agitaba en mi; la gente del norte esta hecha para gobernar a los nativos del mundo, y no es para la hija de un rey del mar sentarse humildemente a aceptar las ofrendas de flores, frutas y sacrificios humanos.

Se detuvo un momento, con los ojos brillantes, realmente se consideraba una digna hija de a fiera raza que clamaba.

– Bueno… –continuo-. Había uno que me amaba… Kotar, un joven jefe. Con el intrigue y al final me levante y me quite el yugo del viejo Gothan. ¡Entonces fue una movida temporada de complot y contra complot, de intrigas y rebelión y sangrientas carnicerias! Hombres y mujeres murieron como moscas y las calles de Bal- Sagoth corrieron rojas… ¡Pero al fina triunfamos, Kotar y yo! La dinastía de Angar había llegado a su fin en una noche de sangre y furia, y reine suprema en la Isla de los Dioses. ¡Reina y Diosa!

Se dibujo en ella un aire de grandeza, su bello rostro se ilumino con violento orgullo, alzando su pecho. Turlogh estaba a su vez fascinado y asqueado. Había visto gobiernos alzarse y caer. Pero entre las líneas de su breve relato había leído entre el derramamiento de sangre y la carnicería, la crueldad y la traición… La crueldad era una parte básica en esta mujer.

– ¿Pero si eras reina; como es que te encontramos perseguida a trabes de los dominios de este monstro, como cualquier mosa?

Brunhild se mordió el labio en una mueca de enojo y se ruborizaron sus mejillas.

– ¿Que es lo que puede hacer caer a una mujer, cualquier que sea su posición? Confíe en un hombre… Kotar, mi amante, con quien compartí mi reino. El me traiciono; antes me había levantado con él al más alto poder de mi reino, siguiendo mi voluntad, pero descubrí que secretamente amaba a otra mujer. ¡Los mate a ambos!

Turlogh sonrió fríamente.

– ¡Eres en realidad Brunhild! ¿Y entonces que?

– Kotar era amado por la gente. El viejo Gothar los agito. Mi más grande error fue dejar al anciano con vida. Tampoco me atreví a apresarlo. Bueno, Gothar se levanto otra vez contra mi y los guerreros se revelaron, apresaron a quienes eran leales a mi. Me capturaron pero no se atrevieron a matarme, ante todo, yo era una diosa. Ellos lo creen. Así que antes del amanecer, la temerosa gente podría cambiar de opinión y restablecerme en el poder, por eso Gothar me llevo a la laguna que divide la isla. Los sacerdotes cruzaron la laguna y me dejaron desnuda y desamparada a mi destino.

– ¿Y ese destino era… esto? –Athelstane toco con el pie el despojo.

Brunhild se estremeció:

– Hace muchas eras había muchos de estos monstruos en la isla, eso dicen las leyendas. Ellos caían sobre la gente de Bal-Sagoth y los devoraban por cientos. Pero fueron exterminados de gran parte de la isla y de este lado de la laguna todos murieron por este, quien había habitado aquí por centurias. En los viejos tiempos hordas de hombres venían contra e, pero era el más grande de todos los diabólicos pájaros y mataba a todos los que peleaban contra el. Así los sacerdotes lo hicieron un dios y le dejaron esta parte de la isla. Nadie viene aquí, excepto los que serán sacrificados… como yo… El no podía cruzar al otro lado de la isla porque la laguna esta infestada de tiburones que lo podrían despedazar. Por un tiempo lo eludí escondiéndome entre los arboles, pero al fina me saco de ellos… y conoces el resto. Conservo mi vida gracias a ustedes. ¿Qué harán conmigo?

Athelstane miro a Turlogh y Turlogh se encogió de hombros.

– ¿Que podemos hacer, moriremos de hambre en este bosque?

– ¡Te diré! –Chillo la mujer con un timbre en la voz, sus ojos brillaron nuevamente al trabajar su aguda mente.

– ¡Hay una leyenda entre esta gente… que hombres de hierro vendrán del mar y la ciudad de Bal-Sagoth caerá! Ustedes con sus yelmos y sus cascos, se ven como hombres de hierro, estos nativos no saben nada de armaduras. Ustedes han matado a Groth-Golka el dios pájaro… vinieron de mar, como yo… la gente los vera como dioses. ¡Vengan con migo a ganar mi reino de nuevo! Serán mi mano derecha. Los colmare de honores, tendrán finos ropajes, magníficos placeres y bellísimas mujeres caerán sobre ustedes.

Sus promesas se deslizaron por la mente de Turlogh sin dejar una gran impresión, pero el loco esplendor de lo propuesto lo intrigaba. Extrañamente deseaba ver esta extraña ciudad de la que Brunhild hablaba, y a idea de que dos guerreros y una mujer se enfrentaran a una nación entera por una corona, removía lo más profundo de su errante alma celta.

– Esta bien. –dijo-. ¿Y que hay de ti Athelstane?

– Mi estomago esta vacio – gruño e gigante-. Guíame donde hay comida y me habriré paso a través de hordas de sacerdotes y guerreros.

– ¡Vamos a esa ciudad! –le dijo Turlogh a Brunhild-.

– ¡Hail! –chillo alzando sus blancos brazos en una salvaje exaltación-. ¡Ahora Gothan, Ska y Gelka tiemblen! Con ustedes a mi lado ganare otra vez la corona que ellos me robaron y esta vez no perdonare a mis enemigos. ¡Tirare al viejo Gothan desde lo más alto de sus torres, aun que el bramido de sus demonios estremezcan las entrañas de la tierra! Veremos si su dios Gol-gototh se opone a las espadas que cortaron las piernas de Groth-Golka. Ahora separen a cabeza del cuerpo, que la gente sepa que ustedes derrotaron al dios pájaro. Ahora síganme, el sol sube por ell cielo y me gustaría dormir en mi palacio esta noche.

Los tres pasaron por las sombras de la imponente floresta, as enredadas ramas, varios metros sobre su cabeza, hacían que a luz que se filtrara entre ellas fuera débil y extraña. No se observaba vida, excepto por algún ocasional pájaro de colores y un gran mono. Esas bestias, dijo Brunhild, eran sobrevivientes de otras eras, inofensivos, excepto cuando son atacados. Poco después la vegetación cambio algo, los arboles eran más delgados y bajos y algún tipo de fruta se veía entre sus ramas. Brunhid les dijo a los guerreros cuales tomar y comer, así ellos siguieron su camino. Turlogh quedo satisfecho con la fruta, pero Athelstane, suele comer enormemente, así que fue muy poco para su apetito. La fruta era muy ligera para un hombre que su dieta regular es de sólidos. Entre los glotones sajones daneses su capacidad para degustar carne y vino eran admirado.

– ¡Miren! –grito Brunhild agudamente-. Altas y puntiagudas. Las cimas de Bal-Sagoth.

A través de los arboles, los guerreros captaron una luz trémula; blanca y brillante, y aparentemente muy lejana. Eso era una impresión ilusoria de las altísimas torres, altas en el aire, con esponjosas nubes revoloteando sobre ellas. La imagen despertó extrañas sensaciones en el alma de  gaélico y Athelstane en silencio también parecía parecía atrapado por la pagana belleza y el misterio de la escena.

Así prosiguieron a través de la floresta, ahora se había perdido la visión de la distante ciudad, las copas de los arboles obstruían a visión, ahora la veían otra vez.Al final salieron en la parte baja de la orilla de una mancha y azul laguna y la total belleza del paisaje estallo frente a sus ojos. Desde la orilla de campo se levantaba a lo largo de suaves ondulaciones que rompían como grandes y lentas aguas al pie de una extensión de azules colinas de algunas millas de distancia. Estas anchas extensiones eran cubiertas por una espesa hierba y muchos bosquecillos de arboles. Separados entre ellos por un palmo, se veían dar curva en la distancia el resto de la floresta, como dijo Brunhild, que rodeaba la isla, y entre esas azules colinas de ensueño se asentaba la antigua ciudad de Bal-Sagoth, de paredes blancas y torres de zafiro que se definía contra el cielo de la mañana. La sugerencia de una gran distancia había sido una ilusión.

– ¿No es un reino por el cual pelear? –dijo Brunhild, con voz vibrante-. Rápido ahora amarremos estos troncos secos juntos para una balsa. No sobreviviríamos un instante en estas aguas infestadas de tiburones.

En ese momento una figura saltó desde la alta hierba, al otro lado… desnudo. Un hombre de piel morena, quien permaneció por un momento boquiabierto. Entonces Athelstane grito y levanto la cabeza de Groth-Golka, el muchacho se sobresalto chillando y corrió como un antílope.

– Un esclavo de Gothan, debió dejarlo para ver si trataba de nadar en la laguna. –Dijo Brunhild con furiosa satisfacción-. Ira corriendo a a ciudad a decirles… pero nos daremos prisa y cruzaremos la laguna antes de Gothan puede llegar y disputarnos el paso.

Turlogh y Athelstane estaban realmente atareados. Un numero de arboles muertos yacían tendidos y ellos les quitaron las ramas y los ataron juntos con largas lianas. En poco tiempo habían construido una balsa burda e incomoda, pero capaz de cruzar la laguna. Brunhild tuvo una franca muestra de alivio a pisar tierra del del otro lado.

– Vallamos directo a la ciudad. –Dijo ella-. El esclavo habrá llegado ya y podrán vernos desde las murallas. Una arriesgada ruta es la que tenemos. ¡Por el martillo de Thor, me hubiera gustado ver el rostro de Gothan cuando su esclavo le dijo que Brunhild regresa con dos extraños guerreros y la cabeza a quien me había dado en sacrificio!

– ¿Por qué no mataste a Gothan cuando tenias poder? – Pregunto Athelstane-.

Sacudió su cabeza, sus ojos se nublaron con algo parecido al temor.

– Es fácil decir que hacer. La mitad de la gente odia a Gothan, la mitad lo ama, y todos le temen. Es el hombre más anciano de a ciudad, dicen que el ya era viejo cuando ellos eran bebes. La gente cree que es más un dios que un sacerdote, yo misma lo he visto hacer terribles y misteriosas cosas, más allá del poder de un hombre común. Más bien, yo misma fui una marioneta en sus manos. Yo solo fui uno más de su misterios, también he visto cosas que han helado mi sangre, he visto extrañas sombras flotando sobre las murallas a media noche y andando a lo largo de negros corredores subterráneos en la profunda noche, he escuchado demoniacos sonidos y he sentido la presencia de espantosos seres. En ocasiones he escuchado a los terribles y esclavizados seguidores de las cosas innombrables que Gothan mantiene encadenadas en lo profundo de las entrañas de las colinas en las ruinas de Bal-Sagoth.

Brunhild se estremeció.

– Hay muchos dioses en Bal-Sagoth, pero el más grande de todos es Gol-goroth, el dios de la oscuridad, quien permanece siempre en e tempo de las sombras. Cuando derroque el poder de Gothan, prohibí el culto a Gol-goroth y aprese a sus sacerdotes. No así a los de la deidad A-ala, hija del mar, yo misma. Mande a hombres fuertes con martillos a destruir las imágenes de Gol-goroth, pero esos golpes no as dañaban y dejaban marcas en los hombres que los blandían. Gol-goroth era indestructible y no mostraba marca alguna. Así que desistí y cerré las puertas del Templo de las Sombras, las cuales fueron abiertas solo cuando fupi derrocada por Gothan, quien estuvo oculto en lugares secretos de la ciudad. Entonces Gol-goroth reino otra vez en todo su terror y las imágenes de A-ala fueron derribadas de templo del mar y sus sacerdotes murieron aullando en el sangriento altar, ante el negro dios. ¡Pero ahora nos levantaremos!

– Seguramente eres una verdadera Valkiria. –Murmuro Athelstane-. Tres contra una nación es un gran reto… especialmente si la gente es de este tipo… probablemente todos sean brujos y hechiceros.

– ¡Bah! –dijo Brunhild despectivamente-. Hay muchos hechiceros, es verdad, pero esta gente es extraña para nosotros, ellos solo están interesados en su propio destino, así son en toda la nación. Cuando Gothar me llevó cautiva por las calles, ellos me escupían. Ahora será el turno de Ska, el nuevo rey que Gothan escogió, cuando vean mi estrella alzarse de  nuevo. Ahora nos aproximamos a las puertas de la ciudad… seamos cautelosos.

Así ascendieron la larga cuesta, no estaban lejos de las murallas que se alzaban inmensamente altas, –seguramente, pensó Turlogh, esta ciudad había sido construida por dioses paganos. Sus murallas parecían de mármol, sus desgastadas torres y sus delgadas atalayas de vigía, empequeñecían el recuerdo de ciudades como Roma o Damasco. Un ancho y blanco camino conducía desde los niveles bajos hasta la meseta frente a las puertas y ellos subieron este camino, los tres aventureros sintieron cientos de ojos que los miraban con intensa fiereza. Las murallas se veían desiertas, parecía una ciudad abandonada, pero seguían sintiendo esas miradas.       


LOS DIOSES DE BAL-SAGOTH – ROBERT E. HOWARD – PART 01

LOS DIOSES DE BAL-SAGOTH

La acción era rápida y desesperada, en a momentánea iluminación, un barbudo rostro brillo frente a Turlogh, su veloz hacha golpeo partiéndole la barbilla. En la corta y profunda oscuridad que siguió al relámpago, un invisible golpe le arranco el casco de la cabeza, Turlogh regreso el golpe, sintió que su hacha se hundía en carne y escucho el amento de un hombre. Otra vez el fuego de la ira de los cielos surge, mostrándole al gaélico el circulo de rostros salvajes, un cerco de resplandecientes aceros lo rodea.

Con la espada contra el mástil mayor, Turlogh esquiva y golpea, entonces en medio de la riña una gran voz retumba, y en ese instante el gaélico vislumbro la forma de un gigante… un rostro extrañamente familiar. Entonces el mundo se ilumina un instante para sumirse en una profunda oscuridad.

La conciencia regreso lentamente, lo primero que Turlogh noto fue el movimiento, el vaivén de su cuerpo cuando no pudo ponerse en pie. Una palpitación en su cabeza lo atormentaba y quiso levantar sus manos, fue cuando se dio cuenta de que estaba atado de pies y manos –no era enteramente nueva la experiencia-. Aclarando la visión, observo que estaba atado al mástil de la nave dragón, cuyos guerreros lo capturaron. ¿Por que se molestaron en capturarlo? No lo podía entender, porque seguro ellos lo conocían bien, sabían que era un fuera de la ley, un paria de su clan, que no pagarían su rescate para salvarlo del peor de los infiernos.

El viento soplaba mucho, sobre un mar turbulento, que lanzaba a la larga nave como una cascara sobre las crestas de las olas. Una plateada luna se observaba entre las nubes iluminando el oleaje. El gaélico vislumbro la salvaje costa occidental de Irlanda, sabía que la nave serpiente estaba dañada. Lo podía decir por el modo de navegar, abriendo profundamente en la espuma, inclinándose y levantándose hacía la cresta. Bueno, la tempestad se a extendido hacia el sudeste de las aguas, dañando lo suficiente a la nave vikinga.

El mismo vendaval atrapo a la nave francesa en la que Turlogh viajaba de pasajero, sacándola de curso y llevándola más al sur. Días y noches han estado a ciegas, furioso caos lanza a la nave, volando como una maravillosa ave sobre la tormenta. Y en cada instante de la tormenta la proa aparecía sobre el nublado horizonte. Entonces los ganchos de hierro se clavaron, seguramente estos lobos eran hombres de norte y la sed de sangre ardía en sus corazones inhumanos. Entre el terror y el bramido de la tormenta se lanzaron en un furioso y violento ataque, mientras la furia de los cielos caía y cada golpe del furioso oleaje amenazaba con tragarse a ambas naves, esos lobos marinos llevaban su furia hasta más no poder… verdaderos hijos del mar, una salvaje furia llevaban en sus pechos. Ha sido más una carnicería que una pelea. El celta era el único hombre armado en la perdida nave. Ahora recuerda la extraña familiaridad de rostro que vislumbro justo antes de caer… ¿Quién?

– ¡Saludos! Mi intrépido Dalcasiano, a pasado mucho desde que nos conocimos.

Turlogh miro al hombre que estaba parado, en la cubierta, frente a él. Era de enorme estatura, una cabeza más alto que Turlogh, quien de pie media uno ochenta. Sus piernas eran como columnas, sus brazos como robles de hierro. Su barba crispada era dorada que combinaba con la armadura que vestía. Una cota de mallase agregaba a su apariencia de guerrero, como el casco con cuernos aumentaba su estatura. Pero no había ira en los tranquilos grises ojos que miraban tranquilamente a los ardientes ojos azules del gaélico.

– ¡Athelstane, el sajón!

– Sí… a pasado mucho tiempo desde que me diste esto. – el gigante señalo una delgada y blanca marca en su sien. Fuimos predestinados a conocernos en esa noche de la furia. La primera vez que cruzamos aceros fue la noche que incendiaste el skalli de Thorfel. Entonces caí por tu hacha y me salvaste de los pictos de Brogar. Al único de todos los seguidores de Thorfel. Esta noche fui yo quien te hiso caer.

Toco la gran espada que llevaba sobre los hombros. Turlogh maldijo.

– ¡Maldición! No me insultes. –dijo Athelstane con una expresión de molestia. Puedo matarte en este momento. Te golpe con lo plano. Te golpe con ambas manos, pero conoces lo duro de los cráneos irlandeses. Has estado inconsciente por horas, Lodbrog quería matarte como al resto de la tripulación de la nave mercante, pero yo reclame tu vida. Pero los vikingos solo estuvieron de acuerdo si permanecías atado a palo, ellos te conocen de hace tiempo.

– ¿Dónde estamos?

– No me preguntes. La tormenta nos ha lanzado lejos, fuera de curso. Navegábamos merodeando las costas de España, cuando nos topamos con tu embarcación, y por supuesto que aprovechamos la oportunidad, pero hubo poco botín. Ahora seguimos la corriente marina a lo desconocido. El timón esta dañado y la nave va a la deriva. Podríamos estar por llegar al borde del mundo. Jura unírtenos y te soltare.

– ¡Unirme a las hordas del infierno! –gruño Turlogh.- Prefiero hundirme con ell barco y dormir por siempre bajo las verdes aguas amarrado a este mástil. Lo único que lamento es no poder enviar a más lobos marinos a unirse a los cientos que he mandado a purgatorio.

– Bien, bien. –dijo Athelstane tolerantemente. Un hombre debe comer, soltare tus manos a menos por ahora, como esta carne.

Turlogh tomo el gran trozo de carne y lo comió vorazmente. E sajón o miro un momento, entonces se retiro. Un extraño hombre, reflexiono Turlogh, este renegado sajón quien caza con esta manada de lobos de norte – salvaje guerrero en la batalla, pero con destellosde amabilidad que lo separa de los hombres con los que anda.

El barco se tambaleaba ciegamente en la noche, Athelstane, regreso con un gran cuenco espumoso de cerveza, le comento que las nubes se habían juntado de nuevo, oscureciendo el océano. Le dejó las manos limitadas al gaélico, y Turlogh fue rápidamente amarrado al mástil de torso y piernas. Los vagabundos no prestaban atención al prisionero, estaban muy ocupados tratando de mantener a flote la nave. Lo último que Turlogh esperaba era tener una oportunidad entre la furia de las olas, estas crecían cada vez más, e barco saltaba como caballo espoleado y se estremecía en cada madero. Así como por magia, las nubes se iluminaron con el amanecer, mostrando os desechos lanzados por las grises aguas, esparcidos por todos lados. Una larga línea rompe al frente y más allá de la espumeante locura del arrecife, aparece tierra, aparentemente una isla. El rugido crecía hasta ensordecedoras proporciones, así la larga nave atrapada en la turbulencia corría hacia su perdición. Turlogh vio a Lodbrog apresurado, su larga barba mecida por el viento, blandía su puño y bramando ordenes inútilmente. Athelstane vino corriendo cruzando la cubierta.

– Un pequeño cambio de fortuna para todos nosotros. –gruño al cortar las ataduras del gaélico. Pero debes tener la misma oportunidad que el resto.

Turlogh salto libre. – ¿Dónde esta mi hacha?

– En la armería. Por la sangre de Thor, hombre. –dijo asombrado e gran sajón.- No debes cargarla ahora.

Turlogh tomo e hacha y la confianza fluyo como vino a través de sus venas al sentir el familiar, delgado y elegante mango. Su hacha era como una parte de él, como su mano derecha. Si él muriera, le gustaría morir con ella en el puño. Rápidamente se la coloco en el cinturón. Le habían quitado su armadura cuando lo capturaron.

– Hay tiburones en estas aguas. –dijo Athelstane, preparándose para abandonar el barco.- Tendremos que nadar.

Entonces e barco choco con un golpe que rompió sus mástiles y astillo su proa como si fuera de cristal. Su mascaron de dragón salió disparado por el aire. Los hombres rodaron como bolos por su inclinada proa. Por un momento se equilibro, estremeciéndose como una cosa viva, entonces resbalo desde el oculto arrecife y se hundió en medio de una ensordecedora y asfixiante espuma.

Turlogh salió de la proa en una larga zambullida. Levantándose en la confusión, luchando en las aguas, en un momento de locura, entonces atrapo un pedazo del naufragio que fue arrojado a la superficie, así se subió a gatas, una forma tropezó con él y volvió a hundirse. Turlogh hundió sus manos, agarro un cinto de espada y tiro a hombre, y lo subió a su improvisada balsa. Por un instante reconoció al sajón, Athelstane, tubo que cargarlo con a armadura que no había tenido tiempo de quitarse. El hombre parecía aturdido, estaba flácido.

Turlogh recordó la travesía en esa caótica pesadilla. La marea rompía hundiendo su frágil embarcación dentro de las profundidades, entonces los lanzaba a los cielos. No había nada que hacer, solo esperar y tener suerte. Turlogh siguió sujetando al sajón con una mano y la balsa con la otra, en ocasiones parecía que sus dedos cedían. Una y otra vez se hundía completamente; entonces como por un milagro salían, surcando aparentemente aguas tranquilas y Turlogh vio una delgada aleta cortar la superficie a corta distancia.Turlogh giro tomo su hacha y golpeo, las aguas se tiñeron de rojo instantáneamente y un torrente de sinuosa forma que hiso chocar contra las rocas. Mientras tanto los tiburones desgarraban a su hermano, Turlogh chapoteaba con sus manos, impulsando la rustica balsa a tierra, hasta que pudio sentir el fondo. Llego a la playa medio cargando al sajón, entonces, a pesar de su resistencia, Turlogh O’Brien cayo exhausto y pronto se durmió profundamente.                   


EL HOMBRE OSCURO Pt 4 (de 4)

– Lamb LaidirAbul
 
El grito de guerra desgarró la calma como el rugido de una pantera herida, y mientras los hombres se volvían en dirección del alarido, el enloquecido gaélico surgió del umbral como una tromba de viento del infierno. Estaba poseído por la negra furia celta al lado de la cual palidecia la rabia berserk de los vikingos. Con los ojos llameantes y un poco de espuma en los labios retorcidos, salto entre los hombres, que, cogidos por sorpresa, se apartaron de su camino. Aquellos ojos terribles estaban clavados en Thorfel, al otro extremo del salón, pero mientras cargaba Turlogh golpeó a diestra y siniestra. Su carga fue como el asalto de un torbellino y dejó en su estela una confución de muertos y agonizantes. Los bancos chocaron con el suelo, los hombres gritaron, la cerveza se derramó de los toneles volcados. Aunque el ataque del celta fue veloz, dos hombres bloquearon su camino con las espadas desenvainadas antes de que pudiera llegar a Thorfel. Halfgar y Oswick. El vikingo con el rostro lleno de cicatrices cayó con el cráneo partido antes de que pudiera alzar su arma, y Turlogh, recibio la hoja de Halfgar en su escudo, volvió a goilpear como el relámpago y el hacha acerada penetro peto, costillas y espina dorsal.
El tumulto en el salón era terrorífico. Los hombres cogían sus armas y se empujaban por todos lados y, en el centro, la rabia del gaélico solitario era terrible y silenciosa. Como un tigre herido era Turlogh Duhn en su locura. Cada uno de sus movimientos parecía borroso por la velocidad con que lo realizaba, una explosión de fuerza dinamica. Apenas había caído Halfgar cuando el gaélico saltó sobre su cuerpo encogido hacia Thorfel, que había sacado su espada y, desconcertado, seguía inmóvil. Pero una oleada de esbirros se interpuso entre ellos. Las espadas se alzaron y cayeron y el hacha del dalcasiano relampagueo entre ellas como los rayos de una tormenta veraniega. A cada lado, delante y detrás de él, le amenazaba un guerrero. Osric cargo desde un costado, balndiendo una espada con las dos manos; del otro , un siervo de la casa cargó con una lanza. Turlogh se agacho evitando la espada y el gopeo por dos veces, hacia adelante y hacia atrás. El hermano de Thorfel cayó, con un tajo en la rodilla, y el siervo murió de pie cuando el impulso de vuelta hundió la punta trasera del hacha en el cráneo, Turlogh se enderezo, lanzando su escudo al rostro del guerrero que le atacaba de frente. La punta en el centro del escudo convirtió sus rasgos en una ruina sanguinolenta; entonces, en el insatnte en que el gaélico giraba como un gato para protegerse la espalda, sintio sobre él la Muerte. Por el rabillo del ojo vio al danés Tostig blandiendo con las dos manos su gran espada y, apretando contra la mesa, perdiendo el equilibrio, supo que ni siquiera su rapidez sobre humana podría salvarle. Entonces la silbante espada golpeó al Hombre Oscuro sobre la mesa, y con el ruido de un trueno se quebró en mil chispas azuladas. Tostig se tambaleó, aturdido, soteniendo aún la inútil empuñadura y Turlogh golpeo como con una espada; la punta superior de su hacha hirió al danés encima del ojo y se hundio hasta su cerebro.
Y hasta en ese moimento el aire estaba lleno de un extraño canto y los hombres aullaban. Un enorme esbirro, con el hacha aún levantada, se lanzó torpemente sobre el gaélico, que le corto el cuello antes de ver que una flecha con punta de pedernal se lo atravesaba ya. El salón parecía lleno de resplandecientes líneas luminosas que zumbaban como abejas y llevaban una muerte veloz en su zumbido. Turlogh arriesgo su vida lanzando una mirada hacía el gran umbral al otro extremo del sálón. Una extraña horda irrumpía a travez de él. Eran hombres pequeños y morenos, con ojos negros como cuencas y rostros inmutables. Apenas llabavan armadura,´pero si espadas, lanzas y arcos.
Arrojaban sus largas flechas negras a quemarropa y los esbirros caían como espigas segadas.
Una roja ola de combate barrio el salón de skalli, una tempestad de muerte que rompió las mesas, aplasto los bancos, desgarro las colgaduras y trofeos de las paredes y manchó los suelos con un lago rojo. Habían menos extranjeros oscuros que vikingos, pero en la sorpresa del ataque la primera oleada de flechas había igualado las oportunidades y ahora, en el combate cuerpo a cuerpo, los extraños guerreros no se mostraban inferiores en ningun modo a sus enormes enemigos. A pesar de hallarse aturdidos por la sorpresa y al cerveza que habían bebido, y sin tiempo para armarse completamente, los nórdicos lucharon con toda la indómita ferocidad de su raza. Pero la furia primitiva de los atacantes igualaba su propio valor y, al fondo del salón, donde un sacerdote de´pálido rostro protegía a una muchacha agonizante, Turlogh el Negro hería y desgarraba con un frenesí que convenia en inútiles por igual el valor y la furia.
Y por encima de todo se alzaba el Hombre Oscuro. A las ocasionales miradas de Turlogh, entre los relámágos de las espadas y el hacha, la imagen habia parecido crecer…, expandirse…, hacerse más alta; dominar como un gigante la batalla; su cabeza pareció alzarse hasta las vigas llenas de humo del gran salón; meditar como una oscura nube de muerte sobre los insectos que se cortaban las gargantas entre sí a sus pies. Turlogh sentía que le relampagueante juego de las espadas y la masacre eran el elemnato adecuado al Hombre Oscuro. Exudaba violencia y furor. El crudo aroma de la sangre recien vertida era bueno para su olfato, y los cuerpos de cabellos amarillos que gemían a sus pies eran como sacrificios para él.
La tormenta del combate sacudía el espacioso salón. Se convirtio en un amasijo donde los hombres resbalaban en charcos de sangre y, resbalando, morían. Cabezas heladas en una mueca saltaban de hombros que se encogían. Lanzas aserradas arrancaban el corazón, latiendo aún, del pecho ensangrantado. Los sesos eran aplastados y se coagulaban en las hachas que giraban enloquesidas. Las dagas saltaban hacia arriba, abriendo vientres y derranmando las entrañas en el suelo. el choque y el fragor del acero se alzaban ensordecedores. No se pedía ni se daba cuartel. Un nórdico herido había arrastrado en su caída a uno de los hombres morenos, y le estrangulab tenazmente sin importarle la daga que su víctima hundía una y otra vez en su cuerpo.
Uno de los hombres morenos agarro a un niño que corria chillando desde un cuarto interior, y le revento los sesos contra la pared. Otro aferro a una mujer nórdica por la dorada cabellera y, arrojandola de rodillas, le corto la garganta mientras ella le escuía el rostro. Quien prestara oídos a los gritos de miedo o suplica de clemencia no habría escuchado ninguno; los hombres, mujeres y niños morían acuchillados y arañando, su último aliento un sollozo de furia, o un gruñido de odio imposible de saciar.
Y en la mesa se alzaba el Hombre Oscuro, inamovible como un montaña, lavado por las rojas olas de la carnicería. Nórdicos e indigenas morían a sus pies. ¿Cuantos rojos infiernos de carnicerias y locura habían contemplado los ojos extrañamente esculpidos del Hombre Oscuro?
Hombro a hombro lucharon Sweyn y Thorfel. Athelstane el sajón, su dorada barba encrespada por la alegría del combate, se había puesto de espaldas al muro y a cada movimiento de su hacha, manejada a dos manos, caía un hombre. Turlogh llegó como una ola, evitando con ágil quiebro de cintura el primer y temible golpe. Ahora se demostraba la superioridad de la ligera hacha irlandesa, pues antes de que el sajón pudiera desviar su pesada arma. el hacha dalcasiana golpeo como una cobra y Athelstane se tambaleó cuando el filo mordio el peto y las costillas que se hallaban bajo el. Otro golpe y se derrumbo, con la sangre brotando de su sien.
Ahora nadie bloqueaba el camino de Turlogh hasta Thorfel excepto Swey, y en el mismo insatnte en que el gaélico saltaba como una pantera hacía la pareja de feroces combatintes, alguien se le adelantaba. El jefe de los Hombres Oscuros se deslizó como una sombra bajo el tajo de la espada de Sweyn y su propia espada corta golpeo hacía arriba bajo la cota. Thorfel se enfrento a Turlogh en solitario. Thorfel no era ningún cobarde; hasta llegó a reír por la pura alegría del combate mientras golpeaba, pero no había ninguna sonrisa en el rostro de Turlogh el Negro, sólo una rabia frenetica que le contorcionaba los labios y convertía sus ojos en carbones de fuego azul.
En el primer remolino de aceros la espada de Thorfel se rompió. El joven rey del mar saltó como un tigre sobre su presa, golpeando con los restos de la hoja. Turlogh rió ferozmente mientras la hoja quebrada le desgarraba la mejilla, y en ese mismo instante corto el pie izquierdo de Thorfel. El nórdico cayó con un gran estruendo, luchando luego por arrodillarse, buscando a tientas su daga. Tenía los ojos nublados.
 
– ¡Acaba ya, maldito seas! -gruño.
 
Turlogh rió.
 
– ¿Dónde esta ahora tu poder y tu gloria? – se burlo -. Tú, que habrías tomado por esposa involuntario a una princesa irlandesa…, tú…
 
De pronto su odio le ahogo y con el aullido de una pantera enloquecida blandió su hacha en un arco silbante que partio al nórdico del hombro al esternón. Otro golpe separo la cabeza, y con el espantoso trofeo en su mano se acerco a la litera donde yacía Moira O’Brien. El sacerdote le había levantado la cabeza y sostenia una copa de vino ante sus pálidos labios. Sus velados ojos grises se posaron con un leve reconocimiento en Turlogh…, y por fin pareció conocerle y trató de sonreir.
 
– Moira, sangre de mi corazón – dijo cansadamente el proscrito-, mueres en un país extraño. Pero los pájaros de las colinas de Culland llorarán por ti, y los brezos en vano suspiraran por la huella de tus piececitos. Mas no serás olvidada; por ti gotearán las hachas y chocarna las galeras y ciudades amuralladas serán pasto de las llamas. ¡Y para que tu fantasma no marche sin saciarse a los reinos de Tima-n Oge, contempla esta prueba de venganza!
 
Y sostuvo en lo alto la goteante cabeza de Thorfel.
 
– En el nombre de Dios, hijop mio – dijo el sacerdote, su voz enronquecida por el horror -, basta ya, basta ya. Proclamaras tus horribles hazañas en presencia de…, mira, ha muerto. Que Dios en su infinita justicia, tenga piedad de su alma, pues aunque se quitó ña vida, murió con todo como había vivido, en la inocencia y la pureza.
 
Turlogh reposó su hacha en el suelo e inclino la cabeza. todo el fuego de su locura le había abandonado y sólo permanecía una oscura tristeza, un profundo sentimiento de futilidad y cansancio. En todo el salón no se oia ni un ruido. Ningun gemido se alzaba de los heridos, pues los cuchillos de los hombrecitos morenos habían estado muy ocupados y, excepto los suyos, no quedaba ningun herido. Turlogh vio que los supervivientes se habían apiñado alrededor de la mesa sobre la que se hallaba la estatua y permanecían contemplándola con ojos inescrutables. el sacerdote murmuro algo sobre el cuerpo de la muchacha, pasando su rosario. Las llamas devoraban la pared mas alejada del edificio, pero nadie le prestaba atención. Entonces, de entre los muertos en el suelo, se levantó tambaleánte una forma enorme. Athelstane, el sajón, ignorado por los asesinos, se apoyó contra el muro y contemplo aturdido lo que le rodeaba. La sangre fluia de una herida en sus costillas y de otra en el cuero cabelludo, allí donde el hacha de Turlogh había golpeado ligeramente. El gaélico se acerco a él.
 
– No siento odio hacia ti, sajón – dijo cansadamente-, pero la sangre pide sangre y debes morir.
 
Athelstane le contemplo sin responder. Sus grandes ojos grises estaban llenos de seriedad, pero no de miedo. Tambien él era un bárbaro; más ágano que cristiano. También el comprendía los derechos de la uda de sangre. Pero cuando Turlogh levantaba su hacha , el sacerdote se interpuso de un salto, sus delgadas mano extendidas, sus ojos extraviados.
 
– ¡Basta ya! ¡Te lo ordeno, en el nombre de Dios! Por el todopoderoso, ¿no se ha derramando ya sangre bastante esta noche? En el nombre del altísimo, reclamo a este hombre.
 
Turlogh dejó caer su hacha.
 
– Tuyo es; no por tu juramento o tu maldición, no por que le reclames sino porque también tu eres un hombre e hiciste todo lo posdible por Moira.
 
Turlogh giró al sentir que le tocaban el brazo. El jefe de los extranjeros permanecía mirándole con ojos inescrutables.
 
– ¿Quien eres? – pregunto el gaélico sin excesivo interes. No le importaba; sólo sentia cansancio.
– Soy Brogar, jefe de los pictos, amigo del Hombre Oscuro.
– ¿Por qué me llamas asi? – pregunto Turlogh.
– Viajo en la proa de tu barca y te guió hasta Helni a través del viento y la nieve. Te salvó la vida al romper la gran espada del danés.
 
Turlogh contemplo al meditabundo Hombre Oscuro. Parecia que una inteligencia humana o sobrehumana atisbaba tras aquellos extraños ojos de piedra. ¿Fue solo la suerte la que hizo chocar la espada de Torrig con la imagen cuando la blandía en un golpe mortal?
 
– ¿Que es esta cosa? -pregunto el gaélico.
 
– Es el último Dios que nos queda – respondio el otro sombríamente -. Es la imagen del más grande de nuestros reyes, Bran Mak Morn, que unió las filas dispersas de todas las tribus pictas en una gran nación única y poderosa, que expulsó al nordico y al britano y quebró las legiones de Roma, siglos ha. Un brujo hizo esta imagen cuando el gran Morn vivía y reinaba aún, y cuando murio en la última gran batalla, su espíritu entró en ella. Es nuestro Dios. <<Dominamos hace eras. Antes del danés, antes del gaélico, antes del britano, antes dek romano, reinamos en las islas occidentales. Nuestros círculos de piedra se alzaron hacia el sol. Trabajamos el pedernal y las pieles y fuimos felices. Entonces llegaron los celtas y nos arrojaron a las tierras salvajes. Dominaron el sur. Pero nos mantuvimos en el norte y fuimos fuertes. Roma venció a los britanos y se dirigió contra nosotros. Pero de entre los nuestros se alzó Bran Mak Morn, de la sangre de Brule, La Lanza Mortífera, que hizo pedazos las filas aceradas de Roma y envió a las legiones a refugiarse al sur detrás de su Muro>> Bran Mak Morn cayó en combate, la nación se dispersó. Como lobos vivimos ahora los pictos entre las islas dipersas, entre los barrancos de las tierras altas y las oscuras colinas de Galloway. Somos un pueblo que desaparece. Pasamos. Pero el Hombre Oscuro permanece…, el Oscuro, el gran rey, Bran Mak Morn, cuyo fantasma mora para siempre en la pétrea apariencia de cómo era en vida.
 
Turlogh vio como en sueños a un viejo picto, que se parecía mucho a aquel en cuyos brazos muertos había encontrado al Hombre Oscuro, levantando la imagen de la mesa. Los brazos del anciano eran como ramas resecas y su piel colgaba de su cráneo como la de una momia, pero trasporto con facilidad la estatua que dos fuertes vikingos habían tenido problemas en llevar.
Como si leyera sus pensamientos, Brogar habló quedamente.
 
– Solo un amigo puede tocar con seguridad al Hombre Oscuro. Sabíamos que eras amigo, pues viajo en tu barca y no te hizo daño.
-¿Cómo lo sabían?
– El Anciano – señalo al viejo de la blanca barba-, Gonar, gran sacerdote del Oscuro… El fantasma de Bran acude a él en sus sueños. Fue Grok, un sacerdote menor, y su gente quienes robaron la imagen y se hicieron a la mar en una barca larga. Gonar le siguio en sueños; sí, mientras dormía envio su espíritu con el fantasma de Morn, y vio la persecución de los daneses, la batalla y la matanza en la isla de las Espadas. Te vio llegar y encontrar al Oscuro, y vio que el fantasma del rey se complacía en ti. ¡Malhayan los enemigos de Mark Morn! Pero que la buena suerte acompañe a sus amigos.
 
Turlogh volvió a sí mismo como de un trance. El calor del salón ardiendo alcanzaba su rostro y las llamas vacilantes iluminaban y ensombrecía el rostro tallado del Hombre Oscuro mientras sus adoradores le sacaban del edificio, otorgándole una extraña vida. ¿Acaso en verdad el espíritu de un rey largamente muerto vivía en esa fría piedra? Bran Mark Morn amó a su pueblo con un amor salvaje; odió a sus enemigos con un odio terrible. ¿Era posible que en esa piedra ciega e inanimada alentara el latido de un amor y un odio que venciera a los siglos?
Turlogh levantó la forma inmóvil y ligera de la muchacha muerta y la sacó del salón en llamas. Cinco gandes piraguas descansaban ancladas, y entre los rescoldos del fuego yacían los cadáveres enrojecidos de los bebedores que habían muerto en silencio.
 
– ¿Como llegaste hasta ellos sin ser descubiertos? -pregunto Turlogh-. ¿Y de dónde vinieron en las piraguas?
– Quienes viven escondidos adquieren el sigilo de la pantera – respondio el picto-. Y esos estaban borrachos. Seguimos la ruta del Oscuro y vinimos desde la Isla del Altar, junto a la tierra de los escoceses de donde Grok robó al Hombre Oscuro.
 
Turlogh no conocia ninguna isla con ese nombre pero se daba cuenta del valor de aquellos hombres al desafiar los mares en embarcaciones semejantes. Pensó en su propia barca y pidio a Brogar que enviara a sus hombres a buscarla. Así lo hizo el picto. Mientras esperaba qeu la trajeran rodeando el promotorio, contemplo al sacerdote vendar las heridas de los supervivientes. Silenciosos, inmóviles, no profirieron ni una palabra de queja o agradecimiento.
La barca del pescador apareció dando la vuelta al promotorio justo cuando el primer atisbo del amanecer enrojecía las aguas. Los pictos subían a sus embarcaciones, llevando en ellas los muertos y los heridos. Turlogh saltó a su barca y deposito suavemente en ella su penosa carga.
 
– Dormirá en su propia tierra – dijo sombríamente-. No yacerá en esta fria isla extranjera. Brogar, ¿adonde iran?
– Devolveremos al Oscuro a su isla y su altar – dijo el picto -. Por boca de su pueblo te da las gracias. Exite un lazo de sangre entre nosotros, gaélico, y quizá volvamos a ti en tus horas de nececidad, como Bran Mak Morn, gran rey de Pict Dom, volverá a su pueblo en los días venideros.
– ¿Y tú, buensacerdote? ¿Vendras conmigo? El sacerdote sacudió la cabeza y señalo hacia Athelstane. El herido sajón descansaba en un tosco lecho de pieles amontonadas en la nieve.
– Me quedo aquí para cuidar de este hombre. Esta gravemente herido.
 
Turlogh contemplo lo que le rodeaba. Los muros de los edificios se habían derrumbado en una masa de ascuas incandescentes. Los hombres de Brogar habían incendiado los almacenes y la gran galera, y el humo y las llmas luchaban eb su lividez con la creciente luz del amanecer.
 
– Te helaras o morirás de hambre. Ven conmigo.
– Encontrare sustento para los dos. No intentes persuadirme, hijo mío.
– Es un pagano y un saqueador.
– No importa. Es un ser humano…, una criatura viviente. No lo dejaré morir.
– Así sea.
 
Turlogh se preparo para zarpar. Las embarcaciones de los pictos rodeaban ya el promotorio. Hasta él llegaba con claridad los rítmicos chasquidos de los remos. No miraron atrás, inclinados sobre su labor.
Contemplo los cuerpos inmóviles en la playa, los restos calcinados y las vigas incandescentes. Bajo el resplandor el sacerdote parecía irreal por su blanca delgadez, como un santo en un viejo manuscrito iluminado. En su rostro pálido y cansado había una tristeza más que humana, un cansancio mayor que el de cualquier hombre.
 
– ¡Mira! – exclamo de pronto, señalando hacia el mar-. ¡El océano se ha vuelto de sangre! ¡Mira sus olas rojas al sol naciente! ¡Oh, pueblo mío, la sangre que has derramado por la ira convierte al propio mar en escarlata! ¿Como podrás cruzarlo?
– Vine bajo la nieve y el vendabal – dijo Turlogh, sin entender al principio-. Me voy como vine. El sacerdote sacudió la cabeza.
– Es más que un mar normal. Tus manos estan rojas de sangre y sigues una senda enrojecida, aunque la culpa no es totalmente tuya. Dios Todopoderoso, ¡Cuándo terminara el reino de la sangre?
 
Turlogh sacudió la cabeza.
 
– No terminara mientras la raza exista. Y el viento de la mañana hincho su vela.
 
 
EL HOMBRE OSCURO
ROBERT E. HOWARD.

EL HOMBRE OSCURO Pt 3 (de 4)

 
A menos de un kilómetro de distancia estaba anclado el navio dragón de Thorfel. Y allí estaba el Skalli de Thorfel así como la larga y achaparrada construcción de troncos mal cortados cuyo resplandor delataban los ruegos que ruguían en sus interior. Gritos de ebriedad llagaban claramente a quien prestaba oídos a traés del aire limpio y tranquilo. Rechino los dientes. ¡Borrachera! Sí, estaban celebrando la ruina y la destrucción que habían causado…, las casas convertidas en ascuas humeantes…, los hombres muertos…, las muchachas violadas. los vikingos eran los señores del mundo…, todas las tierras del sur estaban infestadas bajo sus espadas. La gente del sur vivía sólo para divertirles… y para darles esclavos. Turlogh se extremeció violentamente y temblo como si estuviera helado. El ansia de sangre era como un dolor fisico, pero lucho contra las nieblas de pasión que obnubilaban su cerebro.
 
No estaba allí para combatir, sino para huir con la muchacha que habían secuestrado. Tomó cuidadosa nota del terreno, como un general revisando los planes de su campaña. Observo el lugar donde se espesaban los árboles; que las casas más pequeñas, los almacenes y las cabañas de los criados se hallaban entre el edificio principal y la bahía. Una enorme hoguera ardía junto a la costa y unos cuantos esbirros gritaban y bebían a su alrededor, pero el frío cruel había empujado a la mayoria de ellos hacía el salón del banquete del edificio principal..
Turlogh descendió, arrastrándose por el espeso boscaje de la ladera, entrando en el bosque que se extendía en una amplía curva, alejandose de la costa. Se amntuvo en el límite de sus sombras, aproximándose en un curso más bien indirecto, pero temiendo aventurarse en terreno abierto, donde podría ser visto por los centinelas que Thorfel habría destacado con toda seguridad. ¡Dioses, si solo tuviera a sus espaldas a los guerreros de Clare, como en los viejos tiempos! ¡Entonces, nada de escurrirse como un lobo entre érboles! Su mano se cerro férreamente sobre el mango de us hacha mientras visualizaba la escena – la carga, el griterío, el derramamiento de sangre, el remolinear de las hachas dalcasianas -. y suspiro. Ahora no era sino un desterrado solitario, quejámas volveria a conducir a los espadachines de su clan a la batalla. Se arrojo súbitamente a la niev detrás de un arbusto y permanecio inmóvil. se acercaban hombres procedentes de la msma dirección de la que él había venido…, hombres que gruñian ruidosamente con pesadez. Aparecieron por fin. Eran dos enormes guerreros nórdicos, su armadura de escamas plateadas destellando a la luz de la luna. Entre los dos llevaban algo con dificultad y, para sorpresa de Turlogh, vio que era el Hombre Oscuro. Su consternación, al darse cuenta de que habían descubierto su barca, fue sumergida por un asombro mayor. Aquellos hombres eran gigantes; sus brazos abultaban con férrea musculatura. Y con todo se tambaleaban bajo lo que parecía un peso portentoso. En sus manos el Hombre Oscuro parecía pesar centenar de kilos, ¡pero Turlogh lo había levantado con la ligereza de una pluma! Estuvo a punto de blasfemar en su asombro. Seguramnete, los hombres estaban bebidos.
Uno de ellos hablo, y el ralo vello de Turlogh se erizó ante el sonido de los acentos guturales, como se encrespa un perro ante la visión del enemigo.
 
– Bájalo; por la muerte de Thor, esto pesa una tonelada. Descansemos.
 
El otro gruño algo en respuesta, y  empezaron a bajar a la imagen al suelo. Entonces uno de ellos perdió su presa; su mano resbalo y el Hombre Oscuro chocó pesadamente contra ña nieve. El que había hablado primero aulló.
 
– ¡Torpe, imbécil, lo dejaste caer en mi pie! ¡Maldito seas, tengo el tobillo roto!
– ¡ Se retorció en mi mano! -grito el otro-. ¡Te digo que esta cosa está viva!
-¡Entonces la mataré! – rugió el vikingo herido y, sacando su espada, golpeó salvajemente la figura postrada.
 
Un resplandor ígneo broto al romperse la hoja en cien fragemntos, y el otro nórdico aullo al golpearle la mejilla un pedazo de acero.
 
– ¡El diablo la habita! – grito el otro, arrojando su empuñadura a lo lejos -. ¡Ni siquiera la he arañado! Toma, sostenla…, llevémosla a la taberna y que Thorfel se las arregle con ella.
– Dejala – gruño el segundo hombre, limpiándose la sangre de la cara-. Sangro como un cerdo degollado. Regresemos y digámosle a Thorfel que ninguna embarcación se ha acercado a la isla. Esto es lo que nos mando a ver al promotorio.
– ¿Qué hay de la barca donde encontramos esto? – saltó el otro-. Algún pescador escocés desviado de su curso por la tormenta y que ahora se esconde en los bosques como una rata, supongo. Vamos, échame una mano: ídolo o diablo, le llevaremos esto a Thorfel.
 
Resoplando por el esfuerzo, alzaron la imagen una vez más y prosiguieron lentamente, uno gruñendo y maldiciendo mientras cojeaba, el otro sacudiendo la cabeza de vez en cuando al entrarle sangre en los ojos.
Turlogh se incorporo cautelosamente y les vigiló. Un escalofrió subía y bajaba por su columna vertebrar. Cada uno de aquellos hombres eran tan fuerte como él, pero lo que él había llevado sin dificultad les exigía un esfuerzo sobrehumano. Sacudió la cabeza y reemprendió el camino. Por fin llegó al lugar en los bosques más cercanos a loa edificios. ahora se enfrentaba con la prueba crucial. de algún modo, debía llegar a aquel edificio y esconderse sin ser percibido. Las nubes se acumulaban. Aguardó hasta que una tapó la luna y en las tinieblas subsiguientes corrió velozmente y en silencio a través de la nieve, agazápándose. Parecía una sombra surgida de las sombras. Ahora se hallaba próxima a la casa. intentando fundirse con los troncos mal cortados. La vigilancia se hallaba ahora muy relajada, con toda seguridad…, pues, ¿qué enemigo podía esperar Thorfel, cuando se hallaba en amistad con todos los saqueadores del norte, y nadie más podía esperarse que navegase en noche semejante?
Convertido en una sombra entre sombras, Turlogh se acerco a la casa. Vio una puerta lateral y se deslizó precavidamente hacía ella. Después, se pego de nuevo a la pared. En el interior, alguien tanteaba el cerrojo. Una puerta se abrió de golpe y un guerrero enorme salió tambaleándose, cerrando la puerta de golpe tras él. Entonces vio a Turlogh. Sus labios barbudos se abrieron , pero en ese momento las manos del gaelico saltaron  su garganta y se cerraron en ella como una trampa para lobos. El grito presentido murió en un jadeo. Una mano volvió a la muñeca de turlogh, la otra desenfundo una daga y golpeo hacia arriba. Pero el hombre ya estaba inconciente; la daga chasqueó débilmente contra el corselete del proscrito y cayo en la nieve. El nordico se aflojo bajo el brazo de su asesino, su garganta ligeramente aplastada por aquella presa de hierro. Turlogh le arrojó despectivamente a la nieve y escupió sobre su rostro muerto antes de volverse de nuevo hacia la puerta.
No habían asegurado el cerrojo por dentro. La puerta cedió un poco. Turlogh atisbo el interior y vio un cuarto vacío, lleno de barriles de cerveza. Pensó en ocultar el cuerpo de su víctima, pero no sabía como hacerlo. Debía confiar en la suerte el que nadie lo viera en la espesa nieve donde yacía. Cruzó el cuarto y descubrió que llevaba a otro paralelo con el muro exterior. Se trataba también de un almacén, y estaba vacío. Desde éste, un umbral, sin puerta pero provisto de una cortina de pieles, llevaba al salón principal, como Turlogh podía deducir por los sonidos procedentes del otro lado. Atisbo cautelosamente. Estaba viendo el salón de banquetes…, el gran salón que servia como sala de festines, de consejo y residencia del amo. El salón, con sus vigas ennegrecidas por el humo, sus enormes fuegos rugientes y sus mesas cargadas de vituallas, era esa noche el escenario de una terrorífica orgía. Enormes guerreros de barbas doradas y ojos salvajes estaban setados o reclinados en los toscos bancos, caminaban por el salón o tacían cuan largo eran en el suelo. Bebían abundantemente de cuernos espumeantes y obres de cuero, y se atiborraban con grandes pedazos de pan de centeno y enormes trozos de carne que cortaban con sus dagas de los cuartos enteros que se asaban al fuego. Era una escena de extraña incongruencia, pues en contraste con estos bárbaros y sus groseras canciones y gritos, de las paredes colgaba un rico botín que atestiguaba el arte de la civilización. Delicadas tapicerías trabajadas por mujeres de Normandia; armas ricamente cinceladas que habían sido esgrimidas por príncipes de Francia y España; armaduras y vestimentas de seda de Bizancio y el Oriente…, pues los despojos de la caza, para mostrar el dominio que los vikingos tenían sobre las bestias al igual que sobre los hombres.
Los hombres modernos a duras penas pueden concebir los sentimientos de Turlogh O’Brien hacia aquellos hombres. Para él eran diablos…, ogros que moraban en el norte sólo para caer sobre la pacífica gente del sur. Todo el mundo era su presa para tomar y escoger, usar y tirar según sus bárbaros caprichos. Su mente latía y ardía mientras miraba. Les odiaba como sólo puede hacerlo un faélico…, su magnífica arrogancia, su orgullo y su poder, su desprecio por las demás razas, sus ojos austeros y amenazadores; odiaba por encima de todo lo demás aquellos ojos que miraban con desprecio y amenaza al mundo. Los gaélicos eran crueles pero tenían raros momentos de sentimiento y bonda. No había sentimiento en el alma del nórdico.
La visión de aquella orgía fue como una bofetada en el rostro de Turlogh el Negro, y sólo una cosa era necesaria para completar su locura. Le fue concedida. En la cabexera de la mesa estaba Thorfel el Hermoso, joven, apuesto, arrogante, inflamado por el vino y el orgullo. En sus constitución se parecía mucho al propio Turlogh era excepcionalmente moreno entre un pueblo moreno, Thorfel era excepcionalmente rubio entre un pueblo esencialmente de tez blanca. Su cabellera y bigote eran como oro finamente tejido y sus ojos gris claro lanzaran destellos como relámpagos. A su lado… Las uñas de Turlogh se clavaron en sus palmas… Moira de los O’Brien parecia enormemente fuera de lugar entre aquellos hombretones rubios y robustas mujeres de pelo amarillo. Era pequeña, casi frágil, y su cabello era negro con reflejos de bronce reluciente. Pero su piel era tan clara como la de ellos, con un delicado matiz rosado del que no podían presumir ni sus más hermosas mujeres. Sus carnosos labios estaban ahora pálidos de miedo y se encogía ante los clamores y el tumulto. Turlogh la vio temblar cuando Thorfel la rodeo insolentemente con su brazo. El salón vaciló en una niebla rojiza ante los ojos de Turlog, que lucho obstinadamente por controlarse.
 
– El hermano de Thorfel, Osric, a su derecha – murmuro Turlogh para si mismo-; al otro lado Tostig, el danés, que puede partir en dos a un buey con esa gran espada suya…, eso dicen. Y allí está Hangar, y Sweyn, y Oswick, y Athelstane el sajón…, el único hombre en una manada de lobos marinos. Y en nombre del diablo… ¿Qué es eso, un sacerdote?
 
De un sacerdote se trataba, sentado pálido e inmovil entre la algarabía, contando silenciosamente su rosario, mientras sus ojos llenos de pena se aventuraban hacia la esbelta muchacha irlandesa en la cabecera de la mesa. Entonces Turlogh vio algo más. En una mesa más pequeña a un lado, una esa de caoba cuyo rico trabajo de taracea la delataba como botín de las tierras del sur, se alzaba el Hombre Oscuro. Los nordicos heridos lo habían traído al salón, despues de todo. Su visión impresiono a Turlogh y calmo su cerebro. ¿Solo metro y medio de alto? Ahora parecía mucho mayor, de algún modo, dominaba la orgía, como un dios que medita asuntos hondos y oscuros más allá de la compresión de los insectos humanos que aullaban a sus pies. Como siempre que miraba al Hombre Oscuro, Turlogh sintió que una puerta se había abierto de pronto al espacio exterior y al viento que sopla en las estrellas. Parecía hallarse esperando… ¿a quien? Quizas los ojos tallados del Hombre Oscuro miraban a través de los muros del skalli, a través de la llanura nevada y por encima del promotorio. Quizas esos ojos ciegos veían las cinco barcas que en ese mismo instante se deslizaban silenciosamente con callados golpes de remo, a traves de las aguas tranquilas y oscuras. Pero de todo eso Turlog Dubh nada sabía; nada de las barcas o de sus silenciosos remeros; hombres pequeños y morenos con ojos inescrutables.
La voz de Thorfel cortó el estruendo.
 
-¡Oigan, amigos!
 
Guardaron silencio y se volvieron cuando el joven rey del mar se levanto.
 
– ¡Esta noche, tomo esposa! -trono.
 
Un retumbar de aplausos sacudio ruidosamente las vigas. Turlogh blasfemo, enfermo de furia. Thorfel cogio a la muchacha con ruda amabilidad y la deposito en la mesa.
 
– ¿No es acaso la digna novia de un vikingo? -grito-. Cierto, es algo vergonzosa, pero eso es muy norman.
– ¡Todos los irlandeses son cobardes! -grito Oswick.
-¡Como lo prueba Clontarfy la cicatriz de tu mandibula! – gruño Athelstane, cuya ligera broma hizo pestañar a Oswick y provocó un rugido de salvaje diversión en la multitud.
– Vigila tu temperamenteto, Thorfel – exclamo una joven de ojos atrevidos sentada entre los guerreros-. Las muchachas irlandesas tienen garras como los gatos.
 
Torfel rió con la confianza del hombre acostumbrado a mandar.
 
– Le daré ñecciones con una buena vara de abedul. Pero basta. Se hace tarde. Sacerdote, cásanos.
– Hija – dijo el sacerdote, tembloroso-, estos paganos me han traído aquí por la fuerza para celebrar nupcias cristianas en una casa sin dios. ¿Te casas voluntariamente con este hombre?
– ¡No! ¡No! ¡Oh, Dios, no! – Moira gritó con tan salvaje desesperación que el sudor broto en la frente de Turlogh-. ¡Oh, santo hombre, salvame de este destino! ¡Me arrancaron de mi hogar…, abatieron a mi hermano, que me habría salvado! ¡Este hombre me arrastró como si fuera un objeto…, una bestia sin alma!
– ¡Silencio! – tromo Thorfel, abofeteando en la boca con ligereza pero con la fuerza suficiente ára hacer brotar un hilo de sangre de sus delicados labios-. Por Thor que te vuelves independiente. Estoy decidido a tener una esposa, y los gritos de una noña llorosa no me detendran. Vaya, mujerzuela desgraciada, ¿acaso mo me caso contigo a la manera cristiana, simplemente por tus estúpidas supersticiones? ¡Ten cuidado de que no prescinda de las nupcias y te tome como esclava, no como esposa!
– ¡Hija! – dijo trémulamnte el sacerdote, asustado no por él sino por ella-, ¡piensalo! Este hombre te ofrece más de lo que harían muchos. Al menos, se trata de un honorable estado matrimonial.
-Cierto – gruño Athelstane-, cásate con él como una buena mujer y toma las cosas lo mejor que puedas. Más de una mujer sureña vive en las aldeas del norte.
 
<< ¿Qué puedo hacer?>> La pregunta desgarraba la mente de Turlogh. Sólo había una cosa que hacer…, aguardar hasta que la ceremonia terminara y Thorfel se retirara con su prometida. Y llevársela entonces, como mejor pudiera. Después de eso… Pero no osaba mirar más adelante. Había hecho y haría lo más que pudiera. La necesidad le había obligado a actuar en solitario; un hombre sin señor no tiene amigos, ni siquiera entre los hombres sin señor. No había modo de llegar a Moira para advertirle de su presencia. Tendría que soportar la boda sin siquiera la débil esperanza de liberación qu el conocimiento de su presencia podría haber significado. Instintivamente sus ojos saltaron hacia el Hombre Oscuro, que se alzaba sombrio y alejado del tumulto. a sus pies lo viejo luchaba con lo n uevo – lo pagano con lo cristiano -, e incluso es ese momento Turlogh sintio que lo viejo y lo nuevo eran igualmente jóvenes para el Hombre Oscuro. ¿Oían las orejas tapadas del Hombre Oscuro proas extrañas rascando la playa, el golpe de un cauteloso cuchillo en la noche, el gorgoteo que señala una garganta cortada? Los que se hallaban en el salón no oían sino su propio ruido, y los que se divertían fuera junto al fuego siguieron cantando sin notar los silenciosos anillos de la muerte que se cerraban a su alrededor.
 
-¡Basta! – grito Thorfel-. ¡Cuenta tus abalorios y musita tu farsa, sacerdote! ¡Ven aquí, muchacah, y cásate!
 
Arranco a la doncella de la mesa y la arrojó delante de él. Ella se libero con los ojos llameando. toda la caliente sangre gaélica ardía en su interior.
 
– ¡Cerdo de pelo amarillo! -grito-. ¿Piensas que una princesa de Clare, con la sangre de Brian Boro en sus venas, tomaría asiento en el banco bárbaro y llevaría en su seno los cachorros con cabezas de estopa de un ladron norteño? No… ¡Nunca me casare contigo!
– ¡Entonces te tomare como esclava! -rugio él, aferrando su muñeca.
– ¡Tampoco de ese modo, cerdo! – exclamo, olvidado su miedo por un triunfo feroz.
 
Con la velocidad de la luz le arrebató una daga del cinturon y antes de que él pudiera agarrarla hundió la afilada hoja bajo su corazón. El sacerdote grito como si hubiera recibido él la herida y, saltando hacia adelante, la cogio en sus brazos mientras caía.
 
– ¡La maldición del Todopoderoso caiga sobre ti, Thorfel! – grito, con una voz que sono como una trompeta mientras la llevaba a una litera cercana.
 
Turlogh permanecio inmovíl. Por un insatnte reino el silencio, y en ese instante Turlogh O´Brien enloqueció.
 
 
 

EL HOMBRE OSCURO Pt 2 (de 4)

Larga es la navegación de Malin Head a Helni cruzando las olas espumeantes, tal como Turlogh la emprendió. Se dirigía a una pequeña isla que yacía, junto con muchas otras, entre Mull y las Hébridas. Turlogh no tuvo dificultad en hallarla. Navego por instinto y por conocimiento. Conocía aquellos mares como un hombre conoce su casa. Había navegado por ellos como incursor y cono vengador, y una vez como cautivo azotado en el puente de un barco dragón danés. Y seguía un rastro rojo. Humo que derivaba de las costas, restos flotantes de naufragio, maderos calcinados mostrando que Thorfel devastaba su camino. Turlogh gruño, salvajemente satisfecho; le pisaba los talones al vikingo, pese a su amplia ventaja. Pues Thorfel incendiaba y saqueaba las costas en su camino, mientras que el curso de Turlogh era recto como una flecha.. Se hallaba aún lejos de Helni cuando diviso una pequeña isla ligeramente fuera de rumbo. Sabía que llevaba mucho tiempo deshabitada, pero que allí podría conseguir agua fresca. Así pues, enfilo hacia ella. la llamaban la isla de las Espadas, nadie sabía por que. Y cuando se acercaba a la playa, vio un espectáculo que interpreto correctamente. Había dos embarcaciones varadas en la orilla. Una era rudimentaria, algo parecida a la de Turlogh,  pero considerablemente mayor. La otra era larga y baja.., innegablemnete vikinga. Ambas estaban desiertas. Turlogh estuvo atento al choque de armas y el grito de la batalla, pero reinaba el silencio. Pescadores, pensó, de las islas escocesas; habían sido avistados por una banda de salteadores en alta mar o en alguna otra isla, y habían sido largamente perseguidos a remo. Pero la persecución había sido más larga de lo previsto, de eso estaba seguro; de lo contrario no la habrían empezado en una embarcación sin puente. Sin embargo, inflamado por el ansia de matar, los salteadores habrían perseguido a su presa a través de cien kilometros de aguas turbolentas, si era necesario, en una embarcación sin puente. Turlogh se aproximo a la costa, arrojo la piedra que servía de ancla y saltó a la playa, con el hacha dispuesta. Vio entonces, a corta distancia más al interior, un extraño amasijo de formas rojizas. Unas rápidas zancadas le enfrentaron con el misterio. Quince daneses de barbas rojas yacían en su propia sangre dispuestos más o menos en círculo. Ni uno respiraba. Dentro del círculo, mezclandose con los cuerpos de sus asesinos, yacían otros hombres, como Turlogh jamás había visto. Eran de corta estatura y muy morenos; ojos, helados por la muerte, eran los más negros que Turlogh hubiera visto nunca. Apenas llevaban armadura, y sus rígidas manos seguían aferrando espadas rotas y dagas. Aquí y allá yacían flecas que se habían roto en los petos de las armaduras danesas, Turlogh observo con sorpresa que muchas de ellas tenían punta de pedernal.
 
– Una lucha feroz – musitó -. Sí, las espadas han saciado largamente su sed. ¿Qué gente será ésta? ¿Dónde están los camaradas que les ayudaron a matar a estos daneses?
 
Ninguna huella se alejaba del ensangrentado lugar. La frente de Turlogh se ensombreció.
 
– Estos eran todos…, siete contra quince, y sin embargo los asesinos murieron con sus victimas. ¿Qué clase de hombres son éstos que matan dos veces su número de vikingos? son hombres pequeños, de armadura casi enixistente. Y con todo…
 
Otra idea le aslato. ¿Por qué los extrangeros no se habían dispersado y huido, escondiéndose en los bosques? Creyó conocer la respuesta. Allí, en el mismo centro del círculo silencioso, yacía algo extraño. Era una estatua, de una sustancia oscura y con la forma de un hombre. Tenía un metro cincuenta de largo, o de alto, y estaba esculpida en tal apariencia de vida que Turlogh se sobresaltó. Medio tendido sobre ella yacía el cuerpo de un anciano, tan mutilado que apenas parecía humano. Un delgado brazo rodeaba la figura; el otro se hallaba extendido, y en la mano aferraba una daga de pedernal hundida hasta la empuñadura en el pecho de un danés. Turlogh notó las temibles heridas que desfuguraban a todos los hombres morenos. Había sido difícil matarles…; habían luchado hasta ser prácticamnete despedazados y, agonizando, habían dado muerte a sus asesinos. Eso le indicaba la escena a turlogh. En los muertos rostros de los terribles extrangeros había una terrible desesperación, Noto como sus manos muertas seguían aferrando las barbas de sus enemigos. Uno yacía bajo el cuerpo de un enorme danés, en el que turlogh no pudo ver herida alguna. Hasta que miro más de cerca y vio que los dientes del hombre moreno se hundían, como los de una bestia, en el cuello de toro del otro.
Se inclino y arrastró la estatua de entre los cadáveres. El brazo del anciano la aprisionaba, y se vio obligado a tirar con todas sus fuerzas. Era como si, incluso en la muerte, el viejo se agarrara a su tesoro; pues Turlogh sentía que por esa imagen habían muerto los hombrecillos morenos. Eligieron morir junto a ella. Turlogh meneó la cabeza; su odio hacia los normados, una herencia de injusticias y ultrajes, era algo ardiente y vivo, casi una obsesión, que a veces le llevaba al borde de la locura. No había sitio para piedad en su fiero corazón; la visión de aquellos daneses, yaciendo muertos a sus pies le llenaba de una satisfacción salvaje. Pero en los otros muertos silenciosos sentía una pasión más fuerte que la suya. Allí había un impulso que les guiaba, más profundo que su odio. Sí…, y más antguo. Aquelloa hombrecillos le parecían muy viejos, no como lo son los individuos, sino como es una raza. Hasta sus cadáveres exudaban una aura intangible y primigenia. Y la estatua…
 El gaélico se agacho y la tomo para levantarla. Esperaba hallar un peso mayor y quedó asombrado. No pesaba más que si hubiera sido de madera ligera. La golpeo y el sonido le sugirió que era de hierro; luego decidio que era de piedra, pero una piedra tal como nunca había visto; sintió que una piedra semejante no podía halalrse en las Islas Británicas o en ningún otro lugar del mundo que conocía.
 Era la figura de un hombre que se parecía mucho al los hombrecillos morenos que yacían a su alrededor. Pero difería sutilmente. Turlogh sintió de algún modo que se trataba de la imagen de un hombre que había vivido tiempo ha, pues con seguridad el desconocido escultor había tenido un modelo vivo. Y había conseguido dar a su obra unm toque de vida. Allí estaba la anchura de hombros, los brazos poderosamnte moldeados; la fuerza de los rasgos era evidente. La mandibula firme, la nariz regular, la frente alta, todo indicaba una inteligencia poderosa, un elevado valor, una voluntad inflexible. Con seguridad, pensó Turlogh aquel hombre era un rey… o un dios. Pero no llevaba corona; su única vestimenta era una especie de taparrabo, trabajado tan hábilmente que cada pliege arruga estaba esculpido como si fuera real. Tenía el mismo aspecto que si hubiera sido tallada el día anterior pero, pese a todo, era obviamnete un símbolo de antiguedad.
 
– Este era su dios – medito Turlogh, contemplando lo que le reodeaba -. Huyeron de los daneses…, pero murieron finalmente por su dios. ¿Quiénes son estas gente? ¿De donde vinieron? ¿Adonde se dirigían?
 
Permaneció en pie, apoyándose en su hacha, y una marea extraña se alzó en su alma. Una sensación de poderosos abismos de tiempo y espacio se abrió ante él; de la extraña e interminable marea de la humanidad que anda siempre a la deriva; de las olas de los hombres que se funden y desvanecen con el fundisrse  y desvanecerse de las mareas del mar. La vida era una puerta abriéndose sobre dos negros mundos desconocidos… ¿Cuántas razas de hombres con sus esperanzas y miedos, sus amores y odios, habían cruzado esas puerta… en su peregrinación de la oscuridad a la oscuridad? Turlogh suspiro. Muy hondo en su alma se alzó la tristeza mística del gaélico.
 
– Fuiste rey una vez. Hombre Oscuro – dijo  a la imagen silenciosa-. quizas fuiste un dios y reinaste sobre todo el mundo. Tu pueblo paso, como está pasando el mío. Con seguiridad fuiste un rey del Pueblo del Pedernal, la raza que mis antecesores celtas destruyeron. Bien, hemos tenido nuestros días y también nosotros nos vamos. Estos daneses que yacen a tus pies… son ahora los conquistadores. Deben tener su día… más tambien ellos pasaran. Pero tú vendrás conmigo. Hombre Oscuro, rey, dios, diablo o lo que seas. Sí, pues tengo en mente que me traeras suerte, y suerte es lo que voy a necesitar cuando vea a Helni, Hombre Oscuro.
 
Turlogh ató fuertemente la imagen en la proa. Una vez más rastreo el mar. Los cielos se volvieron grises y la nieve caía en rpafagas que pinchaban y herían. Las olas se estriaban en gris con el hielo y los vientos se hinchaban y golpeaban el mar abierto. Pero Turlogh nada temía. ya su barca navegaba como jamás lo había hecho antes. A través del rugido del la galema y de la nieve que azotaba guió la barca, y a la mente del dalcasiano le pareció que el Hombre Oscuro le ayudaba. Con toda seguridad se habría perdido un centenar de veces sin ayuda sobrenatural. Lucho con toda su habilidad marinera, y le pareció que había una mano invisible en el timón, y en el remo; que un arte más que humano le ayudaba cuando tendia la vela. Y cuando todo el mundo se convirtio en un ondulante velo blanco en el que hasta el sentido de la orientación del gaélico se perdió, le pareció que guiaba el timón siguiendo una voz silenciosa que hablaba en elas regiones oscuras de su conciencia. No se sorprendio tampoco cuando por fin, ceso la nieve y las nubes se alejaron bajo una luna fria y palteada, vio alzarse tierra más alla y la reconocio como la isla Helni. Aún más, supo que justo despues de la saliente de la costa se hallaba la bahía donde el barco dragon de thorfel estaba anclado cuando no surcaba los mares, y a cien metros de la bahía se hallaba la morada de Thorfel. Sonrio salvajemente. Ni toda la habilidad del mundo podiá haberle traido a este lugar exacto; era pura suerte… No, era más que suerte. Allí se hallaba el mejor lugar posible para aproximarse… a media milla del dominio de su enemigo, pero escondido a la visión de cualquier centinela por la saliente del promotorio. Contemplo al Hombre Oscuro en la proa… meditabundo, inescrutable como la esfinge. Una sensación extraña inundó al gaélico… la que todo aquello era su obra; que él, Turlogh, era solo un peón en el juego. ¿Que era aquel fetiche? ¿que lúgubre secreto encerraba aquellos ojos tallados? ¿Por que los hombrecillos morenos luchaban yan terriblemente por él?
Turlogh  llevó su barca a un pequeño entrante en la costa. Anclo a unos cuantos metros dentro de el y salto a la orilla. dirigió una última mirada hacia el pensativo Hombre Oscuro en la proa, y se dio vuelta y ascendio apresuradamente la cuesta del promotorio, manteniendose tan cubierto como le fue posible.